jueves, 19 de mayo de 2016

EN POCAS PALABRAS

EN POCAS PALABRAS

 A MODO DE RESUMEN DE LO QUE VENIMOS ARGUMENTANDO EN ESTOS ÚLTIMOS MESES, LES TRAIGO A COLACIÓN ESTE ARTÍCULO DE RUBÉN CALDERÓN BOUCHET, PUBLICADO EN LA REVISTA MARITORNES DEL AÑO 2001, QUE CON HUMOR, SENCILLEZ  Y ERUDICIÓN, LOGRA ESAS SÍNTESIS PARA LAS QUE TENÍA UN DON ESPECIAL Y, CADA PÁRRAFO – PROVENIENTE DE UNA HONDURA ESPIRITUAL Y SAPIENCIAL  DE SERENA Y DECANTADA FUENTE -  DA LA CLAVE SOBRE CADA UNO DE LOS TEMAS QUE CON TANTO ESFUERZO HEMOS GARRAPATEADO.
Por Rubén Calderón Bouchet. 
 
Existen en la actualidad dos actitudes que ejercen una suerte de tiranía intelectual sobre el hombre contemporáneo: la cronolatría  y la religión de los hechos. El tiempo, inexorablemente progresista, guarda en su seno la novedad salvadora: hoy no se puede ser monárquico y menos aquí, en la República Argentina, donde la tradición monárquica desapareció con la Revolución de Mayo y resulta un chirriante anacronismo tratar de resucitarla; por lo demás, la democracia liberal es un hecho indiscutible con el que hay que contar para cualquier aventura política que pretenda un cierto consenso. Ahora, si usted se dedica a declamar algunas jaculatorias perimidas en un pequeño cenáculo anacrónico, está usted en su derecho. Se trata de un entretenimiento poco peligroso  y no hay porque rasgar nuestras democráticas vestiduras ante un gusto poco contagioso.
Reconozco el valor de estas objeciones, por lo menos en el terreno fáctico en que se plantean, pero me gustaría formular una modesta réplica para defenderme de una acusación que me coloca en la posición de un “momio” irredimible. Al fin de cuentas los médicos tienen en su mente la idea ejemplar de la salud humana y saben perfectamente que, como tal, no se da en ninguno de nosotros. La democracia liberal es una enfermedad del cuerpo social y sus malas consecuencias no tardan mucho en manifestarse de modo que convocar la ejemplaridad de una sociedad políticamente sana, no resulta una faena absurda  aun cuando sepamos muy bien en la compañía del viejo Maurras, que la salud no es contagiosa y que, con nuestra prédica, no corremos el peligro de arrastrar muchedumbres y quitarles los votos al bribón de turno.
Hoy, junto a los futurólogos están los hechólogos, los que se atienen a lo que es y por supuesto, consideran que no tomar en cuenta la contundencia presencial del “factum” es perder de vista la realidad. En política hoy hay que ser liberal, no hay otra salida: el cáncer esta aquí y debemos contar con él si queremos una dieta adecuada. Nada más claro ni perspicaz ¡ pero el médico insistirá en curar el cáncer con todos los medios a su alcance! y manteniendo fija en su mente la idea de una salud fisiológica que le sirve de causa ejemplar.
 ¿En política no se puede ser médico? ¿Es necesario colaborar con la empresa de pompas fúnebres y preparar el velatorio con todos los ornatos de una republicana despedida? Considero que en todos los casos hay que sacar la cabeza del agua y nadar contra la corriente para no caer en el pecado de un seguro suicidio.
¿Es que hay algún antecedente monárquico en su familia? Si, ¡Cómo no! Y también masónico. El primero de los míos que llego a estas tierras en 1540 se llamaba Gaspar e indudablemente era un súbdito fiel de Carlos V y acaso lo fuera con mas orgullo que yo con respecto al presidente de turno. Recordemos el famoso dicho de Arturo de Foxá: “Se puede morir por un monarca, pero morir por un presidente es como morir por el sistema métrico decimal”. Cuando la primer magistratura política se ha convertido en algo ridículo, el sacrificio exigido al ciudadano invita a loar las glorias de la deserción. No olvidemos que fuimos un Imperio y no una colonia, hasta Ricardo Levene se dio cuenta de este hecho, de manera que recordar las glorias de nuestros orígenes es ponernos en contacto con un abolengo real que no tenemos por qué considerar absolutamente perimido. El olvido es una ley higiénica cuando se trata de acontecimientos penosos que deprimen el ánimo, pero es una enfermedad de la memoria cuando olvidamos sucesos que enaltecen y ayudan a vivir.
