lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS:ANTONIO CAPONNETTO-LA PERVERSION DEMOCRATICA-CAPITULO 2-2 (PARTE VI)


LA PERVERSION DEMOCRATICA
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"¡El sufragio universal es la mentira univer­sal! "..."Del sufragio universal se ha hecho arma de partido; bajo este punto de vista ni nombrarlo nos dignaríamos. Pero el sufragio universal es hoy, más que todo, base de un sistema filosófico en oposición a los sanos principios de derecho y de Religión [...] y constituye la esencia de lo que se ha querido llamar derecho nuevo, como si el derecho fuese tal si no es eterno". Se trata, en suma, de una "sucia quisicosa", cuyo punto de partida es "admitir como dogma filosófico la infalibilidad de las turbas".

Félix Sarda y Salvany, La mentira universal, mayo, 1874.
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..."una democracia que llega al grado de perver­sidad que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo".

San Pió X, Notre charge apostolique.
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..."la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico".

Pío XII,
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La organización política mundial, del 6 de abril de 1951,

"El Estado liberal, jacobino y democrático edifi­cado sobre el hombre egoísta y el sufragio univer­sal, han permitido que la riqueza del poder Sobe­rano de la Nación haya sido reemplazado por el poder de la riqueza sin Dios y sin Patria. La plu­tocracia internacional a la sombra de la llamada soberanía popular, mediatiza a los poderes pú­blicos y explota a las naciones". "La soberanía popular comporta una real sub­versión atea y materialista, por cuanto sustituye a la soberanía divina, y se postula como un prin­cipio absoluto e incondicionado"...

Jordán Bruno Genta
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CAPITULO-2-
LOS PRINCIPIOS OLVIDADOS
 
-VI-
Un católico no puede integrar la partidocracia
 2º PARTE
TEMA 5
5.- Los partidos políticos tienen un origen histórico que no permite abrigar dudas sobre el papel intencional que jugaron en la destrucción de la Universitas Christianorum.
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 Ya señaló León XIII en la Inmortale Dei que "las dañosas y deplorables novedades" introducidas por la Modernidad abarcaron no sólo los ámbitos de la religión y de la filosofía, sino "todos los órdenes de la sociedad civil"59. Pues fue allí, en el terreno de esa sociedad civil arrollada por la Revolución, que las corporaciones resultaron extinguidas, la Iglesia separada del Estado, el Estado laicizado, las naciones vueltas contra el Imperio y contra sí mismas, y la Voluntad Divina cifrada en el Decálogo desplazada por la Voluntad General. Allí, insistimos, en el terreno de esa sociedad civil modernizada y revolucionada, la política fue divorciada de la moral; los derechos subjetivos, del Derecho entendido como lo justo objetivo; y la obligación de custodiar el bien común fue sustituida por el contractualismo, que introdujo la noción de que la justicia, en el mejor de los casos, se reduce al cumplimiento de lo pactado. Consecuentemente, tanto las manifestaciones de la vida política como la legitimidad de las mismas pasaron a tener por base principal, no ya la naturaleza social del hombre sino el convenio y el arbitrio. 


Allí, recalcamos, en el terreno de una sociedad civil salida de quicio, el formalismo abstractista autoerigido en luz de la humanidad dio por cancelada la oscuridad medieval del ordenamiento corporativo, impuso el absolutismo de un poder central secularizado, asfixió los poderes regionales o comarcales concretos y homogeneizó compulsivamente el modo de participar en una soberanía nominal e ilusoria. Maquiavelo convenció a todos de que la política ya no se subordina a la moral sino al éxito, y desde entonces sus primeras y últimas reglas la vinculan a la eficacia en vez de a la verdad.

59-León XIII Inmortale Dei31

Todo estaba preparado para que los partidos hicieran lo suyo y lo hicieron. Porque entre esas "dañosas y deplora­bles novedades" políticas que registra León XIII en la Moder­nidad, no fue la menor la modificación funestísima del criterio de representación. A los representantes reales, conocidos y directos, de intereses particulares, elegidos como primus ínter pares, con mandatos que podían ser removidos ante la infidelidad al bien común, con obligación de rendir cuentas de sus actos y con la responsabilidad de purgar sus penas si las hubiera, para que la lenidad no clamara al cielo, le sucedió una representatividad partidocrática cuyo principio "es la irresponsabilidad política de los representantes. Es que tal 'representación' es, en rigor, abstracta; sin límites precisos, sin un objeto material de la comisión sino sólo formal. Sin juicio de responsabilidad posterior; sin posibilidad de remoción por parte de los 'representados'. Vale decir, sin representación. Y muchas veces, las más, sin conocimiento entre representantes y representados, y sin que aquéllos conozcan cuáles son los intereses reales de éstos 1...] Los representantes son sólo mandatarios del partido, el cual los agrupa en 'bloques', y les impone el contenido y el límite de sus decisiones"60.
Lo curiosamente significativo es que muchos de estos males traídos a la política por los partidos, o ejecutados prolijamente por ellos, han sido reconocidos por una diversidad de tratadistas ajenos a la cosmovisión católica tradicional y favorables al sistema; los cuales -sea por honestidad analítica o por la inevitabilidad de las evidencias- han hecho sentir el peso de sus críticas, sin que -lamentablemente- hayan tenido el eco que era dable esperar entre quienes debieran cambiar el curso de los hechos, o al menos el curso de sus internas contradicciones.
Engrosan cada vez más las filas de los descreídos y desilusionados de los partidos, los críticos feroces de sus defecciones e inutilidades, los retratistas de sus desafueros y trapisondas, los testigos de sus miserias. Pero a pesar de que tales desencantos -con sus consiguientes reproches llenos de dureza- proceden de quienes abrevan en las aguas del Régimen, y 

