lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS:ANTONIO CAPONNETTO-LA PERVERSION DEMOCRATICA-CAPITULO 3-(III)-


LA PERVERSION DEMOCRATICA
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"¡El sufragio universal es la mentira univer­sal! "..."Del sufragio universal se ha hecho arma de partido; bajo este punto de vista ni nombrarlo nos dignaríamos. Pero el sufragio universal es hoy, más que todo, base de un sistema filosófico en oposición a los sanos principios de derecho y de Religión [...] y constituye la esencia de lo que se ha querido llamar derecho nuevo, como si el derecho fuese tal si no es eterno". Se trata, en suma, de una "sucia quisicosa", cuyo punto de partida es "admitir como dogma filosófico la infalibilidad de las turbas".

Félix Sarda y Salvany, La mentira universal, mayo, 1874.
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..."una democracia que llega al grado de perver­sidad que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo".

San Pió X, Notre charge apostolique.
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..."la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico".

Pío XII,
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La organización política mundial, del 6 de abril de 1951,

"El Estado liberal, jacobino y democrático edifi­cado sobre el hombre egoísta y el sufragio univer­sal, han permitido que la riqueza del poder Sobe­rano de la Nación haya sido reemplazado por el poder de la riqueza sin Dios y sin Patria. La plu­tocracia internacional a la sombra de la llamada soberanía popular, mediatiza a los poderes pú­blicos y explota a las naciones". "La soberanía popular comporta una real sub­versión atea y materialista, por cuanto sustituye a la soberanía divina, y se postula como un prin­cipio absoluto e incondicionado"...

Jordán Bruno Genta
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CAPITULO-3-
CUESTIONES DISPUTADAS
 
-III-
"La obligación moral de votar y de participar
en el sistema es el remedio para evitar
el error del abstencionismo político."
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Capítulo 3
Cuestiones disputadas



Preocupado con toda razón por evitar el abstencionismo político, Mario Meneghini considera "inaceptable, entonces, la actitud de algunos distinguidos intelectuales de negarse a participar en la vida cívica, por considerar cuestionable la misma Constitución y el sistema electoral que de ella deriva, y proponer la abstención como única conducta válida para quienes rechazan la teoría de la soberanía popular. Por el contrario, la obligación moral de participar será tanto más grave, cuanto más esenciales sean los valores morales que estén enjuego"30. 


Y como ya ha aceptado la legitimidad del sufragio universal (en razón de la imposición del tiempo y de la pacífica estabilidad del ordenamiento constitucional que lo prohija) concluye en que "existe la obligación moral de votar, salvo excepciones". "Estimamos que sostener, en vísperas de toda elección, que es inútil y hasta una falta moral ejercer el voto, pues todos los candidatos son malos y todos los programas defectuosos, revela una apreciación equivocada de la vida política. Precisamente en una época histórica caracterizada por problemas sumamente complejos y una gran confusión de ideas, se hace más necesario que nunca acudir a la política para procurar resolver los problemas. Rehusarnos a intervenir en la vida comunitaria porque no nos gusta lo que vemos, equivale a avalar la continuidad de lo existente [...] Es cierto que el poder es ocasión de peligro moral, lo que ocurre asimismo con otras cualidades humanas, como la inteligencia, la cultura, la belleza, la riqueza, lo que no significa que merezcan calificarse de intrínsecamente malas. Puesto que la autoridad ha sido creada por Dios, su ejercicio no puede ser malo en sí mismo"31.
Guiado por estas premisas, prosigue nuestro autor su argumento, afirmando que "suele alegarse que la decisión de no participar en un proceso electoral, deviene de una obliga-

30- Mario Meneghini, Mal menor en...etc, Ibidem, p. 1-2.
31-  Ibidem

ción de conciencia. Ahora bien, la conciencia debe estar iluminada por los principios y ayudada por el consejo de los prudentes. No es posible identificar la conciencia humana con la autoconciencia del yo, con la certeza subjetiva de sí y del propio comportamiento moral (Ratzinger, 1998). Por otra parte, como señala el Prof. Tale (2006) el abstenerse de hacer algo por objeción de conciencia es válido, si es la única manera de no afectar el principio en que se funda: no dañar. Y en muchos casos, la objeción de conciencia no basta para cumplir con el deber moral de participar en la vida comunitaria. Antes de invocar la obligación de conciencia, cada persona debe procurar disponer de la información necesaria para evaluar correctamente a los partidos que se presentan a una elección, así como a los candidatos respectivos"32.
De regreso por los fueros del fatalismo historicista, avanza Meneghini: "La acción política es antes que nada humilde contacto con la realidad. Criticar la realidad social contemporánea, despreciándola por comparación con alguna forma que existió históricamente, o con un esquema de lo óptimo, implica caer en el utopismo [... ] No es racional desconocer la fuerza de los hechos. Reconocer que no podemos modificar una situación injusta, no equivale a convalidarla [... ] Negarse a reconocer una constitución formal [promulgada oficialmente], implica, a menudo, enfrentarse con molinos de viento, limitándose a un debate estéril, porque además no se tiene redactada la versión que se desearía que rigiera [... ] La Constitución Nacional reserva la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, a los partidos políticos, por lo que la única forma de participar en la vida cívica es a través de los mismos"33. La consecuencia práctica que extrae de estos postulados es que, ante cada elección, hay que abocarse al "análisis de las plataformas electorales y decidir el voto", otorgando nuestro sufragio al o a los candidatos que defiendan "un derecho natural completo", no sólo en materia de "cultura de la vida" sino también en "las cuestiones económicas y políticas, donde también debe cumplirse el orden natural". Y si no hubiere "ningún partido aceptable, por lo tanto, aunque no le satisfaga to-

32- Ibidem, p. 2-3.
33- Ibidem, p. 3.


almente, deberá votar al partido que parezca menos peligroso. Al proceder así, no está avalando aquellos aspectos cuestionables de su plataforma, sino, simplemente, eligiendo el mal menor"34.
Veamos ahora las muchas equivocaciones de esta larga argumentación.

