martes, 8 de mayo de 2018

SATAN EN LA CIUDAD MARCEL DE LA B'IGNE SEXTA VELADA

 SATAN EN LA CIUDAD

POR MARCEL DE LA B'IGNE

SEXTA VELADA

Sin hacer hoy ningún preámbulo, el abate Multi reanuda el hilo de su exposición en el sitio en que ayer le dejó cortado: —Empecemos, como debe hacerse siempre, por definir bien nuestro asunto. En primer lugar, me parece que no hay que hacer aquí las distinciones de la filosofía jurídica entré Soberanía nacional atribuida pro indiviso a la entidad metafísica Nación, y Soberanía po>- pular, según la cual el poder supremo estaría fraccionado entre los ciudadanos individualmente considerados. Usted conoce esta cuestión mejor que yo, y no quisiera hacer el papel ridículo de aquel pedante que daba lecciones a su párroco (1). Y hay que dejar a

(1) Se alude aquí a un cuenteeillo corriente en Francia de un Hombre poco inteligente, el Gros Jemn, nuevo rico que, o con su inesperada fortuna pretendía enseñar al Sr. Cura. (N. del T.).

un lado esta división, porque, como usted ha dicho, no presenta ningún interés real, ya que las dos teorías, las dos falsas, se reducen prácticamente a un sistema común, el mismo que, después de muchos otros, precisaba el ministro Augagneur en un discurso a la Cámara de los Diputados: “El Derecho y la Ley no son más que la voluntad de la mayoría, regular y libremente expresada”. Tal es la ortodoxia democrática. Si los primeros grupos revolucionarios ensayaron el sustraerse a ella por motivos interesados y egoístas, al fin se han visto obligados a acatarla. Por la misma razón, no me ocuparé tampoco de la distinción entre Soberanía inmediata y Soberanía mediata; Soberanía constituida como depósito en el pueblo y Soberanía propiedad del pueblo. No desconozco la importancia intrínseca de la cuestión, pero, en realidad, no se propone aquí tampoco. Lo que ahora nos interesa es el concepto que la doctrina revolucionaria clásica se forma de la Soberanía y el que impone a sus adheridos, y veremos que las fórmulas empleadas y las instituciones establecidas indican, sin confusión ni disputa posibles, que la teoría que adopta y aplica es la de la Soberanía inmediata, de la Soberanía propiedad del pueblo. De ésta, pues, nos ocuparemos exclusivamente. 

Las nociones básicas sobre las cuales te- nemos que razonar pueden resumirse como sigue: Todo individuo es libre y soberano por naturaleza y por esencia, y Lo es tanto, que no puede renunciar a este derecho natural. Su voluntad no se detiene más que en el punto en que ataca a la libertad correlativa de otros, como dice la Declaración de los Derechos del Hombre. La Soberanía del pueblo es la suma, o, más exactamente, la resultante de esas soberanías individuales, y participa de su carácter de limitación; es La Voluntad General, reina y señora absoluta, en último recurso, de sus decisiones en todo lo que concierne a la Ciudad. En pocas palabras, es la omnipotencia del Número. Hay, pues, superposición, perfectamente lógica, de la Soberanía del Hombre y de la Soberanía del Pueblo, y la primera tiene a la segunda como término necesario. Ahí se encuentra la base de la doctrina revolucionaria y la corrupción democrática de la Sociedad, y ahí está también el punto esencial de la ocupación y de la infestación demoniacas. Voy a probarlo rápidamente, insistiendo' sobre tres Ideas sucesivas.
La Soberanía popular se opone diametral- mente a la noción cristiana del Poder; conduce, por necesidad, a la eliminación de Dios,, que es arrojado de la Ciudad por la rebelión del hombre, inspirado por el espíritu infernal, y destruye la base del dogma de la Caída original, pretendiendo sustituirle por otro contrario. Para demostrar el primer punto, basta con colocar, una frente a otra, la idea democrática y la idea cristiana de la autoridad, como lo ha hecho, por ejemplo, el abatet Carlos Maignen, en un excelente folleto titulado “Lo Soberanía del Pueblo es una herejía", del cual voy a utilizar algunos pasajes. El Cristianismo pone, como principio primero y absoluto, con San Pedro y San Pablo, que “todo poder viene de Dios” y, por consiguiente, para ser legítimo, debe estar ejercido conforme a sus leyes establecidas o reveladas. Que la Voluntad divina, única independiente, se impone a la voluntad subordinada de los individuos, y que ninguna decisión, aunque emane de la mayoría, ni siquiera de la unanimidad de éstos, presenta el menor valor n! fuerza obligatoria intrínseca, si está en oposición con las leyes divinas. La contraseña formal fué dada por los Apóstoltes y ha sido repetida muchas veces por los Papas: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. A estas exigencias responde la Revolución: Cada uno de nosotros somos soberanos por nosotros mismos. Pongamos en común esta soberanía; designemos a alguno de entre nosotros para ser el depositaría de ella y ejercerla en nuestro nombre tanto como se lo permitamos; de esta manera, alguien dirigirá la sociedad hacia su fin, y, sin embargo, al obedecerle, cada uno no obedecerá más que a sí mismo”. Bien se ve que Dios no entra para nada en todo esto. ¿Quién es gobernado? El Pueblo. ¿Quién gobierna? El Pueblo. ¿De dónde viene la autoridad? Del pueblo (1). Na se puede imaginar contradicción más completa. Ni tampoco una contradicción más fundamental, dada la imporancia capital del objeto sobre el que versa. Los teólogas dicen, en efecto, con una Justa comparación: “La autoridad es a la sociedad lo que el alma al
 

