miércoles, 8 de agosto de 2018

SATAN EN LA CIUDAD MARCEL DE LA B'IGNE PRIMERA VELADA


Si el Padre Multi fuera ciudadano de allende el Atlántico, por cierto que, con la manía americana del paroxismo, sería proclamado the greatest theolo-rjifiu in the world*. Pues su erudición en materia re­ligiosa es tan vasta como profunda, tan firme como sutil. En el Viejo Mundo nos pagamos menos de co­ruscantes superlativos, pero los espíritus competen­tes concuerdan en reconocer que su ciencia y su pers­picacia sin par lo harían justamente merecedor de adornar su dedo con algún anillo de' amatista. Pero, ¡ay!, una promoción semejante requiere del candida­to, por lo general, una dosis de habilidad táctica, de diplomacia, una flexibilidad de vocabulario y forzo­samente de' doctrina de que mi amigo carece por com­pleto. La intransigencia rigurosa de su carácter es poco valorada en los altos círculos donde arraigan lentamente los más llamativos ejemplares de los vi­veros del episcopado. El 'está dispuesto, pues es sa­bio y bueno, a mostrarse conciliador en los hechos, pero siempre permanece inflexible en los principios. Según la prescripción de San Pablo, habla y actúa sin preocuparse de combinaciones e intrigas. Es el

* El teólogo más grande del mundo. (N. del T.)
    
cernís allatrans, cuyos valerosos clamores amenazan turbar el perezoso y pingüe silencio de los canes

muti.

Hombre de Iglesia ante todo, cuidadoso ante todo de pensar con la Iglesia y de permanecer, a través de' las eventuales fluctuaciones de una política reli­giosa más o menos oportuna, adherido a la roca, su­miso a las direcciones doctrinales y dogmáticas de Pedro para no arriesgarse a un extravío, ha podido ser tachado de anacrónico por los espíritus que pre-fiere'n los colores efímeros de la época, por las men­talidades inquietas perpetuamente al acecho de no­vedades y especialmente   de   nove'dades  "audaces", sospechosas y peligrosas. Nada más injusto. El P. Multi  no  es novador   ni  pasatista.   No  está   ade­lantado ni  retrasado, sino siempre rigurosamente contemporáneo de la inmutable   y   vital ortodoxia. Otros lo juzgarán revoltoso porque se obstina en opo­ner enérgicamente a los caprichos de1 la moda que pasa las verdades eternas y las lecciones de la expe­riencia que permane'cen, porque no concede nada a las seducciones irreflexivas de la época, por genera­lizadas que estén, y a veces no se priva de sonreír ante el contagio de actitudes "modernas" y de termi­nologías que se creen "al día". Esta acusación no es más fundada que las precedentes. La jerarquía legí­tima no conoce hijo más obediente y más respetuo­so, y la ve'rdad —aún en sus audacias e innovaciones necesarias— servidor más dócil. Algunos, por últi­mo, pese a su constante reserva gustan presentarlo como un exaltado porque se atreve a sostener, sin concesiones al sentimiento común, que la prudencia es muy diferente de' la pusilanimidad, que la verdad i-n ningún caso debe pactar con la mentira y que el mejor medio para conservar una ciudadela es defe'n-tli-rlu con valentía porfiada y no abrir a los asaltantes ninguna poterna secreta ni hacer con ellos sa­bias tratativas que terminan en capitulaciones disi­muladas. Concedamos que a este respecto desentona un poco —mas esto va en su elogio— en un mundo donde la tesis, sin negarse abiertamente, gusta adhe­rir subrepticiamente a las fórmulas edulcoradas y ambiguas de la hipótesis, cuando no revestirse —re­serva hecha de alguna discreta modificación y de' al­guna tímida restricción mental— con las libreas del error. Pero cualquiera que lo escuche sin prevención debe reconocer en él el perfecto equilibrio de un es­píritu tan sólido como matizado.

El hecho es que sus colegas y sus mismos superio­res no desdeñan consultar al Padre Multi. No siem­pre, es cierto, para acomodarse a su parecer, sino porque' experimentan una verdadera satisfacción in­telectual en ver claro, gracias a su ruda dialéctica, antes de hundirse de nuevo en una bruma propicia a las conciliaciones, y experimentan una verdadera voluptuosidad en hacerse indicar por él la ruta que debieran seguir, aun cuando ni siquiera piense'n ha­cerlo. De ese modo disfrutan, con una superficiali­dad condimentada quizá con una pizca de sadismo, el provecho de soste'ner lo falso y el placer de tener razón.

