miércoles, 8 de agosto de 2018

SATAN EN LA CIUDAD MARCEL DE LA B'IGNE SEGUNDA VELADA

SATAN EN LA CIUDAD

 POR MARCEL DE LA B'IGNE

SEGUNDA VELADA

Un poco resentida aún por la aspereza con que fui tratado ayer, llego a la cita dada por el abate Multi. Casi había pensado no venir, diciéndome que este excelente hombre no tiene gran amenidad y hasta le falta algo de unción sacerdotal, y, sin embargo, me encontré, sin apenas darme cuenta, llamando a la puerta de mi poco agradable interlocutor. Después de todo, ¿por qué tomar en serio sus rudas maneras, si yo sé que bajo esa corteza se oculta un corazón bondadoso, y la materia de que se trata tiene suficiente importancia para justificar un pequeño sacrificio de amor propio? Por otra parte, el irascible controversista de ayer, está hoy sumamente amable y sonriente. Acaso se ha dado cuenta de que mis preguntas no eran dictadas por la ligereza, el escepticismo o una vana curiosidad, y de que yo tenía verdadero deseo de saber, si es que puede saberse algo precisa en ese oscuro terreno. Tiene una mano colocada sobre cierto número de libros de varios tamaños, y parece satisfecho por volver a tomar la palabra, cosa que, según algunos, le agrada con algo de exceso. —Voy a verme obligado, empieza diciendo, a exponer algunas nociones que debía suponer ya conocidas, pero la experiencia me ha demostrado que no lo son, ni siquiera por muchos católicos que figuran como personas instruidas. Estas cosas no pertenecen al run- run diario, y no falta entre ellos quienes se forman en estos asuntos, y por los motivos más fútiles, ideas completamente en desacuerdo con las admitidas por la Iglesia, y hasta con las soluciones a que puede llevarnos, con sus propias fuerzas, la sola razón natural. ¡Ah! León Bloy no se equivocó al escribir, durante una de esas crisis de exasperación en que le sumía con frecuencia el espectáculo de la decadencia religiosa contení' poránea: “Nuestra decrepitud es tan profunda, que ni siquiera sabemos que somos idólatras”. Y, muy próximo a nosotros, Lecom- te du Noüy le sirve de eco exacto al escribir
esta observación, verdadera entre muchos errores: “El antropomorfismo y el paganismo más pasmoso se revelan en el ochenta por ciento de los buenos católicos”. Y usted tendrá pruebas numerosas de esto en el curso’ de nuestras entrevistas. —¿De nuestras entrevistas, dice usted, señor abate? ¿Debo entender con eso que piensa hacerme una exposición completa y ex ca- thedra acerca del Satanismo? Pues le oiré con gran interés, pero no me hubiera atrevido a solicitarlo. * —¡Lo sé bien, pardiez!, y no pienso entrar en un estudio detallado que nos retendría varias semanas. Pero, al menos, ya que se presenta la ocasión, permítame hacer un compendio de cierto número de ideas importantes. —Escucho a usted, le contesto acomodándome en la butaca. Y el hombre queda tan satisfecho de ha berse asegurado un auditorio dócil que, contra su costumbre, pone a mi disposición una repleta caja de cigarrillos, olvidándose de que no fumo. —Así, pues, empieza el hábil diserta- dor, dejaremos a un lado desde el principio, si a usted le parece bien, como inso- luble y sin mucho interés para nuestros pro
pósitos, la cuestión tan movida en otros tiempos del número de espíritus malos que andan por el mundo. Sabemos que hay muchos, porque la Biblia nos dice que Lucifer, jefe de los ángeles rebeldes, arrastró una inmensa multitud en su caída. Anotemos, de pasada, por lo curioso del hecho, que el antiguo demonólogo Juan de Wier, del siglo XVI, llega, por cálculos más o menos ingeniosos o extravagantes, a inventariar en la monarquía diabólica, 72 príncipes y 111 legiones, cada una de 666 satélites, o sea un total de 7.405.926 diablos. —No son muchos, digo sonriendo. Al contemplar el mundo, yo creería que hay uno por lo menos, si no son varios, para cada uno de nosotros. —Otros autores y teólogos cuentan seis géneros diferentes: ígneos, aéreos, terrestres, acuáticos, subterráneos y lucífugos, lo (que, tal vez, no está tan mal observado. Pero continuemos. Sabemos por el Evangelio que los demonios que obedecen a Satanás y se dedican a nuestra pérdida con verdadero encarnizamiento, se llaman legión, y esto basta para ponernos, razonablemente, en guardia contra su poder y contra la infinita diversidad de los ataques que pueden dirigirnos. Sin embargo, por variados que éstos sean, no pueden,
