domingo, 25 de junio de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-CUARTA PARTE-EL NUEVO ORDEN MUNDIAL-PARTES 1-2-3-4-



CUARTA PARTE:

EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Tendremos un Nuevo Orden Mundial, gústeles o no les guste, ya sea por la fuerza o por consentimiento. — James Warburg

     La Guerra Fría fue la excusa que crearon los conspiradores genocidas de Wall Street para justificar sus agresivas políticas imperialistas contra América Latina y el resto del mundo. Con el apoyo de una prensa sumisa y lacaya, usaron técnicas de guerra psicológica para lavarle el cerebro al pueblo norteamericano a fin de que aceptara y abrazara esas políticas destructivas. A pesar de que el comunismo era un desastre económico total, la Unión Soviética, mantenida gracias a la ayuda que los conspiradores le brindaban tras bastidores, jugó un papel cardinal como el monstruo agresivo creado artificialmente por los conspiradores para aterrorizar al mundo y mantenerlo bajo su control.

     Pocas semanas después de haber tomado el poder en Cuba en enero de 1959, Fidel Castro viajó a Buenos Aires, donde asistió a una sesión de la Asamblea Económica de los Países de América Latina. El 2 de mayo Castro pronunció un largo discurso en el que expuso “su” idea de la necesidad de crear un mercado común latinoamericano y de que los EE.UU. debían ayudar económicamente a los países de América Latina. Los delegados recibieron la sugerencia con risas y burlas.

      Unos meses después, en un discurso que pronunció en el Parque Central de New York durante su primera visita oficial a los EE.UU., Castro mencionó de nuevo “su” idea. Según Castro, los EE.UU. debían crear un Plan Marshall para América Latina para evitar el peligro del comunismo.

      
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 Como era de esperarse, nadie le hizo caso a su descabellada sugerencia. Sin embargo, menos de dos años después, el presidente Kennedy, siguiendo la sugerencia de sus asesores, todos ellos miembros del CFR, creó la Alianza Para el Progreso — que era exactamente el Plan Marshall que Castro había mencionado. Diez años después, en la primavera de 1957, los delegados a una conferencia hemisférica llevada a cabo en Montevideo tomaron la decisión de crear un mercado común latinoamericano. Todo indica que ambas medidas no fueron concebidas en la cabeza de Fidel Castro, sino en la Harold Pratt House en Manhattan, sede del CFR.

       La Alianza Para el Progreso conllevaba no sólo ayuda económica que, como siempre, fue a parar a los bolsillos de los políticos corruptos y endeudó a los pueblos, sino también medidas de contrainsurgencia. Como resultado de la Alianza, poco después los EE.UU. crearon la Escuela de Guerra de Guerrillas (Jungle Warfare School) en la zona del canal de Panamá, cuyo currículo incluía el entrenamiento en el uso de la tortura como medio de obtener información.

1. La CIA al rescate

      Cuando Tad Szulc publicó su biografía de Castro en 1986, la afirmación de que la CIA le había suministrado fondos cuando estaba en las montañas de la Sierra Maestra causó algún revuelo. No obstante, esto no fue una sorpresa para quienes habían leído el libro del ex embajador norteamericano en Cuba Earl T. Smith, El cuarto piso, en el que narra con lujo de detalles cómo el jefe de la CIA en la embajada, así como casi todos sus oficiales, eran furibundos procastristas. También es sabido que el cónsul norteamericano en Santiago de Cuba, quien también era oficial de la CIA, se entrevistó con Castro en la Sierra en varias ocasiones y le suministró abundantes fondos y algunas armas procedentes de la base de Guantánamo. Fueron los oficiales de la CIA en la embajada norteamericana quienes pusieron a Castro en contacto con el influyente periodista norteamericano Herbert Matthews, miembro del CFR.

