viernes, 14 de julio de 2017

"EL JUDIO INTERNACIONAL"-CAPITULO 7º-ARTHUR BRISBANE, DEFENSOR DEL JUDAISMO

Obra escrita por Henry Ford "EL JUDIO INTERNACIONAL" con las dos partes que la integran, colgándola al blog en espacios 0,10 a 7.30 horas durante el trancurso de diez dias y continuado con idéntico método  hasta su fin. Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
"EL JUDIO INTERNACIONAL"
CAPITULO 7º

Por Henry Ford

PRIMERA PARTE
ARTHUR BRISBANE, DEFENSOR DEL JUDAISMO  



Debemos interrumpir nuevamente el examen de la cuestión judía contemporánea, para referirnos a la aparición de un editorial de más de dos columnas en el diario To Day ( Hoy ) del 20 de junio de 1920, perteneciente al consorcio Hearst , en que se ocupa de nuestro mismo asunto el periodista señor Arthur Brisbane. Sin que sea este periodista el más influyente de los Estados Unidos, es indudable que figura entre la docena de redactores mas leídos por el público. Y cuando trata el vidrioso asunto del judaísmo un escritor de su fuerza intelectual crítica, es indiscutible que este problema consigue un evidente relieve, y adquiere importancia y actualidad.

El señor Brisbane, sin embargo, no estudió este problema judío. En una conversación íntima confesaría, probablemente, que nada en absoluto sabe del mismo, aunque esa confesión no concordara con el tono de seguridad con que ha venido tratando la cuestión en público. Pero sabe,
perfectamente, como periodista versado que es, la forma de abordar el asunto cuando la actualidad obliga a resolver problemas a ojos cerrados. En la actualidad, pueden los periodistas escribir en estilo amplidifuso, diciendo que en cada raza existen seres buenos y malos, que ha dado hombres eminentes o que desempeñaron importante papel en la historia. Estos puntos de vista proporcionan material suficiente para redactar un artículo de fondo sobre cualquier pueblo de la comunidad humana. No es preciso estudiar la esencia del asunto para redactar un artículo cuyo fin sea el lucimiento. Se ocupa la prensa en una serie de artículos de este o aquel asunto etnográfico, ya no se habla más de ello. Tal es el oficio de la prensa.
Puesto que el señor Brisbane vivió largo tiempo en Nueva York y mantuvo relaciones financieras con consorcios de nuestro país, dado que habrá visto y observado con gran lujo de detalles el régimen interno de los grandes trusts y bancos, y habíase rodeado de consejeros técnicos de raza judía, es indudable que ha de tener un criterio personal respecto a estos asunto. No corresponde, empero, al periodista, confesar públicamente sus ideas "personales" sobre las diversas razas que conviven en su patria. Un periódico tiene un muy restringido derecho para emprender ataques, como son contadas las ocasiones para suponerle justificado en una transgresión de aquel derecho.
Si el señor Brisbane tuvo oportunidad de escribir sobre la cuestión judía, era de suponer lo que habría de escribir. Lo que podría extrañar es que se viera precisado a escribir sobre esta cuestión. ¿Es que realmente le parecía una persecución contra los judíos el que se pretendiese aclarar el origen de las causas de su preponderancia en los Estados Unidos y en otras naciones? 


