martes, 10 de enero de 2017

"EL JUDIO INTERNACIONAL" Por Henry Ford- CAPITULO 3- HISTORIA DE LOS HEBREOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTE AMERICA

A partir del LUNES 2 de ENERO de 2017, nos hemos propuesto realizar la  republicación de la obra escrita por Henry Ford "EL JUDIO INTERNACIONAL" con las dos partes que la integran, colgándola al blog en espacios 0,30 a 12.30 horas durante el trancurso de diez dias y continuado con idéntico método  hasta su fin. Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
"EL JUDIO INTERNACIONAL"
Por Henry Ford
PRIMERA PARTE
CAPITULO 3
 HISTORIA DE LOS HEBREOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTE AMERICA
La historia de los hebreos en América empieza por Cristóbal Colón. El 2 de agosto de 1492, fueron expulsados de España más de trescientos mil judíos, acontecimiento que provocó en forma paulatina la decadencia del poderío ibero. Al día siguiente, Cristóbal Colon zarpaba en dirección a Poniente, marchando con el cierto número de judíos. Estos no eran, ni con mucho, fugitivos, ya que los planes del intrépido navegante hacia tiempo que interesaban a los judíos influyentes. El propio Colón declara que mantenía relaciones con judíos. El destinatario de la primera carta en que detalla su descubrimiento era un hebreo. Efectivamente, este gran acontecimiento, que dió otro mundo al mundo, se realizó merced a la influencia de judíos. La hermosa leyenda de que la reina Isabel con el valor de sus joyas proporcionara los medios para efectuar la expedición, no halla asidero ante una crítica seria. Ejercieron gran influencia en la Corte Real tres "guarros", o sea tres judíos secretos: Luis de Santángel, opulento comerciante valenciano, arrendatario de las contribuciones reales; su pariente Gabriel Sánchez, Tesorero Real, y un amigo común, el camerlán Juan Cabrero.

Los tres describieron a la reina Isabel el tesoro real como totalmente agotado, instigando constantemente su fantasía con la brillante perspectiva que se le abriría descubriendo Colón las fabulosas riquezas Indias en beneficio de la corona de Castilla. Lograron así que la reina accediera a entregar sus joyas personales para equipar la expedición. Pero Santángel solicitó y obtuvo
autorización para adelantar de su propio peculio el dinero necesario, unos 17.000 ducados, que equivalen, según el valor actual de la moneda, a unos 160.000 dólares, y es mas que probable que el préstamo excediera de los gastos realizados de la empresa. 
Se tiene entendido que con Colón se embarcaron cinco judíos: Luis de Torres, en calidad de interprete; Marco, como cirujano; Bernal, de profesión medico; Alonso de la Calle, y Gabriel Sánchez. Los instrumentos astronómicos y los mapas marítimos provenían de judíos. Luis de Torres fue el primero en pisar tierra y el primero en intuir el empleo del tabaco. Establecióse en Cuba, y se le puede considerar como patriarca del presente absoluto dominio sobre la industria tabacalera mundial. 
Los protectores del Colón, Luis de Santángel y Gabriel Sánchez, lograron grandes prerrogativas por su participación en la empresa. Colon, en cambio, cayo en desgracia debido a las intrigas de Bernal, su medico judío, recibiendo en recompensa injusticias y prisiones. 
Desde un principio consideraron los judíos a América como un país de promisión. Su inmigración a la América del sur, especialmente al Brasil, empezó al punto y en masa. A raíz de su participación armada en un conflicto suscitado entre brasileños y holandeses, optaron muchos hebreos brasileños por emigrar hacia la colonia holandesa más septentrional, donde actualmente se encuentra Nueva York. Pedro Stuyvesant, gobernador holandés, se opuso a esa inmigración judía, exigiendo su expulsión. Pero los hebreos, al parecer, habían adoptado precauciones para que, aunque no fueran muy bien recibidos al menos se les admitiera, porque al revocarse la orden de expulsión extendida por Stuyvesant, citaron los directores de la Sociedad Colonial Holandesa como causa de la admisión de los hebreos los grandes capitales que estos habían invertido en “participaciones” de dicha sociedad. Sin embargo, vedóseles el desempeño de cargos públicos y el comercio minorista, lo que tuvo por consecuencia que se dedicaran a la exportación, en cuyo ramo y merced a sus múltiples relaciones europeas, consiguieron el monopolio al cabo de breve tiempo. 
