viernes, 14 de julio de 2017

"EL JUDIO INTERNACIONAL" Por Henry Ford CAPITULO 1- LOS JUDÍOS:CARÁCTER INDIVIDUAL Y ACTIVIDAD PRODUCTIVA DE LOS MISMOS

 Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
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    "EL JUDIO INTERNACIONAL"
Por Henry Ford
PRIMERA PARTE
CAPITULO 1
LOS JUDÍOS:CARÁCTER INDIVIDUAL
 Y ACTIVIDAD PRODUCTIVA DE LOS MISMOS 
Vivimos nuevamente en una época en que el judaísmo atrae la atención crítica del mundo entero. Su ingreso durante la Gran Guerra en lo más escogido de las esferas financieras, políticas y sociales fue tan general y evidente, que su posición, su poderío y sus fines fueron recibidos con acerba crítica, y en la mayoría de los casos causaron repulsión. No constituyen las persecuciones una novedad para el judío. En cambio, para su ética racial, es nueva esta exaltación. Cierto es que este pueblo sufre hace 2000 años los efectos de un instintivo antisemitismo de las demás razas, pero semejante aversión nunca llegó a ser consciente, ni pudo expresarse concreta ni claramente. Hoy, por el contrario, digámoslo así, esta sometido al microscopio de la observación científica, que nos hace conocer y comprender los verdaderos orígenes de su poderío, de su aislamiento y hasta de sus amarguras. 


En Rusia se le responsabiliza del bolcheviquismo, acusación que, según de donde provenga, podrá considerarse fundada o infundada. Los norteamericanos, que fuimos testigos de la fanática elocuencia de los jóvenes judíos, apóstoles de una revolución social y económica, estamos en excelente posición para poder formar un claro juicio de lo que existiera real y verdadero en tales acusaciones. En Alemania se achaca al judío la derrota experimentada, y una amplísima literatura con innumerables pruebas detalladas impele, en verdad, a muy serias cavilaciones. En Gran Bretaña, se dice que el judío es el amo verdadero del mundo, que la raza hebrea constituye una supranacionalidad que vive entre y sobre los pueblos, los domina por el poder del oro, y acicatea fríamente un pueblo contra otro, en tanto se oculta cautelosamente entre bastidores. Por último, en Estados Unidos llama la atención la insistencia con que los judíos - los viejos por apego al dinero, por ambición los jóvenes - se infiltran en todas las organizaciones militares, y particularmente en los rubros dedicados a los negocios industriales y mercantiles derivados de la guerra, criticándose en especial el cinismo con que dichos judíos explotan en provecho propio los innúmeros conocimientos que lograron en su calidad de funcionarios del Estado. 

La cuestión judaica, en una palabra, ha hecho su aparición en escena. Más, como ocurre en casos
parecidos, en los que cuestiones de ventaja personal desempeñan cierto papel, aparecen también determinados esfuerzos para acallarla, insinuando la inconveniencia de exponerla en público. En cambio, la infalible experiencia prueba que todo problema escamoteado así, tarde o temprano torna a abrirse paso, y entonces en formas inconvenientes y hasta muchas veces peligrosas. 
El judío constituye un enigma mundial. No obstante ser su masa pobre en absoluto, domina, empero, el mercado económico y financiero del mundo entero. Viviendo sin patria, ni gobierno, es decir, en la dispersión, demuestra, empero, una unidad nacional y una tenacidad no alcanzada por pueblo alguno. En la mayoría de los países, salvo restricciones, supo convertirse en el soberano efectivo, al amparo a veces de los patronos. Dicen antiguas profecías, que los judíos retornarán a su vieja patria, desde cuyo centro geográfico dominarán a la totalidad de los pueblos, no sin antes haber resistido el combinado al mundo de las naciones del mundo entero. 