(1)Abate Cario. MAIGNEN: La Souvcraineti da Peple el usa Herodes,p 33
 
hombre; es ella quien le da el ser y la vida”. Cualquier intento de laicizar o, con más exactitud, de suprimir esta alma, hiere a la comunidad en el centro más vital que tiene. He aquí ahora el segundo punto: Cuando el Pueblo ha ocupado así todo el sitio, no queda, como es natural, ningún lugar para Dios. No es tolerado más que en la medida que el Pueblo lo consiente, y no será por mucho tiempo, pues Dios le parece un usurpador y un rival intolerable e inhabilitado, puesto que es él, el pueblo, quien, recuperando sus derechos de mando, ha sustituido legítimamente a Dios. No hay ya ley moral impuesta por la Naturaleza sin ley divina revelada por Dios. El hombre no tiene deberes fuera de los que él puede libremente imponerse o reconocerse a sí mismo; no existen más que sus Derechos; es él quien hace su ley, y la ley no es más que la expresión de la voluntad general, puesto que “la fuente de toda autoridad, dice la Declaración de 1789- 1791, reside esencialmente en la Nación”. Por eso, en cuanto Dios aparece en el mundo o su nombre se pronuncia en alguna parte o sus representantes elevan la voz, la Revolución exclama: ¡Ahí está el enemigo! La guerra es, sin tregua ni cuartel, entre la Revolución y los que han permanecido fie
Ies a Dios sobre la tierra, porque la Revolución es una tentativa de organización del mundo sin Dios y contra Dios. Es la herejía total (1). La herejía es flagrante e indudable, especialmente en el punto que nosotros examinamos, porque, la Soberanía popular es incompatible con el dogma cristiano de la caída original y de la mancha primitiva del hambre. Si en éste existe, en efecto, el mal desde su nacimiento, si el hombre lleva en sí mismo malas tendencias que no pueden ser combatidas y refrenadas más que con Ja gracia y una autoridad ilustrada, como enseña el Cristianismo, es absurdo proclamar al hombre, sin condiciones, soberano e independiente, y, sin embargo, el principio de la Soberanía popular exige que el individuo nazca bueno, inteligente y libre. Esto es lo que afirma muy alto Juan Jacobo Rousseau y todos los filósofos y doctrinarios de la Revolución, y, después de ellos, muy recientemente, Eduardo Herriot reconocía como un postulado fundamental: La democracia está fundada sobre un gran acto de fe en la bondad de la naturaleza humana”. Contra el dogma de la caída original, la Soberanía popular erige el de


