jueves, 29 de junio de 2017

LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE "A"-CAP.-14 El comisario

 
LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE "A"
 MARCELO LARRAKY




14

El comisario

     Después de asumir como presidente, Cámpora había pedido una tregua a la guerrilla. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) la aceptó parcialmente: no atacaría al gobierno como tal, pero sí a sus enemigos de siempre: las Fuerzas Armadas y las empresas extran-jeras. El ERP consideraba a Cámpora un presidente vacilante y dependiente de Perón, líder al que caracterizaba como "contrarrevolucionario". Por lo tanto, después del 25 de mayo de 1973, el grupo continuó alternando trabajos políticos en las fábricas con acciones militares. El dinero y las armas los buscaban entre las filas del enemigo, a través de secuestros de ejecutivos de multinacionales asentadas en la Argentina y del copamiento de cuarteles. Las operaciones del ERP causaban pánico a los empresarios extranjeros. Ford y Coca-Cola destinaron un millón de dólares cada una a hospitales y zonas carenciadas, a condición de que sus ejecutivos no fuesen secuestrados. Firestone pagó tres millones para liberar a un gerente norteamericano. Muchos empresarios abandonaron la Argentina porque no encontraban garantías para sus vidas.

     

 En febrero de 1973, el ERP tomó un regimiento en Córdoba sin derramar sangre y en sep-tiembre del mismo año entró al Comando de Sanidad del Ejército, donde se guardaban fusiles; en la acción resultó muerto el teniente coronel Raúl DuarteArdoy. Este hecho puso en evidencia las contradicciones en el seno de la izquierda: para la Tendencia, el ERP no comprendía "el valor de la democracia". Era cierto: el objetivo de la guerrilla marxista no era la democracia parlamentaria sino la revolución socialista. Montoneros, en tanto, realizaba esfuerzos ideológicos supremos para mantenerse bajo la conducción de Perón, y sostenía la orden interna de "no operar" sobre las Fuerzas Armadas. Incluso, hacia fines de 1973, casi un millar de militantes de la JP realizó junto al Ejército trabajos de reconstrucción en pueblos de la provincia de Buenos Aires que habían padecido inundaciones. Esta unidad en la acción entre grupos de las Fuerzas Armadas y Montoneros generó la idea de que, en caso de muerte de Perón, ambos sectores se unirían para heredar el poder a través de un golpe cívico-militar. De todos modos, el proyecto común tendría corto vuelo. En diciembre de 1973, Perón mandaría a retiro al general Raúl Carcagno y colocaría a la cabeza del Ejército a Leandro N. Anaya, un oficial sin ambiciones políticas.

     Luego del fracasado ataque del ERP al Regimiento de Azul en 1974, que dejó como saldo dos militares y un civil muertos y un coronel secuestrado, Perón volvió a vestir su uniforme militar e hizo uso de la cadena nacional para forzar la renuncia del gobernador de Buenos Aires, Oscar Bidegain, ligado a la Tendencia. Lo acusó de incapacidad o tolerancia culposa para impedir este tipo de acciones. El país vio a un Perón tenso, con Isabel a su lado, dando vuelta cada página de su discurso, y a López Rega detrás de él, moviendo los labios en forma monótona, con la visible intención de dar apoyatura cósmica a la decisión de enfrentar la guerrilla y de eliminar los espacios políticos de la Tendencia. Esa noche, por televisión, Perón dijo que "el aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una patria justa, libre y soberana" y anticipó que el "Movimiento Nacional Justicialista movilizará asimismo a sus efectivos para ponernos al servicio del orden". El vicegobernador, Victorio Calabró, asumió su nuevo cargo con el firme propósito de "echar a los zurdos" de la administración.

     La represión al ERP era una de las obsesiones de Perón durante las horas en que se mantenía lúcido. En diciembre de 1973 le había propuesto a Galimberti conducir un grupo de represión ilegal contra la guerrilla marxista. Ya había insinuado en público esa cuestión, al recibir a ocho diputados nacionales de la JP que fueron a plantearle sus dudas frente al proyecto de reformas al Código Penal que el presidente había enviado al Parlamento. La nueva legislación propuesta preveía sanciones más rigurosas para las acciones guerrilleras que las que en su momento dictara Lanusse. Para el General, una vez derrocada la dictadura y restituida la legalidad, se habían vuelto innecesarios la existencia y el accionar delas "formaciones especiales" que lucharon por su retorno. En ese sentido, y aunque diferenciaba perfectamente entre la izquierda peronista y la izquierda marxista, ahora que había llegado al poder, por imperio de la razón de Estado, tendía aconsiderar a todas como organizaciones que incursionaban en la delincuencia, y decuyas acciones debía ocuparse la policía o la Justicia.

El accionar conjunto entre la JP y el Ejército se denominó Operativo Dorrego y comprendió tareas "codo a codo" en distintos municipios bonaerenses. La aproximación entre la Juventud Peronista y el Ejército produjo cierta preocupación en Perón, quien no asistió, como estaba previsto, al desfile cívico-militar que clausuró el operativo. También desencadenó críticas de la izquierda no peronista por la unión de la militancia "con el Ejército represor". Por último, el general Carcagno, antes de ser destituido, cuestionó la política de "seguridad hemisférica" de los Estados Unidos en la X Conferencia de Ejércitos Americanos en Caracas y llegó a promover la expulsión de las misiones militares norteamericanas y francesas, instaladas en el Estado Mayor del Ejército, que propagaban la Doctrina de la Seguridad Nacional y "la guerra sucia" como instrumento de combate a la guerrilla.

Para discurso completo de Perón en respuesta al ataque del ERP al Regimiento de Azul, véase revista Las Bases del 22 de enero de 1974. El propio Perón había elegido a Oscar Bidegain para la gobernación, teniendo en cuenta su pasado ligado a la Alianza Libertadora Nacionalista, vínculo que en los albores dela década de los cuarenta implicaba la adhesión a las fuerzas del Eje. Pero en la década de los setenta, Bidegain se rodeó de jóvenes de izquierda y les cedió funciones de jerarquía a nivel administrativo y político en la gobernación de Buenos Aires. Durante ocho meses compartió el Poder Ejecutivo provincial con Victorio Calabró, ligado a los metalúrgicos, que representaba el proyecto ideológico de los grupos que querían erradicar del peronismo a la Tendencia Revolucionaria.

     También dejaba margen para otras opciones. Aunque los diputados juveniles habían esperado un encuentro privado, Perón los recibió acompañado por las cámaras de televisión y flanqueado por López Rega y por el titular de Diputados, Raúl Lastiri. Les aclaró que el que no estuviera de acuerdo con la ley tenía la libertad de irse del Movimiento. Y amenazó en forma insistente con desencadenar una represión ilegal si el proyecto no se votaba. Volvió a mencionar el tema del ERP y dijo que los conocía en profundidad:

     -He hablado con muchísimos de ellos en la época en que nosotros también estábamos en la delincuencia, diremos así. Pero jamás he pensado que esa gente podría estar aliada con nosotros, por los fines que persiguen. La cabeza de este movimiento está en París. Es la Cuarta Internacional, un movimiento marxista deformado que pretende imponerse en todas partes por la lucha. A la lucha, y yo soy técnico en eso, no hay nada que hacer más que imponerle y enfrentarla con la lucha. Nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya lo habríamos terminado en una semana. Nosotros estamos con las manos atadas dentro de la debilidad de nuestras leyes. Queremos seguir actuando dentro de la ley. Pero si no contamos con la ley, entonces tendremos que salirnos de la ley y sancionaren forma directa, como hacen ellos. Si nosotros no tenemos en cuenta a la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato. Si no tenemos la ley, el camino será otro. Y les aseguro que puesto a enfrentar la violencia con la violencia, nosotros tenemos más medios posibles para aplastarla, y lo haremos a cualquier precio, porque no estamos aquí de monigotes.