1- Los "distinguidos intelectuales" a los que alude Meneghini -y cita expresamente como ejemplo a Edmundo Gelonch Villarino- no "proponen la abstención como única conducta válida, una vez rechazada "la teoría de la soberanía popular", "la misma Constitución y el sistema electoral que de ella deriva". Proponen la coherencia extrema. El abstencionismo es neutralidad política, indiferentismo cívico, desdén ante el bien común, radical toma de distancia frente a las obligaciones y los deberes de estado que todos tenemos en tanto patriotas. La coherencia extrema, en cambio, consiste, sencillísimamente, en no pecar de doblez; obrando en un todo de acuerdo con los principios, o uniendo como se piensa. Consiste en colaborar con el bien común, y en permanecer desvelado y dolorido por las cosas de la polis, sin estar inserto en los siniestros juegos del Régimen que son, precisamente, la causa de esos dolores y desventuras para la patria. Participar y servir en el orden político no es sinónimo de votar; y votar es fatalmente sinónimo de contribuir al mantenimiento del Régimen. Mucho se critica un conjetural abstencionismo, que no es tal. Pero nada se dice ante el coíaboracionismo de los demócratas compulsivos, empezando por el de los majaderos obispos, políticamente correctos y artífices de la confusión entre la feligresía sencilla35.

34- Ibidem, p. 4-5.
35- El artículo aludido por Mario Meneghini se titula La secta imperante y la debílidad mental, y fue publicado en el Suplemento n. 180 de Patria Argentina, Buenos Aires, 2002. En él -así como en tantos otros salidos de su pluma- Edmundo Gelonch Villarino no se muestra partidario del abstencionismo político sino del rechazo categórico al democratismo liberal. Veamos unos fragmentos representativos: "La religión oficial del mundo del 2000, la superstición obligatoria en el mundo posmoderno, el credo que no puede discutirse, la Democracia, se basa en la convicción de la bondad inmaculada del «hombre-elector», al menos, colectivamente considerado: uno tiene defectos, aquél es corrupto y el

Si el mismo Meneghini reconoce que a) "la democracia -liberal, cuyos errores teológicos y filosóficos fueron severamente señalados en los documentos pontificios, ha derivado en lo que se ha denominado partidocracia"; b) que "la crítica al sistema contemporáneo de partidos políticos está, obviamente, justificada"; c) que es "una ficción jurídica [creer] que cada representante representa [...] a todo el pueblo"; d) que "por estar basado en el mito de la soberanía popular y en una falsa teoría de la representación, el sistema actual de partidos políticos está afectado de invalidez científica y produce efectos ne-

otro criminal; pero todos juntos somos infaliblemente buenos al momento de votar [...] Todo parece resuelto cuando nos llaman a votar. Si hay elecciones, todo estará resuelto. Es suficiente que la pluralidad de votos le dé el poder a alguien, para que ese alguien sea gobierno legítimo y nos haga felices. Nada malo puede esperarse de las elecciones; únicamente soluciones. Hay que tener fe. No hay ninguna razón para que esto mejore, como no sean las mismas elecciones. Entonces es cuestión de fe, de actitud positiva. Si no, ¿en quién vamos a creer? [...] No importa que la Iglesia (la de Roma, no la de acá) haya enseñado que «Todo poder viene de Dios», que a Jesucristo «le ha sido dado todo poder sobre el cielo y la tierra», por eso es Rey de todo lo humano y hemos de hacer la voluntad de Dios también en la política. Eso será para los que no leyeron el Artículo 33 de la Constitución, y no saben que todo el poder, ilimitado, viene de la voluntad del Pueblo Soberano. Hay que hacer la voluntad de la mayoría popular y no la voluntad de Dios [... ] Para la Secta que domina, cuando el rito electoral conjura a la omnipotencia popular no necesita fundamento: los herejes que dudamos no tenemos cabida en el derecho político argentino (Artículo 37 de la Constitución y ley de Defensa de la Democracia). Al fin, sólo se nos obliga a votar, como bajo el Imperio se exigía a los cristianos, no que abjurasen de su religión sino solamente que reconocieran la divinidad del César [...] Ahora, nadie te dice que reniegues de la fe católica: lo único que debes hacer, pero hacerlo obligatoriamente, es demostrar también tu fe democrática poniendo el voto con el que convalidas el sistema. Si votas estás comprometido. Después de votar ¿cómo puedes coherentemente negar la legitimidad del resultado? Eí que vota demuestra su Fe en que el soberano no es Cristo sino el Pueblo; o, por lo menos, eso significa públicamente su conducta. Aunque en tu intimidad no creas en la absoluta soberanía popular, te sometes a ella, celebrando su culto público y acatando su voluntad. Porque quien pone un voto positivo se hace cómplice avalando el resultado electoral, y al incurrir en lo que los teólogos nombran como cooperación activa al mal, su Fe viva no está puesta en Dios sino en la soberanía popular".

gativos en la sociedad"; e) que el actual sistema de sufragio universal "es una forma de votar a ciegas, obligando a optar entre diferentes listas, sin posibilidad real de elegir, ni de pedir luego rendición de cuentas a quien votó, entre otras cosas, porque el voto es secreto y no puede demostrar el apoyo que les brindó"36; si reconoce, insistimos, tamaños desvarios funestos, ¿por qué les habría de ser imputable a los católicos rechazar de cuajo semejantes desatinos?. ¿Por qué los "intelectuales prestigiosos" deberían rifar su prestigio o traicionar sus principios, participando de un régimen a todas luces perverso?. ¿Por qué los simples católicos consecuentes habrían de ver el bien, aprobarlo, y obrar el mal?. Casi vendría a cuento para explicar el doble criterio de Meneghini, la humorada de Groucho Marx: "estos son mis ideas, pero si no le gustan tengo otras".
Pertenece al orden de los sofismas ad metum; es decir, del argumento que recurre al miedo, esto de hacer recaer sobre los católicos coherentes la responsabilidad moral de los males que se sucederían por no participar; y callar a la vez la responsabilidad directa e inmensa que tienen quienes participan de un sistema inicuo, sabiendo previamente cuáles son los defectos y los efectos del mismo. Infundir temor en los que conservan la cohesión entre el pensar y el obrar, cargando sobre sus hombros el peso de los males que supuestamente se seguirían de su abstencionismo, y omitir el timor Domini, deliberadamente ausente en aquellos católicos que traicionan los principios perennes, no es un procedimiento lógico ni ético. Es una jugarreta sofística muy poco disculpable, aunque se esté lejos de tener tan negativa intención. Completa el ardid el uso de otro sofisma, conocido como ad verecundiam, que consiste en explotar "el sentimiento de respeto que se guarda hacia una persona o institución o hacia una cosa que es venerable o digna"37 . De modo que, en este caso particular que estamos analizando, al católico coherente no sólo se le inflige el temor de estar cometiendo una falta moral -degradándolo como abstencionista- sino que se lo señala como irrespetuoso ante la venerable tarea de participar en la vida cívica.

36-Mario Meneghini, Actitud política de los católicos...etc, ibidem, p. 87-88.
37-Camilo Tale, Sofismas, Córdoba, Ediciones del Copista, 1996, p. 79.

