sábado, 24 de junio de 2017

LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE "A"(9)-El mayordomo







 MARCELO LARRAKY




9

El mayordomo

     Antes de viajar a Madrid, López Rega le hizo llegar a Perón una carta de presentación personal. El relato contenía destellos de verdad autobiográfica, perocarecía de la astucia suficiente para engañar al General. Era evidente que el impresor de Suministros Gráficos sobreestimaba su rol dentro de Anael, hasta el punto de afirmar que compartía la dirección de la logia junto con el doctor Urien. La carta de López Rega está fechada el 31 de mayo de 1966, y habría sido llevada en mano por su hija Norma, que por entonces tenía 20 años. Sugestivamente, diez días más tarde Perón le envió una carta al jefe de la logia, el doctor Urien, donde le pedía que le informara acerca de todo lo referente a Anael, que, "siendo usted el jefe me interesa más". Escribió Perón: Poco sabemos de las grandes fuerzas que manejan el destino, pero de ellas podemos extraer una verdad positiva: nada hay superior al bien. Si logramos hacer que ese bien impere, siquiera sea en una mínima parte delas acciones humanas, habremos plantado una pica en Flandes.

Para la carta de Perón a Urien, véase revista Siete Días, del 18 de agosto de 1974. En el mensaje de Perón a Urien se advierte una relación añeja. Perón manda saludos al padre del juez, a los hermanos de Anael, ofrece su cooperación para la logia y le aclara a su destinatario que él ya había conocido "a la organización brasileña y a Caviglia como Delegado". La carta de López Rega a Perón fue publicada por la revista Somos del 17 de junio de 1977. En ella, López Rega definía a Urien como el elemento político-teórico de la logia, mientras él se atribuía el desempeño de un rol espiritual y a la vez ejecutivo; aducía haber aceptado integrarse por pedido expreso del juez, y sólo a condición de que Anael se pusiera al servicio de la causa peronista. 





López Rega intentaba presentarse como una especie de héroe anónimo, destacando su modesta inserción en la prehistoria del justicialismo como secretario general de una unidad básica en Villa Urquiza; no se privaba de recordar al Líder que había trabajado en sus cercanías, sirviendo como custodio de la residencia presidencial durante diez años. Además, en prueba de su fidelidad a la causa peronista, hacía notar que se había retirado de la policía con el grado de sargento a consecuencia del golpe militar de 1955 (aunque esto no fuese cierto) y se abstenía de mencionar que sus dos únicos ascensos en la fuerza los había obtenido con la Revolución Libertadora. En su larga misiva, López Rega confesaba ser un estudioso del alma, revelaba que sus libros habían revolucionado a las "altas jerarquías ocultas", y ponía dos elementos a disposición del Líder: una red espiritual, cuya misión era trabajar para su retorno a la Argentina, y un valor material, el inmueble de Suministros Gráficos, empresa a la que, según él, había rescatado de la des-composición financiera y puesto en marcha, y cuya adquisición estaba negociando a fin de ofrecerle a Perón el edificio como cuartel general para el momento en que decidiera regresar a la Argentina. En la carta, López Rega resaltaba que había protegido a Isabel en la gira de la Argentina y le informaba que la había custodiado en forma personal. Además, agregaba, al mismo tiempo que sostenía a la señora en la misión de solidificar las bases gremiales leales al General y eliminar todo conato de traición, había impreso afiches y folletos para la campaña electoral de Mendoza. Para el final, López Rega adjuntaba algunas de sus obras, de las que adelantaba: "son un tanto raras e incongruentes, pero salidas de una honestidad literaria avalada por la sencillez y el amor por aquellos que anhelan levantar su cerviz".
     Isabel Perón fue recibida con honores por su marido, que fue a buscarla al aeropuerto de Barajas en compañía de Jorge Antonio, Emilio Romero, Rodolfo Valenzuela y el empresario español Félix Manzanares, entre otros amigos personales. Todos la felicitaron. Isabel había aprobado su examen político en una gira de nueve meses. Recién llegada, comentó a la prensa que se sentía como "un soldado más" dentro del Movimiento, pero también "como la madre de todos los peronistas". Prefirió no opinar sobre el golpe de Estado que había llevado a la presidencia al general Juan Carlos Onganía, aseguró que "el peronismo se extendía como una mancha de aceite" en la Argentina, y anticipó que el General volvería a ocupar el poder.
    A mitad de la crónica del diario ABC de ese 12 de julio de 1966,también se informaba que, además de sus dos secretarias, Isabel Perón llegaba acompañada del "escritor don José López Regui". Durante los primeros días de su estadía, López Rega se alojó en un departamento de la avenida José Antonio, muy cerca de la Plaza Callao, pero aprovechaba cualquier excusa para entrar a la residencia de Puerta de Hierro, ya fuese con el propósito de coordinar trámites con Isabel, de ordenar papeles o simplemente de estar disponible para cualquier otra cosa que el General y su esposa gustaran mandar.