a] parecer—y este es un punto sobre el cual convendría insistir—efectuarse más que de dos modos distintos. O, más exactamente, tal Vez, la empresa diabólica procede según una progresión lógica, que puede conducirla desde un trabajo de revestimiento cada vez más avanzado, hasta una victoria completa por la destrucción y avasallamiento total del paciente, que es lo que se llama la posesión, hablando con propiedad. Pero todo esto exige mayor precisión y explicaciones más detalladas. En primer lugar, y el hecho es de fácil comprobación para,cualquiera que practique de modo elemental la introspección personal, cada uno de nosotros es objeto de una “obsesión” constante e* ininterrumpida que tiende a disminuir o quebrantar nuestra resistencia al mal, y a hacernos sucumbir ipor motivos más o menos especiosos. La teología ha visto siempre en ello una acción demoníaca, el esfuerzo inteligente y persistente de una potencia maléfica. Ante Satanás y sus secuaces nosotros representamos el lugar de una plaza perpetuamente sitiada que se esfuerzan por reconquistar, envalentonados por 'la primera rendición, que fué el pecado original. No olvidemos que esto sucede de nuevo cada día, y que e] mal nos rodea y so
licita por todas partes, abiertamente o por medios más o menos disimulados, sin darnos tregua. El cuidado de una precisión mayor ha conducido a los teólogos a distinguir varios aspectos de la obsesión. Su estudio coincide aquí en muchos aspectos con el de la Medicina, porque la obsesión mental o psicológica que especialmente nos interesa está relacionada estrecha y frecuentemente con el estado fisiológico del sujeto considerado. En seguida volveremos a encontrarnos con esto'. La demonología conoce varios grados y diversas especies de obsesión que no corresponden, talt vez, a diferencias específicas verdaderamente marcadas, pero que permiten, por lo menos, cierta clasificación cómoda y mayor claridad en la exposición. Hay, en primer lugar, la obsesión ordinaria, la que se ejerce con tentaciones y turbaciones que no exceden del término medio corriente de las solicitaciones perversas de nuestra naturaleza. Puede estar más o menos agudizada, pero no es irresistible y no se manifiesta por desórdenes somáticos evidentes y graves. Al contrario, la obsesión extraordinaria aparece con un carácter taimado e insolente, hipócrita o brutal, siempre profundamente maléfico, que parece sobrepasar las posibilidades propias del sujeto y revelar la acción de un poder malo superior. Con frecuencia se traduce por fenómenos psicológicos de orden patológico, y los obsesos de esta categoría, en muchos casos, se confunden con los enfermos. Varios autores contemporáneos hablan, igualmente, de obsesión interior y obsesión exterior, que llaman, también, infestación. “Esta, nos dice el P. de Tonquédec, consiste en acontecimientos que se suceden al exterior de las personas: ataques dirigidos exte- riormente contra ellas, como golpes o sacudidas; ruidos, rotura o mudanza de objetos; producción de realidades material/es que son el objeto de verdaderas sensaciones. Es lo que los místicos llaman visiones sensibles, es decir, aquellas cuyo objeto, producido sobrenaturalmente, existe y se encuentra al alcance de los sentidos. La obsesión interior comprende, al contrario, los fenómenos subjetivos, como visiones imaginarias, impulsos anormales a cometer malas acciones, etc.” (1). No hay más diferencia entre las tentaciones ordinarias y la obsesión interior, dice Ribet, que el carácter de vehemencia y de duración. Puede con
 