(1) Abate Carlos MAIGNEN: Obra citada, p.34/117
 

la bondad y rectitud nativas, el de la “inmaculada concepción” del hombre, según la célebre expresión de Blanc de Saint-Bonnet, y esto la lleva inevitablemente, sin atreverse a decirlo, a añadir eli de su competencia infusa. ¿Ve usted? ¿Alcanza usted aquí la acción diabólica? La Soberanía popular permite a Lucifer levantarse de nuevo contra el orden divino y satisfacer, a la vez, su espíritu i de venganza y su eterna malicia. Con la reivindicación de la “inmaculada concepción” del hombre, se desquita de la decadencia consecutiva al pecado de nuestros primeros padres. Y hace más aún. El Tentador experimenta una sutil satisfacción en renovar para nosotros la primera caída, fingiendo querer limpiarnos de sus consecuencias, y en hacernos caer a todos, y cada día, como el primer padre y por el mismo motivo. La causa y el aguijón de la rebeldía original fué el orgullo: “Seréis como dioses”; la afirmación de la Soberanía individual y popular (proviene de la misma tendencia, está señalaba intrínsecamente con el mismo vicio; no se podría admitir y practicar sin demostrar una vanidad criminal y bufonesca, y una deliberada insurrección contra el orden de cosas que Dios estabteció en castigo del pecado y, por consi- guíente, sin incurrir en nuevo castigo. Para insistir un poco más y descender a algún detalle concreto, compruebe usted el antagonismo que demuestran sus posiciones fundamentales, entre la doctrina de la Democracia numérica y la doctrina cristiana. Recuerde usted, por ejemplo, el cuidado con que ésta nos pone en guardia contra la excesiva tendencia al propio juicio, tan frecuente en el hombre, porque resulta muy atractiva para su orgullo instintivo. “No juzguéis para que no seáis juzgados”, dijo el mismo Jesucristo. “No juzguéis, si no queréis engañaros”, responde como un eco San Agustín. Este precepto de modestia y de prudencia es, ante todo, de orden espiritual, pero su alcance y su valor se extienden ampliamente al dominio moral y, por consiguiente, social y político. Por lo menos, debe inspirarnos una legítima reserva el empleo de serias precauciones en el uso de nuestra facultad de juzgar. ¿Se ha pensado en la profunda e insolente contradicción que le opone el dogma de la Soberanía popular? Soberanía que consiste esencialmente en que todo sea juzgado por todos; en hacer del juicio individual la regla obligatoria, permanente, cotidiana, de la sociedad; en remitirse, en último recurso de toda cuestión, al juicio de cada uno y, correlativamente, fíjese usted bien, en obligar a cada uno a juzgar, no sólo de lo que conoce mejor o peor, sino de lo que ignora por completo. Y, al menos, reclama de cada uno de nosotros, a título de servicio cívico, ese acto tan difícil como es el de juzgar de la capacidad, competencia y honradez del delegado a quien da su firma en blanco. Tal es, y nadie podría negarlo, la exigencia fundamental de la Democracia. Tiene la cínica audacia de añadir, primero, que el criterio del pueblo soberano es siempre recto e infalible; lo cua! no puede menos de envanecer, sin medida, a los individuos que forman el cuerpo social, y de incitarlos a dar su opinión a la ligera y según su capricho o interés personal del momento. Luego hace de manera que, a los ojos de cada elector, se atenúe la conciencia de la responsabilidad propia, que es contrapeso del propio juicio, porque la siente diluida hasta el infinito, y casi insignificante entre el veredicto de la masa. A la doble puesta en guardia del precepto cristiano “No juzguéis, si no queréis ser juzgados”, y “No juzguéis si na queréis equivocaros”, el sistema democrático responde, pues, por dos prescripciones diametralmente opuestas: “Juzgad, porque sois los únicos e insustituibles soberanos”, y “Juzgad porque no podéis engañaros”. En esta ruptura radical con la prudencia y la moral ensenadas por el Evangelio y por la Iglesia, ¿no es acertado el discernir una intervención característica y reveladora del eterno contradictor, del enemigo perpetuo del género humano, del Demonio? Y pocas perspectivas son más aterradoras que- las que nos ofrece esta multiplicación frenética y esta perversión consecutiva del propio juicio, pues no olvide usted que el Señor añade: “Como juzguéis seréis Juzgados. Se os medirá con la mealda con que hayáis medido”. En resumen: La Soberanía popular es satánica, en cuanto pretende expulsar a Dios de la Sociedad y proclamar contra El los llamados Derechos del Hombre, exactamente igual que Lucifer pretendía sustituir a Dios en el cielo y proclamar contra El Jos pretendidos Derechos de los Angeles rebeldes. Es satánica en lo que niega, explícita o insidiosamente, dos dogmas esenciales de la Fe cristiana, a saber, el de la caída original, con la profunda mancha del hombre, y el de que toda autoridad tiene en Dios su fuente exclusiva, su regla y sus límites.
Es satánica, por consiguiente, en cuanto establece toda la organización política y social sobre Ja insubordinación y el orgullo, y hace de este pecado, padre y manantial de otros vicios, el resorte esencial de tocU la actividad de las naciones. Es “la herejía de nuestro tiempo”, decía el cardenal Gousset, que demostró ser buen profeta. “Será tan peligrosa y tan difícil de extirpar como el jansenismo. Lo será más aún, porque le sobrepuja inmensamente en malicia y extensión.” El abate hace una pausa y me mira con un aspecto interrogador que significa claramente: ¿Está usted convencido o tenga que insistir todavía más? —Verdaderamente, digo pensátivo, la demostración es sugestiva e impresionante, y me parece sólidamente construido el sistema razonable de presunciones concordantes, que yo reclamaba el otro día. Pues permítame usted fortalecerle aún más, considerando el asunto por un aspecto complementario, insiste mi interlocutor. —Ayer dije a usted que no se podía tratar, por muy sucintamente que se exponga, la Soberanía del Pueblo, sin hablar del Liberalismo, porque le es congénito. En efecto, el