martes, 8 de mayo de 2018

SATAN EN LA CIUDAD MARCEL DE LA B'IGNE PRIMERA VELADA



SATAN EN LA CIUDAD


 MARCEL DE LA B'IGNE
PRIMERA VELADA
Si el abate Multi hubiese nacido al otro lado del Atlántico, hubiera sido ya proclamado “the greatest theologian in the World” (1), pues su erudición en materia religiosa no tiene, par, y es tan amplia como profunda, y tan sólida como sutil. Pero los europeos somos menos aficionados a los superlativos, y, aunque personas muy competentes reconocen que su ciencia y agudeza son sin igual, la intransigencia rigurosa de su carácter, inflexible siempre con los principios, aunque bondadosamente comprensiva en el orden de los hechos, no es la cualidad más estimable en las esferas donde se cotiza mejor la diplomacia y flexibilidad

(1) N. del T. — (En inglés en el original): «El teólogo más eminente del mundo».
 

de lenguaje, y de doctrina también, si se cree conveniente. Hombre de la Iglesia ante todo, y muy solícito de pensar con la Iglesia y estar siempre adherido a la roca, y sometido a la dirección doctrinal y dogmática de Pedro para no extraviarse, ha sido tachado- de anacronismo por esos espíritus inquietos que están siempre al acecho de novedades y, sobre todo, de novedades sospechosas, atrevidas y peligrosas; pero nada más equivocado que el juzgarle así. El señor Multi no es ni un innovador ni un retrógrado; no va delante ni detrás, sino que es exactamente contemporáneo de las más pura ortodoxia. Otros le juzgarán como eterno descontento, porque a los caprichos de modas que pasan, opone obstinadamente las verdades inmutables y las lecciones de la experiencia que siempre permanecen; porque no hace concesiones a teorías irreflexivas de la época, por muy extendidas que se hallen, y porque no disimula una sonrisa irónica ante el contagio de actitudes muy “modernas” y de lenguajes que quieren ajustarse a ellas. Esta acusación no es más cierta que las precedentes. La jerarquía legítima no tiene hijo más respetuoso y obediente que él, ni un servidor más dócil a la verdad, aún en las audacías y renovaciones que parezcan convenientes. Otros, por fin, gozan en presentarle como un exaltado a pesar de su constante reserva, porque se atreve a sostener que la prudencia es muy diferente de la cobardía; que la verdad no debe pactar nunca con la mentira, y que el mejor medio de conservar una cíuda- dela es el defenderla con valor obstinado, en vez de abrir a los asaltantes alguna poterna disimulada o hacer con ellos hábiles tratos que conducen a capitulaciones enmascaradas. Reconocemos que, en este aspecto, resulta algo disonante—y es su mejor elogio—, en un mundo donde la tesis, sin negarse a sí misma abiertamente, gusta de encubrirse con las fórmulas ambiguas y mitigadoras de la hipótesis—si es que no se reviste, audazmente, con las libreas del error—, usando, por cautela, de discretas modificaciones o de alguna tímida restricción mental. Pero cualquiera que le escuche sin prevención, tiene que notar pronto el perfecto equilibrio de un espíritu que es tan vigoroso como delicado. Por eso consultan muchos al abate Multi, aunque no lo hagan siempre por seguir sus consejos. Gracias a su ruda dialéctica, disfrutan de la satisfacción intelectual de ver claro, antes de introducirse en una niebla propicia a los acomodamientos, y experimentan un placer verdadero en que les jalone el camino que deben seguir, aunque no piensen hacerlo. Gozan así, a la vez, de las ventajas de los que están en el error, y de la satisfacción de los que saben que tienen lía razón. En cuanto a mí, siempre que tropiezo con un asunto difícil u oscuro acudo enseguida al abate Multi, y me tranquilizo solo con ver aparecer en la puerta su alta y proporcionada figura, que ya empieza a inclinarse, y su rostro escultural rodeado de una magnífica cabellera gris, e iluminado por unos ojos escrutadores de mirar profundo. Las inocentes originalidades de buena ley que ha desarrollado en él su habitual y estudiosa soledad son, para mí, otro atractivo más. ¡Qué placer siento al encontrar un hombre que no esté troquelado en el molde común, que no se parezca a todo el mundo! Y la reconocida aspereza de mi carácter y mi inveterada misantropía me hacen apreciar mejoT la franqueza sin reservas y el pensamiento ágil y preciso de mi competente interlocutor, aunque, a veces, me proporcionen algún pequeño arañazo. Precisamente, me sucede esto al empezar la entrevista, pero yo tengo la culpa por abordar al teóloga con un tono ligero, bien poco a propósito para las circunstancias, que parece molestarle inmediatamente. —Figúrese usted, señor abate, que, desde el primer contacto que los “Etudes Carmé- litaines” me han proporcionado con Satanás, tengo un gran desea de conocerle más intimamente, y me he atrevido a pensar que usted aceptaría el papel de introductor... Me lanza un mirada torva y sonriendo fríamente: —Si usted desea ir al Diablo, no cuente conmigo para acompañarle. Le está permitido ir sólo, y estoy cierto de que no encontrará dificultades en el camino. ¡Buen viaje, pues! Me excuso, arrepentido, y le explico la pureza de mis intenciones, a la vez que justifico mi proyecto. —Bien, bien, dice el abate calmándose. Su curiosidad es muy legítima, orientada de esa manera, y debo añadir que también es muy poco frecuente. Un escritor contemporáneo indica, con mucho acierto, el hecho curioso de que los espíritus ocupados con asuntos teológicos, y hasta los mismos teólogas que hablan corrientemente del plan de Dios sobre el mundo, parece que se desinteresan casi completamente de los designios de Satanás que, sin embargo, son el complemento estricto deli primero, desde el punto de vista en que ellos se colocan. Dentro de ]a lógica de su posición, “la humanidad parece el terreno que se disputan dos estrategias adversarias, tan concertada la una como la otra”. Si se mira desde bastante altura y en gran extensión la historia del mundo, se hace evidente, en el orden religioso, que “Satanás persigue con admirable constancia y una pasmosa riqueza de medios, un fin único que es el fracaso y destrucción del Reino de Dios, y el hombre no es un espectador pasivo de esta lucha grandiosa, pues de su consentimiento depende, en definitiva, la victoria de Dios o de Satanás. Y ahí está, indudablemente, la perspectiva más vertiginosa que puede abrirse ante la libertad humana” (1). Respecto a los que permanecen extraños a este orden de ideas tan elevado, también ellos necesitan enterarse algo de los procedimientos y astucias de la ingerencia demoniaca entre los hombres. Acostumbran a reirse de ella, y un poco de reflexión les haría comprender, tal vez, que harían mejor 

