viernes, 14 de julio de 2017

"EL JUDIO INTERNACIONAL"-CAPITULO 8º- ¿EXISTE UN PROGRAMA JUDAICO UNIVERSAL DETERMINADO?

Obra escrita por Henry Ford "EL JUDIO INTERNACIONAL" con las dos partes que la integran, colgándola al blog en espacios 0,30 a 12.30 horas durante el trancurso de diez dias y continuado con idéntico método  hasta su fin. Aquel industrial norteamericano que fuera el creador de la prestigiosa marca de Automotores Ford, vigente hasta hoy en la materia y de relieve Internacional, incursionó en la cuestión Judía. Desconocemos si sus sucesores continúan hoy en la conducción de esa empresa. Relatos de aquel tiempo, manifiestan que Henry no aceptaba  los préstamos que los ya existentes "Lobby" Judíos pretendían formalizar a sus emprendimiento y aprendió a conocerlos íntegramente. Tanto al parecer fueron los embates de ellos recibidos que acabaron por transformarlo en redactor de toda sus maniobras "usurera", desde cualquier gestión que conducen a modo de advertir los males que pueden introducir permanentemente en el mundo no Hebreo
"EL JUDIO INTERNACIONAL"

Por Henry Ford

PRIMERA PARTE

CAPITULO 8º

 ¿EXISTE UN PROGRAMA JUDAICO UNIVERSAL DETERMINADO? 
En las disertaciones todas que exponen los publicistas judíos para explicar el creciente antisemitismo, se encuentran tres razones: prejuicios religiosos, envidia económica y aversión social. No interesa que los judíos lo sepan o no, más todo no-judío sabe muy bien que no existe tal prejuicio religioso. Envidia económica acaso exista en tanto los universales éxitos de los judíos llamen demasiado la atención publica. Determinados publicistas judíos tratan de desviar esta atención exponiendo la tesis de que en la alta finanza no existe una preponderancia judía, mas en este sacrificio por su pueblo, indudablemente se exceden. La finanza del mundo entero obedece completamente a los judíos, cuyas decisiones y planes son para nosotros leyes irrecusables. 


Mas la preponderancia financiera de un pueblo no seria por si sola, razón suficiente para citarla ante el juicio popular. Si este pueblo es en realidad mas apto e inteligente, mas diligente y tenaz que nosotros, si tiene cualidades de que como miembros de una raza inferior y poro diligente carecemos, esto no constituye un derecho para exigir de aquel que nos rinda estímulos del antisemitismo, pero no es suficiente para explicar la existencia misma de esta cuestión, salvo en el sentido de que las causas secretas de la superioridad financiera de los judíos constituyan parte del todo del problema. Y en lo referente a la aversión social, puede asegurarse que existen en el mundo, sin duda, muchos mas no-judíos antipáticos que judíos simpáticos pueda haber. 
No existe un solo publicista judío que mencione los motivos políticos de la cuestión, y si alguno los roza, es solo para limitarlos y localizarlos. No es cuestión aquí del patriotismo local de los judíos, aunque también del mismo se duda con fundamento en muchos países. De este "patriotismo" se habla en Inglaterra, Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Rumania, y hasta oímos hablar horrores de él en los mismos Estados Unidos. Se han publicado libros, escrito crónicas profusamente repartidas, se combinaron estadísticas con habilidad suma, para probar que los judíos cumplieron lealmente con sus deberes de ciudadanos en aquellos países en que casualmente vivían. Empero, queda en pie el hecho de que, pese a estos intentos sumamente activos y bien documentados, la opinión se mantiene contraria y sigue siendo más fuerte cada día. Aquellos hebreos que cumplieron en los ejércitos lealmente con sus deberes y evidenciaron su cariño y entusiasmo, no pueden borrar la pésima impresión que como oficiales, soldados y civiles dejaron otros que no los cumplieron. 
Pero en realidad no se trata de este aspecto cuando se menciona el elemento político de la cuestión judía. Es fácil comprender que los judíos amen menos a las naciones en que viven que a aquellas que ellos forman. La historia hebrea es la de una peregrinación a través de todas las naciones del globo. Si consideramos únicamente a los hebreos contemporáneos, veremos que no existe raza alguna que habite tantos lugares de nuestro planeta como la suya. Poseen, pues, un sentido mundial mas nítido que ningún otro pueblo, porque el mundo fue su eterno sendero. Es preciso eximir al judío de culpa, al no sentir tanto cariño por la tierra en que vive como los naturales. El hebreo es siempre ciudadano del mundo, bajo cualquier bandera puede portarse correctamente en lo referente a ciudadanía política, pero es inevitable que tenga un concepto distinto del valor nacional de una bandera que el súbdito que no reconoce mas que una bandera única como suya.  