Véase revista Las Bases del 29 de enero de 1974, págs. 24-29. Por otra parte, cuando Perón menciona la época en la que "estábamos en la delincuencia", quizá se refiera al tiempo en que daba instrucciones guerrilleras a la Resistencia Peronista, desde su exilio. En la época en que estaba protegido por el dictador Trujillo en República Dominicana, y cuando su enemigo era la Revolución Libertadora del general Aramburu, escribió una carta en la que reflejaba su idea de la interacción de las fuerzas legales e ilegales dentro del Movimiento: "Si ustedes han leído las Directivas Generales para todos los Peronistas N° 2, habrán comprendido las causas por las cuales es necesario organizar las fuerzas en la legalidad y en la ilegalidad. No hay que confundir al Partido Peronista (o Justicialista) que se organiza en la legalidad para encuadrar a todos los peronistas, con las fuerzas que se organizan en la clandestinidad con funciones ilegales en un trabajo insurreccional. Como sería lo mismo en los sindicatos peronistas que contendrían a todos los afiliados y dentro de ellos existirían los grupos de choque organizados para el trabajo ilegal y en la clandestinidad. No proceder de esta manera es quedarse de un momento a otro sin organización y sin medios para luchar, como ocurrió el 16 de septiembre de 1955. Así como la central obrera y los sindicatos deben tener directivas de reemplazo, para el caso de que las directivas permanentes sean detenidas, y grupos de choque, para emprender la lucha ilegal, el partido político, en circunstancias como las que estamos viviendo, debe tener fuerzas legales y fuerzas ilegales. Las primeras funcionan como partido político y las segundas como fuerzas de resistencia, sin perjuicio de que las legales se conviertan en casos dados, en ilegales". Véase Correspondencia Juan Domingo Perón, tomo II, págs. 58-59. Por rara paradoja, esta concepción sobre el accionar insurreccional del peronismo fue avalada cuando Perón asumió el poder en su tercera presidencia: las fuerzas legales del Estado se convirtieron en ilegales para reprimir a la ilegalidad.

     Los ocho diputados de la JP renunciaron a sus bancas y el Consejo Superior Justicialista los expulsó del Movimiento. La reforma al Código Penal fue votada el 25de enero de 1974. Unos días más tarde, en la primera semana de febrero de ese año, Perón hizo su último esfuerzo por reordenar bajo su mando a la juventud, y organizó una reunión en Olivos. Pero ante la negativa de Montoneros de participar del cónclave junto a los grupos ortodoxos, el presidente convalidó a la JPRA de JulioYessi. Cuando López Rega presentó a Yessi ante Perón como el titular de la Juventud Peronista, el presidente tuvo la gracia o la osadía de preguntarle quién lo había elegido. Yessi no pudo dar una respuesta inmediata. Junto a él, Perón recibió la visita de decenas de dirigentes ortodoxos, nacionalistas, fascistas y antisemitas (entre ellos Felipe Romeo y Patricio Fernández Rivero, de la CNU), a quienes bendijo con un lenguaje más civilizado que el de El Caudillo, pero trabajando sobre la misma idea: excluir a "los infiltrados y desviados del Movimiento". Perón habló de purificar antes de organizar.

     -Se está produciendo una infiltración que no es precisamente justicialista. Tenemos que saber quién es quién. Ya los venimos viendo. Tengo todos los documentos y además los he estudiado. Esos son cualquier cosa menos justicialistas. No podemos admitir que se nos pretenda meter ideologías y doctrinas totalmente extrañas a nuestra manera de sentir, dijo.

     Perón ya no promovía líneas antagónicas para que acordaran o colisionaran bajo su mando. Ese había sido su arte de conducción durante el exilio. Ahora reclamaba pureza ideológica en un Movimiento que desde su génesis se había distinguido por su capacidad de incorporar distintos proyectos políticos, en muchos casos contradictorios. Perón sabía que los jóvenes ortodoxos estaban muy lejos de llegar a los barrios y movilizar a las masas como lo hacía Montoneros. Pero tampoco le preocupaba:

     -Prefiero un buen hombre al frente de cinco, que uno malo al frente de cinco mil, porque ése es el que a la larga me va a derrumbar.

Véanse Las Bases del 12 de febrero de 1974, págs. 7-10. La concepción de que "uno bueno" conduzca a pocos representó un cambio respecto de lo que Perón pensaba (o al menos escribía—) en sus correspondencias personales. En julio de 1969, en carta al sociólogo Antonio Caparrós, explicó: "La función del Conductor Estratégico es precisamente llevar a todos hacia los objetivos, buenos y malos, porque si sólo quisiera llevar a los buenos, llegaría con tres o cuatro y, con tan pocos, no se puede hacer mucho en política". Véase

Correspondencia Juan Domingo Perón, tomo I, pág. 173. Por otra parte, entre los asistentes juveniles ortodoxos al cónclave con Perón se encontraba Alejandro Giovenco, un integrante de la CNU que actuaba en la UOM de Lorenzo Miguel y que moriría pocos días más tarde, cuando explotó la bomba que llevaba oculta en su valija, y que iba a utilizar contra la sede del diario El Mundo. En la edición anterior a su muerte, El Caudillo había denunciado al diario ligado al ERP de haber baleado desde las ventanas de la redacción una manifestación de la JPRA.

El cuerpo de Giovenco fue velado en la sede central del Partido Justicialista. En 1966, Giovenco había sido protagonista de un desembarco a las islas Malvinas junto a miembros del grupo MNA, entre los cuales estaba Dardo Cabo, quien, en 1974, estaría situado en sus antípodas ideológicas: era director del órgano montonero El Descamisado. Por otra parte, en esa época, Montoneros decía compartir el proyecto estratégico de Perón, pero no el ideológico. Lo explicaba así: "Hay una contradicción entre la ideología de Perón y la política de Perón. La política de Perón, el antiimperialismo apoyado en los trabajadores organi-zados, con una alianza de clases, etc., conduce necesariamente al socialismo, es decir la situación objetiva determina una contradicción entre las consecuencias de la política de Perón y su propia ideología. Por eso, posiblemente, Perón nos vea a nosotros como infiltrados ideológicos, y la burocracia (sindical) también nos vea como infiltrados ideológicos, pero no lo somos. Somos el hijo legítimo del Movimiento, somos la consecuencia de la política de Perón. En todo caso podríamos ser 'el hijo ilegítimo' de Perón, el hijo que no quiso, pero el hijo al fin. Estas contradicciones, nosotros las hemos descubierto hace muy poco y creemos que Perón también las ha descubierto hace muy poco. En la etapa anterior, contra la dictadura, las coincidencias eran totales [...] evidentemente siempre es mucho más fácil ponerse de acuerdo para destruir algo que para construirlo". Véase Roberto Baschetti (comp.), De Cámpora a la ruptura. Documentos 1913-1976, volumen I, pág. 276. Véase El Caudillo del 8 febrero de 1974

     El ajuste interno dentro del Movimiento había excluido a la JP ligada a la Tendencia. A partir de entonces, toda agrupación juvenil que deseara incorporarse a las filas del justicia-lismo debía ser aceptada por Julio Yessi, como titular de la rama juvenil del Consejo Supe-rior Justicialista. El aparato político montado seis meses atrás por López Rega, con fondos del Ministerio, ya estaba en pleno funcionamiento. En tanto, mientras en sus discursos Perón hablaba de pacificación, la guerra se había desatado.

     Ese verano de 1974, Felipe Romeo, que desde El Caudillo advertía que "todavía estamos hablando con palabras", fue tiroteado en Florencio Varela, donde vivía, y algunos miembros de la ortodoxia peronista fueron abatidos por militantes armados de Montoneros. En el peronismo ya no se peleaba al calor de las ideas sino con la helada contundencia de las balas.

     El Caudillo no detuvo su ofensiva. Al contrario, predijo que en 1974 se libraría la batalla final: Sabemos tirar muy bien y no hemos dejado oxidar las pistolas. Que el enemigo sepa claramente que por mucha prensa que tenga, a la hora de las balas la prensa tiembla. Aunque publiquen sus comunicados arteros y aunque dupliquen e inflen a gente que no existe, llegará el momento detener que incluir esos mismos nombres en la columna fúnebre.

     La Tendencia empezó a sentir el peso de las sentencias de El Caudillo. Al tradicional embate de las bandas armadas de la JSP y los grupos de la derecha peronista como el CdeO o la CNU, se sumó el accionar de los grupos para policiales. Allí el enfrentamiento se hizo desigual. Los locales de la izquierda peronista fueron atacados con explosivos plásticos, granadas Energa o metralletas Ingram, un arsenal que excedía las posibilidades armamen-tísticas de la ortodoxia.

