martes, 22 de octubre de 2019

A NUESTROS LECTORES


INFORMAMOS A NUESTROS LECTORES



PROPUESTO  POR  UNO  DE LOS PRINCIPALES ANIMADORES DEL BLOCK, https://elquijotesiglo21.blogspot.com/, ANTE LA DISPOSICIÓN FIRME DEL ABANDONO DE NUESTRA LABOR EN EL PORTAL, POR LA FALTA DE INTERÉS EN EL TEMA, POR PARTE DEL SECTOR DE LECTORES, DE LO QUE DEBIESE SER GENERAL DE TODO ARGENTINO, MOTIVÓ CON LA IDEA, A NO RENDIR LA ACTIVIDAD INICIADA YA EN EL AÑO 2012.
A TAL MOCIÓN, AGREGÓ LA DE TRATAR DE CONTINUAR, CON LA APLICACIÓN DE UN DISTINTO FORMATO AL MUESTREO DE LA PÁGINA CON OTROS ATRACTIVOS Y NOVEDADES.
SOLICITAMOS ENTONCES AL JOVEN QUE ORIENTA TÉCNICAMENTE E INSTRUYE AL PEQUEÑO GRUPO DE “ANCIANOS” QUE GIRA TRAS ESE TRABAJO, DESILUSIONADOS POR LA MERMA DEL NÚMERO DE VISITAS ACTUAL, Y SUPO INFLUIR CON SUS APORTES, A QUE ESTUVIÉSEMOS EN LA WEB LAS 24 HORAS DEL DÍA, SUMANDO PEQUEÑOS DETALLES PARA LA EMISIÓN DEL BLOG. 
ENTENDIMOS POR LO TANTO, QUE PODRÍAN RESULTAR ESOS CAMBIOS, DE BUEN USO Y BENEFICIO A SUS DESTINATARIOS, A NUESTROS PROPÓSITOS Y TODO COMPATRIOTA DE BUENAS INTENCIONES. 
ENTENDIENDO QUE LA "SECTAS" QUE INTEGRAN EL SISTEMA DE INFORMACIÓN PUBLICA, NO ES SOLIDARIO EN CUMPLIR CON EL RELATO FIEL DE LA VERDAD EN LOS ACONTECIMIENTOS ACTUALES COMO AUTÉNTICOS MOTORES DE ESE FIN, TRANSFORMADO MAS BIEN, EN UN  ACTIVO PROPULSOR DE CONSTRUIR SU SEPULTURA, ES DECIR NO DIFUNDEN NOTICIAS VERDADERAS E IMPORTANTES, EN TODO NECESARIAS PARA EVITAR CONFUSIONES, OCUPÁNDOSE EN QUE EL PUEBLO NO IDENTIFIQUE EL BIEN COMÚN NI ORDEN NATURAL.
ASÍ DESDE HOY MISMO, COMENZAMOS A ELABORAR EL NUEVO FORMATO IDEADO,  PESE A QUE TEMERESOS SUPONEMOS QUE TODA NOVEDAD, ORIGINE MAYOR DEDICACIÓN Y ESFUERZO EN SU ELABORACIÓN. 
EN RESÚMEN, NOS HIZO ILUSIONAR DE INMEDIATO EN EL ÉXITO DEL ESTILO PROPUESTO Y A DEDICARNOS A ELABORAR LA NUEVA EDICIÓN.
POR LO TANTO, LAS NOTICIAS DIVULGADAS HABITUALMENTE SERÁN EMITIDAS EN CONSIDERABLE MERMA TRANSITORIAMENTE, E IGNORAMOS EL TIEMPO QUE DEMORARÁ SU TOTAL ACTUALIZACIÓN.
 
ADMINISTRADOR

LOPEZ REGA EL PERONISMO Y LA TRIPLE -A-


20 CAPITULOS

LOPEZ REGA,EL PERONISMO Y LA TRIPLE -A-

-LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE -A-
 -Por Marcelo Larraquy-
 
 
SUGERIMOS SEAN LEIDOS ESTOS LIBROS:

1-LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE A

2-EL BOGOTAZO LIMPIO 
Hace poco tiempo, conocí dos libros en los que del "TRES VECES"  mandatario máximo de nuestro país Gral. JUAN DOMINGO PERON, revelan actitudes seriamente comprometedoras y especialmente desdiciendo todas sus "MARAVILLOSAS OBRAS" y condiciones de "ESTADISTA GENIAL", involucràndolo en tenebrosas cuestiones. Se tratan de "LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE A" de Marcelo Larraky y "EL BOGOTAZO LIMPIO de Servando González". 
¿Porqué podría haberse demorado tanto tiempo en conocerse hechos como estos? , donde PERON era uno de su principales actores?. 
No existen dudas para mí, que lo que de allí conocerán, han sido ocultadas intencionalmente malintencionadañente para maniobras futuras. 
Los términos expuesto en ambos textos, volveremos a difundir  en el http://elquijotesiglo21.blogspot.com.ar/ evidenciando "MITOS PERONISTAS":  traducidas en peores degradaciones y falta de sentido común que el inaceptable régimen  DEMOCRATICO pudo haber enarbolado, creando su "NUMEROLATRICA OBRA", que consisten solo en falacias y argucias despreciables creadas por próceres inexistente y causantes al mismo tiempo, de los desastres que azotan toda nación. 
LA MASONERIA es el móvil básico de esas gestiónes, es capaz de esto y mucho mas, junto a la llamada "PRENSA LIBRE", servidora fiel al "COMUNISMO ATEO". Culmina su labor conjunta en transformar y hace transfornar al hombre en vulgar servidor de los poderosos de la tierra, activando sensaciones económicas y generales, que nos agobian al extremo y pareciendo convertirnos en seres irracionales. 
Emitiendo finalmente la totalidad de `la "obra", "elaborando un medio de la "sociedad inocente e impensante al extremo, concluyendo en lo inentendible de hacernos creer que actuamos como electores de nuestro gobernantes. 
Una vez perplejo y entendiendo muy poco, el ciudadano imprevisto y descuidado, se arrodilla al servicio los poderes ya mencionados. Encontrará ambas obras para su lectura disponible en el blog y concluirá conociendo, las sinuosas actividades entrelazadas de la CIA, FIDEL CASTRO, PERON, EL PERONISMO OCULTISTA, Y EL PERFIDO  PERIODISMO, trabajando para la instauración del NUEVO ORDEN MUNDIAL.




































 






























EL JUDIO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA (5)