60 Félix A. Lamas, Ensayo sobre el Orden Social, Buenos Aires, Instituto de Estudios Filosóficos Santo Tomás de Aquino, 1985, p. 125.
no podrían ser tildados de enemigos de la democracia que por apego a la sana doctrina deberían rechazar de plano la partidocracia, siguen defendiendo la formación o la existencia de los partidos políticos. Estos "peores sordos", los que no quieren oír, terminan siendo ciegos que guían a otros ciegos. El Evangelio sabe lo que dice.
Lorenzo Caboara, por poner un primer ejemplo, en su obra Los partidos políticos en el Estado Moderno, reconoce -citando incluso a Vázquez de Mella- que no hay compatibilidad de intereses entre los "representantes" que llegan al Parlamento y los organismos sociales de carne y hueso en los que se mueven y viven los hombres de una patria determinada. No hay conformidad entre la realidad comunitaria, con sus porta voces o defensores autorizados, y la actividad comiteril y parlamentaria. Los partidos son poderhabientes de sí mismos, y sus cúpulas del Estado Democrático, que los prohija y subsidia.
El Estado Democrático a su vez, como lo enseñaba Genta, con su "populismo, la soberanía del pueblo, el régimen de partidos y del sufragio universal, es iniciativa y exigencia del Poder lulrrnacional del Dinero"61. Maldita cadena de entrelazados y reciprocos favores que mediatiza las soberanías reales de las naciones.
Lippmann, y es otro ejemplo, en su obra La crisis de la democracia occidental, reconoció que el partidismo supone el separatismo social, además -agregamos nosotros- el separatisino confrontativo que, en ocasiones, suele conducir a la misma  fragmentación territorial. Porque los antagonismos pueden ser válidos y hasta vehículos de ulteriores amalgamas, cuando proceden de las instituciones naturales del orden social o de las luchas justicieras de sus miembros en pro del bien colectivo; pero motorizados por ideologías y apetitos subalernos sólo conducen a la alienación y a la patologización comuntaria. Sus democráticos protagonistas, dirá el mismo Lippmann, no pueden apartar la vista del espejo de los distritos electorales. Se deben a su público -como suele decirse en 

61-Ha sido reiterada y constante esta enseñanza gentiana. Cfr. por ejemplo en eI Nacionalismo Argentino, Buenos Aires, Cultura Argentina, 1972 cap. 1; y su Principios de la Política, Buenos Aires, Cultura Argentina-1970. cap. VI.



