miércoles, 8 de agosto de 2018

SATAN EN LA CIUDAD MARCEL DE LA B'IGNE TERCER VELADA

 SATAN EN LA CIUDAD

POR MARCEL DE LA B'IGNE

TERCER VELADA



Vuelvo, en efecto, al día siguiente, y sin hacer ninguna alusión a la escaramuza en la que representé, la víspera, triste papel, el abate Multi comienza en seguida, cotejando, a veces, algunas notas, o echando una mirada para recoger un pasaje, a los libros abiertos sobre la mesa. —Si usted quiere, podemos considerar los tres puntos principales que bastarán para aclarar la materia: ¿Existe, verdaderamente, la posesión? ¿Deben ser exorcisados todos los que presentan desequilibrios nerviosos muy grandes? Suponiendo que la primera pregunta reciba una respuesta afirmativa, ¿cuáles son las causas de la aparente escasez actual de la posesión? En lo que concierne al primer punto, antes que nada, hay que desbrozar el terrena y delimitarle bien. Usted sabe grosso modo que dos opiniones contrarias no pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Según la primera, que es la más extendida, no existe, o no existe en la actualidad, la posesión, sino solamente grandes enfermos mentales enjuiciables, únicamente, por la medicina o, si es necesario, por la cirugía cerebral, y, para decirlo con más precisión, los histéricos, esquizofrénicos, epilépticos y catalépticos. Esta es la idea que expresa de manera realista el Dr. Legué, por ejemplo, en la conclusión de su libro: XJrbain Grandier et les Possédés de Loudun, publicado en 1884. “La ciencia, es- •'cribe, ha sacudido en la actualidad el yugo ”de la teología, y no admite ya el recurso a 'Influencias divinas o diabólicas Hace tiem- ”po que maestros ilustres estudian esas sin- "guiares afecciones neuropáticas que antes ”se consideraban sobrenaturales, y, gracias ”a sus trabajos, al impulso y dirección que ”ellos han dado a las investigaciones contemporáneas, Satanás, el ser imaginario, ”ha desaparecido completamente; su lugar "pertenece, sin discusión, a una realidad científica. Los histéricos, como todos los enfer- ”mos, necesitan del médico, en vez del sacerd ote o del fraile exorcista...” La otra manera de ver, completamente opuesta, y muy rara en su fórmula más precisa, se halla, expresa o implícita, en las aserciones de León Bloy que usted ha citado, y la sostienen también, fuerza es decirlo, algunos exclesiásticos. Podemos resumirla diciendo que no hay enfermos nerviosos graves o avanzados, sino solamente obsesos o posesos que caen bajo el dominio de los exorcistas, y si alguno se encuentra con alguno de esos desequilibrados, está indicado llamar al sacerdote antes de acudir al médico. La opinión de León Bloy honra más a su fe que a su perspicacia, a su sentido crítico y a su prudencia; y aun apreciando en su justo valor, que es grande, a este genial vocinglero, me veo obligado a hacer constar que se ha dejado arrastrar a cometer, en esto, una verdadera tontería y una peligrosa inconsecuencia. Difícilmente se le pueden encontrar excusas o circunstancias atenuantes, porque conoce a fondo la historia evangélica y, por consiguiente, sabe muy bien que Cristo y los Apóstoles hicieron muy claras distinciones entre los posesos y los enfermos. A los unos, exorcizaban, y a los otros, curaban o consolaban sin la menor alusión a cualquier inha- bitación de los demonios que los hubiera reducido a esclavitud, y esta es la actitud del sentido común. Ella debe dictar la nuestra que será intermedia entre las dos proposiciones extremas que acabamos de presentar. Puede formularse de esta manera: no es verdad que todos los pretendidos posesos u obsesos sean realmente epilépticos, histéricos o catalépticos, pero es cierto que algunos que aparentan esas enfermedades, son, en realidad, obsesos o posesos. Debo hacer notar, de pasada, que es completamente inexacto afirmar que la Iglesia ve posesos por todas partes y se esfuerza en extender cuanto puede los dominios de la posesión, para tener ocasiones de