Consiste el elemento político de la cuestión judía en el hecho de que los hebreos constituyen una nación dentro de las demás naciones. Especialmente en Norteamérica lo niegan algunos de sus publicistas, pero el espíritu judío desmintió siempre el celo extremado de estos paladines de su causa. No se intuye claramente el por que de la originalidad en negar este hecho con tanta insistencia. Cuando llegue el pueblo de Israel al convencimiento de que su misión universal no puede cumplirse valiéndose del Becerro de Oro, se admitirá probablemente su ciudadanía mundial con respecto a la Humanidad, y también su insuperable solidaridad con respecto a su propia raza,
como factor poderoso y meritorio para crear una unidad humana que precisamente ahora, debido a las circunstancias, es del todo imposible.  No se reprocha tanto a los judíos el hecho en si, de que formen una nación dentro de otras naciones, sino más bien el abuso que hacen de este inevitable estado de cosas. Pueblos y judíos intentaron repetidas veces llegar a una fusión, pero el Destino parece haberles condenado a perpetua heterogeneidad. Tanto los judíos como los pueblos no- judíos deberían amoldarse a este hecho fatal. 
Teodoro Herzl, uno de los más eminentes intelectuales judíos, fue acaso uno de los más modernos en amplitud de miras para una explicación filosófica del carácter judío. Jamás cupo para él la más pequeña duda de que existe una nación judía, y proclamó su existencia por doquier. "Somos un pueblo, una nación", dijo, reconociendo francamente también que lo que él denominó cuestión judía es en efecto un problema político. Dice entre otras cosas en el prefacio de su obra El E s a d o Judío : "Comprendo muy bien que el antisemitismo representa un movimiento en extremo complicado, que existen en él elementos de agitación populachera, de vulgar envidia mercantil, de prejuicios heredados, de intolerancia religiosa, mas también de defensa propia muy justificada. Opino que la cuestión judía no es ni social ni religiosa, aunque adopte a veces estas formas. Es una cuestión política mundial, que se trate e investigue solidariamente por todas las naciones civilizadas del mundo". t
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Afirmo Herzl no sólo que forman los judíos una nación, sino que en contestación a una pregunta del comandante Evans Gordon ante la Comisión Imperial Británica de Inmigración extranjera, declaró en agosto de 1902: "Le explicaré mi concepto de la esencia de una nación, y usted podrá agregarle el adjetivo de "judía". A mi juicio una nación representa un núcleo histórico de personas en visible cohesión y unidas por un enemigo común . Eso es, a mi entender una nación. Si agrega usted la palabra "judía", comprenderá lo que yo entiendo por "nación judía". Explicando la forma de manifestarse de esta nación judía con respecto a los otros pueblos Herzl escribió lo siguiente: "Cuando nos hundamos los judíos seremos proletarios revolucionarios, los suboficiales de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros, también subirá el inmarcesible poder del dinero". 
Este concepto, con seguridad el mas verídico, pues es el que mas profundamente arraiga en el modo de sentir judío, es admitido también por el Señor Eustace Percy, y fue reproducido por la revista canadiense Jewish Chronicle (La Crónica Judía), cuyos párrafos merecen leerse con la debida atención: 
"El liberalismo y el nacionalismo abrieron con el sonido de sus trompetas las puertas del ghetto, ofreciendo a los hebreos la igualdad de derechos de ciudadanía. El judío, al ingresar en el mundo occidental, advirtió su poderío y su esplendor, que aprovechó y gozó, puso sus manos en los centros nerviosos de su civilización, le guió, dio dirección y sojuzgó... para declinar después el honor. Por lo demás, y esto es significativo, la Europa nacional y liberal, la del régimen científico de gobierno y de igualdad democrática, es mas tolerante con nosotros que los represores y perseguidores del antiguo despotismo. Empero, ante la consolidación progresiva de las naciones occidentales no será posible contar por más tiempo con una tolerancia sin límites... No quedan al judío en un mundo de Estados territoriales perfectamente organizados, más que dos fórmulas: o derribar los pilares de todos los sistemas nacionales de los Estados o crease su propio Estado nacional. Radica en esta posibilidad de elección la explicación del bolcheviquismo judío y la del sionismo, entre cuyos dos extremos los judíos orientales parecen aun hesitar". 
