jueves, 29 de junio de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-3ERA.PARTE EL BOGOTAZO- PARTE 16



16. Fidel Castro: ¿Asesino de Allende?

     Cada día que pasa, la muerte del presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, ocurrida el 11 de septiembre de 1973, recuerda más y más Rashomon, la famosa novela de Riunosuke Akutagawa, luego inmortalizada en el cine por Akira Kurosawa. Como en Rashomon, los supuestos testigos presenciales dan versiones diferentes y contradictorias de los hechos, las cuales son negadas a su vez por otros que alegan conocer la verdad.

     La versión más difundida, expresada por Fidel Castro y adoptada inmediatamente y sin reservas por los colaboradores cercanos de Allende, es que el Presidente de Chile murió como un héroe luchando contra los golpistas. En un discurso que pronunció en la Plaza de la Revolución en La Habana el 28 de septiembre de 1973, Fidel Castro oficializó esta versión

idealizada de los sucesos. Pero, como veremos a continuación, poco a poco han ido apare-ciendo versiones que difieren radicalmente de esa historia inicial de los hechos.

     Por ejemplo, aún entre los colaboradores cercanos al Presidente que se hallaban en La Moneda en los momentos en que ocurrieron los hechos, las versiones son contradictorias. En su libro Las muertes de Allende, Hermes Benítez expone varias hipótesis sobre la forma en que murió Salvador Allende. Una de las más conocidas es la versión del doctor Patricio Guijón, según la cual Allende se suicidó con el propio fusil AK-47 que le había regalado Fidel Castro. Esta versión fue aceptada y difundida por los militares golpistas.

      
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Sin embargo la única persona que atestiguó que Allende se había suicidado fue el propio doctor Guijón, quien formaba parte del equipo médico presidencial. El Dr. Guijón declaró que Allende se había suicidado porque cuando él bajaba del segundo piso de La Moneda, a poco de que los golpistas ocuparan el edificio, escuchó un disparo, volvió a subir las escaleras, y encontró a Allende en un charco de sangre.
     Es bueno aclarar que Guijón no fue testigo presencial de la muerte de Allende, por tanto no lo vio suicidarse. Es más, hasta el momento, no existe ni un solo testigo presencial de este supuesto suicidio.
     Por su parte, desde el comienzo, los izquierdistas chilenos no aceptaron la versión del suicidio. Según éstos, Allende murió heroicamente en el combate de La Moneda, disparando su fusil contra los asaltantes hasta el último momento. Esta fue la versión ofrecida por su hija Beatriz “Tati” Allende y por Fidel Castro.
     Sin entrar en detalles, pues la mayor parte de esta información es del dominio público y está al alcance de todos en la Internet, hay varias versiones sobre cuántos disparos se escucharon. Por otra parte, algunos aseguran que, después de su muerte, el cadáver de Allende fue colocado en un diván, con el fusil entre las piernas. También se mencionan varios impactos de bala en el gobelino que tapizaba la pared detrás del diván.
     En un artículo titulado “El sacrificio de un ciudadano de América Latina”, Hugo Guzmán, uno de los escoltas, ofrece interesantes detalles sobre lo sucedido en los últimos momentos del asalto a La Moneda,



Nosotros, como escoltas, no podemos dar fe de que Allende se auto eliminó. … Al lugar donde estaba el cuerpo de Allende, los primeros que entran son un reportero supuestamen-te de El Mercurio que, por lo que sabemos, era agente de la CIA. Fue el único que sacó todas las fotos. También entra el oficial Fernández Larios, de Inteligencia del Ejército, que ahora está en Estados Unidos como testigo protegido porque les ayudó para culpar al DINA del asesinato del canciller Orlando Letelier en Washington. Es un hombre de la CIA. Y entró el general Pedro Espinoza, jefe de Inteligencia. En las dos únicas fotos que se han podido ver, aparece Allende con la camisa completamente limpia. El cuello de la camisa también aparece blanco, limpio, sin manchas. Una persona que se dispara en la cabeza, lo que sangra es mucho. Él tenía limpio el cuello y la camisa. Esa es una cosa que se contradice con la versión de la auto inmolación con el fusil AK.
     Por cierto, hay informes de que los soldados, además de sacar las fotos, pusieron el cadáver en el piso, lo desnudaron, lo revisaron y luego volvieron a vestirlo con sus ropas. Aún más, otro de los escoltas de Allende, dice que las dos fotos testimonian aún más confusiones. En una, Allende aparece medio recostado con el fusil AK arriba de las piernas, y en la otra foto está sentado en el sillón, no recostado, y con el AK parado en el suelo, entre las piernas, con la culata apoyada en el suelo.

