domingo, 13 de agosto de 2017

AÑO 10- CAPÍTULO 13º--EMBAJADOR DEL REY FERNANDO VII

AÑO 10

CAPÍTULO XIII

EMBAJADOR DEL REY FERNANDO VII


Podemos imaginarnos el estupor de los diputados de las provincias,    al ver la desmedida atención que los hombres de Buenos Aires concedan a aquellas naderías,     malgastando sus horas escasas y envenenando la opinión pública con rivalidades,   que, en esos momentos frente al enemigo, eran crimen de lesa patria.

Nueve diputados del interior ambulaban por las calles de la gran aldea, . aburridos de perder semanas y meses en cabildeos, . cuándo todas las fuerzas morales y materiales del país debían concentrarse en la guerra.

El 18 de diciembre de 1810, .  doce días después del decreto que acabamos de comentar, tuvo lugar en el seno de la Junta la más grave trifulca sucedida hasta entonces.

El motivo fue la incorporación al gobierno de esos diputados que enviaron a Buenos Aires las provincias del interior,  . invitadas a ello por la circular del 27 de mayo de 1810.


Moreno, que se opuso a la incorporación, .  fue derrotado y presentó su renuncia, con palabras altisonantes,     como era su estilo. . . y luego la retiró callandito,   detalle que ignoran o quieren olvidar las historias.

¿Qué derecho tenían los diputados de las provincias a formar parte de la Junta?

Si el gobierno de Buenos Aires iba a ejercer su autoridad sobre todo el territorio del Virreinato,    . imponer contribuciones y leyes y levantar ejércitos, .  no era posible negar a los pueblos del interior el derecho más elemental de todo pueblo,    bajo un régimen democrático,    el derecho de participar en ese gobierno,     a menos de pretender que la revolución se había hecho y la guerra de la independencia se estaba haciendo,      para trocar el absolutismo de los reyes, por el absolutismo de la Junta.

Era tan evidente ese derecho que se asentó como el principal postulado de la Revolución,    en aquella acta del 25 de mayo de 1810,    que fue la primera constitución argentina, porque en ella se fijaron las condiciones con que el Cabildo nombraba la Segunda Junta provisional,     la Junta de Mayo.

Leamos siquiera sea en parte el solemnísimo documento del 25 de mayo de 1810.

"Y los señores, . habiendo salido al balcón de estas casas capitulares y oído que el pueblo ratificó por aclamación el contenido de dicho pedimento. . . acordaron: que debían mandar y mandaban se erigiese una nueva Junta de Gobierno, .  compuesta de los señores expresados... mientras se elige la Junta General del Virreinato.

Se enumeran luego las condiciones en que la nueva Junta, . mal llamada Primera Junta, debía funcionar, y al llegar a la 10º condición, se dice: . .

"Que los referidos señores (los miembros de la Junta) despachen sin pérdida de tiempo órdenes circulares a los Jefes de lo interior y demás a quienes corresponda, . encargándoles muy estrechamente y bajo de responsabilidad,  .hagan que los respectivos Cabildos de cada uno, convoquen por medio de esquelas la parte principal y más sana del vecindario,  . para que formado un congreso de solos los que en aquella forma hubiesen sido llamados, .elijan sus Representantes, y éstos hayan de reunirse a la mayor brevedad en esta Capital para establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente" . . .  Segundo acuerdo del Cabildo, . 25 de Mayo de 1810. Antecedentes Políticos.     Económicos y Administrativos de la Revolución de Mayo de 1810, Buenos Aires, Tipografía Kraft, 1924, tomo 1, libro 3, página 269.

Esa misma tarde del 25 de Mayo,    "hincados de rodillas y poniendo la mano derecha sobre los Santos Evangelios" . . . El espíritu de Mayo era,    como se ve,    católico a machamartillo. No aceptaba juramentos ateos,    ni siquiera toleraba que se prestasen sino con toda reverencia, de rodillas y la mano sobre el Libro Sagrado. . . , los miembros de la Segunda Junta, prestaron solemne juramento de acatar aquellas disposiciones.     Entre los que juraron estaba Mariano Moreno.

