viernes, 30 de enero de 2015

EL HEDONISMO SOCIAL EN LA CUARESMA DE BERGOGLIO

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«Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos». (ver texto).
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La Cuaresma es para una cosa: pensar en salir ya de las estructuras viejas de una Iglesia, que sólo está en su gran decadencia espiritual.

Lo espiritual se hace a un lado para que entre todo el modernismo ateo y pagano que los hombres viven en el mundo. En el Vaticano, brilla el humanismo por encima de Dios.

Gran pecado hace el que alaba, ensalza, justifica y defiende a Bergoglio, que se ha puesto en el lugar de Dios, para enseñar la mentira a las almas.

Gran pecado en el que está toda la Iglesia.

Salir del pecado: eso es la Cuaresma. Salir de lo humano, porque

«El hombre saborea el pecado, y Dios está triste hasta la muerte a causa del mismo. Las angustias de una cruel agonía le hacen sudar sangre» (San Pío de Pietrelcina).

El hombre siempre está mirando al suelo, a la tierra; deja de contemplar el dolor de Dios y se olvida de que:

«Todos somos obreros, artífices de la Redención. La Misa debe ser para cada uno la ocasión de transustancializar nuestros dolores que, incorporados a Cristo, adquieren valor de eternidad» (San Pío de Pietrelcina).

Convertir el sufrimiento en amor, mediante la Pasión de Cristo, y así la vida tiene el sentido de lo divino, de lo eterno.

Para eso es la Cuaresma: para contemplar nuestros pecados en Cristo Crucificado.

Pero Bergoglio enseña otra cosa. Y es normal que enseñe su falsa doctrina de la misericordia, porque no sabe vivir sólo para Cristo, sino constantemente de cara a los hombres.

No sabe vivir la vida del alma:

«Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios» (San Gregorio Nacianceno).

El alma vive para ver a Dios, no a los hombres. Bergoglio enseña la herejía de su humanismo.

Si quieren saborear el pecado de Bergoglio, lean su mensaje político de Cuaresma: nada de Cristo, nada del pecado, nada de la penitencia. Sólo lo de siempre: su idea masónica, su idea protestante, y su idea comunista.

No pierdan el tiempo con este inútil ser, que lo llaman Papa esos católicos tibios y pervertidos, que están por todas partes. No pierdan el tiempo con su magisterio, que no es papal ni, por lo tanto, se puede calificar de doctrina católica.

Es sólo la doctrina de un hombre borracho de poder y de gloria humana. Un hombre que usurpó el Trono de Pedro para ser aclamado por las multitudes; pero que no sabe hacer ningún milagro, no puede hablar una sola palabra de verdad, y no puede poner a Cristo, ni en el Altar, ni en los corazones, porque sólo vive para su orgullo de la vida.

  • «Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien».

Esto se llama la doctrina del hedonismo social: esta doctrina señala que el fin último de la vida del hombre es el procurar el mayor deleite posible para el mayor número de hombres. Es necesario alcanzar un bien común que esté en armonía con el bien privado o las inclinaciones egoístas de cada hombre.

Yo estoy bien a gusto en mi vida, pero no estás en armonía con los demás porque no les procuras la felicidad que también ellos merecen en la sociedad. Y, entonces, caes en la indiferencia social. Hay una desarmonía entre tu egoísmo y la falta de felicidad en el prójimo.

«Me olvido de quienes no están bien»: se busca el bien humano, el bien temporal, el bien social, el bien económico, etc… Pero no se busca el bien del alma: su salvación, su santificación.

Y como hay tal desarmonía, entonces la indiferencia es global.

«podemos hablar de una globalización de la indiferencia».

El pecado de indiferencia no existe. Se llama así porque es una actitud de la persona ante un hecho concreto. La persona se despreocupa de algo porque está en su mundo, en su vida.

Hoy la gente clama por este pecado, pero no sabe de lo que habla. Se pone la imagen del pobre Lázaro y del rico Epulón para decir que el pecado de todo el mundo es la indiferencia: hay un abismo, una diferencia entre banquetear espléndidamente y estar muerto de hambre. Como el mundo actual no suprime esta diferencia, entonces se inventan el pecado de indiferencia social.