     Lo anterior coincide con versiones publicadas en los años 1974 y 1975, que señalaban que Allende había combatido después de despedir a sus colaboradores, junto a integrantes de la escolta, hasta que una ráfaga lo derribó.

     Dos escoltas lo habrían cargado hasta el sillón presidencial y ahí lo dejaron después de colocar el fusil sobre sus piernas. Esos podrían haber sido algunos de los miembros de la seguridad personal de Allende, heridos y asesinados posteriormente.

     Por otra parte, la autopsia realizada a Allende dista mucho de ser definitiva. Todo indica que el informe de los médicos forenses se realizó bajo coacción. A Hortensia Bussi, la viuda de Allende, no le permitieron ver el cuerpo. Menos de 24 horas después de haber muerto, Allende ya había sido sepultado en un cementerio en Viña del Mar.

     En un artículo publicado el 11 de septiembre del 2003, el autor narra como en Febrero de 1986 Hortensia Bussi le confesó que,

Hasta el día de hoy yo no sé si en el féretro que me presentaron los militares estaba o no el cadáver de Allende. … Vi nada más que un lienzo blanco, debajo del cual se suponía que había un cuerpo, y un militar me agarró por la muñeca y me obligó a cerrar. Yo no sé, nunca supe, si ése era Allende.

     Como si todo esto fuera poco, en el 2005, Juan Vivés, pseudónimo de Andrés Alfaya, un exoficial de la inteligencia castrista que vive exiliado en Francia, dio al mundo una nueva versión diametralmente distinta de los hechos. Según Vivés, el Presidente chileno no se suicidó ni murió en combate, sino que fue asesinado, siguiendo órdenes de Castro, por el general de las Tropas Especiales cubanas Patricio de la Guardia, quien en la práctica era el verdadero jefe de la seguridad personal de Allende.

     Vivés afirma que esto lo oyó de boca de su tío, el ex presidente cubano Osvaldo Dorticós, quien a su vez lo había oído comentar a los más altos niveles del gobierno cubano. Aunque sorprendente, la afirmación de Vivés simplemente le añadió veracidad a un persistente rumor que ha circulado en Cuba por muchos años.

     Por otra parte, según otras fuentes en Chile, la historia de que Allende se suicidó con el fusil Kalashnikov que le había regalado Castro, simplemente no puede ser cierta. En primer lugar, porque el cuerpo de Allende presentaba cuatro heridas de bala: dos en el abdomen, una en el tórax, y otra en la cabeza, que penetró por un ojo y al salir le destruyó gran parte de la parte posterior del cráneo. Esto niega totalmente la posibilidad de un

suicidio.

     En segundo lugar, porque los proyectiles hallados en el cadáver de Allende eran de 9 mm., un calibre diferente al 7.62 mm. que usa el AK-47. Sin embargo, se sabe que Patricio de la Guardia usualmente portaba una subametralladora UZI, que dispara balas 9 mm.

     Algunos de los presentes en La Moneda niegan que Patricio de la Guardia estuviese allí cuando murió el Presidente, pero otros aseguran que ambos hermanos de la Guardia, Tony y Patricio, estaban allí cuando murió Allende. De hecho, ha comenzado a rodar una especie de teoría conspiratoria en la que se alega que el resto de las fotos que tomó el fotógrafo se hicieron desaparecer porque en algunas de ellas aparecía Patricio de la Guardia.

     En una entrevista realizada algo después, Vivés abundó sobre el tema. Según Vivés, varias semanas después del golpe, se hallaba en el bar Las Cañas, del Hotel Habana Libre (antiguo Havana Hilton), donde se encontró con Patricio de la Guardia y el jefe de la escolta de Fidel, conocido como “el Chino”. Durante la conversación, el Chino le preguntó a Patricio

cómo se habían comportado los hombres de la escolta de Allende que él [el Chino] había entrenado. Vivés asegura que la respuesta de Patricio al referirse a Allende fue tajante: “Le metí un ramalazo y lo maté por pendejo. Abajo tuve que matar a un periodista que se apodaba 'el Perro'”.