hombre no puede ser soberano individual y colectivamente, si no es independiente y libre Por eso, los doctores de la Revolución pusieron en la base de su edificio este axioma, boy incontestable por desgracia, “que todos los hombres nacen y permanecen libres y con los mismos derechos”. Pues bien. Va usted a encontrar otra vez aqui la acción inteligente y sutili del mismo poder maligno, la misma hipocresía e igual soberbia que la que denunciábamos hace poco, y comprobará hasta dónde ha podido corromper también la noción de libertad. En loigar de ver lo que ésta es realmente en el hom'bre, es decir, una concepción relativa y no un absoluto; el manantial de nuestras responsabilidades y de nuestros méritos; el “sublime poder de ser causa”, por citar una vez más a Blanc de Saint-Bonnet, y la facultad de elegir el bien y cumplirle, la Revolución, igual que la Reforma, de la cual es hija, no quiere hallar más que el derecho del libre examen en ei libre albedrío del hombre, considerado siempre como dueño ^oberano de sus decisiones de sus actos. Del derecho del libre examen, deduce ella el de libre elección, y define la libertad como el derecho del individuo de hacer todo lo que le place con la única condición de no atropellar la correlativa libertad de sus semejantes. El hombre recibe así un poder pleno y oficial para hacer legítimamente, si esto puede decirse, el mal lo mismo que el bien, o, si se quiere, el de engañarse, aunque sea deliberadamente, y para imponer su error y sus vicios como verdad y virtudes, si puede arrastrar consigo a ia mayoría, puesto que es el número sólo el que decide soberanamente lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo. Entendida falsamente de este modo, la íibertad es promovida al rango de principio primero y absoluto de organización social, del criterio según el cual todo debe apreciarse en derecho y juzgarse de hecho, y da origen a un sistema: el Liberalismo. Usted ha hecho la crítica política y jurídica de esta acepción de la libertad, inspirándose en páginas inmortales de Carlos Maurras, y yo suscribo plenamente sus conclusiones; pero, si no tengo que añadir nada esencial a sus estudios de sociología positiva, aprovecho, en cambio, la ocasión que se ofrece para completarlos con algunas advertencias importantes en el orden teológico y religioso. Y es tanto más indispensable el insistitr sobre este aspecto de las cosas, cuanto más numerosas son esos ciegos, renegados o cómplices, que no distinguen la realidad de la acción satánica y se esfuerzan en velarla o disfrazarla.
No faltan, felizmente, inteligencias que han sabido descubrirla, y que la denuncian con persuasiva energía. Una de las demostraciones más claras y accesibles es el denunciador y aplastante folleto del teólogo español Sardá y Salvany, del que tenemos una traducción francesa aprobada por el autor. Ataca con juego limpio y se niega en absoluto a embotar su florete. Después de haber demostrado, como acabamos de hacer nosotros, la raíz del liberalismo en la orgullosa convicción de la infalibilidad racional del hombre, expone como tema que “El Liberalismo es pecado”—hasta titula así el libro—, sea que se le considere en el orden de las doctrinas o en el de los hechos. Pecado en el orden de las doctrinas, como la Soberanía del Pueblo, del que es lógicamente inseparable y por los mismos motivos: Porque “afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo, y de la razón social en la sociedad”. Porque con eso niega, implícita o explícitamente, todos los dogmas del Cristianismo: la revelación y jurisdicción divina., magisterio de la Iglesia, fe del bautismo, santidad del matrimonio, independencia de la Santa Sede. Pecado en el orden de los hechos, porque representa la inmoralidad radical, en cuanto que destruye el principio mismo de toda moralidad, consagra la absurda noción de la moral independiente y es, intrínsecamente, “La infracción universal y radical de la ley de Dios”, autorizando y sancionando todas las infracciones de ella. Por consiguiente, y siempre como La Soberanía popular y por idénticas razones, “es la herejía rádical y universal porque comprende todas las herejías. Es, en el orden de las ideas, el error absoluto, y en el de los hechos, el absoluto desorden, y, en consecuencia, en los dos casos, es pecado por su naturaleza ex genere suo, extremadamente grave, pecado mortal”. Y como algunos aparentaron incredulidad y hasta escándalo e irrisión, insiste el autor con vehemencia: No solamente pecado grave, sino pecado de tal gravedad, que sobrepasa a todos los otros, porque es esencial e intrínsecamente contra la fe, herejía. Contiene toda la malicia de la infidelidad, además de una protesta expresa contra una enseñanza de la fe o la adhesión expresa a crtra que, como falsa y errónea, está condenada por la fe misma, y añade, al pecado muy grave contra la fe, el endurecimiento, la obstinación y una orgullosa preferencia de la razón propia a la razón, de Dios. Por consiguiente, el Liberalismo, que es un herejía, y las obras liberales, que son obras heréticas, son los mayores pecados que conoce el Código de la ley cristiana, y el hecho de ser liberal constituye un pecado mayor que el de la blasfemia, el robo, el adulterio, el homicidio y cualquier otra cosa prohibida por la ley de Dios y castigada por su infinita justicia” (1). Y como la potencia de Satanás adquiere una extensión proporcionada ai pecado de los hombres, considere usted qué intervención tan enorme la pueden dar, sobre la organización y la vida de las naciones, la adopción oficial y la práctica general del dogma de la Soberanía popular y de los principios de] Liberalismo. —Vaya, vaya, digo yo. Sardá arrea fuerte, según la jerga de nuestros tiempos. Me figuro que suscitaría furiosas cóleras y que seria reprochado de exageración y de fanatismo. —Y no se equivoca usted, añade el abate sonriendo. Sus enemigos fueron más allá, y, lisonjeándose de encontrar una acogida favorable ante el Papa León XIII, en quien al
 

