jueves, 29 de junio de 2017

LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE "A"CAP-12-La conspiración

 LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE "A"
 MARCELO LARRAKY
 
12

La conspiración

      Licio Gelli fue el hombre encargado de persuadir a los Estados Unidos y al Vaticano de que el retorno de Perón a la Argentina implicaría una barrera contra la propagación del comunismo en América latina. Gelli instrumentó la idea y unió a las partes para ejecutarla. A los 54 años, ya contaba con profusos antecedentes. Tenía un origen humilde, un pasado de combatiente voluntario del falangismo en la Guerra Civil Española, y había guiado y prote-gido a los criminales croatas que después de la Segunda Guerra Mundial necesitaban huir y preservar sus tesoros. En la década delos cincuenta, distanciado de su oficio de panadero, Gelli se convirtió en propietario de la fábrica de colchones Permaflex al mismo tiempo que todos los miércoles comenzaba a reunirse con la logia romana Gian Doménico Romagnosi, en la que se iniciaría como aprendiz masón. A pesar de que poseía un nivel cultural modes-to, su capacidad de organización y su talento para descubrir qué buscaban y querían los demás lo destacarían del resto de los hermanos. Atento a sus condiciones, el Gran Maestro Venerabile Giordano Gamberini lo incorporó a la Grande Logia de Oriente y lo elevó al tercer grado de Maestro. En 1966 Gelli se instaló como secretario organizativo en una oficina en Piazza Spagna, en Roma, y, alejándose un poco de la tradición de espiritualidad y esoteris-mo masónico, comenzó a incorporar a nuevos miembros en un apéndice de la Grande Logia, que denominó Propaganda Due (P2).
    

 Pese a su intento de romper con el liderazgo de la antigua masonería inglesa, y crear una "contra masonería", Gelli respetó cada uno de los símbolos del rito escocés. Sondeó las intenciones y los motivos por los cuales los miembros se incorporaban, recibió las contri-buciones anuales y dio tres abrazos a cada nuevo miembro de la logia. La fe anticomunista era un requisito imprescindible para ser aceptado. La P2 empezó a funcionar como un universo aparte de la Grande Logia de Oriente y fue transformándose en una fuerza oculta, un virus que se diseminaba entre los funcionarios de más alto nivel del gobierno, las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia, la policía, los ministerios de Finanzas y del Tesoro, el

Parlamento, los ejecutivos de banca, los industriales y los medios de comunicación. En sus ficheros, Gelli compilaba información sobre los hombres más poderosos de Italia: sus carreras, sus fortunas, sus compromisos, sus debilidades. A esta "sociedad de hombres libres e iguales" que juraban fidelidad a la P2, la logia les respondía con favores, ascensos, negocios, pero por sobre todo les otorgaba la seguridad de que protegería sus privilegios. Eternamente. Y para aquellos que habían quedado afuera de la esfera del poder, la logia también ofrecía una posibilidad de resarcimiento.

     La P2 se iba extendiendo en las profundidades del mundo esotérico: la luz guía de esa trama secreta de hermanos que se ayudaban entre sí era Licio Gelli, su alma y matriz. La P2 era su poder personal, su masonería "privada". Cuando en1970 el Gran Maestro Lino Salvini alcanzó el grado 33 de la Masonería y tocó la cumbre de la Logia Grande de Oriente, pronto advirtió que sus influencias en el poder, comparadas con la P2 de Gelli, contaban poco y nada. El puente de Gelli con Perón fue Giancarlo Elia Valori. Valori también era miembro de la P2, e incluso había hecho un paso por la Logia Romagnosi, pero sus redes de sustenta-ción estaban más ligadas a la curia romana: muchos cardenales lo consideraban una eminencia gris. Era el rol en el que Valori se sentía más a gusto. Nacido en 1940, a los 30 años se había graduado en economía en los Estados Unidos, era director internacional de la Radio Televisión Italiana (RAI) (mediante la que capitalizó su amistad con el presidente rumano Nicolás Ceausescu) y especialista en la geopolítica de China y el Mediterráneo.

      Como miembro fundador del Instituto de Relaciones Internacionales de Roma, Valori frecuentaba a empresarios, intelectuales y jefes de Estado. También era lobbysta de la Fiat. Los vínculos de Valori con la Argentina se cimentaron con las conferencias que dictó en la Universidad del Salvador en los años sesenta, pero fundamentalmente a través de Arturo Frondizi. Valori oficiaba como una suerte de embajador del ex presidente argentino y cada vez que éste viajaba a Europa le organizaba encuentros políticos y religiosos.

     Paralelamente, visitaba a Perón en Puerta de Hierro. Lo hacía siempre acompañado de su mamá, Emilia, que había salvado la vida de ciento veinte judíos durante la ocupación alemana en Italia, y que además se había hecho muy amiga de Isabel, lo cual le agregaba una cualidad emotiva a cada encuentro. Pero el vínculo de Perón con Valori también se sostenía en el recuerdo del fallecido Leo Valori, hermano de Giancarlo, quien, como representante en la Argentina de la empresa estatal de hidrocarburos italiana, había conocido al General durante su segunda presidencia. A partir de la relación bilateral con Frondizi y Perón, Valori empezó a batallar por la concreción del "Plan Europa".

     Era un proyecto estratégico para la Argentina afirmado sobre bases políticas y empresa-riales: unía la fuerza popular del general Perón y la visión política y el prestigio europeo de los que gozaba Frondizi con el respaldo y tutelaje de las más poderosas empresas italianas (Fiat, Techint, Pirelli) y del Mercado Común Europeo, dispuestas a invertir en el Cono Sur. Valori intuyó que el Plan Europa había empezado a nacer tras los dos encuentros que el 13 y el 29 de marzo de 1972 mantuvieron Perón y Frondizi en Puerta de Hierro, y de los que él fue uno de los artífices junto a Rogelio Frigerio. Como resultado de las reuniones, Frondizi declaró a la prensa que habían alcanzado acuerdos para la conformación de un frente cívico. El General no hizo comentarios, aunque a su alrededor algo se movió: Jorge Antonio trató de quitarle relevancia a la figura de Frondizi, López Rega grabó las conversaciones entre los dos ex presidentes y Valori reportó la información de lo conversado a la embajada norteamericana en Roma.

     Como miembro de la P2 (se inscribió en el Centro Cultural Europeo, refugio de la logia), Valori presentó a Licio Gelli sus relaciones con la Argentina: Perón y su esposa Isabel. Aunque la fecha en que empezaron a producirse los encuentros entre Perón y Gelli difiere según la fuente que los relate, lo cierto es que el jefe dela P2 aprovechó el contacto. Perón le servía para mostrarse otra vez como un paladín del anticomunismo. El plan de Gelli estaba concebido de manera diferente al de Valori. Su prioridad política, en relación con el retorno de Perón, era evitar que, a partir del desprestigio de los militares, la acción guerrillera y la convulsión social interna, la Argentina se saliera de cauce e imitara la senda revolucionaria de Chile, donde el socialista Salvador Allende había llegado al gobierno por vía electoral. La idea de utilizar a Perón como parte de un esquema institucional que contuviera el peligro del comunismo en la Argentina fue explicada por Gelli al Vaticano y al secretario de Estado Henry Kissinger, quien se la transmitió al presidente norteamericano Richard Nixon.