Toda mi vida he contado con un interlocutor sardónico que trató siempre de combatir mis pensamientos  más nobles cubriéndolos con la burla de sus sarcasmos. Ahora mismo me susurra en la única oreja que me queda: ¿A quien pensás poner de rey en la Argentina, pedazo de pazguato? ¡A nadie, hijo, a nadie! –le respondo alarmado-. Pero pensándolo mejor, el argentino ha sido siempre monárquico y ha tratado de enaltecer sus caudillos hasta el pináculo de una suerte de monarquía plebiscitaria. Es cierto, no se puede hacer un rey de un atorrantito cualquiera y por mucho que gritemos: ¡Que grande sos!, no le añadimos ni un centímetro a su cabal estatura.
El diablito –sin duda es uno de la legión- me mira entre irónico y un poco molesto, porque el argumento “ad hominem” le pesa y se da cuenta que los argentinos somos muy democráticos cuando hacemos reclamos y, bastante tiránicos cuando el “mandamás” nos acaricia el lomo con sus halagos demagógicos. Un rey no necesita acariciar el lomo de la bestia. Su magistratura no depende de los votos y descansa en la continuidad de una línea histórica que, mientras no se rompa, mantiene la unidad y la cohesión de un pueblo histórico.
 ¿Y cuando se rompe?
El pueblo queda huérfano y a la disposición de los financistas que tratarán de inventarle una oligarquía de junta votos para que los representen y pongan sus caras impermeables a las escupidas, mientras ellos facturan las ganancias y mantienen una publicidad mentirosa que los sostiene en su anonimato tan provechoso como irresponsable.
¿Y con ese esquemita pretendes explicar una historia de conquistas populares y de indudables adelantos en el terreno de las libertades civiles?
No pretendo nada. Los esquemas sirven para evitar los discursos demasiado largos, por lo demás tengo algunos volúmenes escritos en los que he desarrollado con amplitud el contenido de lo que tú llamas un esquemita. Léelos.
Lo único que me faltaba es ponerme a leer las estupideces tuyas. No soy tu ángel de la guarda y mi faena es hacerte comprender que debes servir a Satanás si quieres ser algo en este mundo. Pero estás  empeñado en mantener un anacronismo que marcha directamente contra el culto de Cronos que es uno de los nombres de mi jefe y el que mejor marca su posición revolucionaria.
Querés que te diga la verdad, diablito, ¡me tenés podrido! Lo que estás diciendo lo he oído tantas veces en mis largos años y dicho por tantas voces mentirosas que no sé cómo,  todavía consiguen orejas dóciles a sus consignas. Es verdad que los diarios colaboran, junto con los otros medios de publicidad, para mantener en la gente una imbecilidad a prueba de balas y hacerles creer cosas que han probado mil veces su falacia.
Como siempre nos separamos un poco enojados. En otros tiempos el Ángel de la Guarda hablaba en mi favor, pero desde el Concilio Vaticano II se ha tomado vacaciones y como nadie cree en él, ha decidido cortar por lo sano y no ocuparse de nuestro destino a no ser que una fe muy profunda lo conmueva y lo ponga en la vía de realizar su faena defensiva. Con un poco de timidez y con esa inseguridad que dan las convicciones cuando no proceden de una piedad firme y segura, le pido que me dé algunas razones que me permitan una defensa del trono en este país independiente y mayor de edad en materia política. Como el Ángel no me responde me  limito a repetir una vieja lección, que he enseñado muchísimas veces pero que nadie ha tomado en serio a pesar del aparato teológico con que he tratado de respaldarla.
La palabra padre es un término análogo y su analogado principal es Dios en persona. Su traslado al orden biológico es una transposición legítima en la medida que se respete su origen divino y se advierta con claridad su procedencia. El varón es padre, no tanto porque engendra al hijo en un acto generativo, sino por la proyección espiritual que asume sobre su crianza y su educación. En esta misma línea espiritual debe entenderse la paternidad del Sacerdote y por supuesto la paternidad del gobernante que debe ser también sacerdotal por la unción sacramental que recibe de la Iglesia y el carácter fundamentalmente religioso de su providencia política. Un gobierno que no entienda su misión en términos teológicos no es cristiano y no puede recibir la impronta de la Gracia porque carece de esa propiedad de la naturaleza humana que ha sido tradicionalmente conocida como “imago Dei”.