Ningún acto moral es indiferente: el hombre o hace un acto bueno o uno malo. Toda palabra es buena o es mala; pero nunca indiferente. Toda obra es buena o es mala; pero nunca indiferente. No existe la indiferencia como pecado capital.

La soberbia, el orgullo, la avaricia, la omisión, etc.., llevan a un estado de indiferencia hacia el prójimo, pero no a un pecado de indiferencia.

Bergoglio nunca habla al alma: es decir, nunca se pone en la vida moral de la persona. Bergoglio sólo habla a la mente del hombre, para convencerla de una mentira. Habla para la vida social de la persona, pero no para la vida espiritual del alma.

Todo hombre vive una norma de moralidad en su naturaleza humana: tiene la ley natural inscrita en su ser de hombre. Tiene una norma moral natural que le obliga a hacer el bien de su naturaleza y, por tanto, a apartarse del mal en su naturaleza.

Por ley natural, el hombre nunca es indiferente. Siempre va a obrar algo que le saca de un estado de indiferencia.

Bergoglio no habla de la conciencia moral de la persona, sino de la conciencia social: «Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar…».

El egoísmo es de cada uno: nunca es global. No existe un egoísmo que tenga una dimensión global. No existe el pecado de dimensiones globales. No existe el pecado social.

Existe la maldición de la tierra, pero por el pecado de un solo hombre.

Cada uno lleva en sí mismo su pecado: «sus moradores llevan sobre sí las penas de sus crímenes» (Is 24, 6b).  Las penas, los efectos de sus pecados. Eso es la carga social, política, económica. Eso es el fruto del pecado personal del hombre. Se peca y la consecuencia del pecado se manifiesta en toda la vida humana, social, económica, política del hombre.

Y esto hace que la tierra sea profanada por sus moradores: «La tierra está profanada por sus moradores, que traspasaron la Ley, falsearon el derecho, rompieron la alianza eterna» (v. 5). El mal de muchos, que se ve por todas partes, es el mal de cada uno. Y cada uno, traspasando la ley de Dios, profana toda la tierra. Eso global no es un pecado: es el efecto del pecado de cada uno. Muchos pecando.

Si los hombres, si muchos hombres viven en su egoísmo, en su pecado, no es por un pecado global de indiferencia: eso sólo existe en la mente de los modernistas. Existen los males universales como efecto de los pecados. Pero no se pueden resolver el mal universal sin quitar primero el pecado personal.

A Bergoglio sólo le interesa fijarse en el mal global, universal, pero no pone al hombre mirando a su pecado personal. Y, por lo tanto, no puede hablar para hacer penitencia por el pecado propio. No puede dar a Cristo en la Cruz. Tiene que bajarlo para centrarse sólo en su idea social de lo que debe ser la iglesia: alimentar pobres, dar salud a los enfermos, cuidar a los ancianos, etc…

Hay tanto egoísmo en el mundo porque cada hombre es egoísta, peca, hace una obra mala. No porque la humanidad sea indiferente.

«ningún acto individual es indiferente» (Sto. Tomás – 1-2 q.18 a.9). Luego, todo acto del hombre señala una diferencia, un grado de bien o de mal, una obra moral buena o mala.

Ningún hombre es indiferente: todo hombre, con su libertad, se determina a algo Y si ese algo es una cosa mala, entonces la tierra se vuelve maldita por el pecado de cada hombre, no porque exista el pecado global de indiferencia.

Bergoglio no cree en el pecado y, por tanto, tiene que dar su miseria terrenal, su concepto de indiferencia.

Ante el egoísmo de muchos, entonces cada hombre decide qué hacer en su vida, porque ningún hombre está obligado a quitar el pecado de muchos: nadie puede hacer eso. Nadie puede quitar el hambre que hay en el mundo por el egoísmo de muchos.

Pero tampoco nadie está obligado reparar en algo ese egoísmo global, porque sólo se repara el pecado de un hombre, pero no el pecado global. El pecado global no existe, luego no hay reparación.