     El acuerdo por el regreso de Perón, diseñado por Gelli, unía a la masonería de la P2, al Rabinato de Nueva York (cuyo hombre en el poder era el propio Kissinger), al Vaticano y al gobierno de los Estados Unidos. De este modo, Perón contaría con el respaldo de poderes públicos y secretos para regresar a la Argentina. Además de la lucha contra el comunismo, Gelli entendía que el nuevo gobierno peronista constituiría una buena plataforma para los negocios de la P2.Por eso, a cambio de gestionar la conformidad del poder internacional para el retorno, Gelli le pedía algo a cambio a Perón: que le permitiera infiltrar la logia masónica en la Argentina.

Algunos años más tarde, cuando tenía orden de captura en todo el mundo, estaba sin dinero y se sentía abandonado por el también prófugo López Rega, el Gordo Vanni intentó vender las grabaciones del encuentro Perón-Frondizi. Ofreció las cintas al periodista Armando Puente, proponiéndole que las ubicara en algún medio de prensa y le diera un porcentaje a convenir (entrevista con Armando Puente).El dato de que Valori era un informante de la embajada norteamericana surge de los archivos desclasificados del Departamento de Estado. En el cable 2.382 del 20 de abril de 1972, David Lodge, embajador norteamericano en la Argentina, le pide a su par en Roma que le transmita la lectura deValori sobre el encuentro Perón-Frondizi. Acerca de su relación con la embajada norteamericana, en entrevista con el autor, Valori aseguró que había mantenido vínculos con distintos servicios secretos europeos, a quienes intentaba convencer de que Perón no era fascista. En cambio, confió que quien tenía estrechas relaciones con la CIA era Frondizi.

     Lo paradójico es que, pese a haber oficiado de intermediario de la relación entre Gelli y el General, con la irrupción de la P2 en el esquema de Perón, el Plan Europa y el propio Valori empezaron a perder sustento en Puerta de Hierro. Uno delos principales escollos que Valori debió enfrentar para alcanzar sus objetivos fue López Rega, a quien aparentemente no le prestaba la debida atención. Valori sólo se preocupó por cautivar a Perón y a su esposa. En cambio, a partir del primer contacto, Gelli advirtió que el instrumento para llevar a cabo sus ambiciones sería López Rega.

     El 1de febrero de 1973, el secretario conversó durante varias horas con Gelli en el hotel Excelsior. López estaba deslumbrado por la P2. Había conocido masones en la Casa de Victoria, otros en Uruguayana, líderes político-esotéricos como Urien, pero jamás había visto tan de cerca el rostro oculto del poder masónico que representaba la logia. Gelli lo transportaba a un mundo nuevo. Si por entonces los dirigentes peronistas viajaban a Puerta de Hierro para ver al Padre Eterno, López Rega vio al enviado de Dios en Roma: era Gelli.

 Acerca de los favores que Gelli habría realizado a Perón en vísperas de su retorno, en el libro Yo, Juan Domingo Perón, elaborado a partir del testimonio que el General brindara a su biógrafo Enrique Pavón Pereyra, se indica, en palabras del mismo Perón, que en 1971 Licio Gelli y Giulio Andreotti lo visitaron en Madrid y le ofrecieron sus gestiones para entregarle el cadáver de Evita. La delegación italiana le preguntó en cuánto tiempo lo quería, y ante la incredulidad de Perón, que llevaba dieciséis años de espera, se lo prometieron en tres días. En tres días el cadáver llegó. Perón dice que, cuando ya estaba en el poder, Gelli le pidió la representación comercial de la Argentina en Europa, en contraprestación por el favor realizado. Perón le respondió que nunca pagaría con los intereses de la Nación un favor personal, y que se cortaría las manos antes de hacerlo. El dato curioso es que, una vez muerto Perón, Gelli obtuvo su cargo de agregado comercial de la Argentina en la embajada de Roma y que en 1987 fue profanada la tumba de Perón y le cortaron las manos. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en el libro de Pavón Pereyra aparecen algunas contradicciones que no lo hacen del todo fiable. Por ejemplo, en la página 444, Perón comenta el atentado al intendente Alberto Campos por parte de Montoneros, cuando éste fue asesinado en diciembre de 1975, año y medio después de la muerte del propio Perón. En el largo monólogo, no es sencillo distinguir cuándo habla Perón y cuándo Pavón. En referencia a la restitución del cadáver de Evita, Valori, en entrevista con el autor, se mostró reticente a relatar cuál fue el rol del Vaticano, de Gelli, y el suyo propio, y aseguró que escribiría un libro sobre ese tema. Véase Juan Domingo Perón,Yo, Juan Domingo Perón. Relato autobiográfico, ob. cit.

     En entrevista con el autor, Valori indicó que no daba más importancia a López Rega que a la de "cualquier mucamo". Sin embargo, aseguró que durante el exilio del General, López Rega fue a Turín, Italia, para pedir a la Fiat una bonificación personal para influir positivamente en Perón para la realización del Plan Europa, y se la negaron. Valori no aclaró si el viaje lo realizaron juntos o si López Rega fue solo. Durante 1972, Valori escribió artículos en Las Bases y fue condecorado por Perón y López Rega con la "medalla peronista". A su vez, Isabel Perón, a través de Valori y la RAI, fue condecorada por "sus servicios distinguidos en apoyo de la comunicación humana"

     Después de ese encuentro en el hotel Excelsior, el jefe de la P2 hospedó a López Rega y a Isabel Perón en su villa de Arezzo, y los condujo a la finca del duque Amadeo d'Aosta, en San Giustino Valdarno, a pocos kilómetros de la suya. Gelli también quedó muy satisfecho: a través de López podría conseguir ventajas tales que ya no necesitaría la intermediación de Valori. Para apuntalar su relación con López Rega y con el futuro gobierno de Perón, Gelli utilizó la red de la masonería argentina. A juzgar por la fecha de las cartas que comenzaron a circular entre Italia y la Argentina, el procedimiento fue rápido. El 4 de febrero de 1973, Gelli solicitó a Lino Salvini que lo nominara como representante masónico argentino ante la Grande Logia de Oriente d’Italia. Salvini, que atribuía escasa importancia a ese cargo, no dudó en complacerlo. Para él, la logia argentina significaba poco en el concierto masónico mundial. Dos días después, Salvini le escribió a Alcibíades Lappas, Gran Secretario de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, trasladándole el pedido de nominación de Gelli. De este modo, con el concurso de López Rega y la masonería argentina, Gelli comenzaría a infiltrar a laP2 en el futuro gobierno argentino.