     Ese verano de 1966, Puerta de Hierro todavía contaba con la presencia de José Cresto, el padrastro de Isabel, que había llegado de visita y pretendía eternizarse en la residencia. Cresto dormía en un cuarto de servicio en la planta baja, y no guardaba otra ambición que la de disfrutar de las comodidades logradas al amparo de su ahijada. No tenía gran afinidad personal con López Rega, pero sus conversaciones discurrían por un panorama de pensa-mientos y creencias compartidas. López Rega parecía ser mucho más versado en las ciencias ocultas, y además intentaba darles un sentido práctico a sus años de búsqueda espiritual, utilizando sus saberes para ganar influencia en su vínculo con los otros, en tanto Cresto se contentaba con tomar la sopa caliente mientras peroraba un rato sobre espiritismo con el personal doméstico. A López Rega, en cambio, le gustaba mostrarse como un hombre activo, cuya misión era impulsar el retorno del general Perón. Pero para alcanzar ese objetivo debía apuntalar la personalidad de Isabel y eliminar a todas las fuerzas que circundaban y dañaban al matrimonio: decía sentir su misión como si fuese él mismo un embajador del Señor, que transmite su voluntad a los hombres, y a la vez está sometido al mandato divino.
     Desde Madrid, durante los primeros tiempos de su estadía, les escribió a sus amigos contándoles las dificultades por las que atravesaba. Es tanta la grandeza de mi situación que tengo asco de mi propia persona y me escondo en la soledad de mi cuarto, cuantas veces puedo, para dejar un respiro a mi alma atribulada. Ustedes nunca comprenderán cuánto me cuesta ser Lopecito. Cuánto tengo que padecer por no exterminar figuras sin valor real [...] Como verán esto no es jauja, ni tampoco para cualquier correntino. Anoche, para aliviar mi cabeza de la pesada carga, he debido golpearme la nariz y dejarla sangrar un rato. Así me alivié.
     Con la aparición de López Rega, la presencia de Cresto en Puerta de Hierro, ya de por sí opaca, se eclipsó en forma definitiva. A Isabel ya no le interesaban tanto sus conversaciones con él. Cresto abordó un barco que lo llevó a la Argentina y nada más se supo. Su espacio espiritual en la vida de Isabel, y también el cuarto donde dormía, fue ocupado por el recién llegado. Son muchas las anécdotas de aquellos meses que ilustran la obsesión de López Rega por mostrarse útil en todo momento, con un estilo excesivo y sobreactuado. Era la actuación propia de un comediante burdo y servil que merodea sin pausa en torno al dueño de casa. No se parecía en nada al hombre sereno y reflexivo en quien Victoria Montero había pensado como su posible heredero dentro de la casa. Ahora López se mostraba como un lacayo impetuoso ,que producía un efecto desagradable a las visitas. López Rega resistió cada desprecio de Perón; se mostraba inmune a toda burla o ironía. Aguantar era parte de su estrategia de largo plazo. También fue astuto. Los primeros tiempos empleó un raro ingenio para sostenerse en las mentiras más banales.
     Una vez apareció en el living de la residencia vestido de smoking. Estaba impecable. Dijo que durante dos años había sido primer mozo de salón del hotel Savoy y que ahora iba a aplicarse a conseguir que la residencia funcionara del mismo modo. Empezó a dar instruc-ciones a la cocinera y la mucama, y puso en práctica todas las reglas de protocolo que había aprendido de Buba Villone en el Brasil, para servir la mesa del General y su esposa, como si fuera el mayordomo de una comedia italiana. En otra oportunidad, Perón lo encontró llorando en su cuarto de la planta baja. López Rega le dijo que su biógrafo, Enrique Pavón Pereyra, lo había tratado como a un perro. Al día siguiente el General organizó un careo entre su biógrafo y el mayordomo para aclarar el asunto. Pavón Pereyra aseguró que no había ocurrido entredicho alguno. Solamente le había ordenado a López Rega que no tocara la correspondencia del escritorio porque "Perón pone las cartas urgentes de un lado y las no tan urgentes de otro, y él las estaba mezclando". Admitió que le había dicho dos veces "no toque eso" en tono enérgico. López Rega agregó que, en la vehemencia de su orden, Pavón Pereyra le había dicho "¡fuchs, fuchs!", como se trata a los perros. El biógrafo admitió que pudo haber sido así, pero adujo que su intención no había sido la de descalificarlo. Perón zanjó el incidente pidiéndole a Pavón Pereyra que tratara bien a López Rega  para que no volviera a llorar por la noche.