la jerga televisiva- pero no a la Historia y a la Tradición de sus respectivas nacionalidades. Se deben al internismo partidocrático que los encumbró en disensiones internas, ni siquiera a la totalidad del partido. Parlamentarismo y electoralisnio cumplen así el triste papel de dos factores conjurados contra la unidad nacional. Recipiente y a la vez motor de todas esas divisiones, el Estado Democrático termina siendo un Estado desnacionalizado, como dice de Mahieu; reducido principalmente a la administración de los antagonismos. Es comprensible que en este contexto, el gobernante salido de las entrañas de un partido, priorice antes su reeleción que el engrandecimiento nacional, y que tenga a la obediencia partidaria por mandato superior a la obediencia a la verdad. Docilidad ciega llama Caboara a este negativo atributo. Doble acción de manipular y maniobrar, dirá Lippmann.
Harold Laski, y es el tercer ejemplo, en su obra La crisis de la democracia, reconoce que el parlamentarismo practicado por la partidocracia arrastra tanta heterogeneidad, y consiguientemente tanta incoherencia, que se vuelve difícil legislar con sabiduría. Es que ya decía Augusto Comte que "el parlamentarismo es un régimen de intrigas y corrupción, en que la tiranía se halla en todas partes y la responsabilidad en ninguna". Y el propio Kelsen admitía que no otra cosa sino transacciones y componendas habitan principalmente el seno de una asamblea parlamentaria. La verdad es que volcadas naturalmente en un cuerpo colegiado todas las inorganicidades, rencillas, deficiencias e ignorancias de los partidócratas, sólo un milagro podría dar un fruto distinto a la ineficiencia de la que se lamenta Laski. Lo penosamente común es que de decisiones eventualmente concurrentes -pero que esconden diferencias y enconos irreconciliables- no puedan brotar actos unívocos, estables y firmes. Porque según lo expresara descarnadamente Paolo Rossi, "con frecuencia, no son hombres los que votan, sino paquetes de carnets". He aquí la trágica y a la vez bufonesca semblanza del hombre de partido: un carnet de afiliación en la mano. Toda la antropología partidocrática cabe en este epítome oportunamente vilipendiado por Pió XII: un hombre es un voto.
Duverger, y es el cuarto ejemplo, en su clásica obra Los partidos políticos, ha reconocido entre tantísimos males inherentes al funcionamiento de la partidocracia, que el dinero es el arma política más fuerte tras la cual y por la cual se toman las decisiones y se distribuyen los poderes. Empresariado, burguesía, medios de difusión, y todo tipo de recursos procedentes del capitalismo, resultan imprescindibles para imponerse electoralmente y aún para conservar y acrecentar el poder adquirido, por lo que en la práctica, aún los partidos que se dicen comunistas o socialistas, terminan pactando con las linanzas. Al fin de cuentas, si como decíamos, la política se ha desvinculado de la moral y su norte es la eficacia, el fin justifia los medios en todos los ámbitos.
De la misma opinión que Duverger son, en este punto, Key, Leoni y Schatschneider, autor el primero de Opinión pública y democracia, de La regulación legislativa del partido político, el segundo, y de El régimen de partidos el tercero.
Pero Duverger ha profundizado su crítica hasta límites tan veraces y tan extremos que su corolario lógico debió haber sido el abandono del sistema al que, a pesar de todo, se esforzaba ni defender. Es que una de las mayores trampas del Régimen consiste en convencer a los hombres lúcidos de que los vicios que ellos avizoran y retratan, no se deben a una perversión de la naturaleza del objeto que tienen por delante sino a desajustes pasajeros y a falibilidades previsibles a los que la misma taumaturgia del Régimen pondría remedio. El famoso dislate según el cual los males de la democracia se curan con más democracia, ha terminado por imponerse como una estrategia.
Robert Michels, y es un quinto ejemplo, en su ensayo Los Partidos políticos. Tendencias oligárquicas de la democracia moderna, reconoció lo que dio en llamar "la ley de hierro de la oligarquía", según la cual hay en los partidos una participación y una injerencia escalonada, que empieza por una base      amorfa de afiliados y remata o corona en una cúpula, la cual, en la práctica, se comporta respecto de las bases como una verdadera élite aprovechadora, cuando no expoliadora; como una casta o clase dirigente autocrática, y en lo posible vitalicia, cerrada sobre sus propias canongías. Miradas mejor las cosas, este sociólogo alemán de militancia socialdemócrata, debió llamar a su hallazgo "la ley de hierro de la partidocracia"; y que es la misma que inmejorablemente caracterizara Maurrás: toda partidocracia deviene en plutocracia. La soberanía del dinero financia la farsa de la soberanía popular, y tanto más pronto y más seguro se quedan con el premio de "representarla" quienes más holgadamente manejan las bancas. "El que paga al gaitero manda lo que va a tocar", sentenció el precitado Key.62
De no acabar, en definitiva, serían los reconocimientos de las ruindades y de las insuficiencias de los partidos, trazados por personajes de insospechada filiación en el mundillo de lo políticamente correcto. En la Advertencia a Bulwer Lytton, el famoso Disraeli, probando que para la lógica del partidócrata la obediencia y la conveniencia sectaria prevalece por sobre el bien común, escribía: "¡Al diablo con tus principios! Atente a tu partido". Lord Halifax, en su Works, admitiendo que el sectarismo de los partidos es una amenaza constante contra la unidad y la integridad de un país, llegó a aseverar: "El mejor de los partidos políticos no es otra cosa que una especie de conspiración [a kind o/conspiracy] contra el resto del país". Dwight Whitney Morrow, el famoso banquero norteamericano muerto en 1931, dejó dicho en su Compaign speech que "si un partido político se atribuye el mérito de la lluvia, no debe extrañarse que sus adversarios lo hagan culpable de la sequía". Fantástica síntesis de la vacuidad y esterilidad de las "confrontaciones parlamentarias y partidarias en el seno de la democracia. Alexander Pope, el crítico inglés del siglo XVIII, en su Thoughts on varióos subjects, se atrevió a sostener el connubio fatal entre la partidocracia y la plutocracia, advirtiendo que "un partido es la locura de muchos en beneficio de unos pocos"; y Nicolás María Rivero, miembro conspicuo del Partido Democrático español, hacia fines del siglo XIX, protestando la farsa sufragista y la hipocresía de la colegialidad, exclamó: "No aspiréis a hacer creer al país que porque votáis juntos vais juntos". Los partidos -se obliga a reconocer Harold Laski valiéndose del materialismo dialéctico, que no de algún

62-He tomado estos cinco ejemplos sobre los desquicios de la partidocracia, de la importante obra de Federico Rivanera Carles, Los partidos políticos. ¿Representantes del pueblo o de la burguesía?, Buenos Aires, Euroamerica, 1979. Sugerimos al estudioso la lectura atenta y crítica de la misma.
 

motu proprio pontificio- "no representan más que el esfuerzo del hombre de negocios para salvaguardar lo que le fuera posible en el rápido decaimiento del individualismo [... ] Tienen que preocuparse de captar la opinión pública. Pero los elementos de la opinión pública no [... ] son el producto de la razón solamente [...] Y las decisiones de los hombres cuando escogen sus gobiernos se ven influidas por consideraciones que escapan a todo análisis científico [... ] También se da el caso de que [los electores afiliados a un partido] corren súbitamente hacia una solución imprevista que no tiene relación con la disputa política, y que puede contener [...], por lo menos, las probabilidades de una impúdica impostura. Pueden verse confundidos y engañados a veces por el hecho de que algunos grandes líderes cambian de partido político"63. La sinrazón y aún el irracionalismo campea a sus anchas en el radio de acción de los partidos políticos, a pesar de que ellos blasonan de haber brotado del mismísimo Siglo de las luces.
Mención aparte podríamos hacer del ensayista Pol Ubach, por el modo directo y descarnado con que ha sostenido que la partidocracia es, lisa y llanamente hablando, una peligrosa enfermedad. "Existe una contradicción fundamental: los partidos tienen unos niveles mínimos de afiliación y sin embargo, todo en la democracia depende de ellos. En realidad, los partidos políticos [... ] apenas son otra cosa que estados mayores de futuros cargos públicos; la afinidad ideológica o programática ha sido sustituida por la comunidad de intereses. Nadie -o muy pocos- entra en un partido político para vivir un ideal y poner en marcha un proyecto ilusionante, sino para ver qué 'pilla'. Es así de sencillo, lo sabemos todos y lo vemos todos los días [... ] Pero eso implica que los partidos no representan a nadie más que a sí mismos [...] Se cree [dentro de ellos] en lo que hay que creer, que es lo que dice la cúpula del partido que debe aceptarse. Y poco importa si mañana dice lo contrario. Habrá que creer eso otro también (...) Esos partidos se arrogan ellos mismos y deforma excluyente todos los escalones representativos [...] Son omnipresentes. Pululan. Son pocos pero están en todas partes [... ] En realidad no se