  Puesto que ahora tanto se nos habla del "espíritu de Mayo",     es decir de la vocación con que los fundadores de nuestra nacionalidad iban a trabajar por el bien común, y se les atribuye una intención multitudinaria, digna de un marxista de hoy y se quiere hacer del pobre Mariano. Moreno el vocero de ese espíritu,    como de muchas otras cosas que él no soñó, examinemos el punto con nuestros propios ojos, . no con los ojos vacíos de las calaveras demagógicas, que han descubierto tantas fábulas para enseñarnos historia.

Ya el verdadero espíritu de Mayo se advirtió en la noche del Cabildo abierto,    al cual no fueron invitados más que 500 "vecinos de distinción".

Iba a resolverse el destino de la patria, . y a pesar de las lecciones de la Revolución francesa, . .  o precisamente escarmentados por esas lecciones, .  los miembros del Ayuntamiento no convocaron a eso que ahora llamamos "el pueblo",  . porque sabían que las más de las veces el inocente pueblo se convierte,  . tal vez sin pensarlo, . en el trampolín por donde llegan al gobierno los dictadores palabreros y estériles, . que casi nunca hacen las revoluciones, pero casi siempre son los que las aprovechan. .

En las líneas que acabamos de citar de la solemnísima acta del segundo acuerdo del 25 de Mayo de 1810, . hallamos el mismo propósito de seleccionar a los votantes, . lo que llamaríamos "el voto calificado". .Y luego, en la proclama del 27 de Mayo, . la resolución de enviar a las provincias del interior una expedición de 500 hombres, para afianzar con las armas los resultados de las elecciones.

Fue,  .pues, el espíritu de Mayo católico y jerárquico, .y en ningún momento plebeyo.

Es claro que Mariano Moreno, con sus conatos jacobinos y sus remezones totalitarios (véase el Plan de operaciones, . . capítulo 16, . . no podía ni comprenderlo ni sufrirlo.

"No bien se recibieron del gobierno —dice el historiador López—, trataron los miembros de la Junta de dar cumplimiento a esta resolución, . . que era, como es fácil verlo, la piedra angular en que la Revolución de Mayo debía apoyar todas sus ulteriores  medidas y reformas. . . LÓPEZ, VICENTE FIDEL, Historia de la República Argentina   (Buenos Aires, Carlos Casavalle, 1883), tomo 3, página 306.

. ¡Ese era, pues, "el espíritu de Mayo"!

Y en efecto, el día 27 de mayo el nuevo gobierno pasó una extensa nota a los gobernadores de las provincias del interior, . . comunicándoles los sucesos y conminándolos a hacer elegir por sus vecindarios los diputados que habían de concurrir a la Capital para incorporarse al gobierno. La nota reza así:

"Esto ha sido el concepto de proponer el pueblo al Excmo. Cabildo la expedición de 500 hombres para lo interior, .con el fin de proporcionar auxilios militares para hacer observar el orden, si se teme que sin él no se harían libre y honradamente las elecciones de Vocales Diputados, . conforme a lo prevenido en el artículo 10 del bando citado, . sobre que hace esta Junta los más eficaces encargos por su puntual observancia y la del artículo 11".

"Así mismo importa que Usted, . quede entendido que los diputados han de irse incorporando en esta Junta conforme y por el orden de su llegada a la capital. . . Por lo mismo se habrá de acelerar el envío de los Diputados" . . .  Registro Oficial de la República Argentina, tomo 1, página 26.

Parecería que estas clarísimas disposiciones, .inspiradas en un sano sentido de la realidad, .adoptadas por unanimidad, . proclamadas desde los balcones del Cabildo,  aclamadas por el famoso pueblo del 25 de Mayo,    juradas de rodillas por los miembros de la nueva Junta, comunicadas a los gobiernos de las provincias y apoyadas por las bayonetas del primer ejército argentino, no darían asidero a ninguna chicana.

Los que de buena fe creen que Mariano Moreno engendró la democracia argentina, . nunca hubieran pensado que aquel a quien nos presentan como su padre pretendió ahogar a la criatura desde su primer vagido.

Fracasó en su propósito.

Se advertía pronto su insuficiencia política, . su ambición impaciente y la intemperancia de su trato;     carecía de cordialidad y de largueza.