La carta de López Rega a sus amigos fue publicada en Somos del 29 de octubre de 1976.
     Cuando López Rega llegó a la residencia, la rutina doméstica de Perón era plácida y a la vez rigurosa. Se despertaba a las seis y media, cuando el sol entraba por la ventana de su habitación del primer piso, y remoloneaba un rato en la cama escuchando los informes de Radio Nacional de España. Se afeitaba y vestía a ritmo lento, y desayunaba leyendo los diarios. Cerca de las ocho salía a caminar. Se entretenía observando el crecimiento de los árboles que él mismo había plantado y persiguiendo a las hormigas que merodeaban el rosal, que era su orgullo. Cuando quería ejercitarse en forma metódica, caminaba desde el álamo de una punta del parque al olmo de la otra punta, y al fin de cada vuelta pasaba una moneda del bolsillo izquierdo del pantalón, al de la derecha. Con el total del traspaso de monedas, sumaba unos cinco kilómetros. A las nueve ya estaba trabajando en su correspondencia. A mediodía, almorzaba una entrada y un plato principal, acompañados por una copa de vino, fumaba algún cigarrillo a escondidas de Isabel, e iba de visita a la tumba del caniche Canela, que había compartido su exilio en Venezuela y Santo Domingo y fuera enterrado al pie del algarrobo. Hacia las dos dela tarde se tiraba en la cama para revisar nuevas cartas o leer con atención algún artículo que había separado de los diarios, o en la soledad de su estudio, grabar en el magnetófono un mensaje para los trabajadores. Luego dormía hasta las cuatro. Por la tarde, a veces iba a algún cine de la avenida José Antonio con Isabel, pero casi siempre elegía pasear solo. En sus caminatas llegaba a la cafetería Fuyma, en la plaza del Callao, y otras a la confitería California, sobre la calle Goya. A tres metros de distancia lo seguían uno o dos inspectores de policía que el Ministerio dela Gobernación había destinado a su custodia y vigilancia, y que pasaban un informe diario sobre las personas que entraban a Puerta de Hierro o con las que Perón se veía en sus paseos, casualmente o en forma convenida. Antes de la cena se entretenía viendo algún western por televisión, y reservaba para la noche la lectura más medular. Se quedaba leyendo en su cama durante dos o tres horas, sin molestar a Isabel, que dormía en el cuarto de al lado. Las veces que Perón alteraba sus hábitos era para recibir visitas de sus amigos españoles ligados al falangismo, o a los estudiantes y becarios argentinos en Madrid, que lo visitaban como si fuese una pieza histórica del pasado.
     Luego de un tiempo de discreto estudio, López Rega concluyó que el General estaba intelectualmente dormido. Lo graneaba con la siguiente anécdota: Perón salía al parque, le comentaba al guardia español los orígenes de tal o cual planta, y se volvía. Repetía el comentario todos los días. Según se desprende de una de las cartas que López Rega envió a su grupo de Buenos Aires acerca de su estadía en Madrid, estaba sufriendo una desilusión: "De Perón no encontré nada. Lo único que va a sobrevivir de él es Isabel. Nosotros debemos convertirnos en mosqueteros de la Reina", escribió. La vida social de Isabel Perón, después de los nueve meses de estadía en la Argentina, tomó vuelo propio al emular ciertos hábitos de la aristocracia madrileña. Recorría las boutiques de la calle Serrano, se hizo amiga de la modista catalana Thana Palud, tomaba turnos de masajes en un centro de belleza, usaba anteojos con marco de carey y dejaba colgar sobre su pecho un muy visible crucifijo de plata.
      Ese proceso de transformación continuó con el peinado: a cambio del pelo suelto, que le empequeñecía la cara, eligió un severo rodete en la nuca, que evocaba los aun más rígidos de Evita. También hizo amistad con Pilar Franco, la hermana del Generalísimo, que tenía una influencia mínima en el Palacio de El Pardo, pero era lo suficientemente cordial y mundana como para visitarla cada miércoles en su casa, y también aceptaba compartir un aperitivo en los bares California y Manila, o ver una película en la avenida José Antonio. En su conver-sación, Isabel no mostraba demasiado interés en los temas complejos, más allá de acom-pañar los padecimientos de su marido. Le gustaba mirar las fotos de la revista Semana, comprar la novela del momento, ser invitada a un té social y sentirse una señora como las otras. Sin embargo, esa apacible vida madrileña estaba plagada de cambios de ánimo, furias y rencores. Isabel consideraba que, pese a los favores brindados, o precisamente a consecuencia de éstos, ella y su marido vivían prisioneros de Jorge Antonio. Era el hombre más influyente en Puerta de Hierro, y los tenía cercados.