Tenemos con ello una de las tantas pruebas de la habilidad judía. Cualquier prohibición en un sentido les facilita magnificas ventajas en otro. Prohibiendo al hebreo comerciar con ropas nuevas, dedicóse al comercio de ropas usadas, con lo cual, efectivamente, creo las bases para el comercio tan magníficamente organizado de prendas de segunda mano. Al cerrársele el comercio minorista, se dedico afanosamente a las transacciones en gran escala, siendo el hebreo el fundador del gigantesco intercambio comercial entre los continentes. También fue judío el fundador del sistema de derecho de salvamento de los naufragios. En las ruinas mismas de la civilización busca y halla el judío su bienestar. Él fue quien enseñó  a los otros pueblos como se vuelven a utilizar los harapos, como se limpian las plumas sucias, como se aprovechan las pieles de conejo. El hebreo siempre tuvo predilección por el comercio en pieles, que hoy domina todavía, y a el se deben las innumerables pieles ordinarias que con nombres rimbombantes pasan por preciosidades de gran valor. Por los judíos generalizóse en el comercio la idea de “volver como nuevo”. En los ropavejeros actuales, que recorren nuestras ciudades con su flauta en busca de hierro viejo, botellas vacías, papeles usados y trapos sucios, reconocemos los descendientes de aquellos hebreos que supieron convertir trastos viejos en objetos de valor. 
Sin desearlo, el bien intencionado Pedro Stuyvesant obligo a los judíos a que convirtieran a Nueva York en puerto principal del continente norteamericano. Si durante la revolución norteamericana la mayoría de los hebreos huyeron de Nueva York a Filadelfia, regresaron casi todos a la primera oportunidad a Nueva York; su instinto les decía que esta población seria nuevamente su paraíso terrenal. Así ocurrió, en efecto; actualmente Nueva York es el principal centro del judaísmo mundial. Allí se halla la gran taquilla en que toda la importación y exportación norteamericana aforan al Tesoro nacional, donde todo el trabajo producido en la Unión rinden su tributo a los magnates financieros del país. Casi todos los edificios de Nueva York son de propiedad judía. Una lista de los propietarios urbanos ostenta escasos nombres no-judíos. ¡Cómo admirarnos, entonces,
de que, en vista de este fabulosos ascenso de la riqueza y del poderío hebreo, los escritores de esa raza declaren que Norteamérica es la tierra de promisión prevista por los Profetas, y Nueva York una moderna Jerusalén! Algunos llegan mas lejos, glorificando las Montañas Rocallosas cual nuevo Monte Sión, y no sin fundamento, si tomamos en cuenta las propiedades hebreas en minerales y carbón allí radicadas. 
Debátase actualmente el grandioso plan canalizador que de cada ciudad importante en las orillas de los grandes lagos, haría un puerto de mar, arrebatando a Nueva York la importancia que goza precisamente como punto final y de salida donde desembocan todas las grandes vías férreas. La razón más poderosa que se opone a este proyecto, tan beneficioso para la economía del país, consiste en que gran parte de la actual riqueza neoyorquina no es en realidad riqueza real, sino que enormes valores ficticios dependen únicamente del hecho de que Nueva York siga siendo Nueva York. De ocurrir algo que redujera Nueva York a una simple ciudad costera, cesando en su función de centro donde se ceban los grandes recaudadores de contribución extraoficial, desaparecería momentáneamente, gran parte de las riquezas hebreas que ya antes de la guerra fueron fabulosas. Lo que actualmente serán, no se atreverían quizá a decirlo los estadistas. 
En el periodo de 50 años aumento la población judía en los Estados Unidos de 50.000 a mas de 3.300.000 almas. Viven en todo el imperio británico solo 300.000 judíos, y en Palestina no alcanzan a 100.000. El que el numero de hebreos en la Gran Bretaña no sea mayor que el citado, constituye una ventaja, porque ante el omnímodo poder que aquí ejercen en todos los ramos importantes de la vida publica, podrían los hebrea pobres, si aparecieran en mayor cantidad, considerar a Inglaterra, como otra Rusia. Una personalidad británica muy bien informada, dice que con cualquier motivo plausible, el antisemitismo podría estallar cualquier día, mas aun no tiene punto de salida para manifestarse contra los potentados, invulnerables por su enorme riqueza, que dominan en política y finanzas. Si bien es cierto que la causa verdadera del antisemitismo siempre se apoya en la intolerable usura de los hebreos internacionales ricos, cuya coherencia no se comprende a veces claramente, pero que instintivamente se siente, la verdad es que la víctima resulta ser siempre el hebreo pobre. Ya trataremos aparte el antisemitismo en el capitulo siguiente. 
