martes, 10 de enero de 2017

"EL JUDIO INTERNACIONAL" Por Henry Ford- CAPITULO 4- ¿ES REAL O IMAGINARIA LA CUESTION DEL JUDAISMO?


 

A partir del LUNES 2 de ENERO de 2017, nos hemos propuesto realizar la  republicación de la obra escrita por Henry Ford "EL JUDIO INTERNACIONAL" con las dos partes que la integran, colgándola al blog en espacios 0,30 a 12.30 horas durante el trancurso de diez dias y continuado con idéntico método  hasta su fin. Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
"EL JUDIO INTERNACIONAL"
Por Henry Ford
PRIMERA PARTE
CAPITULO 4
IV ¿ES REAL O IMAGINARIA LA CUESTION DEL JUDAISMO?
La extremada susceptibilidad, tanto de los judíos como de los no-judíos al respecto, es la principal dificultad que se opone a la publicación de escritos sobre la cuestión judía. Existe algo así como la impresión general de que podría ser casi un delito pronunciar la sola palabra "judío" en público. Se trata de atenuar empleando eufemismos, tales como "hebreo" o "semita" – expuestos ambos a la doblez de la inexactitud, - y se aborda esta cuestión con remilgo tan grande como si estuviera realmente prohibida; hasta que se presenta algún judío que sin rodeos ni eufemismos llama las cosas por su nombre verdadero de "judío". Solo entonces existe vía libre y se puede hablar. Nada tiene la palabra de "judío" de epíteto tendencioso, sino que constituye un antiguo nombre propio con su concepto perfectamente definido en cada edad de la historia humana, tanto en la antigüedad como en el presente y en el porvenir. 



Existe entre lo no-judíos una increíble escrupulosidad para tratar la cuestión judía en la esfera publica y preferirían conservarla en el impenetrable mundo de su ideología dejándola envuelta en misterioso silencio. Tal vez se dejen llevar por una vaga tolerancia heredada; pero nada parece más verosímil que la causa de semejante proceder emane de un sentimiento indefinido, de que este asunto debatido con franqueza pudiera acarrear inconvenientes para la propia persona. 
Cuando se habla en público sobre la cuestión judía, suele hacerse en la flexible forma de diplomático, o de charla superficial; se citan ilustres nombres judíos en filosofía, medicina, literatura, música y del mundo de las finanzas, se alaba la gran energía, habilidad y espíritu de ahorro de la raza judía y cada cual se va a su casa en la creencia de haber oído algo muy interesante sobre asunto tan complicado. Pero nadie modifica nada con este proceder, ni el judío ni el no-judío, y el judío sigue siendo lo que es: un enigma en el mundo. 
El sentir íntimo del no-judío al respecto se caracteriza por la voluntad de callar. "¿Por qué hablar del asunto?", se dice a menudo. Pero este modo de proceder demuestra de por si que existe en realidad un problema que todo el mundo evitaría con agrado si fuera posible. El pensador lógico comprende al punto por este hecho que hay algo problemático, cuya discusión o supresión no depende solamente de la buena voluntad de los caracteres pusilánimes. 
¿Existe en Rusia una cuestión judía? Indiscutiblemente, y en forma evidentísima. ¿Requiere dicha cuestión ser resuelta en Rusia? Indudablemente; venga la solución de donde viniere, si aporta luz y saneamiento en estas horas de oscuridad. 
La proporción entre la población judía y la rusa supera solo en un 1 por ciento la de ambas razas en los Estados Unidos. No es menos peligrosa en Rusia, que en nuestro país la mayoría de los judíos, solo que allí viven bajo ciertas restricciones que no existen aquí. Y, sin embargo, el espíritu judío les había procurado en Rusia una serie de poderes que aniquilo totalmente el espíritu ruso. También en Rumania, Rusia, Austria, Alemania, en todas partes donde la cuestión judía se presente como primordial, se observa siempre como causa principal del antisemitismo el impulso de dominación del espíritu judío. 
