viernes, 14 de julio de 2017

"EL JUDIO INTERNACIONAL" Por Henry Ford CAPITULO 5¿ARRAIGARA EN LOS ESTADOS UNIDOS EL ANTISEMITISMO? CAPITULO 5




. Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
"EL JUDIO INTERNACIONAL"

Por Henry Ford

¿ARRAIGARA EN LOS ESTADOS UNIDOS EL ANTISEMITISMO?

CAPITULO 5º
 
Cualquiera que tanto en los Estados Unidos como en cualquier otra parte intente tratar posiblemente la cuestión judía, tiene que contar con que se le tilde de antisemita, o, desdeñosamente, se le sindique como perseguidor de los judíos. Ni la masa popular, ni la prensa le ayudaran en lo mínimo. Las escasas personas que prestaron cierta atención al asunto, prefieren esperar para ver como se desenreda la madeja. Es posible que ni uno solo de los grandes periódicos norteamericanos, y con seguridad ninguna de esas grandes revistas basadas en anuncios ("magazines"), tendrá el coraje cívico de admitir que tal cuestión exista. 


La prensa en general se halla actualmente abierta de par en par para toda índole de enormes adulaciones de todo cuanto sea judío (pueden encontrarse ejemplos en todas partes), en tanto que la prensa hebrea que se publica en los Estados Unidos, se encarga de criticar y refutar todo lo no-judío. 
El simple intento de que uno trate la cuestión judía en público, parece entrañar actualmente la suposición de un odio a muerte contra todo lo judío, sin que se establezca ninguna diferencia entre el redactor, el editor o el simple avisador de un diario. Parece ser este odio una idea fija, hereditaria entre los judíos. Ese proceder tiene por objeto llevar al ánimo de los no-judíos el convencimiento de que el mas pequeño comentario que no rebose bondad en presencia de todo lo judío, es siempre prejuicio y odio, que se caracterizan por mentiras, injurias y ofensas, e instigaciones al atentado personal. Se hallan estas palabras en cualquier artículo tomado al azar de la prensa judía. 
Es posible distinguir perfectamente entre los judíos cuatro categorías diferentes. En primer termino, los guiados por la firme voluntad de conservar inmutable todo lo genuinamente judío en culto y costumbres, aun a costa de cualquier sacrificio en cuanto a sus simpatías y a su éxito personal. En segundo lugar aparecen aquellos capaces de sacrificar cualquier cosa en holocausto de una innata conservación del culto religioso mosaico, pero que no se incrustan a las tradicionales costumbres de la existencia particular judía. Luego están los que carecen en general de convicciones fijas, siendo oportunistas en todo y que se hallan siempre al lado del éxito momentáneo. Y existe finalmente un cuarto grupo de judíos, que creen y propagan la idea de que la sola solución del conflicto existente entre judíos y el resto de la humanidad, consiste en que la raza hebrea vaya perdiendo su personalidad, mezclándose con las otras razas humanas. Es esta última categoría  la más débil numéricamente, como también la más antipática entre sus correligionarios y la más desdeñada. 
 

Existen entre los no-judíos con respecto a esta cuestión solo dos grupos: uno que detesta al judío sin poder decir por que, y otro que ansia que se haga la luz en este asunto, reconociendo en la cuestión semita por los menos un problema. Los dos apenas se manifiestan, son conceptuados antisemitas. 
Antisemitismo es un concepto que se utiliza con harta ligereza. Convendría reservarlo únicamente a aquellos que se dejan guiar por un prejuicio infundado. Si se aplica en cambio a todas aquellas personas que prudentemente desean discutir las peculiaridades judías y su predominio mundial, es denominación injusta, pues del mismo modo que se aplica en sentido de reproche, podría muy fácilmente trocarse en titulo honorífico y de estima. 
El antisemitismo, sea cual fuere la forma en que se presente tiene por fuerza que cuajar en Norteamérica y hasta puede decirse que existe, no por cierto desde poco tiempo. Aunque se presente bajo otro nombre cualquiera, los norteamericanos no podrán variarlo en su esencia, como ocurrió ya con otras tantas ideologías, que en su viaje de circunvalación mundial llegaron hasta nosotros. 