La del intercambio comercial es la profesión a la que contribuye el judío en mucha mayor proporción que ningún otro pueblo. No importa rebajarse a la compra de trapos viejos; la cuestión es comerciar. Desde la compraventa de ropa usada hasta el absoluto dominio del comercio mundial y de la Hacienda de los Estados, el judío siempre demostró las mejores aptitudes. Experimentando como ninguna otra raza aversión hacia toda labor física y productiva, sabe nivelar este defecto por una escala característica predisposición para el intercambio. El no-judío desarrolla su actividad en el terreno industrial o técnico, en tanto que el joven hebreo prefiere empezar su carrera como mozo, vendedor callejero o dependiente de comercio, por la relación que dichas profesiones guardan con el aspecto mercantil. De acuerdo a los datos de un censo prusiano, de 16.000 judíos, 12.000 eran mercaderes y 4000 manufactureros, mientras que de la población indígena renana sólo se dedicaba al intercambio comercial un 6%. 
Un censo moderno arrojaría seguramente, como resultado, un muy considerable aumento en las carreras académicas y literarias, sin que se advirtiera, en cambio, un descenso en la participación de los judíos en las tareas mercantiles, y un aumento insignificante, o tal vez ninguno, en los oficios manufactureros. En Estados Unidos, casi todo el comercio mayorista, los "trusts" y los institutos bancarios, las riquezas del subsuelo y los principales productos de la agricultura, especialmente el tabaco, algodón y azúcar, están bajo el dominio absoluto de los financieros hebreos, o de sus agentes. También representan una vasta y todopoderosa fuerza, los periodistas judíos. "Gran número de fuertes almacenes se hallan en manos de empresas judías" – dice la Enciclopedia Judía, - aunque muchos de ellos, sino la mayoría, figuran bajo razones sociales no hebreas. Semitas son la mayoría y los más importantes propietarios urbanos, predominando asimismo en la vida teatral. Son los que dirigen también, y con total hegemonía toda la vida informativa del país. Aunque inferiores en número a cualquiera otra raza de las que viven entre nosotros, disponen, sin embargo, y diariamente, de una publicidad vastísima y siempre favorable a sus intereses. Esto no sería posible, sino fueran ellos mismos los que la regulan a su antojo. Werner Sombart en su libro Judaísmo y vida económica , dice que "si las cosas siguen desarrollándose en América en la misma forma que en esta última época, contrabalanceando las cifras de inmigración y aumento de las diversas nacionalidades, vemos en nuestra fantasía a los Estados Unidos dentro de cincuenta por cien años como un país poblado por negros, eslavos y judíos, entre cuya población los judíos, claro está, se habrán convertido en los dueños absolutos de toda la vida económica". Y tengamos en cuenta que Sombart es un sabio filosemita. 
Se plantea, naturalmente, un interrogante: puesto que judío está realmente en posesión de tal dominio, ¿cómo lo alcanzó? Norteamérica es un país libre. Los judíos representan únicamente un 3% de la población total; contra 3 millones de judíos existen 97 millones de no-judíos. Ya que el judío tiene poderío, ¿es ello consecuencia de su propia superioridad intelectual, o de la inferioridad e indolencia de los no-judíos? Resultaría fácil decir que los judíos llegaron a América, probaron fortuna como los demás y evidenciaron facultades superiores en la lucha por el éxito. Más esta consecuencia no tomaría en consideración todo los hechos existentes. Antes de formular otra respuesta mejor, es preciso fijar: concretos. El primero de hechos es, que no todos los judíos se hicieron ricos. Existe también gran número de hebreos pobres, aunque la mayor parte de ellos continúa en posición independiente. Si bien es cierto que son judíos los principales amos  financieros del país, no es verdad que cada judío sea uno de los amos.
  El que estas dos categorías de judíos deban distinguirse claramente, se impone desde el momento en que se analiza críticamente los métodos, que, por una parte, los judíos ricos y por otra los pobres, utilizan para alcanzar el poderío. En segundo término, la solidaridad judía torna muy difícil la tarea de medir los éxitos judíos y los no judíos por el mismo rasero. Cuando se hicieron posibles fuertes concentraciones financieras en Norteamérica con activa ayuda de grandes capitales transoceánicos; cuando arribaron a Norteamérica inmigrantes sólidamente apoyados por el capitalismo hebreo europeo, no sería justo apreciar la prosperidad de dichos elementos desde los mismos puntos de vista de los que se podría juzgar la lucha económica de inmigrantes alemanes o polacos, que arribaron a estas playas sin más medios de vida que su afán de trabajo e inteligencia. Cierto es que muchos judíos llegaron a América sin otro apoyo que su propio valer, pero, ello no obstante, no es posible decir que el predominio ejercido por el capitalismo hebreo sobre los asuntos del país sea exclusiva consecuencia de la inteligencia de los judíos, sino que tal predominio no representa más que la ampliación territorial del predominio financiero judío existentes ya en ultramar. Este es el punto básico en que debe apoyarse todo intento de explicación. Se trata de una raza que durante su época esencialmente nacional, componíase de campesinos, cuya disposición típica fue más espiritual que materialista; pueblo más bien de pastores que de negociantes, pero cuya raza, desde que se viera huérfana de suelo patrio y de gobierno propiamente dicho, y luego de haberse visto siempre y por doquier expuesta a persecuciones, debe pues indudablemente considerarse como la oculta pero verdadera dominadora del mundo entero. ¿Cómo es posible que surja tal acusación? ¿Y por qué la misma se apoya, al parecer, sobre innúmeros y circunstanciados hechos? 