     En diciembre de 1972, durante su corto retorno a la Argentina, Perón había designado a su delegado Héctor J. Cámpora para que encabezara la fórmula del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) junto al conservador Vicente Solano Lima. Desde ese momento, la izquierda peronista, agrupada en la Tendencia, tomó el control de la campaña electoral y estaba en perfecta sintonía con los discursos del candidato que anunciaba "el fin del sistema demo liberal, burgués y capitalista". Por su parte, Perón, como antes lo había hecho con la Resistencia Peronista y después del crimen de Aramburu, alentó con sus discursos y guiños políticos el accionar de las "formaciones especiales", que componían las organiza-ciones armadas peronistas.

     A su vez, con acciones guerrilleras que desgastaban al régimen de Lanusse, y al calor de las movilizaciones populares, Montoneros, como organización ilegal, y la Juventud Peronis-ta Regionales, como organización de superficie, fueron constituyéndose en un polo de poder que tenía la firme convicción de que los nuevos vientos llevaban a la Argentina a marchar hacia el socialismo nacional, con el general Perón como vanguardia revolucionaria. Las organizaciones sindicales no entraban en este nuevo esquema. La Tendencia Revolucionaria peronista consideraba que el poder gremial estaba políticamente agotado.

     Con el armado de la Juventud Trabajadora Peronista(JTP), Montoneros buscó generar una organización revolucionaria que rompiera las tradicionales estructuras sindicales, a las que consideraban aliadas de los regímenes militares y el sistema capitalista. Por ese motivo, los gremios tuvieron un papel muy deslucido en la campaña para las elecciones del 11 de marzo de 1973. Incluso Rucci, que tenía devoción por Perón, se sintió traicionado por la elección de Cámpora como candidato a presidente e intentó hacerlo cambiar de opinión, pero no lo logró: Perón designó su candidato y se fue del país.

     Bajo las banderas que se levantaban por el retorno del Líder, comenzaba a agitarse la confrontación entre los sindicatos y la Tendencia Revolucionaria peronista. El problema era que, en medio del vértigo de la campaña electoral, el peronismo había dejado varios temas sin resolver: ¿Cuál sería el rol de Perón en el futuro gobierno? ¿Cuál sería la política frente a las Fuerzas Armadas? ¿Qué actitud tomarían las organizaciones guerrilleras no peronistas frente a la democracia?¿Cómo se recompondría la relación entre la Tendencia y los sindicatos? El Movimiento no tenía una estrategia unificada sobre estos puntos.En vísperas de las elecciones, la situación de López Rega también era incierta. El secretario no había logrado sumarse al esquema de poder de la Tendencia. A pesar de que lo había intentado, y que desde Las Bases se alentaba a la Juventud Peronista, no había sido tenido en cuenta.

     Y lo que más le preocupaba era que la fuente en que basaba su poder doméstico se estaba deteriorando. A fines de febrero de 1973, Perón viajó a Barcelona para atenderse en la clínica Covesa. En medio de una intervención, mientras el doctor Puigvert le extraía los pólipos de la próstata, el paciente sufrió un infarto, del que pudo recuperarse. Isabel y López Rega quedaron muy asustados con el informe del médico y decidieron mantenerlo en secreto. El secretario imaginaba lo peor: al no tener ningún aparato político que lo respaldase, sin Perón, o sin una proyección de Isabel en un futuro gobierno, su misión en Puerta de Hierro se esfumaría en la nada,  yvolvería a Buenos Aires tal como se había ido.

     A principios de marzo de 1973 llegó a Madrid Juan Manuel Abal Medina, el secretario general del Movimiento Justicialista. Lo hizo acompañado de su esposa, Cristina, y de Moni Trimarco, la mujer de Galimberti, pues este último tenía un pedido de captura por incitar a la violencia y hacía tres meses que permanecía prófugo. Para López Rega hubiera sido más apropiado que Galimberti fuese su interlocutor, porque Abal Medina nunca prestaba atención a sus dichos, y, en la práctica, pasaba por encima de su poder sobre la agenda de Perón. Pero visto que resultaba imposible dialogar con el líder de la Juventud Peronista, el secretario, acompañado de Isabel, invitó a Abal Medina a cenar al restaurante Bajamar, en la Plaza España, mientras Perón permanecía en reposo por prescripción médica.

     A los comensales los condujo el Gordo Vanni, que también había ingresado a Puerta de Hierro y oficiaba de operador de télex de las comunicaciones entre Cámpora y López Rega. El secretario aprovechó la cena para descargar su ira:

     -Estamos preocupados por Cámpora. Es una vergüenza que todo el poder quede concentrado en su familia. Llega al gobierno por nosotros y deja afuera a todos los que luchamos por el retorno de Perón. No vamos a permitir que él actúe por su cuenta. Habría que tomar algunas precauciones.

     López Rega dijo además que Héctor y Carlos Alberto, hijos de Cámpora, su sobrino Mario y el abogado Esteban Righi, su asesor directo y persona estrechamente vinculada a la familia, influían sobre las decisiones del candidato. Lo tenían cercado. López Rega advirtió el peligro de que el entorno de Cámpora se aferrara al poder y abandonara a la familia de Perón, es decir, a Isabel y él.

     -¿Qué pasa si el General tiene algún problema de salud? ¿Dónde quedamos parados nosotros?, exclamó.

     Isabel se plegó a las afirmaciones del secretario. Cámpora le provocaba una gran incertidumbre. Abal Medina intentó suavizar la situación. Recordó que Cámpora había sido una elección del propio General y aseguró que él lo consideraba un hombre confiable, abierto y respetado por el Movimiento. Entonces se hizo un silencio, y luego se cambió de tema. Al término de la cena, López Rega concluyó que Abal Medina no servía a sus planes; ni siquiera lo había interpretado.

     El domingo 11 de marzo de 1973 Cámpora ganó las elecciones con casi el 50 por ciento de los votos y se convirtió en presidente de los argentinos. El peronismo volvía al poder luego de diecisiete años de proscripción y persecuciones. Montoneros, por su parte, quiso cobrar rápidamente el precio de la victoria. Todavía prófugos por el crimen de Aramburu, los jefes guerrilleros coordinaron una reunión clandestina con el presidente electo para transmitirle las peticiones de la organización para los cargos ministeriales y arrancarle una futura amnistía para todos los detenidos por acciones guerrilleras en los regímenes militares. Cámpora dijo que la amnistía era un compromiso que ya había asumido. Saldría por ley o por decreto. Pero se llevó la lista del gabinete con preocupación. Prometió consultarlo con el Líder:

     -Me parece que se están sobreestimando, muchachos, comentó.

