lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS:ANTONIO CAPONNETTO-LA PERVERSION DEMOCRATICA-CAPITULO 3 (I)


LA PERVERSION DEMOCRATICA
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"¡El sufragio universal es la mentira univer­sal! "..."Del sufragio universal se ha hecho arma de partido; bajo este punto de vista ni nombrarlo nos dignaríamos. Pero el sufragio universal es hoy, más que todo, base de un sistema filosófico en oposición a los sanos principios de derecho y de Religión [...] y constituye la esencia de lo que se ha querido llamar derecho nuevo, como si el derecho fuese tal si no es eterno". Se trata, en suma, de una "sucia quisicosa", cuyo punto de partida es "admitir como dogma filosófico la infalibilidad de las turbas".

Félix Sarda y Salvany, La mentira universal, mayo, 1874.
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..."una democracia que llega al grado de perver­sidad que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo".

San Pió X, Notre charge apostolique.
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..."la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico".

Pío XII,
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La organización política mundial, del 6 de abril de 1951,

"El Estado liberal, jacobino y democrático edifi­cado sobre el hombre egoísta y el sufragio univer­sal, han permitido que la riqueza del poder Sobe­rano de la Nación haya sido reemplazado por el poder de la riqueza sin Dios y sin Patria. La plu­tocracia internacional a la sombra de la llamada soberanía popular, mediatiza a los poderes pú­blicos y explota a las naciones". "La soberanía popular comporta una real sub­versión atea y materialista, por cuanto sustituye a la soberanía divina, y se postula como un prin­cipio absoluto e incondicionado"...

Jordán Bruno Genta
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CAPITULO-3-
CUESTIONES DISPUTADAS
 
-I-
"La inevitabilidad del sistema y del presente,
y el carácter de medio de algunos hechos
políticos, como laformación de partidos,
otorgan legitimidad."
https://i1.wp.com/revistapaco.com/wp-content/uploads/2014/10/Caponnetto.jpg
Capítulo 3
Cuestiones disputadas

Llegados a este punto, no sería atinado dejar en el camino una diversidad de objeciones, que suelen irrumpir en el debate con alguna frecuencia. Consideraremos sólo las más importantes, que justamente por serlo, suelen incluir otras, casi siempre subalternas. Y las titularemos, para analizarlas, con el concepto que mejor las caracteriza o define según nuestro buen entender.
 
"La inevitabüidad del sistema y del presente,
y el carácter de medio de algunos hechos
políticos, como laformación de partidos,
otorgan legitimidad."

Según nuestro entrañable amigo Mario Meneghini -cuya hombría de bien nos place reconocer públicamente, a pesar de las discrepancias que nos separan- "si se sostiene que no se puede -o no se debe- actuar en el sistema, pues el sistema es la enfermedad, quedamos paralizados de entrada. El sistema institucional vigente nos incluye, mal que nos pese, puesto que somos ciudadanos de este Estado, y debemos sujetarnos a los trámites oficiales, cobrar sueldos o jubilaciones, pagar las multas e impuestos, etc. Dice Lilia Genta: En cuanto al sistema, vivo en el siglo XXI aunque ame el siglo XIII que no es mi tiempo. 