Comencemos por el origen. Vivían los judíos durante el desarrollo de su carácter nacional bajo el imperio de una ley que tornaba imposibles tanto una riqueza como una pobreza excesivas. Los modernos reformadores organizan sobre el papel sistemas sociales inmejorables, harían bien echando una ojeada sobre el sistema social bajo el cual vivían los primitivos judíos. La ley mosaica al prohibir la usura, tornó imposible una aristocracia capitalista, que grandes financistas judíos la representan hoy justamente con la fácil y duradera fuente de ingresos que representan los intereses que imponen a sus deudores. Ni la usura, ni la especulación viéronse favorecidas por la antigua ley. No se practicaba usura con el suelo, pues la tierra se repartía entre el pueblo, y si bien un propietario podría perderla por su culpa, o por contratiempos, volvía la parcela, sin embargo, a la propiedad de la familia al cabo de 50 años. Empezaba cada vez una nueva época social, con el llamado año de gracia. Resultaba imposible bajo tal legislación, la formación de grandes feudos o de una casta de magnates financieros. El período de 50 años facilitaba la suficiente libertad para que la actividad personal pudiera manifestarse en la lucha por la vida. 
 
De haber sido los judíos en la Palestina y bajo la ley mosaica, una nación conservadora, jamás hubieran podido adoptar las formas financieras que hoy la caracterizan. Jamás se enriqueció un judío a costa de otro judío, como tampoco hoy los judíos llegan a ser ricos en mutua competencia, sino a costa de los pueblos no judíos, entre los que moran. La ley mosaica permitía al judío traficar con los extraños, de acuerdo con determinados principios morales, mas no con su "prójimo" de raza judía. Su ley, llamada de extranjeros, especificaba: "prestarás al extranjero con usura; con tu prójimo no debes hacerlo". 
Dispersos entre los demás pueblos, más sin mezclarse jamás íntimamente con ellos, y sin perder tampoco su marcadísima particularidad, tuvieron los judíos durante largos siglos las mejores oportunidades para poner en práctica dicha ley fundamental. Extraños en casa de extranjeros, que a veces se les mostraban cruelmente hostiles, con esta ley practicaban lo judíos un acto de justicia compensadora o penal. A pesar de ello, este solo hecho no hubiera bastado para explicar la superioridad judía en materia de fuerzas. La explicación deberá buscarse, más bien, en el judío
mismo, en una fuerza suya propia, es su destreza y en su moralidad específica. 
Desde sus comienzos, hallamos en la historia hebrea la tendencia de esta raza a erigirse como dueña de otros pueblos esclavizados. Aunque, al parecer, todas las profecías se dirigían a un despertar moral de toda la humanidad por Israel, a tal enunciado se opone manifiestamente, su tendencia dominadora. Esto es, al menos, lo que puede deducirse del tono en que se redactó el Antiguo Testamento. Según aquellas viejas historias, los judíos desobedecieron la orden divina de expulsar a los canaanitas, para que Israel no se contaminara con la perversión de aquel pueblo. Observando, sin embargo, la cantidad de fuerzas útiles que perderían con la expulsión de los canaanitas, optaron por hacerlos sus esclavos. "Y ocurrió que cuando Israel fortalecióse, convirtió a los canaanitas en sus tributarios, no expulsándolos". Esta desobediencia, que denota predilección por el dominio material, en vez de una hegemonía espiritual, marca el origen del que fue después perpetuo castigo y eterna angustia de los judíos. 
