De pluma ajena: Desde México, en defensa de José Antonio
Publicamos aquí, de parte de un asiduo lector mexicano, una conferencia dictada en México, durante Julio de 2017.Que no te la cuenten…P. Javier Olivera Ravasi—
Desde México, en defensa de José Antonio

José Mauro González-Luna Mendoza (México)
Julio de 2017
Dos hechos orillan a hablar sobre España en estos días de verano: el
derribo en Vizcaya de una Cruz de piedra levantada en la postguerra
civil, y la pretensión de algunos de horadar tumbas en el Valle de los
Caídos. El desprecio de tradición e historia es característico de países
decrépitos dice Ortega y Gasset, de tiempos de cobardía, de naufragio
de la virilidad.
José Vasconcelos dijo alguna vez que en última instancia las Patrias se refugian en la conciencia del último hombre honrado capaz de mantener en pie su protesta.
También se podría decir, en la memoria de quien heroicamente defiende y
asume los valores específicos, eternos, intangibles de su pueblo
-dignidad humana, libertad e integridad-, sin los cuales se desintegra y
muere una nación.
José Antonio Primo de Rivera es en España ese último hombre. Espíritu
selecto, un caballero, personalidad de atalaya medida por el grado de
sufrimiento ante una España invertebrada y triste. Él ya contaba con que
la ingratitud, la injusticia, la incomprensión y el olvido “serían su
galardón, y los aceptó abnegadamente”.


En realidad, los fanáticos de derechas y de izquierdas, de hoy y de
ayer, no comprendieron su programa porque era profundamente cristiano,
porque no lo quisieron conocer o porque sus mentes eran y son de corto
alcance. Lo calumniaron, lo difamaron ubicándolo en casilleros falsos
para desprestigiar su memoria, suerte común de grandes espíritus.
Hilaire Belloc dio en el blanco en diciendo que al hombre de bien lo
detesta el mundo: Madero, muerto, González Flores -mártir cristero-
muerto, Juana de Arco, muerta, María Estuardo, muerta, Tomás Moro,
muerto, José Antonio, muerto cara al sol.
Cuando fragua la vida en el preciso momento de la muerte se conoce la
altura humana. José Antonio en cuyo nombre está todo el hombre, dio
testimonio de serenidad y nobleza ante el piquete que le canceló la
vida, con palabras de bien, nunca jactanciosas, pues el morir joven es
triste aún para los héroes.
En los 27 puntos doctrinarios de FE (Falange Española), número
imperial elegido por relieves del Arco Benevento con la visión política
de Trajano, emperador español, trazó en un noviembre del ‘34, junto con
otros grandes, el programa político para la reconstrucción de la riqueza y gloria de España. Consideraba
repulsiva, por elemental sentido histórico y cultural, toda
conspiración contra la unidad por lo que los separatismos eran un crimen
imperdonable.
Concebía una Patria, un Estado nacional, fuerte, con “sentido de catolicidad”, de TODOS, es decir, totalizador en la acepción joseantoniana de que en el mismo todos cabían sin excepción, en el que individuos, clases y grupos participarían a través del desempeño de las funciones de la familia, el municipio y el sindicato, y donde se rendiría tributo, el más alto, a la dignidad humana y a la libertad, en contraste con el concepto del totalitarismo excluyente de los colectivismos neopaganos de izquierda y derecha que no les rendían tributo, sino que al contrario, las aniquilaban con su lucha de clases fundada en el odio y la supuesta pureza racial.
Su idea de representación era por tanto de índole orgánica y
cohesionadora, frente a la artificial, mecánica y desintegradora del
parlamentarismo liberal. En la suya, eran las familias, los campesinos,
los obreros, los profesionistas, los sindicatos, quienes encarnaban tal
representación, en tanto en la de signo liberal era asumida por los
partidos tras los cuales latían mezquinos intereses de facción.
Frente a la lucha de clases del materialismo marxista y al egoísmo de
la derecha capitalista, se levanta la convocatoria de FE a una “cooperación animosa y fraterna”. Quería
José Antonio devolverle a la Patria su grandeza, apelando a las
virtudes heroicas y a la justicia social para que España toda
compartiera el pan con el pueblo entonces hambriento.
Los marxistas encasillaron a FE en el fascismo, sin
distingos ni matices de tiempo y circunstancia. Tal sistema era un
ensayo de curso corriente en la Europa posterior a la Gran Guerra. En
los días de José Antonio, ese “ismo” no tenía el carácter infamante que
después adquirió. Pero además en su momento, José Antonio dejó en claro
el asunto al asentar: “mienten quienes anuncian a los obreros una
tiranía fascista”. No podía serlo al enarbolar la Falange los valores
eternos e intangibles de la dignidad, concordia y libertad humanas, del
sentido nacional en contraste con el de la internacional, y de
catolicidad frente al del ateísmo.
El comunismo soviético, el nazismo alemán así como el fascismo italiano,
eran totalitarios en el específico sentido filosófico y de praxis
política: el de la subordinación absoluta de cada persona humana al
Estado entendido como substancia, como el todo, en franca derrota de la
dignidad humana. Tres sistemas políticos colectivistas tributarios del
materialismo con sus atroces consecuencias para la libertad. ¡Qué
contraste con los 27 puntos de Falange, henchidos de espíritu y
fraternidad, rindiendo como afirmara José Antonio, el máximo tributo a
dicha dignidad!
Y sin embargo, en esa época de principios de los años treinta
del siglo pasado, no se anticipaba el desenlace siniestro de las
políticas instrumentadas posteriormente en Alemania, la URSS e Italia, a
raíz de la Segunda Guerra Mundial. Incluso el cardenismo en
México emulaba en gran parte el corporativismo del sistema del partido
de la Italia de ese tiempo, y Stalin hacía pactos con el gobierno
nacionalsocialista que surgía democráticamente en la Alemania del 33,
antes de aliarse con el Occidente libre para ruina después de ese mismo
Occidente.
Fue la suya, la de José Antonio, obra original de filosofía política
con sus propias definiciones de los conceptos de su discurso con aire de
milicia, fruto de la síntesis de su genio: traducida su doctrina a
hechos concretos en defensa de España, primero a través de la crítica y
del grito de “presente” con que se saludaba a los caídos, y luego por
necesidad, mediante los puños y las pistolas y con la verdad eterna de
su catolicismo social. Había que arrancar del cuello español, la garra
asesina del marxismo, con Stalin a la cabeza cual Medusa, y con el Lenin
español Largo Caballero al lado, como peón de estribo del genocida.
El marxismo soviético tanto como el materialismo racial
alemán, fueron dos sistemas genocidas, con sus campos de concentración y
sus gulags, donde se asesinaron a millones de seres humanos, inocentes e
indefensos. Dos inmensos lodazales de sangre que anticiparon el
infierno. Dos formas de odio a la cultura judeo-cristiana y a sus
valores.
La izquierda asesinaba impunemente, a carcajadas y muchas veces por
la espalda, a los jóvenes falangistas para luego ya caídos, ultrajar sus
cuerpos inertes orinándose en ellos, en obediencia ciega a los amos
soviéticos que se esforzaban por doblegar a España para tragársela e
incorporarla a su tiranía. Por ello, llegó el momento de la defensa
legítima contra tales crímenes, contra tales odios, contra tales
insultos.
Por otro lado, repudiaba la Falange el sistema capitalista que se
desentiende de las necesidades del pueblo, deshumaniza la propiedad
privada y aglomera a los trabajadores en masas propicias a la miseria.
Censuraba a los partidos por fragmentar, por ir contra el sentido de
unidad. Concebía a España en lo económico como un gigantesco sindicato
de productores.
Cabe señalar que tampoco era monárquico, pues consideraba que la
grandeza de la Monarquía, la imperial, había concluido con Felipe II, y
la otra ya no respondía a los nuevos tiempos que exigían por la penuria
moral y material de España, el heroísmo de Falange Española, una “revolución de lo eterno” que es lo contrario de la otra revolución, la de los neopaganos, liberales o marxistas.
Su sentido espiritual y nacional, hizo que también repudiara el
marxismo que descarriaba a las clases laboriosas. Fue amigo de los
obreros, de los pobres, de los campesinos. Indalecio Prieto del Partido
Socialista, encomiaba en su tiempo la personalidad de José Antonio.
Unamuno quien conoció y escuchó la palabra de José Antonio, dijo de él: “uno de los cerebros más privilegiados de Europa”,
a raíz de su asesinato por los comunistas españoles en Alicante, el 20
de noviembre de 1936, en los albores de la guerra civil. Diego Abad de Santillana, anarquista: “patriotas como él no son un peligro, ni siquiera en las filas enemigas”.
Contemplaba, sentía y le dolía una España injusta, pobre, escuálida.
“Amamos a España porque no nos gusta” había dicho Unamuno. Su plan
agrario era más radical que el del Partido Comunista Español. Defendía
la tendencia a la nacionalización de los servicios del crédito para
proteger de los abusos del gran capital financiero a la propiedad
privada como medio lícito para cumplir fines individuales, familiares y
sociales -propiedades comunales frente a latifundios desperdiciados y
minifundios antieconómicos-.
Brillaba él como estrella en medio de una desoladora mediocridad
política: no quería ver a partir del primer tercio del Siglo XX, una
prolongación del XIX, como de hecho sucedió a la postre por su ausencia,
por su muerte en la flor de la vida, a los 33 años. Atisbaba una España
nueva, alegre, y que sólo los genios configuran en una síntesis de
tradición y cambio. Estuvo siempre en búsqueda de la fórmula política
idónea y original, apropiándose de lo valioso de cada sistema y
descartando lo falso de cada uno.
Todos los grandes forjadores de la historia lo han hecho: han buscado
el ideal sin despreciar nada de lo que pudiera arrojar alguna luz.
Anacleto González Flores, líder intelectual y mártir cristero asesinado
en México por el callismo en 1926 al comienzo de la Guerra Cristera,
apelaba a lo mejor de Aristóteles con su ética de la práctica de las
virtudes como ejes de la vida humana plena, no obstante su ceguera ante
la esclavitud y el papel de la mujer, a lo noble de Nietzsche, en otros
aspectos, el anticristo.
José Antonio fue el mayor tribuno de Europa, sin cuya muerte el
terror no habría sobrevenido en aquella época convulsa, como lo menciona
Ortega y Gasset en su Tríptico. Y hablando de Ortega, José Antonio tuvo
fuerte influencia de él y su España Invertebrada. También de Miguel de
Unamuno y su Sentimiento Trágico de la Vida, tan español. Sentido heroico de unidad nacional y de destino universal, como rocas sobre las que se hace perdurar un pueblo.
Enemigo de la funesta ideología sensualista desprendida de la
realidad, del ginebrino Juan Jacobo, padre que despreció a sus propios
hijos y padre de la tiranía de las mayorías a las que debían manipular
unos pocos pícaros, lo de hoy y antaño; teórico de la democracia
liberal, cuya filosofía es dudar de todo, incluso de la conveniencia de
su existencia política misma, como alguien sabio dijo alguna vez no sin
sarcasmo y que equivale en la práctica, salvo excepciones insulares, a
un nauseabundo escamoteo de números.
Hoy el clamoreo de los mediocres y de los beatos de
toda índole, de los tenderos de izquierda y derecha, cae en el vacío
porque los grandes espíritus, los vivos y los muertos, son capaces de
soportarlo todo, a veces en silencio, como Cristo ante el gran
Inquisidor.
Son esos mediocres cortos de vista y filisteos, los que siempre han
pretendido destruir la difícil unidad lograda a lo largo de los siglos
por los que aman a España, desde Don Pelayo y el Cid pasando por Isabel
de Castilla y Fernando y la reconquista de Granada, hasta el César
Carlos V y Felipe II. Esa unidad es la que defendía José Antonio hasta
el martirio en Alicante. La unidad de historia y destino compartidos en
la diversidad genera grandezas; la desunión, decadencias.