Volvemos a reiterarlo con insistencia: aquí nadie se niega -intelectual prestigioso o no- a "la obligación moral de participar cuanto más esenciales sean los valores que estén en juego". Nos negamos a toda participación que suponga renuncios, dobleces, ambivalencias, hipocresías, doble moral o im-perdonable incongruencia. No es el abstencionismo nuestra doctrina, sino la de la resistencia a la tiranía, la de la guerra justa, la de la acción sostenida en las instituciones naturales, y la de la instauración de todas las cosas en Cristo. Ninguna de estas tareas pendientes suponen la no participación en política. Suponen la participación contracorriente, incorrecta, audaz, antimoderna y contrarrevolucionaria. Suponen vivir coherentemente involucrados en la custodia del bien común, sabiendo que entre esos "valores morales que están en juego" y que urgen ser defendidos, están los valores que definen la concepción católica de la política. No admitimos cómo se puede tener conciencia del desquicio que significa la democracia liberal y su parafernalia, y a continuación, juzgar despectivamente, no al que traiciona esa verdad que habita en la conciencia, sino al que guarda abnegada y riesgosa conformidad con ella. Mucho menos admitimos que se tilde de abstencionismo a esa preferencia heroica que enseñaba Santa Teresa de Jesús: la de la Verdad en soledad antes que la del error en compañía.
2.- Aunque nadie se atreva ya a decirlo, dentro y fuera de la Iglesia, más allá o más acá de los lindes de Roma, la verdad es que mientras rija el sistema del sufragio universal -y muchísimo más mientras se lo consienta expresamente- no sólo no existe "la obligación moral de votar", sino que votar en tales condiciones es un pecado, tal como quedó explicado en el capítulo precedente. Pecado y complicidad activa y afortiori en los vicios ulteriores que de él se siguen; pecado de incoherencia y de liberalismo.
Entonces, no sostenemos esta negativa al sufragio universal porque "todos los candidatos son malos y todos los programas defectuosos", según afirma Meneghini. Tampoco por "la inutilidad" de cada elección. Todo esto se presupone, obviamente. Lo sostenemos principalmente porque el Octavo Mandamiento ordena no mentir, y "el sufragio universal es la mentira universal". No del género de mentira jocosa u oficiosa, a las que San Pío X califica de pecados veniales; sino de mentira dañosa pues "el daño que acarrea es grave"38. No se ha medido suficientemente aquella enseñanza de Santo Tomás, según la cual, entre las razones que tornan abominable la mentira, la segunda, es "porque hace imposible la vida social"39 . De modo que si no se debe mentir por razones políticas, y el sufragio universal es una impostura connatural e inherente, no es difícil extraer una conclusión moral acorde con tan clara enseñanza.
A la vista de lo precedente, ¿por qué habrían de tener "una apreciación equivocada de la vida política" aquellos que se niegan a la mentira universal, siendo encomiables en cambio aquellos que votan, aún sabiendo -como en el caso peculiar del amigo Meneghini- que la soberanía del pueblo es una ficción y el voto universal, secreto y obligatorio, un voto a ciegas y sin asidero científico? ¿Por qué se hacen pasibles de una acusación que no merecen, los que rechazan "el culto ciego al valor numérico", del que hablara sensatamente Pío XII?
Claramente enseña Santo Tomás que "lo malo acaece al omitir un orden"; que "lo malo, que es lo bueno defectivo, es causa de lo malo"; que "malo es el ser privado de algún bien"; que "este ser privado es, a su vez, causa permanente de hechos negativos"40. De modo que siendo malo el liberalismo -y todo lo que de él se desprende, sufragio universal, soberanía del pueblo,etc- la única conducta irreprochable de un católico coherente será la de no convertirse en concausa del mal. "Hay invariantes morales del orden político", escribía Monseñor Guerra Campos; que están por encima de las libertades subjetivas o de los derechos individuales otorgados por el positivismo jurídico. Si el católico no quiere caer en contradicción consigo mismo, se debe primero a esos principios inmó-

38-San Pío X, Catecismo Mayor, 459-466 [Cfr. versión Cruz y Fierro ediciones, Buenos Aires, 1980, p. 70].
39 Santo Tomás de Aquino, Los Mandamientos comentados, VIII, 183 [cfr. versión bilingüe, a cargo de los Padres Alfredo Sáenz y Jorge Pinol, Buenos Aires, Gladius, 2000, p. 203-204].
40-Santo Tomás de Aquino, De Malo, art. 3 [Cfr. versión de Humberto Giannini y María Isabel Flisfisch, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994, p. 76, 79 y 88).

viles antes que a las pretensiones arrolladuras del relativismo y del pluralismo41.
Es cierto lo que asegura Meneghini sobre nuestra "época histórica caracterizada por problemas sumamente complejos y una gran confusión de ideas". Sus mismos planteos -lo decimos con dolor y pesadumbre- coadyuvan a esa confusión. Pero entonces, no es cierto que "se hace más necesario que nunca acudir a la política para procurar resolver los problemas". No al menos, mientras la política se siga concibiendo con las categorías, los criterios, los recursos y la jurisprudencia del liberalismo. No, enfáticamente lo repetimos, mientras la política suponga la aceptación de aquello que la ha destruido como ciencia arquitectónica del bien común, como "cosa honesta y grave", en olvidada expresión de León XIII. Porque en este caso, lejos de ser la solución de los problemas, es el problema mismo. Para acabar con la confusión de las ideas hay que acudir a la Verdad, lo único que aún no se ha probado, al certero decir del Cardenal Pie. Y para resolver los grandes conflictos no puede acudirse a aquellos que tienen un problema para cada solución.
Nuestra posición -vuelva a ratificarse- no es la de "rehusarnos a intervenir en la vida comunitaria porque no nos gusta lo que vemos", ni la del que teme al "peligro moral" que podría acarrear el poder. Lejos está de ser una cuestión de gustos o de temores subjetivos esta postura antigua que con-firmamos. Es una apreciación objetiva. Todo lo legítimo ha de hacerse "interviniendo en la vida comunitaria", de un modo activo y perseverante, precisamente para no "avalar la continuidad de lo existente". Todo lo ilegítimo debe rehusarse, denunciarse, dejarse de lado con bizarría.

41-Cfr. José Guerra Campos, La invariante moral del orden político, Madrid, s/m/ed/, 1982. Oportunamente recuerda el autor un texto de la Diaturnum illud de León XIII, en el que se enseña que, independientemente de que "los ciudadanos" puedan "intervenir de diversos modos en la designación de los titulares de la autoridad, conforman con sus opiniones numerosas leyes y actos de gobierno" [cfr. ibidem, p. 11). Con lo que se arguye de paso contra el supuesto abstencionismo en el que incurrirían quienes se niegan a designar las autoridades por el método del sufragio universal. No es sólo designando esas autoridades como se interviene en política.