La Cuaresma es para quitar el pecado personal: la obra moral mala. Y eso exige la oportuna penitencia. Si Dios quiere que se haga una limosna para dar de comer a un pobre, se hace; pero si Dios no lo quiere, entonces no hay que hacer una obra buena en lo humano para quitar el hambre global del mundo. Esto sería caer en el humanismo, en el hedonismo social, perdiendo el fin último que tiene todo hombre en su vida: ver cara a cara a Dios.

La vida espiritual es oración y penitencia, no es dar de comer a los pobres, no es hacer un negocio de la cuaresma, no es resolver los problemas sociales de la gente.

  • «La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan».

La indiferencia… es una tentación… ¡Gran mentira!

Así predica un falso profeta: dando generalidades, hablando para la masa, en un lenguaje universal, sin conceptos claros, precisos.

Si hay indiferencia hacia Dios y hacia el prójimo, es que el hombre ya no es libre, sino que está determinado hacia un mal. La indiferencia no es una tentación, sino que es libertad.

Todo hombre libre es indiferente: es decir, no está determinado a nada. Cuando pone su libertad en algo, entonces ya no es indiferente: ya ha hecho algo bueno o malo. Ya es un hombre bueno o malo.

Bergoglio juega con la palabra indiferencia: no señala ningún pecado concreto, sino que los engloba todos. Y, por tanto, él mismo habla contradictoriamente: es decir, habla con confusión, con oscuridad, con mentiras, con engaños.

Hablar de indiferencia es hablar de libertad. Pero, como Bergoglio está en su idea social de indiferencia, como un conjunto de males sociales, universales, por eso, habla mal en su pésimo discurso.

Nunca la indiferencia es una tentación, sino que es un estado propio del hombre en su libertad. Todo hombre que no elige nada está en estado indiferente, es decir, no determinado hacia algo. Es libre de hacer una cosa u otra. Y eso no es tentación, eso es estar en lo propio de la naturaleza humana: su libertad, que no está determinada a nada ni a nadie. Es indiferente.

Lo que es tentación son los pecados concretos: lujuria, avaricia, fama, etc…

Ante la maldad que se ve en todo el mundo, el hombre que permanece en su indiferencia no peca, porque ningún hombre está obligado a hacer una obra global para quitar esa maldad global. Y nadie está obligado a hacer obras pequeñas que se vayan acercando a una obra global para quitar esa maldad que hay en todas partes. Y la razón: no existe el pecado global. Sólo existen los pecados concretos, específicos. Existen los efectos de los pecados personales. Y esos efectos pueden ser universales. Pero la vida del hombre no consiste en reparar defectos o males universales, sino en quitar el pecado personal.

Todo hombre está obligado a reparar su propio pecado. Y si tiene una familia: los pecados de su familia. Y si trabaja en algo, los pecados de aquellos con los cuales trabaja. El sacerdote hace penitencia por los pecados de las almas que tiene a su cargo. Pero nadie está obligado a una penitencia global, porque no existe la gracia global, universal. La gracia es para cada alma, no es para el conjunto de los hombres.

Para el modernista, la indiferencia se define como no estar atento a la diferencia del otro.

Eres indiferente con el pobre, con el que pasa hambre, porque no pones atención a su diferencia: él pasa hambre. Tú no pasas hambre. No estés en tu egoísmo: mira la diferencia del otro que tú no tienes. Si no la miras, si no la sientes, entonces eres indiferente con el que se muere de hambre. No vives buscando una armonía entre tu vida y la de tu prójimo. Es la búsqueda de la armonía social, propio del comunismo.

Bergoglio nunca habla del pecado específico, sino que lo engloba todo en su concepto de indiferencia. Por eso, hace un discurso sin lógica, sin sentido.

  • «Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre».

Esto no tiene ni pies ni cabeza.

Dios no es indiferente al mundo: ¿qué tiene que ver Dios y el mundo? Nada. El mundo es del demonio. Dios ama tanto Su Creación que, por eso, envía a Su Hijo, para poner un camino de salvación, no sólo al hombre, sino a toda Su Creación.

