martes, 10 de enero de 2017

EL JUDIO INTERNACIONAL- CAPITULO 15 -Por Henry Ford- ¿ES IDENTICO EL “KAHAL” JUDIO AL ACTUAL SOVIET RUSO?

A partir del LUNES 2 de ENERO de 2017, nos hemos propuesto realizar la  republicación de la obra escrita por Henry Ford "EL JUDIO INTERNACIONAL" con las dos partes que la integran, colgándola al blog en espacios 0,30 a 12.30 horas durante el trancurso de diez dias y continuado con idéntico método  hasta su fin. Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
EL JUDIO INTERNACIONAL 
CAPITULO 15
¿ES IDENTICO EL “KAHAL” JUDIO AL ACTUAL SOVIET RUSO?
No es el soviet tampoco una institución rusa, sino judía. No representa tampoco un invento moderno de los actuales hebreos en Rusia, ni una nueva idea política de Lenin o de Trotzky, sino que es de arcaico origen judío, una forma de organización que, luego de la conquista de la Palestina por los romanos, adoptaron los hebreos para seguir manteniendo su peculiar vida racial y nacional.
El moderno bolcheviquismo, reconocido hoy como simple envoltura exterior de un golpe de Estado, larga y detenidamente planeado, con el objeto de asegurar el predominio de una determinada raza, adopto de inmediato la forma administrativa de los soviets, por la sencilla razón de que los hebreos de todas las nacionalidades que cooperaron en la implantación del bolcheviquismo en Rusia, están desde siempre educados bajo la forma y estructura del soviet.
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Se cita el soviet en los Protocolos con su viejo nombre judío de “kahal”. La tesis 17 expresa: “Ya en estos días están obligados nuestros hermanos a denunciar a los apostatas que resisten al kahal, a su propia familia u otra persona cualquiera. Al advenimiento de nuestro reino, todos los súbditos tendrán que servir igualmente al Estado”.
Quien conozca algo de la vida actual de los judíos sabe muy bien lo que significan tales denuncias por apostasía. La dureza de las persecuciones a que se expone un israelita convertido al cristianismo, o el hijo o la hija de una familia ortodoxa que contraiga matrimonio con un no judío, no tiene comparación posible dentro del resto de la humanidad. En fecha reciente, una joven judía, que habita uno de nuestros Estados del Oeste, contrajo enlace con un editor periodista de sangre no-judía. Apenas comunico su intención se la considero apostata. De haber muerto de la muerte más infamante, de haberse dado a la profesión más deshonrosa, no hubiesen podido exteriorizarse los sentimientos por su decisión, en más denigrante forma de la que en este caso ocurrió. Celebráronse por ella unas lúgubres exequias, y el día de sus bodas se la considero muerta para su pueblo.
Nada tiene este caso de excepcional, pudiendo verse una de las más impresionantes descripciones en la vida del gran filósofo hebreo Spinoza, a quien los judíos modernos desearían de buena gana proclamar como la flor y nata de su pueblo. Sus estudios le llevaron a dudar de muchos de los dogmas rabínicos, de aquellos “preceptos humanos” citados en los Evangelios. Como Spinoza gozo de gran fama entre judíos y no-judíos, se intento contra él el medio tan común del soborno.
Deberían sentirse escrúpulos al emplear la frase de “el medio del soborno tan común entre los judíos”, si no respondiera estrictamente a la verdad. No es nuestra intención difamar por malicia, pero la Historia de los hebreos, escrita por hebreos, brinda una masa probatoria de que el soborno constituye el arma predilecta y más usual de los judíos, y lo que ahora se va conociendo al respecto prueba que todo sigue siendo igual. Un publicista israelita, Jacobo Israel de Haan, abogado holandés, hizo constar poco ha, que la debilidad de la prensa árabe hacia el soborno ofrecía fundadas esperanzas de que la agitación indígena contra los hebreos de la Palestina pronto cesaría.