La dispersión de los judíos desde hace 2500 años, entre el resto de la humanidad, modificó fundamentalmente el plan salvador asignado a Israel. Los directores espirituales del moderno judaísmo seguirán declarando hoy, que la misión judía entre los pueblos del mundo es de esencia espiritual, pero tal afirmación muy poco tiene de convincente ante la absoluta carencia de pruebas prácticas. En el transcurso de toda la era moderna considera Judá a los otros pueblos, sólo desde el punto de vista de la explotación de sus fuerzas vitales en su provecho material. Mas la profecía queda planteada, según la cual, aun en tierras extrañas, hostigado adonde encamine sus pasos, llegara para Israel el día en que su destierro termine en una Nueva Palestina y que Jerusalén, según cantaban los antiguos profetas, tornara a ser el centro moral del mundo. 
Si el judío hubiese sido trabajador, cooperando en común con el resto de la humanidad, su dispersión seguramente no hubiese alcanzado tales proporciones. Pero como optó por hacerse mercader improductivo, su errante instinto le convirtió en aventurero a través de todas las tierras habitadas. Ya en épocas muy remotas, estuvieron los judíos en China. En Inglaterra hacen su aparición bajo los reyes sajones. Existían ya en América del Sur mercaderes judíos, cien años antes de la llegada de los Reverendos Padres peregrinos a Plymouth-Rock. Fueron judíos los que fundaron en 1492 la primera fábrica de Azúcar en Santo Tomás. En el Brasil ya estaban firmemente establecidos, cuando apenas existían en las costas del continente septentrional algunas míseras aldeas. Prueba su constante penetración el hecho de que el primer blanco nacido en Georgia fue un judío: Isaac Minis. La presencia de los judíos en todos los puntos del mundo habitado, y su innata coherencia nacional les conservaron como conjunto nacional entre los demás pueblos, cuyos agentes activos se agruparon por doquier.
  Su ascenso a la posición de señores de las finanzas mundiales, tuvo como causa primordial otra predisposición: su habilidad para inventar constantemente nuevos métodos usurarios. En tanto, el judío no apareció en la lucha de competidores, solía desarrollarse el comercio en formas relativamente simples. Si buscáramos hoy en los orígenes de muchos de los métodos comerciales que facilitan y simplifican nuestro intercambio, indudablemente tropezaríamos con algún nombre judío. Muchos de los indispensables instrumentos de giro y crédito, fueron inventados por negociantes judíos, no solo para el trafico entre si, sino, mas bien, para alucinar a los no judíos, con que comerciaban. La letra de cambio más antigua, fue librada por un judío, Simón Rubens. La letra a la vista es un invento hebreo, así como el cheque "al portador". 
Un interesantísimo capítulo de historia va ligado a este documento "al portador". Los enemigos de los hebreos les arrancaban muchas veces hasta el último centavo de sus riquezas, mas con sorprendente rapidez, estos volvían a rehacerse y eran ricos otra vez al poco tiempo. ¿Cómo es posible explicar este rápido alivio de una tan absoluta miseria? Es que su activo ocultábase sencillamente bajo la máscara de "al portador", y en esa forma, una parte de su propiedad podía siempre ser salvada. En las épocas en que admitíase el derecho del pirata de apresar todas las
mercaderías consignadas a hebreos, estos se defendían mediante el ardid de hacer viajar las mismas sobre conocimientos que no especificaban el nombre del destinatario, sino que iban "a la orden". 
La tendencia judía fue la de traficar de preferencia con mercaderías y no con p e s o n a s . Antiguamente, todas las demandas ante la justicia eran de índole personal, pero el judío intuyó que las cosas le proporcionaban mas seguridad que las personas con las cuales traficaba, y supo conseguir que en adelante las demandas se hicieran contra las cosas. Además, este método ofrecíale la ventaja de permanecer mejor al margen. Resulta natural que dicho procedimiento introdujera en el comercio una nota de dureza, ya que se prefería traficar con cosas a negociar con personas, y esta dureza es la que perpetuóse hasta nuestros días. r
Otra institución, que se generalizo, y que se oculta con eficacia el enorme poderío logrado por los judíos, es del mismo origen que los documentos al portador: la sutileza que permite aparecer a una empresa dominada por el capital hebreo bajo un nombre que no hace la mínima insinuación de tal influencia hebrea. (Sociedad anónima. Sociedad por acciones). 