(1) de Tonquédeo. Les Matadies nerveuus ou mentales et Ies manifestation diaboliques, pig. 129.
 

jeturarse su existencia, aunque sin que esto produzca certidumbre, cuando La turbación del alma es tan violenta y tan obstinada la inclinación que la empuja al mal, que para explicarla es necesario suponer una excitación extrínseca, aunque nada la revele exte- riormente. Para los espíritus más cuidadosos de analizar, el caso de obsesión interna se distingue de la posesión en que el poder malo no está presente en el cuerpo del paciente. Otros ven ahí un delirio cenestopático en el que la personalidad del individuo se obnubila más o menos completamente y cede el sitio al espíritu maligno. Eli resultado final es la disociación de la personalidad con desdoblamiento del pensamiento y de la voluntad y avasallamiento del cuerpo del paciente por el ocupante, que se supone infernal. En esta acepción, el término obsesión no tiene sentido especial propio; se toma de modo muy general. Es lo que hace el Ritual romano, que llama a todos los posesos: obsesi a dae- monio. Es, tal vez, mejor y más claro emplear el vocabulario más detallado, con la condición de no perder de vista que los fenómenos demoniacos tienen una unidad fundamental profunda y sólo se diferencian por sus gra
dos, no por su naturaleza. La jnlsma posesión se presenta con aspectos poco diferentes. El nombre de posesión, y cito de nuevo al P. de Tonquédec, está bien reservado siempre “a la invasión despótica del cuerpo humano por ei demonio, que reside en él como una segunda alma, contrarrestando la acción del alma personal, dominando en su lugar y sirviéndose de sus órganos naturales” (1). Pero la reflexión y la experiencia parecen probar bien que existe una especie de posesión sosegada y tranquila en la apariencia, difícil de descubrir exteriormente, porque se realiza por una especie de horrible acuerdo entre el demonio y el paciente. A esta cohabitación aceptada o consentida, yo le daría gustosamente el nombre de ocupación diabólica. Y en el grado más elevado, o si usted prefiere, en el más bajo, está la posesión, propiamente dicha, en el estado paroxístico con manifestaciones exteriores sorprendentes, que describe, entre otros muchos, el Dr. Vinchon. “El perseguido, nos dice, se ve forzado a hablar, a injuriar, a burlarse, por el ser que le atormenta. También le obliga a andar, correr, a pegar, a cometer acciones malas, a ve
 

(1) J. de Tonquédec: Obra eitsJa, p. 120. 41
 

ces, a suicidarse, a violencias con los seres más queridos” (1). Por su parte, el P. Ton- quédec añade: “Está asediado, con frecuencia, de imágenes o visiones terroríficas o impuras, lleno, a su pesar, de odio contra Dios y las personas a El consagradas, sumido en la desesperación, convencido de su reprobación, etcétera” (2). Este estado manifiesta una perturbación psicomotora intensa y demuestra disociación completa de la personalidad, en la cual, un control enemigo exterior, sustituye al dominio normal del individuo sobre sus ideas y sus actos. En el aspecto propiamente teológico, tomando el análisis de un autor que ha estudiado la materia con especialidad, la posesión, tal como la Iglesia la entiende, exige dos elementos: que haya verdaderamente presencia del Demonio, ocupación efectuada por él del cuerpo del poseso, en otros términos inhabi- tación, y en segundo lugar, que el espíritu maligno ejerza dominio real sobre este cuerpo y por medio del cuerpo, sobre el espíritu y lias facultades que de él dependen, así como un imperioso efectivo en el alma del paciente, cuya actividad él sustituye por más o menos tiempo, y viene a ser, en su lugar, el motor

(1) Garifon et Vinchon: Le Diable, p.^159. (2) J. de Tonquédec: O Ira citada, p. 10.

