lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS:ANTONIO CAPONNETTO-LA PERVERSION DEMOCRATICA-CAPITULO 2 (VII)


LA PERVERSION DEMOCRATICA
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"¡El sufragio universal es la mentira univer­sal! "..."Del sufragio universal se ha hecho arma de partido; bajo este punto de vista ni nombrarlo nos dignaríamos. Pero el sufragio universal es hoy, más que todo, base de un sistema filosófico en oposición a los sanos principios de derecho y de Religión [...] y constituye la esencia de lo que se ha querido llamar derecho nuevo, como si el derecho fuese tal si no es eterno". Se trata, en suma, de una "sucia quisicosa", cuyo punto de partida es "admitir como dogma filosófico la infalibilidad de las turbas".

Félix Sarda y Salvany, La mentira universal, mayo, 1874.
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..."una democracia que llega al grado de perver­sidad que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo".

San Pió X, Notre charge apostolique.
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..."la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico".

Pío XII,
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La organización política mundial, del 6 de abril de 1951,

"El Estado liberal, jacobino y democrático edifi­cado sobre el hombre egoísta y el sufragio univer­sal, han permitido que la riqueza del poder Sobe­rano de la Nación haya sido reemplazado por el poder de la riqueza sin Dios y sin Patria. La plu­tocracia internacional a la sombra de la llamada soberanía popular, mediatiza a los poderes pú­blicos y explota a las naciones". "La soberanía popular comporta una real sub­versión atea y materialista, por cuanto sustituye a la soberanía divina, y se postula como un prin­cipio absoluto e incondicionado"...

Jordán Bruno Genta
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CAPITULO-2-
LOS PRINCIPIOS OLVIDADOS
 
VII PARTE
Un católico dedicado a la política, no puede
omitir la doctrina de la Realeza Social de
Jesucristo, ni el carácter confesional de su misión.
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-VII-
Un católico dedicado a la política, no puede
omitir la doctrina de la Realeza Social de
Jesucristo, ni el carácter confesional de su misión.

Comencemos por lo más sencillo. La doctrina de la soberanía social de Jesucristo no ha sido derogada. En la Quas Primas de Pió XI reluce con fuerza deslumbrante y explícita, y en el lema pontifical de San Pió X alcanza contundencia expresiva: omnia instaurare tn Christo83.
Es cierto, dolorosamente cierto, que abundan los intentos modernistas y progresistas por acallar y traicionar este principio; y es cierto asimismo, que no siempre se ha defendido con la fuerza que tamaña cuestión merecería y exige. Pero lo mismo podríamos decir de los principios anteriores hasta aquí considerados, y la conclusión no podría ser otra más que ésta: cuánto más resulte conculcada una doctrina verdadera, tanto más corresponde en justicia quebrar lanzas por ella.
 

En el caso particular que nos ocupa, además, es dable percibir una cierta insistencia en las predicaciones romanas. Por poner en esto ejemplos que no puedan ser tildados de inactuales, recordaremos que el 22 de octubre de 1978, al asumir su pontificado Juan Pablo II, lanzó aquella sentencia que sería considerada después el leit motiv de su ministerio: "no temáis, abrid de par en par las puertas a Cristo". Especificando hacia qué direcciones o rumbos debían dirigirse esas puertas abiertas al Salvador, agregó el Papa, nítidamente, que era preciso extender la potestad salvadora de Cristo a los ámbitos de los estados, la política, la cultura, la economía, las profesiones, y el resto de la actividad humana. El propósito y el deber de cristianizar la sociedad se hacía patente. Con otras palabras, el legado de San Pío X, quedaba en este punto recordado y continuado.
Mejora y ratifica nuestra convicción al respecto, el hecho auspicioso de que Benedicto XVI, precisamente en el mensaje inaugural de su gobierno de la Iglesia, el 24 de abril de 2005, remitió de un modo concreto y literal a aquella enseñanza de Juan Pablo II, agregando: "El Papa [anterior] hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y

83 Se nos perdonará si ahora no nos detenemos en la explicación de esta doctrina, pero no solamente lo juzgamos innecesario por ser bien conocida, sino que nosotros mismos ya lo hemos hecho en otras ocasiones. Cfr.vg. Antonio Caponnetto, Nueva Era de Acuario y Nuevo Orden Mundial, Buenos Aires, Scholastica, 1995, p. 11-20.
 