     Pero Vivés no es el único que afirma que Patricio de la Guardia fue quien ultimó a Allende. Dariel Alarcón Ramírez (“Benigno”), uno de los tres sobrevivientes de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, ahora en el exilio en Francia, ha confirmado lo dicho por Vivés. Según Alarcón, él también estaba presente cuando en otra ocasión, a su regreso de Chile, Patricio

de la Guardia le confesó a un grupo de amigos que él había matado a Allende.

     No obstante, la versión de los hechos contada por Vivés y confirmada por Alarcón no es nueva. Un cable de la AFP fechado el 12 de septiembre de 1973, el día siguiente a los hechos, había informado que,

Según fuentes de la derecha chilena, el presidente Allende fue matado por su guardia personal en momentos en que pedía cinco minutos de cese al fuego para rendirse a los militares quienes estaban a punto de entrar al palacio de La Moneda.

     Por otra parte, lo único que explica que Castro no haya fusilado a Patricio de la Guardia cuando fusiló a su hermano gemelo Tony, es que Patricio posee información que, si se divulgara, sería altamente perjudicial para Castro.

     Todo oficial de inteligencia descubre, tarde o temprano, que trabaja para una organiza-ción corrupta, cuyo único fin es el beneficio material y la supervivencia de sus líderes. Cuando se dan cuenta de esto, los oficiales de inteligencia inteligentes se preparan para una traición proveniente de su propia organización y ponen a buen recaudo documentos comprometedores que, en caso de emergencia, puedan usar en contra de sus empleadores.

Estos son por lo general los oficiales de inteligencia que logran retirarse y mueren en su lecho. Muchos de los que no lo hacen sufren las consecuencias, algunos pagando con sus propias vidas. En este caso, Patricio demostró ser mucho más inteligente que su hermano Tony.

     En todo crimen, lo primero que hace un investigador es comprobar si el supuesto autor del mismo tenía el motivo, la habilidad, los medios, y la oportunidad para cometerlo, así como que era reincidente; es decir, si tiene la tendencia a cometer ese tipo de crimen en particular.

     Un somero análisis de los hechos demuestra que Fidel Castro tenía el motivo. Son muchos los que afirman que el triunfo de Allende echaba por tierra la teoría castrista de la lucha armada como única vía para implementar el socialismo en un país de América Latina. Por consiguiente, Castro tenía motivos sobrados para descarrilar el proceso democrático en Chile y deshacerse de Allende. Además, y esto es muy importante, como veremos más

adelante, Castro debe haberse sentido muy ofendido cuando, a sus ojos, Allende lo humilló.

     Castro también tenía la habilidad, es decir, era diestro en asesinatos políticos. Desde que ingresó a la Universidad de La Habana, se sumó a los grupos gansteriles que por esa época pululaban. Allí Castro descubrió que existía una vía rápida de deshacerse de sus enemigos.

También Castro poseía los medios. En los meses posteriores a la toma del poder por Allende, Castro había logrado infiltrar en Chile a miles de sus agentes, muchos de ellos miembros de sus fuerzas especiales. Algunos de estos agente terminaron engrosando las filas del GAP (Grupo de Amigos del Presidente), una especie de guardia personal para la protección de Allende. Por las valijas diplomáticas que enviaba a la embajada de Cuba en Santiago, Castro logró introducir ilegalmente al país cientos de armas y municiones de varios tipos.

     Castro también tuvo la oportunidad para cometer el asesinato de Allende. Esta oportunidad se la proporcionó el propio golpe militar. El caos imperante en La Moneda en los momentos en que los atacantes se disponían al asalto final creó las condiciones propicias para cometer el asesinato de Allende y encubrirlo tras una falsa muerte en combate o un falso suicidio.