Por mi parte, cuando me encuentro obstaculizado por una cuestión difícil y obscura, recurro inmedia­tamente al P. Multi. Ya es un consuelo ver, en res-pue'sta a mi llamada, aparecer su alta y robusta si­lueta que apenas comienza a curvarse y su rostro escultural rodeado de una magnífica espesura de ca­bellos grises largos y dóciles y que sus ojos escru­tadores iluminan con una mirada profunda. Las pe­queñas originalidades, por lo demás de buena ley, que ha desarrollado en él una habitual y estudiosa sole­dad, son para mí un atractivo más. ¡Qué felicidad! volver a encontrar un hombre que no e'stá cortado sobre el modelo corriente, que no se parece a todo el mundo! Y la conocida brusquedad de mi humor, mi misantropía inveterada me hacen apreciar muy particularmente la franqueza sin reserva y el pensa­miento a la vez flexible y preciso de mi sabio inter­locutor, aunque acabe de' recibir de él un desaire.
Es, precisamente, lo que va a ocurrirme desde el comienzo de nue'stra conversación.

Es verdad que la falta me corresponde. Acabo, 'en efecto, de abordar al teólogo con una ligereza im­propia de la circunstancia y que pare'ce indisponerlo

de entrada.

-—Figúrese, padre —le digo— que, luego del pri­mer contacto que los Estudios Carmelitanos me han procurado con don Satanás, siento e'l deseo de tener un más amplio e íntimo conocimiento de él y me per­mito suponer que usted consentirá en servirme de

introductor...

Mi interlocutor me arroja una mirada torva y, con
una sonrisa glacial:
—Si quiere usted irse al Diablo, no cuente con­migo para conducirlo ni acompañarlo. Tiene todo el derecho de irse' solo y estoy convencido de que no en­contrará ninguna dificultad en 'el camino. ¡Buen
viaje!
Muy contrito, me disculpo y me esfuerzo por ex­plicar la pureza de mis intenciones y justificar mi proye'cto.
—Bueno, bueno —dice el padre, atemperado—. Así orientada, su curiosidad es muy legítima y hasta debo decirle que bastante rara. Muy juiciosamen­te', un escritor contemporáneo hace notar el hecho curioso de que los espíritus inquietos por considera­ciones teológicas y hasta los teólogos que hablan corrientemente del plan de Dios sobre e'l mundo pa-
recen desinteresarse casi del todo por el plan de Sa­tanás que' es, sin embargo, desde el punto de vista en que ellos se colocan, estrictamente complementa­rio del primero. En la lógica de su posición, "la hu­manidad aparece como situada entre dos estrategias adversas, tan concertada una como la otra". Si se contempla desde una altura y con amplitud suficien­te la historia del mundo, se hace evidente, desde el ángulo religioso, que "Satanás persigue con notable constancia y con admirable riqueza de medios un fin único, que es la derrota, el fracaso del Eeino de Dios. Y el hombre no es más que la apuesta pasiva de esta lucha titánica. De su asentimiento depende en definitiva la victoria de Dios o de Satán. Y esa es, sin duda, la perspectiva más vertiginosa que se puede abrir ante la libertad humana1.
" En cuanto a los que permanecen ajenos a este orden elevado de pensamientos, ellos también ten­drían gran necesidad de se'r puestos un poco al co­rriente de los procedimientos y los artificios de la ingerencia demoníaca entre los hombres; porque tienen demasiada tendencia a reírse de eso o, por lo menos, a sonreírse. Un poco de reflexión los llevaría quizás a comprender que harían mejor en llorar, pues dicha ingerencia es siempre peligrosa, frecuen­temente funesta y a veces trágica. Subestimarla es gran locura o torpe necedad. Y yo me pregunto qué capricho nos incita desde hace tanta tiempo a hacer del Demonio una especie de bufón ridículo, siempre burlado y vencido por aquellos a los que quiere con­vertir en víctimas suyas o de representárnoslo más amenazador que perverso —pobre diablo, en el fon­do— en lugar de ver en él al insaciable Verdugo, e'l
1 Paul Rostenne: Graham Greene, témoin des temps tra-giques, p. 139.