de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa".
Del magisterio de Benedicto XVI son asimismo estas conclusiones. La primera, que Jesús [...] establece una prioridad determinante para todo: 'Reino de Dios' quiere decir 'soberanía de Dios', y eso significa asumir Su voluntad como criterio. Esa voluntad crea justicia, lo que implica que reconocemos a Dios su derecho y en él encontramos el criterio para medir el derecho entre los hombres [...] Donde Dios no está nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, el hombre decae y decae también el mundo"84. La segunda conclusión es similar a la primera: "Muchas veces Jesús es ignorado, es escarnecido, es proclamado Rey del pasado, pero no del hoy y mucho menos del mañana; es arrumbado en el armario de cuestiones y de personas de las que no se debería hablar en voz alta y en público [... ] Santiago [habla de la ley regia (2,8), lejando vislumbrar la palabra preferida de Jesús: la Realeza de Dios, la Soberanía de Dios"85.
El dilema no se plantea entonces en la vigencia o no de sta formidable doctrina. Salta a las claras que ella no ha sido abrogada, y que con los giros o matices expresivos propios de la época, retiene su sustancia y su lozanía. El dilema es constatar que los católicos que actúan en política, ni la conocen, ni la predican, ni la proponen como columna vertebral de sus proclamas, sino que, por el contrario, o la traicionan de un modo vergonzoso o la omiten cobardemente. Como si la omisión de lo necesario no fuera tan grave como la afirmación del error.
En nuestro país, para ser concretos, los supuestos católicos lanzados a fundar partidos políticos, sean de cuño liberal o pretendidamente nacionalistas, y aún muchos de aquellos que aún no atinan a integrarse a la partidocracia, callan tu gran cuestión de la Realeza Social de Jesucristo, a la par que prefieren aclarar que no mezclan la política con la reli-

84-Benedicto XVI, Jesús de Nazareth, Buenos Aires, Planeta, 2007, p. 180-181
Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con los jóvenes, en Cracovia, 27 de mayo de 2006, y Homilía en Munich del 10 de septiembre 2006. Cfr. respectivamente, LOsservatore Romano, n. 23, Roma, p. 11; y LOsservatore Romano, n. 37, Roma, 2006, p. 11
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gión, que no son confesionales, y que están políticamente potabilizados con los hombres de otras creencias para forjar la sociedad abierta. Ahorramos los ejemplos para no herir susceptibilidades; pero lo cierto es que hemos buscado afanosamante en sus idearios, programas, discursos, blogs, webs, conferencias, periódicos, opúsculos y cuantas manifestaciones públicas partidarias han hecho, y nada hemos encontrado sobre tan crucial asunto. Ninguna mención al omnía instaurare in Christo. Ninguna alusión a la ley regia. Ninguna promesa de combatir paulinamente para que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Ninguna convicción de que la soberanía social de Jesucristo es el punto hegemónico, nuclear y basal de la acción política de un católico. Alusiones a Dios, a veces; gestos devotos tanto marianos como cristianos, otras; invocaciones pontificias en ocasiones; giros pietistas con alguna frecuencia, reverencias al papel histórico de la Iglesia, a menudo. Pero sostener sin ambages que la política es un modo de apostolado, confesional y militante, cuyo norte irrenunciable es la Principalía del Redentor, abatiendo a sus enemigos, eso nunca. Sostener que la Patria toda debe ser restaurada, piedra sobre piedra, restituyéndosela a Aquel a Quien le pertenece y han destronado, declarando la guerra a sus opugnadores con una política que sea la continuación de la acción misionera, jamás. Mencionar enfáticamente, como lo hace Pío XI, que existe una reyecía de Satán, con sus acólitos claramente enrolados en la masonería y el judaismo, a quienes tenemos la obligación moral de enfrentar sirviendo a la Reyecía de la Luz, con nuestra acción política contrarrevolucionaria, tampoco. Insistir en que la virtud teologal de la caridad ha de estar en el programa movilizador y reconstructor de las acciones políticas, a imitatio Christi cuya entronización se anhela, ni pensarlo. De eso no se habla. Al contrario, quienes lo proponemos somos acusados de impolíticos, de piantavotos, de angelistas, y de entreverar las cosas terrenas con las celestes. Tras las acusaciones de estos sedicentes católicos, lo sepan o no, está la doctrina protestante de la disolución de la Cristiandad. En el mejor de los casos, valga que yo me salve, que yo guarde la verdad en mi corazón, puesto que la fe es una cuestión privada; pero no es pertinente pensar en una Ciudad Católica, como comunión de almas ordenada a la salvación.
La confusión que protestamos es muchísimo más seria de lo que a primera vista podría parecer. Porque no consiste solamente en una debilidad de carácter, en un travieso cálculo contemporizador, en una estrategia pluralista, en una crisis de credulidad personal o en un picaro afán de no aparecer ante el mundo como un oscuro medieval. No es la vulgar incongruencia de mentar a la Virgen Generala y asociarse a la derecha calvinista estadounidense; o de rechazar el terrorismo marxista pero ponderar a Perón; o presentarse en sociedad cual lambecirios jansenista mientras se le rinde culto de latría a la Constitución de 1853 y se baten palmas por la democracia. La confusión aquí señalada comporta dos ignorancias mayormente culposas; a saber, la de la naturaleza de la política para un católico, y la de la obligación de la confesionalidad, tan topara lo que hace quien se dedica a la política, como para lo que se propone hacer en la Ciudad si llegara a gobernarla. Y es sobre estas álgidas cuestiones que queremos recordar algunos pensamientos.
1.- Como la política tiene por finalidad el bien común, y éste es un todo operativo que supone el bien completo del hombre; como la virtud no queda excluida de los contenidos leí bien común; como el bien más alto de la persona es el bien lobrenatural, que no debe ser puesto debajo del celemín86, o puede separarse la política de la salvación, ni del cuidado espiritual de las almas, y por ende de la profesión y confesión de la única fe verdadera, fuera de la cual la mentada salvación no es posible. "Los que por la fe y el Bautismo pertenecen a Cristo" -dice el Catecismo- "deben confesar su fe bautismal delante de los hombres"87. "En la política", había escrito León XIII, "que no puede ser separada de la Moral y de la Religión, se ha de tener siempre presente en primer lugar la intención de servir lo más eficazmente posible los valores del cristianismo"88. "También la verdad", agrega Pío XII, "especialmente la cristiana, es un talento que Dios pone en manos de sus siervos para que con su trabajo fructifique en obras de

