martes, 10 de enero de 2017

6.1. Georges Bataille

6.1. Georges Bataille

 
 El antropólogo y filósofo francés Georges Bataille (1897 - 1962) es el autor de una obra determinante en el pensamiento contemporáneo. Aunque fue relativamente ignora­do en su época, y desdeñado por contemporáneos suyos como Jean Paul Sartre, después de su muerte se convirtió en fundamento para la superación del existencialismo, en palanca para la ruptura con el estructuralismo y en fuente del postestructuralismo o actual deconstruccionismo. Fue el mismo Sartre quien en su ensayo “Un nuevo místico” (1943) dio a conocer a Bataille entre los jóvenes estudiantes de filosofía franceses, entre los cuales se encontraban Michel Foucault, Gilles Deleuze, Jacques Derrida y Philippe Sollers. En aquel momento se llegaba a Bataille por Sartre pero pronto se le leería contra Sartre. Originalmente el joven Georges Bataille quería ser sacerdote e ingresó a un seminario católico en 1917. Sin embargo, la lectura de Nietzsche, el Marqués de Sade, Hegel, Freud, Marx y Mauss lo conducirían a la pérdida de su fe en 1922. 

Así, George Bataille será introducido por André Breton al esoterismo y al movimiento de izquierda, ingresando luego a los círculos surrealistas a instancias de Michel Leiris. Durante el “Frente Popular”, Breton y Bataille forman el grupo “Contraataque” y colaboran con los comunistas. Sin embargo, pronto se separarían ya que Breton adhiere al trotskismo y Bataille se une al disidente ruso, antiestalinista de izquierda, Boris Souveraine, aunque después retornaría al estalinismo, al que finalmente entendió como una suerte de socialismo utópico o forma de retorno a la edad de oro de los pueblos primitivos. Hacia mediados de los años treinta Georges Bataille funda dos organizaciones desde las que difundió sus ideas: la primera fue la revista “Acéphale” (1936 - 1939) y, la segunda, el “Colegio de Sociología Sagrada”. Ambas se proponían academizar el esoterismo, fusionar religiosidad y nihilismo, refundar mitos y ritos y restaurar lo sagrado tanto en la esfera individual como en las estructuras de la sociedad a escala occidental. Dirigidas por Georges Bataille, estas instituciones convocaron entre otros a Pierre Klossowski, Roger Caillois, Georges Ambrosino, Michel Leiris, Michel Surya, André Masson, Jules Monnerot, Jacques Lacan y su mujer Sylvie, ex esposa de Bataille, Walter Benjamín, Jean Wahl y Alexander Kojève. Sin más, en junio de 1936, Georges Bataille junto a Pierre Klossowski y Georges Ambrosino se declaran con furia en contra de la modernidad. Con el título de “La conjuración sagrada”, con epígrafes de Sade, Nietzsche y Kierkegaard y firmada por Bataille, fundan la revista “Acéphale” e intentan recuperar a Nietzsche de su capitalización por parte del nazismo. La declaración liminar de “Acéphale” admitía una forma particular de religiosidad, vivida como contraria a los valores impuestos por la sociedad burguesa: “Somos ferozmente religiosos y, en la medida en que nuestra existencia es la condena de todo lo que hoy se reconoce, una exigencia interior reclama que seamos igualmente imperiosos. Lo que emprendemos es una guerra. Es tiempo de abandonar el mundo de los civilizados y su luz. Es demasiado tarde para pretender ser razonable e instruido, pues esto condujo a una vida sin atractivos. Secretamente o no, es necesario convertirnos en otros o dejar de ser. El mundo al que hemos pertenecido no propone nada para amar más allá de cada insuficiencia individual: su existencia se limita a su comodidad”. La proclama continúa: “Un mundo que no puede ser amado hasta morir… representa solamente el interés y la obligación hacia el trabajo. Si se compara con los mundos desaparecidos, es odioso y aparece como el más fallido de todos. En los mundos desaparecidos fue posible perderse en el éxtasis, lo que es imposible en el mundo de la vulgaridad instruida. Las ventajas de la civilización son compensadas por la manera en que los hombres las aprovechan: los hombres actuales las aprovechan para convertirse en los más degradantes de todos los seres que han existido. La vida tiene siempre lugar en un tumulto sin cohesión aparente, pero no encuentra su grandeza y su realidad