intervenir y de perturbar su influencia, quiérase o no se quiera. Mons. Waffelaert demuestra que los teólogos, desde el siglo XVI, principalmente el P. Thyrée; la autoridad eclesiástica, sobre todo el Papa Benedicto XIV, y el Ritual Romano, en la parte Obsessi a daemonio, se han preocupado siempre de distinguir los simuladores o los simples neuróticos, de lo's verdaderamente poseídos por el Demonio, y recomiendan, expresamente, que no se acuda a los exorcismos más que en el caso de que hayan fracasado los medios naturales. El Ritual, expresamente, pone en guardia a los sacerdotes contra una imprudente credulidad: In primis, ne jadíe credat aliquen a dae- mone obsessum esse, sed nota habeat ea signa quibus obssesus dignoscitur ab iis qui atra bile vel morbo aliquo Idbcrrant. Y esto nos conduce a las señales de la posesión. Se imagina, generalmente, que se halla uno ante un poseso, cuando se encuentra a un desgraciado que parece haber perdido el juicio y se entrega a gestos y contorciones espantosas, blasfemias horribles y aullidos o imprecaciones absurdas. La Iglesia es mucho más severa; no se detiene en tales manifestaciones, por espectaculares que aparezcan. Hace una crítica severa de las señales de la posesión y aparta las que pueden tener una explicación natural. Tanto es así, que el P. Thyrée, en su De Daemoniacis, que data del año 1598, distingue, entre varias categorías de signos: los que hay que rechazar; los que, siendo de dudosa importancia, deben recogerse para su examen, en ciertas circunstancias, y los que pueden considerarse como ciertas. De los primeros, forma una lista con doce que no deben tomarse en consideración. Estos son: “lá propia confesión de algunos ”que están íntimamente persuadidos de que ”son posesos...; la conducta, por perversa ”que sea...; costumbres salvajes y groseras; ”un sueño pesado y prolongado, y las enfer- ”medades incurables por el arte de los médi- ”cos, como también el dolor en las entrañas...; la malísima costumbre de algunas "personas de tener siempre al Diablo en la ’'boca...; los que en ningún sitio se creen seguros, sintiéndose molestados por los espíri- tus, en todas partes los que invocan a los "demonios, conocen visiblemente su presen- ”cia, y son levantados por ellos la furia ”la pérdida de la memoria...; la revelación ”de cosas ocultas”. Y añade como desprovistas también de significación decisiva, la ceguera, la sordera, la mudez y la crueldad contra el cuerpo propio o el ajeno. El P. Thyrée no se niega a admitir que alguna de esas manifestaciones pueda emanar del Príncipe de las Tinieblas, y no se opone a su examen, si las circunstancias hicieran verosímil la suposición de una actividad diabólica. Dice, sencillamente, que no le parecen indudables, y no les da otro valor más que el de meras suposiciones. Sólo retiene, prácticamente, un corto número de señales consideradas como verdaderamente reveladoras de una intervención demoníaca. El Ritual adopta este mismo criterio, pues sólo enumera tres, sin rechazar, sin embargo, que se pudieran considerar algunas otras: 1.a) Ignota lingua loqui pluribus verbis. Nótese la exigencia del texto, que no se contenta con palabras aisladas, sino quiere que el pacíente haga la prueba de que habla a entiende bastante, idiomas que no ha aprendido. 2.a) Distantia et occulta patefacere. 3.“) Vires supra aetatis seu conditionis ndturam ostendere. Intrínsecamente, estos tres casos parecen inexplicables e irrealizables por las fuerzas personales de un individuo, y exigen una intervención extra-natural; pero esta intervención, considerada en sí misma, lo mismo puede ser de orden divino que diabólico. Se exigirá, pues, una condición que dependerá de las circunstancias del fenómeno: es preciso que la actividad del paciente se ejerza sin un fin razonable y hasta por motivos culpables, como por ejemplo, el injuriar a Dios o hacer daño al prójimo. Y no es esto todo. Salvo excepción, impuesta por la evidencia, el Ritual no atribuye valor plenamente demostrativo a esas señales, si no se manifiestan reunidas, reforzándose mutuamente o corroboradas por otras que aisladas son insuficientes, pero que, agrupadas, adquieren mayor valor. Por lo cual, añade: et id genus alia, quae cum plurima occu- rrunt, majora sunt indicia. En esta cuarta categoría podrían clasificarse, siempre con las mismas condiciones,