(x) P. Rostenne: Grabam Gretru, temoin Jes temp» tragiquet, pág. 139.
 

en llorar, pues si siempre es peligrosa, a menudo resulta funesta y, a veces, trágica. Es gran locura, y mayor tontería, el despreciarla, y suelo preguntarme qué manía nos lleva, hace mucho tiempo, a considerar al Demonio como un bufón ridículo que siempre acaba chasqueado y apaleado por los que cree que pueden ser víctimas suyas; o a representárnosle más amenazador que malvado, un pobre diablo, en el fondo, en vez de vér en él al insaciable verdugo, al espíritu del mal, al “Leo rugiens” de la Escritura, que en ningún caso proporciona materia de risa, y que trabaja sin descanso y encarnizadamente para perdernos. Hago ademán de responder, pero me lo impide con gesto imperioso, y continúa: —Y en este absurdo juego, basado en una presunción y un orgullo bastante bajos, somos nosotros los engañados, y nos arrojamos entre sus garras en ocasiones en que creemos confundirle. Al Diablo no se le engaña fácilmente. Es un gran personaje, un alto arcángel que, a pesar de su decadencia, recuerda su antiguo esplendor, y no ha perdido toda la excelencia de su primera naturaleza, ni mucho menos. Este es un asunto que Bossuet subraya con insistencia en sus dos sermones sobre los demonios. “La nobleza de su ser es tal, escribe, que los teólogos apenas pueden comprender cómo ha podido encontrar sitio el pecado en una períección tan eminente.” Por su poder, los llama Tertuliano magistratus saeculi, y San Pablo ve en ellos esencialmente “malignos espíritus” spiritualia mquitiae, lo cual supone claramente que sus fuerzas naturales no han variado, sino que las han convertido en maldad por su rabia desesperada. Cuando en el Evangelio se denomina a Lucifer el Príncipe de las Tinieblas o el Arcante de este mundo, no es una figura retórica solamente, sino un título que corresponde en realidad a un poder verdadero y temible, a una potencia que es tan peligrosa por su perversidad como por su fuerza. Cierto es que Lucifer no resulta invencible, y que, a pesar de la superioridad intrínseca de su esencia, puede ser derrotado por los hombres, pero esto sucede, solamente, con la ayuda de Dios. La Teología admite que el porvenir le es desconocido, y nos valemos de esa ignorancia para hacerle aparecer engañado y perseguido. Pero, ¿acaso conocemos nosotros lo futuro mejor que él? y ¿podemos jactarnos de manejarle o dominarle en ese terreno? Cuánto más eficaces son sus armas que las nuestras Espíritu celestial, inteligencia lúcida, luminosa, inmensa, Satanás penetra como jugando los secretas de la naturaleza que a nosotros tanto nos cuesta descubrir, y mientras creemos tenderle trampas ingeniosas, en nuestra ridicula soberbia, es él quien nos hace caer en las suyas. —Personalmente estoy completamente de acuerdo con su idea, respondí; pero mi joven contradictor de ayer, y otros muchos que se le parecen, ¿no le reprocharán a usted el dar vida a simples abstracciones y realizar hipótesis para comodidad de su discurso? Lucifer y los millones de diablos sobre los que él reina, ¿na serían, según ellos, la personificación de nuestros vicios y malas tendencias, sin otra existencia propia y distinta y otra voluntad perversa y malhechora más que lias que nosotros les prestemos y...? Sin dejar terminar mi tímida objección, el señor Multi la barre con su índice vengador y toma otra vez la palabra. —Su joven contradictor y los que se le asemejan, dice tajante con su acostumbrado rigor, son unos ignorantes y unos imbéciles. Y al notar mi instintivo sobresalto, repitió: —Sí; digo bien: ignorantes e imbéciles, pues por su falaz apetito de positivismo y de objetividad, como ellos dicen, no se dan cuenta de que responden con vaciedades a certezas ya establecidas; rompen irreflexivamente con creencias universales multisecu- lares—que ellos mismos profesan, a veces, en teoría—, y hacen infinitamente más difícil, si no imposible, de explicar la extensión gigantesca del mal en el mundo, lisonjeándose de volverla más clara y accesible. —Además, si su amigo es católico o, al menos, cristiano; no puede escoger. La Revelación no nos presenta a Lucifer como una hipótesis discutible, sino como una terrible realidad. Sea que se revele contra Dios o que arrastre a la desobediencia y