Espíritu del Mal, el Leo rugiens de la Escritura que no puede en ningún caso ser materia dé mofa y que se encarniza sin cesar en nuestra perdición".

Y, como yo abro la boca para responder, me hace imperiosamente seña de que me calle.

—En realidad —prosigue—, en ese juego absurdo y fundado sobre una presunción y un orgullo bastan­te bajos somos nosotros los malos negociantes y los que nos echamos en las garras del Maligno hasta cuando eremos haberlo confundido. El Diablo no es tan fácil de "engatusar". Es un gran personaje, un alto arcángel que, pese a su caída, recuerda su es­plendor antiguo y que no ha perdido del todo —muy lejos de eso— la excelencia de su primera natura­leza. Este es un punto que Bossuet subraya insisten­temente1 en sus dos sermones sobre los demonios. "La nobleza de su ser es tal", escribe, "que los teólogos apenas pueden comprender de qué manera el pecado pudo caber en una perfección tan eminente"'. Como la de todos los ángeles, su vida no es sino "razón e inte­ligencia". Su crimen y su caída han dejado "enteras en ellos su justicia y su santidad y, por consecuen­cia, su beatitud". A causa de su potencia Tertuliano los llama magistratus sa-eculi y San Pablo ve e'n ellos esencialmente "malicias espirituales", spiritua-lia nequüiae, lo que supone a las claras que sus fuer­zas naturales no han sido alteradas sino que por una razón desesperada las convirtieron a todas en ma­licia.

" Así, cuando el Evangelio denomina a Lucifer, Príncipe de las Tinieblas o Arconte de este Mundo, eso no es una simple figura literaria sino un título que corresponda a una verdadera y temible poten­cia. Una potencia tan perniciosa por su perversidad como por su fuerza. Lucifer, cierto, no es invencible y, pese a la superioridad intrínseca de su esencia,puede ser derrotado hasta por los hombres. Pero só­lo con ayuda de Dios.

" La teología admite que Satanás no conoce el por­venir. Y por esta ignorancia sé lo ridiculiza a veces para hacerlo aparecer engañado y befado. Pero al porvenir ¿lo conocemos nosotros mejor? ¿Y pode­mos, por tanto, jactarnos, engreírnos de manejar al Enemigo o de dominarlo? Y, por otra parte, ¿cuán­to sobrepasan en eficacia sus armas a las nuestras? Espíritu celeste,  inteligencia lúcida,  luminosa,  in­mensa, Satán penetra como jugando los secretos de la naturaleza que' a nosotros nos cuesta tanto traba­jo descifrar y, mientras en nuestra risible soberbia creemos ponerle trampas ingeniosas, es él quien nos hace caer en las suyas".

—Personalmente, estoy del todo de acuerdo con su concepción —respondí—. P'ero mi joven contrincan­te de ayer y muchos otros qué se le parecen ¿no le reprocharán a usted el dar vida a simples abstrac­ciones y efectuar hipótesis para comodidad   de   su discurso? Lucifer y los millones de diablos sobre los qué reina no serían otra cosa sencillamente, según ellos, que la personificación de nuestras malas ten­dencias y de nuestros vicios, y no tendrían otra exis­tencia propia y distinta, otra voluntad perversa y malhechora que la que' nosotros les atribuimos y... Pero sin dejarme terminar mi tímida objeción, el P. Multi la barrió con un índice vengador y retomó la palabra.

—Su joven contrincante y los que se le parecen —corta con su rigor acostumbrado—, son ignoran­tes e imbéciles.

Y, como yo tengo un sobresalto instintivo: —Sí, digo bien: ignorantes e imbéciles. Porque, en su falaz apetito de positivismo y objetividad —co­mo dicen— no advierten que impugnan vanamente

certidumbres establecidas, rompen inconcientemente con crencias universales y multiseculares —¡ que ellos mismos a veces profesan en teoría!— y hacen infini­tamente más difícil, si no imposible, explicar la 'ex­tensión gigantesca del mal en e'l mundo. Y todo eso lisonjeándose de hacerla más clara y más accesible.