No resiste la menor confrontación con la lógica sugerir que esta negativa a la insersión regiminosa "equivale a avalar la continuidad de lo existente". La continuidad de lo existente es la democracia, el sufragio universal, la soberanía del pueblo, el constitucionalismo moderno, la partidocracia, el destronamiento de Jesucristo, la Revolución, en suma. ¿Por qué habría de avalar lo existente quien se niega a cualquier señal de legitimación de todo este sistema, y propone en cambio la restauración de otro, acorde con el Orden Natural y el Magisterio Tradicional de la Iglesia? ¿Qué extrañísima lógica es ésta, según la cual, habría de avalar lo existente quien le declara la guerra, resultando en cambio el héroe de la jornada aquel que dócilmente se adecúa a sus designios? No somos conservadores ni meros reaccionarios. Somos contrarrevolucionarios, porque pensamos con de Maistre, que "la contrarrevolución no será una revolución contraria, sino lo contrario de la revolución"; y que las contrarrevoluciones no se hacen "confiando a la multitud la elección de sus jefes", que terminan siendo "los tiranos de la plebe", y la plebe "las maderas y cuerdas utilizadas por un tramoyista", sino proclamando la Soberanía de Dios42.
Nadie tampoco ha calificado al poder de "intrínsecamente malo", como supone Meneghini que tal prevención está en la mente de quienes se niegan por ello a participar del sistema. Pero es erróneo sostener que "puesto que la autoridad ha sido creada por Dios, su ejercicio no puede ser malo en sí mismo". Precisamente en el ejercicio, es donde la autoridad puede ser mala, tiránica, despótica o destructora. En su origen y en su naturaleza no admite cuestionamientos. Porque sabido es que todo poder viene de Dios, y que es necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija. En consecuencia, ni la procedencia ni la necesidad del poder están cuestionadas. Pero sí puede serlo su ejercicio, su desarrollo, puesto que constituyen un dominio del hombre, creatura caída43. Es muy grave -por sostener el origen divino del poder- deducir que el

42-Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia, Buenos Aires, Dictio, 1980, p. 112-113.
43-Cfr. Romano Guardini, El poder, en Romano Guardini, Obras, vol. I, Madrid, Cristiandad, 1981, p. 196 y ss.


ejercicio de la autoridad "no puede ser malo en sí mismo"; y llegar a esta conclusión en un contexto explícitamente justificador del voto universal. De lo que podría inferirse equívocamente la forzosa no maldad en sí misma de la autoridad surgida del sufragio.
De todos modos, insistimos, quienes rechazamos insertarnos en el Régimen, no lo hacemos porque "no nos gusta lo que vemos" o porque presentirnos los peligros morales del poder. Todo esto, va de suyo que existe. Pero la razón de fondo es otra y ya quedó suficientemente aclarada.
3.- Hay una vastísima bibliografía, imposible siquiera de mentar aquí, sobre la objeción de conciencia y la moral católica; sobre las diferencias entre la conciencia como norma subjetiva y objetiva del obrar, y especialmente sobre la objeción de conciencia, objetivamente considerada, a las leyes injustas44. La Iglesia se ha nutrido al respecto del Derecho Natural, de las maravillosas lecciones de la sabiduría clásica, de un sinfín de moralistas eximios, y aún de reuniones conciliares para dirimir tan crucial asunto. Baste pues al respecto, recordar lo esencial; esto es, que el hombre posee sindéresis para distinguir lo bueno de lo malo; que conocidos por medio de la sindéresis los principios y preceptos de la ley natural, la conciencia recta obra según ellos, descartando lo que se le opone; que la conciencia entonces, más que voz propia o que derechos prepotentes, tiene el deber de ser "el heraldo de la ley natural", según aguda denominación de Guillermo de Auvergne; y que -en tales condiciones- el juicio conciente dirige y ordena la acción. Se comporta así la conciencia como la razón práctica y especulativa unida en una sola potencia, según explica Santo Tomás, aunando el sano juicio de valor con la operación acorde con tal juicio45. Sin la referencia obligada a la ley natural y, en última instancia a la ley eterna, toda conciencia es un descarrrío. La síntesis preclara de "obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hechos, 4, 19) contiene en epítome

44- Cfr. Rafael Somoano Berdasco, Objeción de conciencia y moral católica, en su Pacifismo, guerra y objeción de conciencia, a la luz de la moral católica, Madrid, Fuerza Nueva, s/a. p. 223-313.
45-Santo Tomás, Suma Teológica, I, q. 79, art. 11.