¡Así te quería pescar! –el diablito asoma nuevamente su hocico puntiagudo de rata viscosa y me increpa con su cuerpo tembloroso de rabia-. ¡Ahora resulta que el orden político por ser creado por Dios  debe respetar la semejanza impuesta por el creador y mantener para siempre el símbolo del Rey-Sacerdote, en vez de seguir las fluctuaciones impuestas por el progreso revolucionario!
Te he dicho mil veces que el progreso no es revolucionario, y si esa palabra tiene un verdadero sentido esjatológico, debe ser entendida como sinónimo de santificación. Cuando el hombre muere, su cuerpo entra en un  proceso de cambios tan acelerados que en muy poco tiempo resulta irreconocible. La muerte es el verdadero analogado de la revolución, y la monarquía la única forma de gobierno que proyecta sobre la sociedad, bien o mal,  la imagen del padre. ¡Que no podemos tener un gobierno de esa naturaleza es una decisión revolucionaria que han impuesto ustedes, la legión demoníaca, para destruir en los hombres la imagen del Creador!
¡Uff, qué aburrido! Desde tu conversión te he visto envuelto en esa marejada de beaterías que nacen, probablemente, de tus antepasados celtas a los que te pareces tanto por el aspecto como por el carácter de tu humor místico tan reñido con la realidad.
Me callé. Con este hijo… de su madre, no se puede hablar y cuando comienza a enumerar el triunfo de los hechos como si fueran argumentos contra la verdad, confieso que pierdo un poco los estribos y se me pierde la buena hilación de las razones. ¡Claro, si ganaron tienen razón! Y si no, ¿Por qué ganaron?
Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos, cuando son más que los buenos. Los nuevos “sarrachines” son los revolucionarios y aquí cabe el dicho italiano: “Vergogna dil cristian qu’al sarrachin si rende”.
Al verme un poco apabullado la rata se reanima y mostrando sus dientes amarillos en una mueca que pretende sardónica, me recuerda:
No te olvides que fue León XIII, un Papa más o menos de tu gusto, el que propuso el “Ralliement” con la revolución y, hasta adopto el término “democracia” para hacerlo entrar en el “marote” de esos emperrados enemigos de la república que fueron los legitimistas franceses.
No me hables de la política de los Papas que salvo honrosas excepciones, Pio X por ejemplo, ha sido un gran retroceso frente a los embates de la revolución y acaso para salvar algunos islotes de la presencia cristiana en la sociedad actual, han aceptado compromisos que, indirectamente, afectan la buena doctrina. La política del “ralliement” provocó el advenimiento de la democracia cristiana y con ella las lucubraciones mistagógicas de ese imbécil de Marc Sangnier tan claramente condenado en “Notre Charge” de Su Santidad Pio X. Sé como cualquiera que en materia de régimen político la Iglesia no ha canonizado a ninguno, pero - no obstante -  las exigencias del buen criterio y Magisterio Santo, pueden hablar y hablan efectivamente de sistemas “intrínsecamente perversos” como el comunismo explícitamente ateo,  dejando caer sus anatemas sobre todos los que son tácitamente ateos y que sin negar la existencia de Dios no reconocen sus mandatos en la institución de su única religión. Y en esos sistemas están incluidas todas las democracias liberales, sin ninguna excepción.
El Diablillo, que debo reconocer no es muy importante ni por su tamaño ni por su envergadura intelectual, se subió a mi escritorio y desde allí me apunto con su dedo de uñas ratoniles, diciéndome con calculada ironía:
La Iglesia ha cambiado y ya no solamente admite una pluralidad de posibles gobiernos sino que privilegia con especial énfasis a esa democracia liberal que tú condenas con excesiva ligereza. ¿No estarás separándote demasiado de ese Santo Magisterio que con tanta devoción señalas cuando sus enseñanzas coinciden con las tuyas propias?
Se me atragantó el gañote, se me nublo la vista y busqué con la mirada algo para tirarle por la cabeza, pero desgraciadamente todo lo que tengo tiene para mí su valor y reconozco que mis rabietas nunca han superado la santa conservación de mis bienes. Descolgué un crucifijo que tengo en un costado de la biblioteca y pronuncié la consabida fórmula del conjuro: ¡Nómbrese a Jesucristo!
El diablillo desapareció y yo me quedé rumiando un poco la angustia de no poder conciliar mi fe con las enseñanzas impartidas por los Papas a partir del Vaticano II.