Resultado de imagen para padre julio meinvielle
CAPÍTULO IV
LOS JUDÍOS Y EL MISTERIO DE LA HISTORIA Y LA ESCATOLOGÍA
De lo que llevamos dicho surge la importancia excepcional que tiene en la humanidad el pueblo judío. Es un pueblo que acompaña a la humanidad en todo el proceso histórico. Ha habido pueblos que se han singularizado en un lugar del mundo, o que, si han sido singulares en todo el Universo, lo han sido por breve tiempo. Así los grandes imperios de la antigüedad y aun los modernos como los de España, Francia o Inglaterra. El pueblo judío, en cambio, está activo en todo el proceso de la historia y en lo más vivo del proceso. Esto nos corresponde aclarar ahora, haciendo previa mente una consideración de tipo teológico sobre la marcha de la historia.
LAS DOS HISTORIAS EN UNA ÚNICA HISTORIA
La trama histórica es un tejido complejo y heterogéneo de diversas acciones que cumplen distintos protagonistas por motivos muy diferentes. El hombre ocupa el lugar central de esta trama. Si no hubiera habido humanidad, es decir, un ser sensible, inteligente, no habría habido historia. Al menos historia como la muestra de acontecimientos de seres inteligentes, cuyas acciones se desarrollan en un proceso evolutivo. El hombre, de múltiples dimensiones, toca a lo más alto y a lo más bajo de la creación, de modo que su actuación compromete a todo el universo. Pero por encima del hombre hay un protagonista particularmente singular que asume la iniciativa de todo lo bueno que se encuentra en esta trama. Si siempre es verdad la enseñanza del Apóstol (Sant. 1, 17) de que todo don y toda dádiva perfecta vienen de arriba, lo es singularmente en la historia. Porque la historia es una trama de hechos singularísimos e imprevisibles que sólo puede escribir quien domine todo el curso de los acontecimientos. Si, de ser posible, fueran las criaturas quienes como autores principales la escribieran, se haría tan confuso y enredado el trazado, que se tomaría imposible la mera marcha del proceso histórico.
La historia comienza con la creación. Y en la creación es Dios quien torna la iniciativa. En el principio creó Dios el cielo y la Tierra (Gén. 1, 11). Y Dios continúa actuando en la humanidad para dispensar lo bueno que hizo en el comienzo. Y vio Dios ser bueno cuanto había hecho. (Gén. 1, 31). Las intervenciones divinas se hacen cada vez más urgentes e indispensables a medida que el hombre desordena con su actuación el plan que Dios ha impuesto a las cosas. Y siempre es admirable Dios en dar orientación y sentido a las acciones disparatadas de los hombres. El Apóstol no sale de su admiración precisamente al contemplar la sabiduría divina que ha trazado al proceso histórico inescrutable sentido ¡Oh profundidad -exclama (Rom. 11, 33)- de la riqueza, de la ciencia y de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!
Si Dios tiene la iniciativa en el bien, la criatura la tiene en el mal. Y en el caso de la historia, es el hombre quien, bajo la sugestión del demonio, asume la responsabilidad de lo malo. El Génesis nos refiere cómo cumple esta tarea la primera pareja humana.
En la historia hay, entonces, protagonistas visibles e in visibles. Allí actúan los individuos, los pueblos, las civilizaciones y las religiones. Detrás de todos los hechos históricos está, en definitiva, el hombre con todas sus inacabables virtualidades. También actúan otras fuerzas de la naturaleza, incluidas las influencias de los astros. Pero actúan también los ángeles, los demonios y, por encima de todo, con inefable trascendencia, Dios.
Si miramos la cosa desde el punto de vista puramente humano, pensaríamos descubrir dos historias. Una que escribe Dios con su intervención especial en las cosas humanas, la otra que escribe el hombre. 
Una historia diríamos santa, y una profana. La historia santa, constituida por las intervenciones divinas en las codas humanas, en la tarea especial de cumplir el plan que ha trazado el divino designio. Hay, entonces, una acción misteriosa del mismo Dios, que se inicia en la creación, continúa en la preparación del Mesías, culmina con la redención de Cristo resucitado y se ha de cerrar con la muerte del último elegido. Esta acción divina continúa
dispensando las gracias a los elegidos y acomodan do el curso de los acontecimientos humanos a esa dispensación de gracias. Y Cristo, la gracia máxima, es el centro de esa dispensación. Cristo en el misterio de su resurrección, victorioso del pecado y de la muerte. Unas gracias y unas intervenciones preparan el cumplimiento de este hecho central, otras lo cumplen y realizan en el tiempo, otras, en fin, le entregan, "traditio", a las sucesivas generaciones humanas, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios. cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo. (Ef. 4, 12). La Historia Santa es, en definitiva, la historia de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo Místico.
Hay otra historia, una historia profana, que escribe el hombre marcando su huella en todos los rincones de la tierra. Ésta es la historia de las diversas civilizaciones que se suceden en el predominio de los acontecimientos humanos. Aunque parece aquí prevalecer la voluntad del hombre, adviértese, sin embargo, una dosis grande de necesidad, de fatalidad, "fatum", por donde se vislumbra cómo la acción providencial divina condiciona y cómo dirige la marcha de los acontecimientos humanos hacia fines cuyo conocimiento se reserva.
Es que en realidad no hay sino una única historia, la que escribe Dios con el concurso de todas las criaturas. Esta historia es un drama grandioso, con su principio, con su nudo y trama y con su desenlace. La augusta Trinidad inicia el desarrollo escénico con la obra de la creación. La criatura inteligente, creada gratuitamente por Dios, desordena con su pecado el primitivo plan divino sembrando desorden donde Dios puso orden. Dios aprovecha la culpa y el desorden del hombre para la realización de un plan más admirable de reparación, donde resplandezca su justicia y su divina misericordia. Cristo resucitado es la pieza maestra de este plan. Y con Cristo, sus elegidos. Cuando el Cuerpo de Cristo logre su plenitud, la historia habrá terminado.
Es que la historia, la que realizan los hombres, la profana, la que está constituida por la trama de las pasiones humanas en un afán loco por
apoderarse de la tierra, no es más que un soporte secundario en el que Dios escribe su gran historia, su única historia. Porque Dios, que habita en la plenitud de la eternidad sin sentir ninguna especie de necesidad, por un acto libérrimo de su bondad ha querido comunicarse misteriosamente a las criaturas en grado más y más perfecto, y ha cumplido en el tiempo, en actos irreversibles y singulares – hapax -, como un acrecentamiento de la inefable vida trinitaria. El Hijo de Dios, al hacerse hombre, introduce al hombre, y con él a toda la creación, en el seno mismo de Dios. Toda la historia, con sus ruidosos acontecimientos, se ordena a que Cristo, con los elegidos, entre en el seno de la misma deidad.
Por esto las Escrituras han dicho dos palabras que son la clave de la historia. Escribe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (3, 20): El Señor conoce cuán vanos sin los planes de los sabios. Nadie, pues, se gloríe en los hombres, que todo es vuestro: ya Pablo, ya Apolo, ya Celas; ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero; todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. Dice el Apóstol aquí que nadie debe gloriarse en aquello que le es inferior, sino en lo que le es superior, porque, como enseña el Salmo 8: Todo lo pusisteis bajo sus pies. Ahora bien, están debajo de cada fiel, en primer lugar, los ministros de Cristo, sea Pablo que plantó, sea Apolo que regó, sea Pedro que tiene el gobierno universal de las ovejas de Cristo, según aquello de la 2 Cor., 4, 5: Nosotros, en cambio, vuestros siervos por Jesucristo. Quiere decir que el orden religioso, y en consecuencia buena parte de la Historia Santa, está al servicio de los predestinados. En segundo lugar, "el mundo" también está debajo de cada fiel y le sirve en cuanto satisface sus necesidades o le ayuda al conocimiento divino, según aquello (Sab. 13, 5): Por la hermosura y grandeza de la criatura. En tercer lugar, ya la vida, ya la muerte, es decir, todos los bienes y todos los males de este mundo, ya que por los bienes se conserva la vida y por los males se llega a la muerte. En cuarto lugar, ya lo presente, ya lo venidero, porque con aquello nos ayudamos a merecer, y esto se nos reserva para el premio según aquello No tenemos aquí ciudad permanente. (Hebreos, 13, 14).    De este modo hay tres ordenamientos de la historia. F1 primero es el de las
cosas de Cristo a los fieles. Todo es vuestro. El segundo, el de los fieles de Cristo a Cristo. Vosotros sois de Cristo. El tercero, el de Cristo, en cuanto hombre, a Dios. Y Cristo es de Dios. En estos tres ordenamientos está encerrado todo el drama de la historia, de la única historia, en la cual el conjunto de las criaturas se mueve para ejecutar y cumplir el plan divino. Por ello es tan profunda la enseñanza de Santo Tomás, quien ha visto que la historia, constituida por el movimiento de los hombres y de las criaturas, no tiene -como no lo tiene ningún movimiento- un fin en sí misma, sino fuera de sí. Por el movimiento, dice De Pot 3, 10 ad 4 y 4, con el cual Dios mueve las criaturas, se busca y se intenta otra cosa que está fuera del movimiento mismo, a saber completar el número de los elegidos, el cual, una vez obtenido, cesará el movimiento, aunque no la sustancia del movimiento.
Quedaría por explicar cómo se verifica que los acontecimientos humanos, que al parecer se mueven casi exclusiva mente por los designios de los hombres en oposición a los designios divinos, pueden en definitiva ordenarse al cumplimiento exactísimo de los divinos designios. San Pablo, haciéndose eco de unas palabras de Job, 5, nos da la explicación de este modo misterioso: Pues escrito está, dice, Dios caza a los sabios en su astucia. Y Santo Tomás comenta: Caza Dios a los sabios en su astucia porque por esto mismo que maquinan astutamente contra Dios pone Dios obstáculo a sus designios y cumplen lo que se propone, así como por la malicia de los hermanos de José, que querían impedir su principado, se cumplió por la divina ordenación que José, vendido a Egipto, alcanzara el poder.
DE LOS MOVIMIENTOS QUE MUEVEN LA HISTORIA PROFANA

El que Dios oriente todos los acontecimientos de la humanidad según un modo especialísimo y misterioso para la edificación del Cuerpo de Cristo, no impide, sino, al contrario, exige, que todos los acontecimientos se desenvuelvan también por causas propias puramente humanas. De este modo, la historia profana -lo que San Agustín llama ciudad terrena- tiene su sustancia y su ritmo propios, diferentes sino divergentes de los de la Ciudad de Dios. Los Libros Santos refieren ya que Caín, después que tuvo a su hijo Enoc, púsose a
edificar una ciudad, a la que dio el nombre de su hijo Enoc; cuenta también que de los descendientes de Caín, Tubalcaín -el primer metalúrgico- fue forjador de instrumentos cortantes de hierro y de bronce. Después del diluvio nos muestran a los hombres concentrando sus esfuerzos en una tarea exclusivamente civilizadora, en la edificación de la ciudad de Babel, hasta que el Señor, con la confusión de las lenguas, los dispersó por el haz de la tierra.
Los Libros Santos no se ocupan ya en adelante de la historia profana, sino que, con el relato de Abrahán, entran en la historia Santa propiamente tal, y de ella se ocupan casi exclusivamente hasta el Apocalipsis. Pareciera que Dios abandonara la ciudad de los hombres a sus propios designios. La ciudad de los hombres nada tiene que ver con la de Dios, al menos directamente. Su vida se desenvuelve en un movimiento y en una dialéctica propia. Hasta pudiera pensarse algo más, y es que la estructura y la dinámica de las civilizaciones y de la vida profana de los hombres caen bajo el dominio del "Príncipe de este mundo". No porque sean en sí malas, sino porque éste adquirió sobre ellas posesión al ceder el hombre a su sugestión. Cierto que Cristo trabó combate contra el diablo en las tres tentaciones y le venció definitivamente en la cruz, pero sobre otro terreno y con otras armas. Sobre el terreno de la historia santa y con armas específicamente santas. 
De aquí que la historia profana se mueva bajo el alto dominio del príncipe de este mundo. San Juan parece indicar las grandes leyes de la dialéctica de las civilizaciones.  Dialéctica de la voluntad de poder por la dominación de unos pueblos sobre otros pueblos -orgullo de la vida-; dialéctica del enriquecimiento sin límites con la miseria y sujeción correlativa de los más débiles -concupiscencia de los ojos-; dialéctica de los celos y rivalidades sexuales -concupiscencia de la carne-. Por esto San Juan contrapone la Historia Santa a la historia profana: Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo está todo bajo el maligno. (1 Carta, 2, 16).
San Pablo muestra, asimismo, la contraposición de la dialéctica del mundo, en la que hay rivalidad de judío y de griego -luchas por la dominación política-; de amo y de esclavo -luchas de dominación económica-; de varón y
de hembra -lucha por las satisfacciones carnales-; a la ciudad de Dios, en que todos sois uno en Cristo Jesús.
Las grandes pasiones de los hombres que estudian, analizan y combaten los Libros Santos son el motor del movimiento histórico de las civilizaciones. El cosmos corre hacia una unificación universal, bajo el férreo poderío del más fuerte. Toynbee ha visto bien cómo la civilización declina en una humanidad que progresa en la carrera por conseguir armas cada vez más poderosas. Un imperio sucede a otro imperio, una civilización a otra civilización. Pero si la voluntad del más fuerte tiene fuerza de ley, la sustancia profana de la historia es amasada en la injusticia y camina a la degradación, y por aquí a la barbarie. Por esto, cuando una civilización se ha fortalecido devorando a la anterior que había entrado en decadencia, emerge por un momento en explosión de pujanza, pero luego declina de inmediato, para entrar en estado crónico de barbarie o en la muerte. Si atendemos a la sustancia misma de que están formadas, ésta es la ley que rige a las civilizaciones. Ley del nacimiento y de la muerte, propia de todos los cuerpos naturales. En este plano de la substancia profana de la historia, la tesis de Spengler parece definitiva.
Pero el grave error de Spengler es creer que la historia profana de los pueblos debe ser la única historia. Será quizá, la única que puedan escribir los hombres. En esta misma historia que escriben los hombres, urgidos por la dialéctica de la triple concupiscencia, Dios escribe otra historia, la verdadera historia, la historia definitiva.
Pero si es cierto que el orden profano de la historia no ayuda directamente a la historia verdadera que escribe Dios en la edificación del Cuerpo de su Unigénito, es cierto que de manera indirecta, pero efectiva, también le sirve. Porque es en el mundo donde se edifica esta historia verdadera, aunque no se edifique ni con el mundo ni del mundo. La Historia Santa está insertada en la profana y mezclada en ella. La buena semilla es sembrada en el campo de la historia profana.
Ello determina que la historia profana cumpla una serie de servicios en favor de la Historia de las almas, cuya naturaleza y medida sólo Dios conoce.
San Pablo fijó también esta ley: Sabemos -enseña- que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son escogidos. De aquí se sigue que lo que acaece en los escogidos, que son las partes más nobles del universo, no se hace en beneficio de otros, sino de ellos mismos. No así lo que acaece en los hombres que han de ser reprobados ni en todos los seres inferiores de la creación, pues éstos se ordenan para el bien de los escogidos. Y así como el médico provoca una herida en el pie para curar la cabeza, así Dios permite el pecado y el mal en unos seres para el bien de los escogidos. Para que se cumpla la palabra de la Escritura: el necio servirá al sabio, esto es, los pecadores a los justos. (Santo Tomás in Rom. 8, 28).
Por aquí aparece cómo la historia profana está sostenida por la Historia Santa. Y si es cierto que la obra de Dios en los suyos no se cumple sino en el ancho y turbulento campo del mundo, sujeto a su vez a la dialéctica de la triple concupiscencia, y si esto crea una interdependencia entre las dos historias, no se sigue que la historia profana arrastre hacia sí a la Historia Santa, sino, por el contrario, que es ella la arrastrada y atraída por ésta. Pues los Santos juzgarán al mundo y lo vencerán.
LOS JUDÍOS EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA

La historia, en todos sus movimientos religiosos y profanos, se mueve al servicio del Cuerpo Místico de Cristo. A través de la historia se está completando el Cuerpo del Señor. Y el trabajo de incorporación de nuevos miembros al Cuerpo de Cristo se cumple por la fe. Sin la fe es imposible agradar al Señor. (Heb. 11, 6). Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no lían creído? ¿Y cómo pueden creer sin haber oído de Él? ¿Y cómo pueden oír si nadie les predica? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? (Rom. 10, 14). De aquí que estén estrechamente unidos la historia, el Cuerpo Místico de Cristo, la fe, la predicación del Evangelio y la misión de los evangelizadores. La historia no tiene otra razón de ser que explayar el tiempo que se necesita para que los pueblos abracen la fe cristiana. Y este tiempo, a su vez, está condicionado por la fuerza y el ímpetu con que se haga oír la predicación por los pueblos de la
tierra. Y a su vez este ímpetu de la predicación depende de la fuerza con que arraigue la fe en los pueblos para que se susciten misioneros que difundan el mensaje evangélico. La Iglesia está en estado de misión desde el día en que Cristo la ha privado de su presencia visible. Y los pueblos cristianos, que han recibido el mensaje evangélico, tienen que constituirse en portadores de este divino mensaje a otros pueblos. La predicación del Evangelio justifica así la pervivencia de la historia. Cuando el Evangelio haya llegado a todos los pueblos, la historia debe cesar. Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo para todas las naciones, y entonces vendrá el fin. (Mt. 24, 14).
La vida de las naciones, por tanto, en la presente economía, tiene su razón de ser en la predicación del Evangelio. Pero a su vez la predicación del Evangelio está trabada y como frenada por una tensión fundamental que proviene del odio del judío contra la evangelización de los gentiles. Los judíos, como categoría histórica permanente, desempeñan este papel de ser los enemigos del Evangelio, que se oponen con toda su furia a que los gentiles se conviertan. Esta ley -ley histórica- la enuncia San Pablo en una serie de textos, cuya fuerza es necesario destacar. El más significativo es de 1 Tes. 2, 15, Allí dice: Los judíos, aquellos que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguen, que no agradan a Dios y están contra todos los hombres; que impiden que se hable a los gentiles y se procure la salvación. Mas la ira viene sobre ellos y está para descargar hasta el colmo. Difícilmente se podrá resumir en menos palabras la culpa y el alcance de la misma que pesa sobre el pueblo judío. Se oponen a la predicación evangélica al dar muerte a Jesús, autor principal de la misma, y a los profetas que la prepararon; y persiguiendo a los apóstoles que la difunden. No agradan a Dios, aunque piensan lo contrario. 
Están contra todos los hombres. San Pablo enuncia aquí la ley explicativa de la enemistad permanente como categoría histórica del pueblo judío contra todas las naciones. Y aclara de qué manera se oponen a todos los pueblos; es, a saber, impidiendo su evangelización y salvación, Éste es el papel del pueblo judío: sembrar la corrupción y la ruina de los pueblos,  sobre todo de los cristianos. 
Esta ley de persecución de la Sinagoga contra la Iglesia a expone también San Pablo en Gál. 4, 28, donde dice: Y vosotros, hermanos, sois hijos de la promesa, a la manera de Isaac. Mas así como entonces el nacido según la carne perseguía al nacido según el Espíritu, así también ahora. Ismael, hijo de Abrahán por la esclava Agar, perseguía a Isaac, hijo de Abrahán por Sara. Así la Sinagoga persigue a la Iglesia. De modo permanente y fundamental como una categoría histórica. 
Y como la Iglesia está en estado de misión, llevando el Evangelio a todos los pueblos a través de la historia, la Sinagoga traba esta tarea y el plan de evangelización.
Por ello la Iglesia, con gran sabiduría y adoctrinada por el Apóstol sobre las intervenciones de la Sinagoga, cuando tuvo fuerza en lo temporal se opuso a la entrada de los judíos en los pueblos cristianos. Sabía que era un pueblo peligroso, que acechaba la perdición de los cristianos. Pueblo sagrado, sin duda, no había que perseguirlo y debía ser tratado con respeto, como correspondía a la grandeza de sus padres. Pero pueblo enemigo, del que era necesario precaverse y defenderse. La disciplina del ghetto se acomodaba a su triste condición.
Los judíos, desde el ghetto, aunque impotentes para asestar golpes mortales contra la cristiandad, maquinaban de mil diversas maneras para perder a los pueblos cristianos. Disponían de dos armas poderosas: un conocimiento dialéctico de la palabra de Dios que les daba la ciencia rabínica, y con el que podían forjar toda clase de herejías, y el poder del oro con qué corromper las costumbres, sobre todo de los poderosos. Hicieron algún mal, pero desde fuera, sin llegar a apoderarse del control de las sociedades. 
Pero cuando el fervor cristiano se enfrió y los pueblos se paganizaron, la sociedad otrora cristiana abrió sus puertas a los judíos. La Revolución Francesa, que señala la muerte de la sociedad cristiana, introduce en su seno a los judíos. Desde allí, dentro, y alcanzando cada vez más poderío, los judíos logran corromper cada vez más profundamente a los pueblos cristianos. Con el liberalismo, el socialismo y el comunismo disuelven todas las instituciones
naturales y sobrenaturales que había consolidado el cristianismo. La estructura de las naciones cristianas se rompe. Los pueblos ya no se proponen objetivos misionales ni empresas políticas. Se transforman en conglomerados de individuos movidos por el bienestar puramente económico, el cual, a su vez, no pueden alcanzar sino en dependencia y al servicio de los judíos, que se convierten en amos de la riqueza mundial. 
La tensión judío-gentil que ha establecido Dios en el se no de las naciones se acrecienta a medida que éstas se alejan de Jesucristo. Y con razón. Porque esta tensión sólo puede desaparecer en el cristianismo. San Pablo lo enseña categóricamente: En Cristo no hay judío ni gentil. (Gál. 3, 28). Por tanto, si las naciones no quieren caer bajo la dominación del judío, tienen que someterse al yugo suave de la ley de Cristo. Si, en cambio, rechazan el reinado público de Jesucristo, habrán de caer necesariamente bajo la dominación judaica. La ley de la tensión dialéctica de judío y gentil opera necesaria mente con rigor teológico. Y la Europa otrora cristiana, que debió ser portaestandarte del Evangelio a todos los pueblos del Universo, ahora judaizada, lleva la explotación y la ruina a los pueblos paganos, creando allí obstáculos insuperables a la predicación del Evangelio.
EL MISTERIO DE LA TENSIÓN DE JUDÍOS Y GENTILES EN RELACIÓN CON LA HISTORIA
Esta ley de tensión dialéctica entre judíos y gentiles, que San Pablo denuncia en 1 Tes. 2, 15, y que rige la evangelización de los pueblos, tiene que fundarse en alguna disposición misteriosa de la Providencia en la presente economía. San Pablo así lo enseña en los capítulos nueve, diez y once de la Carta a los Romanos. Vamos a puntualizar sus enseñanzas, para mayor claridad.  
• 1) Existe una superioridad y preeminencia del judío sobre el gentil. Como es sabido, la elección divina en favor de este minúsculo pueblo llena páginas maravillosas del Antiguo Testamento. El Apóstol no deja de recordárselo a los orgullosos romanos.
Tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal; primero sobre el judío, luego sobre el gentil; pero gloria, honor y paz para todo el que hace el bien, primero para el judío, luego para el gentil. (Rom. 2, 9).
Si es cierto que tanto judíos como gentiles son pecadores inexcusables (Rom, 2, 1), sin embargo los judíos tienen una superioridad que San Pablo reconoce abiertamente: ¿En qué, pues, aventaja el judío o en qué aprovecha la circuncisión? Y contesta: Mucho, en todos los aspectos. Porque primeramente le ha sido confiada la palabra de Dios. (Rom. 3, 1).
Pero, podrá argüir alguno, los judíos han sido infieles y se han hecho indignos de las divinas promesas. Contesta el Apóstol: ¡Pues qué! Si algunos han sido incrédulos, ¿acaso va a anular su incredulidad la fidelidad de Dios? Y en Rom. 11, 28, añade: Por lo que toca al Evangelio, son enemigos para vuestro bien, mas según la elección son amados a causa de los padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. 
• 2) Pero la superioridad que Dios ha adjudicado al judío le viene de la fe y no de la carne.
La tentación permanente del pueblo judío ha consistido en creer que su grandeza le venía puramente por su linaje carnal y no por la fe. Es claro que su linaje carnal era grande, por cuanto debía ser el vehículo que nos trajera al Salvador. Pero era grande por el Salvador y porque Dios en sus designios había elegido su linaje y no otro para traemos al Salvador. San Pablo señala fuertemente esta verdad en Gál. 3, 6, haciendo ver que la grandeza de Abrahán no consistió en su carne, que por ella fue padre de Ismael de la esclava Agar,  sin que ello le trajera ninguna gloria; su grandeza consistió en la fe, en que creyó, creyó que Sara, su mujer, anciana ya, le daría a Isaac, hijo de la Promesa, y tanto creyó Abrahán, que no dudó en obedecer al mandato divino y sacrificar a su unigénito. La fe salva. La ley y la carne pierden porque son una maldición. Y Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues escrito está: "Maldito todo el que está colgado del madero", para que la bendición de Abrahán se extienda sobre las gentes en Jesucristo y por la fe recibamos la promesa del Espíritu.  
• 3) La tensión judío-gentiles, con la superioridad del judío sobre el gentil, termina dentro del cristianismo.
Esta categoría histórica que significa la tensión dialéctica de judíosgentiles, que ha de regir toda la historia en la teología de San Pablo, termina en el Cristianismo. No con término temporal, sino suprahistórico.
Cuando judíos y gentiles entran en la Iglesia, hacen profesión de Cristo, en el cual termina toda división. Así lo enseña el Apóstol en Gál. 3, 26: Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús.
El Cristianismo no se realiza de una vez, sino que se cumple progresivamente en el proceso histórico. Las tensiones, y en especial la de judío y gentil han de existir para que se cumpla el proceso de evangelización de los pueblos. Por ello el judío se hace presente en todos los pueblos a la par de los misioneros. Si en cierto modo su presencia confirma el mensaje evangélico como cumplimiento de las profecías, de otro modo él es el contradictor auténtico de Cristo y del Cristianismo, que impide que se hable a los gentiles y se procure su salvación. (1 Tes. 2, 16). 
Pero una vez convertidos: tanto el judío como el gentil, nada tienen que temer a los Judíos. No porque éstos no acechen sino porque sus acechanzas son vanas para el que está unido a Cristo. 
• 4) Hay, pues, un gran misterio con respecto a los judíos, y es que parte de ese pueblo ha sido reprobado para que pudieran ser salvos los pueblos gentiles.
El apóstol nos enseña que parte de Israel ha sido reprobada. En Rom. 9, 30, enseña abiertamente: Pues ¿qué diremos? Que los gentiles, que no perseguían la justicia, alcanzaron la justicia; es decir, la justicia por la fe, mientras que Israel, siguiendo la ley de la justicia, no alcanzó la Ley. ¿Y por
qué? Porque no fue por el camino de la fe, sino por el de las obras. Tropezaron con la piedra del escándalo, según está escrito: He aquí que pongo en Sión una piedra de tropiezo, una piedra de escándalo, y el que creyere en Él no será confundido. 
Se cumplió la palabra de Isaías (28, 16): Por eso dice el Señor Javé: Yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, piedra angular, de precio, sólidamente asentada. Contra esta piedra tropezó y cayó parte del pueblo judío. Dióle Dios un espíritu de aturdimiento, ojos para no ver y oídos para no oír, hasta el día de hoy. (Rom. 11,8). Y añade el Apóstol: Y David dice: Vuélvase su mesa un lazo, y una trampa y un tropiezo, en su justa paga; oscurézcanse sus ojos para que no vean y doblegue siempre su cerviz. (Rom. 11, 9).
Pero la reprobación no ha sido total, sino sólo en parte, y Dios se ha reservado un resto de Israel. Así lo enseña claramente el Apóstol: Según esto, pregunto yo: Pero es que Dios ha rechazado a su pueblo? No es cierto.... ¿o es que no sabéis lo que, en Elías, dice la Escritura, cómo ante Dios acusa a Israel? «Señor, han dado muerte a tus profetas, han arrasado tus altares, he quedado yo solo y aún atentan contra mi vida». Pero ¿qué le contesta el oráculo divino? Me he reservado siete mil varones que no han doblado la rodilla ante Balaam. Pues así también en el presente tiempo ha quedado un resto, en virtud de una elección graciosa. (Rom. 11, 1-5).