todo lo que la conciencia tiene que saber para no equivocarse en las decisiones cruciales.
Aplicadas estas elementalísimas nociones a nuestro tema, es evidente-fundados en todo cuanto ya llevamos dicho-que la recta conciencia de un católico no puede dar por verdadero ninguno de los principios falsos que hacen posible un "proceso electoral". "Iluminada por los principios y ayudada por el consejo de los prudentes", al buen decir de Meneghini, la conciencia tiene que rechazar enérgicamente la subversión radical y completa que significan conceptos tales como soberanía popular, sufragio universal, derecho nuevo, constitucionalismo moderno, representación partidocrática hegemónica, laicismo integral, etc. No se entiende entonces, por qué el mismo Meneghini minimiza -si no descalifica- la actitud de aquellos que "suelen alegar que la decisión de no participar de un proceso electoral deviene de una obligación de conciencia". ¿Y de dónde habría de proceder tal decisión? ¿De un capricho de los sentidos, de un antojo de la voluntad, de una arbitrariedad de los impulsos, de un instinto ingobernable? Hacer proceder de la conciencia recta y sana la decisión de no plegarse al sufragio universal, es el principio de la salud de la vida moral y de la coherencia política.
Es cierto no obstante lo que advierte Meneghini, de la mano del Cardenal Ratzinger, respecto de que la conciencia no puede confundirse con "la autoconciencia del yo" o con "el propio comportamiento moral". Pero la admonición cuasipontificia más parece aplicársele a su tesitura, reprobándola enérgicamente. Porque es Meneghini quien distingue entre el pensamiento ortodoxo "ideal" y el obrar heterodoxo "realista", inclinándose por favorecer a éste en desmedro de aquél; entre el deber ser normativo y los hechos impuestos por el paso del tiempo, optando por sacrificar el primero a la inevitabilidad de los segundos; entre la condición y la duración, o la naturaleza y la estabilidad de un ordenamiento constitucional, proclamando la legitimidad de las formas institucionales del liberalismo en aras de su supuesta permanencia pacífica. Es él quien propone la obligación moral del voto, aún sabiendo que se practica mediante el sufragio universal; y la necesidad de fundar partidos políticos o de aceptar los ya creados, aún sabiendo que conforman una partidocracia ominosa; y el respeto a la Constitución de 1853, aún sabiendo que es un engendro masónico. Es él, en síntesis, quien opta por el siglo contra lo perenne, por el colaboracionismo contra la coherencia extrema; por la soberanía popular en detrimento de la Realeza de Jesucristo; quien divorcia los fundamentos intelectuales de las formas históricas, la dignidad humana de la majestad de Dios; quien autonomiza los medios respecto de los fines, restringe al ámbito de las meras hipótesis la pureza doctrinal y sostiene a capa y espada la doctrina del mal menor. Es él para quien parece confeccionado el sayo reprobador de Ovidio: video meliora, proboque, deteriora sequituor. ¿No es esto acaso confundir la conciencia "con la certeza subjetiva de sí y del propio comportamiento moral", con la "autoconciencia del yo", y con todos esos errores que reprobara el cardenal Ratzinger?46 ¿No es esta conciencia errónea la que está reclamando con urgencia el ser "iluminada por los principios y ayudada por el consejo de los prudentes"? ¿No teme nuestro querido amigo, que a fuer de contemporizar y de ser aquiescente frente a los errores modernos, de tolerar las categorías revolucionarias y el aggiornamento, el ojo pierda luz y todo el cuerpo quede a oscuras, según nos lo advierte Jesucristo (Mt. 6, 22-23), precisamente para indicar los riesgos de la conciencia errónea?
Resulta impropio sostener que "antes de invocar la obligación de conciencia, cada persona debe procurar disponer de la información necesaria para evaluar correctamente a los partidos que se presentan a una elección, así como a los candidatos respectivos". El riesgo de conformarse cada vez con menos y de hacer a toda costa las paces con los contrarios -riesgos a los que alude San Pío X en Notre charge apostolique- se torna aquí preocupantemente patético. Otrosí el riesgo de hacer del mal menor la conducta política ordinaria. Bien miradas las cosas, lo que "cada persona debe procurar disponer" antes de votar, no es el conjunto de plataformas partidocráticas ("y los partidos tan igualitos como porotos", decía Castellani), ni de noticias curriculares de los candidatos ("quítate tú que me pongo yo porque soy más guapo", ibidem), sino un ejem-

46-Cfr. Cardenal Joseph Ratzinger, Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista, http://www.misas.org/reflexion/ verdadvalorespoder.htm, principalmente puntos 5 a 16.
plar del Syllabus, para saber que la Verdad tiene todos los derechos y el error ninguno tiene. "Antes de invocar la obligación de conciencia", el católico -por lo mismo que deberá invocarla a la postre, sea para tomar una decisión u otra- debe repasar los grandes principios olvidados, a los que hemos hecho larga referencia en el capítulo precedente. Creer que el voto es moralmente obligatorio es como concederle obligatoriedad ética al "cuento del tío".
Meneghini pide sumarse al sufragio universal vigente, con la salvedad de entregarle la papeleta soberana al o a los candidatos que defiendan "un derecho natural completo", aclarando que el mismo no se circunscribe a la preservación "de la cultura de la vida", sino también a "las cuestiones económicas y políticas, donde también debe cumplirse el orden natural". No parece querer vislumbrar la paradoja: si alguien defiende el orden natural en política, lo primero que haría es abominar públicamente del sufragio universal y de la perversión democrática. Lejos de pedir el voto de las muchedumbres inmaculadas, impugnaría de cuajo la mentira electoralista.
Porque intentaremos decirlo una vez más. Aquí también late un problema de fondo que no se quiere analizar. Pedir la obligatoriedad moral del voto, descalificar al que se abstiene de sufragar, bregar por la elección de un partido o de un candidato potable, implica necesariamente un acto de demagogia populista, una fe en el mito totemístico de la soberanía popular, y un escamoteo de la cuestión esencial, cual es la de no seguir convalidando la impostura del pueblo soberano asistido del derecho irrefragable a conferirle el poder al ungido.
Víctor Bouillon -en una obra clásica nunca suficientemente ponderada47- sin soltarle un minuto la mano a la segura diestra del Aquinate, recuerda: a) que la elección de los gobernantes por la multitud no es un derecho natural, sino positivo, accidental y eventual, y no substancial; b) que puede ser preferido sólo mediante ciertas condiciones y requisitos, y si no hubiera otro modo de procurarse jefes; c) que no contempla a la multitud en el sentido moderno de la palabra, esto es, en tanto masa amorfa y anónima, sino como comunidad

47-Víctor Bouillon, La política de Santo Tomás, Buenos Aires, Nuevo Orden, 1965.
orgánica y jerárquica; d) que le puede ser retirado a la sociedad ese derecho a la designación de autoridades si corre peligro el Bien Común; e) que "el fin del poder es unificar, y será tanto más apto cuanto sea más uno y tenga su raíz en la unidad. Multitud significa división y diversidad [... ] La multitud al ser múltiple, tendrá siempre alguna propensión a elegir gobiernos hechos a su imagen [... ] El gobierno múltiple, el peor de todos, dice Santo Tomás, es el fruto natural de la elección"48. En consecuencia, si el poder tiene horror al número y dividirlo es violentarlo, y si "las multitudes" a las que se refería Santo Tomás son únicamente los ciudadanos mental y moralmente capacitados para optar, corporativamente encuadrados, y no la muchedumbre indiscriminada y envilecida, no se entiende qué ventaja se puede seguir de fomentar el sufragio universal y la participación compulsiva de todos en las elecciones regulares. Ver en las multitudes modernas, encanallecidas por los mass-media, algo más que un rebaño indocto, dócil a los requerimientos volubles de la propaganda y la moda, es demencia, adulación o utopía. Cuando una cosa repugna al sentido común, a la recta razón y al orden natural, no puede ser justa. "Si un congreso de geómetras se propusiera determinar por votación si por un punto dado puede pasar más de una paralela a una recta dada, y creyera que es posible prescindir de la naturaleza para establecer el postulado de'Euclides, inmensa carcajada acogería su resolución"49. Sin embargo, en nombre del sufragio popular se viene violando la naturaleza misma de las cosas y del hombre, y la carcajada se troca en delirante contento.
Santo Tomás no reniega de este principio que él mismo ha enunciado: "Ad populum pertinet electio principum". Pero con sensatez de santo, además de las aclaraciones que ya quedaron enunciadas arriba, concede este derecho condicionado a la designación de los gobernantes "en la hipótesis de una constitución donde las tres formas de gobierno se hacen contrapeso", en su famoso "régimen mixto". En él, la posibilidad de la designación conferida al pueblo atempera lo que pudie-