 
de los miembros y de las operaciones inte- lectuales. —Pero, señor abate, salté yo, ¿por qué se empeña usted tanto en ver la intromisión del Diablo en manifestaciones que, la mayor parte de las veces, pertenecen sencilla y exclusivamente a la psiquiatría, pues son neurosis, histerismos o formas de locura catalogadas y clasificadas con toda precisión? Los progresos de la ciencia médica y, especialmente, de las enfermedades nerviosas, han permitido devolver su carácter natural a bastantes hechos que, por falta de explicación adecuada, se consideraban antes sobrenaturales o, al menos, preternaturales. ¿No existe un verdadero peligro para la Iglesia en este empeño por ver algo diabólico donde no hay otra cosa que desequilibrio, y posesos en aquellos que sólo son unos enfermos? Y aún voy más allá: Tal actitud, ¿no está inspirada en una enojosa hipocresía? ¿No será que la Iglesia procura así salvaguardar su influencia y conservar aparentemente sus posiciones, porque comprende, en realidad, que se van haciendo insostenibles? La prueba es que cada vez se acude menos a los exorcismos y más a los tratamientos psiquiátricos para los enfermos mentales. Hace poco citaba usted a León Bloy, que tiene el mérito de
haber dicho, y hasta gritado, muchas cosas que, de ordinario, nadie se atreve nada más que a insinuar o murmurar. En esto sí que me parece que ha puesto el dedo en la llaga en varios lugares de su Correspondencia y de su Diario, y en Le Mediant ingrat, por ejemplo, se lee: “Los sacerdotes no hacen uso de sus poderes de exorcistas, porque les falta la fe y porque, en el fondo, tienen miedo a disgustar al diablo.” Y más todavía, “¿qué párroco o qué religioso encontraría muy natural el que le avisaran con preferencia a un médico para un caso de histerismo, de cata- lepsia o de epilepsia? Al uno y al otro les parecería esto ridículo o temerían el tener que habérselas con los hombres o con el Diablo. Este clero sin fe, casi ni sabe ya qué poderes le ha dado Dios” (1). Si, prácticamente, los sacerdotes ya no emplean los exorcismos, es porque ahora no creen en la realidad de la posesión por el Diablo. Pero, si no creen, ¿qué motivos tienen para hacerme creer en ella o para que yo crea que ellos siguen creyendo? Participo de la opinión de León Bloy, y confieso a usted que me parece ver en eso una duplicidad que me escandaliza, y sobre la cual me gustaría


(1) León Bloy: Le Mediant ingrat, p. 179.

muchísimo oírle a usted alguna explicación. Desde el principio de mi erupción, el abate ostenta una sonrisa burlona, y cuando callo, me pregunta con voz muy tranquila, en la que yo noto una ironía mal disimulada: —¿León Bloy es la única autoridad para usted en esta materia, o su manera de ver se apoya en otros autores tan calificados, o más, que él? —¿Es necesario, replico yo, enfrascarse en oscuras y sabias disertaciones para proponer hechos públicamente notorios y unánima- mente reconocidos, que sólo algunos tímidos no se atreven a comentar o unos pocos retrasados se deciden a discutir o a negar? —Amigo mío, continúa el señor MUlti, sin dejar de sonreír: sin duda le ha sucedido a usted en sus trabajos científicos, y con justa razón, el quitar toda importancia a adversarios, que, para sostener su tesis, no aportaban, sobré los puntos de controversia, más que prejuicios, invocaciones a la opinión del vulgo, argumentos sin fundamento y ninguna información sólida e imparcial. Usted les haría notar que semejante forma de dialéctica no presenta ningún valor, aunque actualmente se halla muy extendida. Pues bien, en el asunto que nos ocupa ahora, ¿ha leído usted, no digo grandes obras teológicas, qúe
no son de uso corriente entre los profanos y los no iniciados, sino algún libro de los más elementales de vulgarización? Por ejemplo, la obrita del P. de Tonquédec, a la que ya me he referido varias veces; el reciente folleto de Gargon et Vinchon, sobre El Diablo, o siquiera el excelente resumen de Mons. Waf- felaert en el Dictionnaire apologétique de la Foi catholique, que están al alcance de cuaiT quier seglar instruido que tenga la precaución de no hacer el ridículo hablando de loque no conoce. Me hace el efecto de que esta última frase,, verdadera flecha de partho, va dirigida a mí, particularmente, pero confieso que me corresponde, porque no he leído ni una sola de las obras que acaba de citarme. Me encuentro desairado y procuro salir del paso, respondiéndole: — ¡Bah! Si no se pudiera hablar más que de lo que se entiende bien, el silencio reinaría por casi toda la tierra. Los ignorantes que usted critica, señor abate, son la inmensa mayoría, por no decir la casi totalidad, de los fieles de buena voluntad. Considéreme, pues, a mí como a su representante, y figúrese que yo no conozco ninguno de los trabajos a que usted acaba de referirse. A través de mi modesta persona sacarán provecho de sus doctas explicaciones todos los que hablan sin saber lo que dicen. He soltado el párrafo con una falsa desenvoltura, pero el señor Multi no es un inocente, y adivino que se está divirtiendo en grande a costa mía. Mas, ciertamente, es una bella persona, porque en vez de aprovecharse de su ventaja, finge tomar en serio mi deplorable estratagema. —¡Así sea! Pero entonces necesitamos otra sesión para aclarar las objeciones de las cuales usted se ha hecho benévolo intérprete, porque exigen una preparación algo delicada, aunque no difícil, que reclama nociones bastante exactas. Vuelva usted por aquí mañana.