Fue reprobada parte de Israel para que la misericordia alcanzase a los pueblos gentiles. Aquí está precisamente el misterio en que Dios, compadecido de los pueblos y resuelto a salvarlos, permite la perdición de parte de Israel y en su sustitución dispone la inserción de los pueblos gentiles en la gran Oliva de la Iglesia. Pero pregunto -dice el Apóstol (Rom. 11, 11)-: ¿Han tropezado de suerte que del todo cayesen? No, ciertamente. Pues gracias a su trasgresión obtuvieron la salud de los gentiles para excitarlos a emulación.
Los gentiles han de tener buen cuidado de no enorgullecerse, pensando que la caída de parte de los judíos se ha efectuado en mérito a ellos; antes bien, han de temer ante el insondable misterio de la misericordia y de la
justicia divina. Y a propósito, dice el Apóstol: Y si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo acebuche, fuiste insertado en ella y hecho partícipe de la raíz, es decir, de la pinguosidad del olivo, no te engrías contra las ramas. Y si te engríes, ten en cuenta que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pero dirás: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera insertado. Bien por su incredulidad fueron despojadas, y  tú por la fe estás en pie. No te engrías, antes teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. 
• 5) La reprobación de parte de Israel es permitida hasta que la plenitud de las naciones entre en la Iglesia.
San Pablo enseña abiertamente que: el entendimiento vino a una parte de Israel hasta que entrase la plenitud de las naciones, y entonces todo Israel será salvo. (Rom. 11,25). 
• 6) Mientras parte de Israel sea reprobada y los gentiles convertidos, se ha de suscitar una envidia de los judíos contra los gentiles convertidos.
San Pablo enuncia esto en diversos pasajes. Así en Rom. 10, 19, hace suyas las palabras de Moisés: Yo os provocaré a celos de uno que no es mi pueblo, os provocaré a cólera por un pueblo insensato. Y en la misma carta. 11, 14, por ver si despierto la emulación de los de mi linaje y salvo a algunos de ellos. Santo Tomás, en su comentario de este pasaje, advierte que los judíos sentían envidia e ira contra los gentiles convertidos, esto es, ira que provenía de la envidia. Se dice, añade, que Dios los induce a envidia y los mueve a ira, no en cuanto causa en ellos la malicia, sino en cuanto les sustrae sus gracias, o más bien convirtiendo a los gentiles, de donde los judíos toman ocasión de ira y de envidia.
Esta ira y envidia de que habla aquí el Ap6stol es la que provoca las persecuciones contra la Iglesia y los cristianos de que habla el Apóstol en 1 Tes. 2, 15, y Gál. 4, 28, cuyos textos hemos reproducido. Adviértase bien que esta enemistad no constituye propiamente tensión, por cuanto esta noción
supone reciprocidad de acciones; y aunque la Iglesia es odiada por la Sinagoga, no odia a ésta, sino que se limita a precaverse contra sus acechanzas y ataques.
Estas acechanzas y ataques de la Sinagoga contra la Iglesia y los cristianos se cumplen sobre todo en el plano público de las naciones, y son factores eficaces del movimiento de la historia, como lo llevamos dicho. 
• 7) En el correr de la historia, a pesar de la reprobación de parte de Israel, algunos judíos serán salvados.
San Pablo enseña; Rom. 11, 14, que por honor de su ministerio y despertando la emulación de sus hermanos los judíos, salvará a algunos. No parece anunciar esto como una exclusividad de su apostolado personal, sino como una constante de toda la historia cristiana. 
• 8) Pero también Israel se convertirá.
Así lo anuncia clara y gloriosamente el Apóstol: los judíos se convertirán. Y si su caída es la riqueza del mundo y su menoscabo la riqueza de los gentiles, ¡cuánto más lo será su plenitud! (Rom. 11, 12), Y más adelante: Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¡qué será la reintegración sino una resurrección de entre los muertos? (Rom. 11, 15). 
San Pablo tiene buen cuidado de advertir que la caída de Israel se ha hecho provisoria y únicamente en favor de los gentiles. Porque no quiero -dice, hermanos, que ignoréis ese misterio, para que no presumáis de vosotros mismos; que el endurecimiento vino a una parte de Israel hasta que entrase la plenitud de las naciones. Y como si no fuera suficiente, añade el Apóstol: Y entonces todo Israel será salvo según está escrito: Vendrá a Sion el Libertador para alejar de Jacob las impiedades. y ésta será mi alianza con ellos cuando borre sus pecados. (Rom. 11, 25-27).
No podría San Pablo señalar con más fuerza la conversión de los judíos, y ello como un derecho; es decir, como queriendo significar que si su caída se había efectuado para hacer un favor a los gentiles, no bien cumplido dicho
favor debían los judíos ser reintegrados. San Pablo no oculta el orgullo de su raza, que fue elegida por Dios. Que yo soy israelita, del linaje de Abrahán, de la tribu de Benjamín. (Rom. 11, 1),
La conversión de los judíos había sido asimismo claramente anunciada en los Profetas del Antiguo Testamento. Los salmos 147 y 126 la celebran con aire triunfal. Isaías (59,20), Jeremías (31,10-12; 16-17; 33), Ezequiel (37. 1), Oseas (3, 4, 5), Malaquías (3, 23), no dejan de cantarle con júbilo. Y el Nuevo Testamento lo anuncia, aunque con aire dramático. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos a la manera que la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste! Vuestra casa quedará desierta, porque en verdad os digo que no me veréis hasta que oigáis: Bendito el que viene en nombre del Señor. (Mt. 23, 37-39. Lc. 13, 34). El acento de esta predicción no se pone en la conversión, sino en el castigo de que será objeto el pueblo judío por su incredulidad. La conversión está anunciada de modo indirecto, en cuanto se dice en ella que los judíos saludarían a Jesús con el Bendito el que viene en nombre del Señor.
También Lucas, 21, 24, anuncia la conversión de Israel: Caerán al filo de la espada y serán elevados cautivos entre  todas las naciones, y Jerusalén será hollada por todos los gentiles hasta que se cumplan los tiempos de las naciones.
San Pablo, en la 2ª Carta a los Corintios, 3, 15, también revela la vuelta de los judíos al Señor: Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, el velo persiste tendido sobre sus corazones; mas cuando se vuelvan al Señor, el velo será corrido. 
• 9) Los judíos se convertirán al filo de la historia.
La conversión de los judíos está claramente anunciada en las Escrituras. 
Pero lo que es problemático es el tiempo en que se ha de cumplir. Hasta aquí la opinión corriente de los exegetas, y en especial de Santo Tomás, era
que la conversión iba a poner término al desarrollo de la historia, y en consecuencia sería al final de la historia. Pero recientemente autores como Charles Joumet (en "Destinées d'lsrael", Egloff, París, 1945, pág. 339 y siguientes) han defendido que el retomo de Israel se producirá en la trama misma de la historia. Que lejos de poner punto final al desarrollo histórico, sería un hecho de tal magnitud que daría como fruto una gran epifanía de catolicidad, la que se desarrollaría por varios siglos. Que el final de la historia vendrá recién después de la conversión de los judíos y de la gran epifanía de catolicidad que ella suscitaría, cuando se levantarían las grandes persecuciones bajo la acción del misterio de iniquidad que anuncia San Pablo en 2 Tes. 2, 7.
Journet quiere fundar su opinión en las palabras del Apóstol: Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino una resurrección de entre los muertos? El apóstol, arguye Journet, no dice la resurrección de los muertos, sino una resurrección. Quiere decir, en consecuencia, que el retorno de Israel provocará en la Iglesia una tal recrudecencia del amor que podrá compararse a un retorno de los muertos a la vida. El mundo, prosigue, después de la conversión de los judíos participará, de una manera más plena y manifiesta, de la resurrección primera de los mil años, de que habla el Apocalipsis, 20, 4-6, es decir, de la vida de la gracia, tal romo ha sido derramada con profusión por Cristo durante toda la era de la aparición milenaria o mesiánica, la cual comienza con los días de la encarnación y dura hasta el tiempo de su segunda parusía al fin de los siglos. (ibid, 341 y E. B. Allo, L'Apocaiypse de Saint Jean, p CXXXI). 
Pero a esto es fácil contestar. Cierto que del texto en cuestión se sigue que la conversión de los judíos debe traer al mundo y a los gentiles un bien mucho mayor que el que trajo su caída. Pero -cuál a sido el fruto de la caída de los judíos? Nada menos que la Redención, llamada por Pablo riqueza del mundo..., riqueza de los gentiles, reconciliación del mundo. ¿Y qué otro acontecimiento esencial puede ser comparable a éste, aún más, superarlo en riqueza, sino la parusía misma? Al menos, cierto es que un mayor grado de efusión de la gracia no puede compararse como cosa igual o mayor que la efusión substancial de la gracia que se opera en la Redención.
Pero había una razón más fundamental, que explica por qué los antiguos exégetas han ligado, a despecho de una resurrección de entre los muertos, la conversión de Israel a la resurrección final. Y esta razón era su concepción de la historia, que les hacía percibir que la oposición de judíos y gentiles era una categoría histórica que iluminaba todo el misterio de Cristo y de su redención del Universo, de modo que cuando terminara dicha oposición terminaba también la historia. En consecuencia, como la conversión de Israel ponía fin a la tensión de judíos y gentiles, ponía fin también a la historia. (Ver Gaston Fessard, "Théologie et Histoire", en Dieu Vivant, Nº 8).
La conversión de los judíos es un hecho metahistórico, propiamente escatológico, porque ha de poner fin a un factor que hace marchar la historia, cual es la tensión de judíos y gentiles. Es claro, por otra parte, que no puede hablarse de un hecho totalmente fuera de la historia, como si se realizase por encima del tiempo y de la historia. Mientras hay tiempo, hagamos bien a todos (Gál. 6, 10), y sólo el tiempo histórico es tiempo de hacer bien y salvarse. Luego, la con versión de los judíos debe realizarse dentro de la historia y al final de ella. Digamos, al filo de la historia. 
• 10) La historia marcha hacia la escatología, en que habrá un sólo pueblo de judíos y gentiles.
La historia se mueve agitada desde adentro por la división de judíos y gentiles, de amo y libre, de hombre y mujer. Luchas religiosas, políticas, económicas, y sociales mueven unos pueblos contra otros en un afán loco de predominio. El papel que le cabe a la tensión judío-gentil en esta marcha de la historia es primordial. Y ello no como simple hecho, sino como ley que ha sido puesta por Dios en la razón de ser de la historia misma que es la predicación del Evangelio. San Pablo nos ha revelado este misterio. Pero San Pablo nos re vela también que la historia marcha a la perfecta unidad de Cristo, donde no hay judío ni gentil.
En su magnífica Carta a los Efesios (2, 11) recuerda primeramente a los gentiles la triste condición en que estuvieron en un tiempo. Estuvisteis -les dice- entonces sin Cristo, alejados de la sociedad de Israel, extraños a la
Alianza de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. El estado de la gentilidad no puede ser más desgraciado.
Pero los que en un tiempo estabais lejos habéis sido acercados por la sangre de Cristo. Los pueblos gentiles han entrado en la Iglesia y han escuchado la palabra de salvación. Y la Iglesia es la verdadera sociedad de Israel. Y Cristo es nuestra paz, y reconciliando a ambos en un solo cuerpo con Dios, por la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad.
En Cristo, pues, se ha hecho la paz entre los dos pueblos. Porque viniendo Él nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca, pues por Él tenemos los unos y los otros el poder de acercamos al Padre en un mismo Espíritu.
En Cristo Jesús, entonces, ni judíos ni gentiles, sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas. Y de esta edificación Cristo es la piedra angular. (Ef. 2, 19). Y durante todo el proceso histórico se cumple la edificación de la Iglesia, tomando las piedras de todos los pueblos, de judíos y gentiles, de acuerdo al insondable plan divino. Y allí, en la Iglesia que es Cristo prolongado, termina toda división, de tal suerte que cuando esté la Iglesia totalmente edificada acabará también la historia. 