Existe en Europa oriental la sensación de que crecen el bolcheviquismo y el sionismo juntos, del mismo modo que la influencia judía, durante todo el siglo XIX, confundió y entrevero las ideas republicanas y las socialistas, hasta la revolución de los Jóvenes Turcos, y esto no porque le importe al judío la paz positiva d e la id e olo gía r a dic al ni p o r q u e le in t e r e s e p a r ticip a r d e u n n a cio n alis m o o d e m o c r a cia n o j u día s , sin o p o r s u o dio in n a t o c o n r a c u alq uie r sis t e m a d e g o bie r n o no-judío ".
 Esto es verdad y así lo reconocerán llanamente pensadores judíos decididos. El judío es contrario a todo orden social no-judío . Siempre que pueda desenvolverse libremente, será republicano frente a la monarquía, y en la República será socialista, y ante el socialismo será comunista. 
Causas de este proceder disolvente: En primer término su absoluta falta de sentido socializante, pues es el judío un autócrata encarnizado. Será buena la Democracia para los gregarios de la humanidad, mas el judío seguirá siempre formando cierta aristocracia en uno u otro sentido. Democracia es un tópico que esgrimen agitadores judíos para elevarse ellos mismos a un nivel superior a aquel en que se suponen subyugados. No bien han conseguido este nivel, despliegan de inmediato sus métodos para lograr determinadas preferencias, como si fueran estas de derecho natural, y como demostración de ello quedara la Conferencia de Paz, que constituye uno de los ejemplos más terriblemente característicos. Los judíos forman actualmente la única nación cuyas preferencias extraordinarias y especiales están basadas por el Tratado de Paz Universal. Mas de esto trataremos detenidamente en su oportunidad. 
Salvo algunos escasísimos publicistas judíos, que no ejercen ningún dominio en la ideología judía y que son tolerados con el solo objeto de influenciar falsamente sobre la opinión publica no-judía, nadie osará negar que los elementos disolventes social y económicamente, en todo el mundo, no solo son dirigidos, sino también pagados por intereses judíos. Pudo mantenerse este hecho durante largo tiempo oculto, merced a la persistente negativa de los judíos y a la falta absoluta de información veraz por parte de aquellos órganos de publicidad de los que podían y debían esperar los pueblos su ilustración. Hoy, van aclarándose los hechos. Las palabras de Herzl demuestran una profunda verdad: "cuando nos hundamos los judíos, seremos proletarios revolucionarios, los suboficiales de los partidos revolucionarios". Se publicaron estas palabras por vez primera en 1896, es decir, muchos años ha. 
Manifestanse ahora estas tendencias en dos sentidos: uno tendiente a destruir todos los Estados no judíos del mundo, y otro que propende a erigir un Estado nacional judío en la Palestina. Este ultimo plan cuenta con la más amplia simpatía del mundo no-judío, pero no con la de la totalidad del pueblo judío, ni siquiera con la de su mayoría. El partido sionista hace mucho ruido en torno suyo, pero en realidad no es sino una insignificante minoría. Apenas si se le puede considerar un movimiento colonizador demasiado ambicioso. 
En cambio, sirve de bastidor visible sumamente útil para urgir detrás de él otros planes ocultos. Los judíos internacionales, los verdaderos señores de los poderes políticos y financieros del mundo, pueden reunirse en cualquier parte y en cualquier momento, sea en épocas de guerra o de paz, proclamando simplemente que no pretenden otra cosa que pensar y debatir los medios más convenientes para repatriar a los judíos dispersos a su antigua Palestina, con lo cual desvían con toda facilidad la sospecha de que puedan reunirse con otros y muy distintos fines. Así, los hebreos de las naciones aliadas, tal como de los imperios centrales, celebraron conferencias sin la menor molestia. En una de las conferencias sionistas – la sexta, celebrada en 1903 – predijóse con absoluta certeza la ultima guerra mundial, su desarrollo y su fin, especificándose asimismo claramente el punto de vista judío con respecto a la paz que se pactara. 
Significa esto que aun cuando existe un nacionalismo judío, no es su plan definitivo el localizarlo en el Estado territorial de la Palestina. Los propios judíos se niegan en absoluto a emigrar de los territorios de los países no-judíos, se hará por razones fundamentalmente distintas, y no por idealismo sionistas. 