Dios me hizo vivir en este tiempo y en esta realidad. (...) Es inútil querer forzar la máquina del tiempo. Dios nos exige el testimonio ahora, con todos los medios que se nos presentan. Los medios son sólo eso, medios. El asunto es usarlos sin renuncios". Agregando a continuación: "Señala Ernesto Palacios: 'El error de muchos tratadistas políticos, sin excluir a los más excelsos, consiste en objetar la legitimidad de ciertas formas históricas por los errores intelectuales en que se fundan. El sufragio está justificado por la experiencia secular como una forma de selección legítima de las clases gobernantes, aunque la razón se oponga a las fantasías del contrato social e incluso al dogma de la soberanía del pueblo, en que se funda la religión democrática"1
Varias son aquí las equivocaciones. La primera, juzgar como negativa la presunta parálisis "de entrada" a la que quedaríamos sometidos por negarnos a formar parte de una enfermedad, cual es el sistema. Si se nos prueba que el sistema es virtuoso, nuestra posición carece de sentido. Pero mientras quede en pie la perversión del mismo -y Meneghini, según veremos, aporta elementos de juicio que podrían ratificar este aserto2- nuestra retracción frente a la enfermedad política no sólo es legítima sino necesaria y virtuosa.
De lo contrario, y con similar criterio, deberíamos lamentarnos de quedar "paralizados de entrada" ante la ingesta de alucinógenos, ante la práctica de la promiscuidad sexual o ante la contaminación con el virus GB. Moralmente hablando quedamos tan forzosamente paralizados de entrada ante un régimen enfermizo y enfermante, como fisiológicamente hablando quedamos del mismo modo si no queremos pescarnos la drogadicción, el sida, o la hepatitis G. Pero para seguir con el símil, estas juiciosas "parálisis" no nos inmovilizan para medicarnos, para llevar una vida sexual ordenada o para que funcione bien nuestro hígado; esto es, no nos impiden el ejercicio

1 Mario Meneghini, Ideas sobre la crítica a la democracia; cfr http:// meneghini.blogia.com/, Córdoba, 2 de noviembre de 2007.
2 Mario Meneghini no sólo conoce las debilidades y los vicios del sistema imperante, sino que tiene una larga militancia en pro de la salud política. En este mismo artículo que le estamos comentando críticamente, por ejemplo, aclara que "no hay ningún motivo para limitarnos a rechazar el concepto liberal de la democracia" (párrafo 6); es decir que dicho rechazo debe ser aún más abarcativo, lo cual es justo. Aclara también -de la mano de Bidart Campos y de Héctor Hernández- que "la democracia es una forma de Estado; con ello la negamos como forma de gobierno"; y que la única acepción de la palabra democracia que él acepta, pues "tiene muchas acepciones", es la que signiñca "participación del pueblo en la cosa pública". Hemos hecho expresa referencia a la necesidad de estas distinciones en el capítulo primero de este ensayo.


 de la salud. Como existe en las ciencias médicas la noche medicina preventiva, sigue existiendo en el ámbito de la vida moral, la noción de evitar todas las ocasiones próximas de pecado, según rezamos en el Pésame.
No ayuda a mejorar las cosas la comparación de Meneghini, según la cual, quedaríamos obligados a participar dentro del sistema del mismo modo en que nos vemos compelídos "mal que nos pese" a "sujetarnos a los trámites oficiales", pues el Estado "nos incluye a todos". La participación política del ciudadano es oficio noble, necesario y loable. Oficio y arte, ciencia y prudencia, que nunca negó la Iglesia y nunca jamás hemos negado nosotros. Por lo mismo, no puede parangonarse tan alta actividad con un trámite perentoriamente compulsivo como el de oblar una multa o percibir un salario. Precisamente porque no se trata de un trámite, somos irreconciliablemente enemigos de ofrecer nuestra adhesión al sistema. Si acaso fuera únicamente una gestión, con formúleos, expedientes y planillas, hace rato que hubiéramos desistido de cualquier polémica.
En cuanto a que el Estado nos incluye a todos, puede ser tomado de dos modos, y convendrá distinguirlos. Una cosa es el cumplimiento de nuestras obligaciones legítimas para no ser insolidarios o desaprensivos respecto del bien común. Otra cosa es la conminación tiránica del Estado para que todos quedemos homogeneizados y uniformizados en la ideología y en la praxis democrática. En el primer caso, el ciudadano es un hombre libre que cumple, hablando paradojalmente, con sus deberes de estado. En el segundo, una víctima esclavizada más de Leviathan; esto es, del Estado moderno, "constituido a costa de la Religión, por vía de secularización, hijo ilegítimo del Cristianismo, [convertido] a su vez en una iglesia, laicizando, despojando y persiguiendo"3. Una cosa es la ciudadanía constreñida y coaccionada por esa monumental estructura burocrático-política que es el Estado nacido bajo el signo de Maquiavelo, al buen decir de Aníbal D'Angelo4. Sin duda que él "nos