más que en el éxtasis y en el amor extático. Quien se obstina en ignorar o en desconocer el éxtasis es un ser incompleto cuyo pensamiento se reduce al análisis. La existencia no es solamente un vacío agitado, es una danza que obliga a bailar con fanatismo. El pensamiento que no tiene por objeto un fragmento muerto existe interiormente de la misma manera que las llamas. Es preciso volverse lo bastante firme e inquebrantable como para que la existencia del mundo de la civilización parezca finalmente incierta”. Agrega la declaración del grupo de Bataille “Es inútil responder a aquellos que pueden creer en la existencia de ese mundo y lo toman como pretexto: si hablan, es posible mirarlos sin escu­charlos e, incluso cuando se los mira, no “ver” sino lo que existe lejos detrás de ellos. Es preciso rechazar el aburrimiento y vivir solamente de lo que fascina. En ese camino sería vano agitarse y buscar atraer a aquellos que tienen veleidades tales como pasar el tiempo, reír o convertirse individualmente en raros. Es preciso aventurarse en él sin mirar hacia atrás y sin tener en cuenta a aquellos que no tienen la fuerza para olvidar la realidad inmediata. La vida humana está excedida por servir de cabeza y de razón al universo. En la medida en que se convierte en esa cabeza y en esa razón, en la medida en que se convierte en necesaria para el universo, acepta una servidumbre. Si no es libre, la existencia se convierte en vacía o neutra, y si es libres un juego. La tierra, mientras engendraba solamente cataclismos, árboles o pájaros, era un universo libre: la fascina­ción de la libertad se empañó cuando la tierra produjo un ser que exigía la necesidad como ley por encima del universo. El hombre siguió siendo sin embargo libre de no responder a ninguna necesidad: es libre de parecerse a todo lo que no es él mismo en el universo… El hombre escapó de su cabeza como el condenado de la prisión”. Precisa “Acéphale”: “El hombre… encontró más allá de sí mismo no a Dios, que es la prohibición del crimen, sino a un ser que ignora la prohibición. Más allá de lo que soy, reencuentro un ser que me hace reír porque no tiene cabeza, que me llena de angustia porque está hecho de inocencia y de crimen: tiene un arma de hierro en su mano izquierda, llamas que parecen un corazón de sacrificio en su mano derecha. Reúne en una misma erupción el Nacimiento y la Muerte. No es un hombre. Tampoco es un dios. No es yo, pero es más yo que yo: su vientre es el dédalo en el que se perdió a sí mismo, en el que me pierdo con él y en el cual me vuelvo a encontrar siendo él, es decir, monstruo”. Reveladoramente, el nombre y el dibujo de la portada de “Acéphale” (obra del surrealista André Masson) expone un cuerpo masculino desnudo sin cabeza que en una mano porta una daga, en la otra a un corazón en llamas (alusión a los sacrificios aztecas) y un cráneo en el lugar del sexo, representación inspirada en una imagen gnóstica del siglo tercero que simbolizaba a un antiguo dios acéfalo propio de los rituales egipcios. Así mostraban el rechazo al pensamiento racional a la vez que señalaban la incidencia de la sexualidad sobre el intelecto de los individuos. Concretamente, Georges Bataille entiende la realidad como lo absoluto desdoblándose por la vía dialéctica en un proceso de autoevolución. En este proceso, la naturaleza humana es el pensamiento absoluto, o el ser, que se objetiva a sí mismo bajo una apariencia material. Las mentes finitas y la historia de la humanidad son pues el proceso de lo absoluto que se manifiesta en lo que le es más cercano: el espíritu o la conciencia. Con este fundamento, en la vasta obra de este singular pensador, lo oscuro e impensable se convierte en un motor inmóvil que actúa cual abismo colmado de vértigo. De esta forma, si desde Max Weber hasta Emile Durkheim, pasando por su principal alumno, Marcel Mauss, la sociología estableció sus categorías extrayendo la modernidad de los análisis de las religiones, Bataille decidió que se dedicaría “al estudio de la existencia social en todas sus manifestaciones en donde se haga presente la presencia activa de lo sagrado”, concepto que en él alcanza un singular sentido. Teniendo a Sade por maestro espiritual