Toda la creación ha quedado en la maldición del pecado. Hay que sacarla de esa maldición. Pero sólo Dios conoce ese camino.

Dios, viendo el pecado del hombre, viendo los males que hay en el mundo por los pecados de los hombres, entonces envía a Su Hijo. Y lo hace por Amor Divino al hombre, no por amor humano. Dios ama lo que ha creado: ese amar indica que Dios siempre obra el bien en toda Su Creación.

Dios no mira la diferencia del mundo para no ser indiferente.

Dios no atiende las necesidades del mundo para no caer en la indiferencia.

Dios crea el mundo y a los hombres. Dios gobierna lo que crea. Y, por tanto, Dios da a cada uno según Su Justicia. No metas la palabra indiferencia para tu juego masónico: para reinterpretar el Evangelio:

«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio Su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).

Como Dios ama, entonces el hombre tiene un camino de salvación, una vida eterna. Primero es el amor.

Bergoglio dice: como Dios no es indiferente, entonces ama al mundo. Primero es no ser indiferente; después es amar. La idea masónica del amor fraterno.

Así es como se discierne a un falso profeta, como Bergoglio. Y son pocos los que lo hacen. Se han puesto en el juego de su lenguaje humano.

  • «El mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él».

El mundo está cerrado a Dios, porque le pertenece al demonio. El Verbo se hace Carne, pero no entra en el mundo ni el mundo entra en Dios. El Verbo no se encarna en el mundo, sino en la carne de un hombre.

Estas cosas son las que definen a Bergoglio: una unión entre Dios y el mundo. Una unión imposible, en la cual, construye todo su sentimental discurso. Un discurso para la galería, pero lleno de errores por todas partes.

El mundo está en Dios: es su panenteísmo.

Dios entra en el mundo: es su panteísmo.

La puerta por la cual Dios entra en el mundo: una Virgen sin pecado. Una Virgen sin humanidad, sin el peso de lo humano. Una Virgen libre de la soberbia del hombre, que vive en la libertad del Espíritu.

Dios entra en un mundo glorioso, que es Su Madre. Pero Dios no entra en el mundo de pecado en el que vive todo hombre. Dios está en ese mundo, pero no pertenece a ese mundo.

  • «La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él».

¡Que Cristo nos sirva! Y, mientras tanto, el hombre sin luchar contra su maldito pecado.

¡Que Dios sirva la vida de los hombres! ¡Que Dios se preocupe por la vida de los hombres!

¿No ven la locura de este hombre? ¿Todavía no la captan?

La Cuaresma es el tiempo para luchar y quitar los pecados que traspasan el Corazón de Cristo. Para eso es la Cuaresma. No para dejarnos servir por Cristo.

Sirve a Cristo quitando tus malditos pecados, y el Señor te mostrará el camino de la verdad en tu vida.

Para ser como Cristo: crucifícate con Él en Su Cruz. ¡Crucifica tu voluntad humana!

Esto es lo que hay que predicar. No esta bazofia de discurso para tontos.

  • «En ella (en la Eucaristía) nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo».

¡Por favor, más seriedad con Cristo en la Eucaristía!

La Eucaristía es Cristo. Quien come a Cristo se une a Él, es una sola cosa con Él. No es el Cuerpo de Cristo. No se recibe a Cristo para transformarse en el Cuerpo de Cristo. Se recibe a Cristo para ser otro Cristo, por participación de su divinidad y de su humanidad.

«¿No es cada Misa una invitación de Cristo a sus miembros para hacerse con su parte en la Pasión Redentora?» (San Pío de Pietrelcina).

Para ser otro Cristo, primero hay que transformarse en el dolor de Cristo: participar de su Pasión, de Su Calvario, de su humanidad sufriente, porque eso es la Misa:

«La Misa es Cristo en el Calvario, con María y Juan a los pies de la Cruz, y los ángeles en permanente adoración… ¡Lloremos de amor y de adoración en esta contemplación!» (San Pío de Pietrelcina).

La Misa es Cristo en el Calvario: la Eucaristía es el Amor en el Dolor.