     Los conspiradores de Wall Street siempre han buscado crear enemigos de los Estados Unidos que justifiquen la carrera armamentista de ese país, de la cual son ellos los únicos que se benefician, no el pueblo norteamericano. La tarea de Castro consistía en hacer de Allende otro enemigo más de los Estados Unidos — tal como hizo años después con el subagente Hugo Chávez. Pero el presidente chileno no era un gorila inculto como Chávez, sino una persona educada, inteligente, amante de las leyes de su país y, al parecer, tenía una idea bien diferente de la de Castro acerca del futuro de Chile.

     A fines de 1971 Castro fue de visita a Chile por una semana invitado por Allende, pero prolongó su visita por casi tres. Según comentarios hechos a sus colaboradores cercanos, algunos expresados durante el vuelo de regreso a Cuba, durante la visita Castro llegó a la conclusión de que Allende no iba a ser un dócil instrumento para sus fines. Castro comentó una y otra vez su escepticismo ante la posibilidad de una vía pacífica al socialismo en Chile bajo el liderazgo de Allende.

     Por otra parte, Allende también parece haber llegado a la conclusión de que la amistad con Fidel Castro no lo beneficiaba. Prueba de esto es su negativa a presentarse en el acto final de despedida a Castro en el Estadio Nacional y el hecho de que, contrariamente a lo que acostumbra el protocolo, no firmara una declaración conjunta con Castro al fin de su viaje.

     Cuando Castro le comunicó a sus amos de Wall Street el fracaso de sus intentos de incitar a Allende a tomar la vía de la revolución violenta, éstos decidieron que había que deshacerse del presidente de Chile. Para ello se valieron de su departamento especializado en subversión y guerra psicológica, la CIA, y de dos de sus más valiosos agentes: Henry Kissinger y Fidel Castro.

     La experiencia que obtuvo Kissinger con el asesinato de Allende le sirvió de mucho al planear el asesinato del Primer Ministro Aldo Moro en 1978. Por cierto, es probable que algunos de los miembros de las Brigadas Rojas que asesinaron a Moro siguiendo órdenes de la CIA hayan sido entrenados en Cuba.

     Varios asistentes de Kissinger han mencionado que a éste le preocupaba mucho más Allende en el poder en Chile que Castro en Cuba, porque, según Kissinger, “Allende era un ejemplo vivo de reforma social democrática en América Latina”, y porque el éxito de Allende dentro del proceso democrático podría “desencadenarse” con resultados como los de Europa, donde el Eurocomunismo, operando dentro de la democracia parlamentaria, lo preocupaba y también “lo asustaba”.

      El derrocamiento de Allende fue el puntillazo final que desacreditó total y definitivamente la teoría de la “coexistencia pacífica” formulada por el primer ministro soviético Nikita Jrushchov. Poco después del derrocamiento de Allende, Boris Ponomarev, Jefe del Departamento Internacional del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), expresó en un informe sobre los sucesos de Chile, que el comunismo debía prepararse “para contestar con violencia revolucionaria la violencia reaccionaria de la burguesía.” Esta afirmación indicaba que el régimen de Leonid Brezhnev había abandonado la doctrina de Jrushchov de la transición pacífica al socialismo en el Tercer Mundo en favor de una política de estrategia militar agresiva — tal como querían Castro, Kissinger y sus amos del CFR.

     Otro autor ha mencionado que, a resultas del golpe militar a Allende, “las tácticas soviéticas sufrieron grandes innovaciones” durante este período, tales como la declaración oficial de que los “frentes político-militares” modelados al estilo del M-26-7 de Castro, asumirían el papel de vanguardia revolucionaria previamente adjudicado a los partidos comunistas tradicionales.

     Se hace evidente que existía una coincidencia entre los objetivos de Kissinger y los Castro — ambos agentes clave de los conspiradores del CFR — en mantener la Guerra Fría lo más caliente posible.

     En cuanto a Castro, no sólo cumplió la orden a cabalidad, sino que lo hizo con gusto. En primer lugar, por su odio irracional hacia todo jefe de Estado. En segundo lugar, por la humillación a que lo sometió Allende cuando se negó a asistir al acto en el estadio. No hay que olvidar que Castro es una persona que nunca perdona una humillación, real o imaginaria.

     Fidel Castro tuvo un papel decisivo en minar el gobierno de Allende. En primer lugar, porque organizó, financió y armó al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, un grupo izquierdista radical que trataba de implantar el socialismo en Chile por medio de actividades criminales violentas, tales como el terrorismo, asaltos a bancos y asesinatos. En segundo lugar, porque Castro también colaboró y dio armas y entrenamiento militar a los miembros de extrema izquierda del propio partido de Allende.