3- Guillermo Gueydan de Roussel, Los potencias marítimas, el Levia-tán y el Estado moderno, en su Eí Verbo y el Anticristo, Buenos Aires, Gladius, 1993, p. 11.
4- Aníbal D'Angelo Rodríguez, Diccionario Político, Buenos Aires, Claridad, 2004, p.205 y ss.


incluye" y nos fagocita; y nada bueno podríamos ver en el fenómeno. Otra cosa es sabernos incluidos, no maí que nos pese, sino con nuestra libre conformidad en una patria cristiana, en la que se admite y se respeta que, en primera y última instancia nuestra ciudadanía nos viene del Cielo (Fil. 3, 20).
La segunda equivocación es conformarse ai sigío, extravío expresamente condenado en las enseñanzas de Jesucristo por boca de San Pablo (Rom. 12, 2). Comentando este texto, aclara Santo Tomás, que peca de conformidad al siglo quienes desechando lo permanente admiten como moneda de buena ley "las cosas que pasan con el tiempo y con el tiempo perecen". Para ellos se aplica la sentencia escriturística: "se hicieron execrables como las cosas que amaron" (Oseas 9, 10); como se aplica asimismo, al modo de un antídoto, la recomendación del Apóstol Santiago (1,27): "preservaos de la con-taminación del siglo"5.
No se trata de negarse a vivir en el presente ni de imaginar exóticos túneles que nos permitirían retroceder en el tiempo. Se trata sencillamente de aceptar que existen principios y conductas perennes, que no modifican los años transcurridos. Esos principios y esos comportamientos acordes también incluyen los que hemos analizado en el capítulo precedente, a propósito de una recta concepción política. El realismo no es negar la perennidad de esos principios y de esas conductas en nombre de la vida que llevamos en la actualidad, sino esforzarse por no renunciar a los valores inmutables, vivamos cuándo y dónde nos haya puestos Dios. El católico sabe que "sería ridículo pretender un retorno liso y llano a la Edad Media", pero sabe asimismo que sería "cosa evidentemente nefasta [...] dejarse llevar por lo que De Gaulle diera en llamarle le vent de l'histoire". Que sería imposible forzar la máquina del tiempo e instalarse en el siglo XIII o el que fuere. Pero que sería traición renegar, omitir, posponer o tergiversar "el anhelo de rehacer la Cristiandad". Dios nos hizo vivir en este tiempo, pero no "para bendecir sus errores sino para curar sus llagas"6. Y por cierto que Dios nos pide el testimonio

5- Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola a los Romanos, XII Cfr. Traducción de Salvador Abascal, México, Tradición, 1982, p. 196).
6-Padre Alfredo Sáenz, La Cristiandad y su Cosmovisión, Buenos Aires, Gladius, 1992, p. 386, 390, 391.


aquí y ahora, pero el mismo no consiste en obrar como si los grandes principios rectores de la vida política no existieran, sino en conservarse fieles a los mismos procurando su realización. Por el contrario, y a modo de ejemplo, formar un patido político democrático y aconfesional, someterse a las normas del sistema, y participar de su juego y aún de sus ardides, aceptando defacto los principios malsanos del liberalismo, mas parece ameritar el nombre de antitestimonio, que utilizó a Iglesia en el Jubileo del 2000. Nuestro derecho a ser representados nos obliga al rescate de las genuinas formas de representatividad por las que siempre bregó la Iglesia7, no a conformarnos -como dicen algunos- con que cada vez que haya elecciones escuchemos una voz en los medios de comunicación enn la que podamos sentirnos representados.
Nuestro reprochado anclaje en los tiempos medievales no es una locura cronológica, es una cordura ontológica. La misma que tenía León XIII cuando en la Inmortale Dei exaltaba ese "tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados". Volvemos cada día a nutrirnos de ese pasado para-digmático, no por un hábito arqueológico, no por el gusto de volver al pasado perse, sino por ejercicio espiritual. Porque al decir de Berdiaieff, ese pasado "miraba la eternidad y suscitaba lo eterno"; y nosotros debemos ser "los centinelas" vueltos al resguardo de ese día eterno8. De sobra sabemos que no gobierna San Luis ni es consejero de Corte alguna el Aquinate, pero de allí no se sigue que lo que el uno y el otro enseñaran solo tenga la acotadísima vigencia del siglo XIII.
Creer que en política se pueden dejar de lado esos principios inmutables en homenaje, voluntario o forzado, a la inelectulabilidad de los tiempos, es creer "que la verdad evoluciona, que depende del tiempo, del lugar, de la sociedad, de las seriedad de las instuciones"; es caer en una fiosofía movilista que escandalizara al mismo Maritain -al menos el de Le paysan de la Garone- acusándola de "cronolatría"9. Es, en definitiva, una