1. Es necesario poner de relieve lo que no es antisemitismo. 
No estaba justamente en el reconocimiento de la existencia de una cuestión judía. Si fuera esto antisemitismo, podría decirse que la gran masa del pueblo norteamericano será con el tiempo antisemita, pues empieza a darse cuenta de la existencia de dicha cuestión, que cada día se impone mas por los hechos de la vida practica diaria. La cuestión existe. Se puede ocultarla temerosamente. Y hasta es posible negarla por cualquier razón inconfesable. Pero existe; y con el
correr del tiempo nadie habrá que la pueda negar. Al fin, ni el medroso "¡callad!" de las gentes emotivas será suficiente para ocultarla. Pero reconocerla simplemente no significa iniciar una campaña de enemistad y de odio contra los judíos; quiere solo decir que se va manifestando cierta corriente de nuestra civilización, y que por fin logro importancia y fuerza tal, que la atención provocada se ve ante la perentoria necesidad de buscar conclusiones y de recabar noble solución, que sin repetir los errores del pasado, elimine desde ya todos los peligros que amenazar pudieren a la futura sociedad humana. 
2. Tampoco constituye antisemitismo la discusión pública de la cuestión judía. Conviene su publicidad. La manera hasta hoy usada de debatir la cuestión judía, o aspectos de la misma, fue con frecuencia errónea en este país. Mas que en parte alguna se la trato en la prensa judía, pero sin lealtad y sin amplias miras. Las dos notas preponderantes, que con cansadora monotonía vuelven siempre a sonar en la prensa judía son: la cortedad de miras de los no-judíos y los prejuicios cristianos. Parece, en efecto, que estas dos condiciones son las predominantes y las que suelen observar los escritores judíos al investigar sus propias huestes. Con la mayor seriedad puede decirse que para los judíos constituye una gran ventaja el que la prensa genuinamente hebrea no este muy divulgada entre el publico no-judío, pues la sola propagación sistemática de dicha prensa entre los norteamericanos cristianos, seria capaz de provocar un movimiento general hostil hacia los judíos. 


Los autores judíos que escriben para los lectores judíos, ofrecen un material en extremo amplio para deducir la existencia de una conciencia arraigada del valer hebreo y de un sumo desprecio para las otras razas. Si bien es cierto que en tales escritos siempre se enaltece a Norteamérica, no se lo hace señalando al país que es patria de los norteamericanos, sino que se le ensalza como tierra de promisión y de bienestar para los judíos que en ella residen. 
En la prensa diaria no se discutió hasta la fecha esta cuestión. Esto no puede sorprender ni es de vituperar. La prensa diaria únicamente se ocupa de "actualidades". Cuando en sus columnas son mencionados los judíos, existe para ellos un abundante surtido de tópicos fijos, que empiezan por regla general con una lista de hebreos históricamente celebres, y finaliza con una recomendación de convecinos judíos, cuyos avisos comerciales en la mayoría de los casos figuran en la parte correspondiente de aquella edición. En suma, que la discusión de la cuestión judía en nuestro país consiste en una tendenciosa critica de los no-judíos en la prensa no-judía. Un ensayo imparcial que debata el asunto fundándose siempre en hechos, no debe considerarse como antisemitismo, aun cuando determinadas y lógicas deducciones puedan disgustar a los judíos. 
3. Tampoco es posible que signifique antisemitismo el hecho de que en un centro cultural exista la sospecha, expresada por personas dignas de crédito de que en el mundo se va notando mediante la existencia de un plan general destinado a dominar al globo entero, no ya mediante conquistas políticas, o  hechos guerreros, o tratados diplomáticos, ni siquiera por medios económicos en sentido científico, sino por una secreta dominación del mecanismo bursátil y del intercambio mundial. No significa antisemitismo ni el decirlo, ni el aportar pruebas, y menos el apoyarlo con irrebatibles afirmaciones. Los propios judíos internacionales podrían mejor que nadie rebatir tal antisemitismo, mas no lo hacen. Lo mismo podrían hacer aquellos judíos, cuyos ideales abrazan imparcialmente la vida cultural de toda la humanidad, y no con exclusividad la de su propia raza, pero tampoco lo hacen. Tal vez algún día aparezca un profeta que siente la tesis de que las antiguas promesas formuladas al pueblo de Israel no pueden cumplirse precisamente por los métodos de Rothschild, ni que la profecía según la cual los pueblos todos serán bienaventurados en Israel se cumpla en forma que todos los demás pueblos del mundo se conviertan en tributarios de los hebreos. Pero en tanto no aparezca o se manifieste dicho estado de comprensión, en tanto la política judía siga siendo lo que es hasta hoy, no puede ser conceptuada antisemitismo aquello que propenda a precipitar el referido estado de opinión y hasta podríamos decir que se presta un inmenso servicio al pueblo israelita descubriendo los secretos planes de determinados medios o individuos influyentes de su raza. 