(1) SARDÁ y SALVANY: El liberalismo ei pecado. Cap.127 
gunos creían hallar menos intransigencia que en sus predecesores, pretendieron descubrir en la obra de Sardá, no solamente enojosas exageraciones, sino hasta notables errores teológicos. No contentos con multiplicar libelos contra su tesis, la denunciaron al tribunal del Indice, pero el resultado se volvió contra su intento, pues lejos de lanzar ninguna censura contra el animoso escritor, la Congregación alabó oficialmente su celo y su ortodoxia, y censuró el Libro de su principal contradictor. Por otra parte, Sardá sabe hacer con mucha prudencia las necesarias distinciones, y no niega que haya muchos grados en el pecado de Liberalismo. Explica, particularmente, que la buena fe, la ignorancia—en cierta medida y con tal de que no sea voluntaria o inexcusable—y la irreflexión pueden atenuar su gravedad. Pero, al menos, que nadie se engañe: el Liberalismo, hasta cuando permite excusa, permanece siendo una falta, y es una ilusión condenable y absurda esperar el bautizo de la herejía, transformar el pecado en virtud, convertir el diablo esforzándose bien o mal, como lo han hecho muchos alocados y extraviados, por amalgamar los principios liberales y los dogmas de la fe, en yo no sé qué extraña e inaceptable mezcolanza.
Soberanía inmediata e ilimitada y libertad absoluta del Pueblo no ofrecen, por su unión, la expresión madre del principio democrático en su pura ortodoxia. Estas dos nociones constituyen La democracia en el sentido revolucionario, lógico y completo del término. Admire usted de paso hasta dónde tiene razón Blanc de Saint-Bonnet cuando escribe que nuestros errores políticos no son más que errores teológicos realizados. Ya ha señalado usted lo bien que estos dos puntos de vista se entremezclan y ordenan. El dogma político de la democracia repitámoslo, sale de la negación del principio cristiano de la caída original y es, en esta medida y a este respecto, herejía y pecado. También vemos que las consecuencias diferentes. pero mancomunadas, de la aberración democrática se producen en los dos terrenos. Desde el punto de vista religioso surgirían de ella, con inagotable fecundidad, el Liberalismo católico y toda una serie abundante de otras concepciones heterodoxas, de las que mañana hablaremos. Desde el punto de vista político, ella engendra el Igualitarismo, el reinado de la impericia, el orgullo de la incompetencia, la lucha perpetua de las facciones, el sufragio universal inorgánico y tiránico, y esta perturbación, este embrutecimiento del cuerpo social que ha perdido su base fundamental y todo criterio de juicio y de conducta. Creo que usted estará de acuerdo en que es preciso inducir una causa, y una causa proporcionada a los efectos, en la raíz de este florecimiento de perjudiciales quimeras, de esta erupción casi universal de herejias y de errores multiplicados alrededor de un absceso central. O si no, hay que renunciar a explicar nada, y hacer un acto de fe en no sé qué ciega casualidad. Por el contrario, cualquiera que crea en la acción del Espíritu del mal, ve aclararse todo el embrollo aparente en el que estamos sumergidos, y comprende la necesidad, si queremos volver a la salud política y a la elevada dignidad de nuestra naturaleza, de reaccionar, de manera completa y radical, contra los engaños de Satanás, en lugar de consentir en pactar con él sobre tales o cuales puntos que le aseguran la acción necesaria a su detestable tarea. Convengo muy sinceramente en la conclusión del señor Multi y me dispongo a retirarme; pero mi interlocutor no se menea. Parece absorto en profunda meditación, y, de repente, con una imperceptible vacilación en la voz, continúa;
Antes de terminar no creo inútil conducirle a un puesto de observación aún más elevado y amplio y descubrir ante usted nuevos horizontes. Le haré partícipe de una suposición que se ha impuesto hace mucha tiempo a mi reflexión y no cesa de obsesionarme. Ante ese espectáculo del que acabo de descubrir algunos aspectos, yo me pregunto si no estaremos asistiendo a algunos de los mayores fenómenos de descomposición y de apostasía general previstos y anunciados para uno de los últimos tiempos del mundo. Concretando exactamente mi pensamiento, ¿recuerda usted los capítulos XIII y XIV del Apocalipsis? —Ya lo creo. Se trata de los pasajes dedicados a las dos Bestias, ¿no es cierto? Pero le prevengo con toda franqueza, señor abate, que le acompañaré eventualmente, y con mucha repugnancia, a una excursión por el terreno de la Revelación de San Juan. —¿Y eso por qué, amigo mío?—pregunta el señor Muí ti con sorpresa. —Oh, muy sencillamente: porque el im- penetrable misterio en que se envuelve se presta a demasiadas interpretaciones utópicas y a suposiciones aventuradas y fa^ ces* y en todas las épocas se ha abusado de el as p - ra sacar sin escrúpulo las mas discutibles aplicaciones a los acontecimientos de actualidad, y en la duda irreductible, yo preferiría abstenerme de ello. —No niego de ningún modo que muchos hayan utilizado la profecía juanista con imprudencia y ligereza. Sin embargo, usted convendrá en que si la Iglesia la ha colocado en la categoría de los libros inspirados, es porque pensaba que teníamos que sacar de ella enseñanzas útiles, y, si el amor propio y la vanidad humana han ensayado con frecuencia el adaptarla a hechas demasiado localizados o efímeros para merecer la comparación, no quiere esto decir que no estuviera justificado en otra época. —Y usted piensa que hacer ese honor tan poco envidable a la nuestra, ¿no es valorarla demasiado...? —Líbrese usted de hablar con ironía. Hay, a pesar de todo, algunos motivos serios y tristes para creer que puede suponerse sin desatinar, y hasta con alguna verosimilitud. Recuerde que hace un momento convenía usted conmigo en que la Revolución señala una vuelta muy grande en la historia del mundo por su doctrina universal, por su