En la década de los cincuenta, el empresario se había enriquecido, en virtud de sus negocios en distintos rubros, pero especialmente en la industria automotriz. Sus estrechas relaciones con Perón y Juan Duarte le habían permitido afianzarse imprevistamente como uno de los industriales locales de mayor relieve. Con la irrupción de la Revolución Libertadora, su identificación con Perón le había costado dos años y medio de prisión y la incautación judicial de sus empresas y bienes personales. Luego de financiar la fuga de la cárcel de Río Gallegos, Antonio había seguido de cerca el derrotero de Perón en su exilio, y lo había ayudado a mantenerse en pie. Además de solventar la aventura del retorno frustrado en 1964, había pagado la mitad del valor de la residencia de Puerta de Hierro. Antonio también costeaba algunos viajes repentinos que Isabel efectuaba sola a París o Roma, y le había colocado un chofer personal, que ella despidió rápidamente porque sentía que vigilaba sus movimientos, y puso al volante al jardinero. Pese al respaldo económico y las atenciones dispensadas, Isabel creía que, por lo cosechado durante la presidencia de Perón, el empresario estaba pagando apenas una parte de lo que le debía a su marido. Distintas versiones dan cuenta de que entre Isabel y Antonio existía una relación conflictiva, aunque el General, con persuasivo y paciente, intentaba reencauzar a las partes. A fin de cuentas se trataba de su esposa y de su amigo o, al menos, de la persona que mejor lo asistía. Según un allegado a Antonio, la enemistad con Isabel habría surgido cuando el empresario pescó a la esposa de Perón en una escapada con un coronel, a quien le habría dado una cachetada, y obligó a Isabel a darle explicaciones a su marido. Véase Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, 4 Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA, Buenos Aires, Norma, 2000, capítulo 9.
     Durante un tiempo, Isabel había confiado en que Héctor Villalón podía convertirse en el hombre ideal para enfrentar a Antonio, pero el delegado de Perón, apenas fue enviado a una misión política a Cuba, se quedó con la representación delos habanos Cohiba para el conti-nente europeo y se olvidó de ella. Entonces, cuando Isabel Perón llevó a López Rega a Madrid, lo hizo con la certeza de que podía encontrar en su secretario a un mago que, con el dominio de las fuerzas ocultas y su inspiración divina, podría protegerla espiritualmente y ayudarla a controlar todo lo que para ella resultaba incontrolable: su ansiedad, su inseguridad y, por sobre todo, el hombre que tenía a su lado, inmerso en una realidad compleja. Advertida de que el conductor estaba perdiendo magia en sus actos y se desecaba como un árbol viejo en el exilio, comenzó a creer que López Rega, como el profeta Daniel, con sus poderes extraordinarios, lo ayudaría a corregir el rumbo y le permitiría al matrimonio retomar la senda de su propio destino frente al pueblo argentino. Eso pensaba Isabel. Así se había educado. En la primera carta que López Rega le envió al General desde Buenos Aires ya se advierte con toda claridad que había puesto el ojo en la mira y apuntaba contra el empresario. Le escribe: tomamos contacto con la señora Isabel en un instante crucial de su misión, la vimos desenvolverse en un total desamparo, tanto afectuoso como económico. Nuestros corazones vibraron de enojo, ante el desagradecimiento de hombres que hicieron enormes fortunas en la épocade su gobierno, y no tuvieron la caballerosidad de tender una mano a la dama, a la mujer, a la esposa de Perón.
     Después, en carta a sus amigos desde Madrid, López Rega abandona cualquier elipsis: Aquí existe una "rosca" tremenda, perfectamente organizada por el "Turco" Jorge Antonio. La lucha es muy difícil, pero pese al corto tiempo la llevoa delante. Para el "Señor" no hay nada difícil. Les ruego no descuiden enviarme noticias seguidamente, porque aquí llega todo en abundancia departe de Alonso y del "Turco" (trabajaban en la trenza); he descubierto que el "Turco" tiene mucha simpatía por nuestro amigo Alberte. Así que verán que mi clarividencia no falla.
La carta de López Rega a Perón fue publicada en Somosdel 17 de junio de 1977. La mención a Alberteen la carta que López Rega escribió a sus amigos, publicada en Somos
el 29 de octubre de 1976, muestra el grado de sospecha que tenía López Rega sobre el ex edecán por su amistad con Jorge
     López Rega decidió poner al corriente a Jorge Antonio del nuevo equilibrio de fuerzas en torno al General Perón que implicaba su presencia en Madrid. Una tarde se presentó en su oficina de Paseo de la Castellana 56 y le dijo que sabía de su influencia sobre Perón, sólo equiparable a la que él mismo ejercía sobre Isabel. Pero como había encontrado a un Perón sin espíritu ni vocación por el retorno a la Argentina, en tanto éste definiera el rumbo de sus acciones, su propia misión consistiría en fortificar la personalidad de Isabel. Y a continua-ción de estas palabras e propuso un pacto: formar un consejo asesor para apoyar a la esposa del General.