El señor Donald A. Cameron, último cónsul general británico en Alejandría, hombre que simpatiza con el sionismo, y muchas veces citado en la prensa judía, dice a este respecto: "Los inmigrantes hebreos en la Palestina se cansarán muy pronto de cobrarse mutuamente solo un 3 % de interés,
por lo que sus hijos partirán pronto hacia Egipto, por mar o por tierra, para percibir el 10 %... El judío en la Palestina sólo, por sí mismo se aniquilaría él y destrozaría su propio Estado". Es indudable que el momento para una inmigración, y menos las causas fundamentales para ella, aun no ha llegado. 
El aspecto político de la cuestión judía, que hoy preocupa sin duda a tres grandes naciones (Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos), tiene que habérselas con cuestiones de organización n a cio n al j u día . ¿ D e b e e s a e s p e r a r h a s t a c o n s e g uir su propio Estado en Palestina? O ¿es que representa ya un Estado organizado? ¿Conoce el pueblo judío de la existencia de tal Estado? ¿Opone frente a los países no-judíos su propia política exterior? ¿Posee una Administración que oriente y guíe esta política exteri or? Ese Estado judío, si es que existe, ¿tiene un jefe de Estado visible o invisible? ¿Un Gobierno? Y si algo existen de todo ello, ¿quién lo sabe? t 
La primera respuesta instintiva de todo no-judío a todas estas preguntas seria un categórico "no". Es de no-judío contestar instintivamente. Puesto que el no-judío jamás fue educado en un clima de misterios, ni en una comunidad invisible, arriba voluntariamente a la conclusión de que ni siquiera puede existir la cuestión judía, aunque para ello no pueda aducir mas razonamiento que el de que tales ocurrencias nunca cruzaron su camino, ni las vio jamás en la realidad. 
Las anteriores preguntas, empero, requieren un análisis con razonamientos accesibles a todo entendimiento. De no admitirse una consciente colaboración de los judíos, el poderío que conquistaron y la política seguida por ellos no podrían resultar simplemente de una resolución adoptada, sino producidos por una común predisposición de un carácter que se manifiesta en todos ellos paralelamente. Puede decirse por ejemplo: puesto que su espíritu aventurero indujo al inglés a hacerse a la mar, llego a ser el gran colonizador del mundo, es que se diera cabal cuenta de ello, ni que resolviera hacerse gran colonizador, sino que la innata particularidad de su carácter le indujo a tomar este camino. ¿Es, empero, suficiente explicación para razonar sobre el desarrollo del imperio británico? 
Es indudable que su innata predisposición les obliga a hacer allí adonde llegan lo que a nuestros ojos tan particularmente les distingue. Mas, ¿explica esto las estrechas relaciones que unen estos entre si a los judíos de todos los países, su conferencias internacionales, su extraña visión profética, con respecto a sucesos extraordinarios – que con aniquiladora violencia se abaten sobre los demás pueblos – ni el modo tan escrupulosamente preparado, por el que en un momento dado se congregan en París para discutir sobre un programa mundial, a lo cual acceden todas las demás naciones? 
Primero, unos pocos, después las cancillerías secretas de los gobiernos, luego los mas ilustrados elementos de los pueblos, y actualmente y poco a poco, también, las masas populares han ido sospechando que los judíos no solo forman una nación muy netamente distinta de todas las demás, cuya nacionalidad raramente les es vedado abandonar, pese a los muchos medios utilizados para ello por propios y extraños, sino que forman también un Estado , con un sentido nacionalista en extremo pronunciado, y que colaboran en intima unión, conscientemente, para su mutua protección y para fines comunes. No debemos olvidar la definición de Teodoro Herzl, según la cual el pueblo hebreo se considera unificado en la idea de un enemigo común , y preguntémonos si no es acaso todo el mundo no-judío, ese enemigo común. ¿Y puede este pueblo, sintiéndose netamente tal, permanecer desorganizado frente a este hecho? Esto concordaría muy mal con la reconocida astucia de la raza. Cuando observamos como los judíos, no solo en los Estados Unidos, sino en todos los demás países, están unidos entre si por las mas diversas organizaciones, que las constituyeron tan habilidosamente que entre judíos y no judíos cunde la confianza mas completa en ellas, no es obvio suponer que lo que haya realizado efectivamente también entre los países todos del mundo entero . 