malicia intrínseca, por su oposición radical a las verdades cristianas, por la amplitud de su extensión y por las intensas deformaciones intelectuales y morales que ha producido. —Sin embargo, ¿qué relación puede ver usted entre la Bestia del mar y los dogmas revolucionarios? —No olvide usted que los intérpretes admiten que el mar o abismo es sólo una imagen para designar las agitaciones y los trastornos de los pueblos. Según su opinión, la Bestia juanista, por referencia a las cuatro Bestias de Daniel, que representan cada una un imperio, y de las cuales parece ésta la síntesis, significa el poder político puesto al servicio del Dragón, y este Dragón, nos dice San Juan explícitamente, por una parte, que es “la serpiente antigua, el Diablo y Satanás”, y, por otra parte, que él da a la Bestia su trono y su autoridad. Por consiguiente, la Bestia apocalíptica es la figura de una colectividad política bajo la influencia demoníaca. Tal es la opinión del Rvdo. P. Albo. En cuanto ai Rvdo. P. Péret, ve en ella “la potencia diabólica de perdición de las colectividades humanas”, lo cual viene a ser casi lo mismo. —Le veo venir, señor abate. Puestas así las premisas, va usted a añadir triunfalmente: Nosotros hemos reconocido que los postulados revolucionarios fundamentales son de aplicaciones a los acontecimientos de actualidad, y en la duda irreductible, yo preferirla abstenerme de ello. —No niego de ningún modo que muchos hayan utilizado la profecía juanista con imprudencia y ligereza. Sin embargo, usted convendrá en que si la Iglesia la ha colocado en la categoría de los libros inspirados, es porque pensaba que teníamos que sacar de ella enseñanzas útiles, y, si el amor propio y la vanidad humana han ensayado con frecuencia el adaptarla a hechos demasiado localizados o efímeros para merecer la comparación, no quiere esto decir que no estuviera justificado en otra época. —Y usted piensa que hacer ese honor tan poco envidable a la nuestra, ¿no es valorarla demasiado...? —Líbrese usted de hablar con ironía. Hay, a pesar de todo, algunos motivos serios y tristes para creer que puede suponerse sin desatinar, y hasta con alguna verosimilitud. Recuerde que hace un momento convenía usted conmigo en que la Revolución señala una vuelta muy grande en la historia del mundo por su doctrina universal, por su malicia intrínseca, por su oposición radical a las verdades cristianas, por la amplitud de su extensión y por las intensas deformaciones intelectuales y morales que ha producida. Sin embargo, ¿qué relación puede ver usted entre la Bestia del mar y los dogmas revolucionarios? —No olvide usted que los intérpretes admiten que el mar o abismo es sólo una imagen para designar las agitaciones y los trastornos de Jos pueblos. Según su opinión, la Bestia juanista, por referencia a las cuatro Bestias de Daniel, que representan cada una un imperio, y de las cuales parece ésta la síntesis, significa el poder político puesta al servicio del Dragón, y este Dragón, nos dice San Juan explícitamente, par una parte, que es “la serpiente antigua, el Diablo y Satanás”, y, por otra parte, que él da a la Bestia su trono y su autoridad. Por consiguiente, la Bestia apocalíptica es la figura de una colectividad política bajo la influencia demoníaca. Tal es la opinión del Rvdo. P. Albo. En cuanto ai Rvdo. P. Péret, ve en ella “la potencia diabólica de perdición de las colectividades humanas”, lo cual viene a ser casi lo mismo. —Le veo venir, señor abate. Puestas así las premisas, va usted a añadir triunfalmente: Nosotros hemos reconocido que los postulados revolucionarios fundamentales son de esencia satánica, luego la Bestia apocalíptica es la figura profética de la Revolución. —Pues el silogismo no estaría tan mal construido, y me parece, además, corroborado por el hecho de que la Bestia constituye un excelente símbolo para designar una doctrina estúpida y absurija por naturaleza, digna de ser representada por un bruto, ya que lleva consigo la negación de todo elemento espiritual y divino; elimina la razón, o al menos, la somete a la cantidad ciega y pretende hallar la capacidad en la incompetencia, y establece el orden por la anarquía. La Boétie, antiguamente, y muy recientemente Simona Weil, ¿no habla en el mismo sentido, el primero, del populacho, y la segunda, del animal? —Pero veamos... Yo creía a los comentaristas casi unánimes para decir que la Bestia de San Juan es la alegoría del emperador Nerón, prudentemente camuflada, y esta Bestia, a pesar de la multiplicidad de sus encarnaciones, no es, sin embargo, el ave Fénix para que usted la haga resucitar arbitrariamente al final del siglo XVIII. —Usted no tiene en cuenta la idea desarrollada por los comentaristas más autorizados de que, en la literatura profética, el valor de un símbolo no se agota, por necesidad, con una sola aplicación. El género apocalíptico practica el plurisimbolismo simultáneo o sucesivo. En términos tal vez más expresivos: los símbolos son polivalentes (1). Puede, pues, admitirse sin dificultad que la Bestia juanista presenta una posibilidad de reviviscencia histórica perpetua. Puede muy bien designar, en particular, al mismo tiempo al feroz Ahenobarbo (2) y a la Democracia de nuestro tiempo. Entre esas dos formas de tiranía hay, además, numerosas semejanzas y puntos de contacto... —No dudaba que usted poseía un entendimiento muy sutil, señor abate, y bien lo demuestra. Sin embargo, yo me he dejado decir que la identificación de la Bestia con Nerón se ha podido hacer de un modo casi seguro, porque la cifra 666 que San Juan atribuye al monstruo apocalíptico corresponde en caracteres hebraicos a la grafía ÑERO CESAR. ¿Va usted a sostener que se da la misma coincidencia con la Democracia? —No sostendré eso, porque no estoy bas
(1) El autor empica el término químico polivalente (de varias valencias) en la acepción de que sirve para varias interpretaciones (N. deT)