     Por entonces, López Rega se aplicó a deteriorar la figura del presidente electo. Confiaba en la lealtad de éste hacia Perón, porque su engolada obsecuencia volvía injustificada cualquier sospecha, pero lo atormentaba la posibilidad de que quedara prisionero de su entorno y, como consecuencia de ello, que la Tendencia y Montoneros se afincaran en el poder y limitaran a Perón a la función de guía ideológica, alguien dedicado a desparramar discursos filosóficos contra el imperialismo en escenarios ilustres de América latina, un rol que ayudaría a perpetuar su mito, pero que dejaría a su esposa y a López Rega sin gravitación alguna en la gestión de gobierno. Para el secretario, Cámpora ya era su enemigo. Norma Kennedy fue la primera persona convocada a Madrid para organizar la avanzada contra el presidente electo: había resistido su nominación como candidato en forma escandalosa junto con Rogelio Coria, sindicalista de la construcción, y sus pares del sindicato de la carne y de los mecánicos.

     Isabel siempre había intentado evitar a Kennedy y prefería relacionarse con otras dirigentes de la rama femenina que consideraba menos combativas pero más civilizadas. Sin embargo, para López Rega la Kennedy era indispensable. Le encomendó juntar a los militantes marginados del nuevo esquema de poder que no ocultaban su furia ante el avance de la Tendencia y las organizaciones armadas en las filas del Movimiento. Los gremialistas habían quedado muy atrás en el armado electoral: ni siquiera tenían un gobernador propio, en tanto que la Tendencia gobernaría tres provincias (Buenos Aires, Córdoba y Mendoza) y tenía buenas relaciones con los jefes provinciales de San Luis y Salta.

     Rápida, Kennedy empezó a acumular fuerzas: jóvenes federales que respondían al estanciero Manuel de Anchorena (quien, pese al impulso de Rucci, había perdido la candidatura de la gobernación de Buenos Aires); el coronel Osinde, que había reclutado a militares retirados y en actividad de distintas "cuevas" de inteligencia; el Comando de Organización (CdeO) de Alberto Brito Lima, y bandas armadas concentradas en distintos sindicatos. Kennedy estaba convencida de que, a la corta o a la larga, la acción de los enemigos de la Tendencia terminaría por demoler el poder de Cámpora.

Norma Kennedy había iniciado su militancia en el Partido Comunista Argentino; luego se integró a la resistencia peronista y asaltó empresas a punta de ametralladora: el botín se repartía entre ella, su pareja y su hermano Patricio, y lo que sobraba lo aportaba al Movimiento. Después, en pareja con Alberto Rearte, uno de los fundadores de la Juventud Peronista a inicios de los sesenta, vivió de lo que le daban los gremios y fue sospechada por sus relaciones con informantes policiales. Dentro del Movimiento, era considerada como una loca, una persona peligrosa y temible. Isabel no le perdonaba que, cuando viajó a Buenos Aires en diciembre de 1971, luego de la caída de Paladino, la Kennedy hubiera intentado recuperar a la fuerza el control del Consejo Justicialista. La acción dejó un muerto en la calle y Kennedy recibió un balazo en un pulmón.

     Se sentía tan confiada en la victoria que invitó a Abal Medina, siempre obsesionado por mantener el equilibrio interno entre la Tendencia y las huestes sindicales, a sumarse a la conspiración que se gestaba en Madrid. Cuando el secretario general del Movimiento alertó a Cámpora sobre el plan en su contra, éste relativizó su importancia: no haría nada hasta que no recibiera una orden de Perón. La primera victoria de López Rega sobre Cámpora fue la caída de alguien a quien poco tiempo antes imaginaba como un potencial aliado: Rodolfo Galimberti. Vuelto a la legalidad, el delegado juvenil lanzó la idea de formar milicias populares peronistas, emulando las milicias obreras que en 1951 intentó organizar Evita para que reemplazaran a las Fuerzas Armadas. Los Montoneros querían tomar el poder real y esta decisión implicaba conservar las armas. No alcanzaba con ganar el gobierno: también había que prepararse para enfrentar a la contrarrevolución en marcha. Galimberti quiso colocarse al frente de ese discurso. Al día siguiente de su exposición, las Fuerzas Armadas enviaron radiogramas a sus unidades anticipando el rechazo a la propuesta del líder juvenil. Perón también se irritó. Para él, el rol de las "formaciones especiales" en la guerra revolucionaria había terminado con el triunfo de la fórmula del Frejuli, y ni Galimberti ni Montoneros lo habían entendido.

     El delegado juvenil fue convocado a Madrid. Un día antes habían llegado Cámpora y Abal Medina. Perón no fue a recibirlos a Barajas. Se había previsto un careo en Puerta de Hierro. El acusado era Galimberti. El tribunal lo integraban los marginados del Movimiento, que se subieron al estrado envalentonados por la arenga conspirativa de López Rega: Kennedy, Osinde, Campos e ignotos dirigentes juveniles, enfrentados a la JP.

     Galimberti intentó aclarar lo imposible: dijo que el proyecto de las milicias era, en realidad, una convocatoria a los jóvenes para controlar los precios fijos del pacto social o para realizar trabajos voluntarios; una forma de canalizar la tarea de la JP en el nuevo gobierno. Su versión se desintegró cuando Campos colocó en un grabador la cinta de su discurso .Perón despidió de su cargo a Galimberti (y allí se acabó su vida política pública); dejó golpeado al secretario general del Movimiento, Abal Medina, y también zamarreó a Cámpora por su falta de control ante los desbordes.

     -La de Galimberti es la primera cabeza que cae en pos de la gran pacificación nacional, anticipó López Rega a la agencia EFE. Ese fue el primer paso.

     Cámpora ya empezaba a ser castigado. En ese encuentro en Madrid, Perón y el presidente electo también conversaron sobre el armado del gabinete nacional. El General dio su opinión sobre tres ministerios: Economía debía ser para la Confederación General Económica (CGE), y en consecuencia el ministro a designar sería Gelbard; Trabajo le co-rrespondía a la CGT, y por lo tanto el ministro debía ser el hombre que dispusiera Rucci; para Bienestar Social, Perón no pensó en ninguna organización: dijo que colocara a López Rega.  Cámpora, con su habitual respeto y cortesía, comentó que había pensado en ofrecerle ese cargo a Isabel, como un homenaje a su lealtad en los años del exilio. El General se mantuvo irreductible y reiteró el nombre de su secretario. A Isabel la colocarían en una fundación pública solidaria, para ocupar el rol de Evita, aunque el General no quería que esa entidad llevara el nombre de su segunda esposa.