España y mi patria mexicana, hija como tantas, del mestizaje de españoles y de indígenas,
hecho cultural objetivo cuyo desconocimiento por los adversarios de la
Fe Católica y su tradición cultural, ha impedido la conciencia plena de
identidad nacional, son irrevocables. España no es de nadie en
particular, menos podía serlo de los soviéticos de entonces, de los
envidiosos de la personalidad de José Antonio, única por su genio,
nobleza, generosidad y valentía.
Pertenece José Antonio a la legión de héroes que han resistido y
combatido a los enemigos del bien y la verdad; pertenece a las víctimas
de la historia encabezadas por el Nazareno de 33 años, y de las que
hablara encomiablemente el último Horkheimer, el anhelante de justicia.
A España la amamos porque nos enseñó el castellano que entraña una filosofía de la vida y nos trajo la Fe católica,
y porque a diferencia del puritano de Inglaterra que arrojó a la mujer
indígena en reservaciones, despreciándola, el español la abrazó para
fundar una nación -Paz se equivoca en su Laberinto – anticipado en
varios de sus temas por el filósofo Samuel Ramos- al desnaturalizar por
influencia protestante, el sentido de tal encuentro, encuentro creador
de un pueblo nuevo que recuerda el rapto de las Sabinas, fundador de
Roma.
Hoy en plena época decrépita, de enanismo político, ningún partido
español parece representar siquiera mínimamente los valores intangibles
de la España anhelada para el porvenir por José Antonio. Muestra ella
síntomas del vértigo de los derrumbes, de las desbandadas, de
las ingratitudes al pretender horadar la tumba de José Antonio en el
Valle de los Caídos para descargar los restos en cualquier fosa, como lo
hicieron los fanáticos de la Francia del odio y del terror con la
profanación de la tumba de San Luis, el cruzado, hijo de Blanca de
Castilla, el patrono de Francia con Juana de Arco.
Y al igual que el resto de Europa, practica España el vicio
de darle la espalda al espíritu que le dio vida, a la cultura cristiana
que se dilató victoriosa a partir del Siglo XI medieval, y que formó el
Occidente civilizado y su forma de vida, siempre en tensión, en trance
de superación o aniquilamiento.
Tumbar Cruces y gritar la Internacional, trabajo y aullido de tribu.
Ojalá que pronto resurja en España el espíritu joseantoniano adaptado a
estos tiempos, que por ser materialistas, auguran paradójicamente
renacimientos morales, según Max Scheler en su Sociología del Saber. El porvenir español exigiría una moral abierta a la concordia, como la de Bergson.
¿Dónde está la España milenaria, la del Cid, Cervantes y Juan de
Austria, ante el derribo de la Cruz, escondida y acobardada frente a
unos cuantos fanáticos, enfermos de odio? ¿Dónde los católicos
españoles?
En tanto, pues no hay mal que dure cien años, parece sólo caber por
ahora el testimonio viril, la resistencia de las víctimas de una época
obscura, mezquina, cobarde, animalizada, que encara el eclipse de Dios como señalara Martin Buber.
“Esperar contra toda esperanza”, y aun suponiendo sin
conceder, que nos deparara la nada, pensar trágicamente como Unamuno:
que ello sería una injusticia. La historia y la política no son
por fortuna el núcleo de lo humano, son como dice Rilke, la periferia
de una esencia íntima, alegre, sencilla, serena, interior de cada
persona, donde habita el espíritu en búsqueda obstinada de eternidad.
Solamente una obra de arte puede expresar ese interior luminoso. José
Antonio y su conducta fueron, son y serán en el porvenir, obras de arte.
José Antonio, presente junto a los compañeros.
José Mauro González-Luna Mendoza
(conferencia en el Club de los Macabeos, en la Ciudad de México en julio de 2017)
