miércoles, 24 de abril de 2013

CINCO FALACIAS SOBRE EL ABORTO


En los debates sobre el aborto se esgrimen invariablemente una serie de argumentos que los partidarios creen definitivos y devastadores. Aquí me centraré en los que creo son los más efectistas. 
Carlos López Díaz
1) La Falacia Neutralista
Tanto socialprogresistas como liberalprogresistas proclamarán en algún momento que ellos no obligan a abortar a nadie, mientras que los provida tratamos de "imponer" nuestra moral a los demás. Los partidarios del aborto serían en realidad neutrales frente a la cuestión, al permitir que la mujer decida en cada caso (el padre del niño por lo visto no pinta nada; bien es verdad que a veces es difícil identificarlo). Se trata de la  Falacia Neutralista, según la cual, quien esté en contra de la esclavitud, por ejemplo, debería limitarse a no tener esclavos, evitando "imponer su moral" a quienes quieran ser propietarios de seres humanos.
Pocos aceptarían que esa forma de defender la esclavitud equivalga a una posición de neutralidad frente a ella. A la inmensa mayoría le parecería de un cinismo repugnante. Y sin embargo cuando utilizan el mismo argumento los abortistas, la respuesta suele ser mucho menos contundente. Y es que el mito de la neutralidad ideológica ha calado hondo. Nos han vendido hace tiempo que un Estado aconfesional es un Estado neutral en cuestiones ideológicas, pero eso en realidad no existe.
No hay Estado neutral, hay ideas que pasan por neutrales. El aborto es un "derecho" o no lo es. Un ser humano lo es desde la fecundación o no lo es. No hay término medio. Leyes sobre el aborto puede haber infinitas, pero cosmovisiones de partida sólo hay estas dos.
Y si podemos modular a nuestro antojo la plena pertenencia de ciertos individuos a la especie humana, todas las iniquidades serían posibles: El aborto, la esclavitud, el canibalismo o el genocidio.
2) La Falacia de la Mayoría
Ahora bien, si esto es así, si no hay neutralidad posible, algunos argüirán que sólo es posible decidir la cuestión por vía democrática. Que sea la mayoría la que decida, no "los obispos". Este argumento, al que denomino Falacia de la Mayoría, no se suele emplear con demasiada coherencia, porque se mezcla con otras falacias, como la anterior y las que veremos a continuación. Es decir, al mismo tiempo que se defiende el aborto como una "conquista" democrática, se suele negar a los provida cualquier derecho a intentar "imponer" sus ideas... aunque sea por vía democrática, es decir, intentando obtener una mayoría parlamentaria.
El error procede de confundir lo que significa la democracia. Esta consiste, esencialmente, en un método para determinar quién manda sin tener que matarnos en guerras civiles periódicas. No es un método para determinar quién tiene la razón, sino para determinar quién gobernará y legislará durante un período limitado de tiempo. Por tanto, los provida tenemos derecho, no sólo a defender democráticamente nuestras ideas, sino a continuar defendiéndolas por mucho que los abortistas hayan ganado las últimas elecciones o las últimas encuestas.
3) La Falacia Malthusiana
Otra es la Falacia Malthusiana, tan grosera que produce incluso cierto rubor exponerla. Se nos dice que los provida somos "hipócritas", porque sabemos que aunque se prohíba el aborto, los "ricos" tendrán mucha más facilidad para eludir la ley. Supongo que esta ley y todas, lo que nos llevaría a la incómoda conclusión de que no se puede prohibir nada. Pero más allá del tosco populismo que evidencia el argumento, debemos fijarnos en su malthusianismo larvado. Que los pobres puedan ser abortados: esa sería su gran "conquista social".
Bien es verdad que, en cierto profundo sentido, antes de nacer, sean quienes sean sus padres, todo ser humano es igual de pobre y desamparado, pues se halla a merced de que los adultos puedan tener, y aplicar, sus ideas "progresistas", a fin de poder "expropiarle" incluso lo único que posee: la vida.
4) La Falacia del Bienestar
Relacionada con la anterior, tenemos la Falacia del Bienestar, que trata de provocar la empatía de la opinión pública representándonos el drama de la madre que se ve "obligada" a abortar como consecuencia de su triste situación social o personal, o de graves problemas de salud, tanto de ella como del feto. Es decir, en una sociedad que considera obligado garantizar unas mínimas condiciones de vida digna para todos los seres humanos, sean o no ciudadanos de pleno derecho, al parecer hay que excluir de estos derechos a los seres más indefensos que existen, que son los humanos nonatos.