     Como potencial ministro de Estado, López Rega acompañó a Isabel en una gira por China y Corea que tomó casi dos semanas y que también incluyó una pasada por Francia. En realidad, quien tenía la idea de abrazar a Mao Tse Tung era Perón, que en muchas oportu-nidades se había reunido con dirigentes chinos en París, pero el secretario le desaconsejó la participación en la gira y en su reemplazo embarcó a su hija Norma y a Gloria Bidegain, hija del gobernador electo de la provincia de Buenos Aires. El viaje, más allá de los agasajos y los recorridos por fábricas y palacios imperiales, resultó un fracaso manifiesto, porque Mao no recibió a la delegación argentina. Pese a ello, López Rega no dejaba de entusia-smarse: escribía el reporte de cada día y lo enviaba por télex a Perón, fingiendo ser Isabel.

      La ausencia del secretario en Puerta de Hierro fue una brecha abierta para muchos dirigentes que deseaban encontrarse con el General sin intermediarios: dejaban papelitos a la guardia de la residencia, a la espera de ser recibidos.

     El 25 de mayo de 1973, López Rega hizo una breve escala en Buenos Aires para estar presente en la asunción de Cámpora: anunció su llegada como representante de Perón, juró como ministro, asistió a un acto público en la villa de Retiro, concurrió a la CGT, presentó sus hombres para las secretarías de Estado del Ministerio de Bienestar Social, y enseguida volvió a Madrid. Su cambio de humor frente al nuevo presidente y la Tendencia se notó en

Las Bases.

     En los nombramientos de sus funcionarios ya aparecía la mano de Gelli, quien hizo colocar como secretario del Menor y la Familia a César de la Vega, Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina. Fue el primero en obtener un cargo. También se advirtió la continuidad del plan de López Rega en el nombramiento del coronel Osinde, que pese a sus antecedentes en el área de inteligencia fue designado como titular de la Secretaría de Deportes y Turismo.

En la foto de portada, el nuevo presidente aparece retratado en el sillón de Rivadavia, con la banda y el bastón de mando presidenciales y la insoslayable expresión de un muerto en vida. En las fotos interiores de la revista, el gran cartelón de Montoneros que cubrió todo el frente de la Plaza de Mayo el día de la asunción no aparece, y es reemplazado con tomas gráficas de muchedumbres anónimas. Para el órgano oficial del Movimiento, dirigido por López Rega, la Tendencia ya no existía. Véase Las Bases del 31 de mayo de 1973

     Los primeros días del gobierno de Cámpora fueron la expresión del desahogo por los años de proscripción y la evidencia de las disputas que se habían gestado en el interior del Movimiento Justicialista. La toma de edificios de organismos públicos (medios de comuni-cación, hospitales, universidades, escuelas, reparticiones estatales), tanto por parte de la Tendencia como por sectores de la derecha peronista, marcó el primer punto de conflicto en el gobierno. Fue la primera muestra de inacción del Estado frente al caos social e institucional. Las imágenes que llegaban de la Argentina ofuscaron a Perón. López Rega e Isabel lo impulsaron a tomar la decisión de volver al país para imponer orden.

     A juzgar por un cable confidencial de la embajada norteamericana enviado a Washington, Cámpora también tenía esa preocupación y aceptó un plan de represión ilegal que empezaron a trazar los gremios ortodoxos, dirigido contra los montoneros y el trotskismo. Lo extraño es que, según la información suministrada por los sindicatos a la embajada norteamericana, quien lideraría los grupos antiguerrilla sería el propio Galimberti.

El telegrama confidencial fue enviado el 1 de junio de 1973 al Departamento de Estado por el embajador Lodge. El título indica: "Peronistas preparando un movimiento contra el terrorismo". "De acuerdo con fuentes seguras de la Embajada, el presidente Cámpora estaba dando luz verde a la UOM, cuyo líder es Lorenzo Miguel, para organizar una campaña antiterrorista y anti trotskista en conjunción con el nuevo Comando de Seguridad Central (CSC) del Movimiento Justicialista. Fuentes dijeron a Labbat  (funcionario de la embajada norteamericana) que el líder formal de la Juventud Peronista Rodolfo Galimberti había sido colocado en un cargo del CSC y había establecido sus oficinas provisionalmente en los cuarteles generales de la UOM en Buenos Aires. Nuestras fuentes anteriormente mencionadas dicen que Miguel con algunos otros gremialistas del peronismo se encontraron con Cámpora el 30 de mayo para prevenir al presidente de los trotskistas comunistas que se querían infiltrar en el movimiento de los trabajadores, mientras simultáneamente conducían una campaña terrorista contra las empresas extranjeras y los militares. Miguel le dijo a Cámpora que el nuevo objetivo terrorista estaba apuntando a desacreditar al GOA (gobierno argentino) y reducir el control peronista sobre los gremios. Nuestros informantes dicen que Miguel expresó: 'si no nos movemos ahora algunas ramas clave podrían estar en manos de troskos en cuestión de meses'. [...] Los líderes de la Unión (Obrera Metalúrgica) temían que dos ramas, Sanidad (empleados de la salud) y UPCN (empleados del Estado) estuvieran en peligro de caer. [...] De acuerdo a las fuentes, Galimberti fue elegido para una tarea importante por Perón el último mes, después de haber sido sacado de la conducción de la Juventud Peronista. Nuestros informantes dijeron que Galimberti estaba trabajando en forma temporaria en los cuarteles de la UOM en connivencia con un comando especial de antiterrorismo [...]. Los líderes gremiales peronistas presentes en un congreso extraordinario de la CGT están abiertamente hablando sobre la campaña antiterrorista aunque muchos están aparentemente no enterados de los detalles de la operación de Galimberti. La Juventud Peronista ha sido instruida a permanecer fuera del Congreso de la CGT, que fue inaugurado por el vicepresidente Solano Lima y el nuevo ministro de Acción Social López Rega. Cámpora fue programado para hablar en el Congreso la mañana del 2 de junio con más de 100 guardias de la CGT para prevenir ‘la repetición de los disturbios troskos del 25 de mayo en la asunción presidencial’. El congreso de la CGT está siendo llevado a cabo en un ambiente sereno; los discursos habían sido notablemente moderados. Comentarios: De acuerdo a estos reportes, la Juventud Peronista y los trabajadores peronistas están ahora trabajando juntos, a pesar de sus posturas antagónicas hasta ese momento, lo que parece ser un concentrado esfuerzo para eliminar la oposición extremista al gobierno de Cámpora. Perón en el pasado había permitido, si no animado, la división entre trabajadores y juventud como medio de asegurar su control del movimiento peronista. Ahora con los peronistas en el poder, él está unificándolos. "Entrevistado por el autor en 1999 para el libro Galimberti..., el ex líder juvenil comentó que, después de ser expulsado como delegado de Perón, Lorenzo Miguel le había ofrecido enrolarse dentro de la estructura de la UOM, pero aseguró que él había rechazado la oferta. En el segundo semestre de 1973,Montoneros envió a Galimberti a Rosario para desarrollar tareas de militancia de bajo nivel orgánico y llegó a realizar operaciones armadas contra los sindicalistas ortodoxos. Luego de seis meses de "clandestinidad" dentro de la organización, Galimberti volvió a la superficie en 1974, cuando fue vitoreado en un acto público junto a Mario Firmenich y Norma Arrostito, quien reapareció por primera vez luego del crimen de Aramburu. Según el ex jefe montonero Roberto Perdía, decidieron levantarle el perfil como dirigente montonero para que no fuera cooptado por la UOM. Galimberti murió el 12 de febrero de 2002. Por otra parte, es novedosa la hipótesis subrayada en el cable, que dice que Cámpora, ya como presidente y a instancias de Lorenzo Miguel, habría aceptado la represión ilegal a la izquierda peronista, que había sostenido su candidatura a presidente, y a la guerrilla trotskista.