     Pero si dos años antes Las Bases denunciaba a los grupos parapoliciales de Lanusse, ahora, en 1974, intentaba explicar que esos grupos no existían. Según la revista, "para-policial" era sólo un término que estaba de moda. Se trataba, simplemente, de policías de civil: "¿No se pretenderá que se vaya a hacer un procedimiento a un aguantadero extremista lleno de armas con lustrosos uniformes de gala?". El informe especial, publicado en el órgano oficial del Movimiento Nacional Justicialista, explicaba que para las fuerzas de seguridad "era imposible determinar el número exacto de detenciones porque las investigaciones estaban en pleno proceso", pero que, del total de detenidos, medio centenar "se hallan en estado de Convictos y confesos' y listos para ingresar a los canales de la justicia. El resto se encuentra en 'estado de declaración'. Y la mano dura que se comenta consiste en 'careos con quienes fueron compañeros de lucha' cuando todos (los peronistas y los no peronistas) actuaban bajo la misma bandera: Perón al poder". Por último, el informe señalaba que "una vez que la investigación ya haya entrado en la senda final, no tendrá motivos para ocultar cantidades ni nombres de detenidos, como así los cargos que existen contra ellos" y recordaba que las fuerzas de seguridad tienen el aval para actuar "hasta las últimas consecuencias".

     El informe publicado en Las Bases transmitía la nueva estrategia policial, que acababa de ponerse en marcha. Además de amenazar con el uso de fuerzas ilegales frente a los diputa-dos de la JP, Perón dio un paso decisivo para que éstas se instrumentaran al reincorporar a la Policía Federal al comisario retirado Alberto Villar. "Yo no lo necesito, lo necesita el país...", le explicó Perón el 29 de enero de1974, al designarlo subjefe de la fuerza con el propósito de velar por la seguridad  interna y combatir la guerrilla. Villar había sido uno de los jefes de su brigada de custodia en los años cincuenta y estaba imbuido de las doctrinas militares francesas de guerra contrarrevolucionaria, que en 1957 se aplicaron contra la guerrilla del Frente de Liberación Nacional (FLN) en Argelia. Sus antecedentes lo mostraban como algo más que "un comisario duro".

Véase Las Bases del 19 de febrero de 1974, pág. 6. La guerra "hasta las últimas consecuencias" que emprendió el ejército francés en Argelia implicaba torturas, los vuelos de la muerte (en los que arrojaban detenidos al mar), ejecuciones sumarias o desapariciones, implementadas por grupos de represores que obraban al margen de la ley, con el objeto de provocar el terror en una sociedad que quería liberarse del dominio colonial francés. Villar aprendió los métodos de la "guerra sucia" en cursos dictados en París por miembros de la Organisation Armèe Secrète (OAS). Por otra parte, en 1970, como jefe de Orden Urbano de la Policía Federal, tuvo oportunidad de ejercitar sus conocimientos cuando organizó las primeras brigadas antiguerrilleras. Sus acciones eran violentas e intempestivas. En 1971, enviado a Córdoba con un contingente de la Guardia de Infantería a enfrentar y contener las movilizaciones de los sindicatos combativos y clasistas, y de los estudiantes universitarios, sus fuerzas se excedieron con un ciudadano, que dejó asentada una denuncia en una seccional local. El comisario provincial inició un sumario y detuvo a cuatro federales, amén de elevar el tema a la Justicia. Exasperado, Villar asaltó la comisaría con su grupo en busca del expediente y luego de que sus hombres terminaran de golpear al comisario provincial, lo metió en el calabozo. Tuvo que intervenir el Ejército para evitar la guerra policial. Villar quedó detenido en el Tercer Cuerpo de Ejército y fue liberado por orden del entonces presidente Lanusse. Pasó un tiempo "en disponibilidad" hasta que en agosto de 1972 reapareció y tomó la sede del Partido Justicialista con las tanquetas del Cuerpo de Infantería mientras en su interior se velaba a los guerrilleros fusilados por la Armada en Rawson. Todo el peronismo lo odió. Villar pidió el pase a retiro cuando asumió Cámpora, y fue convertido en la escoria de un pasado que jamás volvería. Perón se ocupó de rescatarlo de la inactividad. El ex funcionario ya había montado la agencia de seguridad privada, integrada por centenares de ex policías a su servicio. Para una amplia descripción de Villar y su grupo de "tareas especiales", véase Martin Edwin Andersen, La Policía. Pasado, presente y propuestas para el futuro, Buenos Aires, Sudamericana, 2001, capítulo.

     Un día después de su reincorporación a la fuerza, la prensa recibió la primera lista de abogados, periodistas, políticos, militares, sindicalistas y curas condenados a muerte por la Triple A. Entre los "condenados" estaban el obispo de La Rioja Enrique Angelelli, Julio Troxler, el dirigente montonero Roberto Quieto y el intelectual marxista Silvio Frondizi. La promesa era ajusticiarlos donde se los encontrara. Y, tanto durante el gobierno justicialista como durante la dictadura militar que lo sucedió, ese mandato se cumplió.

     Para su desembarco en la fuerza, Villar había conformado un grupo de más de cien hombres, a quienes llamaba "Los Centuriones", y que se dedicarían a "tareas especiales". Muchos de sus miembros, que habían sido reclutados para tareas de seguridad privada, pasaron a realizar operaciones clandestinas bajo el resguardo del Estado. A partir de la reaparición de Villar, López Rega pudo poner un pie en la Policía Federal. Ambos habían compartido tareas de custodia en la residencia presidencial durante los dos primeros gobiernos de Perón. Otro policía de entonces, Juan Ramón Morales, se había convertido en el jefe de seguridad del ministro de Bienestar Social. De este modo, los movimientos de la custodia de López Rega y delas "fuerzas especiales" de la Policía Federal estaban coordinados: compartían el mismo enemigo.

     Villar tenía una visión internacionalista para la aniquilación del marxismo y la guerrilla, los "enemigos internos", de acuerdo con la Doctrina de Seguridad Nacional. Por ese motivo, todavía como subjefe policial, estableció un acuerdo secreto con los organismos de seguridad de Bolivia, el Uruguay y Chile para perseguir a los refugiados de esos países que escapaban de la represión militar. El acuerdo facultaba a los policías extranjeros para actuar ilegalmente en la Argentina contra los exiliados; creaba una central de informaciones con una base de datos de militantes de izquierda, sumaba agregadurías legales o "especialistas en la lucha antinarcóticos" en las embajadas para tareas de espionaje, etcétera. De este modo, a través del Departamento de Asuntos Extranjeros (DAE) de la Policía Federal, la Argentina empezó a colaborar en forma activa con las dictaduras del Cono Sur, en un anticipo de lo que luego se conocería como el Plan Cóndor.

     Los efectos de esa política represiva se precisarían en el curso de 1974, cuando aparecieron decenas de cadáveres de exiliados que durante el gobierno peronista habían buscado refugio en la Argentina. Es paradójico que una de las víctimas de este plan haya sido el propio general chileno Carlos Prats, ex ministro de Defensa de Salvador Allende, que se había exiliado en el país y trabajaba en una empresa de la que Gelbard era accionista, y que hasta el mismo verano del año de su asesinato intercambiaba afectuosas cartas con Perón. En su correspondencia, el presidente lo prevenía respecto de los riesgos de la hegemonía política norteamericana en el hemisferio y lo exhortaba a cuidarse. Prats y su esposa Sofía Cuthbert de Prats morirían a manos de la policía secreta chilena, con la colaboración del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal Argentina, en un atentado realizado en Buenos Aires el 30 de septiembre de 1974. Por otra parte, en el orden interno, la jefatura de la policía política local (la Superintendencia de Seguridad Federal(SSF)) quedó bajo control del comisario mayor Luis Margaride,  también recuperado para la institución por un decreto de Perón.

     Hacia febrero de 1974, los grupos parapoliciales combinados con los grupos de choque del sindicalismo y la ortodoxia peronista ya habían atentado contra veinticinco unidades básicas de la Tendencia, hecho estallar bombas en diarios y periódicos de izquierda, y asesinado a trece personas, la mayoría de ellas dirigentes obreros. En una conferencia de prensa, a diez días de la asunción de Villar, se le preguntó a Perón si el gobierno tomaría alguna medida contra los grupos parapoliciales de ultraderecha. Ese día, en la Casa Rosada había un clima de vacío de poder, se percibía una atmósfera muy tensa. Se comentaba que el General y su esposa abandonarían el país; otra versión hablaba de renuncias en el gabinete y del a implantación del estado de sitio. Perón convocó a los medios para desmentir todo.