las suspensiones, las levitaciones (1), Jos transportes por los aires contrarios a la ley de la gravedad, que se verifican, frecuentemente, en los casos de posesión, y, en cambio, no figuran en la sintomatologia de las neurosis avanzadas. Algunos autores ven en ello, con el desarrollo de fuerzas físicas sobrehumanas en un cuerpo humano, una de las señales ciertas de la inhabitación diabólica. Otros no quieren considerarlo más que como una conjetura muy seria que puede tener un valor determinante si se junta a otras pruebas. Y el Ritual se detiene aquí, con una actitud de perfecta prudencia. ¿Desea usted pedirme alguna explicación suplementaria acerca de este primer punto? —A fe mía que no, le digo. He escuchado a usted con el mayor interés, y ya usted ha previsto las objeciones que podrían ocurrír- seme. En la exposición que acabo de oírle he encontrado motivos para variar mi opinión, que era, lo confieso, precipitada y aventurada. Ahora veo bien que si se pudiera hacer algún reproche a la Iglesia sería el de reser
 

(1) Como todos los Iectorcs de este libro no lo habrán sido de alguno que trate de espiritismo, no creemos ofenderle al explicar que la palabra levitación," que no íigura en el Diccionario de la R. Academia Española, significa que un cuerpo se levante y permanezca en el aire sin que nada ni nadie le sostenga, contradiciendo a la ley de la gravedad.— (N. del T.). 
va, mejor que e] de presunción; el de retraerse, antes que el de acaparamiento. Es completamente contrario a la creencia general, que resulta falsa en este punto como en tantos otros, y me explico que muchos médicas concienzudos acepten y reclamen expresamente la colaboración del sacerdote, cuando su ciencia y su arte se les muestran tan deficientes. También me doy cuenta de que si los exorcistas emplean tan rara vez sus poderes, no es por falta de fe. —En eso no hacen más que obedecer a la disciplina eclesiástica, cuyas prescripciones se fundan en un sabio discernimiento. El exorcismo es, en efecto, el supremo recurso para liberar a los desgraciados posesos; pero esto no autoriza, de ningún modo, para emplearlo a la ventura, ni aun en los casos dudosos, con el pretexto de que si no sirve de provecho, tampoco puede hacer daño. Ciertamente que puede extrañar la extremada facilidad y la frecuencia con que se acudía al exorcismo en la primitiva Iglesia, y de lia eficacia, en cierto modo, fulminante que manifestaba, lo mismo que el espíritu de ardiente fe que suponía. Mire usted, se interrumpió el Sr. Multi, abriendo por la página señalada uno de los libros preparados sobre la mesa, permítame leerle este pasaje tan sorprendente de Bossuet, en el segundo Sermón sur les Démons: “Señores, dice el sublime orador, escuchad a Tertuliano en su admirable Apolo- ”gétique. Echa en cara a los gentiles que to- ”das sus divinidades son espíritus maléficos, "y para hacerlos entender esta verdad, les "propone el medio de demostrárselo con un ""experimento bien convincente. Edatur hic ”aiiquis sub tribunalibus vestris quem dae- ”mone agi constet. ¡Oh, jueces que nos ator- ”mentáis con tanta inhumanidad, a vosotros "dirijo mis palabras. Que se me emplace an- ”te vuestros tribunales, pero no en lugar pri- ”vado, sino a la vista de todo el mundo, y ”que lleven allí a un hombre que esté real- ”mente poseído del demonio. Digo que esté "poseído de veras, y que el hecho sea constante: quem daemone agi constet. Que ven- ”ga entonces cualquier cristiano, no hace falt a escoger mucho; el primero de los fieles ”que se presente allí: jussus a