Dice el citado autor: “Existe entre los árabes indígenas vivísima agitación contra los que ellos denominan el peligro sionista. Pero los árabes, y en especial los diarios indígenas, se muestran muy accesibles al soborno. Por esta debilidad a la larga perderán la lucha contra nosotros”.
Así, ofreciósele también al joven Spinoza la suma de mil florines anuales si ocultaba sus convicciones, asistiendo de vez en cuando al culto en la sinagoga. Spinoza rechazo aquello indignado, decidiendo ganarse la vida pulimentando lentes para instrumentos ópticos. Se le excomulgo a raíz de esto. Se nos refiere en la siguiente forma el ceremonial de este procedimiento: “Llego por fin el día de la excomunión, reuniéndose enorme multitud para presenciar el lúgubre acto. Comenzó el mismo encendiéndose silenciosa y ceremoniosamente una serie de cirios negros, y abriéndose el área sacra que guarda los libros de la Ley mosaica. Avivóse en esta forma la fantasía de los creyentes, para mayor horror de la escena. El gran rabino, otrora amigo y preceptor, ahora el más cruel enemigo del reo, tuvo que ejecutar sentencia. Permaneció en pie conmovido por el dolor, pero inflexible. El pueblo lo observaba con gran expectación. Desde lo alto, con melancólica voz, entonaba el cantor las palabras de execración, en tanto que desde otro lado se mezclaban con estas maldiciones los penetrantes sones de una trompeta. Y se inclinaban los cirios negros cayendo el esperma derretido, gota a gota, en un gran recipiente lleno de sangre”. (Lewes: Historia biográfica de la Filosofía). Pronuncióse esta formula execratoria: “Por resolución de los ángeles y los santos, te excomulgamos, Baruch de Spinoza, te maldecimos y te desterramos, con la aprobación de los Ancianos y de esta Sacra Comunidad, ante los Libros Sagrados; por los 613 preceptos en ellos escritos, por el anatema con que maldijo Josué a Jericó, con la maldición pronunciada por Elisa sobre los párvulos, y por todas las excomuniones escritas en los libros. Execrado seas de día, y también de noche. Execrado seas despierto y también en sueños; execrado al entrar, y execrado al salir. Que no te perdone el Señor. Se enciendan en adelante el furor y la ira divina contra este hombre y le impongan todas las maldiciones escritas en los libros de la Ley. Borre el señor su nombre debajo del Sol, y le destierre por su delito de todas las tribus de Israel con todas las maldiciones escritas en los libros de la Ley. Y ordenamos nosotros que nadie le preste favor alguno, ni viva con el bajo un mismo techo, ni se le aproxime a menos de cuatro codos, ni que lea ningún escrito por el redactado”. (Pollock: Vida de Spinoza).
Proferidas estas retumbantes palabras, sumergiéronse de pronto todas las ardientes velas en la sangre, y de todas las gargantas broto un fulminante grito de odio y maldición. Y en las densas tinieblas bajo solemnes execraciones todos dijeron: “¡Amen, amen!” (J. K. Hosmer: Los judíos).
Poseemos así una ilustración para el capitulo “delaciones”. Con claridad meridiana aparece la enorme presión que moralmente oprime a los judíos que intenten sublevarse públicamente contra las ideas antisociales de su pueblo, aunque por temor a los terribles e inminentes castigos no se atreven.
La delación, tal como ordena la tesis 17 de los Protocolos, es preciso aplicarla contra todo aquel que se resista contra el “kahal”, o sea el antiguo sistema soviético de los judíos.