Chocaban asimismo su carencia de valor personal y de dotes oratorias,    defectos irremediables en un demagogo.     A veces acábale un espasmo de verborrea jacobina, que ante el populacho podría haber producido alguna impresión,     pero entre gente de mayores alcances sonaba a destiempo.      Mas como él, por una invencible cortedad,     jamás hablaba al pueblo, nunca logró hacerse popular y era desconocida su figura hasta de los centinelas que custodiaban el cuartel de Patricios.

Sentía cada vez más su impotencia y su descrédito entre sus colegas de la Junta,      como en seguida lo veremos por sus propias palabras.

Al principio creyó que conseguiría dominar el espíritu sencillo de los diputados de las provincias y que sus reminiscencias clásicas sobre los tiranos,     la libertad, la soberanía del pueblo y los derechos del hombre deslumbrarían a aquellos aldeanos de tierra adentro.      Pero se equivocó.     Las provincias no estaban culturalmente atrasadas con respecto a Buenos Aires y enviaron sus mejores espadas,     comenzando por el Deán Funes,   mucho más perspicaz e ilustrado que Moreno.     El más simple de ellos poseía una astucia de que él carecía: y engranaba mejor con el presidente Saavedra y los otros vocales.

Entonces comprendió Moreno que si estos diputados se incorporaban a la Junta,      su carrera política habría terminado y discurrió una argucia curialesca para impedir que en Buenos Aires se escuchara la voz de los pueblos del interior.

Manuel Moreno intenta justificar esta triquiñuela antidemocrática de su hermano con una increíble explicación.    Dice que la invitación a los gobernadores de provincias para que nombraran diputados,     había sido hecha por error.

"La Junta —escribe Manuel Moreno—,     había encargado su redacción al Dr. Castelli en horas de mucho trabajo y firmándola sin detenerse en leerla". . . Colección de Arengas en el Foro..., prefacio, página 169.

Con esto quiere expresar que no se advirtió el error sino cuando empezaron a llegar los diputados y a reclamar su incorporación al gobierno.

 De esta inverosímil explicación lo único que sacamos en limpio es que no debía de ser tan devoradora la actividad de Mariano Moreno cuando al segundo día del gobierno (27 de mayo) se encomendó a Castelli y no a él (a quien legalmente le correspondía como secretario de gobierno),     la redacción de una nota de tal importancia;     y que él luego, sin tomarse el trabajo de leerla hizo firmar en barbecho y la firmó a su vez con igual ligereza.

Esto daría risa, si no causara desdén.

En la sesión del 18 de diciembre,    en que se trató de las credenciales o diplomas de los representantes del interior,     intervinieron a la vez con los miembros de la Junta, como es de práctica en los cuerpos colegiados, los nueve electos.

Diez y seis resultaron los votantes:     catorce votaron por la aceptación de los diputados y sólo dos, Moreno y Paso, votaron en contra.

En el colmo de la humillación Moreno alega que la incorporación es contraria al bien de los Pueblos y a la dignidad del Gobierno;     y como no se toman en cuenta sus argumentos y comprueba el menosprecio con que se le trata,     presenta su famosa dimisión, fundada en que "no pudiendo ser provechosa al público la continuación de un magistrado desacreditado, renuncia a su empleo,     sin arrepentirse del acto del 6 de diciembre, que le ha producido el presente descrédito.

Esta extemporánea alusión al baile de los Patricios,     demuestra lo pueril y terco de su temperamento.

En llegando a esta encrucijada de la historia del prócer,    que desembocó en su muerte política, formularíamos cinco preguntas a sus ardientes panegiristas.

Algunas de ellas las hemos apuntado al pasar,    en otro sitio,    pero conviene agruparlas, si bien no tenemos ninguna esperanza de que se nos dé cumplida respuesta.

1º Si hubiera sido verdad que Moreno fuese el numen de la Revolución y el alma del gobierno   .  ¿cómo sus colegas se atrevieron ese día a provocar su renuncia y a arrojarlo por la borda como se arroja al mar un cadáver?. . ¿Cómo aquellos señorones de la Junta no se dieron cuenta de que cometían un suicidio,      pues iban a quedarse sin alma y sin numen?