y a Nietzsche como impronta, George Bataille tiene clara conciencia e intención de “fundar una religión” que exprese aquella “experiencia interior” que constituye una “experiencia religiosa fuera de las religiones definidas”. Por lo tanto, Bataille concibe y confiere existencia real a una amalgama de gnosticismo, mística cristiana, hinduismo, budismo zen, yoga, zoroastrismo, tantrismo y también satanismo. El gnosticismo es exaltado por Bataille como culto a la “materia baja” en contra de toda idea racional (“El bajo materialismo y la gnosis”, 1930). Los íconos sagrados del grupo serían figuras mitológicas o héroes de la literatura del mal, cultores de religiosidad tortuosa o asesinos convertidos en personajes históricos (Dionisio, don Juan, Sade, Nietzsche, Kierkegaard y el asesino serial Pilles de Rais, con quien se iniciaba la adoración a los grandes criminales lúbricos más tarde continuada por Foucault). Concibiendo Bataille una divinidad acéfala, esto es, una teología negativa, una religión sin Dios o neopaganismo organizado a la manera de las logias masónicas, sin más planifica convertir al núcleo de “Acéphale” y el “Colegio de Sociología Sagrada” en una fuerza secreta. Convencido de que había que llevar a fondo la máxima nietzscheana de revelar la verdad a unos pocos cuya comprensión del mundo no sería sólo intelectual sino vivencial, formalmente postula la creación de una “comunidad de afinidades electivas” destinadas a “convertirse en otros de manera secreta”. Es a este efecto que Bataille establece una serie de ritos de iniciación para los adherentes de “Acéphale” y el “Colegio de Sociología Sagrada”, convirtiéndose el hombre sin cabeza en un símbolo fundamental de éstos. Es más, inspirado en las comunidades arcaicas (cultos dionisíacos, rituales aztecas y vudú haitiano) creyó poder lograr la comunión de los miembros de su grupo ape­lando a sacrificios humanos. Llegó tan lejos en esta idea que se ofreció a sí mismo para inmolarse y eligió como sacrificador a Roger Caillois. Con este fundamento, George Bataille expresamente consideraba la realización de “una vehemente y sangrienta revolución”, la cual debía ser preparada mediante la creación deliberada de organizaciones cuyo fin fuera el éxtasis y el frenesí, el sacrificio de animales, las torturas parciales y las danzas orgiásticas de las religiones de fuego, sangre y terror. Su propuesta significaba recorrer los caminos de la destrucción, del aniquilamiento y de la aceptación de la muerte como expresiones del rechazo radical a la razón. Dice Bataille: “De la voluptuosidad, del delirio al horror sin límites… nos dirigimos al olvido de las niñerías de la razón… Por la violencia de la superación de la razón yo me embargo en el desorden de mis risas y mis lágrimas, en el exceso de los transportes que me quiebran, la similitud del horror y de una voluntad que me excede, del dolor final y de una insoportable alegría”. Según Bataille, esta vía conducía el reconocimiento de la “interdicción” y la “transgresión” como principios sociales necesarios y complementarios. Contrariamente al liberacionismo existencialista, Bataille se oponía a la abolición de la interdicción, porque con ésta desaparecería, al mismo tiempo, el goce de transgredir la interdicción. En este sentido, la interdicción de la libertad sexual sería necesaria para mantener la estabilidad del mundo del trabajo y la razón, pero a la vez esta interdicción era fuente indeliberada de goce, del mismo modo que la impudicia sólo resultaba excitante en una sociedad que valoraba el pudor. Bataille indica: “Lo que tiene de notable el interdicto sexual es que se revela plenamente en la transgresión… jamás la interdicción aparece sin la revelación del placer ni jamás el placer sin el sentimiento de la interdicción”. Era pues Bataille contrario al concepto secular, laico, moderno, democrático de erotismo que reclamaba libertad para el placer. Veía en estas ideas un burdo materialismo y una caída en la animalidad. En el proyecto de prefacio a “Lo imposible” precisa: “No soy de aquellos que ven una salida en el olvido de las interdicciones sexuales. Creo incluso que la posibilidad humana depende de esas prohibiciones”. Aún más, según