63-Harold J. Laski, La crisis de la democracia, Buenos Aires, Siglo XX, 1946, p. 18 y 56.

amparan en sus militantes, sino en los votos que obtienen para justificar su presencia omnívora [...] Pero la legitimidad democrática deriva de la ley del número, no de la memoria histórica. No parece justo que así sea, al menos no completamente. Lo que desde luego no es justo es que los partidos solamente recurran a la población en período electoral. Cuando se cierran las urnas si los políticos fueran absolutamente sinceros deberían realizar un corte de mangas al electorado, mientras se despiden de él hasta que se reinicie de nuevo el circo electoral [...] Habitualmente, las reformas que introducen en el sistema democrático tiende a perpetuarlos en el poder y a modificar las reglas de juego en beneficio propio. Nunca se ha visto [...] que un sistema de partidos haya modificado las reglas de juego en beneficio de una mayor apertura a la sociedad y de una mayor representatividad. De aquí que la democracia sufra la degeneración partidocrática"64.
Nótese con sumo cuidado que en el conjunto de estas críticas que estamos transcribiendo -procedentes todas, repetimos, de amigos del sistema- tras los cuestionamientos a un estado de cosas asoma -a veces a pesar de los mismos objetares- no sólo un cuestionamiento mayor al ser mismo de las co-sas, sino una corroboración de aquellos principios mediante los cuales el magisterio clásico y cristiano desestimó siempre la legitimidad de la partidocracia. Expliquémonos: Ubach, Laski, Key, Michels y tantísimos otros traídos aquí a colación, están quejándose y lamentándose de las degeneraciones de un régimen en el que quisieran confiar y de hecho confiaron, de una alternativa política que libremente eligieron y cuya supresión o negación de fondo percibirían como una tragedia. Están pintándonos, con mayor o menor capacidad expresiva, las abominaciones de una situación y de un acontecer. Pero si se saben considerar y calibrar sus reflexiones, sin la remora de las fidelidades democráticas a las que estos hombres se ven fatalmente obligados para no quedar afuera del mundo moderno, es imposible no deducir de las mismas esa perversión intrínseca del

64-Pol Ubach, ¿Aún votas merluza? Las degeneraciones de la democracia y el insulto a los electores, Barcelona, Pyre, 2004, p. 32-36. Los subrayados son nuestros, y nuestra la reiteración de que el autor es partidario del sistema.
Régimen, que con énfasis venimos sosteniendo. No puede ser casual, azaroso o fortuito, que en distintas épocas y en diferentes lugares, dadas las mismas causas se den los mismos efectos. El sentido común reclama su lugar para establecer con obviedad una inexorable relación causal. Puesta sobre la vida política la causa de la democracia, los efectos que se siguen son siempre de perdición. Es legítimo concluir, entonces, que todos estos críticos democráticos -a pesar de sí mismos, repetimos- protestan una situación y un acontecer, pero en el fondo están impugnado una condición y un ser.
Lo vemos en los comentarios de Alberto Zum Felde. "Un orden político estructurado sobre realidades y no sobre ficciones" -se pregunta- "¿podría mantener el juego electoral y parlamentario de los partidos políticos? Porque en rigor de verdad, no hay cosa más falaz y vacía en el régimen democrático corriente, que ese género de agrupaciones electorales que pretenden representar las diversas opiniones del 'pueblo soberano'. Esa masa de las fracciones políticas, integrada por individuos de las más diversas condiciones sociales, nada tienen de especialmente común entre sí, a no ser esas pseudo opiniones sobre cuestiones que la mayoría de las veces son de mero formalismo político [...] El parlamentarismo político, tal como se practica en la mayoría de los países, es una farsa. Pero es farsa no porque se practique trasgrediendo las normas democráticas -y ciertamente que le trasgreden- sino porque esas normas son falaces y ellas mismas implican una trasgresión de la verdad, de la verdad real [...] La legalidad democrática es siempre, en el fondo, mero formalismo sin contenido substancial verdadero. En el cumplimiento estricto de ese complicado sistema formalista, se hace consistir la ética de la legalidad. Todo es convencionalismo y no otra cosa"65.
Sin llegar a tanto, otro defensor del sistema, el italiano Pier Luigi Zampetti, se ha referido largamente a la necesidad de "superar el mal de la partidocracia y convertirlos [a los partidos | en eficaces instrumentos de participación política en consonancia con las exigencias y las realidades de un estado