LOS JUDÍOS EN EL MISTERIO DE LA ESCATOLOGÍA

Para tener una idea cabal del pueblo judío y de su enorme significación en el plan de redención y santificación del mundo, hay que tener presente también su papel en la metahistoria o escatología, es decir, en aquellos acontecimientos postreros que, ya fuera de la historia, están como gravitando sobre toda ella y atrayéndola hacia sí. Estos acontecimientos comienzan:
• a) Con la plenitud de las naciones que han de ser evangelizadas aun como naciones en sus estructuras culturales que les hacen tales naciones determinadas. Proceso que se ha de ir verificando a través de toda la historia, en gran parte, y como efecto principal de la dialéctica entre judíos y gentiles,
entre Sinagoga e Iglesia. El momento preciso de la historia que vivimos está caracterizado por la culminación de la lucha de la Sinagoga contra la Iglesia para impedir que el Mensaje cristiano llegue a la plenitud de los pueblos. La Iglesia está a punto de hacer penetrar este Mensaje en los pueblos. Pero la Sinagoga, con el liberalismo y el comunismo, rechaza fuertemente este Mensaje. Sin embargo, la Iglesia, sobre todo en su foco fontal, la Cátedra romana, se está revistiendo de una vitalidad excepcional que, bajo la fortaleza del Espíritu Santo, la hace capaz de deshacer el cúmulo de errores que en los últimos cuatro siglos ha acumulado la Sinagoga en el mundo. Este parece ser el significado de los mensajes marianos al mundo actual anunciando la paz, bajo la cual estaría significada la plenitud de los pueblos en el seno de la Iglesia.
• b) Al cumplirse la plenitud de las naciones en el seno de la cristiandad también irían multiplicándose las conversiones de los judíos, cada vez más valiosas en número y calidad, por el efecto de la emulación de que habla el Apóstol. Pero tanto la plenitud de los gentiles en el seno de la Iglesia como las conversiones de los judíos provocaría una mayor rabia y resentimiento contra la Iglesia en el núcleo central del judaísmo, que a medida que se haría más pequeño se tornaría también más fanático, hasta lograr éxito en su tarea de corromper y someter al mundo de la gentilidad. Así se prepararía y cumpliría la apostasía universal de que nos habla San Pablo, 2 Tes, 2, 3, cuando dice: Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía y, ha de manifestarse el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición; y San Lucas (18, 8) donde el Señor pregunta: Pero cuando venga el hijo del hombre, ¿encontrara fe en la tierra?; y San Mateo (24, 12), donde el Señor dice: Y por exceso de maldad se enfriará la caridad de muchos. También 1 Tim. 4, 1. 
• c) La apostasía universal formará un solo hecho histórico con el advenimiento del Anticristo, como se desprende del pasaje de la 2 Tes. 2, 3 de San Pablo. El Anticristo será reconocido como el Mesías de los judíos y amo de los gentiles. De esta suerte, la apostasía universal de los pueblos gentiles y la dominación judaica sobre todos los. pueblos constituirán también un solo
hecho histórico. El advenimiento del Anticristo será en la operación de Satanás, esto es, por la sugestión. Será soltado Satanás de su cárcel, saldrá y seducirá a las naciones. (Apoc. 20, 7.)
• d) A la plenitud de las naciones que podrá ser, en absoluto, contemporánea con la apostasía universal y con el advenimiento del Anticristo sucederá la conversión de los judíos que se efectuará principalmente por la predicación de Elías y Enoc según aquello de Malaquías, 4, 5, Ved que yo mandaré a Ellas, el profeta, antes que venga el día de Yavé, grande y terrible, Él convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, no venga yo a dar la tierra toda el anatema.
• e) Con la apostasía universal y la revelación del Anticristo se producirá la gran tribulación que anuncia Jesús en el Evangelio. (Mt. 24, 21; Mc. 13, 21; Lc. 21, 25).
• f) Luego, en seguida, después de la tribulación de aquellos días, se oscurecerá el sol y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo y las columnas del cielo se conmoverán. Entonces aparecerá el estandarte del hilo del hombre en el cielo y se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande. (Mt. 24, 20; Mc. 13, 26; Lc. 21, 27).
• g) Y enviará sus ángeles con poderosas trompetas y re unirán de los cuatro vientos a los elegidos, desde un extremo del cielo hasta otro. (Mt. 24, 31; Mc. 13, 27).
• h) Cuando el hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con Él, se sentará sobre su trono de gloria y se reunirán en su presencia todas las gentes y separará a unos y otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos y pondrá a las ovejas, a su derecha y los cabritos a su izquierda. (Mt. 25, 31).
• i) Pero cuando venga el día del Señor pasarán con estrépito los cielos, y los elementos abrasados, se disolverán, y asimismo la tierra como las obras que en ella hay. (2 Pedro, 3, 10).
• j) Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva. (2 Pedro, 3, 13). Pues Dios va a crear otro cielo nuevo y tierra nueva (Is. 65, 17) según la visión del Apocalipsis (21, 1): Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra hablan desaparecido y el mar no existía ya.
• k) Y se hará un gran banquete para que comáis y bebáis en mi reino y os sentéis sobre tronos como jueces de las doce tribus de Israel. (Lc. 22, 30). 
Así como el pueblo de Israel desempeña una misión primordial en el tiempo histórico, así también la ha de desempeñar en los acontecimientos escatológicos. No es posible olvidar que toda la obra de Cristo se reduce a la fundación y predicación de su reino mesiánico; reino universal en el tiempo y en el espacio; reino histórico y escatológico; reino espiritual e interno, pero también temporal y externo. Y en este reino mesiánico el pueblo de Israel, aun en su realidad carnal e histórica, cumple misión de primera importancia. 
Sólo a Abrahán, en efecto, de cuyos lomos fue sacado este pueblo, se le anuncian por vez primera las grandes promesas que fundan este reino mesiánico. En ti y en tu descendencia serán benditos todos los pueblos de la tierra. Y sólo en Abrahán comienza este reino a tener realización efectiva.
Los patriarcas de la Antigua Alianza, de cuya serie es Abrahán el primero, serán así la raíz de este reino mesiánico que ha de perpetuarse en toda la historia y luego también en la eternidad. Y con los patriarcas también los profetas y los Apóstoles constituirán las primicias y la raíz del pingüe Olivo que es la Iglesia. (Rom. 11, 16-17).
Del pueblo de Israel es la adopción y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de quienes
según la carne proviene el Cristo, que está por encima de todas las cosas. (Rom. 9, 4-5). Israel tiene, en consecuencia, una triple grandeza. La primera, la del nombre, pues: No te llamarás en adelante Jacob, sino Israel, pues has luchado con Dios y con los hombres y has vencido. (Gen. 32, 29). La segunda, por los grandes beneficios que ha recibido de Dios. La tercera, pues de Israel trae su origen carnal Jesucristo. Por ello, y en Cristo, la salud viene de los judíos. (Juan, 4, 22). 
Pero Israel es grande aun en las ramas que han sido desgajadas de este Olivo para ser injertado el acebuche de la gentilidad, porque también ellas han de cumplir una misión en el plan divino, cual es la de acelerar la evangelización del mundo, y con ello, el progreso de la historia.
Pero al fin, cuando hayan entrado las naciones en el reino mesiánico, este pueblo, con su nueva inserción en el Olivo del que fuera en parte desgajado, señala el momento preciso del comienzo de los grandes acontecimientos escatológicos que preparan la parusía del hijo del hombre.
Y ya en la consumación misma de la escatología, cuando se celebre el banquete final y eterno de la divina contemplación, convidados del Oriente y del Occidente vendrán y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. (Mt. 8, 11)
EPÍLOGO