     Al momento del golpe, había en Chile cerca de 13,000 extranjeros, la mayor parte de ellos cubanos, que habían entrado ilegalmente al país. Estos extranjeros estaban creando un ejército paralelo que pudiera oponerse a las fuerzas militares regulares chilenas. Muchos de estos cubanos lograron ocupar posiciones administrativas importantes en oficinas del Estado chileno.

     La embajada cubana en Santiago había acreditado 42 diplomáticos, en contraste con sólo seis en la embajada de Chile en La Habana. Durante el año del golpe, 987 cubanos visitaron Chile en misiones diplomáticas o comerciales. Se sabe que muchos de ellos intervinieron en actividades políticas y económicas del gobierno chileno, particularmente las relacionadas

con la presidencia de la República. La mayor parte de los instructores y líderes de los grupos paramilitares eran cubanos o habían sido entrenados en Cuba.

     Más tarde, con su visita oficial a Chile de una semana que prolongó por 21 días, precisa-mente en el momento crítico en que el gobierno de la Unidad Popular enfrentaba una fuerte oposición de la centroderecha, el huésped inoportuno e injerencista causó aún más problemas. Durante tres semanas, en un esfuerzo por causar el mayor daño posible al gobierno de Allende, Castro se paseó por Chile alabando en concentraciones las medidas

radicales de su propio régimen, criticando la democracia parlamentaria, enseñando cómo se hace una revolución marxista, y ganándose la animadversión de los conservadores y los militares.

     Al despedirse del pueblo chileno durante su discurso en un acto en el Estadio Nacional — al que Allende como muestra de su disgusto no asistió —, Castro declaró, en una evidente crítica a Allende, “Regreso a Cuba más revolucionario y extremista de lo que vine.”

     En realidad Castro estaba haciendo lo que siempre ha hecho con gran éxito en favor de sus amos del CFR: actuar como agente provocador, impulsando a otros por caminos no deseados. Mientras expresaba en público su apoyo a Allende, tras bastidores manipulaba a militantes extremistas entrenados en Cuba para que presionaran a Allende desde la extrema izquierda.

     El resultado inmediato del trabajo de Castro como agente provocador al servicio de los banqueros de Wall Street en estrecha coordinación con la CIA no se hizo esperar. El mismo día de su despedida, miles de mujeres de la oposición se lanzaron a la calle a protestar, batiendo con furia sus cacerolas como protesta por la creciente falta de suministros. Por su parte, algunos de los miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), trataron de reprimir a las mujeres lanzándoles piedras. Castro había destruido en unas pocos día la precaria paz entre los grupos divergentes que tanto tiempo y trabajo le había costado a Allende lograr.

     No conforme con haber hostigado y conspirado contra Allende en vida, Castro también trató de manipularlo para sus fines ocultos después de muerto. En un discurso que pronunció en La Habana el 28 de septiembre de 1973, Castro le contó al mundo la falsa historia de que Salvador Allende había caído en La Moneda combatiendo con el fusil que él mismo le había regalado.

     Pero tal parece que el odio de Fidel Castro hacia los Allende no se limitó al Presidente. Poco tiempo después se dio a conocer que Beatriz “Tati” Allende se había suicidado en La Habana dándose un tiro con la pistola de su esposo, Luis Fernández de Oña, oficial de la Seguridad cubana. No pasó mucho tiempo antes de que Laura, la hermana de Allende, también se suicidara al lanzarse del piso 16 del apartamento donde vivía en la barriada del Vedado.

     Un hecho que pone de manifiesto el lado malvado oculto de Fidel Castro es su conducta en relación con “Tati” Allende. Beatriz Allende ,“Tati”, era la colaboradora más próxima al presidente, y dirigía el equipo de la secretaría privada en el Palacio de La Moneda. A fin de usarla para sus fines, Fidel Castro designó al apuesto cubano Luis Fernández de Oña (alias “Demid”) para que se hiciera pasar por diplomático, la sedujera, y se casara con ella para controlarla y obtener información.