     Cuando la cronista Ana Guzetti, del diario El Mundo, le hizo la pregunta fatal, Perón se tomó su tiempo para que el edecán aeronáutico le encendiera un cigarrillo, que fumaba en boquilla. Después contestó con otra pregunta:

     -¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar. Tomen los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita. Esos son asuntos policiales que están provocados por la ultraizquierda, que son ustedes, y la ultraderecha que son los otros. De manera que arréglense entre ustedes. La policía y la Justicia procederán. Lo que nosotros queremos es paz, y lo que ustedes no quieren es paz.

     En la década de los sesenta, el comisario Margaride cobró fama por requisar hoteles alojamiento y encarcelar a los amantes, previa denuncia a los cónyuges engañados, en una sonada cruzada moralizadora que le hizo ganar más burlas y desprecios que prestigio. Para correspondencia entre Prats y Perón, véase Stella Calloni, Los años del lobo. El Plan Cóndor, Buenos Aires, Peña Lillo Editores, 1999,págs. 54-56.

Para la política de represión a los exiliados chilenos durante el gobierno de Perón, enacuerdo con el general Pinochet, véase artículo "Perón y la Triple A" en Lucha Armada,

n° 3, 2005. En el artículo se menciona que la reunión Perón-Pinochet de mayo de 1974 es considerada el primer antecedente de la colaboración interregional con métodos criminales entre los gobiernos del Cono Sur, luego conocido como Plan Cóndor.

Para la conformación del Departamento de Asuntos Extranjeros para la represión policial, véase periódico El Auténtico, del 23 de diciembre de 1975. El crimen del general Prats y su esposa, que contó con la participación de servicios de inteligencia de Chile y la colaboración de funcionarios del Estado argentino, fue declarado un delito de "lesa humanidad", según la resolución de la Corte Suprema Argentina de marzo de 2005, y por lo tanto, imprescriptible, según el derecho internacional. Por el homicidio del general Prats y su esposa fue condenado a reclusión perpetua el agente de inteligencia chileno Enrique Arancibia Clavel. Para un completo estudio de este proceso, véase Alejandro Carrió,

Los crímenes del Cóndor. El caso Prats y la trama de conspiraciones entre los servicios de inteligencia del Cono Sur, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

     El 22 de febrero de 1974, El Caudillo dedicó un estruendoso "¡Oíme, chupatinta!" a Ana Guzetti, quien fue prevenida de lo que podría sucederle. "Corres el riesgo de que ese nombre tuyo (chupatintas) tenga alguna alteración y se cambie tinta por fuego." Un año más tarde, la periodista sería secuestrada por "grupos civiles armados" que la retuvieron por más de diez días y la liberaron, luego de infligirle diversas heridas, con la cara práctica-mente desfigurada.

     En sintonía con la estrategia de excluir a la Tendencia de todos los órdenes de la administración del país, a fines de febrero de 1974 el coronel Antonio Domingo Navarro, jefe de la policía provincial de Córdoba, entró a punta de pistola a la Casa de Gobierno y depuso al gobernador Ricardo Obregón Cano y a su vice Atilio López. Perón convalidó el procedi-miento de los sediciosos que desplazaron al gobierno constitucional y se negó a imponer la ley y restituirlo. En cambio, envió como interventor federal a Duilio Brunello. El comisario Navarro sería procesado e indultado pocos meses después.

     A partir de entonces, las bandas de paramilitares, organizadas por el Comando III del Ejército (al mando del general Luciano Benjamín Menéndez), y los grupos parapoliciales tendrían su "zona liberada" en toda la provincia. Conformarían un grupo que se conocería como "Libertadores de América", la versión cordobesa de la Triple A.

     Mientras el país se ensombrecía, víctima de persecuciones y crímenes, López Rega no olvidó su costado político y dio otro golpe por sorpresa sobre el área de Economía. Pro-gramó un faraónico acuerdo multilateral con Libia, gobernada por el coronel Muammar Khadafi, en un contexto internacional signado por la crisis petrolera originada en el conflicto de Medio Oriente. La génesis del intercambio había surgido a través del cónsul general deKuwait, Faysal Nufuri, que en su intento de acercar a Perón al mundo árabe organizó, para el último trimestre de 1973, la gira por Libia, Egipto y otros paísesde Asia menor, de una delegación compuesta por directivos de YPF, la CGE, el empresario petrolero Carlos Pérez Companc y el consultor Alejandro Name. La base conceptual del acuerdo era el inter-cambio de proteínas por energía, y Orlando D'Adamo, funcionario de Gelbard, empezó a trabajar en el volumen global del proyecto.

Todo transitaba por los carriles institucionales normales, hasta que, de pronto, López Rega constituyó la Unidad Operativa Proyecto Libia, la puso a cargo de Celestino Rodrigo, su secretario de Seguridad Social, y viajó a ese país con una delegación propia para firmar acuerdos de importación de petróleo y gas licuado, construcción de viviendas, exportación de automóviles, venta de productos agrícolas y ganaderos, armas, y numerosos convenios de distintos rubros. En resumen: López Rega volvió con la noticia de que los libios entregarían doscientos millones de dólares por adelantado, en cuatro cuotas, y la Argentina devolvería ese dinero con parte de lo producido en las cosechas de los siguientes tres años.

     Tras el entusiasmo por el logro inicial, del que López Rega hizo publicidad durante todo 1974, el convenio con los libios fue hundiéndose en forma espasmódica por denuncias de negociados ocultos y conductas disparatadas. En términos políticos, fue significativo el modo, y también la excusa, por los que el ministro de Bienestar Social desplazó a Gelbard del control de los negocios con Libia. En una reunión que organizó entre los embajadores árabes y Perón para informar sobre su misión a Libia, dijo que los apellidos judíos del gabinete habían traído dificultades en sus negociaciones, que sin embargo habían concluido con éxito.

     Era evidente que la alianza entre los ministros más poderosos del gabinete empezaba a resquebrajarse. Ya había pasado el tiempo en que López Rega decía que Gelbard (entendido como materia), Isabel (como espíritu) y él mismo (como universo astral) com-pondrían la trilogía que protegería a Perón y dominaría el gobierno. Su incursión en Libia también puede interpretarse como una división de territorios entre ministros: Gelbard realizaba convenios con Cuba y los países del Este, y López Rega se reservaba los territorios árabes, aprovechando el andamiaje que le ofrecía la P2 por sus relaciones con el gobierno revolucionario de Khadafi.

Si bien Perón, en principio, avaló públicamente la Unidad Operativa Proyecto Libia, también formuló algunas críticas (laterales al acuerdo) al mismo López Rega. Por ejemplo, no dejó de reprocharle que hubiera utilizado dinero de fondos reservados de la Presidencia para solventar la fastuosa estadía de la delegación libia que llegara posteriormente a Buenos Aires. En su deseo de hacer más cómoda la visita, López Rega los había alojado en el hotel Plaza, les envió cajas de whisky e incluso le encargó a su secretario de prensa, Jorge Conti (también "veedor del Estado" en el Canal 11) que enviara mujeres del mundillo televisivo para que se consustanciaran con los usos y costumbres de la delegación árabe. En medio de la reprimenda, entró un mozo al despacho y le sirvió un jugo al Presidente. López Rega aprovechó esa coyuntura para iniciar el contragolpe. "Ahora usted la tiene fácil, toca el timbre y le traen un pomelo. Pero se olvida los años en que yo le exprimía el jugo en la cocina de Puerta de Hierro y se lo llevaba a su dormitorio...", dijo, rememorando su época de mayordomo. Perón quedó en silencio. Por otra parte, el interés de López Rega por consumar el acuerdo con los libios era tan manifiesto que una vez llevó a la delegación árabe a la playa de la residencia presidencial de Chapadmalal para discutir la venta de fragatas a Libia, y los hizo recibir por Isabel Perón. Isabel entonces ya era presidenta y estaba en traje de baño. La venta de fragatas provocó desavenencias entre el almirante Eduardo Massera y el ministro de Bienestar Social. El primero sintió que estaban poniendo los pies en un negocio que le competía exclusivamente a él, por ser el jefe de la Armada. En realidad, el convenio con Libia incluía aspectos no publicitados: además de la exportación de fragatas, preveía la construcción bajo licencia argentina de cuatro submarinos, además de cañones, ametralladoras, fusiles FAL y otras municiones para equipar al ejército libio, frente a la hipótesis de conflicto con Israel. Los árabes, por su lado, financiarían el desarrollo de un misil. Por otra parte, hubo varios ítems del acuerdo libio-argentino que se malograron con el paso de los meses: la Argentina no construyó casas en Libia; el valor del barril de petróleo estaba por encima del precio de mercado (que era fluctuante, ante la crisis de Medio Oriente), la carga de cereales argentina que llegó a Trípoli en barco estaba "embichada", los catorce cadetes libios que llegaron a la Argentina becados por la Armada fueron expulsados por su falta de conducta y disciplina, etc. Véase La Nación del 11 de junio de 1986. Asimismo, López Rega también le había encargado a Licio Gelli su gestión para que la Argentina vendiera a Libia armas que fabricaría bajo licencia alemana. "De acuerdo a las tratativas realizadas con la República Árabe Libia existe la necesidad de obtener la aprobación para la venta de submarinos tipo Salta que se construirán en el país", le escribió el ministro. Gelli, a fines de 1974, le explicó el fracaso de esa gestión: "Encontré la atmósfera muy fría. Allí no tienen intenciones de armar a los árabes, y menos al país de referencia". Véase revista Humor de mayo de 1986.