De cualquier modo, en la revista American Hebrew (El Judío Norteamericano), del 25 de junio de 1920, escribe Hermann Bernstein lo siguiente: "Hace aproximadamente un año me presento un alto funcionario del Ministerio de Justicia una copia del manuscrito titulado El peligro Judío , original del profesor ruso Nilus, requiriendo mi opinión acerca de dicho documento. M manifestó que el manuscrito era la traducción inglesa de un libro ruso publicado en 1905, y que más tarde fue prohibido, que probablemente contenía unos "Protocolos" de los "sabios de Sión", y que se suponía fue leído por el doctor Herzl en una reunión secreta del Congreso Sionista de Basilea. Opinaba mi amigo que el autor de la obra era probablemente el doctor Herzl... Varios senadores norteamericanos, que habían leído el manuscrito, denotaron consternación al ver que hacia tantos años ya se hubiera trazado un plan por los judíos, que ahor4a iba a realizarse y que el bolcheviquismo se venia preparando desde hace años por los judíos, en su intento de destrucción mundial". 
Citamos esto a fin de demostrar que un alto funcionario del Ministerio de Justicia de los Estados Unidos presentó ese manuscrito al hebreo Bernstein, exponiéndole su propia opinión personal diciendo que "el autor de la obra era probablemente el doctor Herzl", y que varios senadores norteamericanos denotaban consternación al hallar una coincidencia perfecta entre unas proposiciones formuladas en círculos sionistas en 1905, con los sucesos reales del año de 1920. 
Debe llamar tanto más la atención el hecho por cuanto participo en el un funcionario de un gobierno, que hoy esta en manos o bajo la influencia de intereses judíos. Es probable que aquel funcionario, al conocerse este detalle, haya sido declarado cesante en sus funciones. Pero idéntica probabilidad tiene el hecho de que las investigaciones conducentes, fuesen cuales fuesen las órdenes impartidas y obedecidas, no hayan arribado a nada práctico. 
Cierto es que el gobierno de los Estados Unidos llegó con bastante retraso en este asunto. Le tomaron la delantera cuatro potencias mundiales, y una de ellas hace largos años. Se entrego una copia de los Protocolos al Museo Británico, con sello de recepción de ese Instituto, fechado el 10 de agosto de 1906. Datan probablemente los apuntes del año 1896, en que pronuncio Teodoro Herzl las palabras arriba citadas. El primer congreso sionista reunióse en 1897 en Basilea. 
El documento publicóse recientemente en Inglaterra en circunstancias que atrajeron la atención pública, pese al título poco feliz que se le dio. Fué la firma Eyre y Spottiswoode, imprenta oficial del gobierno británico, la editora de la obra, lo cual equivale a que en otro país lo publicara la Casa de la Moneda. Ante el escándalo de la prensa judaica, el Times de Londres declaro, haciendo la critica de la obra, que todos los contraataques de los judíos fueron "insuficientes". 
Hizo constar el Times , y otro tanto probablemente ocurrido aquí, que los defensores judíos omitían el textual contenido de los Protocolos, atacando en cambio su clandestinidad, y al enjuiciar el texto lo hacían bajo la siempre repetida formula de que "es obra de un criminal, etcétera". 
Estos Protocolos, no firmados por el autor, en su mayor parte en forma de manuscritos, dificultosamente copiados a mano, sin apoyo de autoridad alguna, escrupulosamente estudiados en las cancillerías secretas de los gobiernos, entre cuyos altos funcionarios circulaba de mano en mano, siguen dando señales de vida, aumentando constantemente en importancia y pujante convicción, gracias a la claridad y poderes de persuasión de su contenido. ¡Qué obra más admirable, si es de un criminal o de un loco! La única prueba fehaciente de su legitimidad la lleva en sí misma la obra, y en esta fuerza comprobativa interior, como también dice el Times , debería concentrarse toda la atención publica. Mas aquí es donde justamente se inicia la maniobra desviatoria de los judíos. 
Nos obligan irresistiblemente estos Protocolos a repetir las preguntas: ¿Poseen los judíos un sistema organizado de dominio mundial? ¿Cuál es su política? ¿Cómo se la pone en práctica? Estas
preguntas hallan respuesta en los Protocolos. Sea quien fuese el autor, hay que dejar constancia de que poseía profundos conocimientos de psicología humana, de Historia y de alta política, que extrañan, pero que también infunden pavor contra quienes van dirigidos. Ni un demente, ni un criminal internacional podría ser nunca el autor de esta obra, sino que con mayor probabilidad debe serlo un individuo de clara inteligencia y dominado por un fanático amor hacia su pueblo y hacia su fue, si es que realmente fue solo uno el autor de estas múltiples sentencias. Refleja esta obra una realidad por demás terrible para poder ser una ficción fantástica; sus ideas están basadas demasiado en realidades para poder ser elucubraciones, y su conocimiento es harto profundo para que pueda emanar de un engaño. 