      Los secretos para poner en marcha ese plan estaban detallados en su libro “Astrología esotérica”, que le mostró en ese momento. Además, como Antonio solía subvencionar a los secretarios de Perón, le pidió un dinero mensual para desarrollar algunos negocios. No tuvo suerte. El empresario lo echó de su oficina. A pesar de esos desprecios, o quizás estimulado por ellos, López Rega decidió lanzarse a los negocios a fin de que ni Isabel ni Perón se sintieran obligados a depender del empresario. Sería el hombre de reemplazo, quien rompe-ría el cerco de su influencia. Frente al poder económico que representaba Antonio, la tarea, en principio, parecía quijotesca. No obstante, Isabel Perón apoyó sus aventuras comer-ciales. Antes de partir hacia España, López Rega había participado de la creación de Sevil SA. Era el nombre de una empresa instalada en una oficina de Esmeralda 439,en el centro porteño, y que costeaba el anaelista Galardi. Desde Madrid, López Rega tomó a Buenos Aires como centro de exportación. Se comunicaba con Vanni y Villone, que se mantenían fieles a los postulados de su misión, para que le enviaran diferentes productos; él se ocuparía de colocarlos a través de Itagle SA, la empresa que había fundado en la capital española, en una oficina de la calle Quintana 16. Allí aparecía como secretario de la Presi-dencia, que ejercía Isabel, quien además logró que unos amigos españoles colaboraran. También sumaron a la empresa a Rodolfo Valenzuela, el ex juez de la Corte Suprema. El 28 marzo de 1967, López Rega abrió una cuenta corriente en el Banco Popular Español y fijó su domicilio particular en Puerta de Hierro. También pidió un crédito en el Banco Continental   para impulsar el negocio y Perón puso como garantía su residencia.
Antonio, con quien había compartido meses de cárcel de Río Gallegos. López Rega lo acusaba de responder políticamente al empresario, puesto que éste, a través de su hermano Rubén Antonio, lo ayudaba a mantener su negocio de lavandería. A fines de 1966, Perón, en virtud de la negativa de Uriende aceptar el cargo, nombraría a Alberte en la Secretaría General del Movimiento Nacional Justicialista y le delegó autoridad para determinar la "conducción directa de toda lucha táctica". Casi un año y medio después, Perón enviaría a otros dirigentes cartas críticas respecto de su conducción, crearía un clima de conspiración interna y lo relevaría y reemplazaría por su ex canciller, Jerónimo Remorino. Véanse Eduardo Gurucharri, Bernardo Alberte, un militar entre obreros y guerrilleros,  ob. cit., págs. 215-216 y228. El mayor Alberte fue el primer asesinado de la dictadura militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976. En la madrugada de ese día, un comando conjunto de policías y militares irrumpió en su departamento a punta de bayoneta y lo tiró desde el sexto piso al patio interno del edificio.
     Al principio, todo parecía marchar de acuerdo a lo previsto. En una oportunidad, Vanni y Villone lograron exportar piezas de cuero de ternero sin procesar, que López Rega llevó para presentar a una feria de importadores de Sevilla. Después el negocio pasó por las pelucas para mujeres que López prometió redistribuir por distintos países de Europa, pero en este caso, para importarlas, utilizaron algunos contactos que el General había dejado en su paso por Venezuela. Al cabo de los primeros meses de gestiones, la falta de dinero para adquirir los productos se reveló como el obstáculo más grave para aumentar el volumen de negocios. Pero el hecho determinante para que el emprendimiento fracasara, por lo menos en la sucursal Buenos Aires, fue la factura telefónica que llegó con los llamados a cobrar desde Madrid. En ese punto, Galardi decidió cerrar la empresa. La suerte de Valenzuela también quedaría echada al poco tiempo. Murió en un accidente aéreo en Río Muni, en la colonia española de Guinea Ecuatorial, cuando intentaba conseguir un cargamento de caucho para cubiertas de autos, con el propósito de exportarlo a Madrid. Su muerte fue el anticipo del derrumbe definitivo de Itagle SA. La firma quebró y dejó un tendal de deudas. El incumplimiento en el pago del crédito que tomó López Rega del Banco Continental llevó a las autoridades a reclamarle al garante. Perón solicitó el aporte de Jorge Antonio para re-componer la situación, pero éste se negó a pagar la deuda contraída por López Rega. El General debió salir a buscar dinero a Buenos Aires para evitar que le remataran la residencia y envió una nota al banco expresando sus disculpas por lo sucedido. El 28 de abril de 1968, las autoridades bancarias le comunicaron que quedaba relevado de su responsabilidad como garante de Itagle SA.A consecuencia de lo ocurrido, Perón decidió echar a López Rega de su casa, considerando que había abusado de su confianza. Isabel intentó resistir esa decisión, pero no hubo marcha atrás. El sentido de la misión de López parecía perdido. Sin embargo, se quedó un tiempo más en Madrid. Consiguió refugio en el departamento del cantante de tangos Carlos Acuña, a quien había conocido en sus recitales de tango en Madrid.
