jueves, 12 de diciembre de 2019

7-SEGUNDA PARTE DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD

7-SEGUNDA PARTE  DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD




VII EL PRIMER TRUST TEATRAL ISRAELITA

La importancia que tuvo antiguamente en los escenarios alemanes el drama Natan el Sabio , la representa en las naciones anglo-sajonas el conocido Ben-Hur . Demostró esta obra ser la mas eficaz pieza escénica a favor del judaísmo, aunque no fuera esta la intención de su autor, Lew Wallace. 
Parece como si el arte y el destino se declarase al unísono contra las obras tendenciosas, ya que de otra forma no es posible explicar el repetido fracaso de obras escénicas francamente filosemitas. Nunca como hoy fue dable observar tendencia mas activa en obligar al teatro dominado por los hebreos a servir de instrumento para la apoteosis del judaísmo. Pero estos intentos todos, con una sola excepción, fracasaron a pesar de la mas ruidosa publicidad, de las mas favorables criticas periodísticas y de la alta protección de ciertos personajes oficiales. Hasta cierto número de hebreos protestaron contra este intento de querer transformar el teatro en un lugar de propaganda para enaltecer sin razón a la harto simpática raza judía. 
No ofrecería de por si grandes motivos de queja el predominio hebreo en la vida teatral. El hecho de que ciertos judíos, ricos, aisladamente o en grupos, lograran arrebatar tan rica fuente de ingresos de manos de sus antiguos dueños no-judíos, será, tal vez, cuestión de mejores facultades comerciales, gajes del "negocio". Mas lo primordial del asunto radica en saber por qué medios se logro tal predominio y como y con que fines se le utiliza . 
Por lo pronto, es un hecho evidente que los anteriores empresarios no-judíos murieron pobres, siendo su principal tarea la de favorecer al arte y a sus interpretes, y no la de lograr ganancias. En cambio, los empresarios y realquiladores de locales judíos, suelen enriquecerse desmedidamente, dándole al teatro un carácter de empresa puramente comercial. Conste que ya existían los trusts teatrales cuando el concepto "trust" en las industrias se hallaba aun en sus principios. En 1896 el Trust teatral controlaba 37 teatros en las diversas capitales yanquis. Los dirigentes de este trust eran Klaw y Erlanger, Nixon y Zimmermann, Haymann y Frohmann ; todos judíos, salvo Zimmermann , cuya procedencia aun se desconoce. Se unieron a ellos mas tarde Rich, Harris y Brookes , judíos los tres. Merced a su control, pudo el Trust garantizar a sus compañías trabajo suficiente durante largas temporadas. Ante esta competencia, y en especial ante el sistema de alquiler de locales, no pudieron sostenerse las compañías independientes. Y su desaparición sirvió al objetivo hebreo de favorecer el desarrollo de la industria del "film", que desde sus comienzos se presento como empresa puramente judía, no siendo necesario eliminar al elemento no-judío, porque este jamás participo en aquella. En los teatros arruinados por el judío, y por lo tanto vacíos, entraron las películas triunfalmente, y, como siempre, el israelita "mató dos pájaros de un tiro".  
Empero, este desarrollo no pudo verificarse sin hallar resistencia. Actores, críticos teatrales y un sector dilecto de opinión se alzaron en contra de ello. El fin de esta lucha es evidente; desde comienzos del siglo actual, el Trust teatral hebreo triunfa en toda la línea. Este trust semita convirtió el arte en simple cuestión de dinero, funcionando con la mecánica exactitud de una empresa fabril perfectamente dirigida. Anuló este trust toda iniciativa artística, eliminó sin piedad toda competencia, anuló sin tregua a empresarios y actores de valor, encarpetó obras de reconocida importancia, favoreciendo en cambio la popularidad de dudosas eminencias, hebreas en su mayoría. Intento conquistar a los críticos teatrales. Obras dramáticas, teatros y actores fueron negociados como vulgares mercancías. Todo cuanto se refiere al trust judío adquirió inmediatamente el espíritu mezquino y estrecho que solo el semita puede alentar. 
¿Que significa esto? El teatro es en la actualidad el lugar vitando de educación para más de la mitad de nuestro pueblo. Lo que el joven observa y oye en el escenario, lo admite inconscientemente como elemento educativo de su vida, adaptando el ceremonial, el modo de hablar y hasta las modas, usos y costumbres de otros pueblos, como asimismo sus conceptos de derecho y religión. Escenario y pantalla son las fuentes en que bebe la masa popular sus conocimientos acerca del modo de vivir y pensar de las clases acomodadas. Todo lo que de esta suerte y de intencionadamente falso y perverso va infiltrando el hebreo a la masa popular, no puede apreciarse ni de lejos. Asombra muchas veces lo estólido y confuso de nuestra adolescente generación: hallamos la razón en lo anteriormente esbozado. 
Pudo escucharse a veces en público el eco de la titánica lucha sostenida por críticos honrados, contra el soborno brutal primero, y más tarde contra su aniquilación definitiva por el trust hebreo. Francamente amable en un principio, mostró el trust su insolvencia contra los empresarios, actores, autores y críticos, una vez alcanzado el poder. Puesto que afluyeron a el millones y publico en masas ¿de que ni de quien debió preocuparse? Cuando algún critico opúsose a sus métodos, o señalaba el carácter vulgar, indecente e inferior en lo ofrecido, excluyósele de los teatros del Trust, y se "ordenó" su despido a los propietarios del periódico. La advertencia era escuchada en la mayoría de los casos, porque tras ella iba la amenaza de supresión de pingües anuncios teatrales. Últimamente el Trust teatral hebreo llevaba "listas negras" de periodistas "indeseables" para evitar su empleo en editoriales o redacciones. 
No solamente las obras, sino también el edificio es hoy lo primordial en los teatros. De entre los literatos modernos, apenas dos o tres sobresalen. En cambio, se construyen actualmente, únicamente en Nueva York, doce nuevos palacios teatrales. Las butacas se arriendan por hora, al precios de 1 a 3 dólares. Es el dólar el alma de todo. El palco escénico no es sino el cebo. 
El negocio teatral sufrió en octubre de 1920 un rudo revés, y en la misma Nueva York los teatros arrojaron ínfimas ganancias. Quedaron sin ocupación más de 3.000 actores. En plena crisis hicieron anunciar los especuladores teatrales Schubert - hebreos de Siracusa, pero con un pomposo apellido germano, que de humildes porteros y vendedores ambulantes se habían elevado a la dignidad de "Reyes del teatro" - que en Nueva York solo edificarían seis nuevos teatros, y que habían encomendado ¡40 nuevos dramas! De estas obras, tres poseían cierto valor artístico que no preocupaba a los Schubert. El éxito artístico no les importaba. Estribaba su cálculo en mandar a "fabricar" nuevas obras, y en construir teatros, que por su inversión en capital en los respectivos edificios y obras, les garantizasen la mayor renta. Paso inadvertida una resistencia contra tal proceder. Únicamente los círculos dramáticos y los teatros de aficionados esparcidos por los Estados Unidos, dan fe de un movimiento "antisemita" en este terreno. 

QUE DIOS NOS AYUDE

lunes, 9 de diciembre de 2019

QUE DIOS NOS AYUDE



Hay algunas cosas de la mitología demoliberal que no consigo entender.

Me dirán ustedes que no hay mucho para entender en una mitología pero no puedo dejar de lado que dentro del ideario iluminista liberal figura – en un lugar muy destacado y central – la figura de la Diosa Razón proclamada el 10 de noviembre de 1793 por la Convención francesa y a la que hasta se le dedicó el altar mayor de la catedral de Notre Dame.

Una razón sin lógica

La cuestión es que si me ato a los principios esenciales de la razón – sea la pura o la práctica según Kant – no consigo entender como una persona que obtiene, digamos, el 40% de los votos en una elección presidencial puede luego figurar como "presidente de la Nación elegido por el Pueblo".
Yo seré troglodita (admitamos la posibilidad) pero Doña Razón me dice que el Pueblo de una Nación es más que su 40% aunque sea porque la parte es, siempre y en forma inevitable, menor que el todo. Pero justamente aquí está el dilema de mi necesariamente excluyente opción: si le hago caso a lo que me dice la Diosa Razón de Robespierre tengo que mandar al demonio el mito liberal del sufragio universal y, si me inclino por aceptar el mito del sufragio, tengo que mandar al demonio a la mismísima Santa Razón. ¿¡Qué hago!?