86-.luán Antonio Widow, El hombre...etc, ibidem, p. 35 y ss.
87-Catecismo de la Iglesia Católica, Prólogo, 14.
88-León XIII, Sapientiae Christianae, 35.

bien común"89; porque haber soterrado al ámbito de la vida privada lo que con todo deber y derecho pertenece al ámbito de la vida pública, es un pecado gravísimo de indolencia y de rebajamiento de la Verdad. Tiene que tener, pues, el político católico, una identidad, una formación y una esptrituaíidad que lo acreediten públicamente como tal.
Nos tenemos sabidas las diferencias razonables y legítimas entre la política y la religión; y nadie en su sano juicio quiere diluir o ignorar esas fronteras. Pero diferencias no significan antagonismo o ruptura; tampoco indiferentismo o aconfesionalidad; y adquirir o admitir estas últimas notas distintivas comporta una ideologización, secularización o maquiavelización de la política. Balmes llama a tamaña conducta la "política pequeña". Gueydan de Roussel, la "política juego". Ambas son expresiones de una insondable decadencia.
Entre nosotros, suele rechazarse la combativa confesionalidad católica del político y de la política aludiendo a la ineficacia de los principistas o doctrinalistas. Lo cierto es que el pragmatismo no ha dado mejores frutos. Los maestros de la aconfesionalidad y del practicismo han terminado traicionando sus fidelidades domésticas y juramentos juveniles, a cambio de las abultadísimas treinta monedas del Régimen. Los predicadores de la Reyecía de Jesucrito como eje inamovible y '' supremo de la política, están a la derecha del Padre, muertos mártirialmente, a manos de la guerrilla. Los que molestaron al adversario hasta el punto de tener que sacárselos de encima mediante el asesinato artero, fueron los que al hablar de política la vinculaban a la oración y a la Cruz, a la caridad y a la salvación, al apostolado y a la comunión de los santos, a la vocación misionera y a la monarquía divina. Los otros llegaron a ocupar alguna banca en el Congreso o una intendencia pueblerina en el conurbano bonaerense.
2.-En la política, como en la vida espiritual -analógicamente hablando- también podría diferenciarse kierkegardianamente entre estadio ético, estético y religioso. Bien estará, por ejemplo, que un Juan Manuel de Rosas, como lo señaló Castellani, defienda y custodie la Fe Católica éticamente, por

Pío XII, Ecce ego, 35.
 

robustas y justicieras convicciones morales. Aplausos para su estatura épica. Pero mejor estará si el Gobernante es un apóstol, de cuya vida interior en estado de gracia, brota la ultima ratio de la preservación y expansión de la Fe entre sus subditos. Se puede "sostener" el culto católico en un ambiguo artículo 2 de la Constitución, por motivos de formulismo iuspositivista. Pero se lo puede sostener auténticamente si el Gobernante es hombre de Eucaristía, y su política, como decía Oliveira Salazar, el ministerio de Dios sobre la tierra para asegurar el bien común.
No viene mal en política que un Sancho Panza recuerde que los molinos son molinos. Pero nada se puede conquistar y reconquistar si el corazón del Quijote no insiste en que son gigantes a los que es preciso abatir, aún con una escuálida lanza. Gambra diría que el uno es capaz de percibir la objetividad, pero una vez percibida emprende la disparada. El otro percibe el deber ser ideal y se consagra a su realización, aunque lo tumbe un asta que él figura la mano de algún Esplandián90. El supremo realismo del político católico es no perder le vista la Causa Ejemplar.
Fue Maquiavelo en El Príncipe el que usó la imagen del León y del zorro para retratar al estadista moderno. Tal mezcla le resultaba imprescindible de obtener si de procurar o conservar con éxito el poder se trataba. Lo contrario le parecía dedicarse "a imaginar repúblicas y principados que no se vieron ni existieron nunca". En su visión inmanentista y laicista, "la condición humana no necesitaba de lo sobrenatural ni sufría demasiada mella por su ausencia. Otrosí las colectividades y los pueblos. Reducidas de este modo las cosas, la naturaleza de su preciado poder se le semejaba demoníaca -stricto sensu- y suicidio o locura, ante tal naturaleza, que al político se le diera por comportarse como un santo.
Aunque condenada por la Iglesia tamaña postura -el Santo Oficio sabía lo que hacía en 1559- muchos católicos la la han adoptado, aún sin leer a Maquiavelo. Para ellos, quienes bregamos por la Ciudad Católica, seguimos "imaginando re-