7-Cfr. Bernardino Montejano, La representatiuidad en lo político, en Verbo Nº. 230, Buenos Aires, 1983, p. 13-37.
8-Nicilás Berdiaeff, Una nueva Edad Media, Barcelona, Apolo, 1934, p.11 y 70.
9-Cfr. Louis Jugnet, Problemas y grandes corrientes de la filosofía, Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1978, p. 56-60.


forma común del relativismo ético, tan insistentemente denostado por Benedicto XVI. Ya hemos dicho que hay dos modos de ser "modernos" y que sólo uno es legítimo. Un modo es aceptando la Modernidad como categoría espiritual y cosmo-visión cultural, como síntesis y proyección de la Revolución o encarnadura de la misma, algo de lo que debe cuidarse todo católico que se precie de coherente. Otro modo es amar lo santo que, en hombres, ideas o hechos, pueda ofrecernos el tiempo que nos toca vivir. En tal sentido, cabe entender el encomio de Apollinaire del año 1912: "¡El hombre más moderno sois vos, Papa Pío X"110.
La tercera equivocación en la que incurre Meneghini -pero que es un común denominador en muchos analistas, incluyendo dignatarios de la Iglesia- es suponer que, en política, "los medios son sólo eso, medios, y que sólo importa el usarlos sin renuncios". Concretamente serían "sólo medios" los partidos políticos. O sería sólo un medio participar del sistema democrático.
Es sabido sin embargo, por empezar con lo más sencillo, que hay medios buenos y malos, que un buen fin no justifica los medios injustos, y que en ningún caso el fin justifica los medios. Es, o debería ser sabido, que aunque el fin pueda ser excelente, los medios no pueden ser execrables o adolecer de garantía moral. Por difundido que esté hoy el error contrario, sigue siendo lo correcto no el actuar torcido y el encontrar después un argumento derecho" que convalide mi tercedura, sino el pensar y obrar de un modo moralmente congruente y recto. Sigue siendo lo correcto, en suma, la adecuación de los medios legítimos a la obtención de fines legítimos. Porque la vida moral no es masilla adaptable a las circunstancias, carente de forma y ajustable a la más caótica o irregular de las superficies. O hay un Orden y se vive de acuerdo a él, o caemos en el primado del emocionalismo ético, según el cual, sólo importan los buenos deseos, las nobles intenciones y los sentimientos generosos, Presentados todos ellos como fines loables -los deseos, intenciones y sentimientos buenos- deberíamos luego estar dispuestos a permitir el uso de cualquier medio. He aquí la síntesis dr la confusión prevalente en ciertos ambientes cristianos.

10-Guillermo Apollinaire, Alcoholes, Madrid, Cátedra, 2001.
 