Luego de aniquilado el Estado judío por los romanos, mantuvieron los hebreos en la persona de su patriarca un centro espiritual y político, y una vez dispersados los israelitas por el mundo entero, este centro nacional siguió existiendo en la persona del “Príncipe del destierro”, o sea del exilarca, cuyo cargo suponemos existe aun hoy, y que según la creencia de muchos es actualmente ejercido por un personaje hebreo-americano. Pese a todas las afirmaciones contradictorias, los hebreos nunca dejaron de ser un pueblo, o mejor dicho, un grupo conscientemente compacto sobre la base de su raza común, visiblemente diferente de todos los demás pueblos, y con fines e ideales puramente judíos, es decir, de judíos para judíos y opuestos a toda la humanidad. Que realmente formen una nación dentro de otras naciones, sus voceros más responsables y sus mas sesudos pensadores no solo no lo niegan, sino que hasta lo puntualizan especialmente, hallándose así en absoluta concordancia con todos los hechos perceptibles. El hebreo desea vivir diferenciado de los otros pueblos, esforzándose en obedecer únicamente sus propias leyes y costumbres. Consiguieron los judíos en Nueva York, establecer su propio juzgado que entiende en sus asuntos particulares y de acuerdo con su peculiar legislación. Y corresponde esta exactamente a los principios del soviet o kahal.
Ya lo dice la “Enciclopedia judía”; la “comunidad”, la “asamblea” o “Kahal” fue siempre, y desde el siglo primero de nuestra era hasta la fecha, el centro de la vida publica hebrea. Otro tanto ocurrió ya en tiempos del destierro babilónico. Finalmente se manifestó oficial y públicamente este kahal en la conferencia de Versalles, donde los hebreos, de acuerdo con su programa mundial (el único que con pleno éxito y ninguna modificación triunfo en la conferencia), se aseguraron el derecho de su kahal para sus asuntos administrativos y culturales todos, prerrogativa esta que añadióse a
derechos ya existentes hasta en países donde hasta entonces el predominio se les había limitado.
La cuestión polaca es genuinamente judía, y el fracaso de Paderewsky como gobernante fue solo consecuencia de su posición bajo influencias hebreas. La de Rumania es también puramente judía, y todos los súbditos rumanos hablan de Norteamérica como del “Estado judío”, por haberse impuesto por sus políticos de la formidable presión ejercida sobre su patria por los judíos de Estados Unidos. Se ejerció esta presión sobre asuntos realmente vitales para Rumania y obligo a dicho país a firmar tratados tan humillantes o más que las condiciones impuestas a Serbia por el Imperio Austro-Húngaro, y de las cuales surgió la guerra mundial. Es visible la cuestión judía por encima de todas las causas que provocaron la guerra, como lo fue también sobre todos los obstáculos contra una paz posible.
Bajo el kahal, o el antiguo soviet, vivían los hebreos para si, gobernándose a si mismos en forma de relaciones con el gobierno oficial del país en que residían, solo por intermedio de sus superiores. Se caracterizaba esta forma como un comunismo mucho más agudizado de lo que jamás se presentara, salvo en Rusia. Educación, higiene, impuestos, asuntos familiares; todo quedo sujeto a la ilimitada voluntad de unos cuantos hombres que integraban el gobierno. Esta autoridad, tampoco limitabase temporalmente (lo cual debe también suponerse del actual poder teocrático de los rabinos), y recogíase muchas veces el cargo hereditariamente. La propiedad fue común, lo cual, empero, no impidió que los jefes se enriquecieran. Dichos kahales o soviets existían en Roma, en Francia, Holanda, Alemania, Austria, Rusia, Dinamarca, Italia, Rumania, Turquía e Inglaterra. En los Estados Unidos desarrollóse este sistema en conexión con la sinagoga y otras organizaciones secretas nacionales e internacionales.
Representa el kahal la forma tradicional de la constitución política judía durante la diáspora de los hebreos. Se manifiesta su carácter internacional en las autoridades más elevadas, y que se aplicaron a medida que los judíos se dispersaban por el mundo. Cita la Enciclopedia judía al “Consejo de tres tierras”, “Consejo de cuatro tierras”, “Consejo de cinco tierras” que en tiempos pretéritos formaban un lazo internacional. Pero se hace muy difícil averiguar en todos estos relatos, lo que de todo ello vale actualmente. El ultimo Congreso sionista, efectuado en Londres, donde, sin duda se arreglaron muchos asuntos relativos a los judíos residentes en el mundo entero (si bien esto no se dijo jamás públicamente), podría perfectamente llamarse el “Consejo de 35 tierras”, puesto que concurrieron delegados de las mas lejanas comarcas, tales como Laponia, África del Sur, Persia y Nueva Zelanda. El objeto de congregar a las autoridades judías universales fue el de unificar al pueblo hebreo, y relatos sobre congresos similares existen de todos los siglos pasados.