90-Estamos parafraseando un concepto de Rafael Gambra escrito en su: La Monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional, Madrid, Organización Sala Editorial, 1973, p. 43.
públicas y principados que no existieron nunca". Quienes anhelamos un gobernante santo, estamos fuera de la realidad y de la lógica del poder; quienes pedimos un político mártir; esto es, testigo, seguimos por la ancha Castilla batiendo aceñas. Ellos son los respetables nombres de acción, nosotros los ociosos; ellos los abnegados trabajadores de la praxis, nosotros los reprensibles poetas contemplativos. Ellos, como los gentiles a los primeros cristianos, "hácennos cargo de infructuosos para los negocios de la República". Nosotros les respondemos con Tertuliano que "no somos gimnosofistas desterrados de la vida", sino católicos a quienes nos repugna participar de "las fiestas saturnales"91. Ellos, en suma, son capaces de pensar que Jesucristo se habría equivocado al adjudicar la mejor parte a María, cuando Marta, claro, pintaba mejor para política. Nosotros creemos que "frente al egoísmo disgregador [... ] la ciudad fortificada es el hermano para el hermano, la fuerza unitiva de la Sangre de Cristo"92.
Admirablemente nos recuerda Miguel Ayuso lo que nunca debió ser olvidado: que "la política es hija de esta caridad que nos acosa, urget nos (2Cor. 5, 14). Pues no es más que un medio de dar a conocer al mundo las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef. 3, 8), una forma privilegiada de apostolado", de esas que nos solicita Pío XI en Firmissimam consfantiam (15). Por lo tanto, "sería perfectamente lícito hablar de caridad política", pues "la política nace del impulso de la caridad a nivel colectivo, nivel en el que no es menos necesaria que en el estrictamente individual, pues la comunidad de los hombres no se encamina solamente a la vida virtuosa, sino que se ordena al fin ulterior de alcanzar la fruición de Dios" (Cfr. Santo Tomás, De Regimine Principium, I, XV). "Un texto de Pío XI [Discurso a ía Federación Universitaria Italiana, 1927] acoge esta expresión: 'el dominio de la política, que mira los intereses de la sociedad entera, es bajo este aspecto, el campo de la más vasta caridad, de la caridad

91- Tertuliano, Apología contra los gentiles en defensa de los cristianos, XLII, Madrid, Librería de los sucesores de Hernando, 1914, p. 295-296.
92 Miguel Ayuso, La política, oficio del alma, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2007, p. 32. Recomendamos calurosamente esta obra, cuyas sugerencias hemos tenido muy en cuenta en estas últimas anotaciones que venimos haciendo.
 

política, de la que podemos decir que ninguna la supera, salvo la de la religión. Bajo este aspecto, los católicos y la Iglesia deben considerar la política'"93. Nótese en consecuencia, que un católico serio dedicado a la política no satisface su condición de tal porque cite alguna alocución pontificia, ni siquiera porque remita en ocasiones a la Doctrina Social de la Iglesia, o porque incorpore en su retórica discursiva ciertas invocaciones célicas o místicoides. La exigencia es mayor, el desafío es mayúsculo, la misión es de más honda envergadura. Consiste en un apostolado, en un acto supremo de caridad, en un ejercicio de la vida de las virtudes teologales, en un cultivo abnegado del gesto misionero y redentor, remitido a Cristo Rey, a Él referido, a Él ordenado y dispuesto. Es un acto supremo de testimonio confesional y militante. Un cumplimiento estrictísimo y a carta cabal de la doble ciudadanía que nos señala el Apóstol: la que nos viene del Cielo, y la que se nos confió aquí en la tierra, sin perder de vista ni el Origen ni las Postrimerías.
Por eso el maestro Genta, y hablando precisamente de los principios de la política, después de analizar las nociones de libertad, autoridad y justicia, se demoraba larga y bellamente sobre la caridad. Nos place traer a colación aquí un representativo fragmento: "La política cristiana, ciencia arquitectónica y virtud prudencial, tiene que ser justiciera y caritativa a la vez; tiene que edificar la Ciudad humana sobre la Verdad Crucificada por Amor; tiene que imitar a la Divina Prudencia [...] En la prudencia de Dios se concilia misteriosamente la justicia más severa con la más solícita amistad. Y la política de los hombres tiene que ser un reflejo y una participación de la Prudencia de Dios. El poder en todas sus especies y en primer término el poder político, es un misterio de Justicia y de Amor, que su titular debe ejercer con señorío sobre todo lo propio y para el mayor bien de los gobernados. Servidor del Bien Común que sabe dar a cada uno lo que corresponde y dar más, lauto más cuanto más necesita [...] Restaurar la sociedad en Cristo es la única solución real y verdadera planteada en la patria y en el mundo entero"94. El contraste con la concepción

93-Miguel Ayuso. ibidem pag.39-40 Los subrayados son nuestros.
94- Jordán B. Genta, Principios...etc, ob. cit, p. 83-87.