       La entrevista que Matthews le hizo a Castro, aparecida en el New York Times, en la que lo describió como un nuevo Bolívar y un Robin Hood caribeño, fue la que lo proyectó al ámbito internacional. Esto le abrió las puertas a Castro para más entrevistas en otros medios de prensa norteamericanos, las que modelaron su imagen de un héroe idealista en lucha contra un pérfido dictador. Sin pasar por alto los elementos de racismo subyacentes

en esta imagen hollywoodense — Batista era de baja estatura, piel oscura y de origen muy humilde, en tanto que Castro era alto, blanco, e hijo de un terrateniente adinerado y explotador de los trabajadores —, hay que recordar que pocos años después estalló un escándalo cuando se supo que la CIA controlaba los más importantes medios de difusión de los Estados Unidos, en particular el New York Times.

      En abril de 1959, en la primera visita que hizo a los E. U. después de haber tomado el poder unos meses antes, Castro fue invitado a la Harold Pratt House, sede del Consejo de Relaciones Exteriores, donde disertó sobre “Cuba y los Estados Unidos”. Allí Castro fue recibido efusivamente por Nelson y David Rockefeller y otros altos representantes del gobierno invisible de los Estados Unidos. La visita fue totalmente ignorada por la prensa norteamericana.

      Sin embargo, muchos años después el propio David Rockefeller la mencionó públicamen-te. En sus Memorias, David escribió,

Por más de un siglo, extremistas ideológicos a ambos extremos del espectro político se han valido de algunos incidentes bien conocidos, tales como mi entrevista con Castro, para atacar a la familia Rockefeller por la gran influencia que, según ellos, ejercemos sobre las instituciones políticas y económicas de los EE.UU.

     Según un testigo presencial, la recepción no fue totalmente amistosa, pues algunos miembros del CFR, quienes al parecer ignoraban la relación secreta entre Castro y los Rockefellers, criticaron ácidamente al líder cubano.  Pero es probable que haya sido en esa reunión privada con Nelson y David Rockefeller cuando Castro les puso las cartas sobre la mesa y les dijo que, en lo adelante, trataría directamente con ellos y no a través de la CIA.

      Una vez que Castro tomó el poder en Cuba, la CIA comenzó a hostigar al régimen, pero siempre mostrando una ineptitud abismal — que contrasta con la gran eficiencia demostra-da en evitar que cubanos anticastristas, por la libre, asesinaran a Castro. Son de todos conocidos los alegatos de Castro de las innumerables veces que la CIA ha tratado de asesinarlo, lo cual ha sido corroborado por la CIA. El problema en aceptar tales afirmacio-nes es que esto no ha sido confirmado por terceras personas, y tanto Castro como la CIA han demostrado ser fuentes de información poco confiables.

     A los pocos meses de haber tomado el poder, Castro inició un agresivo acercamiento a la Unión Soviética. Por su parte, los soviéticos, que pecaban de desconfiados, no recibieron con beneplácito los intentos de Fidel. Y, ¿quién vino al rescate? Pues la propia CIA, con la invasión de Bahía de Cochinos.

      Antes de la invasión de Bahía de Cochinos, había en la Florida más de una docena de organizaciones anticastristas conspirando activamente para derrocar a Castro por la vía armada; varios grupos de guerrillas anticastristas se habían hecho fuertes y controlaban casi todo el territorio de las montañas del Escambray, en la región central de Cuba; y un vigoroso movimiento clandestino anticastrista en las ciudades tenía en jaque al gobierno de

Castro, mediante resistencia cívica, huelgas y sabotaje.

      Entonces fue cuando la CIA, so pretexto de una mejor coordinación, consolidó bajo su control todas las organizaciones anticastrista de la Florida en una sola, le cortó la ayuda que le habían venido brindando y abandonó a su suerte a las guerrillas en el Escambray, y dejó en el limbo al movimiento urbano sobre lo que planeaban. Ese fue el preciso momento en que la CIA lanzó la invasión, con el resultado que todos conocemos.

       De modo que la CIA primero consolidó todos los grupos anticastristas en uno sólo, y luego lo decapitó de un sólo tajo. Por su parte, Castro aprovechó la invasión como pretexto para desatar una violenta represión contra los grupos de resistencia urbana y los eliminó por completo. Poco después, cuando la CIA dejó de enviarles armas y municiones, Castro lanzó una gigantesca ofensiva militar contra los grupos guerrilleros del Escambray, que aniquiló poco después.