El soviet ruso no es, entonces, nada nuevo. Representa, simplemente, una forma de gobierno brutalmente impuesta a la Rusia no-judía por los judíos rusos revolucionarios, en cuya forma gubernativa el pueblo hebreo esta ya educado desde las primeras épocas de su contacto con la humanidad. Una Rusia soviética hubiese sido completamente imposible, salvo que un 90 por ciento de los comisarios fueron judíos. Otro tanto hubiera sucedido en Hungría, de no ser judío Bela-Kuhn, “el príncipe rojo”, y con él, dieciocho de sus veinticuatro comisarios. Representan los judíos el único pueblo perfectamente adiestrado en la instauración y administración de un kahal soviético.
Una noticia de la United Press de fecha 12 de agosto de 1920, caracteriza el parentesco interno del sistema soviético con la estructura espiritual de los hebreos. Esta información hablando de las ciudades y aldeas polacas ocupadas por el ejercito invasor rojo, dice: “Afirmase que las comunidades locales hebreas forman ya administraciones soviéticas y comunistas”. Es perfectamente natural, pero ello esta en flagrante contradicción con lo que se dice constantemente en la gran prensa respecto a los sufrimientos que padecen los pobres hebreos bajo el régimen soviético, y referente a su abominación de los rojos. Pero debe tener presente que la mayor parte de lo que leemos en la llamada gran presa, es artimaña pura y simplemente judía contrastando abiertamente con lo que nos vienen refiriendo testigos presenciales. Un miembro del “Comité de Socorros” norteamericano refiere que dicho socorro se imposibilita a menudo en Polonia, porque los propietarios de casas judíos, exigen alquileres exorbitantes para las necesarias oficinas y depósitos.
Otro miembro expresa que a pesar de haberse decuplicado las tarifas ferroviarias en los distritos dominados del hambre, los trenes más lujosos y recargados con las más altas tarifas son utilizados preferentemente por hebreos. De su viaje a través de Hungría, relata dicho caballero que “los húngaros ya no tiene dinero, pero si los judíos”.
“Es que los judíos norteamericanos aborrecen a Trotzky y al sistema soviético”, se oye replicar a veces. ¿Será cierto? En la página 9 de la revista norteamericana Mundo judío, de fecha 30 de julio de 1920, se publica una carta con la firma de la señora Samuela Rush. Reza su epígrafe: “¿Nos avergonzamos verdaderamente de Trotzky?”, y algunos párrafos entresacados de la misma, expresan lo siguiente: “Poco ha escuche quejas de editores hebreos, de que recaiga sobre el israelita la fama de radical.
Es cierto: muchos hebreos son radicales. Cierto es que algunos jefes de los radicales son judíos.
Pero antes de llorar sobre esta degeneración de la raza, reflexionemos un poco: Trotzky mismo nos fue siempre presentado como una persona ilustrada con profundos estudios sobre finanzas internacionales, como poderosos y autorizado jefe y pensador, que seguramente pasara a la historia como uno de los grandes de nuestra nación... Muy pocos de entre nosotros dudan todavía de que detrás de las tonterías que se vienen publicando acerca de Rusia esta la gran verdad de que Rusia se halla en ese estado de desequilibrio que siempre acompaña una reconstitución. Detrás del aparente desorden se oculta un plan, y de la catástrofe resurgirá el orden. No será un país de utopía, pero un gobierno tan bueno como el de los idealistas indudablemente inteligentísimos, que en la nueva Rusia van trabajando, puede formarlo con ayuda del material humano naturalmente defectuosos de que disponen. Y es León Trotzky uno de los jefes. ¿Es que realmente debemos avergonzarnos de Trotzky?”.