     El plan de expansión de López Rega sobre el control de las diferentes áreas del gobierno también tenía su correlato en las inversiones privadas. En la Semana Santa de 1974, mien-tras descansaba en Bariloche junto a la vicepresidenta y Perón reposaba en Olivos, López Rega envió una comisión al Brasil para comprar tierras en las playas del sur, donde había bosquejado a fines de la década de los cincuenta, y donde proyectaba vivir los últimos años de su vida del modo que siempre había soñado: descalzo, con el viento golpeando las maderas de su casa frente al mar, mientras él escribía historias de maestros e iniciados hindúes.

     Para comprar esas tierras, envió una comisión integrada por Claudio Ferreira, Marco Aurelio, hijo de su primer matrimonio, y Mario Rotundo, en un vuelo de la empresa Cóndor alquilado por el Ministerio de Bienestar Social. El avión partió de Buenos Aires, hizo escala en Porto Alegre y volvió a salir. A minutos del despegue, el motor empezó a fallar, la nave quedó suspendida en el aire, el piloto intentó hacerla planear para hacer menos traumático el descenso, pero cayó de trompa desde quinientos metros, atravesando unos cables de alta tensión que amortiguaron el choque. El avión se frenó sobre un arrozal. La máquina quedó destrozada, pero todos los tripulantes fueron rescatados vivos dos horas más tarde por un helicóptero de una base aérea de Canoas. El más perjudicado resultó Claudio Ferreira, que perdió parte de un pie y al que con el golpe se le había salido un ojo. Mario Rotundo intentó auxiliarlo. Se lo limpió para que no quedara infectado, y lo repuso provisoriamente sobre la cavidad. Luego de una internación en Porto Alegre, Ferreira viajó a Buenos Aires a realizarse una cirugía. No recuperaría la visión de ese ojo, aunque la operación plástica no empeoró demasiado su apariencia. Pero lo que quedaría perdido en la nebulosa del accidentes ería la valija con el dinero destinado a la operación inmobiliaria. Las miradas de los allegados a López Rega se dirigieron al único que permaneció consciente luego del accidente: Mario Rotundo. De todos modos, López Rega insistiría con la compra de tierras pocos meses más tarde, aunque jamás lograría darle el destino que había soñado.

Mario Rotundo había conocido a López Rega en Madrid, a fines de los años sesenta. Cuando éste era secretario de Perón, colaboró con él en algunos trabajos editoriales. En 1973, Rotundo no intervino en el Ministerio de Bienestar Social. Instalado en la agencia de Turismo Rotamund, se dedicó a la actividad privada. Cuatro personas entrevistadas por el autor (que guardan algún rencor contra Rotundo—) lo acusan de haberse guardado el dinero del maletín en el accidente aéreo. La referencia a este maletín también fue publicada en el diario O Globo el 7 de julio de 1975, donde se indicó puntualmente que "amigos de Claudio Ferreira dicen que éste no oculta que es intermediario en los negocios de López Rega en Brasil". Entrevistado por el autor, Rotundo dijo que en el maletín llevaba documentación que le había encomendado el mismo Perón para rearmar el proyecto de integración regional con el Brasil, conocido como ABC, y que el avión tenía como destino Brasilia.

     A pocos días del accidente nació Claudinho, el primer hijo de Ferreira de su relación con Eloá Copetti Vianna. Lo bautizaron en Buenos Aires. López Rega fue el padrino. Sin embar-go, a pesar de la entrañable amistad que unía a los dos hombres, y que se mantendría constante en los buenos y los malos tiempos que les tocó vivir, había cuestiones complejas, ligadas a la personalidad en algún punto inescrutable de López Rega, y para las que Ferreira no encontraba explicación. Esas cuestiones lo herían profundamente. Una tarde de mayo de 1974, impresionado por la foto de un militante asesinado que apareció en la porta-da de un diario porteño, le confesó a Eloá:

     -Lo que más me duele es que todo esto es por culpa de López. Todo el sufrimiento, toda la violencia, todos los muertos.

     A Eloá también le resultaba incomprensible que el López que ella conocía, una persona-lidad fascinante, serena, carente de ira, de odio y de rencores, pudiera tener responsabi-lidad en tantas muertes. Para Ferreira, sin embargo, esos abismos del ser no bastaban para destruir la amistad. López Rega era su hermano y debía aceptarlo tal como era.

     La misma incertidumbre que López Rega le producía a Ferreira la experimentó el nuevo embajador norteamericano, Robert Hill, en la Semana Santa de 1974, sólo que ligada a cues-tiones políticas. Un informante le refirió que el ministro de Bienestar Social e Isabel se ha-bían enemistado, y que Perón no tomaba partido en esa pelea. En el cable enviado a Washington, el embajador intentó desmenuzar la intriga de palacio: Varios motivos fueron dados por la fuente de la pelea. El más importante, Lastiri y María Estela (Isabel Perón) llegaron a la conclusión de que López Rega es odiado por la mayoría del movimiento peronista excepto por los pocos aduladores de quienes se rodeaba. El ministro todavía sueña con se rel sucesor de Perón pero el hecho es que su único apoyo es el mismo Perón, por lo tanto, más tarde, este apoyo puede desaparecer al morir o quedar incapacitado el presidente. Entonces López Rega caería inmediatamente.

     Lastiri y María Estela habían llegado a la conclusión de que los dos tenían una mejor posición de cara a la Argentina post-Perón y debían desarrollar posiciones por sí mismos, diferenciándose de López Rega, o corrían el riesgo de ser arrastrados por la caída de éste. Lastiri y María Estela (pero especialmente el primero) estaban en desacuerdo con López Rega sobre puntos más amplios de estilo de gobierno.

Para la percepción de Ferreira sobre López Rega, entrevista del autor a Eloá Copetti Vianna. En 1975, a instancias del ministro de Bienestar Social, Ferreira se convertiría en ciudadano argentino y representaría al país ante el Brasil en su nueva condición de presidente de la Cámara Comercial Argentino-Brasileña. También por intermedio de López Rega —y pese a que sus conocimientos periodísticos eran precarios—, sería designado director de la oficina de Río de Janeiro de la agencia de noticias estatal Télam, cuyos costos de instalación derivarían en una causa judicial que lo llevaría a prisión por unos días. Véase capítulo 17.

     Lastiri es fuerte precursor de línea moderada, consenso, diálogo continuado con otros partidos y adherente al constitucionalismo. Él, aparentemente, convenció a María Estela en el momento de la crisis de Córdoba, diciendo que su futura posición (la de ella) dependía de la amplia aceptación pública de la sucesión constitucional, por lo tanto cualquier acción que socave la Constitución irá contra sus intereses. López Rega, por su parte, de acuerdo a un informante, había apoyado el ala derecha en el caso Córdoba y en un más amplio contexto ha dado evidencia de estar poco comprometido con leyes, consenso y diálogo con otros partidos. Las fuentes no están seguras respecto de dónde está parado Gelbard, pero creen que estaría alineado con Lastiri y María Estela. En este contexto, es interesante notar que María Estela descansó en Bariloche el fin de semana de Pascuas, acompañada por López Rega, Gelbard y su última esposa e hija. Perón permaneció en Buenos Aires "para cuidar la casa". Hill no tenía absoluta certeza de la veracidad de la información que transmitía a Washington. Y prefirió dar detalles de su fuente para tomar algunas precauciones.

