domingo, 13 de agosto de 2017

AÑO 10- CAPÍTULO 20º- ESCÁNDALO DE FARISEOS


AÑO 10

CAPÍTULO XX

ESCÁNDALO DE FARISEOS

En estos últimos tiempos,      uno de los episodios más deslucidos y entristecedores para el espíritu argentino fue el alboroto que se movió alrededor de la fundación de la Biblioteca Nacional,        verdadero escándalo de fariseos. Deslucido,          porque dio pie a una agresión alevosa y sin gallardía contra quien no podía defenderse.

Entristecedor,         porque delataba la existencia de un totalitarismo intelectual,       repugnante en un país cuya Constitución garantiza a todos sus habitantes el derecho de pensar y de emitir libremente el pensamiento, guardando,         como es natural, formas y estilo. ¿Cuál fue el pretexto del estridente y desproporcionado cacareo que se armó en aquella ocasión?

Haber afirmado que el fundador de la Biblioteca Nacional no había sido Mariano Moreno,      sino el presbítero          Doctor don Luis José Chorroarín. ¿En qué país del mundo puede una rectificación histórica,        hecha en términos comedidos,     y previa venia del superior jerárquico,           por hacerla un funcionario, constituir un delito?


Ciertos historiadores corrieron desolados,            rasgando sus vestiduras, pero no a los templos,          como suele hacerse cuando ocurren calamidades públicas,         sino a los palacios de los príncipes,       para conjurarlos a asfixiar en el huevo, con gallina y todo,      aquella expresión de disconformismo con la historia dirigida.

Se dio por razón del pedimento el que la rectificación había sido hecha en una publicación oficial.           ¡Scandalum Pharisaeorum!

¡Ay de vosotros, los que coláis el mosquito y os tragáis el camello!

Se calló una circunstancia importantísima:            que la publicación donde se afirmó lo que tanta irritación produjo, había sido        —como era de trámite— previamente consultada a la autoridad jerárquica,            y autorizada por resolución fundada y escrita comunicada por nota.

Es claro que si eso se hubiera dicho,         todas las censuras, case de que el restablecer una verdad histórica merezca censura,              habrían debido recaer sobre el superior que autorizó,             y no sobre el inferior que consultó y pidió venia. •

Se calló esa circunstancia y se sincronizó la más desconcertante e inexplicable campaña periodística contra el que se había atrevido a extirpar un craso error en la historia argentina.

Casi todos los diarios del país,          grandes y pequeños;       casi todas las revistas; casi todas las radios,        como obedeciendo a una batuta invisible (y algo de eso hubo) echaron su cuarto a espadas y vapulearon a quien,         dando pruebas de carácter y de independencia de juicio, había afirmado con documentos en la mano, una cosa original,           en un asunto manoseadísimo,         que ningún historiador había osado investigar y en que todos aprendían y enseñaban de segunda o de tercera mano,           copiando a alguien, que a su vez había copiado a otro.

Pero todos se resignaban porque está prohibido (tácitamente prohibido) meterse con un semidiós.

Fue un espectáculo entristecedor comprobar que un argentino,       un escritor,       que como funcionario había servido intensa y honradamente a su país,           se hallaba como en tierra extraña, sin ninguna defensa,               por lo mismo que no figuraba en los registros de ninguna logia, y que su silencio al igual que sus palabras podrían servir para perderlo.

El blanco de aquella desairada conjuración no era ni un zopenco ni un malvado.

Se había consagrado con alma y vida a la institución,          y el hecho mismo que servía de pretexto para la campaña, demostraba su celo y su laboriosidad.

Durante semanas y semanas fue zaherido a mansalva,            y poco menos que puesta a precio su cabeza. . . administrativa; y como por minutos se aguardaba su decapitación, pululaban ya los candidatos a sucederle. . .

 Entretanto la Academia Nacional de la Historia se constituía en supremo tribunal de casación, para fallar aquel litigio planteado entre los que afirmaban que Moreno fundó la Biblioteca, y el hereje que se había animado a levantarse contra ese dogma.

A cualquiera que tenga el menor sentido de la justicia,          se le ocurrirá que sí la Academia iba a fallar,          no podía entregar el estudio de la cuestión y la redacción de la sentencia al elocuente panegirista de Moreno,         que en cien ocasiones y en diversas obras había afirmado lo que ahora alguien afirmaba que era inexacto.