Es el judío el único y verdadero capitalista internacional. Pero en general no es su costumbre gritarlo a los cuatro vientos; prefiere utilizar a los Bancos y trusts no-judíos en calidad de agentes e instrumentos. La llamativa indicación de una "fachada" no-judía aparece con frecuencia unida con esa sugestiva manipulación. 
Igualmente el invento de la Bolsa de valores es un producto del talento financiero judío. En Berlín, París, Londres, Francfort y Hamburgo los judíos ejercían una influencia total sobre las primeras bolsas, y Venecia y Génova en las viejas crónicas aparecen con el hombre de "ciudades judías", donde lograron efectuar las mayores transacciones comerciales y bancarias. El banco de Inglaterra se fundó por consejo y ayuda de judíos holandeses inmigrados. Los bancos de Amsterdam y Hamburgo deben su origen a la influencia hebrea en dichos centros.
  Otro singular aspecto, relacionado con las persecuciones y correrías de los hebreos a través de Europa, es que adonde ellos iban marchaba el centro del tráfico mundial. Cuando vivían los judíos en España, estaba allí el centro mundial del oro. Con su expulsión perdió España su hegemonía financiera, que nunca volvería a recobrar. Los historiadores de la vida económica europea se esforzaron siempre por saber la razón del traslado de la preponderancia comercial de España, Portugal e Italia a los países del norte, Holanda, Inglaterra y Alemania, sin que ninguna de las razones aducidas haya logrado convencer. Pero si tenemos en cuenta que coincide tal transposición con la época de expulsión de los judíos de las naciones meridionales y su refugio en las del norte, y que con su arribo a esas regiones, comenzó allí el florecimiento comercial, sin interrupción hasta nuestros días, no parece difícil una explicación verosímil. Reprodújose siempre el hecho de que al irse los judíos, marche con ellos el mercado principal de los metales preciosos. 
La difusión de los hebreos a través de Europa y de todo el mundo, durante la cual cada comunidad judía unióse con todas las demás por vínculos de sangre, de fe y de padecimientos, les concedió la posibilidad de manifestarse como internacionales, en una forma que ninguna otra raza, ni comunidad de comerciantes en aquella época hubiera podido hacerlo. No sólo se establecían en todas partes (lo mismo ocurre también con italianos o rusos), sino que, allí donde estuvieren, guardaban íntimo contacto. Se hallaban ya organizados antes que las demás comunidades internacionales, justamente por éste sistema nervioso de la mancomunidad de la sangre. A numerosos escritores de la edad media llamóles la atención el hecho de que los judíos solían estar enterados de los sucesos europeos, antes de que lo fueran los mismos gobiernos. Conocían también el ulterior desarrollo de los acontecimientos, comprendiendo de inmediato infinitamente mejor las condiciones y mutuas relaciones políticas, que los propios diplomáticos de carrera. Propalaban las informaciones interesantes de grupo a grupo, de nación a nación, preparando así, por instinto, el fundamento de la información financiera moderna, información que les resultó de incalculable valor para sus transacciones especulativas. Los conocimientos anticipados constituyeron, indudablemente una ventaja extraordinaria, en una época en que las informaciones todavía eran escuetas, lentas e inseguras, y les puso en condiciones de tornarse indispensables como intermediarios de los empréstitos de los Estados, negocio que los judíos siempre fomentaron. El judío trato siempre de tener a los Estados por clientes. Los empréstitos se emitían con frecuencia, en presencia de miembros de unas mismas familias financieras en los distintos países. Fueron estas familias las que, integrando una especie de directorio internacional, barajaban a reyes contra reyes, gobiernos contra gobiernos, explotando con una absoluta falta de conciencia las rebeldías nacionales existentes o provocadas en su propio y exclusivo provecho. 