al mal a nuestros primeros padres; que atormente a Job o reciba permiso para tentar al Salvador, el inspirado escritor nos le muestra siempre como un ser bien determinado, dotado de cualidades eminentes en grado sumo, encaminadas deliberadamente hacia el mal y furioso para hacer daño a los hombres. No podemos optar por la afirmación o la negación. Hay que aceptarlo o renegar de la fe. En la epístola a los efesios, en la que muestra a Satanás y a las potencias infernales trabajando en las personas de los hijos de la iniquidad, San Pablo previene a los fieles de que “no es nuestra lucha en esta vida solamente contra los hombres de carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades de ese mundo tenebroso, contra los espíritus malignos que andan por los aires”. Y yo añado, continuó, que en estas afirmaciones no hay nada que resulte extravagante ni poco razonable, sino que están conformes con las tendencias inmemoriales del género humano que en todas las épocas ha creído en la existencia de poderes maléficos esparcidos por el mundo. Y algunos pueblos, hasta se han imaginado una especie de dios del mal, antagonista del Dios del bien, empeñado contra éste en una lucha en la que están equilibradas las fuerzas, aproximadamente. Esta es, por ejemplo, la idea central del mazdeísmo. Los judíos han admitido en todo tiempo, la acción de agentes maléficos intermediarios, inferiores a Dios, pero más poderosos que los hombres, que llaman sc7ie- dim. La Biblia llama, expresamente, Satán al enemigo del género humana, al cual permite el Señor alguna vez probar a sus mejores servidores, y el/ Nuevo Testamento, así como la doctrina de la Iglesia, están de acuerdo completamente, como ya dije a usted, con esta tradición. Además, na son tan raras las manifestaciones personales del Demonio, y usted recordará, tal vez, que entre los siglos XIII y XVIII, particularmente en el XVI, hubo una verdadera epidemia de acción demoníaca, de la cual es un eco de los más curisos la famosa Demonomanía dé Juan Bodín. Como yo no pongo cátedra de ninguna materia y no me entusiasma escuchar cursos ajenos, me pareció el momento muy oportuno para detener aquel desbordamiento de erudición que parecía prepararse, y con tono de ingenuidad procuré escamotear dos o tres siglos, diciendo: —Por desgracia, o felizmente quizá, esta acción es cada vez más rara en nuestros días. No descubro a usted nada nuevo con recordar que los fenómenos considerados antes como propios del demonio han desaparecido casi totalmente en las naciones civilizadas, especialmente en la nuestra, y me imagino... El abate, nervioso, me corta la palabra: —No se imagine usted nada, pues en este asunto la imaginación resulta extremadamente peligrosa y engañadora. Dígame, más bien, qué conclusión saca usted de un hecho que, al menos por una parte, reconozco materialmente exacto. —Pues deduzco de ello, que muchas manifestaciones que se creían diabólicas, si no la totalidad, llevaran esa etiqueta por efecto de una ignorancia que los progresos de la ciencia, especialmente de la medicina nerviosa, disipa cada día más, y que acabarán por eliminar. La evolución parece evidente en ese aspecto. —De una evidencia deslumbradora que ofusca los ojos, salta el señor Multi, con tono irritado. Sí, los ciega, porque impide la visión clara e imparciali de las cosas hasta en los observadores que se esfuerzan por permanecer imparciales, y rectos. Como usted es de éstos, por lo general, le hago esta pregunta con una franqueza que le parecerá casi brutal, por lo que le ruego me dispense, si es necesario: ¿finge usted ingenuidad esperando engañarme, o asume, sutilmente, el oficio de abogado del Diablo, Algo resentido, contestó con cierta amargura: —Si usted lo desea, optaremos por la hipótesis menos desagradable, pero al hablar como he hablado, creo hacerme intérprete de muchas personas que no son imbéciles y que me parecen de absoluta buena fe. Mi interlocutor se calma y responde con tranquilidad: —En ese caso, merecen que se les oriente. Hasta es posible que pequen, más que nada, por ignorancia, y entonces hay que recordarles como preámbulo algunas nociones elementales del problema, pero antes tengo que ordenarlas. —¿Tiene usted inconveniente en que reanudemos mañana esta conversación?