     Por entonces, Acuña comenzó a visitar al General en su residencia junto a otra de sus admiradoras, Pilar Franco, y enterado de la afición musical de López Rega, le tomó cierta simpatía; de modo que cuando éste perdió su lugar en Puerta de Hierro, lo vio tan desahuciado que se lo llevó para su departamento. Allí, López Rega empezó a atender a Acuña como si fuera Perón. Le lavaba la ropa, le lustraba los zapatos y antes de cada actuación le planchaba la camisa. Cada vez que Perón iba a saludar al cantante en los camarines, se encontraba con López Rega, que le echaba miradas lastimeras, como un perrito dolorido. Acuña no soportaba esas escenas y le pidió a Perón que volviera a tomarlo.
     -No puede perderse a una persona tan servicial, General,le dijo. A mí me atiende como a un rey.
     También pesó la presión de Isabel para hacerlo retornar. Finalmente, Perón lo aceptó otra vez en su residencia. A su regreso, López Rega se afianzó como mayordomo y fue tomando bajo su control tareas cada vez más relevantes. Empezó a preocuparse por el cuidado de la salud del General. Los tumores no habían desaparecido tras la primera operación que le practicó Puigvert en 1964. El dolor era recurrente. Cada dos meses, Perón volvía a tener ardores. Su herida se mantenía abierta. Cuando lo veía padeciendo a solas en su habitación, el mayordomo entraba y para aliviarlo se ocupaba de masajearle la próstata; una friega a mano, dactilar y localizada, para vaciar el pus. Cuando el Líder no podía contro-lar sus esfínteres, por la imperiosa necesidad de orinar que le provocaba su enfermedad, también le cambiaba los pañales. Con el Líder debilitado por sus enfermedades, Isabel y López Rega empezaron a dominar el acceso a la residencia; decidían quién entraba y quién no.
     En el nuevo círculo, sólo sobrevivieron Florez Tascón, Carlitos Acuña y Pilar Franco. Las cuatro o cinco amistades que Perón frecuentaba en Madrid sucumbieron lentamente. Si Perón quería ver a Antonio, debía ir a escondidas a su despacho en el Paseo de la Castellana. López Rega empezó a tomar como enemigo a todo aquel a quien Perón demostrara afecto. Solía interrumpir sus conversaciones en el comedor por los motivos más insólitos. A veces lo hacía para preguntarle en qué lugar había dejado una herramienta de jardinería. O quería saber si ya había regado los árboles por la mañana, o si por el contrario debía hacerlo él. Si el diálogo entre Perón y su interlocutor se desarrollaba en el estudio del primer piso, y López se había propuesto molestar, solía entrar varias veces para vaciar los ceniceros o reponer el café en los pocillos. También era habitual que colocara una silla frente a la puerta y permaneciera sentado leyendo un libro. No fueron pocos los visitantes que lo vieron lustrar los zapatos de Perón mientras éste conversaba, o aprovechar el momento en que se retiraba al baño para sentarse en su sillón, dispuesto a recibir el influjo de su energía.
     Las mismas peripecias padecían los periodistas que intentaban obtener revelaciones sobre la vida del Líder. En medio del relato, el mayordomo intervenía y suministraba datos falsos, y se asumía él mismo como partícipe o testigo de hechos que ocurrieron aun antes de que hubiera nacido. Si Perón intentaba omitir una historia o falsificar la esencia de un acontecimiento, lo hacía de forma verosímil, mientras que su mayordomo no sólo mentía con la lógica de un niño sino que caprichosamente intentaba convencer al interlocutor de la veracidad de sus afirmaciones. Para López Rega el Sol era verde.