Es indudable que en más de una oportunidad el antisemitismo inconsciente intranquilizó vastos sectores de la humanidad, enturbio puntos de vista y perdió su carácter racional, llegando a desvirtuar las intenciones de sus dirigentes. Pero lo más singular de este hecho, es que con semejantes procedimientos jamás  se consiguió nada útil para aquellos que los utilizaban, ni aleccionaron nunca con provecho a los judíos contra quienes se dirigían. 
 

Son múltiples los grados del antisemitismo y entre ellos destácanse los siguientes: 
1. Existe un antisemitismo subconsciente e irrazonable que se evidencia por una franca aversión contra el judío como individuo, sin importar quien o como sea. Este antisemitismo se advierte con frecuencia en personas de todas las clases sociales, pero lo extraño es que abunde mas en aquellas que menos frecuentan o menor contacto mantienen con ellos. Nace muchas veces este sentimiento de aversión en la adolescencia de los no-judíos y se evidencia por una neta e instintiva antipatía por la palabra "judío"; acentuase mas su agresividad al aplicarse el vocablo a modo de insulto o para definir un acto deshonroso. No existe mas diferencia entre este insulto y otros referidos contra determinados no-judíos, a los que se desea ofender por sus actos inmorales en cualquier sentido, que el hecho de que al decir "judío" se abarca a toda una raza sin excepción y ofende a personas judías desconocidas sin referirse en concreto a un individuo contra el cual la antipatía tal vez este justificada. Esta generalización en la ofensa, es injusta. 
La simpatía es un sentimiento independiente de nuestra voluntad; el sentimiento de aversión, en cambio, puede rectificarse. Llegara un momento en la vida de las personas ecuánimes en que advertirán que otra persona que les es instintivamente antipática, puede ser en el fondo tan buena o tal vez mejor que ellas mismas. El estado de aversión alterna en el flujo y reflujo de la atracción y la repulsión que pueda regir entre nosotros mismo y otras personas; pero sin llegar a concretarse la prueba de que la persona "no-grata" merezca tal aversión. En cambio, cuando a ese estado de aversión impreciso acumulanse pruebas del desvío al contacto social con la raza judía, la repulsión no puede atribuirse  a prejuicios. Deben quedar al margen de nuestra afirmación, naturalmente, aquellas personas que aseveran que nada bueno en absoluto puede aguardarse de un judío. Esta exteriorizada propensión contra los judíos, suele ser la resultancia de causas diversas. Se puede no simpatizar con los judíos, sin ser esencialmente antisemita. No es un caso extraordinario, sino frecuente, el hecho de no experimentar satisfacción judíos intelectuales en el trato con sus correligionarios a no ser entre los de educación superior. Este hecho nos brinda la oportunidad de ocuparnos detenidamente de las peculiaridades y costumbres del israelita vulgar y de los rasgos de su comportamiento, con cuya crítica no hacemos sino repetir lo que los judíos de más elevada cultura predican al desgaire contra sus correligionarios. Dicha critica será aplazada para otro capitulo. 
2. Puede caracterizarse por la enemistad y el odio el segundo grado del sentimiento antisemita. 
Es preciso repetir que la aversión procedentemente analizada no es idéntica al odio, como tampoco es menester que se traduzca en enemistad. Muchos hay que no gustan del té con azúcar, sin que por ello detesten el azúcar. Sin embargo, se sabe que hay muchas personas que empiezan a ser antisemitas, porque el sentimiento de aversión ahondo en ellos hasta la prevención mas desconfiada y acaso también a raíz de dolorosas experiencias adquiridas en el trato con seres de la raza judía, no siendo menos de un millón los norteamericanos que en estos últimos años se convirtieron en antisemitas rabiosos justamente por haber tratado con comerciantes judíos. 