      Lejos de ser una fracaso, la invasión de Bahía de Cochinos fue un rotundo éxito, pues logró con creces el objetivo secreto que se proponía, que era consolidar a Castro en el poder y dorarle la píldora a los soviéticos para que se lo tragaran. En una conferencia que pronunció en la Universidad de Kansas, Sergei, el hijo de Nikita Jrushchov, cuenta como, inicialmente, su padre y otros líderes soviéticos tenían grandes sospechas de que Castro era un agente de los EE.UU.6 La victoria de Bahía de Cochinos fue el hecho decisivo que los convenció de la bona fides de Castro. Craso error.

2. Castro y los soviéticos

     Mucho se ha escrito sobre si Castro se lanzó en los brazos de Moscú a motu propio, o si fue Washington quien, con sus errores, lo impulsó en esa dirección. Un cable desclasificado hace unos años, fechado el 29 de octubre de 1959, indica que ninguna de esas dos alternativas es cierta. Ni Castro se acercó a los soviéticos siguiendo su propia iniciativa, ni los errores de los EE.UU. lo impulsaron a hacerlo. Por el contrario, todo fue parte de un plan

concebido por los conspiradores del CFR para hacer caer a Jrushchov en una trampa.

      La prueba de esto es un telegrama secreto, enviado a su país por el embajador británico en Washington, Sir Harold Caccia, donde menciona las veladas amenazas de Castro de “adquirir aviones de combate detrás de la cortina de hierro” si Gran Bretaña no se los vendía. Como siguiendo un bien ensayado guión de cine, el propio embajador, en otro cable fechado el 24 de noviembre de 1959, menciona los esfuerzos de Allen Dulles (el director de la CIA), para evitar que Gran Bretaña le vendiera aviones de combate a Castro “y así los cubanos se vean forzados a adquirirlos en el bloque soviético”. Esos cables secretos son prueba fehaciente de que el acercamiento de Castro a los soviéticos no fue el resultado de “errores” de la política norteamericana, sino de un plan cuidadosamente elaborado por los conspiradores cuyo objetivo era infiltrar a Castro en las filas del bloque soviético.

      Lo que motivó este plan fue la doctrina de coexistencia pacífica enunciada por el Primer Ministro de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov.

      A comienzo de los años 50, un suceso inesperado amenazó con destruir los planes que los conspiradores habían delineado tan cuidadosamente. Nikita S. Jrushchov se convirtió en el líder de la Unión Soviética. Desafortunadamente para los conspiradores, Jrushchov tenía una idea innovadora sobre cómo conducir la política exterior soviética. La llamó “coexisten-cia pacífica”, y había decidido llevarla a cabo.

      Es muy significativo que, una vez que logró infiltrarse en el campo socialista, lo primero que hizo Castro fue emprender una lucha denodada en favor de la lucha armada y en contra de la coexistencia pacífica. Esto se evidenció claramente durante la Conferencia Triconti-nental, la que Castro manipuló a su favor y convirtió en una derrota ideológica para los soviéticos.

     Me imagino que el mensaje del Che, instando a crear “dos, tres, muchos Vietnams”, fue como música celestial para los oídos de los generales del Pentágono y los banqueros de Wall Street que lucran con las guerras.

     Después, con la complicidad tácita de los EE.UU., que se hizo de la vista gorda, Castro se las arregló para arrastrar a los soviéticos en sus improductivas aventuras militares en África y América Latina. ¿Cual ha sido el balance de cuatro décadas de intervención castrista en nuestro continente? Pues la desestabilización de muchos gobiernos democrá-ticos, la destrucción de los partidos comunistas tradicionales, el fracaso de los movimientos guerrilleros en Latinoamérica8 y la eliminación de los grupos radicales, como los Panteras

Negras, los Macheteros y los Weatherman, en los Estados Unidos. Castro no sólo traicionó a Francisco Caamaño, al Che Guevara, a la comandante Ana María, a Cayetano Carpio, y a muchos otros cuya enumeración harían la lista interminable, sino que también desestabilizó el gobierno de Allende, y proveyó así a la CIA con el pretexto necesario para derrocarlo.