El distinguido autor de La Revolución de Mayo y Mariano Moreno,           presidente entonces de la Academia Nacional de la Historia, estaba inhibido de opinar.            La equidad le obligaba a abstenerse, aun cuando otros quisieran imponerle esa tarea, porque,          como dicen los jurisperitos: le comprendían las generales de la ley.

"El historiador —dice Sainte Beuve— debe ser como la mujer del César: que nadie pueda sospechar de infidelidad".

Es a todas luces evidente,           que el laborioso biógrafo de Mariano Moreno,        no era en ese caso, como la mujer del César.        Tenía opinión comprometida en libros famosos.

Su posición no sería nunca la de un juez sino la del abogado de una de las partes,          aunque anunciara que trabajaría en colaboración con otros dos miembros de la Academia,         por muy ilustres que fueran.

Se le ocurriría también a cualquiera que tuviese un mínimo concepto de la justicia,        que para que la original sentencia de casación histórica no fuese una repetición de las afirmaciones que el sacrílego negador había destruido,          el sentenciador tendría que allegar elementos nuevos,         probanzas no discutidas, puesto que las conocidas se habían demostrado insuficientes.

Finalmente,       si el tribunal pretendía conservar cierta apariencia de imparcialidad,         debía convocar a ambas partes y escuchar sus alegatos,        antes de dar la sentencia. Un juez, aunque sea en cuestión de historia, no debe oír una sola campana.

Cuál fue, empero la actitud del tribunal?

Adoptó una medida de aparente austeridad: no convocó a ninguna de las dos partes; se declaró bien informado con las publicaciones que se habían hecho;      ninguno de los litigantes presentó ningún alegato.         En esto los dos quedaron puestos a igual altura.

|Pero uno de ellos, precisamente el distinguido autor de la más importante biografía de Moreno,           se encargó de redactar la sentencia!       Y ésa tendría que ser la última palabra de la Academia Nacional de la Historia en aquel asunto.          Al menos ellos creían que sería la última.

Habría sido de cajón,         que puesto que la Academia como cuerpo iba a pronunciar esa anunciada palabra,            su redactor no la publicara en los diarios antes que el tribunal,       o sea la Academia misma la considerase,           la discutiese y la aprobase.

Pero había impaciencia por acabar con la herejía y a las dos semanas,       súbitamente, se publicó con asombrosa profusión y gran lujo de letras titulares y sombrías e ilegibles fotocopias, que impresionaban como una cosa seria,          lo que iba a ser el veredicto de la Academia Nacional de la Historia.

Lo extraño del suceso es que la futura sentencia se anticipaba al público con una sola firma,      y antes de que los otros dos miembros de la comisión nombrada por la Academia para proyectarla,           hubiesen tenido el menor conocimiento de ella.

Tan desusada rapidez,       que pareció un error de procedimiento y hasta un desaire hacia los colegas,           fue, como dicen los criollos: una "acertada".

Porque de someterse a la discusión de los académicos el borrador del fallo, podría darse el pintoresco espectáculo que alguna vez se dio en el Ayuntamiento de cierto pueblo ibérico donde se pusieron a debatir si Dios existía o no existía.        Discutieron tres días el asunto, hasta que rendidos a la fatiga más que a los argumentos,             los ediles cerraron el debate y confiaron a una votación lo que tenía que ser su opinión en adelante.

Se salvó Dios por el voto del cura que era edil y llegó un poco atrasado,       pero todavía a tiempo.

De haberse sometido a la Academia la herejía de que hablamos, la disputa habría sido interminable;         se hubieran sacado algunos trapos al sol y quién sabe si no hubiera ganado la herejía.

Por ello, fue "una acertada" publicar el fallo antes de que lo conociera la Academia, colocándola así en presencia de un hecho consumado.



O se resignaba a prohijar el trabajo de uno de sus más doctos miembros o se ponía cada cual a estudiar de cerca el asunto.            Optó por prohijarlo.

La herejía pareció aplastada para siempre y recrudeció la campaña periodística,          pero esta vez ya no fue sólo contra el excomulgado por la iglesia académica (que tiene de sinagoga y tiene de logia)            sino contra la Academia misma, porque innumerables personas que no habían leído los trabajos del hereje,       ni tenían la menor idea del asunto, leyeron la sentencia, y no tuvieron necesidad de leer más para convencerse de que el hereje tenía razón.