No  pueden valorarse los medios con prescindencia de los fines, ni viceversa. Los medios no son inocuos o asepticos a la noción correcta de una teleología debe estar debe estar simétricamente vinculada con otra recta noción de los instrumentos proporcionados. Se puede controlar la natalidad valiéndose como medio del Bülings o de la pildora del día después. En la priemera alternativa -y dados fines legítimos para ejercer ese control de la natalidad- el medio será moralmente irreprochable. En la segunda alternativa -así se trate de controlar la natalidad por la mejor de las intenciones- el medio será inmoral. No puedo argüir que "el asunto es usarlo sin renuncios", pues el renuncio es ya el valerme de un medio inadecuado. Si el medio no es neutro, no puede ser neutra la calificación moral de quien lo elija.
El fin es una meta en cuya valoración no están ausentes los pasos que se han dado para alcanzarla. Aunque se alcance un fin loable tras la utilización de malos medios, los malos medios ya habrán contaminado al fin, y ya habrán sido ellos mismos males concretos sembrados en nuestra vida. Un fin alcanzado por medios injustos pierde su calidad de fin bueno, y las herramientas utilizadas prefiguran el resultado. Los fines que se presumen justos requieren medios de la misma naturaleza; y si elegimos libremente los unos y los otros, somos responsables de nuestra elección. Podemos adentrarnos con la interioridad de un sufrido paciente mediante el ejercicio de su introspección, el cultivo del diálogo o del soliloquio o la práctica de una terapia adecuada. También podemos hacer los mismo mediante una exploración ideológica, manipuladora y arrolladura de su vida psíquica, con el método psicoanahlico. Elijo el medio, elijo el fin. Ambas predilecciones me caliliran moralmente.
De modo que en política no hay excepciones a esta regla. SI mi medio elegido es el partido democrático, aconfesional y sometido a las exigencias teórico-prácticas del liberalismo, pues allí está el renuncio. Si mi medio elegido es la participación en el juego siniestro de la perversa democracia, ese medio es el cuestionable, y el que tiñe de imperfección el acto moral. Si mí medio elegido comporta la aceptación de los principios anticatólico que él lleva ínsito, pero justifico su uso en aras del fin o la ilusión de sentirme representado públicamente, la laxihud ética y el maquiavelismo se vuelven evidentes. Aquí sí que se aplica íato sensu el principio paulino: non su facienda mala ut eveniant bona.
Más que importante nos parece la aplicación a la política que hace Ayuso de los Tres Binarios ignacianos. Consisten ellos, como es sabido, en una parte de los Ejercicios Espirituales, en el cual el santo de Loyola analiza y retrata diversos tipos humanos. "Pues bien, los hombres del segundo binario [...] desean el fin, pero no quieren poner los medios adecuados para la consecución del fin [...] Son católicos del segundo binario. Quieren acabar con el erotismo y las malas costumbres, rechazan la droga. Pero quedándose con el [...] liberalismo que emancipa el orden político del religioso"11. Son "los que no se sirven de los medios conducentes", dirá el mismo San Ignacio; los que "quieren evitar el pecado pero sin evitar sus ocasiones próximas", cayendo así "en una palmaria inconsecuencia"12.
Lo peor de todo es que algunos de estos católicos inconsecuentemente dedicados a la política, tienen clara conciencia de que están contrariando principios perennes y utilizando medios impropios. Son prelados o laicos instruidos. Pero descargan su conciencia, y la de quienes arrastran tras de sí, aduciendo que se trata de una táctica. Harían un mal conciente ahora, provisoriamente. Cometerían una contradicción ahora, para ganar las elecciones o el deseado cargo. Después la táctica seguiría su despliegue y,según ellos, todos veríamos que se trataba de católicos ultramontanos dispuestos a restaurar la Cristiandad.
Amén de la ingenuidad rayana en el absurdo que tal planteo supone, la susodicha táctica es, en sí misma, una inmoralidad. Obliga a mentir, a simular, a tergiversar, a disfrazar y enmascarar la realidad, a tener dobleces. Obliga a encontrar para cada acción torva un argumento justificatorio. Obliga, en suma, a atribuirse el derecho de fingir. Lo que suele suceder es que estos tácticos ni ganan elecciones ni cargos, ni restauran la

11- Miguel Ayuso, La política, oficio del alma, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2007, p. 64-65.
12- San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Meditación de tres binarios de hombres, Madrid, Administración del Apostolado de la Prensa.1912- p. 214-215. El subrayado es de San Ignacio.