     Después del golpe militar, Beatriz marchó al exilio en Cuba con su esposo. Pero, una vez allí, Fernández de Oña volvió con su primera esposa, y le explicó a Beatriz que nunca la había querido y que se había casado con ella siguiendo órdenes superiores. Como se puede apreciar, el tratamiento de Castro hacia la hija de Allende, que se inició mucho antes de las primeras diferencias entre Castro y Allende, no fue amistoso, sino traicionero y hostil. Sin embargo, esto no es sorprendente, sino que marca un estilo de comportamiento típico de Fidel Castro. Muchos que lo han conocido de cerca afirman que Castro no tiene amigos, y que usa a los que lo rodean como fichas en su juego secreto, y luego las descarta cuando le conviene sin siquiera un asomo de escrúpulos.

     Después de conocer el papel cardinal que jugó Fidel Castro en la desestabilización, el derrocamiento, y posiblemente en la eliminación física de Salvador Allende, sería un error pensar que sus motivos fueron tan sólo personales.

     Es cierto que el modelo chileno del socialismo estaba en contradicción con el modelo castrista de la vía violenta. También es cierto que Allende humilló a Castro, y éste no perdona las humillaciones. Pero lo más probable es que Fidel Castro haya recibido las órdenes de eliminar a Allende de sus verdaderos amos: los banqueros de Wall Street que siempre han sido los verdaderos promotores secretos de la revolución violenta.

     En realidad el derrocamiento y asesinato de Allende había sido dictado el 16 de septiembre de 1970, 12 días después que Allende ganó las elecciones y esperaba por la confirmación del Congreso chileno. La orden la mencionó el agente criminal internacional Henry Kissinger, portavoz de los banqueros, en una conferencia de prensa que ofreció en Chicago como asistente especial de la Casa Blanca en asuntos de seguridad nacional.   Según Kissinger, si Allende era confirmado, un régimen comunista surgiría en Chile, y pronto Argentina, Bolivia y Perú seguirían el ejemplo.

     Por supuesto, que no hay que dejarse engañar con el lenguaje de Kissinger. La creación de un régimen “comunista” en Chile, y que el ejemplo cundiera en América Latina, era precisamente el sueño dorado de los banqueros y del complejo militar-industrial norteame-ricano, siempre en busca de enemigos.

     Sin embargo, para sorpresa de los banqueros, y a pesar de los esfuerzos de su agente Fidel Castro, Allende se negó a implementar en Chile el régimen comunista con el que soñaban los conspiradores del CFR. Se sospecha que las operaciones desestabilizadoras de la CIA en Chile fueron autorizadas por el súper secreto “Comité de los 40”, que dirigía Kissinger en el Consejo de Seguridad Nacional. Es bueno recordar que el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y la CIA fueron creados en 1947 por los banqueros para sus propios fines secretos. Al tener en sus manos el control de la CIA, del NSC, y del Departa-mento de Estado — del cual ya se habían apoderado desde hacía muchos años —, los banqueros lograron establecer un control casi total sobre el gobierno de los estados Unidos.

     En una melosa carta que le escribió a Fidel Castro en el 2007,276 Gloria Gaitán le expresó su profundo amor al tirano asesino caribeño. En su obcecación, Gloria se ha esforzado en ignorar los múltiples indicios que apuntan hacia Castro como participante activo en el asesinato de su padre. Más aún, ha ignorado la posible participación de Fidel Castro en el asesinato de su amante, Salvador Allende.

     Pero Gloria Gaitán no es un caso aislado. Paradójicamente, Fidel Castro siempre ha contado con el apoyo no sólo de los conspiradores imperialistas de Wall Street, sino también de los incautos antiimperialistas que se oponen al llamado “imperialismo norteamericano” — que no es sino el imperialismo de los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street que controlan ese país. Esto explica en cierta manera el por qué estos “antiimperialistas” de pacotilla han perdido todas las batallas. Para ellos, el libro de Sun Tzu El Arte de la Guerra debía ser lectura obligatoria.

     Según Sun Tzu, sólo quien conoce a su enemigo y se conoce a sí mismo ganará todas las batallas. Desafortunadamente, la mayoría de quienes luchan contra el “imperialismo norteamericano” desconocen quién es su verdadero enemigo y quiénes son sus agentes secretos.