48-Ibidem, p. 66.
49-Gustavo Franceschi, La Democracia y la Iglesia, Buenos Aires, Agencia General de Librería y Publicaciones, 1918, p. 27.

ra haber de exceso en la monarquía, y ésta atempera a su vez los inconvenientes notorios del sufragio popular. Pero la excelencia no está en la designación eventual y condicional sino en la totalidad armónica del Régimen Mixto, en el equilibrio entre la unidad y la multiplicidad, subordinada la última a la primera50.
Mas el pueblo al que podría eventualmente conferírsele este derecho -y esto lo especifica Bouillon con una notable profusión de textos tomistas- son "los ciudadanos simpliciter, los que pueden cumplir con los actos del ciudadano, por ejemplo, dar un consejo o dictar sentencia", y no "los ciudadanos secundum quid, que no son aptos para ejercer un poder cualquiera en las cosas que se refieren al bien común". Unos y otros -especialmente lo recalca el Aquinate- son iguales "en lo que se refiere a la gracia de Dios", pero no son políticamente iguales. "Todo el mundo no es igualmente ciudadano, porque todo el mundo no es igualmente apto para ocuparse de la cosa pública. Es necesario ser capaz de un consejo, de un consejo prudencial en el Estado [... ] de un cierto grado de honor para procurar el bien común", porque "si los hombres son iguales espiritualmente [poseen la igualdad delante de Dios] no lo son social ni políticamente. Existen desigualdades naturales o adquiridas que afectan su valor social, haciéndolos desigualmente aptos para procurar el bien común [...] Estas apreciaciones de buen sentido que están en las antípodas de lo que hoy se llama espíritu democrático, componen el fondo de la filosofía política tomista", y constituyen'"el más bello puntapié teológico que se haya jamás dado al ídolo maligno de la igualdad política"51 .
Santo Tomás no solamente distingue entre ciudadanos materialmente y formalmente considerados, puesto que sabe que "desgraciadamente, la mayor parte de los hombres carecen de virtud y de cultura" (Suma Teológica 1-2, q. 96, a. 2 c) y sólo son materialmente habitantes de una patria; sino que, aún reservando a ios ciudadanos plenos el derecho eventual

50-Ibidem, p. 96.
51-Ibidem, p. 102-105. Insistimos en subrayar que, a cada paso, y para fundar sus asertos, Bouillon remite a los textos originales de Santo Tomás

y condicional a designar a las autoridades, sub-condiciona el otorgamiento de ese derecho a aquella élite siempre y cuando la misma ofrezca las más sólidas garantías. Esas personas, en suma, deben haber probado con actos que poseen la prudencia del súbito; esto es, la de los hombres buenos, cuidadosos y colaboradores fieles del bien común (Suma Teológica .1. 1), demostrando "una educación política y cívica considerable y una virtud poco común [...] un nivel cultural y de honrades cívica verdaderamente notables", henchidos de patriotismo y de nacionalismo, "pues hablando en puridad, nacionalismo dice a la nación la misma relación que patriotiotismo la patria"52.
En las antípodas de considerar que el voto es una obligación moral; que el voto debe expresarse bajo la especie del de sufragio universal; que el voto es un derecho natural inalienable-que el voto se me impone a la conciencia como deber inleluble; que el voto es el reaseguro de la participación popular de la legitimidad de las autoridades, la doctrina católica tradicional, bajo la guía señera de Santo Tomás de Aquino, comunicó pautas absolutamente distintas. Que estas pautas configuradoras todas ellas de una sabia y justiciera concepción católica de la política- hoy se han olvidado y traicionado, por los Pastores y altos dignatarios de la Iglesia, es un error inaudito, por cuya condenación no parece haber nadie puesto a quebrar una lanza. Seguir instando a los católicos a votar, darles consejos para que elijan al que aún no abortó a puntapiés a su concubina, ni se amancebó con un invertido, ni escupió un crucifijo; y hacerles creer a los bautizados que ese modo cumplen con su obligación cívica, es una estafa a verdad que clama al cielo.

52- Santiago Ramírez, Doctrina política de Santo Tomás de Aquino-Madrid, Dirección del Instituto Social León XIII, 1951, p. 72, 75, 82. Celebramos este reconocimiento expreso del Padre Ramírez a la legiimidad del nacionaíismo, pues confesamos el modesto fastidiqo que nos causa el tener que explicarles a ciertos amigos españoles, que nuestra definición nacionalista no tiene nada que ver con lo que bajo ese nombre se conoce habitualmente en España y en Europa, y que no es a cosa que separatismo segregacionista y anticristiano. Ramírez incluso, marca una distancia respecto de quienes toman "este nombre [el Nacionaíismo] en sentido peyorativo". Cfr. p. 82.

4.- Acierta en todo Meneghini cuando recuerda que "la acción política es, antes que nada, humilde contacto con la realidad". En rigor, la vida misma del hombre debe serlo; por lo menos si es hombre prudente, y conoce a la par que practica aquella parte de la prudencia llamada docilidad. La docilidad, en efecto, consiste en obrar teniendo en cuenta la realidad, para no engañarse con fantasmas, ilusiones, espejismos o meras subjetividades. Para "renunciar a la absurda autarquía de un saber de ficción", dice Pieper; pero sabiendo distinguir que la docilitas es "una disciplina" y no "el celo inconsciente del 'buen escolar' que dice a todo que sí, sin reflexionar sesudamente53 .
De modo que, una parte substancial de ese "contacto humilde con la realidad", consistirá en ver los errores y desafueros que se cometen, las incongruencias que se practican, los vicios o las felonías que se llevan a cabo por doquier. Entrar en contacto con la realidad no significa aceptar ni consentir todo lo malo o lo pésimo que ella ofrezca o contenga. Será humilde contacto con la realidad admitir que a cada paso hay un burdel. Hacer uso de ellos, será pecado mortal. Será humilde contacto con la realidad darse cuenta de que no vivimos en Jauja sino en un país que está putrefacto y hiede, por siglo y medio de liberalismo. Sumarse a él -predicando o involucrándose en sus engaños- será complicidad activa con la corrupción. Será humilde contacto con la realidad percibir que la política se rige hoy por la soberanía del pueblo, el sufragio universal o el totalitarismo partidocrático. Pero tener por legítimo a tamaño exponente de "un saber de ficción", como dice Pieper, ya no es humildad, ni realismo ni docilidad, sino estulticia.
Por eso, si la docilidad es parte de la prudencia, ella tiene tres actos, el consejo, el juicio y el precepto. Los dos primeros permiten conocer y entender la verdad práctica, mediante una honesta inquisición o búsqueda; el último consiste en la aplicación de los consejos y de los juicios al ámbito de la acción54 Todo contacto humilde-dócil-prudente con la realidad