     A mediados de abril de 1974, Perón designó a Villar como jefe de la Policía Federal, en reemplazo del general Miguel Ángel Iñíguez. Quizá un elemento a tener en cuenta para entender la destitución haya sido que el jefe de Policía había detenido a Mario Firmenich el mes anterior, y luego de cuatro días lo liberó. Pero el hecho que determinó la baja de Iñíguez fue su oposición al regreso de López Rega a la institución policial. En cambio, ya bajo la jefatura de Villar, el ministro de Bienestar Social se reincorporó a la fuerza por decreto 1350 del Poder Ejecutivo Nacional, y sobre la base de una petición del centro de jefes y oficiales de la fuerza. Según la solicitud, López Rega se había retirado de la Policía Federal por "causas políticas" en 1962 y, en compensación, el 3 de mayo de 1974 fue ascendido de sargento a comisario general.

En el cable enviado a Washington, Hill agregó: "Comentario: El informante es muy pro-Lastiri y puede haber exagerado alguna cosa sobre la seriedad de la pelea y el rol positivo de Lastiri. Al menos por un tiempo el comportamiento en las reuniones públicas, para aparentar, sería como si ninguna pelea hubiera existido. Si la pelea continúa, con implicaciones a largo plazo, con respecto a cuestiones como sucesión, tono y estilo de gobierno, entonces debe ser considerado. No hay indicaciones de que L. Rega haya perdido o esté perdiendo la confianza de Perón. Será interesante y significante, ver la actitud que Perón tome eventualmente". Véase archivo desclasificado por el Departamento de Estado del 15 de abrilde 1974, E.O. 11652.

      En forma simultánea a su designación, López Rega entregó un millonario subsidio a la institución para realizar obras en el hospital policial Bartolomé Churruca. Aunque este ascenso rompía todas las reglas internas y podía revelar cierta vanidad del ministro, en realidad ilustraba la creciente influencia que iba ganando sobre la Policía Federal. Por entonces, la conexión entre López Rega y Villar en la tarea de reprimir a la izquierda (peronista y no peronista) era constante, pero la relación entre los dos estaría sujeta a controversias personales por los celos mutuos generados en la disputa por el mando de la fuerza.

     Una muestra de la doble representación de poder de policía y poder político que ejercía López Rega fue el convenio bilateral de represión al narcotráfico que firmó con el embajador de los Estados Unidos. Robert Charles Hill era un experto en seguridad y también un operador de la política global de Nixon, quien, bajo la cobertura de la "guerra a las drogas", buscaba neutralizar el desarrollo de las organizaciones guerrilleras en América latina. Desde esta perspectiva, López Rega podía considerarse un aliado, porque también entendía que el combate contra las drogas formaba parte de un plan político de lucha contra la subversión, y así lo expresó, a través de una anécdota, en el encuentro que mantuvo con Hill, y del que también participaron los comisarios Villar y Margaride, un funcionario de la Comisión Nacional de Toxicomanía y Narcóticos, y Carlos Villone, secretario de Coor-dinación y Promoción Social del ministerio.

     La antesala del encuentro entre López Rega y Hill estuvo marcada por la excentricidad: el ministro relató al embajador detalles de su paso por los Estados Unidos en 1953: le dijo que había estudiado ópera, y le cantó "Rose Marie, I love you". Pero la reunión también dejó abierta la posibilidad de una vinculación de López Rega con la CIA. En el cónclave, según la exposición posterior de Hill al Departamento de Estado norteamericano, el ministro le confió que la guerrilla "era guiada desde Moscú" y, en ese contexto, criticó a Gelbard por acomodarse con los países del Este donde acababa de realizar una gira de acuerdos comerciales. Por su parte, Hill describió a López Rega como un hombre elegante, inescrupulosamente ambicioso, excéntrico pero no tonto, que quería ser presidente de la Argentina, y también informó que había viajado al Brasil "para participar de un ritual del culto haitiano, que incluía la ingesta de sangre de un pollo sacrificado y colgado cabeza abajo".

Según una información publicada en el libro Bernardo Alberte. Un militar entre obreros y guerrilleros, de Eduardo Gurrucharri, ob. cit., pág. 361, López Rega y Villar se reunían en el salón comedor de la Casa Rosada para confeccionar las listas de los "infiltrados" que debían ser eliminados. Por su parte, la defensa que López Rega hacía de su custodia era cerrada. Le reclamó al ministro de Justicia Antonio Benítez que indultara a Rodolfo Almirón, que todavía cargaba con un proceso judicial por sus antecedentes penales. Como el indulto se demoraba, López le anticipó que "sus días estaban contados", sin aclarar si se refería a su vida personal o a sus funciones ministeriales dentro del gobierno (información obtenida en una entrevista realizada a Gustavo Caraballo).

En 1973, los funcionarios norteamericanos tenían dos líneas de interpretación diferentes frente a la figura de Perón. Una tendía a creer que era nacionalista y antinorteamericano. La otra afirmaba que Perón buscaba mimetizarse con los Estados Unidos. Por su parte, la salida de David Lodge a fines de1973 supuso un seguimiento más riguroso de la evolución política de la Argentina por parte de los Estados Unidos. (Entrevista del autor al periodista Martin Andersen.)

     Dos meses antes de su muerte, Perón endureció su relación con Montoneros. A partir de las elecciones del 11 de marzo de 1973, vivió con ellos un proceso de incomprensión mutua que derivó en un final traumático, que se expresó en su discurso del 1 de mayo de 1974, cuando los trató de "idiotas útiles" y "mercenarios al servicio del extranjero". Ese día, desde temprano, los servicios de inteligencia habían pintado las paredes del centro de Buenos Aires con consignas contra Perón e Isabel, a los que acusaban de "vendidos" y "traidores", y colocaron la firma de "Montoneros". López Rega llevó la noticia de las pintadas a oídos de Perón. Por la tarde, el ambiente se fue calentando en el interior de la Casa de Gobierno.

     Cuando encaró hacia el balcón, Perón estaba desorbitado, con la cara hinchada, roja de furia, y los montoneros, abajo, en la Plaza de Mayo, tampoco se mostraban dispuestos a tranquilizarlo. Demoraron el comienzo del discurso presidencial durante nueve minutos, al grito de "el pueblo te lo pide, queremos la cabeza de Villar y Margaride". Para salir del paso, Isabel coronó a la Reina del Trabajo. Luego, la columna de Montoneros, que ocupaba la mitad de la plaza, la defenestró por omisión; "Evita hay una sola...", y lanzaron como un bramido un grito de incomprensión: "¿Qué pasa, General, que está lleno de gorilas el go-bierno popular?".

Hill realizó esta exposición en Washington el 27 de noviembre de 1974. Allí comentó que López Rega había grabado la conversación sin que él lo supiera, y que la había hecho publicar en Las Bases. Hill se sorprendió con la actitud pero no se avergonzó de nada de lo que había sido publicado. La relación entre Hill y López Rega, según distintas publicaciones, habría surgido a principios de los años setenta, cuando el embajador norteamericano estaba destinado en Madrid. Según el libro La Triple A, de Ignacio González Jansen (Buenos Aires, Contrapunto, 1986), a partir de su llegada a la Argentina, Hill habría designado a uno de sus asistentes "para mantener una estrecha relación con López Rega, y eran usuales los encuentros de ambos en el bar del hotel Ritz. Fue allí donde fueron presentados el secretario de Perón y uno de los jefes de las bandas terroristas guatemaltecas, el coronel Máximo Zepeda". Según ell ibro, que no cita la fuente de la información, ante la preocu-pación por la infiltración marxista en el peronismo, "Hill lo puso en contacto con un experto en la eliminación sistemática de opositores. Zepeda trabajaba desde hacía algunos años con la CIA, y su especialidad era la de organizar grupos paramilitares para aniquilar a los comunistas". De acuerdo con esta hipótesis, Zepeda entregó manuales a López Rega donde se especificaba que se debía eliminar a "dirigentes políticos y sindicales, con religiosos progresistas, a periodistas opositores, etc. Véase pág. 98 de ob. cit. Por su parte, el periodista Rodolfo Walsh, como jefe de inteligencia, preparó una investigación para la conducción montonera sobrel a conexión de la CIA con la Triple A. La focalizó en la relación del comisario Villar con los jefes policiales del Uruguay, el Brasil, Chile, Bolivia y el Paraguay, que componían un comando que incluía la participación de oficiales y suboficiales de la Policía Federal Argentina. Utilizaban una casa operativa dela calle San José al 700. Walsh indicó que el comando dependía del Departamento de Asuntos Extranjeros de la policía, al mando del comisario inspector Juan Gattei, y tenía como jefe de operaciones al inspector Juan Pietra, y al inspector Rolando Nerone como jefe de inteligencia. Walsh marcaba el nexo entre la AAA y la inteligencia norteamericana a través del comisario Gattei, egresado de la escuela de policía de la CIA en 1962, e informó que Gattei y el comisario Antonio Gestor "estaban sometidos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, station chief  de la CIA en la Argentina". Por último, Walsh concluía: "Si la hipótesis consignada sobre la conducción de la CIA en las operaciones de las AAA fuera exacta, la jefatura real recaería en el oficial de dicho servicio que atiende a López Rega". Véase El Periodista del 21 de marzo de 1986

     En su alocución, Perón los trató de estúpidos e imberbes, y rescató la historia de las organizaciones sindicales (llamó a sus dirigentes "sabios y prudentes") y rindió homenaje a los sindicalistas asesinados, "sin que todavía haya sonado el escarmiento". Apenas comen-zaron los insultos, los montoneros empezaron a retirarse, frente a la vista de la otra mitad de la plaza, ocupada por los gremios ortodoxos, que gritaba "Ar-gen-ti-na".