Y se llega al Amor de Dios, en la Eucaristía, a través de este Dolor:

«El amor se templa en el dolor». Hay que «poner el corazón en el costado abierto de Jesús» (San Pío de Pietrelcina) para comprender su Amor, para ser Amor, para ser otro Cristo.

Pero Bergoglio sólo está en su concepto social de iglesia: comunidad de hombres que piensan en Cristo, que se dicen que son de Cristo, que se llaman cristianos, que forman el cuerpo de cristo.

Ser Iglesia es imitar la vida y las obras de Cristo. Ser Iglesia no es comulgar la
Eucaristía. Hay tantos que comulgan y que forman la iglesia del demonio, el cuerpo místico de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser dolor en Cristo: hay que asociarse a Su Pasión. Lo demás, es un cuento chino, que es el que le gusta a todos los católicos de hoy día.

  • «En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?».

Para no estar en la indiferencia global hay que estar atentos a las diferencias globales.

¿Experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo?

Es su idea masónica: la fraternidad universal, global.

¿Experiencia física? ¿Espiritual? ¿Mística?

Porque el hombre experimenta que en la Iglesia no todos son de la Iglesia. Muchos siguen una doctrina, un credo, una fe que los saca de la Iglesia.

¿De qué experiencia está hablando este hombre?

El hombre tiene que experimentar las diferencias globales para meter a todos en un solo cuerpo. No excluyas a los herejes, a los cismáticos, a los apóstatas de la fe. Si excluyes: caes en la indiferencia. Fraternidad: todos somos, todos formamos parte de una humanidad, de un amor fraternal.

¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar?

Esta es su idea protestante: todos son buenos a los ojos de Dios y de los hombres. No hay demonios entre los hombres, no existen hombre malos, perversos. Hay que recibir de todos para compartir con todos.

¡Qué gran mentira bien dicha!

Los hombres no reciben lo que Dios quiere darles por sus pecados. Esta es la verdad que niega este hombre: el pecado es impedimento para que Dios ame al hombre, para que Dios bendiga al hombre.

Bergoglio habla de una iglesia donde no hay pecado. El único pecado: la indiferencia global. No excluyas los dones que tienen otras personas que, aunque sean pecadores, aunque vivan en otra religión, aunque estén malcasados, sin embargo te aprovechan para tu vida. Hay que recibir las ideas y las obras de los demás y compartirlo con todo el mundo, porque todo eso viene de Dios. Todo vale en la iglesia de Bergoglio. No hay norma de moralidad. Todo es la ley de la gradualidad.

¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos?

Su comunismo, que no podía faltar.

Carga con las necesidades materiales, económicas, del otro. Pero no cargues con sus pecados. No corrijas al otro por sus errores, sino busca el bien común de todos. No busques el bien privado de nadie. Porque la vida es para todos: «nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos». Es su hedonismo social, su comunismo que busca satisfacer el bien común de todos.

¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?

Esto es la guinda en el pastel.

Nadie se compromete con los que están lejos en el mundo. En la realidad de la vida humana, los hombres siempre tienden a ayudar a los que tienen a su alrededor. El hombre, cuando no conoce, no hace nada por nadie. Si ayuda a los que están lejos, es porque conoce su situación real.

El hombre, por su naturaleza de pecado, siempre se refugia en los suyos, en los que tiene cerca, en ese pobre que se muere de hambre. Siempre. No hay un hombre que se refugie en un amor universal a lo desconocido. Es un imposible.

Por eso, este discurso no tiene ni pies ni cabeza. No tiene ni siquiera una lógica humana. Y entonces hay que leer estas cosas:

  • «La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario… Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos».

Los santos… todavía peregrinan: Si todavía peregrinan, entonces no están en el cielo. ¿Qué necesitan, según Bergoglio, para estar en el cielo, para no peregrinar? Ocuparse de la gente del mundo.

Con la muerte se termina el tiempo de merecer y desmerecer; luego el que muere en gracia y, por lo tanto, va a ser destinado a la gloria, disfrutará de ella eternamente. Ya se acabó el tiempo del peregrinaje.