Se fundan los ataques hebreos contra la obra, especialmente en el hecho de que provenga el libro de Rusia. Esto no es verdad. Llegó hasta nosotros pasando por Rusia. Los Protocolos estaban incluidos de un libro editado en 1905 por el profesor ruso Nilus, el cual trató de ampliar los Protocolos a raíz de los acontecimientos que en aquel entonces tuvieron por teatro a Rusia. Esta forma de publicación y sus comentarios otorgaron al libro el carácter de ruso, que hábilmente aprovecharon los portavoces hebreos en Inglaterra y Estados Unidos, desde la vieja propaganda judía en países anglosajones había, desde largo tiempo, logrado inculcar a nuestros pueblos una idea muy particular con respecto a todo lo referente a Rusia y su pueblo. Uno de los burdos engaños con que se falseo la opinión pública mundial es lo que dijeron y escribieron los agentes judíos sobre el carácter del legítimo pueblo ruso. La suposición de que los Protocolos sean de origen ruso no tiene otro objetivo que el de tornarlos inverosímiles. 
La estructura interna de los Protocolos demuestra nítidamente que estos no fueron escritos por un autor ruso ni siquiera que se redactaron en idioma ruso, ni bajo la influencia de acontecimientos rusos, y si únicamente hallaron primero su camino en Rusia, donde por primera vez se publicaron. Fueron estos conocidos en forma de manuscritos por los diplomáticos de todo el mundo. Allí donde el poder judío fue lo suficientemente fuerte, los suprimió hasta por los más violentos medios. 
Empero, su dilatada experiencia invita a reflexionar. La explican los portavoces judíos diciendo que los Protocolos excitan al antisemitismo, y que con tal fin se les conserva. Pero resulta ahora que en Estados Unidos no existía un antisemitismo tan vasto, ni tan profundo, que se hubiese podido ampliar y ahondar con los Protocolos. La divulgación de esta en Norteamérica, solo puede explicarse por el hecho de que vienen a arrojar viva luz sobre los acontecimientos ya observados, concediéndoles mayor importancia, acontecimientos que son a su vez tan importantes y característicos que vuelven a proporcionar una importancia mayor a estos documentos indocumentados de por si. Las mentiras burdas no suelen tener larga vida. Los Protocolos penetraron ahora en lugares muchos mas elevados que nunca, y por fin obligaron a precisar puntos de vista frente a ellos. 
Estos Protocolos no serian más valiosos ni más interesantes, porque llevasen el nombre de Herzl como autor. Su anónima clandestinidad no menoscaba su valor en la misma proporción que la omisión de una rubrica podría desvalorar una obra artística de reconocido mérito. Es preferible que la fuente de que los Protocolos brotaron quede ignorada. Aun cuando se supiese exactamente que alrededor del año 1896, en Francia o en Suiza, un núcleo de judíos internacionales reunido en conferencia hubiese trazado un programa de dominio mundial, fácil seria demostrar que dicho programa no fue sino un simple capricho, salvo que hubiera sido cimentado y apoyado por considerables esfuerzos para su realización. De que los Protocolos constituyen un programa, lo dicen los propios Protocolos. Pero ¿qué seria al fin de cuantas más valioso para su manifestación exterior: una, seis, veinte firmas rubricadas, o durante 27 años una ininterrumpida cadena de insólitos esfuerzos para realizar aquel programa? 
De interés primordial para nosotros, no se trata de si un "criminal o loco" redactó aquel programa, sino de que este, una vez redactado, hallara los medios conducentes para realizarse, por lo menos
en sus puntos esenciales. El documento, en si, es relativamente de pequeña importancia; en cambio, la situación total, y las circunstancias sobre las cuales llama el documento la atención mundial, son en conjunto y en sus consecuencias, de la mas grande importancia para el mundo civilizado. 
" Constiuímos una nación , un pueblo ... Cuando nos hundamos los judíos, seremos proletarios revolucionarios, seremos suboficiales de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros, también subirá el inmarcesible poder del dinero judío..."
Teodoro Herzl: " Un Estado judío