Lo mismo en la Unión, la causa que agudiza la cuestión judía, radica en el hecho de que esta minoría de ciudadanos judíos – una ínfima inmigración de sólo un tres por ciento en un país de 110 millones de habitantes – logró en 50 años tal preponderancia que a ningún otro grupo de población, aún en decuplicada superioridad numérica, le hubiese sido posible lograr. Un 3 por ciento de otra nacionalidad cualquiera no se advertiría, por la sencilla razón de no hallarse en parte alguna un solo representante de dicha minoría, y mucho menos en las conferencias secretas del Consejo de los Cuatro en Versalles, o en el Tribunal Supremo de Justicia, o en la Casa Blanca, o en el mundo financiero; en una palabra, en ninguna parte donde radican verdaderamente poderes. En cambio, al judío le hallamos, no por casualidad, en una u otra parte de los referidos centros, sino inevitablemente en todos ellos. El judío posee la inteligencia, la energía, la sagacidad instintiva; mas también una procacidad sin limites, que en conjunto y como automáticamente le ubican siempre en primera fila. Lógica consecuencia, es que también la raza judía, más que ninguna otra, llame la atención del pueblo norteamericano. 
Y es aquí donde empieza realmente la cuestión judía, con muy simples y claras determinaciones de hechos: ¿Por qué aspira el judío siempre e irresistiblemente a la ocupación de los más elevados cargos? ¿Qué es lo que le impulsa?, ¿Por qué se eleva hasta ellos?, ¿Qué es lo que hace allí? ¿Qué significa para la humanidad que los ocupe el judío? Tal es la cuestión judía en su origen verdadero. Desde aquí se amplia hacia otros horizontes. El que haya adquirido un cariz anti o filosemita, depende de la proporción de prejuicios que se empleen, y el que vaya cobrando una importancia que actúe en bien de la humanidad toda, depende del grado de prudencia e inteligencia que se invierta en su solución. 
Aunque no intencionado, el uso del concepto "humanidad" en combinación con la palabra "judío" adquiere, por lo general, un doble sentido. Se cree a menudo que el judío debe ser tratado humanitariamente. Demasiado tiempo hace ya que el judío se habituó a reclamar humanidad exclusivamente para él. La humana sociedad tiene ahora perfectísimo derecho a exigir la tal pretensión unilateral para que cese en su inicua expoliación de la humanidad y deje de fundar todo
su razonamiento exclusivamente en el punto de vista de su propio beneficio. El judío tiene el deber de cumplir la antigua profecía, según la cual todos los pueblos del mundo serian por él bienaventurados, debe obrar en este sentido, que hasta hoy no pudo cumplir debido a su absoluto exclusivismo. 
No es posible admitir ya que el judío siga representando el papel de "receptor exclusivo" dentro de la humanidad; debe evidenciar aprecio hacia una sociedad humana, que va comprendiendo con angustia que es cruelmente explotada por los círculos poderosos de la raza judía hasta el extremo de poderse hablar de un colosal "progrom cristiano" producido por la miseria económica organizada sistemáticamente contra una humanidad casi inerme. Esta humanidad esta más desamparada contra las perfectamente organizadas iniquidades de los poderosos financieros judíos, que lo estuvieron los pequeños grupos de judíos rusos perseguidos por las vengadoras masas populares. 
Desde un comienzo, estos artículos de fondo nuestros tropezaron con una casi infranqueable barrera de Correos, en Telégrafos hasta verbalmente. Toda publicación de esta índole es calificada de "difamación". Con tales artículos se perpetra un crimen brutal e imperdonable contra un pueblo inocente y digno de toda conmiseración. (Esto se cree al menos). Los membretes de los poderosos magnates que piden socorro, los medios financieros enormes de los que protestan, y el numero de miembros de aquellas sociedades cuyos presidentes exigen, desaforados, que todo lo dicho sea desmentido, se observan después. Y lo más infame es que siempre, luego de esta grita, se observa con el boicot (listas negras), cuya conminación basto en Norteamérica para que la cuestión judía no se discuta públicamente. 
Pese a tales amenazas por su discusión pública y a la falsa maniobra de proclamar solo glorias legitimas o ensalzar todo lo referente a los judíos, la cuestión judía en Norteamérica no puede ocultarse ya por más tiempo. La cuestión es clara, y no se la puede tocar ni escamotear aun con la más hábil propaganda; tampoco se la puede reprimir, ni siquiera con las mas groseras amenazas. Los judíos en Estados Unidos servirán mejor a su causa y a todos sus correligionarios del mundo entero si acallaran de una vez el clamoreo del "antisemitismo", dando distinto tono a este lamentable gemido, muy propio de una desdichada víctima, cooperando a la solución de este grave problema, indicando con claridad lo que cada judío amante de su raza podría y debería hacer para solucionarla de una vez. 