65-Alberto Zum Felde, El ocaso... etc. ibidem, p. 65-66. Subrayados nuestro.
totalmente distinto del estado liberal en que surgieron"66. Por cierto que Zampetti no logra su cometido, pero en el interín formula una serie de críticas perspicaces al funcionamiento de los partidos y del Estado liberal, que al buen observador no pueden pasarles como reproches meramente adjetivos.
El zigzagueante Fernández de la Mora casi no se engaña al respecto. "La palabra democracia", nos dice para empezar, "es una ramera que cohabita con varias significaciones"67. Y de las disímiles manos de Duverger, Tocqueville, José del Perojo, Jaime Balines, Mosca, Pareto, Maurrás, Tucídides o Andrés Borrego, va llegando -como el mismo dice- a "conclusiones más bien negativas y pesimistas respecto del régimen de partidos". Unidos sus miembros, de ordinario, "por el interés de grupo o de clase [... ] se organizan poderosamente y se cumple en ellos la ley de hierro de la oligarquización, formulada por Michels [... ] Lo que la investigación revela es que una de las características fundamentales de los partidos políticos es la tendencia a la oligarquización [...] Se ratifica, pues, el pronóstico de Rousseau: 'tomado el término en sentido estricto, la democracia ni ha existido ni existirá jamás. Está contra el orden natural que gobierne el gran número y que los pocos sean gobernados'"68.

66- Pier Luigi Zampetti, Democracia y poder de los partidos, Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1970, p. III; cfr asimismo Pier Luigi Zampetti, La participación popular en el poder, Madrid, Epesa, 1977.
67-Gonzalo Fernández de la Mora, La partitocracia, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1977, p. 10. No es la primera vez que la democracia es calificada en estos términos. Ya el Padre Castellani, comentando los textos apocalípticos (Ap. 18, 20), solía identificar con la democracia a la gran meretriz con la que fornicaron los reyes de la tierra; y más recientemente, Seyyed Hossein Nasr, uno de los máximos expertos en ciencia y espiritualidad islámica, sostuvo que "la democracia es algo muy valioso, pero, por desgracia, en nuestros días se ha convertido en una prostituta" (cfr. La Nación, Buenos Aires, 16 de enero de 2008, reportaje de Elisabetta Piqué).
68 Gonzalo Fernández de la Mora, ibidem, p. 20 y ss. La importante cita de Rousseau corresponde a su El contrato social, 1, 4. Sobre la inevitable conexión entre partidocracia-oligarquía-plutocracia, remitimos a las páginas de Jaime María de Mahieu. Son muchas, como se sabe, las obras de este pensador francés, y pasibles todas ellas de legítimas objeciones o lecturas críticas. Brevitatis causa, cfr. su Representación popular y masiva, en Anales 2006, Universidad Católica de l..i I Mata, Facultad de Ciencias Sociales, La Plata, 2005, p. 139-144
Aunque la misma ambigüedad de Fernando de la Mora, y su deseo expreso de no caer en "la diatriba de los partidos políticos", le impide secundar incondicionalmente las tesis más extremas a fuer de veraces, es interesante la síntesis que sabe hacer de las premisas impugnadoras del sistema partidocrático al que han llegado sus severos críticos.
I)    Existe una incapacidad política de las multitudes, y la ficción consiguiente de los partidos consiste en hacerles creer que poseen un don que les es ajeno.
II)    Las disputas minoritarias por el poder, alimentadas forzosamente por el dinero en juego, hacen del internismo partidario una pulsión más de los movimientos compulsivos de la oligarquía. La democracia real es una oligarquía elegida por votación popular.
III)    El liderazgo de los partidos es autocrático, sus cúpulas son elitistas, en el sentido restrictivo y excluyente de la palabra, y sólo un disfraz engañoso y taimado de los hechos permite convencer a los afiliados y a los electores que responden a la más igualitaria democracia.
IV)    Un partido es un instrumento de dominio, no de libertad; del dominio de los elegidos sobre los electores, de heterodirección compulsiva y despótica, mientras se declama la más absoluta autonomía. Bien dice Schumpeter al respecto, en su Capitalism, Socialism and Democracy, que la democracia como ideal absoluto hace posible que la mayoría apruebe o padezca aberraciones.
V)    No existe la voluntad general, y lo que habitualmente denominan así los partidos políticos, es el fruto de una terrible e inmensa manipulación psicológica de las multitudes, potenciada hoy hasta límites insospechados por la acción de los multimedia.
VI)    Los partidos se proclaman contrarios al uso de la violencia física, y nada consideran más en las antípodas de sus propósitos que un golpe de Estado. Sin embargo, practican con frecuencia la violencia moral, psicopolítica y económica; en ocasiones incluso el mismo terrorismo, y no descartan  sino que incluyen entre sus recursos habituales para perpetuarse en el poder, los llamados golpes de Estado palaciegos o maniobras arrolladoras de los grupos de presión69. Difícil entender, tras tantas y fundadas razones, que alguien en su sano juicio pueda apostar hoy a una restauración nacional o a un saneamiento de la vida pública, fundando o adhiriéndose a un artificio ideológico que ha sido y es con causa grave de la ruina de las naciones.
6.- Los partidos políticos, según admiten algunos estudiosos de recta doctrina, "pueden constituir vehículos de opinión o canales del querer sobre cuestiones opinables, cuando éstas no encuentren adecuada expresión a través de las comunidades naturales. De tal manera, aunque de suyo no sean deseables, deben ser tolerados y regulados bajo ciertos límites para obtener ocasionalmente de ellos algún bien. De ahí no se sigue que deban ser protegidos o promovidos, y menos aún convertidos en un instrumento necesario de la República y en basamento del régimen. Lo malo no debe convertirse en regla". No obstante, aún en el caso de tener que tolerarlos como un mal necesario, entendiendo aquí por necesidad a la llamada causal condicional; esto es, a la que se sigue como efecto o consecuencia de un hecho inevitable, esa tolerancia tiene límites precisos, "que deben entenderse en forma inflexible". Los límites, obviamente, están dados por los supremos intereses de la Nación, materiales y espirituales70.
Siempre será intelectualmente honesto reconocer cabalmente y a derechas lo que acabamos de exponer. Por lo pronto que lo malo no debe convertirse en regla, y que la llamada tolerancia de un mal inevitable -como lo prescribiera León XIII en la Libertas- cuánto mayor se vea obligada a ser, tanto más redundará en la imperfección del acto moral. Tan clara es esta regla de la tolerancia limitada y condicionada, que los tales lí-