aconfesional y ateológica, con las poquedades y cortedades de miras de los católicos partidócratas, constitucionalistas y regiminosos, no puede ser más evidente. Si para algo sirve el error (acertaba en esto Stuart Mili en su ensayo Sobre la libertad) es que enseña la verdad por antífrasis.
3.- La restitución de los principios cristocéntricos "en todas las esferas del cuerpo social", fue una fórmula que utilizó León XIII en Sapientiae Christianae, en consonancia con la Tradición, para designar y connotar la responsabilidad y los alcances del católico lanzado a la acción pública. La neutralidad político-institucional al estilo de la que impondría Maritain con el paso del tiempo, entra en colisión abiertamente con el expreso pedido de Pío XII, en su discurso de 1946, Constitución poíítica y aristocracia, en el que exige a las élites que quieran "elaborar la constitución sana y vital de una sociedad o nación", tener muy presente que "deben atraer sobre sus países y sobre el mundo el Reino de Dios".
Mas entonces posee esta aludida responsabilidad del político católico un tinte sacro, los caracteres de un llamado, de una espera atenta diría Mandrioni, de una misión servicial y sacrificial, en palabras de Ramiro de Maeztu. La decisión de consagrarse a la política, para un bautizado fiel, si no obedece a un llamado, que no se confunda y desvanezca entre los llamados de las voces exteriores e inmanentes, será siempre nada más que la posibilidad de un descarriado negocio humano. Porque para el católico no es cierto lo que, a propósito de Renán, recordaba Ortega sobre los viejos libros hindúes: que allí donde el hombre pone la planta pisa siempre cien senderos. Hay un solo Camino, un único Sendero, y el ministerio del cristiano es seguirlo sin tremulaciones, e instar a que lo sigan los demás.
La prioridad, que no primacía de la política, siempre significó para los católicos formados, que se sabía distinguir entre Política y Religión, que se concedía la superioridad ontológica de la última, pero que se entendía a la primera como una cooperación actúa a la salvación de las almas, y aún del alma nacional de la que cada país deberá rendir cuenta el día del Juicio. Esta afirmación que hoy suena a suprema extravagancia y a ininteligible divagación, la de que no hay níngún derecho a proscribir la vida sobrenatural de las naciones, como lo afirmara Monseñor Berteaud, fue siempre para los católicos íntegros la piedra angular de toda acción política realista. "Y no se diga que ésta no es una política realista", preveía y amonestaba Pío XII. "La experiencia debería haber enseñado a todos que la política orientada hacia las eternas verdades y las leyes de Dios es la más real y concreta de las políticas. Los pueblos realistas que piensan de otra manera no crean más que ruinas"35. ¿Qué dirán ahora los repetidores católicos de la monserga cursilona, según la cual, la única verdad es la realidad; esto es, la política concebida como ineluctabilidad y fatalismo de la cosmovisión pragmática, aconfesional y eficientista? ¿Qué dirán ante esta pedagogía unívoca los que sólo conciben al realismo político como la aceptación de las reglas de juego del liberalismo, de las leyes del sistema, de los mandatos del positivismo jurídico? ¿Qué dirán los adalides de la superación del siglo XIII y de la conformidad resignada o gozosa a los mandatos de la triunfante posmodernidad?. La herejía no siempre es sólo un desvarío individual. También hay una herejía política, según acertada definición de Jean Madiran.
4.- Como hemos de ser coherentes con las reflexiones previas, una conclusión natural se impone sobre la vocación del político católico. Por lo pronto que, si al igual que toda vocación ésta comporta un llamado, el mismo no puede ser respondido sin la preparación suficiente, sea la intelectual como la espiritual. Lanzarse a la acción política atendiendo únicamente a las circunstancias o a las urgencias, pero desconociendo o traicionando los principios, estan imprudente como conocer los fundamentos y preferir la inacción o desconocer la perentoriedad de ciertas circunstancias. Ambas cosas venimos presenciando en nuestro medio. De un lado, improvisadas señoras y señores dados al activismo, reconociéndose cristianos pero pensando con las categorías del mundo. Y del otro, personajes -que por sus antecedentes y posicionamientos intelectuales en el tradicionalismo o en el conservadorismo religioso era dable esperar de ellos conductas acordes- que termi-