     La segunda victoria de López Rega se consumó en Ezeiza, el 20 de junio de1973, fecha que Perón había elegido para regresar al país, abrazarse con su pueblo y tomar las riendas de la situación. Ezeiza fue la primera demostración pública de que el reagrupamiento del peronismo ortodoxo, que había quedado fuera del nuevo esquema de poder, sostenido por bandas ultraderechistas y pistoleros comunes, estaba dispuesto a enfrentar a la Tendencia.

     La disputa por la proximidad a Perón alcanzaría dimensiones sangrientas. Los sectores de la derecha del Movimiento ya tenían el enemigo identificado. Su consigna era: ortodoxia peronista por un lado, "infiltrados izquierdistas" por el otro.

     Los grupos de acción alistados "por si la situación se desbordaba" estaban representa-dos por la ultraderechista Concentración Nacional Universitaria (CNU), ex militantes armados del Movimiento Nueva Argentina (MNA), federación de "culatas operativos" de los sindicatos, el CdeO de Alberto Brito Lima y su socia Norma Kennedy, los "federales" de Anchorena, y la vieja guardia militar del coronel Osinde, que sumó a policías federales desplazados por el nuevo gobierno, militares retirados y presumiblemente a instructores de la Organisation Armée Secrète (OAS) francesa.

     La clave para tener a raya a la Tendencia fue aislarlos de la comisión organizadora, designada por el Partido Justicialista, y compuesta por Norma Kennedy, Osinde, Rucci, Lorenzo Miguel y Abal Medina, aunque este último también resultó neutralizado. La planificación del acto de bienvenida a Perón quedó en manos de los conspiradores. Obse-sionada por demostrar su poder de movilización para presionar al General y tomar el poder, la conducción de Montoneros desatendió los rumores sobre la trampa que se estaba gestando. Convocó al acto bajo la consigna: "Vamos a Ezeiza compañero, a recibir a un viejo montonero".

     El ministro del Interior y supuesto "cerebro" del poder camporista, Esteban Righi, no logró imponer que fuese el Estado, a través de la policía, la única fuerza encargada de custodiar el acto. Para contrarrestar el argumento legal, Osinde decía que el peronismo no podía ser custodiado por quienes lo habían perseguido hasta hacía menos de un mes. Por su parte, Cámpora había decidido viajar a Puerta de Hierro para acompañar el regreso del General, y mientras avanzaba la conspiración en su contra, intercambiaba télex con López Rega sobre el protocolo de Madrid. Estaba emocionado por la importancia del evento y a la vez angustiado por la idea de que Perón estuviera ofuscado con su gestión. Para manifestarle su disconformidad, el General no lo acompañaría a las cenas de gala con el Gene-ralísimo Franco, y en la residencia de Puerta de Hierro lo recibiría en pijama.

     La mañana del 20 de junio de 1973, las ambulancias salieron del Ministerio de Bienestar Social cargadas de armas, el Automóvil Club Argentino (ACA) prestó su red de comunicacio-nes, el CdeO tomó el control de las rutas de acceso, la Juventud Sindical de la UOM, la UOCRA y SMATA ocupó instalaciones vecinas al aeropuerto, los francotiradores prepararon su sitio entre las ramas de los árboles y los hombres de Osinde y la CNU ocuparon el palco y escondieron sus ametralladoras en los estuches de los instrumentos de los músicos de la banda sinfónica.

     La designación de Osinde en el Ministerio de Bienestar Social, al margen dela promoción del deporte y el turismo, tenía un sentido bien específico. Cuando las columnas de Montone-ros presionaban hacia el palco (el ómnibus blindado en el que se desplazaba la conducción operaba como guía),empezaron los tiros. Nunca se esclareció la cantidad de muertos (las cifras oscilan entre trece y más de cien), pero la emboscada puso en claro que las contra-dicciones ideológicas en el seno del Movimiento ya no tenían retorno. La ilusión de la unidad ante el regreso de Perón había estallado en pedazos. El resto delas fuerzas partidarias había quedado marginado del nuevo escenario político: la lucha por el poder era una interna del amplio abanico peronista.

     El 21 de junio por la tarde, en la sala de situación de la Casa de Gobierno, se realizó una reunión de gabinete ampliada para determinar las causas y los culpables de los sucesos. Antes de la reunión, Abal Medina pidió al presidente Cámpora que responsabilizara de la masacre a Osinde y López Rega y los arrestara bajo los cargos de sedición y homicidio. El presidente se preocupó por las posibles consecuencias:

     -¿Cómo vamos a hacer eso con el General? ¡Nos va a echar a todos!

     En la reunión, Abal Medina avanzó sobre Osinde y lo culpó por "la banda de criminales que metió en el palco". El militar se defendió, luego se ofendió, se levantó y se fue. López Rega se hizo el desentendido. Cámpora no hizo gesto alguno para detener a Osinde y a López, y en el fragor de las discusiones pidió un cuarto intermedio. Para la convocatoria de la segunda sesión, al día siguiente, Osinde no concurrió. Envió una carta en la que dijo sentirse agraviado "por quienes aparecen hoy en las primeras responsabilidades del Gobierno y el Movimiento Peronista, en insólitas especulaciones". Abal Medina mantuvo la idea de detener a López Rega, pero ya no se apoyaba en la utilización de ningún argumento legal. Había elaborado un plan para secuestrar al ministro de Bienestar Social al término de la reunión, con un pequeño aparato de colaboradores personales dispuesto en las inmediaciones de la Casa Rosada, más la colaboración de algunos policías de la División Robos y Hurtos. En la reunión, López Rega esquivaba la mirada inquisidora de Abal Medina, y una vez más se escudó en Norma Kennedy quien, como miembro de la Comisión del Retorno, lo defendió a los gritos y acusó a los "infiltrados" por el desbande.