Tales sentimientos constituyen una desgracia para las personas que los experimentan, precisamente porque les impiden conocer y apreciar nítidamente los elementos que integran la cuestión judía utilizándolos con justicia y equidad. La enemistad nace por causa de la raza judía mas que por ninguna otra, siendo la razón de este fenómeno uno de los grandes misterios que jamás serán aclarados. En el carácter judío, tal como es presentado por la historia antigua y moderna, radica sin duda gran parte de la culpa de tal enemistad. Allí donde el judío llegue a establecer contacto con los pueblos de raza aria, que sin restricciones se entregan al desarrollo de sus facultades culturales y morales, despertara esa animosidad, por el mismo provocada. Este sino de los judíos preocupo siempre a los pensadores de todas las épocas. Algunos pretenden explicar el fenómeno bíblicamente, como resultado de la maldición de Jehová contra su pueblo predilecto por haber desobedecido la ley, con cuya maldición deseo utilizarlo como pueblo en el que se cumplan las profecías todas para ejemplo del resto de la humanidad. Si constituye este castigo parte de la herencia judaica, bueno será recordar asimismo aquí aquella frase de las Sagradas Escrituras, que dice: "¡Deberán sobrevenir rebeldías, más ¡ay de aquel por cuya culpa sobrevengan!". 
3. En ciertas partes del mundo en distintas épocas, este sentimiento de odio provoco estallidos de sangriento fanatismo que, como todos los grandes dolores humanos causaron horror y consternación. Esa es la forma extrema en que se manifestó el antisemitismo, y cualquier intento de discutir en público la cuestión judía provoca la maliciosa sospecha de que se intenta la repetición de tales persecuciones. Estas, aunque imperdonables, puede, por otro lado, explicarse perfectamente. Los judíos las explicar como consecuencia de un fanatismo religioso, en tanto que los no-judíos ven en ellas la violenta repulsión de un yugo que los judíos les habían impuesto económicamente. Lo extraño es que en Rusia – para citar un país determinado, donde con mas frecuencia se repitieron las persecuciones – ocurrieran justamente en las regiones mas ricas del país, hasta el extremo que los judíos declararon públicamente que, si emigraban, volverían esas regiones a su estado de primitiva pobreza. Poco inteligente seria negar este hecho, en todo momento confirmado por viajeros plenos de indignación contra los rusos, por su comportamiento con los judíos, que visitaron aquel país (cuyos relatos se leen preferentemente en la prensa anglosajona), y que al retornar a su patria desvirtuaron estas crueldades y a veces hasta las disculparon. Observadores imparciales descubrieron también que algunas de dichas persecuciones fueron instigadas por los propios judíos, por lo que tampoco debe olvidarse que cualquier pequeñez dicha o cometida contra un solo judío encuentra en el periodismo mundial judaizado un eco exagerado, o, como vulgarmente se dice, "hinchan el globo". Un reportero conocidísimo como leal partidario de los judíos perseguidos en Rusia, vióse expuesto a los más recios ataques por parte de los judíos, cada vez que se vio precisado a hacer constar esta causa. Hasta la fecha es dificilísimo conseguir, sea donde sea, que los judíos admitan ni lo mínimo vituperable que se les objete. Puede acusarse a quien se quiera: ellos son siempre los inocentes. 