Un reproche muchas veces repetido contra los financistas judíos modernos se basa precisamente en que prefieran ante todo este terreno para sus maquinaciones. Efectivamente, la mayoría de las críticas antisemitas no se dirigen contra el negociante particular judío con clientela privada. Millares de pequeños comercios judíos cuentan con nuestra general estima, y del mismo modo respetamos también a decenas de miles de hebreos particulares como vecinos nuestros. La crítica que con razón se dirige contra los financistas judíos no es pues originada únicamente por motivos raciales. Desgraciadamente esta aversión de raza, que como prejuicio conduce tan fácilmente a errores, deriva del hecho cierto de que en la cadena financiera internacional, que rodea al mundo entero, cada eslabón siempre corresponde a una cierta familia financiera judía, a un capitalista judío, o a un sistema bancario judío. Muchos pretenden ver en tal circunstancia una premeditada organización del poderío judaico para dominar a todos los otros pueblos del mundo, en tanto que hay quien lo explica tan sólo como el resultado de naturaleza y mutuas simpatías judías, o por el desarrollo natural del sistema familiar del comercio hebreo, que propende cada vez a abarcar más ramas en su actividad. Según las antiguas escrituras, crece Israel como la vid, que hace brotar siempre sarmientos nuevos, hundiendo cada vez más sus raíces; pero todo sigue formando parte de una misma planta.  
La facilidad de los hebreos para negociar con los gobiernos halla también su explicación en las antiguas persecuciones, en cuyos dolorosos momentos el judío comprendió el inmenso poder del oro sobre los caracteres venales. Allí donde se dirigía, le perseguía como una maldición la creciente antipatía popular. Los judíos, como raza, no se hicieron jamás simpáticos, hecho que el más ferviente hebreo no negará, aunque se esfuerce por ofrecer una explicación satisfactoria. Tal vez alguno que otro judío, como particular, goce de nuestra estima, y hasta es posible que determinados rasgos del carácter judío, detenidamente estudiados, nos resulten simpáticos. Sin embargo, una de las cargas que soportan los judíos como raza, radica en la antipatía colectiva de los otros pueblos. Existe esta antipatía en nuestra eran moderna, en países civilizados y en condiciones que, al parecer, tornan imposible toda persecución. 
El judío, en cambio, parece preocuparse muy poco de la amistad o enemistad de los demás pueblos, acaso por los fracasos de épocas pretéritas, o también, y con mayor verosimilitud, por suponerse hijos de una raza superior a todas las otras. Pero sea cual fuere el verdadero motivo, existe el hecho de que su tendencia principal se dirigió siempre a conquistar para sí reyes y nobleza. ¿Qué les importaba a los hebreos que los pueblos murmuraran contra ellos, en tanto los reyes y su corte fueran sus amigos? Así vimos existir siempre, hasta en las épocas más duras para ellos, un "judío de corte", que mediante sus préstamos y los grillos de la deuda, pudo penetrar a cada instante en la antecámara real. Fue siempre táctica judaica aquella del "camino recto al cuartel general". Jamás trato el judío de conciliarse con el pueblo ruso; buscó, en cambio, las simpatías de la corte imperial. Tampoco quiso nunca envolver en sus redes al Zar y a su Gobierno. En Inglaterra se reía el hebreo del pronunciado antisemitismo del pueblo inglés. ¿No tenía acaso, detrás suyo a toda la nobleza? ¿No apretaba en sus manos todos los hilos de la bolsa londinense? Dicha táctica de ir "derecho al cuartel general" explica perfectamente la omnipotente influencia que tiene el judaísmo sobre tantos gobiernos y la política de los pueblos. Semejante táctica pudo
desarrollarse con facilidad por la habilidad del judío de poder ofrecer en cualquier momento aquello que los Gobiernos precisaban. Cuando se trataba de un empréstito, intervenía al punto el judío de corte, facilitándolo con ayuda de hebreos de otras capitales o centros financieros. Si un gobierno quería saldar una deuda vencida, pero sin confiar el precioso metal a un convoy a través de terrenos peligrosos, también aparecía el judío, que se hacía cargo del asunto; extendía sencillamente un papel, y cualquier institución bancaria establecida en la otra capital pagaba el importe. Cuando por primera vez se proveía un ejército con pertrechos modernos, igualmente se encargaba de ello un judío que poseía el dinero suficiente y disponía también del sistema adecuado. Lograba, además, la satisfacción de convertirse en acreedor de toda una nación.  