quolfibet chris- “tiano, y si, en presencia de ese cristiano, el ■"demonio no se ve forzado, no sólo a hablar, si- ”no a declararos quién es, confesando su en- "gaña, por no atreverse a mentir a uno de los Afieles: christiano mentiri non audentes, entonces, señores, fijáos en estas palabras: ”allí, allí mismo, sin ninguna demora, sin ”más proceso, haced morir a ese cristiano "imprudente Que, de hecho, no ha sabido sostener una promesa tan extraordinaria: ibi”dem illius christiani procaeissimi sanguinen "fúndete." Semejante desafío dice bastante sobre el poder reconocido al exorcismo en los tiempos antiguos, y nos demuestra que podría practicarle cualquier cristiano. Poco después, intervino la Iglesia para limitar su uso y le confió a los clérigos, y para demostrar, dice un antiguo teólogo, su desprecio por los demonios, dió este desagradable poder a los ministros inferiores de la jerarquía eclesiástica. Más tarde, la restringió progresivamente, y vigila el empleo que de ese poder se hace, cada vez con más rigor, para remediar los abusas que pudieran haberse cometido y para evitar accidentes enojosos. Hoy en día, da esa facultad a delegados especiales, escogidos entre sacerdotes ya probados, sabios y con experiencia; porque en materia tan delicada e importante, la imprudencia podría tener, nos dice Mons. Waf- felaert, graves inconvenientes, tanto para el paciente como para el ministro, “pues el ''exorcismo, por la fuerte impresión que pro- ”duce, puede perjudicar un sistema nervioso "que ya está alterado, y acabar de trastornarle. Es tampién un poderoso medio de su- "gestión y se expone a desarrollar, en un su- ”jeto débil,, costumbres morbosas; además, ”no hay derecho a empelar oraciones sagrabas del Ritual sin grave motivo; es necesario que tengan un objeto”. Por su parte, el P. de Tonquédec, cuya experiencia es grande, puesto que ha ejercido durante veinte años las funciones de exor- cista,oficial de la diócesis de París, nos hace saber que ese ministerio puede presentar graves riesgos, sobre todo cuando se trata de histéricos muy agitados. El sacerdote no sólo está expuesto a las más groseras injurias y a los mayores ultrajes, sino a tratos que la exaltación paroxística del enfermo puede hacer muy peligrosos. Y, por fin. la aplicación del exorcismo fuera de su propio dominio, no sólo será estéril, sino capaz, eventualmente, de ridiculizar las ceremonias religiosas sin ningún provecho. Volvamos a escuchar al P. de Tonquédec, contestando a la acusación de León Bloy,. repetida ahora con nueva forma contra los sacerdotes que “han perdido la fe hasta el "extremo de no creer en su privilegio de ”exorcistas y de no hacer uso de él”, abstención que califica de “horrible desgracia y "atroz prevaricación”. Con una modestia que refuerza el valor de su testimonio, añade el Padre: “Yo quisiera que los sacerdotes ”que profesan esa teoría—algunos hay—, pudieran hacer pruebas de ella. Que recorran ”los asilos, pronunciando los exorcismos, y ”veremos el resultado. Y conste que no hablo "a priori. Al principio de un ministerio, cuya "competencia sólo se adquiere con lentitud, "cuando yo avanzaba tanteando a través de ”un terreno vasto e inexplorado, me sucedió ”alguna vez, lo confieso con franqueza y "arrepentimiento, el exorcizar a enfermos. El "resultado fué lo que se hubiera podido es- ”perar” (1). Es necesario añadir—cosa que parece ignorar León Bloy—, que la Iglesia no ha repudiado, de ninguna manera, su antigua tradición. Muy al contrario, como va usted a juzgar, pues cualquier sacerdote y hasta cualquier fiel puede recurrir al exorcismo, si lo creen útil y oportuno. Yo diría que sin duda, por el recrudecimiento comprobado de la influencia diabólica en el mundo, las fórmulas y oraciones han llegado a ser en nuestra época más numerosas y vulgarizadas que nunca. Inútil recordar a usted que León XIII ordenó que todo sacerdote que acaba de cele
 

(1) j. de Tonquédec; obrm citada, p. 304.