      Más recientemente, en mayo del 2001, fiel a su papel de agente provocador al servicio de los intereses del complejo militar-académico-industrial y los banqueros de Wall Street, ahora altamente preocupados por la desaparición de la Unión Soviética, Castro dio un largo periplo en el que visitó varios países musulmanes de Asia y el Medio Oriente, donde incitó a

los incautos a “derrocar al rey imperialista” quien, según él, ya estaba de rodillas.

      La respuesta no se hizo esperar. El 11 de septiembre, en parte gracias a los buenos esfuerzos de Fidel Castro, los banqueros de Wall Street y los generales del Pentágono respiraron tranquilos después de haber hallado un excelente substituto para remplazar la desaparecida Unión Soviética. La llamada “Guerra contra el Terrorismo” promete ser aún más lucrativa que la Guerra Fría.

      Si prestamos atención a los hechos y no a las palabras, se evidencia que Fidel Castro ha sido una especie de sueño dorado concebido por los banqueros de Wall Street. Algún día, cuando aparezcan las piezas clave de este rompecabezas que es Fidel Castro, se escribirá la historia verdadera y el tirano caribeño sin duda pasará a ser considerado el más pro yankee de los presidentes cubanos; el mayor benefactor de los monopolios capitalistas que dice odiar.

      Castro ha tenido gran éxito en engañar tanto a sus enemigos como a sus amigos. Haydée Santamaría, una de las dos mujeres que participó en el ataque al cuartel Moncada, descubrió tardíamente que Castro la había engañado y, simbólicamente, se suicidó un 26 de julio, fecha de la conmemoración del ataque. El Che lo descubrió pocos días antes de su debacle en Bolivia, lo que se refleja en las últimas páginas de su diario. Y me aventuro a decir que la urgencia de la CIA por deshacerse del Che fue para evitar que éste hablase y llegara a conclusiones comprometedoras tanto para Castro como para la CIA.

      A estas alturas, y después de más de medio siglo de palabrería hueca en discursos que llenan decenas de volúmenes, aún no sabemos a ciencia cierta quién es realmente Fidel Castro. En tanto se descubre la verdad, y no me cabe la menor duda de que un día muy cercano la descubriremos, sólo hay algo de lo que podemos estar seguros: el gran mentiroso no es nada de lo que dice ser.

3. Los soviéticos y Castro

      Después de la supuesta derrota de Jrushchov en la crisis de los cohetes, la mayoría de los norteamericanos pensaron que el honor del país, gravemente dañado en la Bahía de Cochinos, había sido restablecido. El enfrentamiento con Jrushchov le dio a Kennedy la oportunidad de demostrar al mundo que ahora había un tipo duro en la Casa Blanca, capaz de derrotar a un adversario poderoso e inteligente y resultar el triunfador indiscutible en una confrontación en la tradición de lo mejor del cine de vaqueros de Hollywood. Sin embargo, con el paso del tiempo y en particular por la creciente desilusión con la guerra en Vietnam, algunos comentadores políticos empezaron a asumir una visión más crítica sobre cómo el Presidente Kennedy se había comportado en la crisis de los cohetes en Cuba.

      Los derechistas, que veían el gobierno de Castro en Cuba como una amenaza continua para la seguridad estadounidense, atacaron a Kennedy por el precio pagado por los EE.UU. para que los soviéticos retiraran sus cohetes: según algunos, un acuerdo espurio de no invadir a Cuba. Algunos críticos luego comentaron que Kennedy había perdido una oportuni-dad caída del cielo para eliminar a un enemigo peligroso demasiado cerca de las costas de los EE.UU. Nixon llegó al extremo de afirmar que, al convertir una victoria segura en un empate, Kennedy se había plegado a los deseos de los pacifistas.