Esta táctica, que prestó a aquella raza servicios admirables hasta en las mayores adversidades, no ofrece hoy el menor indicio de modificación. Bien puede comprenderse que el judío, al notar la enorme influencia que su raza numéricamente tan insignificante ejerce actualmente sobre la mayoría de los gobiernos, considerando la desproporción entre el número y el poder de su pueblo, quisiera ver en tales hechos una fehaciente prueba de una superioridad racial. 
Es preciso hacer presente también que se sigue acreditando la astucia judía en inventar de continuo nuevas formas comerciales, como asimismo la facilidad de amoldarse a situaciones distintas. Suelen ser judíos los primeros que en tierras extranjeras fundan sucursales bancarias a fin de asegurar a los representantes de la casa central todas las ventajas posibles, desde un comienzo. Durante la Guerra hablóse mucho de las "victorias pacíficas" que el gobierno alemán habría logrado, fundando en los estados unidos filiales o sucursales de negocios alemanes. Es innegable que existieron muchas sucursales alemanas en nuestro país; pero no hay que olvidar, por otra parte, que en la mayoría de los casos no se trataba de empresas alemanas, sino de relaciones hebreas. Los viejos comercios alemanes fueron demasiado conservadores para, ni siquiera en los Estados Unidos, adular a la clientela. Las casas judías, en cambio, no eran tan conservadoras, sino que vinieron a América y apresuraron los negocios. La competencia obligó a las buenas casas alemanas a hacer otro tanto. Pero en su origen, la idea fue judía, no alemana. 
Otro método comercial moderno de origen directamente judío consiste en la fusión o consorcio de industrias afines. Cuando se adquiere, por ejemplo, una central eléctrica, se tiende a adquirir después la empresa tranviaria que consume la corriente de dicha central. La finalidad de esta política es, adueñarse de los beneficios en toda la línea, desde la producción de la corriente hasta el boleto del tranvía. Pero la causa fundamental estriba en aumentar el precio de la corriente para el tranvía mediante influencia en ambas empresas, y también poder establecer las tarifas para el público. Aquella empresa que se halla en contacto más directo con el consumidor, declara entonces que tiene que aumentar las tarifas porque sus propios gastos, aumentaron, ocultando, sin embargo, que dicho aumento fue ordenado por los sus mismos copropietarios, y no por circunstancias exteriores independientes. 
Existe, actualmente, en el mundo, una potencia financiera central, que efectúa sus jugadas por doquier, de una manera admirablemente organizada, constituyendo el mundo su tablero y su postura el dominio mundial. Los pueblos modernos perdieron ya la confianza en la tesis de que las "condiciones económicas" tienen siempre la culpa de los sucesos desagradables. Bajo la careta de "crisis económicas" se ocultan fenómenos que no obedecen a ninguna ley natural, sino que provienen exclusivamente del crudo egoísmo de determinados elementos, que poseen la voluntad y el poder de esclavizar a la humanidad bajo su absoluto dominio. 
Numerosos fenómenos pueden ser de carácter nacional; que también lo sea la vida económica de los pueblos, no lo cree nadie. Esa economía es internacional, y se advierte en el hecho de que en todo su vasto campo no existe competencia nacional alguna. Existen, en efecto, algunas casas bancarias independientes, mas no hay ningún banco importante que lo sea. Los grandes dirigentes, los contados individuos que abarcan todo el complicado plan de la jugada, tienen a su disposición
numerosos institutos bancarios y trusts, poseyendo cada uno de ellos una determinada misión que cumplir y sin que entre ellos existen divergencias de opiniones. Ninguno trabará jamás el juego del otro ni habrá competencias serias entre los distintos factores del gran negocio mundial. Entre los principales bancos de cada país existe idéntica cooperación que entre los diversos negociados, por ejemplo, el servicio postal de cualquier Estado, pues todos son uniformemente dirigidos desde un núcleo central y hacia un mismo fin. 