95-Pío XII, Negli ultimi, 32.
naron sirviendo de funcionarios o de candidatos de los peores enemigos de Dios y de la Patria. El común denominador es la desvinculación del deber de la confesionalidad y del de la proclamación pública de Cristo Rey.
Asistido por Gabriel Elorriaga, Miguel Ayuso dilucida esta encrucijada distinguiendo sabiamente entre ia política como misión y ía poíítica como aventura. Sería la una fruto de la respuesta vocacional completa, antes mencionada; y de las reacciones accidentales y eventuales, la segunda. "Para curarse de tentaciones aventureras" -se nos indica- "no hay mejor recurso que la preparación paciente y concienzuda para la misión" . Y para esa preparación paciente y concienzuda, bien estará "una meditación para políticos de la Ascensión del Señor" , o "de la vida oculta de Jesús [que] se ofrece como sostén a los que se cansan de esperar [...] a los que no digieren bien ser relevados de sus funciones", o a los que han sucumbido a la tentación. "El político [... ] debería considerar los beneficios y posibilidades que para su vida espiritual tiene el orientar esa afectividad tan disciplinada hacia la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El político disfruta de un observatorio extraordinariamente bueno para comprender cómo Nuestro Señor Jesucristo, que tuvo misericordia de las masas, padeció en su Sagrado Corazón la ingratitud de las mismas" 96.
Tiene un encomiable tinte quevediano este consejo que acabamos de escuchar; pues, en efecto, fue dirigiéndose a Felipe IV que el eminente madrileño, en una obra que debería ser lectura obligatoria97, le recomendó contemplar los misterios del Santo Rosario, frecuentar las Escrituras, abandonarse a la Divina Providencia y hasta considerar el significado de la batalla entre los arcángeles. Para desmadre completo de pragmatistas, eficientistas y demócratas, le agrega Quevedo esta lección al monarca: "No está la victoria en juntar multitud de hombres, sino en saber desecharlos y elegirlos. Muchos dan qué hacer a la aritmética, no a los enemigos. La multitud es confusión y la batalla quiere orden. Pocas veces es la fanfarria defensa; muchas, ruina [... ] Quien pesa y no cuenta ejércitos

96-Miguel Ayuso, La política...etc. ob. cit, p. 79-83 y 121.
97-Francisco de Quevedo, Política de Dios y Gobierno de Cristo, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1946.

y votos, más seguramente determina, y más felizmente pelea [...] Los bultos ocupan y la virtud obra [... ] Sepan los Príncipes que Dios, para vencer, escoge valientes"98.
Misión y no aventura es la política para un católico. Misión de testigo, de apóstol, de redentor de cautivos, de obrador de caridad, de servidor y de facedor del bien común. Misión de misionero, si se nos permite el pleonasmo. Y la tiene y le corresponde, alcance o no la cima del poder. Que Dios no le pedirá al político católico saber cuánto poder acumuló, sino cuando entera fue su oblación para procurar la salus de la sociedad. No lo interrogará sobre los logros electorales del partido, sino sobre el compromiso que mantuvo firmemente con la Verdad. Ni querrá premiar su estrategia para captar aliados, sino su fidelidad para mantenerse leal. Ni tampoco se limitará el Señor a constatar una lista de obras, así hayan sido encaminadas a luchar contra el mal, sino a medir la capacidad de contemplación y de silencio, de plegaria y de recepción sacramental. Incluso la capacidad de resistir en soledad. Por eso eran tan sensatas aquellas cavilaciones de Rosas: "estoy tan sólo, que mis únicas compañías son el mate y el Ángel de la Guarda". "La primera necesidad de los pueblos es la calma y el silencio". A esto llamaría el heterodoxo Valéry, política del espíritu; a aquella que no limita sus objetivos a "logros tan simples y tan groseros" como lo ha hecho notar el mundo moderno, sino a tener y a consumar alguna idea del hombre donde florezca la trascendencia".
Imaginamos los gritos de la jauría practicista y regiminosa, de los adoradores de la inevitabilidad del Régimen y del Siglo, acusándonos de angelistas. Pues ante ellos, y a modo de corolario, doblamos nuestra apuesta, retomando un tópico  traído a colación por Ayuso, que no quisiéramos que quedara sin subrayar. Es aquel en el que se le pide al político inspiración y refugio en el Corazón de Jesús. Supimos decirlo hace ya varios años: "Contrariamente a lo que suele creerse, no fue ni esta una devoción ligada a la beatería melosa, sino un culto un civilizador de héroes y de santos, de cruzados encendidos y victoriosos caballeros del Grial. Símbolo diáfano del Templo,

98-Ibidem p. 241-244.
99-Cfr. Paul Valéry, Política del espíritu., Buenos Airs, Losada, 1945, p. 91.

el Sacro Centro invita a la ascesis y a la lucha. Pero corno ha notado agudamente Franco Cañáis Vidal, obliga a una visión cristiana del orden social y público, en la que se salva el honor de la Soberanía Divina, se recupera 'la dimensión vertical o teocéntrica', y se orienta 'la concepción de la historia en marcha hacia la instauración de todas las cosas en Cristo'". Por eso, el significado político-religioso del "antiguo himno de los guerreros de La Vendée: Jesu, tibí sit gloria, Qui Corde fundís gratiam. Gloria a Ti, Jesucristo, en cuyo pecho, palpita el corazón que da la gracia"100. Porque para aquellos varones cabales que libraron una honrosa  guerra justa soñando reedificar la Cristiandad que la Revolución había arrasado, la solución del problema político consistía en ofrecerse y en ofrecerle la patria entera al Corazón de Jesús, rex et centrum omnium cordium, Rey y Centro de todos los corazones. No hacemos en esto otra cosa más que recordar el magisterio de Pío XII. Pues de él son las claras y abundantes recomendaciones para que "en el culto augustísimo del Corazón de Jesús" encontremos remedio a "tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero". Porque si "obra de la justicia será la paz", y justos han de ser los países políticamente bien regidos, lejos y ajenos al Corazón de Jesús "no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera". Recomendación que, citando a sus antecesores, formula el Papa a "cuantos se sientan sinceramente preocupados por la salud de la sociedad civil", a los que "combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo", a los que trabajan para que "las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios", y darle "el más sólido fundamento a aquel Reino de Dios [...] que urge establecer en las naciones"101.