     Luego de aquel día, y a través de distintos interlocutores, Perón intentó retomar el diálogo con Montoneros, pero la iniciativa (quizá por falta de voluntad o de tiempo) no pros-peró. De todos modos, Perón entendía que sólo los sindicalistas y el aparato partidario podían defender la homogeneidad del peronismo y aplastar los "intentos de disociación y anarquía" de "los infiltrados": su decisión de terminar con el accionar de la guerrilla, por las buenas o por las malas, era irrevocable.

     El 12 de junio, el General amenazó con renunciar a la Presidencia por las constantes críticas de la prensa ante el creciente desabastecimiento de productos, que sólo podían encontrarse a mayor precio en el mercado negro. López Rega informó que, en ese caso, él e Isabel también se irían del país. La CGT convocó a sus afiliados a la Plaza de Mayo para respaldar al presidente. Por la tarde, cuando Perón salió al balcón de la Casa de Gobierno por última vez en su vida, reivindicó en su discurso todas las políticas que había soñado aplicar para su tercera presidencia: la liberación nacional, el pacto social, el proyecto nacional y el programa de reconstrucción democrática.

     Pero la democracia se iba consumiendo día tras día por la violencia política y la represión ilegal instrumentada por el Estado. Las últimas palabras de Perón en el balcón fueron: "Yo me llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino".

El 12 de junio Perón pronunció dos mensajes, uno en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, por la mañana y otro, en la Plaza de Mayo, por la tarde. Por la mañana expresó que había vuelto para servir lealmente a la Patria, que sabía que era un proceso difícil y peligroso pero que también era consciente de que no podía rehuir sus responsabilidades frente al pueblo. "Yo nunca engañé a ese pueblo, por quien siento un entrañable cariño. Ese es mi sentimiento y la relación que me ha dado fuerzas para seguir adelante, en medio de diarias acechanzas y conjuras ridículas, tanto de quienes sueñan con un pasado imposible como de los que desean apurar las cosas. Yo vine al país para unir y no para fomentar la desunión de los argentinos. Yo vine al país para lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia. Yo vine al país para brindar seguridad a nuestros ciudadanos y lanzar una revolución en paz y armonía y no para permitir que vivan temerosos quienes están empeñados en la gran tarea de edificar el destino común. Yo vine para ayudar a reconstruir el hombre argentino, destruido por largos años de sometimiento político, económico y social. Pero hay pequeñas sectas, perfectamente identificadas, con las que hasta el momento fuimos tolerantes, que se empeñan en obstruir nuestro proceso; son los que están saboteando nuestra independencia y nuestra independencia política exterior; son quienes intentan socavar las bases del acuerdo social, forjado para lanzar la Reconstrucción Nacional [...] Creo que ha llegado la hora de reflexionar acerca de lo que está pasando en el país y depurar de malezas este proceso porque, de lo contrario, pueden esperarse horas muy aciagas para el porvenir de la República". Frente a la concentración popular, por la tarde, expresó: "Compañeros: retempla mi espíritu. Estoy en presencia de este pueblo que toma en sus manos la responsabilidad de defender a la Patria. Creo, también, que ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro. Estamos luchando por superar lo que nos han dejado en la República, y en esa lucha no debe faltar un solo argentino que tenga el corazón bien templado. Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas. Pero, también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste se decide a la lucha, suele ser invencible [...] Sabemos que en la marcha que hemos emprendido tropezamos con muchos bandidos que nos querrán detener, pero con el concurso organizado del pueblo, nadie puede detener a nadie. Por eso deseo aprovechar esta oportunidad para pedirles a cada uno de ustedes que se transformen en un vigilante observador de estos hechos que quieran provocarse y actúen de acuerdo a las circunstancias". Para discursos completos de Perón del 12de junio de 1974, véase

Documentos 1973-1976. De la ruptura al golpe. Volumen II, págs. 76-84,compilador Roberto Baschetti.

     Su vida se estaba consumiendo. En sus últimos meses Perón casi no salía de la residencia de Olivos y atendía sólo por algunas horas al día las cuestiones de Estado. En los momentos en que no permanecía acostado en su cama jugueteando con los caniches, le gustaba vestir el uniforme de general, o ponerse alguno de sus trajes blancos y salir a caminar por el parque de la residencia. No existía para él mayor placer que conversar con los soldados rasos, contarles anécdotas de su vida militar, de la época en que había persuadido a los obreros para que levantaran una huelga en Salta por la década de los veinte, y disfrutaba con ellos del sabor de un asado, una copa o el último cigarrillo, mientras la custodia del ministro López Rega retozaba dentro de sus autos Torino Grand Routier negros con comunicación policial, o tomaban las armas para afinar la puntería en el polígono de tiro de la quinta.

     En la percepción de su muerte, Perón pensó que no era su esposa quien debía sucederlo en la Presidencia, sino Ricardo Balbín, el jefe de la Unión Cívica Radical. Entonces, las fuerzas políticas tenían cada vez menos incidencia en la vida del país. El problema para que asumiera Balbín era de orden legal. Por tal motivo, Perón pensó de nuevo en el secretario legal y técnico para que le preparara otra vez un "esquema institucional" que librara a Isabel de la responsabilidad de ejercerla primera magistratura. Lo hacía pensando en el bien del país y también en el de su esposa. Hay dos sólidas versiones que (pese a sus diferencias parciales) conducen a la misma idea: en su lecho de enfermo, Perón, a sus 78 años, intentó torcer la línea de sucesión. Esta idea, que provocó sorpresa y escozor en el ministro López Rega, no logró concretarse.

Según la versión publicada en el libro Doy fe (Buenos Aires, Losada, 1979, págs. 36-40) del periodista Heriberto Kahn (un testigo de la época que contaba con fuentes de primer nivel en el radicalismo y la Armada), Perón llamó a su dormitorio al secretario legal y técnico Gustavo Caraballo para que estudiara la posibilidad de que, luego de su muerte, el poder pasara a manos de Ricardo Balbín. Lo hizo en presencia de Isabel y López Rega. La primera permaneció en silencio, el ministro estalló en cólera y el tema quedó en suspenso. Después Perón volvió a convocar a Caraballo y le pidió que abandonara la idea, pero, en su presencia, le recordó a Isabel: "Nunca tomes ninguna decisión importante sin consultar a Balbín". El radicalismo, a través del dirigente Enrique Vanoli, intentó posteriormente que Caraballo hiciera público lo sucedido para generar un hecho político de magnitud. Pero Caraballo mantuvo su silencio. En entrevista con el autor, Caraballo hace una observación parcial a la versión publicada por Kahn: "En los últimos días, yo no lo vi a Perón. Estaba bloqueado por López Rega. Él le llevaba a firmar todos los decretos a su dormitorio. En una oportunidad López Rega me comentó que Perón estaba loco, que quería convocarme a mí para que hiciera designar a Balbín como heredero, pero no me dejó verlo. Estaba presente el secretario de la Casa Militar. Supongo que Perón quería realizar el mismo esquema de sucesión que habíamos evaluado para que él lo sucediera a Cámpora, sin realizar elecciones. En elf ondo, tenía desconfianza sobre la capacidad de Isabel. Durante mucho tiempo, yo me negué a contar esto porque Isabel ya era la presidenta y esta revelación le iba a quitar autoridad. Además, también consideré que era peligroso para mi propia persona. Después de unos meses, le pregunté a (miembro del Consejo Superior Peronista, Deolindo) Bittel si me daba permiso para hacer pública la última voluntad de Perón, porque entregar su gobierno al jefe de la oposición era un acto de grandeza. Y también para que no se le echara en cara que había dejado a una inútil como Isabel en el poder. Pero Bittel me dijo que no dijera nada porque si lo hacía público 'perjudicaba a todos los peronistas'"

     A principios de junio de 1974, Perón viajó al Paraguay. Estaba enfermo y pálido, ojeroso, pero también emocionado al recordar en la misma cañonera Humaitá los primeros días de su desdicha en el exilio, luego de que la Revolución Libertadora lo expulsara del poder en 1955. Permaneció en cubierta, bajo una implacable lluvia. Al regresar, se detuvo a almorzar en un restaurante de la Costanera, expuesto al viento helado que subía desde el Río de la Plata. Se recluyó en Olivos. Desde hacía un tiempo, ya no recibía a nadie.