Si después de vaciar los archivos, salían a la calle con los mismos documentos publicados por Trelles sesenta años atrás, era porque no había otras probanzas.          Nada nuevo, pues, y nada concluyente.

Las fotocopias no agregaban ninguna fuerza a un documento que de por sí no la tenía.       El vulgo podía caer en el garlito, pero no todos eran vulgo.

Aun algunos académicos empezaron a rezongar que les habían hecho hacer un triste negocio, pues el público,         picada la curiosidad por tanta faramalla y tanto ruido,          empezaba a discutir si la Academia tenía el don de la infalibilidad y se preguntaba si no habría en sus anales algún ejemplo clásico de lo que las gentes eruditas llaman: lapsus,          en latín, que en castellano familiar se traduce por plancha.

Halláronse más de uno, pero uno de ellos tan gordo que merece recordarse aquí.

El dogma de la infalibilidad de la Academia Nacional de la Historia no está aceptado. Hay gentes que no estiman bastante las historias oficializadas con el escudo de la docta corporación.

Sucedió, pues, allá por 1917, que la Comisión pro Monumento a Dorrego llamó a concurso de historiadores,           ofreciendo un premio de 10.000 pesos,       que equivalían entonces a varios cientos de miles de los escuálidos pesos actuales,       por la mejor biografía del mártir de Navarro, que fusiló el general Lavalle.

En esos tiempos la Academia Nacional de la Historia se llamaba modestamente Junta de Historia y Numismática,          y reunía en su seno a los más autorizados historiadores del país.

 La Comisión pro monumento recurrió a ella para que un Jurado escogido entre los más sabios de sus miembros estudiara los libros que se presentarían y propusiera el más digno de ser premiado.

Así se hizo y el fallo se dictó en agosto de 1919, aconsejando premiar la Biografía del Coronel Manuel Dorrego,              de que era autor el señor Carlos Parson Horne.

Pero la mala suerte de la Academia Nacional de Historia (que entonces se llamaba   Junta   de   Historia),           cuya reputación daba autoridad al fallo,         quiso que el Jurado se metiera en dibujos.           Ya lo dijo Cervantes:

No te metas en dibú-

Ni en saber vidas ajé-

El Jurado se metió en dibujos,            declarando que era de lamentarse que el autor de aquel excelente libro no hubiese acompañado,      como iconografía de Dorrego,         más que unos retratos vulgares, harto conocidos.

"La iconografía carece de valor —dice el fallo—. Falta el mejor y menos conocido retrato de Dorrego, de cuerpo entero, de pie,       en traje de oficial de caballería,        sombrero de paisano y el poncho echado con negligencia sobre el hombro..."

Con esta descripción los sabuesos de la historia se largaron a buscar aquel retrato,         el mejor de Dorrego, y lo hallaron        ¡vaya si lo hallaron!,       y en la edición que se hizo del libro, con gran lujo, se desdeñó todo otro grabado y sólo se publicó aquél, en regia fotocopia, con el agregado de una nota de explicación:

"En efecto, es quizás la mejor iconografía de Dorrego que exista Y por tal motivo hémosnos empeñado en reproducir fototípicamente cara la más fiel reproducción del original, que nos fue gentilmente facilitado por su dueña..."

¡Lástima grande que el mejor retrato de Dorrego fue la mejor forma en que se haYa hecho víctima a ningún historiador!             Porque la tal pintura de Dorrego no era otra cosa, que una fotografía del actor teatral argentino Don Eduardo C. Zucchi,          que en el año 1918 representó el personaje de Dorrego en una película titulada Federación o muerte, argumento del doctor Gustavo Caravallo.

Se encontró tan apuesto con su "traje de oficial de caballería,      sombrero de paisano y el poncho echado con negligencia sobre el hombro",            que en esa postura se hizo retratar y su foto apareció en las revistas ilustradas,        de donde un pintor aprovechado la copió al óleo,         en grande, para hacer el mejor retrato de Dorrego, que vendió a la familia y que ha hecho caer en éxtasis a los miembros de la Junta de Historia y Numismática.

La Junta de Historia y Numismática ha cambiado de nombre,          pero eso no la ha hecho infalible.

Si algunos de sus miembros son sabios y hasta santos, no pocos de ellos siguen creyendo en brujas.