     La responsabilidad de López Rega como parte del armado oculto de la emboscada de Ezeiza, por intermedio del propio Osinde, se fue diluyendo en la nada. En cambio, se creó una comisión investigadora. Terminada la reunión, López Rega le pidió ayuda a Gelbard para emprender la retirada, salió de la Casa de Gobierno de su brazo y se fue de allí en el auto del ministro de Economía. El plan de Abal Medina había fracasado. Al día siguiente de su retorno al país, Perón utilizó la cadena nacional para reprender a la juventud, lo cual, de hecho, implicaba justificar el accionar de las bandas armadas en Ezeiza. Quizá ya era demasiado tarde para que el General disciplinara a la que antes llamaba "juventud maravillosa".

     Los jóvenes que habían ingresado al peronismo alzando banderas revolúcionarias y habían derramado su sangre para obtener el regreso del Líder estaban lejos de ser sumisos. Consideraban que sus sacrificios, su capacidad de movilización y sus luchas los habían con-vertido en los verdaderos depositarios del legado histórico de aquel a quien llamaban "viejo montonero", y que por lo tanto debían heredar su poder. Por televisión en blanco y negro, flanqueado por un incómodo Cámpora, por su esposa Isabel y por el ministro López Rega, Perón advirtió a los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro Movimiento o to-mar el poder que el pueblo ha reconquistado se equivocan... Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales que por ese camino van mal. A los enemigos embozados y encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmien-to.

     Después de tantos años de exilio, en los que pudo conducir al Movimiento con cartas y grabaciones, cuando Perón bajó a la tierra (y aterrizó en la Argentina) fue perdiendo su condición de Padre Eterno. Sus fieles, que peleaban entre sí, ahora que lo tenían a mano empezaban a presionarlo para que los bendijera. El Gran Conductor ya no podía armonizar las disidencias internas. Tampoco le restaba tiempo ni salud para hacerlo. Perón sintió la tragedia del retorno en su propio cuerpo. Durante los días posteriores empezó a sufrir un malestar, que atribuyó a la mala sangre que se había hecho por la situación con la que se encontró en el país. O también podía ser un problema digestivo. Aprovechó para comentarle estas cuestiones al doctor Osvaldo Carena, que había llegado a primera hora de la mañana del 27 de junio a Gaspar Campos para conversar con López Rega, que lo había designado en la Secretaría de Salud de su ministerio. Al ministro todavía le pesaba un poco el hígado. La noche anterior, en el cumpleaños del masón César de la Vega, se le había ido un poco la mano con el cognac. Carena controló al General y se mostró preocupado: Perón no podía exponerse a tensiones. Mandó a llamar a los responsables directos de su salud, los doctores Jorge Taiana y Pedro Cossio, a quienes luego explicaría que el paciente había tenido un infarto anterolateral del ventrículo izquierdo.

      Mientras los dos médicos venían, Carena intentó atacar el problema desde distintos frentes: le aplicó Valium para tranquilizarlo, le inyectó suero glucosado para que no se deshidratara, y un diurético para que liberara líquidos. Cuando Taiana finalmente llegó, encontró a Perón sentado en el living. Intentaba mostrarse tranquilo, pero estaba pálido y sufría un dolor que le recorría desde la boca del estómago hasta la axila derecha. Carena le comentó a Taiana que debía tratarse de una isquemia coronaria. Taiana pensaba lo mismo, pero prefería esperar a Cossio, que llegaría con el equipo para realizar un electrocardio-grama. Entretanto, le recomendó a Perón que empezara a olvidarse de los problemas e hiciera reposo. El consejo molestó a López Rega, que todavía tenía puesta la bata negra con la que había recibido a Carena.

     -Ustedes quieren que al General se le sequen las piernas. Yo conozco su cuerpo y sé cuándo tiene que estar en cama o no. Jefe, no les haga caso a estos médicos, comentó, dirigiéndose a Perón con fingida simpatía.

     Con la llegada de Cossio, los tres médicos no sólo coincidieron en que Perón debía realizar un reposo riguroso sino que también acordaron en la necesidad de instalar una uni-dad coronaria permanente en la residencia de Gaspar Campos, que lo asistiera ante cual-quier descompensación. López Rega condujo a Perón a su habitación del primer piso, lo acostó en la cama matrimonial, y apenas descendió la escalera interrumpió el diálogo de los médicos con Isabel en el jardín de invierno. López dijo que el General se iba a recuperar con o sin medicamentos.

     -Yo percibo cuándo mejora y cuándo empeora. Ahora mismo, sin que lo vea, sé que se encuentra mejor y se recuperará. Ustedes necesitan abrir un cuerpo para ver un estómago o el hígado. Yo puedo ver todos los órganos con mis ojos y adquiero un panorama completo.

      Además del reposo, a López Rega le preocupaba que Gaspar Campos se transformara en una unidad coronaria.

     -Todo lo que ustedes proponen va en contra del prestigio político de Peró, argumentó. ¿Quién va a votar a un presidente enfermo?

     Carena afirmó que sin un equipo de asistencia médica permanente se arriesgaba la vida del General, y miró a Isabel para ver si reaccionaba ante la gravedad del cuadro.

     -Haga lo que le parezca mejor, doctor, respondió la esposa.

     A una semana de su arribo a la Argentina, y con la crisis cardíaca maquillada como supuesta gripe, Perón ya había decidido dar por terminada la función de Cámpora en la Casa Rosada y asumir la presidencia. La cuestión era cómo. Consultó al secretario legal y técnico Gustavo Caraballo. El abogado le hizo un esquemita en el que, si Cámpora lo desig-naba ministro del Interior, con algunas modificaciones en la Ley de Acefalía y sucesivas deserciones, podía asumir la presidencia de la Nación. Al General no lo convenció del todo. Quería volver al sillón de Rivadavia con el respaldo popular. López Rega se puso a trabajar de lleno por la sucesión. Necesitaban designar un presidente provisorio que convocara a elecciones apenas asumiera, y además depurara de la administración a los miembros de la Tendencia. Como el plan para forzar la renuncia de Cámpora incluía la caída de Solano Lima, su vice, la sucesión presidencial recaería sobre el presidente del Senado, Alejandro Díaz Bialet, quien no ofrecía garantías para cumplir los objetivos: era un referente de Cámpora, de quien además había resultado pariente lejano. En cambio, si se excluía a DíazBialet, el presidente designado sería Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados. Lastiri era el peor novio que López Rega hubiera deseado para su hija Norma, pero a fin de cuentas seguía siendo su yerno y era el único hombre del Parlamento que le garantizaba cierto control sobre la transición presidencial. López Rega se consideraba su hacedor. La posibilidad de que Lastiri jurara como presidente implicaba un salto político fenomenal para su carrera.

     El plan para la sucesión que avanzaba a espaldas de Cámpora contaba con el aval de varios ministros del gabinete, entre ellos Gelbard. Las conversaciones preliminares se realizaron en el piso del doctor Benito Llambí, un peronista histórico, a quien Cámpora había limitado en sus ambiciones ministeriales y remitido a desempeñar el desvaído papel de jefe de ceremonial durante la asunción del 25 de mayo.