(II Nerón fue el útimo de la familia Domila que llevo el sobrenombre de Ahenobarbo (barba de color de bronce.)
 
tado por Claudio. (N . del T.).
tante familiarizado con el hebreo, como para juzgarlo; pero lo que sé bien es que la ge- matría antigua, la ciencia abstrusa del lenguaje cifrado fundada sobre la idea de que ias letras tienen un valor numérico en algunas lenguas, sobre todo en griego y en hebreo, esta gematría, a través de la cual hace usted una excursión tal vez temeraria, va a suministrar argumentos bastante curiosos a mi hipótesis. Ella enseña, en eíscto, y usted lo sabrá seguramente, que 6 es un número imperfecto por excelencia, por oposición a 7, que señala una plenitud, una perfección. Seis, escribe el Rvdo. P. Alio, “es un siete malogrado” (3), significa lo que se ha truncado, lo que está, falto de un elemento esencial para realizar su plenitud y muestra una presunción ridicula para conseguirla, y esta significación aumenta cuando la cifra está repetida, como en este caso. Por eso Alberto el Grande y el Venerable Beda creyeron que simbolizábala creación puramente material y el hombre sin religión. Con una interpretación aproximada, tiene tino el derecho de pensar que significa, sobre todo, la cantidad pura, la cantidad grosera e indefinida, sin ningún prin
 