Bataille, el anhelo de lo imposible y la elección de la transgresión conducían a un traspaso fundamental. Entendiendo la necesidad de reducir verdades mediante la transgresión, ésta busca superar el pensamiento, atravesar el ámbito subjetivo y encontrar una reconci­liación con las cosas en un punto muerto, donde sujeto y objeto entrarían en unidad absoluta, realización concreta y total del espíritu. Así se gestaría entonces la decisiva supresión de las diferencias entre el sujeto que piensa y el objeto que es pensado. La transgresión debía pues lograr un “desencadenamiento” que, forzando el traspaso de los valores vigentes e implicando que algo es aniquilado en el sujeto mismo, condujera a la pérdida de la conciencia y al estremecimiento más conmovedor del alma. Buscado con insistencia, este movimiento de superación, históricamente se traduciría en revoluciones que darían pie a determinantes transformaciones sociales. Confiriendo perspectiva a la transgresión, para Bataille, lo sagrado, el erotismo y la violencia se contraponían al mundo de la razón y el trabajo. Lo antagónico a la razón era la violencia; lo opuesto al trabajo era el exceso, tal como se daba en la fiesta, el juego, el sacrificio religioso y la orgía. De este modo, el erotismo fue el tema central de toda la obra de Bataille. El sexo practicado con frenesí no dejaba de ser una forma de religiosidad, sólo que la otra cara de la religiosidad ascética. Como Sade, Bataille entiende que la religiosidad del ateo se presentaba a través de la profanación y la oración en la forma de blasfemia. Por tanto, la transgresión se plasma en el desencadenamiento del impulso erótico ya que “el desorden sexual descompone las figuras coherentes que nos establecen, ante nosotros mismos y ante los otros, como seres definidos (les hace resbalar hacia un infinito que es la muerte)”. En Bataille, el erotismo estaba más allá de la sexualidad: “El erotismo es un aspecto de la vida interior, si se quiere de la vida religiosa… La determinación del erotismo es primitivamente religiosa…”. Tan diferentes eran para Bataille el erotismo y el mero goce sensual, que en sus novelas las escenas de sexo buscaban provocar sensaciones de repugnancia y horror que remitían a la idea de pecado. Bataille considera a los burdeles de París sus auténticas iglesias. El erotismo hostil al mundo del trabajo y la razón estaba vinculado, por tanto, a la violencia. Sentenciaba Bataille: “El dominio del erotismo es el dominio de la violencia, el dominio de la violación”. Por extensión, la exaltación de la crueldad llevaba a George Bataille al límite extremo de la muerte en un “tormento de orgías” y a la “agonía de la guerra” más “la práctica de la alegría frente a la guerra”. El mismo “goce de la tortura” resultaba ser un ejercicio espiritual propio del misticismo ateo. Sin más, Bataille llega a afirmar que, en lo esencial, el fascismo era un movimiento original en la medida en que asumía el carácter de lo sagrado en la política y que “gestiona” la energía social interrumpida por el juego racional democrático. En “Acéphale” son frecuentes las críticas al movimiento antifascista que pretende escudarse en los “valores democráticos”. Tal como en Sade, en Georges Bataille el mal aparece como un ideal que se desea alcanzar. Bataille dedica un ensayo a Jean Genet, figura cuya obra denota la indiferencia a las valoraciones morales en favor de las estéticas, como si lo esencial fueran las formas y éstas, además de ser independientes de sus consecuencias éticas, alcanzan mayor belleza cuando toman la figura del mal. Las crudas citas del propio Genet resultaban claras: “Tenía dieciséis años... en mi corazón no conservaba ningún lugar en donde pudiera alojarse el sentido de mi inocencia. Me reconozco como el cobarde, el traidor, el ladrón, el marica que los demás veían en mí... Y tenía el estupor de saberme compuesto de inmundicias. Me hice abyecto”. Es en función de la transgresión que George Bataille formula entonces su teoría de la “heterología”, la cual consideraba la existencia de dos polos: uno “lo homogéneo”, referido al espacio de la sociedad humana y la rutina cotidiana; el otro, “lo heterogéneo”, que respondía al dominio