En los precedentes capítulos se ha ido empleando el concepto de "judío internacional". Esta expresión-concepto admite dos interpretaciones distintas; una de ellas es la de que el judío, habite donde habite, sigue siendo siempre judío, y otra la de que el judío ejerce un dominio internacional. El verdadero pulso propulsor del antisemitismo radica en esta última interpretación. 
Este tipo judaico internacional que ansia el dominio de los pueblos, o que ya lo tiene y ejerce, significa para su raza un apéndice realmente pernicioso. Lo más desagradable en este judío internacional, visto desde el punto de vista del judío común, es justamente que sea también judío. Y lo extraño es que ese tipo no nace en parte alguna, sino sobre tronco judío. Pero no es el caso que entre los innumerables déspotas financieros del mundo entero se cuenten algunos judíos, sino que dichos déspotas sean exclusivamente judíos. Este tan elocuente hecho produce, naturalmente, un sentimiento fatal contra los demás judíos, que no pertenecen ni pertenecerán jamás a esa especie de dominadores internacionales, sino que siguen siendo, sencillamente, parte de la masa del pueblo judío. En el caso de que el dominio universal fuera ejercido por personalidades de distintas razas, como por ejemplo ocurre con el dominio de las artes blancas en Norteamérica, entonces los pocos judíos que se hallasen entre ellas, no podrían plantear un problema, que en caso de ser un problema tal dominio, este se limitaría a los hechos en si, sin interesar a las personas o a las razas. Pero puesto que el domino universal constituye un deliberado propósito solo realizable por judíos, con métodos bien diferentes a los de otros conquistadores en el mundo, es preciso e inevitable que el conflicto suscitado recaiga irremisiblemente sobre aquella raza.
 Se complica con ello el asunto. Cuando a este núcleo de dominadores del mundo se les llama "judíos" – y siempre lo son – no es posible segregar dicho núcleo estrictamente y separarlo de los demás de su raza. El orientado lector podrá hacerlo, mas el judío, siempre inclinado a sentirse ofendido, no puede soportar un ataque dirigido "a las alturas", por relacionarlo inevitablemente consigo mismo. ¿Por qué, entonces, cuando se habla de esa clase de "más arriba", no se habla simplemente de financieros en general, en vez de decir "judíos"? Lógica nos parece la pregunta, pero no menos lógica es la respuesta: porque todos son judíos. No radica el problema en que en una extensa lista de personas eminentemente ricas se encuentren mas nombres no judíos que judíos. No  se trata únicamente de personas ricas, muchas de ellas habiendo obtenido sus riquezas por igual sistema, sino que se trata solo de aquellas personas dominantes por sus riquezas, pues es indudable que ser rico y dominar por las riquezas son dos cosas diferentes. El judío dominador tiene, innegablemente, grandes riquezas; pero aparte de las mismas, tiene, además algo que es infinitamente más poderoso que todas sus riquezas. 
El judío internacional, como lo demostramos, no domina en el mundo por su riqueza, sino porque posee en sumo grado ese espíritu mercantil e imperioso propio de su raza, y porque además puede apoyarse sobre la lealtad y solidaridad de la misma, cosa que no acaece en ninguna otra familia humana del globo terráqueo. Si se pretendiera conceder de pronto el dominio mundial actualmente ejercido por los judíos al conjunto de miembros de la familia humana más predilecta en cuestiones mercantiles, este mecanismo se desharía por el simple hecho de que los no judíos carecen de una cualidad netamente determinada, que – divina, o humana, innata o adquirida – el judío posee en sumo grado. 
Inútil será decir que todo esto es negado por el judío moderno. No admite que el judío se diferencie del resto de los mortales salvo en su culto religioso. "Judío", dice, no es epíteto de una raza, sino que simplemente caracteriza a los creyentes de determinada confesión, tal como se habla de "prebisterianos", "católicos" o "luteranos". Esta interpretación se halla a menudo en artículos periodísticos, en los que los judíos protestan de que al delincuente de su raza condenado por cualquier delito se le designe como judío, aduciendo que de los otros criminales tampoco se hace constar la confesión religiosa; "¿Por qué hacerlo, entonces, con los judíos?" Exigir tolerancia religiosa siempre surte efecto, y conviene muchas veces además, distraer la atención publica de asuntos más importantes. 
Ahora bien, si el judío se distinguiera del resto de la humanidad únicamente por su confesión religiosa, desde el punto de vista del contenido moral, y si en realidad radicara en esto la diferencia, la misma se eliminaría por el hecho de que la religión judía forma la base moral de las ulteriores confesiones cristianas. 