69-Ibidem, p. 31-51.
70-Hemos tomado estos conceptos de un artículo de Félix Lamas: El Estatuto de los partidos. Algunas objeciones a la luz de los principios,en Cabildo, n. 56, 2da. época, Buenos Aires, 1982, p. 11-14. (Subrayados nuestros). Sintetizamos y comentamos dicho artículo en El enemigo es el Régimen, Cabildo, n. 60, 2da. época, Buenos Aires, 1983, p.16-19. Cfr. Antonio Caponnetto, Del "Proceso" a De la Rúa, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2001, vol. 1, p. 89 y ss
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mites y condiciones tienen fronteras inflexibles, más alla de las cuales tolerar un mal sería pecar gravemente. No es dogma de Fe la negación de los partidos políticos, y bien sabemos que la política es el terreno por excelencia de lo prudencial. Pero es justamente esa virtud cardinal de la prudencia la que nos mueve a buscar antes y siempre el bien posible y el ideal cristiano, y no a tolerar o a convalidar males probados y yerros perniciosísimos. Bien apuntaba Meinvielle a propósito de las fronteras de la tolerancia en materia política que, aunque estuviéramos ante un "hecho [negativo] irremediable", la Iglesia ha "expuesto sobradamente en documentos públicos su doctrina sobre el ordenamiento de la Ciudad para que podamos apreciar que la actual organización de la ciudad terrestre no es la propiciada por ella"71.
Primera e importante salvedad hecha, podría darse enonces el caso de una agrupación partidaria que se justificara bajo las siguientes condiciones:
a)que fuera una manifestación ocasional de cuestiones opinables sin poner en discusión o en plebiscito -ni permitir :que se pongan- las cuestiones perennes vinculadas al Orden  Natural y al Orden Sobrenatural;
b)que se hubieran agotado las comunidades naturales cmo vías pertinentes para manifestar y obrar ciertos bienes;
c)que se declare conocer y acatar todas las objeciones doctrinales de fondo a la existencia y a la naturaleza de los partidos, obrando en consecuencia como quien obra por vía de excepción que confirma la regla, y no como quien quiere hacer del error una norma;
d)que habiendo surgido naturalmente de la comunidad por razones de extrema necesidad, esa agrupación partidaria se limitara a proponer y a ejecutar soluciones concretas sobre problemas específicos y contingentes, sin pretender erigirse en insitución permanente ni monopolizar una representación que no le corresponde;
e)que no se constituyera sobre una base ideológica, sino mas bien como una corriente doctrinal o movimiento organizado.

71-Julio Meinvielle, Concepción Católica de la política, Buenos Aires, Dictio. 1974, p. 113.