 2º Si por inconciencia lo cometieron ese día    ¿cómo es que continuaron trabajando, sin numen y sin alma y mejor que nunca,     según lo demuestra la historia, como si se hubieran desembarazado de un lastre inútil?

3º Si Moreno era tan poderoso,     ¿cómo es que no arrastró consigo más que el voto del secretario Paso?

4º Si fue el fundador de la democracia argentina,     ¿cómo se explica que en aquella ocasión trascendental, se obstinara en un totalitarismo furioso, al pretender el rechazo de los representantes perfectamente elegidos por los pueblos del interior del inmenso Virreinato y al sostener que los nueve señores nombrados el 25 de Mayo por el Municipio de Buenos Aires debían ser los únicos que gobernaran todo el país?

5º Si esto ocurrió aquel día,      según rezan los documentos,    ¿cómo se puede insistir de buena fe en las afirmaciones que hemos visto y vamos a seguir viendo?     ¿Cómo se puede pretender que Moreno representa el "espíritu de Mayo"?

Esto descubre el poco respeto con que algunos historiadores tratan a la verdad histórica.

Cuando el fraterno biógrafo llega a este punto,      en ese libro tan poco leído por los modernos panegiristas, dice así:

"El desinterés ejemplar del Doctor Moreno,     con el cual renunciando a su empleo confundió a los oscuros opositores de su persona" . . . Vida y Memorias del Doctor Don Mariano Moreno, página 311.

Lástima grande que ese "desinterés ejemplar"    no pasó de las meras palabras.

Ya mostramos en el capítulo 4,     cómo Mariano Moreno no pudo decir que la renuncia de un hombre de bien era irrevocable,      porque habría sido declarar que él mismo no era hombre de bien, puesto que incontinenti retiró su renuncia. . . Vamos a probarlo.

En La Gaceta Extraordinaria del 26 de diciembre de 1810,     aparece publicada una circular en que la Tercera Junta (la Junta Grande la llaman los historiadores) comunica su nueva estructura a las autoridades del país y proclama una vez más su "fidelidad y vasallaje a nuestro desgraciado Fernando".

Alguien ha dicho que esta circular fue redactada por el Deán Funes,     pero de ello no ha dado ninguna prueba.     El estilo de la pieza, engolado y ripioso, es el característico de Moreno, y la firma de éste va tranquilamente al pie de ella,    en su carácter de Secretario, ¡ocho días después de la renuncia!

Ningún panegirista de Mariano Moreno debe dejar de leer esta pieza,     de la que se desprende:

1º Que "el hombre de bien había revocado su renuncia.

 2º Que seguía empeñado en acreditar    "su fidelidad y vasallaje a nuestro desgraciado Fernando  (palabras textuales).

3º Que había reconocido la autoridad de los diputados del interior.

4º Que la sesión de la Junta del día 18 de diciembre,    en que él presentó su renuncia, y que los historiadores nos describen como una terrible marimorena fue "una discusión pacífica en que la verdad,    la sinceridad, y la buena fe por parte del gobierno y de los diputados decidieron su incorporación. . .". . .  Gaceta de Buenos Aires. Extraordinario del miércoles 26 de diciembre de 1810, página 47.

Esa declaración de que la buena fe estuvo de parte del gobierno y de los diputados que iban a incorporarse     (no de parte de los dos secretarios que se opusieron) tiene mucho jugo, redactada como está y firmada por Mariano Moreno.

Debe de haber en las historias pocos ejemplos de un mea culpa más rápido y más terminante.

El 28 de diciembre hallamos de nuevo la firma de Moreno en un nombramiento que se le hace a Seguróla;     y luego volvemos a hallar su nombre con la designación de su cargo de Secretario en todos los documentos que se extienden con motivo de su plenipotencia en Londres.

Nunca ha prodigado tanto su firma, en su carácter de Secretario,    como después de su airada renuncia. Señal de que continuó siéndolo.

Confesamos que al descubrir estas sabrosas minucias,     nos ha enternecido la sumisión con que se puso al servicio de los diputados de las provincias     y consintió en redactar con su pluma y autorizar con su nombre manifestaciones tan contrarias a las ideas que sus biógrafos le atribuyen.