Cristiandad. Sólo se quedan con la inconsecuencia, perdiendo el mayor patrimonio que debemos resguardar, cual del testimonio congruente de la Verdad. Siempre será oportuno al respecto, recordar las recomendaciones del Cardenal Merry del Val -Secretario de Estado de San Pío X- cuando dirigiéndose al cardenal Aguirre, Primado de España, en 1910, le pedía que entre las normas para los católicos abocados a la política, no olvidase incluir ésta: que ninguno de ellos debía cooperar con su conducta a la ruina del orden social. No es legítima la política de lo peor ni tampoco conformarse con el mal menor.
La cuarta equivocación de nuestro amigo es dar por acertado el texto de Ernesto Palacio, a todas luces desacertado y contradictorio con otros muchos del mismo autor.
Contrariando su minuciosidad habitual para armar el aparato crítico de sus ensayos, Meneghini no indica aquí el origen del texto, pero no ha costado mucho rastrearlo. "El error de muchos tratadistas políticos", dice Palacio, "sin excluir a los más excelsos" (y cita a pie de página a de Maistre, Pareto, Mosca y Maurrás) consiste en objetar la legitimidad de ciertas formas históricas por los errores intelectuales en que se fundan."13
No es ni debe ser así, sino contrario sensu. Si el ser precede al hacer, la inteligencia a la voluntad, y tal principio de orden natural ha quedado tradicionalmente formulado en el clásico operatio sequitur esse, no hay ningún gazapo en los tratadistas eximios al analizar los fundamentos intelectuales de ciertas formas históricas, para descubrir en ellos las causas de sus bondades o maldades. Son los fundamentos intelectuales del marxismo los que permiten colegir y comprender el horror de la Revolución Rusa y de las distintas formas históricas que tomó en el tiempo. Son los fundamentos intelectuales del Iluminismo los que permiten anticipar y evaluar los estragos de la Revolución Francesa y sus formas históricas, dentro y fuera de las fronteras de Europa. Son los fundamentos intelectuales del gramscismo los que permiten inteligir y deplorar las múltiples formas históricas que ha tomado la Revolu-

13-Cfr. Ernesto Palacio, Teoría del Estado, Buenos Aires, Eudeba, 1973, p. 111.
 

ción Cultural. Y son los fundamentos intelectuales de la Civitas Dei los que permiten admirar y ponderar las formas históricas de las grandes monarquías católicas. Una forma histórica concreta y determinada, merece ser considerada como legítima o ilegítima según los errores o los aciertos intelectuales en que se funda. Si es un error intelectual el sincretismo, ¿por qué habría de resultar legítima la forma histórica de la ciudad pluralista maritaineana, entronizada hoy, de hecho, en tantas naciones? Si es un error intelectual la cultura de la muerte, ¿por qué no deberíamos deducir de tamaño extravío la ilegitimidad de las formas históricas peculiares que se han ido desarrollando en la España de la transición y en la Argentina radical-peronista?
Palacio dice que "las formas históricas son anteriores a sus justificaciones intelectuales, y no se juzgan por la razón sino por la experiencia"14; mas también dice -porque es hombre inteligente- que "toda acción humana supone un pensamiento rector"15. Pero entonces ese pensamiento rector es el que elabora la justificación intelectual sin la cual no tomaría cuerpo jamás un proyecto histórico determinado. Y a ese proyecto, a ese hecho, a esa forma histórica concreta, al juzgarla, lo hacemos tanto por la evaluación de su empina como de su theoría. ¿Cómo podríamos, verbigratia, en el estudio de la forma histórica del unitarismo argentino, juzgar la mera expe-riencia catastrófica de sus resultados sin tener en cuenta la razón que animaba a los protagonistas de tamaño programa? ¿Cómo podríamos desvincular la experiencia de siglo y medio de liberalismo triunfante en nuestro desventurado país sin la razón masónica que alimentó, inspiró y sostuvo cada uno de sus pasos?.
Era Ortega -aunque riesgosamente citamos de memoria- el que respondiendo a la conocida tesis de Marx, según la cual, "los filósofos han interpretado al mundo de distinta manera, pero nuestra misión es cambiarlo", escribía que las revoluciones estallan primero en las cabezas y después ganan la calle. Es verdad con fuerza de silogismo. Desvincular las formas históricas de los fundamentos intelectuales en que se
 