¿O es que, con la perspicacia propia de un editor, presintió que se presentaba una oportunidad propicia que se presentaba una oportunidad propicia para llamar sobre su persona la atención y benevolencia del grupo más importante de Nueva York y de todo el país? O acaso – y ello entra perfectamente en el terreno de las posibilidades, - deseo soslayar el asunto hasta que ciertas directivas le invitaran a componer un articulo de fondo o que ciertos accionistas le indicasen sus especiales deseos? No se pretende con lo dicho presentar como sospechosos los motivos del señor Brisbane, sino que se trata de demostrar los finísimos hilos de que pende, a veces un artículo de fondo. Pero, vayamos a lo que interesa: ¿cree el señor Brisbane que, una vez publicado aquel artículo en la tan leída prensa del domingo, el asunto puede considerarse terminado o que tiene ya el problema una solución? Precisamente en esto radica lo más grave del periodismo cotidiano; cuando se lograr salir indemne de un artículo de fondo, el asunto queda terminado, por lo menos así lo consideran en general la mayor parte de los periodistas y editores de prensa.
Confiamos en que el señor Brisbane no considerara el asunto terminado, sino que insistirá sobre tema de tanta importancia y cooperará en la medida de lo posible a su definitiva solución, lo que con su extraordinario artículo no se ha conseguido. Hasta se le deslizaron errores, que luego de un estudio mas a fondo debería rectificar. "¿Qué hay de los fenicios?", inquiere. El mismo debería haber profundizado sobre este asunto antes de formular la pregunta. Si así lo hubiera hecho, no habría caído en el deplorable error de relacionar a fenicios y judíos. Un judío no haría nunca eso. En cambio, en un comentario periodístico de propaganda judía escrito para lectores no-judíos, esto es tolerado. Los fenicios seguramente jamás pensaron, ni poco ni mucho, que pudieran relacionarse tan íntimamente con los judíos, como nunca tampoco lo creyeron los judíos. Siempre se diferenciaron, entre otras cosas, en la muy fundamental de sus relaciones con el mar. Los fenicios no solamente construyeron barcos, sino que también los manejaron, en tanto que el judío prefirió siempre confiar más sus intereses que su persona a las embarcaciones. En otros aspectos, también fueron esenciales las diferencias entre ambos pueblos, acusándose muy hondas y marcadas. Al respecto debería Brisbane atenerse a la "Enciclopedia Judía". Ojalá vuelva a dedicarse de nuevo a estos estudios, ilustrando a sus lectores de lo que halle en libros judíos no impresos, divulgados únicamente en manuscritos. No se trata de una cuestión quimérica y propicia a numerosas interpretaciones como, por ejemplo, la de la redondez de nuestro planeta. La cuestión judía queda concretada y claramente planteada, y se solucionará.
El señor Brisbane se halla en condiciones de poder estudiar este problema por cuenta propia. Cuenta con gran estado mayor de colaboradores, y es de suponer que entre ellos se encuentren no-judíos de acrisolado carácter. Posee también una organización universal. Cambiados su léxico y sus ideas, lo que acaeció luego de haber ingresado en el mundo del "ganar dinero", llego a poseer también un conocimiento mas profundo de determinados grupos humanos de sus tendencias dominadoras. 


¿Por qué no ataca con bríos todas estas cuestiones con carácter de problema mundial, buscando hechos en que apoyarse y tratando de hallar una solución?, tarea digna de un editor periodístico noble. Facilitaría a Norteamérica el poder aportar su parte de cooperación para que esta cuestión deje por fin de ser el fantasma que siempre fue. Todo cuanto se dice en este mundo de "amor al prójimo" y otros tópicos elegantes, pero superficiales, no puede resistir un examen crítico, pues se nos exige con ello que amemos a aquellos que con toda viveza y carencia de escrúpulos dedícanse a usurpar el dominio sobre nosotros. "¿Qué hay de reprochable en el judío?", pregunta Brisbane. Para formular esta primera pregunta es preciso hermanarla con otra: "¿Qué hay de reprochable en el no-judío?".
Tal como otros escritores no-judíos que se prestan a ser benévolos defensores de los judíos, el señor Brisbane tiene que admitir ciertos hechos que forman parte del mismo problema, cuya existencia se pretende negar.
"De cada dos nombres influyentes con que se tropieza en cualquier capital, uno es judío", dice el señor Brisbane, pero en su propia residencia este porcentaje es aun mucho mayor. "Los judíos, a pesar de que constituyen menos del uno por ciento de la población mundial, merced a su espíritu emprendedor, a su viveza y a sus conocimientos, obtiene un 50 por ciento de las utilidades comerciales del mundo entero", dice el señor Brisbane.
¿Significa algo esto para el señor Brisbane? ¿Pensó acaso alguna vez en el fin a que ello nos conducirá? ¿Puede este éxito librarse del reproche de alguna que otra de las cualidades que la humanidad, con derecho, desprecia por deshonestas? ¿Satisfáceles además del modo como este éxito, una vez adquirido, se explica? ¿Se halla en condiciones de demostrar que tal éxito se deba única y exclusivamente a las cualidades laudatorias por él citadas, con exclusión de toda cualidad detestable? ¿Puede aprovechar la lucha competidora del trust ferroviario de Harriman financieramente apoyado por los israelitas? ¿Ha oído decir jamás que el dinero judío se invierte en empresas ferroviarias sin tacha?
Seríanos posible facilitar al señor Brisbane los temas para innumerables artículos de fondo, que tanto para el como para sus lectores serian en extremo instructivos, solo en el caso de que la recopilación del material de hechos se confiara a personas imparciales. Uno de dichos artículos podría titularse: "Los judíos en la Conferencia de la Paz". Sus informadores debería hacer constar cuales fueron las personalidades preponderantes en los diversos puestos, quienes iban y venían con la mayor oficiosidad, a quienes les estaban abiertas siempre todas las puertas de los delegados de los gobiernos y de las Comisiones; que raza ofreció el mayor numero de secretorios privados de los grandes políticos; que raza monto la guardia en mayor numero, guardia con la cual era preciso tropezar para llegar hasta los personajes influyentes; cual fue la raza cuyos miembros trataron con ahínco en convertir la Conferencia de  Paz en una serie ininterrumpida de bailes y fiestas copiosos banquetes, o cuales fueron los amigos particulares invitados con mayor frecuencia a comidas intimas alrededor de los miembros de la conferencia.
 