Un buen teólogo le diría unas cuantas cosas a este subnormal. Pero no se atreven.

«Porque este peso pasajero y leve… nos produce eterno caudal de gloria…» (2 Cor 4, 17): la vida humana es una peregrinación hacia el cielo. Y se lleva un peso, una carga, que es temporal. Cuando se entra en el cielo, ya no hay peso, no hay carga, no hay peregrinación. Sólo hay gloria eterna.

La Iglesia triunfante es eso: triunfante del pecado y de todo mal. Ya no peregrina. Ya se acabó su tiempo de lucha espiritual. La prueba de su vida la pasaron con éxito y, por eso, expiaron todos sus pecados y ahora están en el cielo triunfando. Y les importa nada la vida de los hombres: sus problemas sociales, políticos, económicos, humanaos, etc,.. NADA. Porque han sabido aprovechar su vida, mientras estaban en este valle de lágrimas: han sabido vivir para conquistar el cielo en la tierra.

«Al que quede vencedor… nunca jamás saldrá fuera» (Ap 3, 12): los santos no salen del cielo para seguir peregrinando. El cielo no es verdadero si no es perpetuo. Si todavía hay que peregrinar, entonces eso no es el cielo.

Y, por lo tanto, las palabras de los Santos, como Santa Teresita del Niño Jesús, hay que entenderlas de la vida mística.

Como las entendió San Pío:

«He pactado con el Señor que, cuando mi alma se haya purificado en las llamas del Purgatorio haciéndose digna de entrar en el cielo, yo me coloque a la puerta y no pase dentro hasta que no haya vito entrar al último de mis hijos e hijas».

Jesús, que está glorioso, sigue sufriendo en cada Altar: es el sufrimiento místico, que es un Misterio para el hombre. Todos los santos del cielo sufren de manera mística en Cristo, no en ellos. Es decir, quieren que los hombres se salven, se santifiquen, como ellos lo han hecho. Pero ellos conocen más: conocen quiénes de los hombres, que peregrinan aun en la tierra, se van a salvar, y quiénes no.

Nadie en el cielo sufre por los males físicos de los hombres o de sus familiares. Ellos sólo viven para Dios y únicamente quieren cumplir Su Voluntad.

Todos los que están en el cielo ven a sus parientes como enemigos de Dios si están en camino de condenación. Piden a Dios por sus almas, pero los consideran enemigos hasta que no se conviertan. Y si se condenan, no sufren la condenación de éstos, porque en el cielo ya no se sufre: se ve claramente que Dios tiene motivos para condenar a un alma y, por lo tanto, el alma se conforma en todo con el Querer Divino.

En el cielo no hay sufrimientos, no hay tristezas, no hay nada. Sólo permanece la unión mística en Cristo. Todavía hay almas que salvar en Cristo.

«Los ángeles sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios» (San Pío de Pietrelcina).

Pero Bergoglio sólo está en su gran locura: «la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima».

¡Esto es una gran locura! ¡Esto es ir en contra del dogma!

La alegría del cielo no es plena: le falta algo. Es la gran locura. Como no puede entender el Misterio de la Cruz, por la cual el dolor se une al amor, entonces tampoco puede entender la vida gloriosa, en la que sólo hay plenitud de gozo, de alegría, de amor divino, con el dolor místico, porque los hombres siguen pecando en la tierra y así siguen ofendiendo a Dios.

Como Bergoglio sólo está en su idea social de la indiferencia, tiene que negar todos estos misterios y decir sus locuras bien dichas: «También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación».

Participa que participa: los hombres de la tierra participan del cielo y los hombres del cielo participan de la tierra. ¿Quieren más locura en menos palabras?

Con Bergoglio ya no hay deseo del cielo: ya no hay santidad, no hay un fin último en la vida. Todo es conseguir una estúpida armonía: que el cielo y la tierra estén sin diferencias. Y mientras no se consigue eso, los que están en el cielo siguen sufriendo. Mayor estupidez no cabe en la boca de este sujeto infernal.

¿Esto es un mensaje para la Cuaresma? No; esto es el negocio del Vaticano.