14    Ibidem.
15    Ibidem, p. 30.


sostienen, es doblemente malo. Sea que se haga con una orientación praxeológica de carácter marxista: sólo importa la praxis; sea que se haga con una orientación racionalista: sólo importan las ideas abstractas, sin medir sus realizaciones en tiempo y espacio. La solución es bien sencilla, el ser precede al hacer; y si quiere agregársele sutileza, diremos con Eric Voegelin, "el orden de la historia emerge de la historia del orden".
Palacio ha emitido su error para justificar al sufragio. Pero el yerro inicial queda mitigado por lo que agrega inmediatamente a continuación, y sobre todo, por lo mucho que ha dicho antes. Lo que agrega es que entiende por sufragio "una forma de selección legítima de las clases gobernantes". Y hasta aquí no hay disonancia con el Magisterio de la Iglesia, que jamás negó la posibilidad de que los gobernantes resulten elegidos por la comunidad, dadas ciertas condiciones y requisitos, y dejando a salvo los principios inmutables sobre el origen del poder. Jamás el carácter potencialmente electo de los gobernantes estuvo en el índex de la Cátedra de Pedro, como no lo estuvo el que pudieran los hombres acceder al poder por otras vías, mientras probaran la legitimidad del mando con el ejercicio del mismo.
Al no referirse Palacio al sufragio universal, ni necesitaba el rodeo previo sobre las formas históricas, las justificaciones intelectuales, la razón y la experiencia. Y casi como para que no queden dudas de que al sufragio universal no parece referirse en este párrafo, agrega después que, una vez justificado empíricamente el sufragio -a secas- la razón desautoriza cualquier "fantasía" como "el contrato social", o "el dogma de la soberanía del pueblo, en que se funda la religión democrática". En otras palabras; por un lado están las ficciones ideológicas del liberalismo, y por otro la "experiencia secular" que demuestra cómo los hombres pueden simplemente elegir a quienes los gobiernen.
Saldríamos completamente del tema que nos hemos propuesto, si iniciáramos ahora una expedición por la obra de Ernesto Palacio para probar que en la misma -y más allá de tantos matices discutibles o reprobables que nunca faltan-asoma como una constante el horror por la democracia, por los principios del liberalismo, sufragio universal incluido, y por el Régimen al que combatió no sólo de palabra sino desde las filas de la Liga Republicana, sumándose a la frustrada Revolución de 1930. Casi tres lustros procurando conocer sistemáticamente el revisionismo histórico argentino, nos han permitido familiarizarnos un poco con el pensamiento de sus protagonistas. De modo que válganos en algo este involuntario paso del tiempo para corroborar el antiliberalismo del autor de Catilina16. Pero no se necesitará de ninguna investigación exhaustiva, sino del simple esfuerzo de volver exactamente una página atrás la lectura de Teoría del Estado (la obra de Palacio mencionada aquí), para corroborar las mordaces prevenciones del autor sobre el sufragio. En efecto, dice Ernesto Palacio: "Cualesquiera sean la mística y los mitos vigentes sobre la materia, la verdad es que el pueblo no elige a sus dirigentes, sino que los consagra, tal como el obispo imponía los óleos al triunfador en la guerra. Nunca el pueblo saca a sus jefes del seno de la multitud para otorgarle el poder: su operación se limita a votar por quien o quienes ya lo mandan. El sufragio es la ratificación de una autoridad previa, obtenida por los medios habituales de ganar autoridad, por la persuasión, por el prestigio. Los dirigentes salen del pueblo; son una emanación del pueblo. Pero para obtener el sufragio tienen que existir ya antes como tales dirigentes [...] El sufragio es siempre un acto de obediencia"17.
Lo extraño es que todas estas consideraciones equivocadas de Meneghini, que venimos comentando respetuosamente, parecen apuntar a la justificación de un corolario final que asienta en su nota: "Nuestra forma de gobierno es la republicana, según establece el Art. 1 de la Constitución Nacional, y