Pero he aquí lo escandaloso, por lo menos en nuestro país. Quienes siendo católicos se dan a la fabricación de partidos o a la inserción en otros ya existentes, no solamente desatienden estos legítimos requisitos, sino que se vuelcan con un entusiasmo digno de mejores causas a la aceptación o contemporización, tácita o expresa, de aquellos principios reñidos categóricamente con la recta doctrina. No niegan enfáticamente la legitimidad de la democracia, no reniegan de la soberanía del pueblo, no abominan del sufragio universal, no desechan el constitucionalismo, no piden la abrogación del Derecho Nuevo, no reprueban el electoralismo demagógico e irresponsable, no condenan la aconfesionalidad de la política, no prometen ni proclaman el omnia instaurare in Christo. Arman partidos o se acoplan a los existentes, no porque se hayan agotado las comunidades naturales a través de las cuales podría trabajarse en pro del Bien Común; no con la sensata precacución expresada por Lamas de que lo malo no se constituya en regla; no tampoco como quien se vuelca hacia una excepción institucional de alcance eventual y forzado, sino porque se han convencido de la validez del Régimen, o maquiavélicamente fingen convencimiento para poder tener una inserción en el sistema. O porque se rigen por el determinismo y fatalismo del tiempo que les toca vivir, cayendo en esa cronolatría que repugnaba al mismo Maritain. No quieren desaprobar ante el tribunal del mundo el examen de Educación Democrática, pero están dispuestos a resultar aplazados en ortodoxia ante aquella exanimación en la tarde de la vida de la que hablaba San Juan de la Cruz. Se enrolan -con o sin remozamientos, con o sin ajustes- en las filas de Lammenais y de Le Sillón. Pero hacen de cuenta que no fueron promulgadas la Mirari vos y la Notre charge apostolique. Tienen escasas ocasiones de hablarle al gran público, pero cuando en cumplimiento de las reglamentaciones vigentes se les concede el consabido espacio oficial, no usan el tiempo para confesar la reyecía social de Jesucristo sino para aclarar que no son fascistas. La primera heterodoxia es negar que exista una ortodoxia a la que le debamos fidelidad; y pretender ignorar que esa ortodoxia no es el pensamiento antojadizo de un hombre o de una escuela sino el Magisterio de la Tradición. Inventan partidos o se incorporan a los que tienen alguna posibilidad, no porque están resignados a tolerar temporariamente un mal inevitable, sino porque los entusiasma la idea de competir dentro del sistema, y verificar el número de los favores sufragistas que son capaces de alcanzar. Equívoco grave entre católicos, señala Widow, pues no sólo se produce la mimetización homogeneizante con la partidocracia de cuño liberal, sino que se reduce la democracia a "los mecanismos electorales" para alcanzar el poder, o a "una especie de régimen de gobierno", con olvido de que es un "sistema fundado en el principio ideológico de la soberanía del pueblo"; esto es, en una aberración72. El mismo Messner, que no se opone a la formación de "partidos cristianos", ve los peligros y las acechanzas de los weltanschauungspartei (o partidos de ideología) "en el sentido de que sustentan principios en contradicción con la convicción cristiana acerca de las realidades, ordenamientos y valor es fundamentales de la vida individual y social". Existen, nos advierte, una "ponzoña" en "la lucha de partidos"; una cierta inevitabilidad de la falta de "neutralización ideológica", una fatal "atomización". De allí que, en materia de regeneración social, apuesta a "producir auténticos estadistas", que "sean capaces de asegurarse con su preocupación por el bien- eslar y el futuro de la comunidad la adhesión de partes esencialcs de la nación entera, trascendiendo el marco del partido73-. La prioridad, entonces, está puesta no en la formación de los partidos, sino en respetar esa "convicción cristiana acerca de las realidades, ordenamientos y valores fundamentales de la vida individual y social".
Aníbal D'Angelo, por su parte, que tampoco se opone a los partidos per se, y ha integrado en ocasiones, con el más alto espíritu, las filas de alguno de ellos, reconoce -dueño de la evidencia admirable que lo caracteriza- que "parece evidente que un partido político se constituye en un ámbito cerrado que privilegia capacidades negativas (intrigas, componendas, pequeñezI" y excluye la grandeza de personalidades y miras. ¿Hace falta un estudio sociológico para advertir que el 'comité'

72-Juan A. Widow, El hombre, animal político, Buenos Aires, Nueva Historia, 2001, p. 313.
73-Johanness Messner. La cuestión social, Madrid, Rlalp, 1976, p. 638-642 Los subrayados son nuestros.
 

Para usar una expresión argentina- crea una atmósfera donde normalmente será excluido el magnánimo y seleccionado puisilánime? [... ] El partido se ha convertido en un brete para por el cual hay que tener unas condiciones que inciden necesariamente en la calificación de la clase dirigente [...]Los rtidos políticos seleccionan, entonces, a partir de una base que ya de por sí está deteriorada". Y adhiriendo en un punto al análisis de Sartori [cfr. su Teoría de la democracia], agrega: "bajo la ley de los números, la mayoría de las veces aquellos que son dignos de ser elegidos [dirigentes partidarios] resultan excluidos por los que no lo merecen. A la postre, el 'líderazgo valioso' es sustituido por un liderazgo pobre, por un 'liderazgo indigno' "74.
Son tajantes, pues, las limitaciones, las condiciones, los requisitos, las advertencias y los riesgos que estos tratadistas católicos señalan a la hora de admitir la posibilidad o la conveniencia de tolerar la constitución de un partido. Así como son tajantes las reconvenciones para que no se olvide que existe una "convicción cristiana" (Messner), sobre el "ordenamiento de la Ciudad" (Meinvielle), que está en las antípodas de aquella antinaturaleza social "forjada por los impíos y ridículos delirios del filosofismo y de la revolución"75.
Se entiende que la Iglesia se haya expedido en muchas ocasiones, no sólo recordando la recta doctrina sobre el Orden Político e instando a la lucha por su objetivo central que es la Soberanía Social de Jesucristo, sino indicando además la inconveniencia de optar por las vías partidocráticas o de darle protagonismo a los partidos en el destino de la Ciudad. "Los hombres que lo subordinan todo al triunfo previo de su partido respectivo", ha dicho León XIII, "aún en el caso de que les parezca ser éste el medio más apto para la defensa religiosa, quedarían acusados y convictos de anteponer, de hecho, por una funesta inversión de ideas, la política que divide, a la religión que une"76. Y aunque la Iglesia se muestre respetuosa de "la diversidad de pareceres en materia política", "es