La comparación numérica de los hebreos en Gran Bretaña y en los Estados Unido se demuestra que el formidable poderío ejercido por los mismos como financieros internacionales no es consecuencia del número de su población, ni siquiera depende de ello. El hecho de congregarse en los judíos un gigantesco poderío mundial con un número insignificante de almas, queda en pie. En todo el mundo existen alrededor de catorce millones de judíos, o sea casi la población de Corea. Este cotejo entre el número de almas y la influencia mundial ejercida demuestra palpablemente la singularidad del problema. 
En la época de George Washington vivían en los Estados Unidos unos 4.000 judíos, en su gran mayoría simples mercaderes. Casi todos simpatizaron con el Norte en la guerra civil, y Saym Salomón ayudo a las Colonias en un periodo crítico con toda su fortuna. Pero no por ello abandonaron ni un átomo de sus originalidades. No se dedican a oficios corrientes, ni a la agricultura. Jamás se esforzaron por fabricar objetos de uso diario, sino que trataron de comprar productos hechos, para comerciar con ellos como de costumbre. 
En la actualidad parece que el judío se dispone a producir el mismo cooperativamente; pero, allí donde esto se manifiesta, es efecto de su instinto de comerciante, para extraer ganancias hasta de las distintas fases de la fabricación. La consecuencia lógica para el consumidor es, naturalmente, no una disminución en los precios, sino su encarecimiento. Es característico de toda empresa hebrea que las reformas y simplificaciones en el proceso de fabricación no resulten jamás en beneficio del consumidor, sino siempre con provecho exclusivo para la empresa. Las mercaderías que experimentaron las más bruscas e inexplicables oscilaciones de precios, fueron siempre aquellas en cuyos ramos de fabricación o intercambio poseen mayor influencia los hebreos.
 Negocio, según la mentalidad judía, significa dinero. Lo que el judío hace después con este dinero, es algo muy distinto. En este modo de “hacer dinero” no deberá jamás manifestarse ningún motivo idealista. Sus ganancias no admiten nunca sentimentalismos de reforma social a efectos de mejorar la situación de sus colaboradores no-judíos. 
No se basa este hecho exclusivamente en la crueldad del hebreo, sino más bien en la dureza del concepto que el mismo tiene del negocio. En el negocio se trata de objetos, no de personas. Cuando cae en la lucha un ser humano, podrá el hebreo condolerse de él; pero desde el momento en que también se trate de la casa de aquel ser, no existe para el hebreo sino el objeto negociable. De acuerdo con su mentalidad el judío no sabrá como relacionarse humanitariamente con dicho objeto y procederá por instinto en una forma, que llamaríamos “dura”. Pero el judío no admitiría en este caso el reproche de “dureza”, pues según su modo de ser y de pensar se trata únicamente del “negocio”. 
Se explica así la existencia de las “estafas” o “potros” neoyorquinos. Cuando misericordiosas personas compadecen a los desdichados judíos tan vilmente explotados en estos talleres, no saben seguramente que los inventores y usufructuarios de dichas “estufas” son también judíos. Se enorgullece nuestro país de que nadie es perseguido por su raza, color, ni fe, sino que todo el mundo tiene el derecho a la libertad. Quien se haya ocupado en cambio detenidamente de estos asuntos, ha debido comprobar el hecho de que el único trato inhumano que los hebreos sufren en este país proviene exclusivamente de miembros de su misma raza, de sus agentes y patronos y, no obstante, ni el explotado ni el explotador ven en ello un sentimiento inhumano, sino que lo consideran simplemente como “negocio”. Explotados o explotadas viven en la esperanza de poseer también en su hora tal instrumento de explotación, lleno de pobres seres que trabajen para ellos. Su ansia ilimitada de vivir, y su inextinguible ambición por ascender en la escala social, hacen que cumplan con sus trabajos sin el mínimo sentimiento de ser objeto de explotación o iniquidad, que es siempre, al fin y al cabo lo más acerbo de la pobreza material. Prefiere el judío “reunir todas sus fuerzas para poder safarze de la miseria actual, en vez de reflexionar sobre la tristeza de su situación momentánea”. Se esfuerza siempre por mejorar. 