     Ese mes, en reunión de gabinete, se decidió que todo lo que tuviera que firmar le fuese entregado por Isabel o por López Rega, y que no fuese perturbado por los ministros por cuestiones que podían alterar su ánimo. Estaba al cuidado de un pequeño equipo de emergencias, integrado por médicos residentes del Hospital Italiano, que había logrado instalarse en la planta baja, en los últimos meses, pese a la desconfianza que generaba en el ministro de Bienestar Social. López Rega, a su modo, también quería protegerlo: había instalado un micrófono en la mesa de luz del General, que estaba conectado a su habitación del primer piso, y cuando escuchaba sus quejidos, aparecía de inmediato.

     Sus diagnósticos vinculaban la aparición de los males a la posición de los astros. El 15 de junio, López Rega e Isabel iniciaron una gira por España, Suiza e Italia. Fueron condecorados por el Generalísimo Franco en el Palacio de las Cortes; en Ginebra, la vicepresidenta expuso en la Organización Internacional del Trabajo(OIT); en el Vaticano los recibió el Sumo Pontífice. Pero mientras los partes médicos que divulgaba la Secretaría de Prensa y Difusión hablaban de una "bronquitis", el 18 de junio Perón sufrió un pequeño infarto. A los dos días, aconsejado por Vanni y Villone, López Rega volvió al país. La embajada norteamericana supuso que era para proteger "sus flancos políticos". López Rega temía que en una reunión de gabinete se decidiera la creación de un Comité Nacional de Seguridad, con participación de las Fuerzas Armadas.

     A su regreso, el proyecto quedó paralizado. Isabel permaneció en Europa por razones de protocolo .Prensa y Difusión aseguraba que Perón presidía reuniones de gabinete, pero no permitía el ingreso de fotógrafos. El día 24 la embajada sospechó que había algo más que un fuerte resfrío cuando supo que Perón había cancelado a último momento la audiencia con el canciller australiano. Al día siguiente ya tenían conocimiento de que el problema era más serio. Enviaron un cable a Washington:

     Viejas fuentes de la embajada con estrechas conexiones al círculo íntimo de Perón nos han admitido que Perón está de hecho bastante enfermo. Ha habido complicaciones respiratorias. Mientras la prensa indica que presidió reuniones de gabinete por dos horas, solamente lo hizo por quince minutos. El gobierno desea no alarmar al público. Está ocultando el hecho en su totalidad. El 26 de junio Perón tuvo un dolor anginoso precordial. Los medicamentos ya no bastaban para modificarle la arritmia. El viernes 28, por la tarde, llegó Isabel. Prensa y Difusión anunció que Perón no realizaría tareas oficiales. Al anochecer, sus doctores informaron que desde hacía doce días el presidente tenía una broncopatía infecciosa que repercutía sobre una antigua afección circulatoria central. Le recomendaron reposo absoluto. Por la noche Isabel le mostró las fotos del viaje a Europa.

     El sábado 29 de junio, por la mañana, Perón delegó el mando presidencial en su esposa. Firmó desde la cama. La rúbrica era temblorosa. Esa mañana intentó sentarse en el sillón para ver los pájaros desde la ventana, pero se sintió mareado y enseguida volvió al lecho. Su mucama española Rosario Álvarez Espinosa, que lo acompañaba desde hacía casi quince años, escribiría en su diario personal. Nos llamaron a España y nos dijeron que el General estaba muy resfriado y volamos a Buenos Aires. Llegamos el viernes 27. Perón me preguntó por mi familia. La verdad es que lo encontré un poco decaído. Siempre que cogía un catarro no permanecía en cama más de tres días. El domingo 30 empeoró mucho. Yo le pedí a Dios que me quitase a mí la vida y se la alargara a él para que pudiera continuar su obra.

     En el atardecer del domingo 30, los médicos conservaban un mediano optimismo. Prensa y Difusión redactó un comunicado que hizo que los argentinos fueran a dormir tranquilos: Perón había experimentado una sensible mejoría en su cuadro clínico en las últimas horas. Continuaba en reposo.

     A la madrugada del lunes, Perón no encontraba la posición adecuada en la cama. No podía conciliar el sueño. A las 3.30, en el monitor del aparato médico se detectaron extra sístoles ventriculares. Pero a la mañana, a las 8, las perspectivas eran mejores. El General parecía recuperado. La mucama escribió: El lunes 1 de julio Isabelita llamó a una reunión de gabinete de ministros. Y Perón le dijo ¿justo hoy tiene que ser...? Yo estaba al lado. Después se levantó de la cama y se sentó en un sillón.

     A las 10 empezó la reunión de gabinete. A las 10.15, apareció el padre Héctor Ponzio en el dormitorio de Perón. Era el capellán del Regimiento de Granaderos, que oficiaba las misas los domingos en la capilla de la residencia, y que guardaba la costumbre de teñirse el pelo con tintura rojiza, lo cual hacía más llamativa su pequeña figura. Ponzio le dio la extremaunción. Diez minutos después se escucharon corridas en el primer piso. Bajaron a buscar al doctor Taiana en la Sala de Acuerdos de la residencia. El General se había descompuesto. La reunión se interrumpió a los gritos. Todos los ministros quedaron paralizados. López Rega subió hacia el dormitorio de Perón. Escribió la mucama en su diario: De golpe, Perón empezó a perder el aire, tenía la boca abierta y una gobernanta empezó a abanicarlo. Estaba con convulsiones en el sillón y dijo "me voy, me voy" y cayó para el suelo de costado. Era un paro cardíaco.

     Todo el equipo médico empezó a funcionar. Perón fue puesto en torso desnudo, le dieron medicación, le hicieron respiración artificial, le dieron un masaje cardíaco enérgico, rítmico. Isabel lo miraba compungida. El General ya no tenía irrigación cerebral ni reflejos pupilares. El monitor que mostraba el corazón de Perón se iba apagando, apagando, apagando, hasta que llegó al último puntito.

     Cuando la muerte clínica ya era un hecho, intercedió López Rega. Despejó a los médicos de alrededor de la cama. Era su momento.

     -El General ya murió en una ocasión y yo lo resucité, advirtió.

     Lo tomó de los tobillos. Entrecerró los ojos y, con pronunciación monótona y ritmo constante, balbuceó unos mantras, en su intento de alcanzar armonía con lo Divino. Hasta que gritó:

      -¡No te vayas, Faraón!, al mismo tiempo que sacudía las piernas muertas del General.

     Al cabo de febriles intentos por volverlo a la vida, se resignó:

     -El Gran Faraón no responde a mis esfuerzos por retenerlo acá en la Tierra. Debo desistir.

      El padre Ponzio comenzó a rezar un Padre Nuestro. A las dos y cuarto de la tarde, las emisoras de radio y televisión transmitieron el videotape en el que Isabel anunciaba la muerte del presidente. Dos horas más tarde, López Rega tomaría la cadena nacional para confirmar la noticia. Argentina se preparaba para vivir sin Perón

FUENTES DE ESTE CAPÍTULO

Para vicisitudes del traspaso de poder de Perón a su esposa se entrevistó a Gustavo Caraballo. Para el accidente aéreo en Porto Alegre, entrevistas a Eloá Copetti Vianna (segunda esposa de Ferreira), a Marco Aurelio Ferreira (hijo del primer matrimonio de Claudio Ferreira), a Mario Rotundo y a cuatro personas que prefirieron permanecer anónimas, y se utilizó la información de prensa ya mencionada. Para el relato de la muerte de Perón, fue realizado un cruce de información a partir de la entrevista a la mucama Rosario Álvarez Espinosa y su diario personal, el libro El último Perón, de Jorge Taiana, y los archivos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano