“Los religiosos deben ser hombres y mujeres capaces de despertar al mundo” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).
Esta
es la visión errónea de la vida religiosa de un hombre que no sabe lo
que es esa vida, que cree saberla porque viste una sotana y se dedica a
hacer en la Iglesia el trabajo del demonio.
Los
religiosos deben vivir sólo para Dios. Y, por tanto, su trabajo no es
en el mundo, como otros hombres en la Iglesia. Su trabajo es ser sal del
mundo, no despertar al mundo.
Y, ¿por qué Francisco tiene este pensamiento? Porque “la Iglesia debe ser atractiva”.
La
Iglesia tiene que ser imagen de Cristo, tiene que ser como Cristo. Y
Cristo no atrae al mundo, Cristo se enfrenta con el mundo, el mundo se
opone a Cristo. Entonces, ¿a qué viene este pensamiento modernista de la
Iglesia?
“¡Sean testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de vivir!”. En la Iglesia hay que dar testimonio de Cristo. Y, entonces, ¿en qué consiste ese testimonio nuevo que predica Francisco?
Porque
Cristo da testimonio de Su Padre en el mundo y, por tanto, Cristo
condena el mundo. Cristo no quiere el mundo para vivir. A Cristo no le
interesa el espíritu del mundo. Cristo hace su Iglesia para dar
Testimonio de la Verdad, que es Él mismo. Cristo no hace Su Iglesia para
que los hombres opinen sobre el mundo o den sus juicios sobre lo que
debe ser la Iglesia de Jesús.
Cristo
no dialoga con el hombre, ni con el mundo. Cristo da Su Palabra al
hombre para que la acepte o para que la rechace, porque Cristo es la
Roca en la que todos los hombres tienen que tropezar ¡Todos! Porque
todos tienen que elegir: o salvarse o condenarse en sus vidas humanas.
Y, por tanto, quien quiera salvarse tiene que dar testimonio de la
Verdad, de esa Verdad que no pasa nunca, que siempre es la misma, que no
tiene tiempo, que no se mide con los pensamientos de los hombres. Y,
por tanto, dar testimonio de la Verdad sólo es posible de una manera:
ser otro Cristo. No hay otra forma.
Entonces, ¿en qué consiste esa fábula de ser testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de vivir?
Entonces, ¿en qué consiste esa fábula de ser testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de vivir?
“Estamos hablando de los valores del Reino encarnados aquí, sobre esta tierra”.
Esta
frase es herética, porque sólo hay una Encarnación: la del Verbo, que
se hace carne. El Reino de Dios no se hace carne. Sus valores, sus
dones, sus gracias, no se hacen carne. Ni siquiera de una manera análoga
se puede comprender esta frase. Ni siquiera de una parábola o en un
lenguaje metafórico vale decir que los valores del Reino están
encarnados. Porque una cosa es el Verbo Encarnado, y otra cosa son los
valores del Reino, que no s encarnan, sino que Dios da al corazón del
humilde para que sea obrados en su vida humana.
El
hombre, al recibir esos dones, no los asume. El Verbo asume la carne:
eso se llama Encarnación. El Verbo es el que dirige esa Carne, el que la
guía, el que la domina, el Señor de esa carne.
El
hombre, que recibe unos dones de Dios, es esclavo de esos dones, no es
Señor de esos dones. Por eso, ni en forma metafórica se puede entender
esta frase. Esta frase es otra más de las herejías de Francisco.
Y, lo que importa es esto: ¿a dónde quiere llevar Francisco con esta frase?
“La
vida es compleja, está hecha de gracia y de pecado. Si uno no peca, no
es hombre. Todos nos equivocamos y tenemos que reconocer nuestra
debilidad. Un religioso que se reconoce débil y pecador, no contradice
el testimonio que está llamado a dar, sino que sobre todo lo refuerza, y
esto hace bien a todos”.
Aquí
queríamos llegar. Resulta que Cristo no tiene pecado y, por tanto, el
don que Dios da al hombre que sigue a Cristo le lleva a no pecar: “El que ha nacido de Dios no puede pecar, porque su germen permanece en él”. Luego, el que sigue a Cristo, el que da testimonio de Cristo no peca, porque tiene la fuerza para no pecar.
Pero
Francisco dice que el testimonio nuevo que debe dar los religiosos son
su pecado, porque la vida está hecha de gracia y de pecado. Y, como
somos hombres, entonces tenemos que pecar.
Pero
Cristo nos ha hecho hijos de Dios. Y el hijo de Dios no puede pecar.
¿Por qué Francisco se detiene en que somos hombres, en que somos hijos
de los hombres? Porque no cree ni en la gracia ni en el pecado. No cree
en el Sacramento del Bautismo. No sabe lo que significa ser hijo de
Dios. Y, además, dice una contradicción en su pensamiento: si los
valores del Reino están encarnados, entonces el que da testimonio de
Cristo es puro, es inocente, es inmaculado, es santo. Luego, no puede
pecar por esa encarnación. El mismo Francisco niega su argumento. No lo
sigue. Eso es señal de que habla por hablar. Habla para decir cosas
bonitas, pero sin lógica. ¿Ven cómo el pensamiento de Francisco no tiene
una base lógica? ¿Ven cómo dice muchas cosas y no dice nada
consistente? Este modo de hablar es el propio de los charlatanes, de los
políticos, de los populistas, de la gente que va diciendo sus cosas
porque gustan a los que las oyen. Habla para entretener a los demás,
para regalarles los oídos. Y, claro, cae en las herejías propia de un
hombre sin vida religiosa, sin vida espiritual, sin nada en que apoyarse
para decir, si quiera una verdad a los religiosos. ¡Que los religiosos
den testimonio de sus pecados de una forma nueva, que guste al mundo,
que atraiga al mundo. Pero que los religiosos no oculten sus pecados,
porque somos hombres y pecamos. Que todos vean nuestros pecados. Eso es
despertar al mundo. ¡Qué maravilla! ¡Cuánta sabiduría encerrada en la
mente de este desgraciado!
“Se comprende la realidad si se la mira desde la periferia, y no si nuestra mirada es desde un centro equidistante de todo”: esta doctrina es propia de la nueva era.
Cristo
es el centro de todo. En la nueva era, el demonio es el centro de todo.
Por tanto, hay que irse a la periferia, no hay que estar en el centro.
Y, ¿por qué? Porque en la periferia está la diversidad, las diferencias,
todo lo que no se ve desde el centro. En una esfera cada punto es
equidistante del centro y, por tanto, no hay diferencias entre un punto y
otro. El centro lo mide todo de igual manera, del centro a la periferia
es siempre la misma distancia. Sólo se ve el centro, sólo se atiende al
centro. Lo demás está girando alrededor del centro, sin salirse de esa
órbita. La periferia mira el centro, pero el centro no mira la
periferia.
En
la Iglesia, todos miramos a Cristo, porque es el centro. Y, por tanto,
nadie mira al otro. Nadie atiende al otro, porque Cristo da la Vida a
todos. Y da la misma Vida a todos. Y ningún hombre tiene que dar nada al
otro, porque Cristo lo de todo, Cristo lo resuelve todo, Cristo pone
el camino para todo. Cristo dice a quién hay que ayudar. Sólo hay que
amar a Cristo y se aman a los demás, sin ningún esfuerzo, porque Cristo
lo sabe todo.
Pero
Francisco dice: no. Eso está mal. Cristo no es el centro. El centro es
la Iglesia, el mundo, los hombres, sus vidas, sus problemas sus
necesidades. Y, entonces, todo está en compartir la vida con los
hombres, en dialogar con los hombres para formar la unidad en la
diversidad, en las diferencias. Ésta es la doctrina de la nueva era, de
maitreya, del sincretismo religioso.
El
hombre tiene que estar en la periferia de la vida, no tiene que estar
mirando al centro. En la periferia de la vida se conoce “de verdad la realidad y lo vivido por la gente”.
Ya Cristo no dice cómo es la realidad de la vida y qué es lo que la
gente necesita en Su Iglesia. Sino que es el mismo hombre el que tiene
que empeñarse en conocer los problemas de la gente y, por tanto,
solucionarlos, ponerles un camino de amor y de bienestar en sus vidas.
“Es el modo de imitar a Cristo que fue a todas las periferias”:
éste es el comunismo de Francisco. Cristo se entregó a los problemas de
los hombres; Cristo vivió entre los hombres, en medio de sus
dificultades, compartiendo sus vidas, sus obras, sus culturas, sus
negocios, sus sueños, sus ilusiones, para hacer un bien común. La
Iglesia es una comunidad para Francisco, un conjunto de hombres que
hacen un bien común, un bien para todos los hombres. ¡Puro comunismo!
¡Puro marxismo!. El propio que vive la Compañía de Jesús, la Compañía
que ha perdido su espíritu fundacional, para ser del demonio, para ser
instrumento del demonio en la Iglesia. A San Ignacio de Loyola lo han
anulado en la Compañía de Jesús. Nadie vive su espíritu. Nadie. Todos
viven en esa Compañía el marxismo. De ella nació la teología de la
liberación que sigue Francisco.
Cristo
no se entregó a los hombres, sino a la Voluntad de Su Padre. Y, en esa
Voluntad, obró entre los hombres aquello y sólo aquello que quería su
Padre. Es muy sencillo el Evangelio, pero Francisco sólo le interesa su
evangelio, su negocio en la Iglesia.
“El carisma es necesario vivirlo releyéndolo (…) culturalmente”:
éste es su nuevo evangelio. El carisma, don de Dios, y, por tanto, sin
tiempo, sin historia, sin culturas, para una obra divina dentro de la
Iglesia, hay que obrarlo, hay que mirarlo según la mente del hombre,
según sus culturas, sus ideologías, sus obras humanas. Francisco anula
el carisma y se inventa sus nuevos carismas en su iglesia. Y cae en esta
terrible barbaridad: “se corre el riesgo de equivocarse (si se relee de forma cultural) (…), pero esto no debe detenernos porque está el riego de cometer errores mayores”.
El carisma, por tanto, cuando se relee en la cultura de cada hombre,
necesariamente lleva a errores, a pecados. Pero eso no importa, porque
si no se obrase, entonces se cometería mayores errores, mayores pecados.
¿Disciernen lo que ha dicho Francisco? Pequen y no pasa nada. Si no
pecan, van a cometer un pecado mayor. Por lo tanto, prefieran pecar
antes de cometer algo más grave. ¿Han captado la barbaridad, por no
llamarle otra cosa? Un carisma que lleva a un error no es un carisma, es
cosa del demonio. Porque los dones de Dios no obran la mentira. Lo que
da Dios imposibilita al hombre de pecar, de caer en el error.
¡Tremendo
Francisco y su pensamiento! ¡Y hay que gente que lo sigue, que le
obedece, que está contentísima con este hereje, con este maldito, con
este desgraciado! ¡No entiendo a la gente que no ve su propia mentira!
¿Es que no caéis en la cuenta de que este sinvergüenza os está tomando
el pelo a todos?
“No debemos hacer del carisma algo rígido o uniforme. Cuando nosotros uniformamos nuestra cultura, entonces matamos el carisma”:
es decir, pongamos en la Iglesia gente de muchas culturas, de muchos
credos, de muchas ideologías, de muchas filosofías. Pongamos la
diversidad de pensamientos, de deseos, de vidas humanas, de obras
humanas. ¡Diversidad! Y, entonces, se vive el carisma. ¿Disciernen dónde
está la herejía? ¿Disciernen qué cosa niega Francisco? Francisco niega
la unidad de la Iglesia que sólo es posible en el Espíritu. Y, por
tanto, Francisco niega al Espíritu.
El
Espíritu es el que obra el carisma en la Iglesia. Para vivir el carisma
sólo es necesario una cosa: que el Espíritu lo obre. Si el Espíritu no
lo obra, entonces sólo hay culturas, ideologías, pensamientos, obras
humanas, pero no carisma. De aquí viene el sincretismo religioso en la
nueva era. Es lo que predica Francisco en este diálogo: la unidad en la
diversidad. Ya no la unidad en el Espíritu.