Por otra parte, consta que de los judíos que habitan en países de habla inglesa, dos millones se dicen judíos por su raza y solo un millón declara su religión. ¿Serán por ellos los unos menos judíos que los otros? No admite el mundo tal diferencia, como tampoco los sabios etnógrafos. Un irlandés que abandona su credo, sigue siendo irlandés, como el judío sigue siempre siéndolo, aunque renuncie a su sinagoga. A esto responde el sentir general de judíos y no-judíos. 
Otra consecuencia más grave aun se presentaría su fuera justo tal nuevo aserto de los judíos. Seria entonces inevitable explicar su afán de predominio, precisamente como resultado de sus creencias religiosas. Tendría que decirse, necesariamente, que los judíos deben su poder a su religión, y por lo tanto la crítica debería dirigirse hacia esa religión que proporciona riquezas terrenales y mundial dominio a sus creyentes. Pero apoya otro hecho la falsedad de tal aserto: el de que los judíos, que realmente ejercen el dominio mundial, no son precisamente religiosos. Nos demuestra la práctica que los más sinceros creyentes de la Ley Mosaica son, en su mayoría, los judíos más pobres. Cuando se quiera conocer la severidad mosaica, o sea la base de la moralidad del Antiguo
Testamento, no se hallara entre los judíos poderosos, que unitarizaron su religión, tal como los cristianos unitarios judaizaron su cristianismo, sino entre los judíos miserables que viven en callejuelas, y que para santificar su fiesta semanal, sacrifican los beneficios de sus negocios del sábado. Su religión no les facilita a estos el dominio mundial; al contrario, hacen sacrificios personales para mantener incólumne su religión contra las modernas influencias. 
Si fuera verdad que el judío no se distingue del resto de la humanidad más que por su religión propiamente dicha, toda la critica del judaísmo, solo significaría un farisaísmo intolerable. Más, al profundizar en este problema, se comprende al punto que el judío en nada se diferencia menos de la humanidad no-judía que por la religión. En efecto, entre las dos grandes ramas del cristianismo, existe una diferencia mayor que entre uno u otro de ellos por un lado, y el mosaísmo por otro. 
En suma, y aunque lo siga negando el factor judío, el mundo seguirá considerando al judío como miembro de una raza distinta. Siempre defraudo la tenacidad de esta raza los numerosos intentos de exterminio realizados. Supo mantenerse plena de vitalidad y poderío, aplicando únicamente aquellas leyes naturales cuyo descuido bastardeo a tantos pueblos. Fue esta raza la que paso de la antigüedad a la era moderna, gracias a sus dos grandes valores psíquicos, monogamia y monoteísmo, presentándosenos en la actualidad como vestigio visible de una antigüedad de la que emana toda nuestra hacienda espiritual. 
Y el judío seguirá destacándose siempre como parte de una raza, de una nacionalidad, de un pueblo propio. Cualquier contacto con ideologías extrañas, con costumbres de otros pueblos, no cambiara en absoluto este aspecto. Un judío sigue siendo siempre judío y mientras permanezca fiel a sus inatacables viejas tradiciones, seguirá siéndolo en el futuro. Tendrá siempre el derecho de suponer que pertenecer al judaísmo equivale a ser miembro de una raza superior. 
Estos judíos dominadores internacionales están en la cima de su poderío – aparte de otras razones – merced a ciertas particularidades del propio ser judío. Cada judío posee estas particularidades, aunque no en cantidad idéntica, así como todo inglés habla la lengua de Shakespeare aunque no sea un Shakespeare. De ahí la imposibilidad de comprender al judío internacional, sin juzgar críticamente las bases del carácter judío y su psicología. 
Es posible prescindir del reproche más generalizado, de que el éxito judío proviene de la falta de honorabilidad judía. Es ilógico acusar al pueblo judío, como cualquier otro pueblo con generalidades tales. Nadie mejor que el judío esta enterado del reproche general, de que los usos mercantiles de los judíos son todos infernales. Indudablemente, en muchos casos puede existir cierta carencia de escrupulosidad, sin que llegue a ser informalidad punible. También es posible que la fama de que gozan siempre los judíos sobre este particular, provenga más que de su informalidad real de causas diferentes. 