Es evidente que por lo menos la firmante no se avergüenza de Trotzky.
Debe también conocerse lo concerniente al juez Harry Fischer, de Chicago. Mientras el señor Fischer percibió su sueldo del Estado por su cargo de juez, recorrió el mundo al servicio del Comité Judío de Socorros... Luego de haberse marchado vario de rumbo, llegando finalmente a Rusia. En varias entrevistas expresó que se le permitió entrar en Rusia con la condición de no ocuparse de cuestiones políticas. Parece que no se le impuso tal condición al regresar a los Estados Unidos, porque abiertamente actuó en nuestro país como propagandista de una política de relaciones
comerciales ilimitadas con el gobierno soviético ruso. Según el diario Tribune, de Chicago, dice en resumen este juez: “Debemos abandonar a Rusia a sí misma, mas las relaciones comerciales con los soviets tendríamos que reanudarlas. El gobierno comunista esta firmemente arraigado. Mientras que solamente existen unos 700.000 miembros del partido comunista, los campesinos apoyan con sus 100.000.000 de almas el régimen de Lenin”. Entre los proyectos soviéticos apoyados por los casi cien millones de campesinos, se destaca, también el siguiente, de especial interés por el hecho de que el juez Fischer también ostenta la investidura de magistrado moralista dentro del Juzgado Moral de Chicago: “Hace cierto tiempo se publicó la noticia de que las mujeres rusas habían sido declaradas propiedad nacional. Esto no es verdad; pero la facilidad con que es posible contraer matrimonio y divorciarse, favorece un cambio rapidísimo. Todo el que desea casarse, se presenta ante la autoridad competente y asienta su nombre en el registro matrimonial. Es pues, muy grande el estimulo de casarse. Cuando dos personas necesitan con urgencia alimentos y ropas, convienen a veces en casarse durante un día. Vuelven juntas al siguiente a los registros civiles y esta vez sus nombres simplemente se inscriben en los libros de divorcios. Eso es cuanto hace falta para casarse y divorciarse. Y obtienen así una buena comida”.
El juez Harry Fischer, de vuelta del extranjero al servicio del Comité judío de Socorros, parece ser que no es tampoco de los que se avergüenzan de Trotzky.
 Máximo Pine, durante años secretario del comercio hebreo de Nueva York, estuvo también en la Rusia soviética como “representante obrero”. Pudo también referir muchas aventuras de los soviets, y entre otras la rara contradicción de que a los hebreos en Rusia, aun cuando no son comunizantes, les va admirablemente bien. 
Escuchamos, pues, a tres personas distintas, pertenecientes a muy diversas capas sociales, pero cada una de ellas alienta una natural simpatía por el kahal, o sea el soviet, cierta admiración por sus métodos, y una abierta benevolencia hacia sus jefes. Porque el comunismo es la forma más perfecta de un despotismo absoluto, y precisamente aquellas costumbres matrimoniales están en completo acuerdo con los Protocolos sionistas, en que se dice: “Destruiremos la influencia hogareña y familiar entre los infieles”. Puede ponerse en duda que los kahals o soviets judíos-rusos consigan o no la absoluta destrucción de la vida familiar rusa. La debilidad fundamental del sistema soviético es idéntica a la de los Protocolos, o sea, una inaudita depravación moral, que como un cáncer va creciendo, hasta que junto con el organismo que ataca, muere por fin ella misma. 