      Los izquierdistas también pronto comenzaron a cuestionar la decisión de Kennedy de renunciar a la diplomacia tradicional en el tratamiento del caso de los cohetes en Cuba, particularmente cuando se negó a considerar la idea de un intercambio de obsoletos misiles norteamericanos en Turquía por los cohetes soviéticos en Cuba — hasta que años después se descubrió que eso había sido exactamente lo que Kennedy había hecho. La nueva izquierda radical dio un paso más y denunció que tal vez la supuesta victoria de Kennedy no había sino un mero accidente, sino el resultado de una trampa que el Presidente había tendido para atrapar a Jrushchov.

     De cualquier forma, el éxito aparente del presidente Kennedy en obligar a Jrushchov a desmantelar las bases y retirar los misiles de Cuba, sin duda fue comprometido por la negativa rotunda de Castro a permitir que los especialistas de la ONU inspeccionaran las bases de cohetes in situ. Los republicanos aprovecharon la oportunidad para sugerir que la negativa de Castro en realidad había sido una señal de que la presencia militar de Rusia en Cuba se había reanudado y que no todos los cohetes “nucleares” habían sido retirados — un argumento que encontró eco entre algunos cubano-americanos de la Florida.

     En definitiva, y contra todos los consejos, Kennedy no sólo no hizo nada para castigar la acción soviética, aparentemente destinada a infligir un golpe mortal a los Estados Unidos, sino que también le hizo a Jrushchov una insólita promesa de no invasión, incluso negándo-se a reclamar el status quo ante. Durante su campaña presidencial el candidato Kennedy había proclamado en varias ocasiones lo que pensaba hacer para ayudar a los cubanos en los EE.UU. a detener la carrera de Castro hacia el comunismo.

     Pero después de la crisis de los misiles, Kennedy, ahora como presidente, terminó haciendo las mismas cosas que había criticado cuando era candidato y continuó hostigando aún más a los cubanos anticastristas en la Florida.

     Por su parte, Castro llegó a la conclusión de que él había sido el verdadero ganador de la crisis de los cohetes. No sólo porque había rechazado las demandas de los Estados Unidos, la Unión Soviética y las Naciones Unidas y no había habido ninguna inspección de Cuba, sino también porque el pacto secreto entre Kennedy y Jrushchov le había garantizado la permanencia en Cuba sin ser molestado. Lo único que no encaja en ese razonamiento es que el famoso pacto secreto entre Kennedy y Jrushchov no existe.

     Uno de los grandes mitos que explican la impotencia de los EE.UU. ante el supuesto antiamericanismo de Castro es la existencia del Pacto Kennedy-Jrushchov. Pero, contraria-mente a lo que se afirma, una abrumadora evidencia indica que este “pacto” nunca ha existido. El problema mayor sobre la existencia de tal documento es que todo acuerdo conlleva un compromiso de ambas partes en hacer o no hacer algo. Según el mito, Jrushchov se comprometió a retirar los cohetes nucleares de Cuba a cambio de que los EE.UU. se comprometiera a no invadir la isla. Sin embargo, la evidencia confirma que nunca hubo cohetes nucleares soviéticos en Cuba, de modo que el acuerdo significaba que Kennedy había concedido algo a cambio de nada.

     Pero hay aún más elementos que confirman que el famoso pacto no pasa de ser un mito. En 1970, el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger, preocupado ante el descubrimiento de que los soviéticos estaban construyendo una base de submarinos cerca de Cienfuegos, en la costa sur de Cuba, puso a todos sus empleados a buscar el famoso documento con el pacto, pero éste no apareció por parte alguna. Más aún el pacto tiene el

dudoso honor de ser el único acuerdo que comienza a ser aplicado antes de que haya sido firmado por ambas partes, porque el hostigamiento del gobierno de los EE.UU. a los cubanos anticastristas en ese país comenzó poco después de la invasión de Bahía de Cochinos, un año y medio antes de que comenzara la crisis de los cohetes.