brar la misa, tiene que recitar, en unión de los asistentes, una oración que constituye un exorcismo: “San (Miguel, Príncipe de la milicia celestial, lanza al infierno, con el poder divino, a Satanás y a los otros espíritu s malignos que para perdición de las almas andan esparcidos por el mundo”. Esta repetición diaria y constante prueba bien que el Papa deseaba hacernos comprender que la Iglesia está empeñada, al presente, en un combate incesante y más formidable que nunca, con el Espíritu de las Tinieblas. León XIII publicó o reeditó, además, otras fórmulas de exorcismo: una reservada a los sacerdotes; la segunda, para ser fulminada públicamente en las iglesias, y la tercera, para uso de todos, difundida por orden suya y destinada, según la nota que la acompaña, para los casos “en se puede suponer una acción del demonio que se manifieste ya por la maldad de Los hombres, ya por las tentaciones, enfermedades, tempestades o calamidades de todas clases”. —Sea así, le he respondido. Sin embargo, no parece que se haya recurrido' a estas observaciones, salvo para el ligero exorcismo del final de la misa. El público y solemne sigue siendo rarísimo, y, según hemos visto, acompañado de medidas de prudencia extrema, por no decir excesivas. ¿No se explicarán esas precauciones, a,l menos en parte, por la escasez de Los casos de posesión propiamente dicha? ¿No es este hecho bien comprobado e indudable? Y es también, debo decirlo, uno de los que yo menos comprendo. ¿Cómo puede ser que en una época de extremada decadencia religiosa tal como la nuestra, en la que el mal conoce los triunfos más extendidos y durables, la intervención visible del demonio sea más excepcional que nunca? ¿No será eso mismo una prueba de que muchas de las manifestaciones atribuidas a Lucifer no eran, en realidad, más que fenómenos puramente naturales, cuyas causas nos descubren ahora las ciencias positivas? —Creo, responde el señor Multi, que usted presenta las cosas con un aspecto demasiado sencillo, y su sorpresa desaparecerá con algunas observaciones. Es, a la vez, verdadero y falso, que haya, en apariencia, una disminución de las inha- bitaciones espectaculares del demonio. Existen, muy numerosas aún, en los países salvajes, y los misioneros nos envían con frecuencia relatos extremadamente circunstanciados' de ellas, que no dejan lugar a duda. Donde parecen ser cada vez más raras es en las naciones de civilización cristiana antigua, y son varios los teólogos que no ven nada sorprendente en estas dos hechos opuestos. Dicen que entre los infieles y paganos, el demonio reina como dueño y señor y somete los hombres a su imperio, mientras que en los que guardan, mejor o peor, los principios del cristianismo, anuque hayan sido secularizados, Satanás se encuentra molestado y combatido eficazmente por los medios espirituales adecuados, y, poco a poco, se ve obligado a ceder el sito. Como yo no puedo retener un ademán instintivo de protesta y de incredulidad: —No crea usted, se apresura a decir el abate, que yo hago mío este razonamiento ni que juzga serio su fundamento. Pueden presentársele bastantes objeciones, y desdeño, sobre todo, el hecho importante a que aludía usted hace un momento. Se le puede contradecir con la comprobación, bien fácil entre nosotros, por ejemplo, de que la eliminación, cada día mayor, de la influencia cristiana en la vida pública del país y en la privada de los ciudadanos, coincide con una regresión de las manifestaciones diabólicas más impresionantes. No podría uno explicarse por qué Satanás no intensificaría sus ataques para conseguir una victoria más rápida y campLeta. Yo he reflexionado mucho acerca de este problema y creo entrever una explicación admisible. Pero va a separarnos algo de los caminos trillados que hemos seguido hasta aquí, y nos hará penetrar en un mundo en el que deberemos buscar el descubrir, bajo la égida tutelar de la teología, pero por nuestras iniciativas personales, una verdad generalmente desconocida, ignorada o velada para los mismos que la distinguen o adivinan. Si usted se encuentra con el valor indispensable para la exploración y tiene gusto en buscarla, el próximo día saldremos a la campaña (1).
 

(1) No se hnn traducido las frases en Iatín que «bundin en este capítulo: por seguir con fidelidad el original de la era, porque texto castellano se deducen con facilidad casi todas asi en las que van en la lengua madre, y porque, si al lector interesare mucho el conocerlas con exactitud, facíl le sera en quien se las interprete correctamente. (N. del T.).