Desde el punto de vista personal , todo esto es de estimar, mas observado desde el ángulo social, es peligroso. Resulto de ahí que hasta hace poco las clases bajas quedaron sin ayuda alguna, en tanto que las superiores no hallaron motivo alguno para crear mas ventajosas condiciones sociales. Débese reconocer la participación de grandes hombres de finanzas judíos en determinadas obras benéficas, mas su colaboración en reformas sociales es casi inexistente. Con un estimable sentido de conmiseración para con su personal, entregan a veces parte de sus propios beneficios para paliar aquella miseria que ellos crearon con sus métodos de hacer dinero. Pero jamás se les ocurrió pensar todavía en un cambio radical de los métodos con que amasaron sus riquezas, para disminuir y aun evitar completamente las causas de la miseria. Por lo menos, entre los numerosos judíos ricos “filántropos” no aparece ni uno que se haya esforzado en humanizar prácticamente nuestra vida industrial, reformando los métodos actuales y sus efectos sobre el proletariado. 
Esto es desastroso, aunque comprensible, y sirve para explicar muchas cosas, que al hebreo le enrostran personas que no le conocen a fondo. El judío puede perfectamente despojarse hasta de gran parte de sus ganancias; pero salvo presión exterior, jamás se decidió a entregar nada de sus ingresos diarios, ni de sus riquezas acrecentadas. Y aunque el efecto social en ambos casos seria idéntico, hay que decir, empero, que su proceder antisocial no suele nacer generalmente de la dureza de corazón, sino más bien de su innata interpretación del “negocio” como juego de azar. Numerosos proyectos de reforma social parécenle al judío tan ilógicos como si un futbolista, por pura humanidad, quisiera apuntar un tanto al adversario. 
El judío norteamericano no se “asimila” y ello debe hacerse constar, no como un reproche, sino
como un hecho indiscutible. El judío, si quisiera, podría perfectamente convertirse en “yanqui”, pero no desea hacerlo. Si en Norteamérica, aparte de la inquietud provocada por sus enormes riquezas, existe en realidad un prejuicio contra el judío, es por su marcada separación del resto de los norteamericanos, nutriendo el recelo de que no desea pertenecer a la comunidad nacional. Esta es su ventaja, y hasta cierto punto podría verse en ello una agudeza de su criterio. Mas siendo así, no debería tomar precisamente el judío esta singularidad como pretexto para una de las mas graves actuaciones con que ataca en su totalidad a los pueblos no-judíos. Pero francamente seria preferible que hiciese suya la sentencia de otros judíos sinceros, que no aquella que dice: “La diferencia que existe es la que hay entre un judío norteamericano y un norteamericano judío. El judío norteamericano representa el papel de indígena, y se ve condenado a ser un parásito eternamente”. 
El “ghetto” no es un producto norteamericano, sino un articulo de importación de los judíos, que siempre se separaron creando una comunidad acentuadamente distinta. A este respecto, la “Enciclopedia Judía” dice lo siguiente: “La organización societaria de los judíos en Norteamérica se distingue fundamentalmente muy poco de la de otros países. Sin coacción de ninguna especie, prefieren siempre los judíos vivir entre si en la intima vecindad. Esta originalidad subsiste hoy”. 
Enumerar las ramas comerciales en manos de los judíos implicaría recopilar el comercio total del país, tanto de aquellas que sirven puramente las necesidades de la vida, como de las de lujo y bienestar. El teatro, como es de público dominio, se halla exclusivamente en manos judías. Desde el arte de los actores hasta la venta de las entradas, todo depende del judío. Se explica así el hecho de que en casi todas las obras teatrales actuales se encuentre alguno que otro objetivo publicitario y a veces hasta anuncios comerciales velados, que no provienen de los actores, sino de los autores teatrales al tanto del misterio. 
La industria cinematográfica, la azucarera y tabacalera, un 50 por ciento o más de las carnicerías, mas del 60 por ciento de la industria del calzado, toda la confección para damas y caballeros, los instrumentos musicales, la joyería, el comercio de granos y el del algodón, la industria metalúrgica de Colorado, las agencias de transportes y de informaciones, el comercio de bebidas alcohólicas y las oficinas de prestamos, todos estos ramos, para citar únicamente algunos de importancia nacional e internacional, los dominan completamente los judíos en los Estados Unidos, solos o en combinación con judíos de otros países. 