Esto tiene que desaparecer, si en realidad los judíos desean cooperar, o si pueden, en la obra que elimine de su carácter aquellos síntomas que pronostican siempre la animosidad de los demás pueblos. En otras oportunidades reducírase el odio ilimitado existente contra los judíos a una razón económica. Esto plantea el interrogante de si el judío habrá de destruir en si lo esencialmente judío, deshaciéndose de su peculiar predisposición para sus éxitos, antes de que pueda conquistarse las simpatías de los otros pueblos. La respuesta se reservara para ulteriores estudios. 
En lo referente al prejuicio religioso, que siempre proclaman los judíos, es evidente que este, por lo menos en los Estados Unidos, no existe. Sin embargo los autores judíos lo enrostran tanto a los norteamericanos como a los rusos. El lector no-judío podrá darse fácilmente a si mismo la respuesta mas adecuada sobre este punto, examinando imparcialmente, si alguna vez en su vida experimento aversión contra los judíos a causa de su religión. En una logia masónica judía díjose poco ha (discurso propalado después por el periodismo judío) que si el azar se preguntara a cien no-judíos en la calle: ¿Qué es un judío?, responderían en su mayoría diciendo: "Un asesino de Cristo". Uno de los mas conocidos y repudiados rabinos de los Estados Unidos dijo recientemente en uno de sus sermones, que a los niños cristianos se les enseñaba a ver en todo judío un asesino del Señor. Dicho aserto es repetido en la plática privada. En presencia de esto, supongo que la mayoría de los no-judíos confesaran que tal concepto lo oyeron en nuestro país por vez primera en toda su vida. Esta afirmación judía carece sencillamente de sentido común. En prueba de ello,
interróguese a los veinte millones de escolares de los Estados Unidos y el Canadá, si se les enseña tal cosa. Sin duda alguna puede afirmarse que en ninguna confesión cristiana existe ninguna predisposición contra los judíos a causa de su religión. Por el contrario, se advierte infinidad de veces el vago sentir equivocado, como si tuviéramos que agradecer al pueblo de Judá, y hasta perdura el concepto falso de tener cierta parte en el credo mosaico. Las escuelas dominicales cristianas de todo el mundo enseñan durante seis meses del año las lecciones internacionales tomadas de los libros de Ruth, del primero y segundo libro de Samuel, y del de los Reyes, no transcurriendo año sin que se enseñe el Antiguo Testamento. 
En presencia de estos hechos, deberían los rabinos judíos darse cuenta de que realmente existe mucha mas agudeza e intolerancia religiosa por parte de los judíos contra el cristianismo, que nunca será posible en la Iglesia cristiana contra el mosaísmo. Desaparecerá toda duda al respecto echando una mirada comparativa a la prensa eclesiástica cristiana y judía, respectivamente. Ningún autor cristiano se atrevería a agredir la religión judía, en tanto que una lectura de medio año de cualquier revista religiosa judía nos ofrecería multitud de agresiones y prejuicios contra la Iglesia de Cristo. Por otra parte, no puede concebirse mayor acritud que la que se profiere y ejerce contra un judío convertido al cristianismo. Adopta casi las formas de una especie de Santa Vema. Resulta, por ende que no es por sus creencias que se distingue el judío de los demás humanos, sino por otros motivos diferentes. 


Empero, cuando los judíos advierten alguna antipatía contra ellos, repiten siempre monótonamente los tres mismo razonamientos, de los cuales el primer y más importante es el religioso. Tal vez para ellos constituya un consuelo suponerse mártires de su fe, pero esto no corresponde a la verdad, y cualquier judío prudente debería saberlo. Debería darse cuenta además de que en los templos cristianos, donde se estudian y reconocen las antiguas profecías, existe por fuerza cierto interés fundado en el posible y posterior desarrollo del pueblo de Israel. No se olvidaron las promesas que se le hicieron, y hasta hay quienes creen que estas se cumplirán. El porvenir de los judíos esta íntimamente relacionado con el de nuestra tierra, y por lo menos la rama evangélica de la cristiandad, a la que característicamente persiguen los judíos con mayor odio, sigue creyendo todavía en un futuro resurgimiento de Israel. Si supiesen los judíos en su gran mayoría con cuanta comprensión y cariño nuestra Iglesia sigue estudiando sus antiguas profecías, creyéndose y esperándose que de parte de los judíos pueda aun venir la salvación de la humanidad, mirarían con distintos ojos a nuestra confesión. Comprenderían que la Iglesia cristiana no se cree medio adecuado para la conversión de los judíos, error del que emana tanta acritud, sino que estima que dicha conversión se efectuara por otros medios y en otras circunstancias muy diferentes, es decir, por los propio Mesías de los hebreos y no por el "olivo salvaje" de los paganos. 
Se conoce una rara variedad de antisemitismo, que se ocupa de la cuestión religiosa, mas no en el sentido antes citado. Dicha variedad se compone de contadas personas con tendencias ateístas, que afirman que toda religión es una patraña judía, inventada solo con el objeto de sojuzgar el espíritu y el corazón humanos con sus enervantes supersticiones. Pero este punto de vista resulta harto extremista y por lo tanto sin importancia para una seria solución al asunto. 