     Frente a los visitantes, Perón tomaba un poco en broma a su mayordomo. "Son cosas de López", explicaba, como si cada intervención suya se tratara de un amable contratiempo. Pero cuando López Rega exageraba la comedia y realmente lo incomodaba con sus fábulas, no tenía el menor escrúpulo en humillarlo en público. Sin embargo, la tozudez del mayor-domo lo convertía en un ser inmune a las descalificaciones, y como Perón se mostraba cada vez más renuente a discutir detalles cotidianos, le dejaba ganar la batalla para ahorrar energías. Incluso, muchas veces se mostraba resignado ante su compañía. Utilizando una explicación similar a la que ya había empleado para justificar la presencia de Isabelita a su lado, solía decir que el mayordomo había sido puesto para entregar información a la CIA, pero prefería que estuviese él, y no otro, porque a López Rega ya lo conocía. También es cierto que le daba libertad para que actuara de ese modo, pidiéndole que interrumpiera algunas reuniones bajo un pretexto convenido de antemano. Es difícil dilucidar cuándo la actitud grotesca de López Rega respondía a una elección propia, y cuándo resultaba un instrumento del General, empleado para ir erosionando una conversación hasta darla por terminada.
     Cuando Isabel y López Rega se enojaban por algún motivo con Perón, no tenían reparos en demostrárselo. Y lo golpeaban en su punto más débil: la soledad. Lo dejaban comiendo solo a la hora de la cena, para que sintiera el peso de sus ausencias, y ellos se encerraban en el cuarto de arriba durante horas. El agitado mundo del peronismo podía girar en torno a cada instrucción suya, pero ellos dos eran lo único que tenía a su lado. Eran su familia. Durante un par de días Perón soportaba el suplicio de aquellas cenas silenciosas, pero luego capitulaba y le pedía a Rosario, la mucama, que llamara a Isabelita para que lo acompañara a ver alguna película en la tele. Ella se tomaba su tiempo, pero finalmente bajaba. Las horas de encierro de su esposa y el mayordomo se prolongaban cada vez más, con el argumento de que tenían que trabajar mucho por el bien del Movimiento.
Véase declaración de López Rega formulada a Tomás Eloy Martínez a comienzos de 1970 y publicadaen La Opinión del 22 de julio de 1975: "Para predicar, hay que convencerse primero de lo que se predica es verdad... Yo, a veces, voy y le digo a la gente que el sol es verde. Y primero me repito muchas veces: es verde, es verde. Me convenzo tanto que puedo convencer a los demás. Así, el único que queda sabiendo que el Sol no es verde soy yo"
     La mucama pensaba que Perón le tenía mucha confianza a su mujer, o acaso no le importaba. En la intimidad de la casa, el ánimo de Isabel fluctuaba según cómo soplara el viento. Cualquier contratiempo le bastaba para discutir con el personal. Se ponía muy nerviosa y pedía que la dejaran sola. Cuando algo no resultaba como ella había previsto, se desquitaba tirando un zapato contra la ventana del comedor. Sus desplantes también ocurrían en presencia de Perón. Se irritaba cuando no tenía plata para ir a la peluquería; realizaba repentinos viajes a la costa junto a Pilar Franco, y dejaba a Perón sin otra compa-ñía que la de López Rega. A veces aprovechaba la presencia en Madrid de Isidoro Ventura Mayoral, el abogado de Perón, y le pedía que iniciara el trámite de divorcio y la separación de bienes. El General soportaba mal esas rebeldías domésticas, pero lo hacía a su modo, fijando sobre su cara de ancestros indígenas la máscara de lo impasible. Alguna vez, cediendo a una momentánea debilidad, mientras caminaban por el parque confesó a un visitante que no había hombre grande ni pequeño que no tuviera una gran tragedia en su vida, y su interlocutor interpretó que esa tragedia, consumada, era su tercera esposa.
      Después de casi tres años de residencia en Madrid, López Rega viajó a Porto Alegre. Allí reportó las novedades a su grupo de amigos. No sólo había despertado la conciencia de Isabel, sino que la había apuntalado en su ambición política. La estaba preparando como heredera de Evita. Su primera preocupación, contó, había sido estética: le pidió que adoptara el peinado de la jefa espiritual del Movimiento. También explicó cómo influía en la elección de su vestuario: todos los días controlaba que los colores de su ropa estuvieran en armonía con el movimiento delos planetas. López Rega se hospedó en la casa de su hermano masón José María Villone, que estaba haciendo carrera en el Brasil: era gerente comercial de TV 5 Piratinhi y Radio Farroupilha. Villone descreía del potencial político de Isabel, pero su esposa Buba era aun más dura: decía que no tenía los ideales ni la personalidad de Evita, y que no era más que una dormida. A pesar de las objeciones, López Rega tenía claro que, en su misión de hacer regresar a Perón cuando nadie lo creía posible ni apostaba una ficha por él, estaba preparando a Isabel como futura jefa del Movimiento. En ese paso por el Brasil, López Rega intentó retomar los lazos que había tramado Héctor Caviglia en los años cincuenta. Publicó un aviso en un diario de Porto Alegre, bajo el título "Amigos de Anael". Nadie respondió a su llamado. Sin embargo, la novedad más importante que llevó a Madrid, luego de un mes de estadía, fue el tónico. Era el último invento de Claudio Ferreira: había tomado la fórmula de un laboratorio quebrado de Río de Janeiro y montó el laboratorio Claufer en la planta baja de su casa de la calle Coronel Clautinho 47. Tenía más de veinte personas trabajando en la fabricación del producto. Y su red para comercializarlo en varios estados estaba hilada con los integrantes de sectas umbandistas. López Rega llevó el tónico a Madrid para que estimulara el cerebro de Perón. Incluso logró que el General posara sonriente con el producto en la mano. La foto llegó a manos de Ferreira, quien armó la campaña publicitaria a partir de esa imagen. El eslogan fue: "Eu tambein lo tomo". La famosa sonrisa del Líder era el sello que certificaba la calidad del producto.