     De modo que todo indica que el inexistente Pacto Kennedy-Jrushchov no fue más que un pretexto para justificar lo injustificable. Desgraciadamente, algunos cubanos anticastristas en la Florida, incapaces de aceptar que sus buenos amigos norteamericanos los hayan traicionado una y otra vez, todavía mencionan el Pacto inexistente, aún después de la caída de la Unión Soviética. Sin embargo, si todos los presidentes norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, no han querido deshacerse de Castro, esto no se debe a que un pacto inexistente se los haya impedido, sino a razones secretas que tienen que ver con la relación directa entre Castro y los conspiradores de Wall Street en control del gobierno de los EE.UU.

     Después de la crisis de los cohetes, Jrushchov, a fin de no perder todo su capital político, hizo considerables esfuerzos para reparar sus relaciones con Castro. Cuba recibió ayuda adicional de la URSS, así como promesas de apoyo político y militar. Después de la visita de Castro a la Unión Soviética en mayo de 1963, se estableció una aparente armonía en las relaciones entre los dos países. Cuba fue finalmente admitida como miembro de pleno derecho en la comunidad comunista. Castro dejó de criticar a los soviéticos, al menos en público, por su actuación en la crisis de los cohetes y a los partidos comunistas prosovié-ticos en América Latina por su pasividad ante el imperialismo yanqui.

     Sin embargo, esta armonía resultó ser de corta duración. Castro aún estaba determinado a demostrar su independencia y promover el castrismo en América Latina. Para disgusto del Kremlin, Castro se aprovechó del conflicto entre China y la Unión Soviética, proclamando su intención de mantener los lazos con todos los Estados socialistas, inclusive con China.

     Para colmo de males, el 7 de octubre de 1963, el delegado de Cuba ante la ONU informó a la Asamblea General que Cuba no iba a firmar el Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares, desafiando así el deseo de la Unión Soviética de lograr el apoyo cubano al tratado. Esta acción no debe ser vista sólo como un intento de mortificar a los soviéticos. De hecho, Castro había expresado claramente en varias ocasiones que él nunca renunciaría a

su derecho a tener todo tipo de armas de destrucción masiva.

     Los signos de aumento de la tensión con Castro continuaron cuando éste rechazó abiertamente la política soviética de coexistencia pacífica. Para contrarrestarla, Castro puso en marcha en mayo de 1966 su propia tesis de la nueva construcción paralela del socialismo y el comunismo. Como contramedida, los rusos le apretaron aún más el cinturón económico a la isla. Ese mismo mes, Castro le informó al pueblo cubano que, si se produjera

una agresión, se quedarían solos para defenderse, pues los soviéticos no harían nada por ayudarlos. Una muestra más de que los soviéticos continuaban apretando la tuerca fue que el tratado comercial de 1967 entre ambas naciones no fue satisfactorio para Cuba y que la Unión Soviética se negó a aumentar los envíos vitales de petróleo a la isla.

     No obstante, cumpliendo con su autoproclamado papel de protector de la conciencia revolucionaria de los comunistas en todo el mundo, y a pesar de su dependencia económica y militar de la URSS, Castro entró en disputas no sólo con los partidos comunistas de América Latina y de China, sino con la propia Unión Soviética. En un acto de soberbia e ira, expulsó a Volodia Teitelboim, uno de los más respetados líderes del Partido Comunista de Chile, de la tercera conferencia afro-asiática de la Organización Popular de Solidaridad que se celebraba en La Habana.

      Fiel a su papel secreto de agente provocador al servicio de los conspiradores del CFR, luego criticó fuertemente a los chinos y los soviéticos por su políticas timoratas con relación a Vietnam, y en varias ocasiones se ofreció a enviar a los cubanos a luchar en la guerra — una oferta que los vietnamitas declinaron con mucho tacto. Por otra parte, Castro utilizó al escritor francés Regis Debray como portavoz para divulgar su propia teoría de la revolución de inspiración fascista— el foquismo revolucionario — que era incluso más extremista que la de los chinos y, por supuesto, completamente inaceptable para los soviéticos.