¿Cuál de estas formas adoptará, entonces, el antisemitismo en Norteamérica? En el supuesto probable de que ciertos signos sigan manifestándose, ¿qué formas adquirirá el sentimiento antagónico a los judíos? Por lo pronto no serán las persecuciones en masa. De estos la única que actualmente se puede apreciar es la de los mismos judíos contra cualquier persona o entidad que ose despertar la publica atención sobre el problema judío. 
1. Llegara el antisemitismo a Norteamérica de acuerdo con la norma que exige que los movimientos espirituales y las grandes ideas recorran el mundo de Este a Oeste. Al Norte de la Palestina, donde habitaron los judíos el mayor espacio de tiempo y donde aun hoy viven muchos de ellos, se comprendió ya el antisemitismo y se agudiza cada vez más. Pero para arribar a la
revolución careció de fuerza e intensidad. Un poco mas al Oeste, en Inglaterra, ya es más latente, pero debido al numero relativamente pequeño de masa judía pobre residente  en las islas británicas, y dada la intima conexión de los potentados israelitas con las clases dominantes británicas, existe mas bien sentimentalmente, por instinto, que como un movimiento movilizado. No es tan caracterizado en los Estados Unidos, pero se advierte en forma de cierta intranquilidad, de duda mal definida, y en el antagonismo entre la tradicional liberalidad norteamericana y el respeto a los hechos escuetos una vez criticados. 
 

Puesto que la cuestión va adquiriendo un carácter por momentos más urgente, las personas de clara visión deberían rechazar las temáticas protestas de los judíos, y tratar de que estas no arraiguen en otros países. Es un deber publico atacar este problema directamente en su base y preparar una formula ejemplar y admisible para todas las naciones civilizadas, proporcionando a los demás pueblos el material fundamental necesario, para que por si puedan un día demostrando claramente todas las circunstancias, en las que los pueblos lucharon hasta la fecha desamparados, por carecer tanto de voluntad, como de los medios adecuados para llegar hasta las raíces del problema. 
2. Otro de los motivos por los cuales la cuestión judía empieza a conquistar terreno en Norteamérica, es el de la proyectada inmigración de grandes masas judías. Ya hoy en 1920 es preciso contar con una probable inmigración de un millón de judíos, con lo cual la población israelita llegaría a cuatro millones y medio de almas. Esto, empero, no significa  solo una inmigración de personas, sino también de ideas. Ningún autor judío dijo aun concreta y claramente que idea tienen en realidad los judíos de los no-judíos, ni como piensan en verdad de los goyim . Existen en verdad, indicios de cuales serán esos sentimientos, pero acaso convendría no perder el tiempo en ensayos y combinaciones, siendo preferible que lo hiciese un judío. Lo probable es, empero, que el judío que así obrara se viese expulsado de su comunidad, si efectivamente cumplía tal tarea con veracidad, y basándose estrictamente en los hechos. 
Los referidos inmigrantes, acaso con razón, ven en el no-judío su enemigo mortal, creyendo naturalmente que deben guiarse por este punto de vista. Pero no están ellos en realidad tan desamparados como parece. En Polonia, tan exhausta, donde según crónicas tendenciosas se les despojo de todo a los pobres judíos durante la guerra, aparecen todos los días centenares de judíos que abonan fácilmente importantes gastos de viaje. Pese a su proclamada miseria y total pobreza pueden emprender un largo y costoso viaje en comunidad. Los viajes en masa no son posibles en ningún otro pueblo más que al judío. De inmediato vemos que estos emigrantes no dependen en absoluto de la caridad. La nave de su vida se mantuvo perfectamente a flote en medio del huracán que desmantelo la de muchos otros pueblos; ellos lo saben y gozan con este feliz hecho. Sin embargo, llevan consigo idénticos sentimientos contra la mayoría de nuestro pueblo, que los que tenían contra los abandonados. Es posible que saluden alegremente la tierra norteamericana, pero contra el pueblo norteamericano conservaran sus ideas peculiares. No le hace que en las listas de inmigración figuren como polacos o rusos, en realidad son judíos, y muy consciente de ello, ya que pronto tal cosa se nota en la práctica. 
Esto deberá producir sus efectos. No es, entonces, prejuicio racial el que nos preparemos para ello, recomendando a los mismos judíos norteamericanos que tengan en consideración estos hechos para colaborar en la solución del problema. 
Toda idea dominante, triunfante en Europa, ha experimentado modificaciones al ser trasladada a Norteamérica. Tal aconteció con la idea de libertad, con la de las guerras y con la del sistema de gobierno. Y tal acontecerá irremisiblemente también con la idea del antisemitismo. 