74-Aníbal D'Angelo Rodríguez, Diccionario Político, Buenos Aires, Claridad, 2004, p. 492-495.
75-Julio Meinvielle, Concepción...etc, ibidem, p. 113.
76-León XIII, Notre consolation, III, 18
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necesario" que "los afiliados a partidos políticos contrarios, aunque disientan en todo lo demás, estén todos de acuerdo en este punto: que es preciso salvar en el Estado la Religión Católica"77. Porque la Iglesia "tiene el derecho y el deber de rechazar de plano toda pasión partidista y todo servilismo a las cambiantes curvas de la vida política"; así como tiene el deber de proclamar que "la religión ha de ser tenida por todos los partidos como cosa santa e inviolable"78. No es necesario demostrar que esta conditio sine quanon exigida por León XIII se viola hoy intencionalmente por los partidos políticos; y se calla completamente o minimiza su relevancia por aquellos católicos que forman o integran otros tantos partidos. Tampoco es necesario deducir explícitamente que violada esta condición, acrece la ilegitimidad y la inmoralidad de la participación en un sistema de esta índole. En-buenahora incluso se hace la salvedad sobre el carácter de mero medio atribuido con frecuencia a los partidos. Pues tal carácter está muy lejos de convertirlos en neutros o de disipar las obligaciones éticas en quienes se valdrían de los mismos. Los medios no son asépticos, y para mal o para bien potencian su propia carga de maldad o de bondad, según los fines a los que estén ordenados.
No se ha tenido en cuenta suficientemente aquella severa reconvención de Pió XII, quien haciendo suyas las palabras de Tito Livio exclamara: "De hecho, las luchas de los partidos fuerón y serán para muchos pueblos una calamidad mayor que la guerra misma, que el hambre y la peste"79. Ni aquel discurso suyo del 6 de abril de 1951, en el que registra con angustia la disolución del "ciudadano" y "de la vida de las naciones" por causa de régimen monstruoso de la partidocracia que no se rige por otra ley superior que la del "culto ciego al valor numérico". Ni aquel otro del 13 de septiembre de 1952, cuando desenmascara la ficción de la presunta "intervención del simple ciudadano" bajo las reglas de juego del sistema.
Además, en carta al Profesor Charles Flory, Presidente las Semanas Sociales de Francia, fechada el 14 de julio de

77-León XIII, Cum multa, I, 3.
78-León XIII, Sapientiae Cristianae, III, 15.
79-Pio XII, Optatissima pax, 4.

1954, el gran pontífice se refería al doble y trágico fenómeno ocasionado por esta concepción de lo político. Por un lado "el incivismo individual y colectivo" al que conduce la hipertrofia de una falsa representatividad; y por otro, la aparición protagónica de organizaciones estatales o supranacionales que "han adquirido un poderío que les permite pesar sobre el gobierno y la vida de la Nación". Esto es, como ya vimos insistentemente, el fenómeno de la oligarquización y plutocratización inexorable de los partidos políticos. "En los sistemas democráticos se puede fácilmente caer en el error, cuando el interés individual está puesto bajo la protección de aquellas organizaciones colectivas o de partido, a las cuales se les exige proteger la suma de los intereses individuales antes que promover el bien de todos; de esta manera la economía cae fácilmente en manos de fuerzas anónimas, que la dominan políticamente"80. "Añadid el abuso de las fuerzas de las organizaciones gigantescas de masas que, encadenando al hombre moderno en su complicado engranaje, ahogan a sangre fría toda la espontaneidad de la opinión pública y la reducen a un conformismo ciego y dócil de ideas y de juicios"81.
Tras la lectura honesta de estas enseñanzas, ¿alguien -al menos si es un católico coherente- puede creer con sinceridad en la conveniencia de alistarse a un partido político? ¿No está a la vista el menosprecio y aún el temor radical hacia ellos, por causar maíes mayores que la guerra, el hambre y la peste? ¿No queda descripta con holgura la nómina de calamidades que acarrean, desde la violación de la dignidad creatural del hombre, hasta el dominio tiránico de fuerzas anónimas, sin olvidar el incivismo individual y colectivo, la numerolatría, la manipulación de las conciencias o el individualismo disgregador? ¿No prefigura este trágico diagnóstico esa caracterización que haría después Paulo VI, en su Carta del 18 de marzo de 1967 a la XXVI Semana Social de España, cuando atribuyó el caos social contemporáneo a "la pulverización de partidos o tendencias" que sacuden a los pueblos, logrando que "la prosecución de intereses privados prevalezca sobre la búsqueda del bien común"?.

80-Pío XII, Radiomensaje del 24 de diciembre de 1954, 37.
81-Pío XII, Discurso del 17 de febrero de 1950, 9-12.

Pero más importante que las preguntas propias, son las que se hiciera al respecto quien tan hondo y tan lejos veía el Papa Pío XII. Clamando a favor de una reacción que recupere el cauce y el quicio perdido en materia política; haciendo votos por la aparición de un arquetipo de la estatura del santo y del héroe, que restaurara la saíus populi dañada por la Modernidad y la Revolución; reclamando en suma la figura ejemplar de un varón de Cristo que encarnara el agere contra del siniestro sistema, sin temores humanos ni prudencias carnales, escribió para nuestro humano consuelo: "¿No habrá ya, pues, en estas desgraciadas naciones hombres dignos de este nombre? ¿Hombres marcados con el sello de una verdadera personalidad, capaces de hacer posible la vida interior de la sociedad? ¿Hombres que, a la luz de los principios centrales de la vida, a la luz de sus fuertes convicciones, sepan contemplar a Dios, el mundo y todos los sucesos, grandes o pequeños, que en él se suceden?. Estos hombres, al parecer, gracias a la rectitud de su juicio y de sus sentimientos, deberán poder edificar, piedra a piedra, la sólida pared sobre la cual la voz de estos sucesos, al chocar, se reflejaría en un eco espontáneo. ¡Sin duda alguna hay todavía hombres de este temple, aunque, por desgracia, poco numerosos, y cada día más escasos, a medida que se ven suplantados por sujetos escépticos, hastiados, despreocupados, sin consistencia ni carácter, fácilmente manejados por algunos hacedores del juego!"82.
Ningún comentario nos atrevemos a acotar a este magnifico exordio. Reléalo varias veces el lector amigo.