Una de estas posibles causas puede citarse desde ya. Como comerciante transaccionista o intermediario, es efectivamente, más hábil el judío que los nativos de otros pueblos. Se dice que existen otras razas tan hábiles en este sentido como el propio judío, pero entre ellas este no prospera. Esto permite que las razas mas lerdas para los negocios se crean con derecho a suponer que son harto vivaces, estableciéndose un recelo contra aquellas. El mundo entero desconfía del mas vivo, aunque tal viveza sea completamente inofensiva. El cerebro que piensa con menos rapidez, supone fácilmente que aquel que en una operación comercial pasa por tantos callejones lícitos, puede también ir fácilmente por senderos vedados y alimenta con facilidad la sospecha de que quien hizo por fin "negocio" lo logro con ardides no muy lícitos. Las personas pausadas, honorables, y que hablan y accionan con la mayor escrupulosidad, tendrán siempre sus recelos contra aquellas personas que saben extraer rápida ventaja de todas las circunstancias. 
Tal como lo prueban las tradiciones históricas antiquísimas, fue siempre el judío un pueblo
dedicado exclusivamente al intercambio. El judío se torno antipático por razones de negocio; mas no todas pueden explicarse por la opinión personal, ni por la inventiva de sus enemigos. Es conveniente recordar al respecto las persecuciones de que fueron víctimas los judíos en la antigua Inglaterra. En aquella época, el gremio de comerciantes tenia en Inglaterra costumbres muy honorables. Un comerciante honrado, por ejemplo, no podía nunca iniciar un negocio de por si, sino que debía esperar a que se le ofreciera. También el arreglo de las vidrieras con luces o colores, o la llamativa exposición de las mercaderías ante los ojos del público adquiriente, se consideraron métodos despreciables, tendientes únicamente a quitar la clientela al comerciante vecino. Se considero asimismo informal y desacostumbrado traficar al mismo tiempo con más de una clase de artículos. Si alguien se ocupaba de la venta de té, ¿no hubiera sido perfectamente natural que vendiera también cucharitas? Mas el solo anuncio de ello hubiera sublevado tan profundamente la opinión publica en aquellos tiempos, que el comerciante, tal vez hubiera puesto en peligro su negocio. Lo correcto para un comerciante de aquel entonces era dar a entender que solo muy difícilmente se apartaría del comercio de sus mercaderías habituales. 
Es fácil imaginarse lo que ocurriría al introducirse el judío en esta maraña de viejas costumbres. Simplemente las destrozo. En aquellos tiempos las costumbres tenían un valor casi idéntico a las leyes divinas, y, por lo tanto, el judío debía ser considerado con su proceder como un perfecto ácrata. Se convirtió en un axioma que aquel que violara estos arcaicos hábitos comerciales, no se asustaba ante nada. El judío tenía prisa de vender cualquier cosa. Si un artículo no satisfacía al cliente, le ofrecía otro cualquiera que tuviera a mano. Las casas de comercio judías se transformaron en bazares, que a su vez, son predecesores de nuestros gigantescos y modernos almacenes. Con ello desapareció la antigua y sana costumbre inglesa de tener una tienda para cada índole de mercancías. El judío, siempre en pos del negocio, lo persiguió, lo derroto charlando, fue el inventor de la máxima de "grandes negocios con pocos beneficios"; fue también el que introdujo el sistema de negocios a plazos. Lo único que el judío jamás pudo tolerar, fueron la tranquilidad y la estabilidad. Únicamente la movilidad fue su anhelo. El judío es el padre del anuncio y las ventas en que la simple publicación de las señas de cualquier casa comercial hubiese despertado la sospecha en el publico de que el dueño de la misma necesitaba dinero con urgencia, que se hallaba al borde de la quiebra y que en su desesperación acudía hasta los mas dudosos medios de salvación a que jamás hubiese recurrido comerciante alguno con dignidad. 
Es indudable que tal energía y vivacidad pudieran ser confundidas con mala fe. El comerciante británico honrado tuvo que suponer que el judío no procedía de buena fe. Este, en cambio, hizo su juego para apoderarse de los negocios, y lo consiguió maravillosamente. 