     La segunda vez que viajó al Brasil, en junio de 1970, después del Mundial en que se consagró Pelé, Ferreira ya era millonario. Había comprado un terreno en las afueras de Porto Alegre, sobre la Estrada do Forte, y se lo había donado al paiumbanda Wilson Avila da Oxum para sus ceremonias. Lo llamaban el Templo del Sol. Avila era uno de los cinco pais más conocidos de Rio Grande do Sul, pero su radio de acción se expandió tras convertirse en el pai santo de López Rega. A partir de entonces, hizo frecuentes viajes a Buenos Aires y otras ciudades argentinas, donde incorporó como adeptos a miembros de la alta burguesía. Si Ferreira buscaba capitalizar negocios a través del mercado umbanda, Avila era el gerente de todos los emprendimientos comerciales y religiosos relacionados con el culto. Un atardecer, llevado por Ferreira, López Rega fue al Templo del Sol para participar de una ceremonia de purificación que protegía de los malos espíritus. Fue su iniciación en el ritual del candomblé.
     A su llegada, comenzaron a sonar los tamboriles. Algunas personas empezaron a danzar y cantar a su alrededor. López Rega no sacó la vista del altar. Allí, las celadoras que prote-gen y vigilan cada uno de los ritos de la ceremonia sacrificaron a un buey de un golpe en la nuca, lo abrieron por el vientre y lo dejaron colgar, atado con una soga. El mayordomo de Perón, vestido con una túnica blanca, entró a un círculo pintado de blanco, directamente bajo la bestia alzada. López Rega estaba descalzo. Durante unos minutos, el silencio cubrió el interior del templo. Luego irrumpió el canto de una mujer y se escucharon otra vez los tamboriles. La sangre del buey cayó sobre la calva de López Rega. Fue su rito de iniciación. Después lo llevaron por los jardines hasta una cabaña, que tenía el piso de tierra. Allí, permaneció encerrado durante siete días, con un cuenco para el agua y otro para el arroz. Según la tradición en el rito afro-brasileño, durante ese tiempo la sangre del buey debía secarse sobre su cuerpo para permitirle el ingreso de todos los espíritus y el poder. El rito también lo autorizaba a realizar sacrificios humanos si lo consideraba necesario. Durante esos días de encierro, el espíritu de López Rega dio otro salto. La magia lo había convertido en un ser todopoderoso.
     -Siento que tengo el poder para salvar a la Argentina, dijo al salir del encierro, flaco y luminoso, con la túnica blanca manchada de sangre seca.
FUENTES DE ESTE CAPÍTULO
Sobre Itagle SA, se realizaron entrevistas a Enrique Pavón Pereyra y a Héctor Landajo, quien ayudó a Perón a conseguir el dinero para evitar el remate de Puerta de Hierro. Para el relevamiento de la garantía del crédito, véanse fojas3 025-3030, causa "López Rega, María Estela Martínez de Perón y otros por malversación de fondos públicos", en el Juzgado Federal Criminal y Correccional N°3, secretaría N° 5. Acerca de la vida doméstica en Puerta de Hierro, se realizaron entrevistas con la mucama Rosario Álvarez Espinosa. Sobre el enfrentamiento de Isabel y López Rega con Jorge Antonio, se entrevistó a un ex colaborador de López Rega. Sobre el hospedaje de López Rega con Acuña, se entrevistó a Héctor Sampayo, amigo del cantante de tangos. Para la vida cotidiana en Madrid y la sensación trágica de Perón, entrevista con el periodista Armando Puente y con Eugenio Rom. Acerca del pasaje de López Rega en Brasil, se entrevistó a Ema Villone y a Eloá Copetti Vianna, segunda esposa de Claudio Ferreira. Acerca de la iniciación de López Rega en el candomblé se obtuvo el testimonio de Emilio Zuviría, quien trabajaba para la televisora Piratinhi y fue testigo del hecho.