Antes de la gran guerra, adquirió Alemania enormes cantidades de algodón en los Estados Unidos, cargamentos fabulosos estaban listos para ser embarcados. Al estallar la guerra, y en una sola noche, transfirió el derecho de propiedad de nombres judíos hamburgueses a nombres judíos londinenses . Mientras se escriben estas líneas, se vende ese algodón en Inglaterra a un precio más bajo que rige actualmente en Norteamérica, por lo cual se rebajan también los precios norteamericanos. Cuando se hayan rebajado estos precios lo suficiente, será adquirido el algodón por personas previamente enteradas de la jugada, logrado lo cual volverán a subir. Entretanto, las mismas potencias que provocaron las oscilaciones, inexplicables al parecer, del mercado algodonero, han manumitido a la Alemania derrotada convirtiéndola en el jamelgo mundial. Determinados grupos aferran este algodón firmemente en sus garras, en parte lo prestan a Alemania para su elaboración, dejan un pequeño margen para pagar la mano de obra, y dañan a toda la humanidad con la burda mentira de que apenas existe algodón en el mundo entero. Al analizar hasta su origen, estos métodos inhumanos e inmorales, se hallará que todos los responsables tienen un carácter marcadamente común. ¿Es posible asombrarse de la importancia que adquiere el aserto que dice: "Esperad hasta que Norteamérica comience ocuparse seriamente de la cuestión judía"?  
Es una incontrovertible verdad que la situación en que el mundo entero se encuentra actualmente, no puede razonarse únicamente desde el punto de vista económico, como tampoco debe atribuirse a la "falta de caridad del capital". Cierto es que el capital jamás se esforzó en hacer justicia a las exigencias del trabajo hasta ahora, habiendo llegado este último hasta los extremos límites de lo posible. Pero, ¿qué ventajas lograron uno y otro? El trabajo creyó hasta hoy que el capital era la negra nube que se cernía encima de él, y consiguió alejarla. Pero ocurrió que por encima de esta nube aparecía otra todavía más densa, que ni el capital ni el trabajo en sus enconadas luchas habían advertido. Esta nube no ha desaparecido hasta este momento. 
Lo que suele llamarse en el mundo "capital" es por lo general dinero invertido en objetivos de producción. Obreros y empleados llaman "capitalista" erróneamente al "manager" o director de una empresa que les proporciona los medios de vida; estas personas no son capitalistas, sino que a su vez deben recurrir también al verdadero capitalista, para que les facilite los medios financieros para su obra. Es este capitalismo una potencia que actúa por encima del industrial y que le trata con mucha mayor dureza de lo que él mismo jamás se atrevería a tratar a sus obreros. Esta es una de las grandes tragedias de nuestra época: el "capital" y el "trabajo" luchan entre sí, cuando ni uno ni otro poseen los medios para reformar las condiciones bajo las que ambos sufren de modo intolerable, a menos que en mancomunada colaboración hallasen un medio para arrebatarles el poder a aquellos financistas, que no sólo crean tales condiciones, sino que las explotan a su paladar. 
Existe un súper-capitalismo, basado exclusivamente en la ilusión de que el oro es la suprema felicidad. Existe también un súper-gobierno que, sin alianzas con ningún otro gobierno, actúa independientemente de todos ellos, haciendo pesar, no obstante, su dura mano sobre unos y otros. Existe, finalmente, una raza, parte ínfima de la humanidad, que jamás ni en parte alguna ha sido bien recibida y que, sin embargo, consiguió elevarse a un poderío tal, que ni las más soberbias razas hubiesen pretendido, ni siquiera Roma en los tiempos de su más espléndido poderío. Cada vez más, la humanidad toda, adquiere la convicción de que el problema obrero, el de los jornales, el de la reforma agraria y tantos otros, no podrán resolverse mientras la cuestión primordial de este poderío financiero internacional no haya sido resuelta. 
Reza un antiquísimo proverbio: "Al vencedor, el botín". Y debemos creer hasta cierto punto en la verdad de este proverbio, cuando escasos miembros de una raza poco populosa y siempre despreciada lograron alcanzar tal preponderancia; o tienen que ser superhombres, contra los que no vale resistencia alguna, o son entes vulgares, a los que el resto de la humanidad, harto tolerante, permitió que llegasen a un grado injusto y malsano de predominio. Si los judíos no son superhombres, los no-judíos deberán reprocharse a sí mismos por lo ocurrido. Por lo tanto, debe encararse el asunto desde nuevos puntos de vista y analizar detenidamente las experiencias vividas en otros países.