A partir de entonces el judío siempre demostró idéntica habilidad. La facultad de atraer correntadas de oro hacia sus propias arcas, en particularidad instintiva. El establecimiento de un solo judío en un país cualquiera creo de inmediato la base para que pudieran establecerse también otros de su raza. No le hace que esto sea el natural desarrollo de unas aptitudes innatas o un plan consciente, fundado en la unidad y lealtad de raza; lo evidente es que en todo momento las factorías judías guardaban contacto entre si. A medida que crecían estas en riquezas, influencia y poderío, logrando relaciones con los gobiernos de los países en que se manifestaron, tuvo por fuerza que pasar el poderío principal al centro de la comunidad, sin que fuera óbice el que este estuviera temporalmente en España, en Holanda, o en Inglaterra. Inútil es inquirir si ocurría intencionadamente o no: lo cierto es que uniéronse con mayor firmeza con la que otras ramas comerciales pueden lograrlo, porque el engrudo de la unidad de raza, el lazo de fraternidad racial no puede ser tan firme, en ninguna nacionalidad, como lo es en la judía. Nunca coinciden los no- judíos en considerarse solidarios en su calidad de tales, ni se consideran obligados al prójimo porque este sea también no-judío. Aconteció así que se prestaron voluntariamente como agentes de los hebreos en tiempos y ocasiones en que a los judíos no les convenía mostrarse públicamente como dueños del negocio. Pero jamás estos substitutos fueron verdaderos competidores de los judíos en el terreno de la dominación económica del mundo.
 De las diversas comunidades, afluyo al poderío a la comunidad central, donde se encontraban los principales banqueros y los grandes dirigentes de negocios. E inversamente, refluyeron a las comunidades órdenes y datos de inapreciable valor desde la central. Intuyese así fácilmente que en situación semejante un pueblo que demostrara aversión a los judíos, tuviera que sufrir su acción, en tanto que, por otro lado, un pueblo favoreciera a los judíos, extraía de ello ventajas. Consta, sin lugar a dudas, que los judíos hicieron sentir duramente su poder a pueblos contrarios a su insinuación. 
Existió siempre y sigue aun hoy existiendo este sistema en proporciones más amplias. Hace cincuenta años que el negocio bancario internacional, exclusivamente dominado por los judíos como intercambistas universales, estuvo en su apogeo. Por doquier poseyó un supercontrol sobre todos los gobiernos y las finanzas de los Estados. Nació mas tarde algo nuevo: la industria. Esta adquirió proporciones y una importancia que ni los sabios profetas hubiesen podido pronosticar. A medida que la industria crecía en fuerza y poderío, convirtióse en un poderoso imán de dinero, que absorbió en su remolino las riquezas del mundo. Más no únicamente por el mero hecho de la posesión de riquezas, sino para hacer trabajar otra vez este dinero. Durante cierto tiempo actuaron estos nuevos métodos para producir y extraer utilidad de la producción, en vez de poseer y lograr luego de los intereses del capital prestado. Desencadenóse la guerra mundial, en cuya preparación tienen indudablemente gran parte de culpa aquellos intercambistas financieros y estas dos potencias, la industria y las finanzas, se enfrentan hoy en un duelo a vida o muerte y cuyo éxito decidirá quien deberá prevalecer en lo futuro: si el trabajo productivo o el capitalismo negativo. Esta importantísima decisión a adoptar es una de las causas por las cuales la cuestión judía aparece nuevamente en el terreno publico. 
Que se lo haga constar y comprobarlo, no quiere decir que se reconozca la superioridad judía. Expresar que el judío es extremadamente feliz en sus éxitos y se le debe por ello aherrojar, seria algo sencillamente ridículo. Tampoco correspondería a la verdad de las cosas decir que toda la colaboración judía en el mundo fue nociva. Por el contrario, tal vez seria posible demostrar que hasta hoy ha sido favorable. Al éxito no es posible acusarlo ni condenarlo. Si se desea mezclar la moral en estos asuntos, solo podría ser con respecto al uso que se haga de un éxito logrado. La cuestión toda culmina, una vez hechos constar los antecedentes efectivos, en preguntarse si puede o debe seguir el judío procediendo en la misma forma que hasta ahora, o si es que existe para el una obligación para con la humanidad de hacer en lo sucesivo un uso muy distinto del poderío mundial una vez adquirido. 
A tal objeto debemos organizar; en primer lugar o r g a niz a r e n f o r m a t al q u e el m u n d o t e n g a u n a prueba de la amplitud y fuerza de nuestro afán de libertad. Organizar, en segundo lugar, para que se conozcan y se aprovechen como es de bido las fuentes de nuestro poderío... ,
t t Organizar, organizar, hasta que ca da hebreo no pueda levantarse sino para ser tomado al punto en cuenta en nuestro bando o para que, consciente o in c o n s cie n t e m e n e , p u e d a c o n a r s e e n t r e lo s extraños. 
(D. Brandeis, juez en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, seg. " Sionismo ").