(1) CIRPALLO : Saint Joan, L'Apocalypse. 136
 

cipio superior para organizaría y animarla, lo que es precisamente el dogma central de la Democracia. Continuemos con este análisis de las cifras, puesto que usted ha querido meterse en él. La Bestia es representada con siete cabezas, y esta multiplicidad para un solo cuerpo me parece también muy significativa del régimen popular, porque no olvidemos que siete es un número perfecto e indica, pues, ilimitación de los jefes posibles de la comunidad. Los diez cuernos y las diez diademas confirman esta interpretación, y parece que quieren hacernos comprender que el poder supremo es el atributo de la multitud, aunque este poder presente un aspecto ficticio e irrisorio; según la significación ge- mátrica, bastante desfavorable a la cifra diez. También se explica uno inmediatamente por qué los cuernos, es decir, la insignia del poder, llevan nombres de blasfemia, y por qué la boca no profiere más que ultrajes a la Divinidad. La Democracia revolucionaria, ¿no es intrínsecamente negación de la autoridad espiritual, y no lleva consigo ofensa permanente y guerra a Dios? Todas las otras alegorías secundarias me parece que encuentran una explicación tan fácil y tan clara. Mañana veremos cómo la Bestia revolucionaria, “la Bestia escarlata”, se ha curado de la herida, mortal en la apariencia, que le había producido el Papado, y, tan bien, que ha podido vencer la oposición de los espíritus más rectos y de los corazones más valientes, de los Santos, y ha asegurado su dominación durante el largo periodo simbolizado por cuarenta y dos meses. “Le ha sido dada autoridad sobre toda tribu, todo pueblo, toda lengua y toda nación, como lo vemos hoy día, y por el intermediario de la Bestia de la Tierra, que a mi juicio simboliza los gobiernos establecidos para ejercer efectivamente el poder y realizar las voluntades de la primera, recibe los homenajes del mundo entero, sobrecogido de admiración, que se prosterna ante el Dragón y que adora a la Bestia diciendo: ¿Quién hay semejante a la Bestia y quién puede combatir contra ella? Vamos a ver, francamente, ¿no evoca esto de modo irresistible, en usted, la insolente pretensión de las Democracias actuales a la dominación del universo? Y cuando el vidente de Patmos escribe que cada uno debe recibir una marca en la mano derecha o sobre la frente para que ninguno pueda comprar ni vender si no está señalado con el nombre de la Bestia o con el número de su nombre, ¿no le ha llamado a usted la atención el reciente recuerdo y el espectáculo actual de los esfuer- zos prodigados por toda forma de Democracia, incluida la nuestra, para arrancar por engaños, por lia fuerza o por vía jurídica, los derechos elementales de ciudadanos a tc¿ dos los que se niegan a inclinarse ante la ideología satánica, hoy victoriosa? —Puede ser, digo levantándome. Existen ahí coincidencias bastante curiosas. Sin embargo, hasta que no esté mejqr informado, yo no veo en su descripción y en sus ingeniosas comparaciones más que un juego habilidoso de su espíritu. —Si reflexiona usted sobre ello, tal vez encuentre algo más que eso, dice el señor Muiti. Pero yo no he pensado en imponerle mi interpretación, por sugestiva que pueda parecerme, en una materia en que las opiniones permanecen perfectamente libres y en que es difícil hallar el hilo conductor. Por eso, después de haberle propuesto este perturbador asunto de meditaciones, volveré mañana a un terreno más positivo. Me despido; pero, apenas he cerrado la puerta, me sorprendo a mí mismo murmurando: —Y, sin embargo, el punto de vista del abate bien merece alguna reflexión...