Veamos el oficio con que la Junta, el 24 de diciembre,    comunica al Marqués de Wellesley, Ministro de Relaciones Exteriores de Su Majestad Británica, la designación de Mariano Moreno . . . Esta nota se halla transcripta in extenso al final de la obra Vida y Memorias del Doctor Mariano Moreno, página 314 y lleva las firmas de todos los miembros de la Tercera Junta, menos (por tratarse de un nombramiento personal) la del interesado.

"Excelentísimo Señor:     Habiéndose incorporado a la Junta Provincial los Diputados de las Provincias, y revestido el Gobierno un nuevo carácter, que,    dando a sus resoluciones una firmeza de que antes carecían...

".. .los Diputados de las Provincias deseando fomentarlas las relaciones con Gran Bretaña) han conferido toda su representación y poderes al Secretario de Gobierno, Doctor Don Mariano Moreno, para que pasando a esa Corte..."

Esto fue lo que él le pidió "por favor" a Saavedra (véase capítulo 9) y cuyo decreto se apresuró a redactar él mismo y fue firmado el 24 de diciembre de 1810,    verdadero regalo de Navidad de sus compañeros de la Junta Grande.

Puesto que fue su último empleo y la muerte no le dejó tiempo para cambiar de opinión,    resulta evidente que los aspavientos que hizo por aquella corona de alfeñique que un oficial ocurrente ofreció a Saavedra en el famoso baile de los Patricios, no los hubiera hecho de habérsela ofrecido a él y ser una corona de verdad.

Nuestro personaje, digan lo que quieran sus panegiristas,     no le hacía ascos a las testas coronadas.

Vale la pena de rememorar estos hechos, aunque sean desairados, porque arrojan mucha luz sobre cosas que los ponderadores del republicanismo de Mariano Moreno siempre han ocultado      y que tal vez nadie recuerda ahora, aunque se hallan asentados en documentos auténticos e ineludibles, si se pretende escribir historia de verdad.

De no haber sucumbido en alta mar,    quizás a causa de aquella maléfica medicina que le propinó el capitán de su barco y haber llegado vivo a Londres, con sus papeles redactados de su puño y letra y bien en regla,    amén de una fortunita en el bolsillo,     no se habría exhibido Mariano Moreno en los salones del rey de Inglaterra como el fundador de la democracia argentina,    ni siquiera como un jacobino arrepentido,    sino como el primer embajador de nuestra patria, representante de uno de los reyes de más triste figura en aquellos tiempos.

Aflige y hastía que con tan estruendosa algazara,     a 150 años de distancia,     se nos quiera hacer creer que este buen señor fue una altísima cumbre entre los próceres de Mayo y el que mejor encarna el espíritu de la Revolución.

¡ Pobre Secretario de Gobierno reducido al carácter de representante de aquellos mismos Diputados de las Provincias,     contra los cuales armó tan inútil y tan antidemocrática oposición!

Más sorprendente aún es el dato que vamos a dar,    y esta vez permítasenos a nosotros usar el argumento del puño y letra, con la buena lógica de Aristóteles.

Este argumento del puño y letra lo esgrimió contra nosotros en 1937 la Academia Nacional de la Historia,    por boca de uno de sus miembros más conspicuos, al anunciar que iba a presentar un documento de puño y letra del prócer para desbaratar nuestra demostración de que Mariano Moreno no había fundado la Biblioteca Nacional.

Pero pasó el tiempo,     ¡pasaron más de 20 años! y el documento terminante no fue presentado, como que no fue encontrado en ningún archivo, pues sólo existía en la imaginación y en la promesa.

"De su puño y letra" (de Moreno) es,    en efecto, la credencial que atestigua el carácter de diplomático otorgado el 1º de enero de 1811 por la Tercera Junta al "Secretario de Gobierno y Guerra de la misma".    ¡Seguía siendo lo que renunció!

Evidentemente el prócer no percibía que tratándose de un nombramiento a su favor,     habría sido más elegante que lo plumease otra mano que la suya.    Aquí sí que sobraba su puño y letra, y aquí, sin embargo, lo encontramos, como si temeroso de que le soplasen la dama,    se hubiese apresurado a redactar él mismo los papeles.     Y nos viene muy bien que así haya sido.