Estamos orgullosos de nuestros avances médicos y sociales, y al mismo tiempo mantenemos una especie de incongruentes pobrismo y atrasismo, por los cuales consideramos irremediable que la sociedad no se pueda hacer cargo de todos los niños no queridos, ni apoyar a todas las mujeres en dificultades, para que puedan ser madres a pesar de todos sus problemas. Y quienes reclamamos esto somos encima insensibles e integristas religiosos.
5) La Falacia Pacifista
Por último, tenemos la Falacia Pacifista, pocas veces replicada como merece. Se nos echa en cara a los provida que nos preocupamos mucho por el aborto, pero no por las guerras o la pena de muerte, que supuestamente producen muchas más víctimas. De hecho, los progresistas no consideran que los abortados sean víctimas, por lo que el argumento tiene algo de apriorístico.
Pero además, se puede coherentemente (aunque no necesariamente) estar a favor del aborto y al mismo tiempo a favor de la pena de muerte y de una guerra justa. Porque se trata de cosas distintas. No es lo mismo la muerte deliberada de un inocente, como es un feto humano por definición, que la muerte de un culpable, condenado a la pena capital por un crimen cometido en plena posesión de sus facultades mentales, y sabiendo a lo que se exponía. Y tampoco es lo mismo la muerte deliberada de un inocente que la muerte indeseada de civiles inocentes en las guerras.
Por supuesto que aquí podemos entrar en discusiones casuísticas sobre si la guerra de Iraq o la guerra del Peloponeso fueron justas o injustas, pero estas cuestiones sólo pueden decidirse empíricamente, mediante el estudio de los hechos históricos.
Y lo mismo cabe decir sobre las leyes penales. En qué casos, si los hay, puede aplicarse la pena de muerte, qué circunstancias (edad, enfermedad o grado de discapacidad mental) deben valorarse en su aplicación, son temas para nada irrelevantes, pero que no afectan a la cuestión esencial: si la pena de muerte, como principio general, es lícita. Habrá algunos provida que pensarán que sí y otros que no.
En cualquier caso, no se puede comparar a un ser humano nonato con un convicto confeso de asesinato. Ambos son seres humanos, pero el segundo es responsable de sus actos, mientras que el primero no sólo no lo es, sino que, allí donde el aborto es más o menos libre, carece de abogado defensor. Por carecer, carece hasta del derecho de voto. Sin duda, por eso hay tan pocos políticos que lo defiendan.
El origen de las falacias
El origen de estas falacias no se encuentra, sin embargo, en un puro oportunismo electoral, ni siquiera en una falta de claridad o capacidad intelectual. Es importantísimo no engañarnos en eso, para conocer a la clase de adversario ideológico con el que nos enfrentamos. El aborto es para el progresismo laicista la piedra de toque que permite aglutinar a la sociedad en torno a una concepción inmanentista de la existencia, la cual otorga a los gobernantes una legitimación absoluta para elaborar el derecho positivo sin ningún género de cortapisas morales, ideológicas e institucionales. Por eso, politicuchos como Elena Valenciano (en España) y otros de su calaña no pueden soportar que "los obispos" puedan ejercer su derecho a opinar como cualquier otro ciudadano.
Sólo secundariamente se trata de atizar en su beneficio la demagogia anticlerical, tan tristemente arraigada en el país que conoció en los años treinta la mayor persecución anticristiana de Europa. Lo que realmente está en juego aquí es consolidar la dictadura de la corrección política que domina en la mayor parte de países occidentales.
Un régimen basado en la religión progresista del hedonismo estatalizado, donde los individuos pronto serán inútiles para procrear, y deberán dejar esta función en manos de un Estado huxleyano. No es causal que esta dictadura cuente con el apoyo de una mayoría de la población. ¿Ha habido alguna dictadura en la historia que no se base en la servidumbre voluntaria?
Pero hay un despotismo que es el peor de todos, el definitivo: aquel que nos conduce a la extinción demográfica para, dentro de menos tiempo del que pensamos, ofrecernos la solución final: hacerse cargo el Estado de la vida humana desde su generación hasta su terminación, comprando la voluntad de los individuos con la promesa de una felicidad irresponsable.
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