de lo sagrado, el éxtasis, la ensoñación, la pulsión, el sacrificio, la magia, la embriaguez, la locura, el crimen, lo improductivo, los excrementos, la basura. Bataille reconoce particular potencia revolucionaria a “lo heterogéneo” pues esta “parte maldita” de la realidad resultaba imposible de simbolizar y normalizar en el orden de la razón y, por lo tanto, resultaba ajena a cualquier legalidad. Por extensión, el concepto de “lo heterogéneo” le servía también a Bataille para aludir a ciertos grupos humanos con los que simpatizaba: los marginales o excluidos de la normalidad social, los parias, los intocables, los locos, los bohemios, las prostitutas, los delincuentes, los lúmpenes. Claramente expresa Bataille: “La sociedad homogénea es incapaz de encontrar en sí misma un sentido y meta de la acción. De ahí que a la larga venga a depender de las fuerzas imperativas que excluye”. De esta forma, según Bataille, “lo heterogéneo” o “lo totalmente otro”, esencialmente opuesto a “la homogeneidad” de las débiles y mediocres democracias burgueses, es una fuerza “que eleva… por encima de los hombres, de los partidos e incluso de las leyes” y constituye “un poder, una violencia que rompe el curso normal de las cosas, esa homogeneidad sosegada pero bostezante que es impotente para mantenerse por sus propias fuerzas”. Las manifestaciones de “lo heterogéneo” daban cuenta pues de las “inagotables riquezas de formas de la vida afectiva” al constituir fuertes “reacciones afectivas que sacuden la superestructura”. En su desarrollo discursivo, característico es en Bataille la utilización de metáforas que hacen referencia a significativas estructuras filosóficas. En su poesía, Bataille expresa: “Oh cráneo ano de la noche vacío, sopla el cielo lo que muere, el viento aporta a la oscuridad la ausencia. Desierto un cielo falsea el ser… el ser topa con el ser, la cabeza hurta el ser, la enfermedad del ser vomita un sol negro de esputos” (Oh cráneo). Agrega Bataille: “Tengo frío en el corazón y tiemblo, desde las profundidades del dolor te llamo, con un grito inhumano, como si pariera…. Todas las palabras me ahogan (Tengo frío)…. El pulgar en el coño, el cáliz sobre los senos desnudos, mi culo ensucia el mantel de los altares… (Soledad)”. Además, si en su obra “Véndame los ojos” afirma: “Amo la noche, mi corazón es negro. Empújame a la noche, todo es falso, sufro. El mundo huele a muerte…”, en “Estrella” Bataille ha de precisar: “No quiero vivir, que dulce es ahogarme, la estrella que se eleva, está fría como una muerta”. En “Corifea” dice Bataille: “Deja que una última atadura ciña a tus riñones el vestido pegajoso de la muerte”, para en “eres el horror” proclamar: “Eres el horror de la noche, te amo como se agoniza… matar es bello”. Las ideas marginales de Bataille lograron status académico en los años sesenta, en los ámbitos filosóficos universitarios a través de Jacques Lacan y Michel Foucault. Se consagra definiti­vamente cuando la revista oficiosa de los posestructuralistas “Tel Quel” le dedica en 1963 un número de homenaje. Durante los sucesos de 1968, Bataille estaba de moda entre los estudiantes franceses pues compartían su gusto por el erotismo y la violencia. Aunque no coincidiera con los postulados liberacionistas de los jóvenes rebeldes, Bataille postulaba “lo imposible” y se había anticipado a exaltar tanto “la súbita explosión de tumultos sin límites” como “el tumulto explosivo de los pueblos”. La editorial Gallimard publicó en 1970 las obras completas de Georges Bataille, prologadas por Michel Foucault. Este afirmará: “Bataille es uno de los escritores más grandes de su siglo… Si estamos donde estamos, en buena medida se lo demos a Bataille. Pero lo que nos queda por hacer, por pensar y por decir, sin duda se lo seguimos debiendo aún, y se lo deberemos durante mucho tiempo todavía”. El mismo Foucault identificaría la existencia de una tríada de “pensadores malditos”: George Bataille, Pierre Klossowski y Maurice Blanchot (1927-2004), “el último de los malditos ilustrados”, quien proclamaba: “Escribir es la violencia más grande porque transgrede la ley, toda ley, y su propia ley… No tengo sentimientos más que para algunos, piedad para nadie…”.