53-Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Madrid, Rialp, 1980, p. 49.
54- Cfr. Santiago Ramírez, La prudencia, Madrid, Palabra, 1979, p. 211-212.

deberá partir del consejo y del juicio, precisamente para que no confundamos lo negativo que la realidad exhibe e impone, con la obligación de practicar siempre el bien, a pesar de que en la realidad se lo viole y desprecie. Y si del humilde contacto con la realidad descubro bienes en abundancia, legítimo será que, además de conocerlos por el consejo y el juicio, los practique con el precepto o imperio.
Todo el secreto parece consistir en saber qué decimos cuando decimos que tenemos que mantener un humilde contacto con la realidad, sin olvidarnos de que la realidad nos sirve de fundamento para la conducta ética. Y sin olvidarnos asimismo que el deber ser no es un ens rationis, un mero ente de razón, y por lo tanto algo irreal o simplemente pensado. Es eí poder ser realizado, y en consecuencia goza del status de las cosas reales. "La realidad es el fundamento del bien [...] Ser bueno significa tender a la realización. Este tender a la realización hay que entenderlo en primer lugar como la voluntad hacia la propia realización [... ] Pero este afirmativo tender a la realización comprende, final y primeramente, la dirección a Dios mismo, que es el Ens Actualissimum"ss. Se equivocarían entonces quienes: a) redujeran el contacto con la realidad al sometimiento a sus errores o corrupciones; b) admitieran con fatalismo o determinismo que todo cuanto la realidad expone o impone de malo no nos obliga moralmente a una reacción; c) excluyeran del ámbito de lo real al deber ser y, en última instancia, a Dios mismo, en quien toda ejemplaridad halla su último fundamento.
Es un desacierto más de nuestro autor, escribir que "criticar la realidad social contemporánea, despreciándola por comparación con alguna forma que existió históricamente, o con un esquema de lo óptimo, implica caer en el utopismo". El primero que criticó su propia contemporaneidad fue Jesucristo, cuando llamó "generación adúltera y pecadora" (Mc. 9, 38) a la que le tocaba ver en acción, o descalificó a "los hombres de esta generación" [la suya] por semejarse a los incrédulos e injuriadores que trataron de "demonio" a Juan el Bautista pues "no comía pan ni bebía vino", y a él mismo de "amigo de publi-

55- Josef Pieper, Eí descubrimiento de la realidad, Madrid, Rialp, 1974, p. 16-17.

canos y pecadores" porque comía y bebía con ellos (Ls. 7,31-35). Crítica justiciera y feroz la de Nuestro Señor, desprecio categórico hacia esa realidad que tenía delante de sus ojos, seguido de un elogio "por comparación" a los tiempos antiguos de la fidelidad al Padre: "mas al principio no fue así" (Mt. 19, 8). ¿Era un utópico Nuestro Señor Jesucristo?
En centenares de ocasiones los Pontífices, los Santos, los Doctores de la Iglesia establecieron comparaciones interepocales, despreciando las abominaciones que se les desplegaban ante la vista, y encomiando paralelamente a personajes o sucesos de un pasado ejemplar o "esquema de lo óptimo". El recurso a la áurea actos es todo un tópico de las letras clásicas y cristianas; mientras los últimos Papas no se han cansado de fustigar estos tiempos secularistas y relativistas que nos tocan en suerte, contraponiéndolos a tiempos más sabios y leales. ¿Todo este rico magisterio católico, que enseña deliberadamente por contraste entre eí estar y el deber ser, como enseñaron siempre los grandes maestros, también es utopía? ¿Cuándo León XIII en la Inmortale Dei exalta y glorifica esos siglos en los que "la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados", y se lamenta a la par del "laicismo integral" que todo lo corroe en el presente; o cuando Pío XI, en la Quas Primas, condena "la apostasía de la sociedad moderna", y reclama regresar por el cauce de la tradición, se comportan como utopistas?
Es exactamente al revés. Lo que nos salva del utopismo como herejía perenne, al acertado decir de Molnar; lo que nos impide caer en el espejismo de lo que no tiene lugar (utopía), es mantener bien fresco el recuerdo, la vigencia y la encarnadura del "esquema de lo óptimo", procurando su realización, a pesar de los pesares. Si no fuera justo y hasta moralmente obligatorio despreciar la realidad social contemporánea, contraponiéndola con alguna forma arquetípica que existió históricamente o con un esquema de lo óptimo; si no fuera pertinente retratar la decadencia de Occidente, o la crisis de nuestra civilización, por decirlo con fórmulas conocidas, e instar a la emulación y a la restauración del Bien; si no correspondiera maldecir al demonismo enseñoreado en la actualidad y dar batalla para que no se pierda nada del patrimonio cristiano que fundaron nuestros padres y antepasados, nuestra existencia discurriría por el conformismo más atroz y el contubernio más repudiable. "Odio mi época con todas mis fuerzas", exclama Saint Exupery, ante el espectáculo degradante que se le imponía en sus años de lúcido observador. Porque en ella "el hombre se muere de sed", porque se vive "sin poesía, sin color y sin amor", porque "se han ensayado todos los valores cartesianos y no han servido para nada". Y encuentra la solución en restituirle a este hombre extraviado "un significado espiritual". Como en otros tiempos, nos dice, "hay que derramar sobre el hombre algo parecido a un canto gregoriano"56.
Si esta nostalgia del Orden y anhelo consiguiente de recuperación fuera un vulgar utopismo, ¿para qué seguimos alabando las virtudes de San Martín y quejándonos de la actual cobardía de los mandos castrenses?; ¿para qué defendemos las familias antañonas y repudiamos las modernas uniones homosexuales, que cuentan con apoyo legal pacífico y estable?; ¿para qué retratamos como paradigmáticas las efemérides heroicas de los siglos XVIII o XIX, mientras deploramos el espíritu pacifista, lucrativo y prosaico de nuestras hodiernas babilonias? El día que se borre definitivamente de las mentes "el esquema de lo óptimo", el día que ya ni se recuerden las formas históricas ejemplares, será el triunfo definitivo de la Revolución. Llevado hasta el extremo este extraño criterio de Meneghini, de abolir el imperativo moral de lo óptimo y el mandato imprescriptible de la Verdad históricamente encarnada, cuando se manifieste en plenitud el Anticristo, tendremos que decir que es utopía vivar a Cristo Rey, como sucedió en algunas épocas históricas.
Por supuesto que "no es racional desconocer la fuerza de los hechos". Pero hay dos modos de interpretar esta afirmación. En un sentido negativo: buenos o malos, los hechos se imponen brutamente con todo el peso de su volumen, y así lo acepto. O de un modo positivo, reconociendo "la fuerza de los hechos", pero dividiéndolos en hechos buenos o malos, moralmente hablando, adherir a los primeros y practicar el