100- Antonio Caponnetto, La peste y la salad. Cabildo, 3a. época, nº 3, Buenos Aires, 2003, p. 3. La referencia al erudito y autorizado estudioso de este tema, Francisco Cañáis Vidal, remite específicamente a su: El culto al Corazón de Jesús ante la probiemática humana de hoy, en Cristiandad, n. 467, Barcelona, 1970, p. 3-15.
101-Pío XII, Haurietis aquas, 35-36. Para quienes siguen suponiendo que estamos hablando de algo ajeno a la política y sólo archivable en el arcón de las arqueológicas devociones decimonónicas, sugerimos la lectura completa de esta vigorosa encíclica sobre El Culto al Sagrado corazón de Jesús
 

Cuando los rojos fusilaron al Corazón de Jesús, en España, sabían lo que hacían. Y le dieron razón a Pío XII. Mucho más que nuestros católicos practicistas, democráticos, regiminosos y "realistas". Los comunistas creían que Cristo era Rey, y que, por lo tanto, era imperioso destronarlo. Los actuales políticos católicos ni saben lo qué es la Realeza Social de Jesucristo, ni lo que significa el culto al Corazón de Jesús.
5.- La unión de dos errores fatales, el de una religión personal y el de una sociedad laica, se ha aposentado desdichadamente entre los católicos; y a tal mendaz concepción responden aún aquellos que hacen gala de un cierto tradicionalismo, siquiera en las formas, las costumbres o el entorno socio-cultural en el que se mueven. El destino de los bautizados en un país que ha apostatado, y la obligación moral de confesar públicamente a Cristo Rey, les causa poco o nulo sobresalto. La Civilización Cristiana no figura en sus programas partidarios, ni en sus estrategias para la conquista del poder. Y aunque muchos de ellos sueñan con muchedumbres que los acompañen en las parodias electorales, se han olvidado que también al Señor lo seguían muchedumbres, según los relatos evangélicos; y que la primera preocupación hacia ellas era elevarlas espiritualmente con la Verdad Revelada. Desde entonces, no nos está permitido abandonar religiosamente a ese gentío, ni querer valemos de sus favores y escoltamientos pero omitiendo la cuestión de fondo, cual es la de prometerles, aquella Verdad Revelada y Encarnada por la que alguna vez batieron palmas y hosannas.
No existirán mayorías católicas sin una política genuinamente católica para las mayorías. Cristianizar las instituciones, entonces, debería ser algo concreto y explícito en los Idearios y los planes de los católicos entregados a la política. Porque la Religión Verdadera tiene el derecho y el deber de
cnstiturse en parte esencial y sustantiva del Bien Común, en Estados neutros, pluralistas, indiferentes o ateos, conspiran contra la la verdadera concepción del Estado, entendido como persona de bien, al decir de Oliveira Salazar. Y entiéndase que nadie está pidiendo un Estado sacralizado o absolutizado, sino un el Estado Confesional que supo florecer en los tiempos de la Cristiandad.
Ahora bien, como lo ha notado agudamente Daniélou, este reclamo por una Ciudad Cristiana, no supone solamente la exigencia de una determinada organización social o institucional, sino el respeto hacia la capacidad adorante, la valoración de la plegaria, la reivindicación expresa de la función impetratoria en los hombres que componen un pueblo y en el pueblo todo. Por eso, cuando escribió su libro Oración y Política, tuvo la precaución de aclarar: "El título del libro puede asombrar a muchos. La política y la oración son dos realidades que no se está acostumbrado a ver tan próximas. Sin embargo, he escogido muy concientemente este título, porque me parece esencial señalar, de modo quizás hasta violento, que no existe separación radical entre el dominio del hombre interior y el de la civilización, que hay un diálogo de la oración y la política, que una y otra son necesarias y, en un sentido, complementarias. En otras palabras: no puede existir una civilización en el interior de la cual no esté presente la oración; por otra parte, la oración depende de la civilización"102.
Saqúese como primera conclusión de lo antedicho, que a un católico dedicado a la política, no le bastará el siempre elogiable rezo personal o la siempre ponderada invocación pública a alguna oración particular. No le bastará creer -por gravitante que sea esta creencia- creer que la oración le es nece-saria individualmente para conquistar la vida eterna. Deberá saber que sin oración recta, segura, ordenada, devota y humilde no hay civilización temporal verdadera. Porque la Ciudad Cristiana es aquella en la que Dios tiene su casa, y esa casa, es casa de oración. "La sociedad está mal hecha, no sólo porque haya hombres a quienes falta el pan, [... ] también porque no se puede desplegar algo esencial del hombre, porque esta sociedad no permite la vida de oración"103. Judíos y mahometanos todavía lo entienden y lo practican, lamentablemente en desmedro de la Verdad. Como lo entendían las grandes civilizaciones y culturas primordiales cuyas existencias político-temporales reposaban en la sacralidad. Los católicos practicistas y regiminosos, en cambio, no entienden nada. Di-