Hacia fines de 1973, su trayectoria en el peronismo no le bastaba para alcanzar un lugar en el Parlamento. Lastiri era un porteño de costumbres clásicas, con amistades en la dirigencia del fútbol, relaciones con gremialistas ortodoxos de segundo orden, y muy buenas referencias en el ambiente de la noche, quizá mejores que dentro del Movimiento. Este era el punto que López Rega menos toleraba del novio de su hija. Sin embargo, pensando mucho más en Norma que en el propio Lastiri, cuando se estaba definiendo la lista de diputados para el Congreso, elevó un pedido misericordioso a Cámpora para que tuviera en cuenta a su yerno como posible candidato. López lo llevó hacia el jardín de la residencia de Gaspar Campos para confiarle en secreto sus razones: Lastiri tenía cáncer en los ganglios. Por eso se le inflamaba el cuello. "El día que muera, quisiera que por lo menos a mi hija Normita le quede una pensión", suplicó. De este modo, Lastiri logró su candidatura por la Capital Federal. Después, como no molestaba a nadie en particular, y tenía vínculos con el sindicalismo y el aparato político (había trabajado junto a Paladino), como también buen diálogo con la JP (a través del diputado electo por la Juventud, Santiago Díaz Ortiz), y en la creencia que implicaba otro gesto de cortesía hacia el General, Cámpora lo nominó presidente de la Cámara de Diputados.

     Cuando el plan ya estaba elaborado, se montó una puesta en escena en Gaspar Campos, bajo la excusa de una reunión de gabinete. Fue el 4 de julio de1973. Entonces, la probable renuncia de Cámpora ya se había filtrado en La Opinión.

     Perón todavía convalecía del infarto. Los médicos sólo lo habían autorizado a levantarse de la cama para ir al baño y a reposar en la mecedora que tenía en su cuarto, pero atento a la llegada de los ministros y la de Lastiri, presidió la reunión en la que se analizó la Ley de Ministerios, y luego volvió a retirarse. Con el camino libre, López Rega mencionó el tema de Evita. El 26 de julio era su aniversario y le pareció que la organización del homenaje debía quedar a cargo de la rama femenina; además, había que neutralizar a la juventud, que había ocupado las reparticiones públicas con armas y explosivos. Este punto dio pie a que Isabel reprochara a Cámpora su debilidad.

     -Doctor, no estamos dispuestos a tolerar más disturbios. Nosotros hemos venido al país para pacificar a todos los argentinos y si esta situación prosigue y usted no le puede poner remedio, yo me llevo al General a Madrid.

     Cámpora leyó en ese exabrupto la más cabal expresión del disgusto de Perón sobre su gestión de gobierno. Pensó que si el General le estaba pidiendo la renuncia, debía entregar-sela como un gesto de lealtad hacia el pueblo: él había sido elegido en su nombre, y ese nombre era la única fuente de su poder.

     -Señora, todo lo que soy, mi propia investidura presidencial, se lo debo al General. Mi renuncia está a disposición de él, como siempre lo estuvo, aclaró en tono trémulo, aplastando cualquier sospecha de deslealtad institucional. López Rega lo tranquilizó enseguida:

     -Bueno, ahora nos vamos entendiendo mejor, Cámpora. Así todo es más claro. Hay que comunicárselo al General. Somos una familia y debemos comportarnos como tal. El presi-dente tomó la delantera y golpeó en su habitación. Detrás se acomodaron Isabel, López Rega y Solano Lima. Perón reposaba en la mecedora con la mirada perdida en la distancia. Cámpora le ratificó su lealtad y puso a su disposición su renuncia junto a la del vicepresidente, para que el pueblo lo eligiera sin más impedimentos. Perón comentó que era una posibilidad en la que habría que pensar. Pero López Rega no quiso que la oportunidad se escurriera en medio de gestos caballerescos. Dijo:

     -No hay nada que pensar. Cámpora ya ofreció su renuncia.

Llambí alcanzaría el Ministerio del Interior en reemplazo de Righi; éste fue castigado por "el descontrol de Ezeiza", según las acusaciones de la derecha peronista.

     Los hechos estaban consumados. El General hizo un esfuerzo y abrazó a Cámpora, que de inmediato se sintió orgulloso de la decisión que había tomado. Luego, López Rega lo palmeó y le dijo que era un patriota.

     -Vamos, Perón, alentó Isabel a su marido, con un susurro, como un estímulo para enfrentar los próximos desafíos.

     El doctor Taiana se acercó para tomarle el pulso al General. Le dio un medicamento y pidió ayuda para acostarlo en la cama. Todos juraron mantener el secreto de la renuncia verbal hasta el 13 de julio, y empezaron a conversar acerca de quién debía ser elegido como presidente interino. Fue en ese momento que López Rega propuso a Lastiri. Cámpora se sobresaltó y mencionó que el cargo le correspondía a Díaz Bialet. Para escapar del conflicto político y legal, Gelbard propuso que el presidente del Senado fuese comisionado en un viaje al exterior. Casi todo el gabinete aprobó la moción. Para hacer más humillante la retirada de Cámpora, un día antes de que la renuncia se hiciera pública, decenas de micros de los sindicatos dieron vueltas alrededor de la residencia, reclamando el regreso de Perón al poder. Éste, fastidiado por el merodeo, llamó a Rucci y le pidió que los retirara. La izquierda peronista, en cambio, para sostener la dignidad de "El Tío", equiparó su abdica-ción con el histórico renunciamiento de Evita. Lastiri ya era el nuevo presidente.

FUENTES DE ESTE CAPÍTULO

Para recabar datos acerca de Licio Gelli, la P2 y la masonería argentina, se realizaron entrevistas a Giancarlo Elía Valori, Hipólito Barreiro, Mario Rotundo, Emilio Zuviría, Rubén Villone y Roberto Fabiani. Además, se consultaron las indagatorias a miembros de la logia P2 por parte de la Comisión Parlamentaria italiana, las cartas entre Gelli y la masonería argentina, los números de la revista Humor ya citados, el libro I Massoni in Italia,

de Roberto Fabiani, y el ya citado Yo,Perón.

Para el retorno y el infarto de Perón, la masacre de Ezeiza y las dos reuniones de gabinete posteriores, la caída de Cámpora y la candidatura de Lastiri, se realizaron entrevistas a Juan Manuel Abal Medina y a Gustavo Caraballo. También se consultaron los libros

Ezeiza, de Horacio Verbitsky; Lorenzo. El padrino del poder sindical, de Carlos Aznárez y Julio César Calistro; El último Perón, de Jorge Taiana; El presidente que no fue, de Miguel Bonasso, y Medio siglo de política y diplomacia, de Benito Llambí.