16 Durante el año 1975 y después, la Editora Obligado, con asiento en Buenos Aires, comenzó la publicación de cinco volúmenes sobre El pensamiento político nacionalista, profusa antología de textos selecionada y comentada por Julio Irazusta. En estas páginas podrá encontrar el lector, repetidas veces, la pluma inconfundible y señera de Ernesto Palacio repartiendo mandoblazos contra la democracia, el liberalismo, el sufragio universal y el Régimen falaz y descreído. Sirvan de ejemplo las páginas 40-46 del volumen 2, La Revolución de 1930, Buenos Aires, Obligado Editora, 1975. A quienes deseen consultar las fuentes originales, estos es los periódicos nacionalistas de la época en los que escribía Palacio, sugerimos la visita a la Hemeroteca del Pensamiento Nacionalista del Instituto Bibliográfico Antonio Zinny.
17-Ernesto Palacio, Teoría...etc, ob. cit, p. 109. Subrayados del original


ninguno de los elementos que la describen es incompatible con la fe cristiana"18.
Por cierto que el artículo primero de la Constitución: "La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal", en nada violenta la "fe cristiana", como no la violentan el Teorema de Pitágoras o el Sistema Métrico Decimal. Pero ya hemos visto en el capítulo anterior, que tanto el origen histórico del texto constitucional, así como su espíritu liberal, su criterio rector y ciertos contenidos específicos, entran en abierta oposición con los principios fundamentales de la concepción católica de la política y aún del Derecho. Tras la Reforma de 1994, asimismo, se ha buscado que dicha incompatibilidad fuera aún más manifiesta y agresiva, con la triste aquiescencia de la jerarquía eclesiástica nativa. El Derecho Nuevo y el Constitucionalismo Moderno, fenómenos ambos de los que nuestra Constitución es tributaria, sí son incompatibles con la doctrina cristiana. La derrota nacional de Caseros, sin la cual este estatuto jurídico del coloniaje no habría existido, también es incompatible con el anhelo de una patria cristiana.
Pero además, y después de haber hecho una petición de principios, según la cual no habríamos de buscar en los postulados teóricos sino en la experiencia la causa más segura de la legitimidad o ilegitimidad de una forma histórica, resulta al menos paradójico que se presente como compatible a nuestra Constitución con "la fe cristiana", cuando es bajo el amparo de dicha Constitución que se vienen consumando los ultrajes más ominosos contra la Iglesia y la fe sencilla de quienes aún permanecen creyentes. ¿Por qué aquí deberíamos aceptar que del análisis intelectual del enunciado del artículo primero surgiera la compatibilidad de nuestra forma de gobierno con la fe cristiana, si la experiencia y las formas históricas prueban hasta el hartazgo que esa forma de gobierno ha significado la ruina y el vejamen de la Argentina Católica?
No se quiere entender que -lleve instalado ya el tiempo que llevare- el ordenamiento jurídico que, de prepo, se le ha dado al país desde 1853, es más una construción artificial y virtual, que un genuino orden real. Y que esto fue así por deci-

18-Mario Meneghini, Ideas sobre la crítica...etc, ob. cit, punto 8, in fine

sión expresa de los ideólogos del descastamiento y del desarraigo que tuvieron a su cargo la manufactura de aquel "ordenamiento". Desde entonces, la realidad histórica corre por un lado y el álgebra jurídica por otro. Se llamó Derecho al Poder, y lo que hasta ese momento era "más bien algo igualmente y totalmente extraño a todos" se convirtió en "algo común a todos". Alto es el precio que se paga cuando "la norma no evalúa un comportamiento real que pertenece al pasado y es reconstruible como simple dato histórico"; cuando en lugar de tener en cuenta la tradición, "se dirige al futuro, y considera un comportamiento que podrá seguir más o menos. Con juicio pronóstico, el derecho declara que en un instante o período de tiempo futuro, la conducta humana coincidente con la descrita por la norrma será considerada debida"19. En este juego futurista y antitradicional, virtual más que real, y sostenido en el poder antes que en el Derecho; en este hacer coincidir la conducta individual o colectiva correcta con lo que manda la ley positiva, por supuesto que no hay incompatibilidad entre el artículo primero de la Constitución y la fe cristiana. La incompatibilidad empieza cuando se analiza el patrimonio jurídico que se perdió al defenestrarse el corpus legal de la tradición romano-hispánica.