Desde el punto de vista de los Protocolos sionistas, Rusia no representa aun el Estado judío, pero si
un Estado no-judío conquistado por fuerzas judías. Se citan en los protocolos tres grados del procedimiento. Consiste el primero en la secreta destrucción de la comunidad racial mediante la divulgación de ideas seductoras y disolventes, en cuya labor recúrrese también a elementos no- judíos. Cuando estas ideas han surtido suficiente efecto para destruir a la sociedad, provocando una crisis, aparecen (como ocurrió en Alemania) repentinamente en la superficie aquellas fuerzas que accionaban antes en secreto, toman las riendas y dirigen  la revuelta. Esto ocurrió en Alemania inmediatamente después de la derrota consecutiva al armisticio , pero los alemanes ya hacia tiempo que habían conocido la decisiva influencia de los judíos en todos los altos cargos del Imperio, y no paso así mucho tiempo sin que los hebreos hubieran de desaparecer nuevamente de todos estos cargos públicos. En Rusia también se echaron los judíos de inmediato sobre el poder político y administrativo, y lograron mantenerse en él. Empezó este proceso con la presión ejercida por Kerensky, alias Kirbis, sobre el zar, para que este abdicara, y sigue manifestándose bajo Trotzky, alias Braunstein, cuyos ejércitos rojos rodean la garganta de Europa. 
Mas la conquista de un país, como se intento en Alemania, y se logro en Rusia, no es aun el objetivo final, según los Protocolos; representa únicamente el principio de su desarrollo públicamente visible. Tiende el kahal-soviet a la total destrucción de la sociedad no-judía, al aniquilamiento completo de toda cooperación y unión, a entronizar un despotismo absoluto, reglamentando exactísima y detalladamente hasta el más pequeño distrito, y lograr así volverse a levantar. Semejante proceder también comprende, naturalmente, la descomposición de la vida industrial, así como el reclutamiento de los no-judíos en el ejercito, y, desde luego, una general disolución de toda moral y de todo orden. Tal es el programa de los Protocolos en su consecuencia última, antes de empezar siquiera con la reconstitución  con la cual se transformara el respectivo país en un Estado judío. No se vio aun en el mundo esta última fase, ni se pretende en Rusia hasta ahora. Si despierta el pueblo ruso del atolondramiento en que cayó, tampoco podrá ofrecérsenos allí. Aunque pregonen voces hebreas que Rusia, Estado soviético, esta bien fundamentada, será Rusia la que habrá de pronunciar la palabra decisiva, y Rusia todavía no hablo. Estremécese hoy el mundo entero ante el despertar futuro de la verdadera Rusia, ante la perspectiva de la terrible venganza que sobre los soviets habrá de tomar. 
Durante la revolución francesa, el programa convenido en los Protocolos sionistas vio muy próximo su cumplimiento, pero lo aniquilo la depravación moral. En Rusia dio este programa un paso mas hacia su victoria, pero también sucumbirá ante la negación de las leyes morales. La cuestión judía debátase en la actualidad prácticamente en Polonia y Rusia, y las fuerzas judías reciben su apoyo principal desde los Estados Unidos. Nada tiene de extraño, entonces, que los pequeños Estados de la Europa Orienta, en su heroica lucha contra el pulpo judío, tilden a Norteamérica de “Judea”. 
“Demostraremos nuestro omnipotente poder en un Estado”, expresan los Protocolos. “Para poner en evidencia la esclavitud de los gobiernos europeos infieles, probaremos a uno de ellos nuestro poder mediante la violencia, o con un gobierno terrorista”. (Protocolo 7). 
Las potencias europeas, una después de otra, se vieron obligadas a retirar sus tropas de Rusia. Uno después de otro, los ministros europeos se dejaron atar las manos frente al problema ruso. Y el mundo entero vióse obligado a presenciar, impasible, la violación de Polonia, al osar resistir al poderío hebreo. Rusia tuvo que pagar extraordinariamente caro el intento de independizarse de los judíos, y ahora le toca el turno a Polonia. Este incendio, tal como lo esperan los judíos rusos, y con ellos muchos judíos de aquí, llegara a inflamar el mundo. 