     El papel que Castro ha tenido en la política exterior de Cuba, y la forma en que esta ha afectado al mundo es muy difícil de explicar, a no ser que uno llegue a la conclusión de que Castro no es lo dice ser. Por ejemplo, durante los años que siguieron a su polémica con los soviéticos Castro pareció adoptar la línea china que abogaba por la lucha armada como el único medio para alcanzar el poder político. Pero, paradójicamente, los chinos nunca entendieron por qué Castro apoyaba a los soviéticos en algunos temas, y siempre lo consideraron un agente de Moscú. La evidencia de las diferencias entre China y Cuba se puso de manifiesto durante la Conferencia Tricontinental celebrada en La Habana en enero de 1966, cuando Castro atacó violentamente a la dirigencia china y denunció la negativa de

China de aumentar la cantidad de envíos de arroz a Cuba.

4. Fidel Castro y la América Latina

     El propio Castro expresó públicamente su oposición a la línea política soviética en un discurso en la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), celebrada en La Habana en 1967. En su discurso, Castro se refirió a una “mafia de los calumniadores y difamadores de la Revolución Cubana” en el movimiento comunista, en clara alusión tanto a los comunistas cubanos pro soviéticos, como a los comunistas de la vieja guardia en América Latina, en la URSS y en sus satélites de Europa del este.

     Coincidiendo con el empeoramiento de las relaciones chino-cubanas, y continuando con su papel de agente provocador para calentar la Guerra Fría, Castro estuvo en total desa-cuerdo con los soviéticos sobre los medios de promover el comunismo en América Latina. Tanto los soviéticos como sus títeres, los partidos comunistas latinoamericanos, estaban opuestos a la violencia, mientras que Castro defendió furiosamente la insurgencia armada.

     En 1967 Castro prácticamente ya había arrebatado el control de los movimientos comunistas en América Latina de las manos de los desacreditados partidos comunistas pro soviéticos. Por su parte, los rusos no podían hacer nada abiertamente en contra de su nuevo competidor sin dañar su prestigio, ahora tan fuertemente comprometido a apoyar el régi-men castrista, al que los revolucionarios crédulos y tercermundistas ingenuos consideraban

como el único régimen verdaderamente marxista y comunista en el mundo occidental.

     Es cierto que los soviéticos le estuvieron suministrando a Cuba armas pesadas y equipo militar, pero haber visto a Castro como un simple peón de los rusos es un error. Un breve análisis de la política exterior cubana desde 1959 muestra que siempre fue una copia al carbón de la norteamericana.

     Castro siempre le envidió a los Estados Unidos el uso de la fuerza como medio de obtener resultados. Más aún, Castro siempre ha envidiado el imperialismo norteamericano. Tal como señaló un estudioso de las ciencias políticas, el profesor Jorge Domínguez, “Cuba es un país pequeño, pero tiene la política exterior de un país grande.” El hecho fue observado también por el profesor Irving Louis Horowitz, quien señaló que, “al menos con respecto a inmis-cuirse en los asuntos de otras naciones, Cuba sobrepasa cualquier nación del hemisferio occidental aparte de los Estados Unidos.”

      Estos dos investigadores tienen razón. En los 60 años de gobierno de Castro, la política exterior de Cuba ha sido un calco de la política exterior de Estados Unidos, con guerras imperialistas, intervenciones militares, apoyo a tiranos corruptos, acción encubierta, asesi-nato de líderes y desarrollo de armas bacteriológicas de destrucción masiva. La envidia que Castro siempre ha sentido por los EE.UU. lo convirtió en un imitador. Por desgracia, Castro sólo ha copiado los peores aspectos de los Estados Unidos, los que parece que ama desde lo más profundo de su corazón.

     De lo que ambos profesores al parecer no se percataron, es que Castro ha logrado todos esos éxitos políticos y militares gracias al apoyo oculto que le han brindado los conspirado-res del CFR.

     Aunque Castro no ha sido muy eficaz en la promoción de sus objetivos revolucionarios en América Latina, no fue por falta de intentarlo — o, al menos, por parecer intentarlo. Castro afirmaba que creía firmemente que había llegado el momento de que ciertos elementos de la izquierda antinorteamericana en América Latina tomaran el poder. Pero, conociendo quie-nes son sus verdaderos amos, es difícil de creerlo.