Si el señor Brisbane, con sus claras facultades de cronista, instruyera a su personal en tal sentido y publicara después todo cuanto sus reporteros le refirieran, escribiría una página de historia contemporánea, que en su notabilísima carrera de editor periodístico significaría un mérito indisentible.
Y hasta podría  después publicar un segundo capítulo sobre la Conferencia de Paz con el titulo de
"¿Cuál fue el programa triunfante en la Conferencia de Paz?" Tendrían sus agentes que dedicarse a descubrir el objeto y las intenciones con que los hebreos en tan gran número y con tan importantísimas personas arribaron a París, y la forma en que impusieron su programa. Deberían examinar especialmente si una letra sola de su programa se modifico o desecho. Necesitaría inquirir si los judíos, una vez logrado lo que ansiaban, no exigieron aun más, y si lo lograron también, aunque estos significara una escandalosa preferencia ante la comunidad de pueblos. El señor Brisbane se enteraría, probablemente que de todos los programas presentados a la Conferencia, sin exceptuar siquiera aquel en que la humanidad tan ingenuamente creyó, el único que se acepto sin la mínima dificultad fue el judío. De todo esto podría enterarse el señor Brisbane si se dedicara a averiguarlo. La cuestión radicaría solamente en saber que haría el con todo ese material, de tenerlo.
Sea cual fuere la dirección en que el señor Brisbane enfocara sus estudios, siempre y en todas partes ampliaría en forma considerable sus conocimientos acerca de nuestro país y de su coligación con la cuestión judía. ¿Sabe, por ejemplo, a quien pertenece efectivamente Alaska? Tal vez Brisbane, como la mayoría del publico (excepción hecha de algunos iniciados) supone que este territorio pertenece a los Estados Unidos. Nada de eso; Alaska pertenece con sus yacimientos auríferos, al judío, que será muy pronto dueño absoluto de todos los Estados Unidos de Norteamérica.
¿No se da cuenta Brisbane, desde el favorable punto de vista en que le coloca su elevada posición en el periodismo nacional, que en nuestra existencia económica se manifiestan elementos que ni el concepto de "trabajo", ni en el de "capital" están claramente especificados? ¿Sabe algo de una potencia que, sin ser ni capital ni trabajo propiamente dichos, tiene empero, sumo interés, y lo manifiesta eficazmente separando entre si el capital y el trabajo, excitando a este contra aquel, o viceversa? En sus estudios sobre nuestra vida económica y sobre el insoluble enigma que la envuelve, es imposible que el señor Brisbane no haya advertido algo que se manifiesta en secreto y en la tiniebla siempre. Descifrar este enigma es lo que haría honor a una gran empresa periodística.
¿Publicó el señor Brisbane alguna vez los nombres de las personas que dirigen el aprovisionamiento del azúcar en los Estados Unidos? ¿Las conoce? ¿Quiere conocerlas?  ¿Esta enterado del negocio del algodón en nuestro país, del traspaso intencionado de propiedad de los terrenos algodoneros, y de las dificultades que adrede se promovieron en la producción de algodón, empezando por las abiertas amenazas de los Bancos, hasta llegar a la deformación de precios de los géneros y confecciones? 