Si quisieran los judíos, omnipotentes en el mundo, que se librara Rusia, si desearan que se extinguiera la llama voraz y que terminara la participación de los judíos en los movimientos revolucionarios del globo entero, lo podría lograr en menos de una semana. Lo que presenciamos actualmente en el mundo se hace por voluntad y con plena conciencia de los poderes internacionales judíos. En apariencia no existen indicios de hacer retroceder un movimiento que
arraiga preponderantemente en los círculos judíos norteamericanos. Esto responde al plan en el punto que expresa: “demostraremos nuestro poderío en un Estado”, y así se hará. Más este “demostrar tiene dos caras: si bien demuestra el poder , descubre al propio tiempo al pueblo que lo ejerce, y es muy posible, al fin y al cabo, que este deseara no haberlo anhelado jamás, ni conseguido, ni utilizado. 
El que desee comprobar la exactitud del juicio del carácter humano, tal como se refleja este en los Protocolos judíos, que estudie un poco el efecto del bolcheviquismo ejercido sobre si mismo. Es innegable que en todas las capas del pueblo norteamericano no-judío existe cierta especie de admiración por el gran golpe de Lenin y Trotzky, asestado sobre fundamento tan macizo. Su osadía, su aptitud para sostenerse frente a tantas energías contrarias, encontraron involuntariamente cierta aprobación. Conviene con ello comparar el párrafo del Protocolo 10 que expresa: “Sienten las masas cierta simpatía y estima especiales por el genio político violento, exclamando ante todos los hechos audaces: “infame, pero hábil”, “un burdo engaño, pero bien hecho”, “insolente, mas grandioso”. Nosotros contamos con el reclutamiento de todos los pueblos para fundamentar nuestra gran obra. Ante todo debemos asegurarnos los servicios de agentes valientes y audaces, que aparten todos los obstáculos de nuestro camino. Cuando demos nuestro golpe de Estado, diremos al pueblo: “Todo fue mal, todos sufrimos las causas de vuestros sufrimientos, como ser el nacionalismo, las fronteras y las diferencias monetarias. Claro es que podéis juzgarnos como queráis, pero seria injusto si lo hicierais antes de darnos la oportunidad de demostraros lo que queremos y podemos”. 
Nada de torpe tiene esta idea, y de acuerdo con ella se procedió siempre, y con éxito. Pero por fuerza habrá de manifestarse también un efecto contrario. Los verdaderos causantes, y las reales intenciones del movimiento, que se ocultan detrás del bolcheviquismo, aparecerán inmediatamente. Entonces, como un solo hombre, la humanidad entera, triturara este plan mundial en el preciso instante en que parezca hallarse ante la victoria definitiva. 
El sistema de kahal soviético ruso será precisamente el que proyectara una luz mucho mas clara sobre el plan mundial judío, como ningún otro intento podría hacerlo. Cinco generaciones fueron viendo y juzgando la revolución francesa bajo la errónea y engañosa luminosidad que muy hábilmente se le supo dar. Se sabe hoy que aquella revolución no fue obra del pueblo francés, sino el crimen de una minoría que pretendió imponer a la fuerza a ese pueblo, el mismo plan que aquí nos ocupa. Y fue precisamente el pueblo el que derribo la Revolución, mal llamada Francesa. Pero a partir de entonces, como resultado de esa rebelión planeada por una minoría perfectamente organizada. Francia no pudo ya librarse jamás del yugo de un dominio hebreo. 
No pasara la revolución  rusa a la historia con el mismo romántico clamoreo, porque ya sabe el mundo lo que existe de real y verdadero en ella. Se sabrá, también, muy pronto, con que dinero y con que directivas espirituales se planeo y realizo, y de que continente provino el principal impulso. La rebelión rusa es de origen racista, no político, ni económico . Bajo su socialismo mentido, y sus frases hueras de “confraternidad universal” ocultase el plan exactísimamente trazado de un anhelo por el predominio mundial de determinada raza, que nada tiene de rusa, sino que tiende a hollar todo razonamiento sano y los comunes intereses de la Humanidad civilizada.