     Sin embargo, los soviéticos, así como la mayoría de los líderes de los partidos comunistas latinoamericanos, no sólo no compartían la idea, sino que temían que Castro no era un promotor legítimo de la versión soviética del comunismo, sino de su propio tipo de castrismo — que en realidad no es sino una versión tropical del fascismo. No obstante, por temor a ser

criticados por la izquierda latinoamericana, los soviéticos se vieron obligados, al menos superficialmente, a limar asperezas con el autonombrado “comunista” caribeño.

     Es muy significativo que, desde la época de Hitler, ningún líder nacional había hablado tan abiertamente como Fidel Castro sobre sus ambiciones de poder, su deber histórico de llevar a cabo el destino de alguna parte del mundo, la manera de destruir a sus enemigos, y sus planes para lograr sus objetivos. Sin embargo, las amenazas de Hitler y los hechos funestos

que luego acontecieron fueron considerados principalmente la obra de un psicópata irres-ponsable, mientras que las palabras de Castro todavía parece tener sentido para millones de incautos latinoamericanos, cegados por su comprensible antiamericanismo.

     El hecho más curioso es que la mayoría de los seguidores y defensores de Castro, tanto en América Latina como en los EE.UU., ya sean de izquierda o liberales, se llaman a sí mismos “progresistas”. Al parecer no están conscientes de que, con su apoyo a Castro, en realidad están profanando la filosofía del izquierdismo y el liberalismo. ¿Cómo alguien que se considera a sí mismo de izquierda y que estaba en contra de Pinochet, también puede ser pro Castro? La única conclusión que cabe extraer es que algo anda mal con la izquierda latinoamericana y norteamericana.

     Desde que tomó el poder en Cuba en 1959, Fidel Castro no ha cesado de trabajar para sus amos del CFR, inicialmente a través de la CIA y luego directamente. En pago por sus importantes servicios, estos le han facilitado su permanencia en Cuba sin ser molestado, así como que engrose sus numerosas cuentas numeradas en los bancos de Zurich. Uno de los aspectos en que Castro ha demostrado su maestría es atraer incautos — tales como el Che Guevara, los hermanos Ortega, Hugo Chávez y, más recientemente, algunos líderes musulmanes —, y reclutarlos bajo bandera falsa en su supuesta lucha contra el “imperialismo Yankee”. Una de las técnicas favor tas usadas por los servicios de inteligencia, es la de crear su propia pseudo oposición controlada.

     Tanto la invasión de Bahía de Cochinos, como las guerras de guerrillas en América Latina y la invasión de Angola, fueron operaciones conjuntas Castro-CIA al servicio de los conspi-radores del CFR. También lo fueron la muerte del Che Guevara y el asesinato de Salvador Allende, así como el sabotaje al avión de Cubana de Aviación derribado en Barbados. Orlando Bosh y Edén Pastora intuyeron a tiempo que la combinación Castro-CIA era altamente nociva para la salud, y eso les salvó la vida. Francisco Caamaño, Jorge Ricardo Massetti, Salvador Allende, Che Guevara, y muchos ilusos más, tal vez lo descubrieron demasiado tarde y pagaron caro por su error.

     Poco después del comienzo de sus desavenencias con el tirano caribeño, James Petras escribió un largo artículo en el que cuestiona la acerba crítica de Castro a la dirección de las FARC. Según Petras, el hecho de que Castro se haya unido al coro que condena las acciones de los líderes de las FARC, “no tiene ni lógica ni razón.” El hecho demuestra que el bien intencionado, pero demasiado crédulo profesor Petras nunca ha entendido la verdade-ra esencia del castrismo, porque la crítica de Castro a la única guerrilla que ha subsistido en América Latina tiene mucha razón y lógica. A pesar de toda su retórica antiimperialista, la victoria de las guerrillas colombianas, o de ninguna otra guerrilla latinoamericana, incluyendo la del Che Guevara en Bolivia, nunca fue parte de los planes secretos de Fidel Castro y de sus amos de Wall Street.