El conjunto de la cuestión hallara aquí si centro, y aquí se resolverá en el caso de que procedamos con prudencia y sin temores. Un autor judío dijo poco ha: "Judaísmo significa hoy día judaísmo norteamericano... Todos los antiguos centros judíos se desmoronaron durante la guerra y se transplantaron a
Norteamérica". El problema judío trocase, pues, en una cuestión norteamericana, quiérase o no. ¿Qué desarrollo adquirirá? Depende en gran parte de lo que aquí se pueda hacer, antes de que el problema adquiera formas ásperas. El primer síntoma será probablemente una expresión de desagrado contra los éxitos económicos judíos, especialmente contra la correlación de métodos con que se alcanzaron. Observa nuestro pueblo la existencia de un pueblo dentro de otro en forma jamás advertida ni con los mormones, y no querrá admitirlo. Los mormones se retiraron, en tanto que Israel retorna a un nuevo Egipto para sojuzgarlo. 
La segunda forma de antisemitismo que se acuse será indudablemente el sentimiento de aversión y su generalización. Tal vez en el fondo la mayoría profese la norma recta: mas no por ello actuara con la aconsejable prudencia. Una predisposición así, francamente admitida por judíos y no-judíos, puede, en perjuicio en ambas partes, adquirir formas agudísimas, porque ni el sustentador ni el objetivo de un prejuicio son susceptibles de asegurar la indispensable libertad espiritual que solo se basa en un perfecto equilibrio del alma. 
Partiendo de estos fundamentos es posible contar con una sana influencia de la justicia. Cuando llegue la cuestión a este punto someterse globalmente el problema al fallo del justo criterio norteamericano. Su innata justicia le ayudo aun en casos que al principio provocaron la indignación del norteamericano. En nosotros la sentimentalidad es siempre de breve duración y deriva rápidamente hacia el criterio racional y el juicio moral. El espíritu norteamericano no descenderá jamás a guardar rencor contra individuos, sino que ahondara su criterio. Puede este hecho comprobarse en las relaciones entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. Es originalidad nuestra no reparar jamás en las personas, cuando se trata de cuestiones fundamentales. 
Se procederá luego a un concienzudo examen de los hechos que pueden permanecer durante cierto tiempo fuera de la opinión publica, pero finalmente se dará con la clave del problema. Las raíces de todos estos enigmas saldrán a la luz, y morirán, como todas las raíces que se arrancan de las entrañas de la tierra. Será entonces tarea de los mismos judíos amoldarse a las nuevas condiciones de vida. No se trata de que deban perder su peculiaridad, de que dejen morir sus energías, no de que abandonen su pasado, sino que será preciso que encaucen todas estas facultades por más limpios canales. Solo así podrán justificar su afán de cierto predominio. Una raza que en la esfera de la vida material pudo conseguir lo que la judía consiguió – en cuya labor hasta se creyeron sus hijos espiritualmente mas adelantados que los de otros pueblos, - deberá cumplir su misión de una forma menos sospechosa y menos antisocial de lo que hasta el presente lo hizo. 
No se llegara a la extirpación de los judíos, pero tampoco se les seguirá permitiendo que continúen sojuzgando a la humanidad bajo el yugo que tan hábilmente le han impuesto. Ellos son los usufructuarios de un sistema que tiene que modificarse radicalmente en si mismo. Para justificar en lo futuro su propia posición en el mundo, deberán modificarse a si mismos, encaminándose hacia fines mas elevados. 
"Obligaremos a los gobiernos cristianos a que adop ten medidas favorables a nuestro vasto plan ya cercano a su victorioso fin , en el sentido de que hagan pacientar la exaltación de la opinión publica, que nosotros, merced al periodismo omnipotent e, ya tenemos efectivamente organizada. Con e scasas excepciones, aquella se encuentra ya en nuestras manos".
(Tesis VII de " Protocolos de los Sabios de Sión ")