Despertar
al demonio que cada hombre posee en su interior es el resumen de este
diálogo que Francisco hace de cómo debe ser la vida religiosa y, por
tanto, cómo tienen que ser los sacerdotes para la Iglesia.
El
sacerdote debe ser un hombre que despierta la inquietud del mundo. Es
decir, debe ser un hombre que conozca lo que es el mundo, sus problemas
sus gentes y que, en consecuencia, abra caminos en el mundo para poner a
Cristo. Primero es conocer el mundo. Irse a la periferia de la vida,
centrarse en los hombres, tener compasión por los hombres, vivir la
fraternidad, el ser amigos de todos, el ser hermanos con todos, el ser
una iglesia que lo mira todo y que lo acoge todo. Y, entonces, de esa
forma se coloca a Cristo. Pero a ¿Cristo se refiere Francisco? No al
Cristo del Evangelio, sino al cristo de la gente, del pueblo, del
hombre. Al cristo que el hombre quiere: un cristo amor, que todo lo
perdona, que todo lo da, que es ternura con todo el mundo. Un cristo que
ayuda a pecar y a seguir pecando. Un cristo que dé sólo la vida humana,
la vida material, la vida natural a los hombres. Un cristo que no
juzgue a los hombres, sino que perdone a todos los hombres, aunque sus
pecados nunca se quiten. Eso no importa, porque el pecado es algo que no
se puede quitar. Somos hombres. Pequemos, pues. La gracia es algo muy
hermoso, pero hay que pecar. Eso sí, no hay que ser corruptos. Sólo hay
que pecar. Jesús todo lo perdona, porque es Amor, es Misericordia, lo es
todo para todos.
Francisco
anuncia al Anticristo en su forma de hablar. Francisco despierta al
demonio que cada alma en pecado tiene en su ser. Francisco no ata al
demonio, sino que lo libera en cada alma.
Francisco
no conjura al demonio, sino que da un camino a las almas para ser
esclavas del demonio. Hay que despertar el mundo. Hay que despertar al
demonio que está en el mundo, que es el Príncipe del mundo. No hay que
batallar el mundo. No hay que luchar contra el mundo. No hay que odiar
el mundo. Hay que estar en el mundo y ser del mundo.
“Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemiga de Dios? Quien pretenda ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios”
(St 4, 4). Francisco es enemigo de Dios, enemigo de la Iglesia, enemigo
del Espíritu Santo, enemigo de los hombres que sigue la Palabra de Dios
como es. Francisco es amigo del demonio. Lo lleva en su ser, en su
pensamiento, lo da en sus obras.
Francisco
se ha puesto como el centro de toda la Iglesia y se cree sabio entre
los sabios. Y sólo dice estupideces a toda hora. Y tiene un coro de
estúpidos que no saben discernir ni la punta de su nariz. No ven nada.
Son unos cegatos. El Padre Spadaro es el mayor tonto de todos por dar a
conocer una entrevista que no merece la pena conocerla. Se dan las
palabras de un hereje para machacarlo no para encumbrarlo a la gloria
como hace este estúpido sacerdote. Once meses contemplando a un hereje y
todavía no sabe ver sus gravísimos errores en la Iglesia. Si Francisco
no respeta la Iglesia con sus herejías, tampoco la Jerarquía de la
Iglesia lo hace. Por eso, no se puede seguir a nadie en la Iglesia.
Están todos corrompidos, diciendo sus locuras a todo el mundo para que
el mundo las aplauda y diga que la Iglesia ya ha cambiado. Se hace
propaganda a un hereje y eso sólo significa una cosa: el tiempo ha
llegado. De aquí a unos días la sorpresa para todos y la salida de Roma,
porque no hay otro camino.
Ya
han sido profetizadas: éstas son las últimas navidades. Las que sigue
ya no serán navidades, sino la fiesta del mundo en la Iglesia.