Y al hurgar en estos asuntos, ¿se fijo alguna vez en los nombres de aquellos que los dirigen? ¿Le agradaría saber como se hacen estas jugadas y quienes las hacen? Podría descubrir y dar a conocer muy fácilmente todo esto al público, si instruyera al respecto a su culto estado mayor de colaboradores, peritos y publicistas. Si se siente lo bastante libre e independiente como para emprender tal tarea, lo sabrá mejor que nadie. Mas, acaso existan motivos de índole privada o de oportunidad para no hacerlo.
Pero existan o no, ignoramos los móviles que le podrían impedir estudiar a fondo este asunto, para formarse un juicio cabal. Esto no implicaría intolerancia. En cambio, tal como están las cosas actualmente, el señor Brisbane no se halla en condiciones de fallar ni a favor ni en contra. Por esta razón su ultima defensa de los judíos no constituye siquiera una defensa, puesto que asemeja mas bien una captación de voluntades.
Su principal alegato se dirige al parecer contra lo que el denomina prejuicio o propensión odiosa de razas. En efecto, si alguien, al entregarse al estudio de un problema económico cualquiera, temiera verse complicado en tan lamentable embrullo intelectual, lo abandonaría. Depende únicamente del método de averiguación, o del investigador el que resulten del estudio prejuicios u odios. Sumamente mezquino seria, en cambio, para un intelectual pretender utilizar tal evasiva, ya que en
beneficio propio ya en el de aquellos que se dejan confiadamente guiar desde hace mucho tiempo por su mérito intelectual.
Precisamente, odio y prejuicios se eliminara cuando se trata científicamente la cuestión judía. Es posible tener un prejuicio contra cosas que no se entienden, o es posible odiar lo que no se comprende. En cambio, el estudio de la cuestión judía, no solo procuraría conocimientos y juicios a los no-judíos, sino también a los judíos que los precisan con tanta urgencia como aquellos. Al conseguirse que el judío vea, comprenda y discuta ciertas cosas, desaparecerán la mayor parte de las asperezas de la cuestión. Despertar a los no judíos en lo concerniente a los detalles de este problema, constituye solo una mínima parte de la labor. Otra parte imprescindible estriba en hacer interesar a los propios judíos en los hechos reales de que se trata. El primer éxito deberá ser el de convertir a los no-judíos de simples defensores – y esto parcialmente en ambos sentidos – en jueces imparciales. La investigación descubriría errores por parte de judíos y de no-judíos; pero trazara el camino, para que la sabiduría y la prudencia puedan alzar la voz, porque, entonces, como en todo problema, necesaria será mucha sabiduría.
Más en este propósito de tolerancia ocultase un peligroso lazo. Existe la tolerancia, en primer término que se tolere la verdad. Actualmente se la falsea para evadir la realidad. La tolerancia no puede prevalecer en tanto no se obtenga una conformidad general con respecto a lo que se desee tolerar. Ignorancia, sujeción mental, acallamiento, no es tolerancia. Al judío jamás se le ha tolerado, propiamente hablando, por la sencilla razón de que nunca se le comprendió. Y el señor Brisbane no nos proporciona mejor conocimiento del pueblo judío, leyendo su ingenuo artículo, arrojando un puñado de nombres judíos en un mar de letras de molde. 


De él depende el dedicarse a fondo al estudio de este problema, sin que después lo utilice o no en sus publicaciones.
Desde el punto de vista periodístico es imposible informar diariamente a la opinión pública sin tropezar a cada instante con los judíos. La prensa elude el asunto hablando falsamente de rusos, lituanos, alemanes o ingleses. Constituye uno de los aspectos más falsos del problema este sistema de bastardear personas y nombres, que en realidad caractericen, y hechos concretos.
Debería el señor Brisbane estudiar este asunto, dando a la publicidad, de una vez en cuando sus observaciones, pues esta lo pondría en contacto con determinados sectores del judaísmo, que otro publicista, por muy voluntarioso que fuese, no llegaría nunca a conocer. Es indudable que le habrán colmado de elogios por su articulo; pero no cabe duda que habrá prestado mejor servicio informativo sin, por el contrario, hubiera recibido algunos millares de dicterios. Nada de lo que hasta ahora acaeció podría parangonarse con lo que seria el publicar uno solo de los hechos que un imparcial examen le hubiese dado a conocer.
Puesto que el señor Brisbane escribe a favor de los judíos suponemos que siga con interés lo que otros tengan que decir referente al mismo tema. Hallara entre sus lectores, ahora, más correspondencia de judíos, que la que antes recibiera. Mucho de esto se reflejara, probablemente en ulteriores artículos. Tarde o temprano todo investigador serio, todo periodista honesto, tropieza con una u otra huella, que le lleva a recapacitar sobre el poderío mundial judío. Nuestro diario, el Dearborn Independent , no hace sino sistemática y extensamente lo que el resto de la prensa hace en periodos incoherentes.
Sobre la publicidad norteamericana pesa un verdadero miedo a los judíos , un temor que se siente y cuyos motivos deberían atacarse. O mucho nos equivocamos, o también el señor Brisbane experimento ese temor, aunque es posible que no se haya dado cuenta de él. No es, en realidad, el temor de no hacer justicia a la raza judía – tal escrúpulo deberíamos sentirlo todos los que nos consideramos honestos – sino más bien algo que nos impulsa a no escribir sobre los hebreos puras alabanzas. Un leal sentido de independencia debería persuadir a todos los publicistas que el periodismo norteamericano se halla en la necesidad de restringir estas habituales alabanzas y
pronunciarse en definitiva a favor de una critica fría e imparcial.