Debemos agradecer al Archivo General de la Nación el habernos suministrado en fotocopia el borrador del nombramiento de Mariano Moreno,     escrito de su puño y letra, pues nos muestra, de paso, que el fundador de la democracia argentina no le hacía tantos ascos, como se imaginan por allí, al amado Fernando 7º. Ni al Rey de Inglaterra . . . Véase la interesante fotocopia en la obra: Misiones Diplomáticas, publicación del Archivo General de la Nación (Buenos Aires, Kraft, 1937), tomo 1, frente a la página 52.

El documento no tiene desperdicio. Comienza con la expresión de ritual:    "La Junta Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando Séptimo. . .

Esto prueba lo infundado que es lo que nos afirman,     que Moreno hubiese ya, por esa fecha, "arrojado la máscara de Fernando 7º",     y que fue la Tercera Junta (la Junta Grande), la que aprovechando su alejamiento del país, volvió a calársela,     es decir, que la Junta hizo retroceder la idea de la independencia, que estaba en marcha ya gracias a la audacia de Moreno . . . “La Junta Grande volvía a colocarse la máscara de Fernando arrojada audazmente por Moreno." RICARDO LEVENE: La Revolución de Mayo y Mariano Moreno, tomo 2, página 373.

Los documentos, de puño y letra del numen,    dan fe de que Mariano Moreno murió con la máscara puesta, como que la llevaba en su viaje a Londres.

Quien primero demostró con hechos haber comprendido esta realidad,     no fue ciertamente Moreno, sino Belgrano, mucho antes que la mayoría de sus compañeros.

Fue Belgrano quien acabó de veras con aquella ficción,    desobedeciendo al gobierno, cuando creó una bandera propia, a fin de que los soldados argentinos no se batieran a la sombra de la misma bandera que sus adversarios.

El 27 de febrero de 1812,     como Jefe de las tropas que guarnecían la entonces pequeña ciudad del Rosario de Santa Fe,     sobre el filo de la barranca del río Paraná, enarboló por primera vez en nuestra historia una bandera celeste y blanca y la hizo aclamar por sus soldados.

El gobierno del Triunvirato,    que había reemplazado a la Junta Grande, dominado por la voluntad de Bernardino Rivadavia,     desaprobó severamente lo hecho por Belgrano y le ordenó arriar la bandera nueva y enarbolar la española.

"Haga pasar como un rasgo de entusiasmo —le decía en la áspera nota que le envió—, el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y sustituyéndola por la que se le envía,    que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza. . ."  ..) MITRE, Historia de Belgrano y de la Independencia argentina (Buenos Aires, 1876), tomo 1, página 398.

Belgrano acababa de ser nombrado general en jefe de los míseros restos de aquel gran ejército del Alto Perú, que fue deshecho en Huaqui, por el general Goyeneche.     A causa de que partió de Rosario para ocupar ese destino, no recibió la agria nota del Triunvirato.    Una vez en Jujuy, en presencia del ejército que había empezado a reorganizar, el 25 de Mayo de 1812,    hizo bendecir su bandera celeste y blanca y la paseó por las calles de la ciudad, después que las tropas la hubieron aclamado.

Nueva y tremenda amonestación del gobierno y orden terminante de que bajara a Buenos Aires con sus tropas, abandonando a los realistas todo el norte del país.

Belgrano se negó a pasar de Tucumán y obtuvo la gran victoria del 24 de setiembre de 1812.

Sintiéndose fuerte, en vez de bajar a Buenos Aires, subió hasta Jujuy con su ejército victorioso.

Se detuvo a la orilla del río Pasaje y allí hizo jurar la bandera desaprobada.

Puso en cruz sobre el asta de ella la hoja de su sable y cada uno de sus soldados la besó jurando morir por ese radiante emblema de la patria. . Y bautizó el río con otro nombre, grabando en el tronco de un gran árbol de su orilla el nuevo con que ha llegado hasta nosotros: Río del Juramento.

Poco después logró la gran victoria de Salta. , Ya había otros personajes en el gobierno y nadie pensó en amonestar a Belgrano por su inmortal desobediencia, sino en adoptar la bandera que él había creado.