102 Jean Daniélou, Oración y Política, Barcelona, Pomaire, 1966, p. 24-25
Ibidem, p. 30.

socian -que no distinguen- lo sagrado de lo profano, y hayan leído o no a Comte, están convencidos de que las sociedades teocéntricas corresponden a la infancia y al atraso de la humanidad. Con la adultez llegan el pluralismo y el secularismo. Iglesia y Estado no sólo se han separado en lo que tienen legítima y necesariamente de separable. Han buscado, la una, desentenderse del proyecto de la Ciudad Católica; el otro, del modelo del Estado Confesional. En el medio, el mundo, contento con ambas decisiones, que agregan mayor secularización e inmanentismo. Es evidente que esto constituye un problema espiritual muy hondo, pero sí acertaba -siquiera con el nombre- el ya invocado Valéry cuando pedía una Política del Espíritu, los católicos dedicados a la política no deberían permanecer ajenos a tamaña cuestión. Porque una sociedad en la que sea Política de Estado atacar, perseguir o ignorar el Magisterio de la Iglesia, no constituye únicamente un peligro para la salvación -esto es, un planteo eminentemente sacerdotal- sino un peligro para la concordia y el equilibrio de los ciudadanos; esto es, un planteo eminentemente temporal.
6.-El político católico debe partir de la premisa, según la cual la sociedad temporal también está regida por la ley de Dios. Desinteresarse o desentenderse del ordenamiento cristiano de las sociedades es, precisamente, lo menos cristiano que existe. La legitimidad y la conveniencia de hablar de una Civilización Cristiana, ha sido materia de predicación constante entre los hijos fieles de la Iglesia, porque ellos saben que han de temerle más al secularismo que a la arena del Coliseo. Uno lleva a la apostasía, el otro a los altares.
Consagrarse a una militancia ardua por la Soberanía Social de Jesucristo, es lo propio de los bautizados coherentes. De aquellos que ni se abstienen de dar batalla en el ruedo irmporal que Dios los puso, ni la libran mimetizándose con el tiempo. De los que acumulan cicatrices y descolladuras por nadar contracorriente en un mar traicionero de espigones y anzuelos mordientes, mientras los fariseos practican la razonable táctica de contemporizar con el sistema.
El Cardenal Daniélou -en su obra ya comentada aquí a propósito de estas cuestiones- recuerda que la Ciudad necesita del pan para sus hijos, puesto que la miseria y el hambre los despojan de dignidad. Pero sin el Pan Vivo, sin el Pan de Vida Eterna, tampoco hay ciudad dignificante ni merecedora de tal nombre. "Un mundo en el que los hombres no tienen su casa es un mundo inhumano, y también lo es el mundo donde Dios no tiene su casa". Escudarse en que la época que nos toca vivir ya no responde a estas categorías morales o intelectuales; ampararse en la ineludibilidad de los ritmos contemporáneos; creernos forzosamente compelidos a ser modernos, es ignorar que "ser del tiempo significa saber amar todo lo que este tiempo tiene de positivo, pero, igualmente -porque se ama este tiempo y porque se ama a los hombres de este tiempo-detestar todo lo que, en este tiempo, la malicia de los hombres destruye y compromete"104.
Se viva en la época en que se viva, los principios fundamentales son perennes; y es uno de ellos el saber que si todo le corresponde a Dios -pues Él todo lo ha creado- las sociedades no están exentas de este ordenamiento a la Divina Majestad. Las sociedades no son propiamente liberales o marxistas. Están inficcionadas y gravemente desquiciadas por la acción de ambas ideologías, que no es lo mismo. Pero desde el punto de vista teológico, las sociedades le pertenecen a Dios, y será siempre obra irrenunciable del laico católico consagrarse a la evangelización y cristianización de las comunidades. Por eso,fue tan importante que, a mediados del siglo XX, Pío XII felicitara a los laicos que demuestran saber resistir "a la nefasta tendencia, que incluso reina entre los católicos, que querría confinar a la Iglesia en las cuestiones puramente religiosas"105 . No; a la Iglesia, que somos todos, le compete involucrarse en la cuestión temporal; pero de ninguna manera para aportarle a las sociedades más liberalismo y marxismo, sino para intentar la forja de la Ciudad Católica. A esta dificilísima pero irrenunciable tarea, llamaba Daniélou, tomarse en serio la tierra, asumirla y consagrarla; tomarse en serio el ofício terrestre, pues lo que se quiere que tenga éxito es nada menos que la obra de Dios. La tarea de los laicos dedicados a la política es hacer pasar este espíritu a las instituciónes

104 Ibidem, p. 122, 125.
105 Pío XII, Alocución ante el Congreso Mundial del Apostolado de los Laicos, Roma, 14 de octubre de 1951.

hacer pasar las leyes del designio de Dios a la civilización, porque una civilización que carezca de esta dimensión divina es inhumana106.