56-Antoine de Saint Exupery, Lettre non envoyée destinée au general X, en sus Ecriís de guerre, París, Gallimard, 1982, p. 376-379. Cit. por Bernardino Montejano, Familia y nación histórica, Buenos Aires, Cruzamante, 1986, p. 30.
agere contra frente a los segundos. El tirano Creonte no puede concebir que Antígona piense distinto a su dictamen legal, aceptado por todos, pacífica y establemente. Y su cobarde hermana, Ismene, le reprocha su disonancia, diciéndole: "No seas atrevida; si las cosas están así, ate yo o desate en ellas, ¿qué podría ganarse?". Pero teniendo presente "el esquema de lo óptimo" -nada menos que la Ley Natural y la Ley Eterna- y recordando el ejemplo piadoso de "alguna forma que existió históricamente", la heroína enterró el cadáver insepulto de su hermano y perdió la vida en tan religiosa demanda. "Utopista" Antígona: ora pro nobis.
Al fin, la argumentación postrera de nuestro amigo, en este escrito que estamos comentándole con severidad pero sin ira, nos resulta francamente lamentable.
Es verdad que "reconocer que no podemos modificar una situación injusta, no equivale a convalidarla". Pero convalidar -con nuestra participación activa, con nuestra justificación doctrinal, y con un permanente discurso contra los católicos antiregiminosos- la existencia y el mantenimiento de la perversión democrática, eso sí es ser parte de una situación injusta. No puedo modificar una situación injusta. De acuerdo. Pero puedo no crear otra u otras. Y se crean y multiplican situaciones injustísimas toda vez que con erróneos argumentos se justifica la legitimidad del Régimen, y que con erróneas conductas políticas se lo mantiene vigente, participando de sus juegos electorales y partidocráticos.
Que pensar y obrar del modo que pensamos y obramos, le parezca a Meneghini que es el equivalente a "enfrentarse con molinos de viento", no es algo que vayamos a replicar sino a agradecer. En medio de múltiples asperezas, recibir tamaño elogio nos llena de frescor el alma. Todo lo que nos acerque al ideal del Quijotismo será bien recibido.
Para la respuesta con una chanza afectuosa da la afirmación de que es "un debate estéril" "negarse a reconocer la Constitución promulgada oficialmente porque no se tiene redactada la versión que se desearía que rigiera". Tampoco tenemos planchado el traje azul oscuro para jurar como Ministros en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, de modo que es estéril que nos opongamos a los pésimos funcionarios. Ni tenemos redactado un nuevo Código de Convivencia Urbana, de modo que es estéril que nos opongamos a la oferta de travestís en la vía pública, tal como el que está oficialmente en vigencia permite. Ni tenemos redactada "la versión que se desearía que rigiera" de la Ley de Salud Reproductiva, de modo que es un debate estéril abominar de la cultura de la muerte que la actual ejecuta, "pacífica y establemente". Ni tenemos redactado el nuevo Decreto 1085, ni la Ley Nacional de Educación. Entonces son "debates estériles" repudiar las innúmeras porquerías marxistas que contienen ambos cuerpos legales en plena ejecución.
Imputársenos no tener redactada una nueva Constitución -lo cual además no es enteramente cierto, pues es mucho lo que al respecto se ha elaborado57- como factor descalificatorio para rechazar la que está en curso, sólo sería un argumento serio si el poder político nos hubiera formulado específicamente tal encargo, y no hubiéramos cumplido por desidia, negligencia o impericia. Pero en las actuales circunstancias y prospectivas, redactar el texto de la Constitución que nos gustaría que rigiera -independientemente del saludable ejercicio intelectual que la tarea supondría- sería como reelaborar las Leyes de Indias para el próximo mandato de Felipe II.
Bromas aparte, hay un transfondo atendible en el reclamo de Meneghini. Bien enseña Aníbal D'Angelo Rodríguez que "nada se destruye si no se sustituye". Pero la sentencia apunta a quienes teniendo la posibilidad concreta de reemplazar un mal por un bien, sólo se quedan en la crítica al mal. El padre que le niega a su hijo el baile licencioso y la diversión degenerada, deberá ofrecerle como sustituto un universo de entretenimientos saludables. El cura que le niega a su feligresía la sordidez de una pseudoliturgia carnavalesca, deberá ofrecerle a los parroquianos la belleza intacta del gregoriano. El mé-

57- En tiempos del Movimiento Nacionalista de Restauración, alrededor de los años 1980 y siguientes, varios de sus integrantes, principalmente en la Provincia de Buenos Aires, trabajaron activamente en la elaboración de un texto constitucional. Me consta de un proyecto similar actualmente, en La Plata, encabezado por el Dr. Emilio Nazar, así como de varias iniciativas semejantes, antes de 1970 y después de 1986. Cito a modo de ejemplo, el opúsculo de José Luis De Napoli, Reforma Constitucional, Buenos Aires, Esperazna, s/m/a [¿1988?].
dico que le niega al paciente la comida-chatarra, deberá ofrecerle como sustituto una dieta balanceada. Pero los simples ciudadanos de a pie que somos nosotros, no podemos entregarle a las autoridades políticas la Constitución "que se desearía que rigiera" en sustituto de la actual. No parece que tengamos que explicar por qué.
Pero una cosa es segura, y no advertirla es otro error fatal de Meneghini. Tengamos redactada o no la presunta Constitución Nueva, nos la estén esperando en el Congreso con las manos abiertas o nos ignoren, que la Constitución vigente "reserve la postulación de candidatos a cargos públicos electivos a los partidos políticos", no quiere decir que entonces, "la única forma de participar en la vida cívica es a través de los mismos". Quiere decir que esa es la trampa aborrecible del Régimen; y que nuestro mayor desafío será saber y proclamar, ejecutar y poner en práctica, que la verdadera participación en la vida cívica de la patria -a la que estamos obligados- ni se agota en los partidos ni tiene nada que ver con ellos. Pero el punto será objeto de un análisis posterior.