" Para empezar, si su contrincante es católico, o simplemente cristiano, no puede elegir. La Revelación no nos presenta a Lucifer como una hipótesis discuti­ble, sino como una terrible realidad. Ya sea que él se rebele contra Dios, que arrastre a nuestros primeros podres a la desobediencia y al mal, que atormente a Job o hasta reciba la autorización de tentar al Sal­vador, el escritor inspirado nos lo muestra siempre" como un ser bien definido, dotado de facultades so­breeminentes, desviadas adrede por él hacia e'l mal y encarnizado en dañar a los humanos. Nosotros no podemos optar por afirmarlo o negarlo. Las cosas son como son. Hay que aceptarlas o renunciar a la fe. En la Epístola a los efesios, donde muestra a Satán y a las potencias infernales obrando en la per­sona de los hijos de iniquidad, San Pablo llega a pre­venir a los fieles de que en esta vida hay que luchar menos contra la carne y la sangre que "contra... los dominadores de este mundo tenebroso, contra los malignos de' los aires.

" Agregaré, además, que en estas afirmaciones na­da es chocante ni irrazonable. Precisándolas bien, están de acuerdo con las tendencias inmemoriales del género humano. En todas las épocas, se ha creído en la existencia de poderes malignos extendidos por el mundo. Y ciertos pueblos hasta han imaginado una especie de dios del mal, antagonista del Dios del bien y empeñado contra él en una lucha con fuerzas más o menos equilibradas. Tal es, por ejemplo, la idea central del mazdeísmo. Los judíos han reconocido en todo tiempo la acción de agentes intermediarios malhechore's, más potentes que el hombre pero inferiores a Dios, que llaman schedim. La Biblia llama expresa­mente a Satán enemigo del género humano, al cual el Señor permite a veces que pruebe a sus mejores servidores. Y el Nuevo Testamento, como la doctri­na de la Iglesia, están —ya se lo he dicho— de' total acuerdo con esa tradición. P'or otra parte, las mani­festaciones personales del Demonio no son tan raras y usted recuerda quizá que hubo, entre el siglo Xin y el xvin —en el xvi fue un paroxismo— una verda­dera epidemia de acción demoníaca, de la que la fa­mosa Demonomanía de Je'an Bodin es uno de los ecos más curiosos".

No soy profesor de nada y casi no me agrada es­cuchar cursos de otros. .. El instante me pareció oportuno para detener la descarga de erudición que parecía preparar el P. Multi. Así, con un aire ino­cente, probé escamotear dos o tres siglos y apelé:

—Desgraciadamente —o felizmente, quizás— es­ta acción se hace cada vez más rara en nuestros días. No le enseñaré nada, por cierto, con verificar que los fenómenos considerados en otra época propia­mente' demoníacos han desaparecido casi del todo en las naciones civilizadas, en particular en la nues­tra, e imagino. . .

Nervioso, el Padre me quita la palabra: —No imagine nada. En un asunto así la imagina­ción es extremadamente dañina y engañosa. Dígame, más bien, suscintamente, lo que usted concluye de un hecho que, por lo menos en un aspecto, yo reco­nozco como materialmente exacto.

—Mi conclusión es que muchas de las pretendidas manifestaciones diabólicas, si no la totalidad, han sido clasificadas como tale's sólo por efecto de una ignorancia que los progresos de la ciencia, especialmente la medicina nerviosa, disipan un poco más to­dos los días y terminarán por eliminar. La evolución pare'ce, en este sentido, evidente.

—De una evidencia cegadora, de una evidencia que salta a la vista —gruñe el P. Multi con un tono irritado—. Sí, en verdad, que salta a la vista, pue's suprime la visión clara e imparcial de las cosas has­ta en los observadores que se esfuerzan por ser con­cienzudos. Como usted e's generalmente de esos, le planteo la cuestión con una franqueza que le parece­rá tajante y brutal, de la que me excuso, si es nece­sario : ¿ finge usted simpleza con la idea de correrme o bien, más sutilmente?, asume el papel de abogado del Diablo?

Un poco achicado, respondo con cierta amargura:

—Si le parece, optaremos por la hipótesis menos desagradable. Pero al hablar como lo hice, cre'o ser intérprete de mucha gente que no son sólo imbéciles y que considero de una perfecta bue'na fe.

Mi interlocutor se calma:

—En ese caso, se merecen una explicación —prosi­gue suavemente'—. Asimismo es posible que pequen sobre todo por ignorancia. Pero en ese caso hay que retomar previamente algunos datos elementales del 'problema. Es necesario que los ponga en orden. ¿Quiere que reanudemos mañana esta conversación?