El pueblo norteamericano se extrañaría si viera alguna vez una galería de retratos de los comerciantes norteamericanos, que representan en el mundo la dignidad del comercio estadounidense. Casi todos ellos son hebreos. Estos comprenden perfectamente el valor moral que involucra la palabra “american”. Al arribar a un puerto de ultramar, al entrar a cualquier oficina que se llamen “Sociedad importadora norteamericana”, o “Compañía mercantil norteamericana”, o cosa parecida, se hallara casi siempre judíos cuya permanencia en Estados Unidos suele haber sido relativamente muy breve. Explica este hecho también la mala fama que gozan en el extranjero a veces los “métodos norteamericanos” en el comercio. Cuando 30 o 40 razas distintas desarrollan como “norteamericanos” sus métodos característicos en el comercio, no puede extrañar, que a veces el verdadero norteamericano de sangre le sea imposible reconocer tales métodos como propios. Por idéntica razón se quejan también los almacenes hace largos años, que la humanidad les juzgue por el comportamiento de los innumerables viajantes “alemanes” de raza judía que recorren el mundo. 
No seria difícil reunir en crecido número ejemplos de prosperidad judía en Estados Unidos. Pero prosperidad , como justa recompensa de trabajo y actividad, no debe confundirse con dominio financiero . Una prosperidad tal como la que ostentan los judíos, puede adquirirla todo aquel que pague por ella el mismo precio que pagan los judíos, que por lo general y en cualquier circunstancia es un precio moral sumamente elevado, pero ninguna comunidad no-judía alcanzaría,
en circunstancias similares la habilidad de obrar en mancomún en una especie de conspiración premeditada, ni tampoco la uniformidad del sentimiento máximo de raza que todo lo caracteriza entre judíos. A un no-judío no le interesa que otro de su raza triunfe o fracase; en cambio, para el judío, lo primordial siempre es que su vecino sea judío. Si se desea conocer un ejemplo de prosperidad colectiva hebrea, véase el de la sinagoga neoyorquina de Emanuel. En 1846 pudo reunir apenas 1.520 dólares para sus necesidades, en tanto que en 1868, luego de la revolución, pudo cobrar 708.775 dólares sólo por el alquiler de 231 bancos. El monopolio hebreo del ramo de bazar y prendas de vestir, uno de los resultados positivos de aquella misma revolución, puede considerarse como ejemplo de prosperidad hebrea y de dominio nacional e internacional. 
Puede decirse que en todo cuanto el judío comprendió en los Estados Unidos fue afortunado, salvo en la agricultura. La explicación corriente hebrea de este fenómeno, es que la agricultura vulgar es harto simple para poder ocupar totalmente la complicada inteligencia del judío, por cuya razón, la agricultura le interesa poco para trabajar con éxito en ella. En las industrias lechera y ganadera, que han menester de un mayor espíritu comercial, los judíos lograron también éxito. Diversas regiones de los Estados Unidos efectuaron experimentos en varias oportunidades con colonias agrícolas judías, pero su historia es una ininterrumpida cadena de fracasos. Unos culpan de estos fracasos a la ignorancia hebrea en asuntos agrícolas, otros al hecho de que a la agricultura le falta elemento especulativo. Lo evidente es que los judíos cumplen menor en toda índole de trabajos no productivos que en la agricultura, fundamentalmente productiva. Los historiadores especializados de esta raza sostienen que el  judío nunca fue labrador, sino que siempre relevó como mercader. Para probar tal aserto se indica precisamente Palestina, escogida como patria de los judíos, país que necesariamente hubo de ser el puente para el intercambio comercial entre la mitad oriental y la occidental del viejo mundo. 
“Existe prácticamente la cuestión judía, allí dond e residen judíos en numero apreciable. Donde no existiera aun, es impuesta por los hebreos en el transcurso de sus correrías. Es natural que vayamos a sitios en que no se nos persigue, mas una vez allí nuestra presencia provoca también persecuciones . El infausto judaísmo es el introductor actual en Inglaterra del antisemitismo como ya lo introdujera en Norteamérica”.  ,
(Theodor Herzl: “ Un Estado Judío ”)