Las consideraciones precedentes han sido escritas para explicar el judío. 
La raza judía es una raza salvadora en el Cristo. Todas las ponderaciones que se hagan del judío resultarán cortas frente a la grandeza de esta raza que nos trajo a Cristo y a María.
Pero Cristo y María son tan grandes, que su grandeza sobrepuja el valor de todas las razas porque sobrepujan la humana. Cristo y María alcanzan lo divino. Cristo como Unigénito del Padre, Esplendor de la Divina Substancia. 
La Virgen María, como Madre de Dios. De aquí que el judío, sostén genealógico de grandezas que sobrepujan su propio valor, debía abismarse en su propia pequeñez por las grandezas que sostiene.
Pero, en cambio, parte de Israel fue mordida por el orgullo. 
Insensatamente creyóse más grande que todos los otros pueblos y razas... y sobre todo más grande que Cristo y que María.
Creyóse superior a todos y levantó alrededor de sí un cerco para no contaminarse con la inferioridad de los otros; y trabajó con astucia para dominarlos. Y lo ha ido consiguiendo. Con la prensa y con el dinero los judíos tienen hoy el control de los pueblos cristianos.
Dentro del régimen de grandeza carnal que su astucia ha levantado con el trabajo de las fuerzas descristianizadas, los judíos son amos, y no hay poder, al parecer, que pueda resistir su poderío oculto.
¿Tendrán, entonces, los pueblos cristianos que verse condenados a una esclavitud oprobiosa y sin redención debajo de la prepotencia judaica? De ninguna manera. Hay que sacudir con energía viril esta dominación mortífera. ¿Cómo? Antes de indicarlo voy a pedir a los lectores que pesen las palabras que han de leer, porque han sido escritas dentro de la precisión lógica más estricta. Y han sido escritas también dentro de los principios cristianos más puros.
Sabido es que el cristianismo se resume en el gran Mandamiento: Amarás al Señor tu Dios de todo corazón... y al prójimo como a ti mismo.
Amar significa buscar el bien de aquellos a quienes amamos. El hombre debe, entonces, buscar primero el bien de Dios y después el bien del hombre. 
El bien de Dios es que su nombre sea bendecido y glorificado en los hechos por el cumplimiento de su ley. 
El bien del hombre es que le sean reconocidos todos los derechos que conspiran al logro de su bienestar eterno y temporal.
Si es así, faltaría al mandamiento del Amor aquel padre que no reprimiera a su hijo que viola los derechos de Dios o los derechos de su Madre. No cumpliría con la caridad el padre que no castiga, si es necesario, al hijo que no respeta a su madre o que maltrata a sus hermanos. No cumple con la caridad el gobernante que no cuida los intereses de la patria o que no previene y castiga los atropellos de los malos ciudadanos.
Caridad no es sentimentalismo que consiente todos los errores y atropellos de los demás. Caridad es procurar eficazmente el bien real (eterno y temporal) de los demás y odiar en todo momento el mal.
Esto supuesto, ¿cómo hay que prevenir los propósitos judaicos de dominar a los pueblos cristianos?
De dos maneras simultáneas.
PRIMERO: Afirmando y consolidando la vida cristiana en los pueblos. 
Como he repetido frecuentemente en el curso de este libro, la dominación judaica marcha a la par de la descristianización de los pueblos. Es una ley teológica comprobada por la historia. Luego, la cristianización verdadera de los pueblos, con un catolicismo interior y profundo de fe y caridad, señalará el declinar de la dominación judaica. Por esto la mejor manera de combatir la dominación judaica es restaurar sólidamente en la vida pública y privada el sentido cristiano. 
SEGUNDO: Reprimiendo directamente las acechanzas judaicas.
Y aquí observemos que los judíos, como hijos del diablo, que les llamaba Jesucristo, tienen métodos también diabólicos para dominar a los pueblos cristianos. Estos métodos se reducen a la mentira.
Vosotros sois hijos del diablo, les decía Jesucristo, y queréis cumplir los deseos de vuestro Padre. Él fue homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando habla mentira, de suyo habla porque que es mentiroso y padre de la mentira. (Juan, 8, 44).
San Pablo, hablando de Satanás, nos dice que se transforma en ángel de luz, (II Carta a los Corintios, 11, 14).
La mentira es la gran arma del diablo y de los judíos sus hijos. Por esto el diablo está figurado en la serpiente, y los judíos también adoptan la figura de la serpiente como símbolo cabalístico.
De aquí que el método propio del judaísmo en su lucha contra los pueblos cristianos sean las insidias.
Mata a los pueblos cristianos bajo la apariencia de que los salva. Los esclaviza con el pretexto de la libertad. Los odia con el pretexto de la fraternidad. Los domina con el pretexto de la igualdad. Los tiraniza con el pretexto de la democracia. Los roba con el pretexto del crédito. Los envenena con el pretexto de la ilustración.
Y por otra parte, mintiendo siempre con maravillosa habilidad, inculpa a los verdaderos salvadores de ser los enemigos de los pueblos. Y así Cristo, la Iglesia,  el sacerdocio, los gobernantes cristianos, son presentados a los pueblos como viles embaucadores.
La lucha trágica de la guerra civil española es la mejor demostración de ello. El judaísmo, con su cuartel en Moscú, había corrompido a las masas españolas y había sobornado a unos viles y cobardes gobernantes. Quería terminar su obra sumiendo a la nación hispana en una ruinosa esclavitud más vil que la de la Rusia soviética. Pero surgen los héroes de la España del Cid y de los Reyes Católicos, resueltos a libertar al pueblo español de esta afrentosa tiranía, y entonces el judaísmo universal difunde por todos los ámbitos del orbe
que un puñado de facciosos conspira contra el poder constituido y contra el pueblo español.
¿Qué táctica hay que adoptar contra esta lucha satánica fundada en la mentira?
Hay que adoptar la táctica franca y resuelta de los paladines de la Verdad: la táctica de la espada. 
Digamos, ante todo, que es un profundo error mostrarnos a la espada incompatible con el cristianismo.
En la simbólica cristiana el Arcángel San Miguel es presentado empuñando la espada porque peleaba con el dragón. (Apocalipsis, 12, 7).
El Génesis nos dice que después del pecado de nuestros primeros Padres, Dios colocó delante del Paraíso de delicias un querubín con espada de fuego. (Gén. 3. 24).
Cristo Nuestro Señor dice a sus discípulos la víspera de la Pasión: Pues ahora, el que tiene bolsillo, llévele, y también alforja; y el que no tiene espada, venda su túnica, y cómprela... Ellos salieron con decir: Señor, he aquí dos espadas. Pero Jesús les respondió: Basta.
En la Bula dogmática Unam Sanctam el gran Pontífice de los derechos de la Iglesia, Bonifacio VIII, ha visto en estas dos espadas los dos poderes, el espiritual y el temporal, que deben estar al servicio de la Iglesia. Que en el poder de la Iglesia, dice, haya dos espadas; es a saber, la espiritual y la temporal, lo sabemos por las palabras del Evangelio. Una y otra en poder de la Iglesia es, a saber, la espada espiritual y la material. Pero ésta debe ser usada en bien de la Iglesia, aquélla por la Iglesia misma. Aquélla del sacerdote, ésta en mano de los reyes y de los soldados, pero al mandato del sacerdote. Es necesario, entonces, que una espada esté debajo de la otra espada y que el poder temporal se someta al poder espiritual.
Una y otra espada deben flamear en defensa de la Verdad y para restaurar la justicia en contra de las acechanzas solapadas de la iniquidad. Y es propio de todo varón, vir, empuñar la espada, cuando fuere menester, para salir a la defensa de los Derechos conculcados de Dios y de la Iglesia.
Las Sagradas Escrituras hacen el elogio (Libro primero de los Macabeos, cap. IV) de Judas Macabeo, quien revistióse cual gigante la coraza, ciñóse sus armas para combatir y protegía con su espada todo el campamento.
Y en los esplendores de la Edad Cristiana los varones de la Cristiandad, exhortados por los Sumos Pontífices y dirigidos por denodados jefes, peleaban resueltamente contra los enemigos del cristianismo. La época de las Cruzadas llena las páginas más gloriosas de la Iglesia. Y la figura de Santa Juana de Arco no es una decoración en las iglesias católicas, sino que es un símbolo y ejemplo que invita a todo cristiano a pelear con denuedo para que la iniquidad no esclavice a los hijos, de la Luz.
Estas dos espadas son las únicas que pueden vencer la táctica hipócrita del judío. De aquí el horror del judío y de un mundo judaizado delante de la cruz y de la espada.
La espada es la única arma eficaz, con eficacia a corto plazo, que puede vencer las acechanzas judías. Porque la espada, lo militar, está dentro de lo heroico del hombre, del vir, del varón. Está conectado por vínculos metafísicos con los valores espirituales del hombre. Es algo esencialmente opuesto a lo carnal. Si los judíos antes de Cristo fueron héroes capaces de esgrimir la espada como los hermanos Macabeos, después de Cristo, cuando se carnalizaron, se hicieron cobardes como todos los cristianos idiotizados por el liberalismo y por las lacras democráticas8.
Hay dos modos radicalmente opuestos de combatir: el uno carnal, el otro espiritual; el uno del diablo, el otro de Dios; el uno del judío, el otro del cristiano; e1 uno acecha, el otro arremete con hombría.
El diablo venció a Eva con palabras seductoras, pero la Virgen vence al diablo aplastando su cabeza. El diablo tienta a Cristo con promesas fascinadoras, pero Cristo rechaza al diablo con denuedo de león. Los judíos traman contra Cristo conspiraciones en secreto, pero Cristo en la luz denuncia y desbarata sus pérfidas maquinaciones. Y en el cenit de la grandeza medioeval, mientras los judíos conspiraban en los ghettos, los caballeros y                                       8 Cuando los judíos, no hace muchos años, defendían valores positivos como su religión o como su suelo, podían dar muestra de valentía.
héroes peleaban en la luz contra los enemigos de la Cruz. La Edad Media es mística y guerrera como toda grandeza espiritual. La espada está al servicio de la Cruz.
La caridad cristiana, que nos manda procurar eficazmente, el bien de Dios, el bien de la Iglesia, el bien de los pueblos cristianos, nos manda por lo mismo empuñar la espada para defender eficazmente estos bienes cuando no haya otro modo de asegurarlos.
Si no ha llegado todavía, quizá no esté lejos el momento en que, si no queremos ver proscrito el nombre de Dios, incendiados los templos, vilipendiados los sacerdotes, violadas las vírgenes por la chusma desatada, sea necesario ceñirse los lomos y empuñar la espada.
Si por sentimentalismo o por cobardía nos resistimos a pelear con denuedo, tendremos que vivir esclavos de una minoría rabiosa de judíos que después de habemos vilipendiado en lo más sagrado nos sujetará a la tiranía del deshonor.  
La caridad misma lo exige. Porque no pueden decir que aman verdaderamente a Dios, a la Iglesia, a su Patria, a sus hijos e hijas, aquellos que rehúsan adoptar aquel medio único que asegure el respeto inviolable de Dios, de la Iglesia, de la Patria, de los hijos e hijas.
Medio único, doloroso pero indispensable como lo es el uso del bisturí para cortar la gangrena que inficiona.
Si el uso de la espada implica una villanía cuando se usa para exterminar al inocente, en cambio cuando se emplea para restaurar los derechos de la Verdad y de la Justicia importa los honores del heroísmo.
Al escribir estas páginas he sentido el dolor de pensar que muchos verdaderos israelitas puedan creer que con ellas se quiere reprimir al judío por el hecho de llevar sangre judía. ¡Sin embargo, no es posible imaginarlo!
No solamente no es contra la sangre judía como tal, sino que es en defensa de la verdadera sangre judía. Porque la grandeza de Israel es Cristo y María. La grandeza de Israel es la sangre judía que corre en las venas de Cristo y de María. Y en defensa de esta sangre, es decir, de los principios
cristianos, se han escrito estas páginas proscribiendo lo infecto de la sangre farisaica.
Quieran los verdaderos israelitas comprender que sólo podrán conseguir la verdadera grandeza de su sangre, que es la grandeza universal del mundo, cuando también ellos empuñen la espada para limpiar de su seno el fermento farisaico que pervierte, y se adhieran a Aquel que vino a salvar a todo hombre.   
P. JULIO MEINVIEILLE
El judío en el misterio de la historia
APÉNDICE
Reproducimos en apéndice el último documento de la Cátedra Romana sobre la cuestión judía, publicado en los albores mismos del mundo moderno propiamente tal, pocos años antes de que los judíos se apoderaran del control de la sociedad cristiana, cosa que, como es sabido, tuvo lugar en la Revolución Francesa. El sabio Pontífice Benedicto XIV hace en ella un examen breve, pero lúcido, de la grandeza y miseria del pueblo Judío, resumen que, para su desgracia, debían olvidar los pueblos cristianos. Después, cuando los judíos se convirtieron en amos de los pueblos cristianos y confinaron a la Iglesia en los ghettos, ya no consideraron posible ni conveniente hablar. Los pueblos descristianizados no podían entender con inteligencia sobrenatural este misterio de la Historia, que es el pueblo judío. Sin embargo, los pueblos debían soportar este misterio padeciendo las penurias sin cuento que con el capitalismo, el liberalismo, el socialismo, el comunismo y hoy el sionismo, les habría de infligir el pueblo judío. 
Carta Encíclica del Papa Benedicto XIVii a los Arzobispos y Obispos de Polonia, referente a lo que está prohibido a los judíos residentes en las mismas ciudades y distritos que los cristianosiii. 
Venerables Hermanos:
Salud y Bendición Apostólica.
Mediante la gran bondad de Dios fueron colocados los cimientos de nuestra Santa Religión Católica por primera vez  en Polonia hacia fines del siglo décimo, bajo Nuestro Predecesor León VIII, gracias a la celosa actividad del duque Mieceslas y su cristiana esposa, Dambrowska. Así lo aprendemos de Dlugoss, autor de vuestros Anales (Libro II, página 94). Desde entonces, la nación polaca, siempre piadosa y devota, se ha mantenido inalterable en su fidelidad a la santa religión adoptada por ella, y se ha apartado con aversión de cualquier clase de secta. Así, aunque las sectas no han ahorrado esfuerzos para encontrar un apoyo en el reino a fin de esparcir en él las semillas de sus errores, herejías y perversas opiniones, los polacos sólo han resistido cada vez más adicta y vigorosamente tales esfuerzos y han dado aún más abundantes muestras de su fidelidad. Tomemos algunos ejemplos de esta fidelidad. Debemos mencionar, en primer lugar, una que puede considerarse como peculiarmente apropiada para nuestro propósito, y que es en mucho la más importante. Es el espectáculo no sólo de la gloriosa memoria, guardada como reliquia en el sagrado calendario
de la Iglesia, de los mártires, confesores, vírgenes, hombres notables por su eminente santidad, que nacieron, se educaron y murieron en el reino de Polonia, sino también de la celebración en el mismo reino de muchos concilios y sínodos que fueron llevados a feliz término. Gracias a la labor de estas asambleas se ganó una resplandeciente y gloriosa victoria sobre los luteranos, que habían probado todas las formas y maneras para obtener una entrada y asegurarse una base en este reino. Está, por ejemplo, el gran Concilio de Petrikau (Piotrkov), que tuvo lugar durante el Pontificado de Nuestro ilustre Predecesor y conciudadano Gregorio XIIIiv, bajo la presidencia de Lipomanus, Obispo de Verona y Nuncio Apostólico. En este Concilio, para la gran gloria de Dios, se proscribió y excluyó definitivamente de entre los principios que gobiernan la vida pública del reino el principio de la “Libertad de Conciencia”. Luego está el substancial volumen de las Constituciones de los Sínodos de la Provincia de Gnesen. En estas Constituciones se encomendó la escritura de todas las sabias y útiles promulgaciones y provisiones de los Obispos polacos para la completa preservación de la vida católica de sus greyes de la contaminación por la perfidia judía. Éstas se redactaron en vista del hecho de que las condiciones de la época exigían que cristianos y judíos habitaran juntos en las mismas ciudades y poblaciones. Todo esto muestra, sin duda, clara y plenamente, qué gloria (como Nos ya dijimos) ha ganado para sí la nación polaca preservando inviolada e intacta la santa religión que sus antepasados abrazaron hace tantos siglos. De los muchos puntos que acabamos de hacer mención, no existe ninguno que Nos sintamos que debamos quejarnos excepto del último. Pero referente a este punto Nos vemos forzados a exclamar sollozantes: “¡Cómo se ennegreció el oro!” (Lamentaciones, Jer. IV, I). Para ser breves: de personas responsables cuyo testimonio merece crédito y que están bien enteradas del estado de los asuntos en Polonia, y de gentes que viven en el reino, que por su celo religioso han hecho llegar sus quejas a Nos y a la Santa Sede, hemos tenido conocimiento de los siguientes hechos. El número de judíos ha aumentado grandemente allí. Así, ciertas localidades, villas y ciudades que estaban antiguamente rodeadas de espléndidas murallas (cuyas ruinas son testimonio del hecho), y que estaban habitadas por un gran número de cristianos, como vemos en las viejas listas y registros todavía existentes, están ahora mal cuidadas y sucias, pobladas por gran número de judíos y casi despojadas de cristianos. Además, hay en el mismo reino un cierto número de parroquias en las cuales la población católica ha disminuido considerablemente. La consecuencia es que la renta procedente de tales parroquias ha mermado tan grandemente, que están en inminente peligro de quedarse sin sacerdotes. Además, todo el comercio de artículos de uso general, tales como licores y aun el vino, están también en las manos de los judíos; se les permite encargarse de la administración de los fondos públicos; se han hecho arrendatarios de posadas y granjas, y han adquirido haciendas de tierras. Por todos estos medios, han adquirido derechos de dueño sobre desgraciados cultivadores del suelo, cristianos, y no sólo usan su poder de una manera inhumana y sin corazón, imponiendo severas y dolorosas labores a los cristianos, obligándolos a llevar cargas excesivas, sino que, en adición, les infligen castigo corporal tal como golpes y heridas. De aquí que estos infelices están en el mismo estado de sujeción a un judío que los esclavos a la caprichosa autoridad de su amo. Es cierto que, al infligir castigo, los judíos están obligados a recurrir a un funcionario cristiano a quien está confiada esta función. Pero, como que este funcionario está obligado a obedecer los mandatos del amo judío, para no verse él mismo privado de su oficio, las tiránicas órdenes del judío deben ser cumplidas. Hemos dicho que la administración de fondos públicos y el arriendo de posadas, haciendas y granjas han caído en las manos de los judíos, para grande y diversa desventaja de los cristianos. Pero debemos también aludir a otras monstruosas anomalías, y veremos, si las examinamos cuidadosamente, que son capaces de originar aún mayores males y más extensa ruina que las que ya hemos mencionado. Es una cuestión cargada de muy grandes y graves consecuencias que los judíos sean admitidos en las casas de la nobleza con una capacidad doméstica y económica para ocupar el puesto de mayordomo. De este modo, ellos viven en términos de intimidad familiar bajo el mismo techo con cristianos, y les tratan continuamente de una manera despectiva, mostrando abiertamente su desprecio. En ciudades y otros lugares puede verse a los judíos en todas partes en medio de los cristianos; y lo que es aún más lamentable, los judíos no temen lo más mínimo tener cristianos de ambos sexos en sus casas agregados a su servicio. De nuevo, ya que los judíos se ocupan mucho de asuntos comerciales, amasan enormes sumas de dinero de estas actividades, y proceden sistemáticamente a despojar a los cristianos de sus bienes y posesiones por medio de sus exacciones usurarias. Aunque al mismo tiempo ellos piden prestadas sumas de dinero de los cristianos a un nivel de interés inmoderadamente alto, para el pago de las cuales sus sinagogas sirven de garantía, no obstante sus razones para actuar así son fácilmente visibles. Primero de todo, obtienen dinero de los cristianos que usan en el comercio, haciendo así suficiente provecho para pagar el interés convenido, y al mismo tiempo incrementan su propio poder. En segundo lugar, ganan tantos protectores de sus Sinagogas y de sus personas como acreedores tienen. El famoso monje Radulphus, en tiempos pasados; se sintió transportado por su celo excesivo, y era tan hostil a los judíos, que en el siglo XII atravesó Francia y Alemania predicando contra ellos como enemigos de nuestra santa
religión, y acabó incitando a los cristianos a barrerlos completamente. A consecuencia de su celo intemperado gran número de judíos fueron sacrificados. Uno se pregunta qué haría o diría aquel monje si estuviera hoy vivo y viera lo que está ocurriendo en Polonia. El gran San Bernardo -se opuso a los desenfrenados excesos del frenesí de Radulphus y, en su carta 363, escribió al clero y pueblo de la Francia Oriental como sigue:  “Los judíos no deben ser perseguidos; no deben ser sacrificados o cazados como animales salvajes. Ved lo que las Escrituras dicen acerca de ellos. Sé lo que está profetizado acerca de los judíos en el Salmo: "El Señor dice la Iglesia- me ha revelado Su voluntad sobre mis enemigos: No les mates, para que mi pueblo no se vuelva olvidadizo». Ellos son, por cierto, los signos vivientes que nos recuerdan la Pasión del Salvador. Además, han sido dispersados por todo el mundo, para que mientras paguen la culpa de tan gran crimen, puedan ser testigos de nuestra Redención”. Otra vez, en su carta 365, dirigida a Enrique, Arzobispo de Maguncia, escribe:    “¿No triunfa la Iglesia cada día sobre los judíos de manera más noble haciéndoles ver sus errores o convirtiéndolos, que matándolos? No es en vano que la Iglesia Universal ha establecido por todo el mundo la recitación de la plegaria por los judíos obstinadamente incrédulos, para que Dios levante el velo que cubre sus corazones y les lleve de su oscuridad a la luz de la verdad. Pues si Ella no esperara que aquellos que no creen puedan creer, parecería simple y sin propósito rogar por ellos”. Pedro, Abad de Cluny, escribió contra Radulphus en forma similar, a Luis, rey de los franceses. Exhortó al rey a no permitir que los judíos fueran masacrados. Sin embargo, como está registrado en los Anales del Venerable Cardenal Baronius, en el año de Cristo 1146, él al mismo tiempo urgía al rey a tomar severas medidas contra ellos a causa de sus excesos, en particular a despojarlos de los bienes, que habían quitado a los cristianos o amasado por medio de la usura, y a usar lo dimanante para beneficio y ventaja de la religión.    En cuanto a Nos, en esta cuestión, como en todas las demás, seguimos la línea de conducta adoptada por Nuestros Venerables Predecesores, los Romanos Pontífices. Alejandro IIIv prohibió a los cristianos, bajo severos castigos, entrar al servicio de judíos por cualquier período largo o convertirse en sirvientes domésticos en sus hogares. “No deben -escribió- servir a judíos por remuneración de forma permanente”. El mismo Pontífice explica como sigue la razón de esta prohibición: “Nuestros modos de vida y los de los judíos son extremadamente diferentes, y los judíos pervertirán fácilmente las almas de las gentes sencillas a su superstición e incredulidad si tales gentes están
viviendo en continua e íntima conversación con ellos”. Esa cita referente a los judíos se encuentra en la Decretal “Ad hoec”. Inocencio IIIvi, tras haber mencionado que los judíos estaban siendo admitidos por los cristianos en sus ciudades, advirtió a los cristianos que el modo y las condiciones de admisión debían de ser tales que evitaran que los judíos pagasen mal por bien: “Cuando son admitidos así por piedad en relaciones familiares con los cristianos, ellos compensan a sus benefactores, como dice el proverbio, como la rata escondida en el saco, o la serpiente en el pecho, o el tizón ardiente en el regazo de uno”. El mismo Pontífice dice que es adecuado que los judíos sirvan a los cristianos, pero no que los cristianos sirvan a los judíos. y añade: “Los hijos de la mujer libre no deben servir a los hijos de la mujer esclava. Por el contrario, los judíos, como servidores rechazados por aquel Salvador cuya muerte ellos maliciosamente prepararon, deberían reconocerse a sí mismos, de hecho y de derecho, servidores de aquellos a quienes la muerte de Cristo ha liberado, de igual modo que a ellos les ha hecho esclavos”, Estas palabras pueden leerse en la Decretal “Etsi ludaeos”. De idéntica manera en otra Decretal, “Cum sit nimis”, bajo el mismo encabezamiento, “De Judaeis et Saracenis”, prohíbe la concesión de cargos públicos a los judíos: “Prohibimos dar nombramientos públicos a los judíos, porque ellos se aprovechan de las oportunidades que de este modo se les presentan para mostrarse amargamente hostiles a los cristianos”. A su vez, Inocente IV escribió a San Luis, rey de los franceses, que estaba pensando en expulsar a los judíos de sus dominios, aprobando el designio del Rey, puesto que los judíos no observaban las condiciones que les había impuesto la Sede Apostólica: “Nos, que anhelamos con todo Nuestro corazón la salvación de las almas, os concedemos plena autoridad por las presentes cartas para desterrar a los judíos arriba mencionados, sea por vuestra propia persona o por la mediación de otras, especialmente porque, según Nos hemos sido informados, ellos no observan las regulaciones redactadas para ellos por esta Santa Sede”. Este texto puede encontrarse en Raynaldus, bajo el año de Cristo 1253, número 34. Así, pues, si alguno preguntare qué está prohibido por la Sede Apostólica a los judíos habitando en las mismas poblaciones que los cristianos, Nos responderemos que les está prohibido hacer precisamente las mismas cosas que se les permiten en el reino de Polonia, o sea todas las cosas que arriba hemos enumerado. Para convencerse de la verdad de esta afirmación no es necesario consultar un número de libros. Sólo es preciso repasar la Sección de las Decretales “De Judaeis et Saracenis” y leer las Constituciones de los Romanos Pontifices, Nuestros Predecesores, Nicolás IVvii, Pablo IVviii, San Pio Vix, Gregorio XIIIx y Clemente VIIIxi, que no son difíciles de obtener, ya que se encuentran en el Bullarium Romanum. Vosotros, sin embargo. Venerables Hermanos, no es preciso que leáis tanto para ver claramente cómo están las
cosas. Sólo tenéis que ver los Estatutos y Regulaciones dictadas en los Sínodos de vuestros predecesores, ya que ellos han sido sumamente cuidadosos en incluir en sus Constituciones todo lo que los Romanos Pontífices han ordenado y decretado referente a esta cuestión. El meollo de la dificultad, no obstante, estriba en el hecho de que los Decretos Sinodales o bien se han olvidado o bien no se han llevado a efecto. Es de vuestra incumbencia, por lo tanto, Venerables Hermanos, restaurarlos a su prístino vigor. El carácter de vuestro sagrado oficio requiere que luchéis celosamente para hacerlos imponer. Es idóneo y adecuado, en este asunto, empezar por el clero, viendo que es su deber señalar a los otros cómo actuar rectamente e iluminar a todos los hombres con su ejemplo. Somos felices en la confianza de que por la gracia de Dios el buen ejemplo del clero traerá de nuevo al laicado descarriado al buen camino. Todo esto vosotros podéis mandarlo y ordenarlo con mayor facilidad y seguridad porque, según se Nos ha dicho, en los informes de hombres honorables y merecedores de toda confianza, no habéis arrendado vuestros bienes o vuestros derechos a los judíos y habéis evitado todo trato con ellos en lo concerniente a prestar o pedir prestado. De este modo estáis, así se Nos ha hecho entender, completamente libres y desembarazados de todo trato de negocios con ellos.          El sistemático modo de proceder prescrito por los sagrados cánones para exigir obediencia de los refractarios, en cuestiones de gran importancia como la presente, siempre ha incluido el uso de censuras y la recomendación de añadir al número de casos reservados los que se prevé serían causa próxima de peligro o riesgo para la religión. Sabéis muy bien que el Santo Concilio de Trento hizo todas las previsiones para reforzar vuestra autoridad, especialmente reconociendo vuestro derecho a reservar casos. El Concilio no sólo se abstuvo de limitar vuestro derecho exclusivamente a la reserva de los crímenes públicos, sino que fue mucho más allá y lo extendió a la reserva de actos descritos como más serios y detestables, en tanto que dichos actos no fueran puramente internos. En diversas ocasiones, en varios decretos y cartas circulares, las Congregaciones de Nuestra Augusta Capital han establecido y decidido que bajo el título de “más serios y detestables delitos” hay que incluir aquellos a los cuales la humanidad está más inclinada, y que son perjudiciales a la disciplina eclesiástica o a la salvación de las almas confiadas al cuidado pastoral de los Obispos. Nos hemos tratado este punto con alguna extensión en Nuestro Tratado del Sínodo Diocesano, Libro V, Capítulo V. Nos permitimos aseguraros que toda ayuda que podamos daros estará a vuestra disposición para asegurar el éxito en esta cuestión. Además, para hacer frente a las dificultades que inevitablemente se presentarán, si tenéis que proceder contra eclesiásticos exentos de vuestra jurisdicción, daremos a
Nuestro Venerable Hermano, el Arzobispo de Nicea, Nuestro Nuncio en vuestro país, instrucciones apropiadas a este respecto, de modo que podáis obtener de él las facultades requeridas para tratar los casos que pudieran presentarse. Al mismo tiempo, solemnemente os aseguramos que, cuando se ofrezca una oportunidad favorable, Nos trataremos de este asunto con todo el celo y energía que podamos reunir, como aquellos por cuyo poder y autoridad el noble reino de Polonia puede ser limpiado de esta sucia mancha. Antes que nada, Venerables Hermanos, suplicad con todo el fervor de vuestra alma la ayuda de Dios, que es el Autor de todo bien. Implorad Su ayuda también, con seria plegaria, para Nos y para esta Sede Apostólica. Abrazándoos con toda la plenitud de la caridad, Nos muy amorosamente impartimos, tanto a vosotros como a las greyes encomendadas a vuestro cuidado, la Bendición Apostólica. Dada en Castel Gandolfo a 14 de junio de 1751, en el 11º año de Nuestro Pontificado.  

                                 El Judío en el Misterio de la Historia, 
Pbro. Julio Meinvielle (Teólogo), 
Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1975..  
 1740-1758 iii Bullarium Romanum, 
Vol. 26, pp. 297-300. 
La Carta está oficialmente designada como A quo primum. 
Fue enviada en el año 1751. 
IV 1512-1585 
V 1159-1181 
VI 1198-1216 
VII 1288-1294 
VIII 1555-1559 
IX 1566-1572 
X 1572-1585 
XI 1592-1605