Volvamos ahora al año X.

A los empecinados en sostener que Mariano Moreno fundó la democracia argentina,     les quedaría el recurso de alegar que,     si bien no la fundó en fecha,    ni sitio,    ni circunstancia determinada, insufló en el pueblo el espíritu democrático con su pluma y su elocuencia.

Estaríamos de acuerdo, si nos dijeran dónde hizo tal.

Jamás pronunció un discurso y en cuanto a producciones de su pluma se conocen bien pocas, y aún de esas pocas, ninguna se refiere especialmente a las instituciones democráticas;     y los artículos de La Gaceta que se le atribuyen ya que aparecieron sin firma de autor,     nadie está seguro de que no hayan sido de cualquiera otro de los varios redactores que simultáneamente escribían allí.

Nos remitimos a lo dicho sobre esto en otros capítulos.

Pero hay dos escritos que indudablemente le pertenecen:     la Representación de los Hacendados, y el Plan de operaciones:     más como ambos respiran tal amor por la monarquía absoluta y el despotismo, es preferible olvidarlos, cuando se quiere demostrar que Mariano Moreno fundó la democracia argentina.

Los documentos son despiadados con las estatuas.

A veces una hoja de papel que no pesa un gramo, aplasta a un ídolo de bronce o de piedra que pesa diez toneladas,    inclusos el pedestal y las sucesivas placas llenas de encomios que le van incrustando.

Y esto ocurre especialmente en nuestro país,     donde la ligereza ha sembrado nuestras plazas de estatuas sin cimientos.

"El estudio de los documentos me ha hecho iconoclasta" . . . ( TAINE. H., Pages Choistes, por Víctor Giraud  (París, Hachette, 1909), Página 39. . . dice el gran historiador Taine, explicando a M. Havet 0ue se muestra horrorizado y escandalizado por la lectura de los Orígenes de la Francia Contemporánea,     la razón de aquella su obra maestra,    que pasa como un tanque aplastador sobre las leyendas de la Revolución Francesa.

La revisión de la historia, a pesar de los gemidos de los unos y de las maldiciones de los otros, se pudo hacer en Francia,    país de verdadera cultura, sin peligro y hasta con honra de quienes se atrevieron a realizarla.

¿Podrá hacerse también en la República Argentina, donde dicen que la Constitución garantiza la libertad de expresión?

Estamos intentándolo.     Nada nos sorprendería comprobar que para nosotros, escritores católicos, la Constitución fuese letra muerta.

Pero no importa. Podemos decir con palabras de un salmo que se lee en la misa de San Pío X: "Yo no he tenido miedo de hablar." (Psalmo 39, 10.)

Y no tenemos miedo de terminar este capítulo con una pregunta:

¿Qué hay bajo el afán de presentarnos como al espíritu de Mayo a este prócer veleidoso, .  que tan pronto, . en un espasmo de jacobinismo proponía que les cortaran la cabeza a los diez miembros del Cabildo;  tan pronto daba una vuelta de ciento ochenta grados y quería salir de la gran aldea,    pequeño escenario para sus ansias,    y aparecer en las cortes europeas con el oropel y los dineros de un embajador real y suplicaba a Saavedra, su adversario, que lo designara representante del amado Fernando 7º?

¿Hay sinceridad en esta artificiosa agitación alrededor de un glorioso aniversario que nunca les interesó mayormente?        ¿Y de un personaje que la masonería considera suyo?

En estos tiempos empapados en marxismo      el amor a la patria con fronteras no está de moda.      Lo que mueve a los títeres filo-comunistas es una vergonzante pasión antimilitarista y anticatólica y un gran apuro de adulterar la verdadera  tradición argentina,    para que la nación olvide sus orígenes y sea infiel a su destino.     Así estará mejor dispuesta para unirse a los compañeros de ruta del comunismo, en un solo montón con las republiquetas últimamente formadas o deformadas e irremediablemente avasalladas por el príncipe de este mundo como lo llama Jesús en el Evangelio de San Juan  (14, 50),     o por el Dios del siglo como lo llama San Pablo en su segunda carta a los corintios (4, 4), en una palabra, por el diablo.