6-SEGUNDA PARTE DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD

6-SEGUNDA PARTE  DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD
VI EL PREDOMINIO ISRAELITA EN EL TEATRO NORTEAMERICANO

Fue siempre el teatro un medio primordial para influenciar el gusto en general, y la opinión en particular; es el aliado para propagar las ideas, día a día, que unos caudillos ocultos entre bastidores desean inculcar a las masas populares. No es por casualidad que los bolcheviques, en Rusia, patrocinen los teatros orientados en su sentido, sabiendo que sus efectos, para ir forjando y moldeando la "opinión publica", resultan tan fuertes y profundos como los de la prensa. 
Todo el mundo sabe que el teatro esta completamente bajo la oligárquica influencia hebrea. Nadie ignora que el espíritu nacional se alejo del teatro, influyendo en la actualidad, en este ambiente, la atmósfera orientalista. 
No solo la escena propiamente dicha, sino también el cinematógrafo norteamericano (cuya industria es la quinta del mundo en extensión e importancia) están totalmente judaizados. Es consecuencia lógica de ello que el país entero se va ya rebelando contra los denigrantes y desmoralizadores efectos que irradian estos "templos del arte". Todo aquello que el hebreo acaudille económicamente, sea el negocio del alcohol, o el del teatro, se convertirá de inmediato en un problema moral, o mas bien dicho inmoral. 
Diariamente sacrifican millones de personas su tiempo y su dinero en el teatro, en tanto que millones y millones concurren a los cines. Lo que equivale a decir que cada día millones de personas son influenciadas por la interpretación que el hebreo quiera dar a los conceptos de la vida, del amor y del trabajo, sufriendo así los efectos de la propaganda apenas disimulada por los semitas en pro de su oculto plan: el modelador judío de la opinión publica resulta un procedimiento ideal. Estriba la única preocupación del judío en que su renombre público pueda, acaso, estorbarle en su lucrativo negocio. 
El teatro no es judío únicamente en su dirección, también en lo que se refiere al contenido literario y a su presentación. Diariamente aparecen mas obras cuyos autores, atrecistas y actores son hebreos. No son obras de arte, ni se mantienen mucho tiempo en el cartel. Es perfectamente natural, porque los intereses teatrales hebreos no esperan alcanzar éxitos artísticos, ni perfeccionar el arte escénico autóctono, ni crear un elenco valioso de actores y actrices. Sus intereses son de índole financiera y racial y su objetivo extraer a los no-judíos el dinero del bolsillo, hebraizándoles moralmente, además. Grandilocuentes artículos nos facilitan un calculo exacto para apreciar hasta que punto estos esfuerzos fueron coronados por el éxito. 
Hasta 1885 el teatro yanqui se encontraba todavía en manos no-judías. Acaeció entonces la primera intromisión judía. Con el cambio de empresarios, comenzó la decadencia del teatro como institución artística y moral, aumentando progresivamente con el crecimiento de la influencia semita en la vida teatral. Resulto de esta influencia que lo bueno se elimino intencionada y cuidadosamente del teatro nuestro, y lo inferior, en cambio, fue entronizado en lugar preferente. 
Paso la edad de oro del teatro norteamericano. Murieron los grandes actores, sin dejar dignos sucesores. El espíritu elevado y noble de antaño ya no agrada. "Shakespeare nos arruinaba el negocio", declaro cierto director teatral hebreo; otro se refirió a la ridícula misión "moralizadora" del teatro, y con estas irónicas insinuaciones se intenta denigrar y extinguir la antigua tendencia ennoblecedora de nuestro teatro. Esas dos sentencias deberían grabarse como epitafio sobre la tumba del arte teatral pretérito. 
Aun los jóvenes de 13 a 18 años de edad poseen la suficiente elevación espiritual para apreciar la función moderna del arte teatral. Se pretende entretener al "hombre de negocios fatigado", y con tan huera frase se justifica la absoluta ausencia de espiritualidad. Se apoya todo este "arte" en la mentalidad de los sin carácter, que voluntariamente confían en los trucos del tramoyista. Si a veces se representa aun alguna obra sana y limpia, es como una concesión a una moribunda generación de aficionados al buen arte escénico. La generación actual prefiere otro manjar. ¿Tragedia? ¡Estupidez! ¿Desarrollo de caracteres mas profundos de lo que pueda comprender el criterio de un adolescente? ¡No se cotiza! Descendió la opera cómica al nivel de los efectos luminotécnicos y al de las dislocaciones de miembros, y su música a un lascivo frenesí. Sensacional, estúpido y vulgar es el tema preferido. El adulterio es el tema primordial. Exhibición de carne desnuda en lujurioso grupo, racimos de mujeres cuya vestimenta pesa apenas cinco gramos: tal es el "arte moderno" para el empresario hebreo. 
La rebelión de los "amateurs" del arte verdadero contra esta profanación, manifestóse en poblaciones yanquis por el cada vez mas creciente florecimiento de los teatros de aficionados. El arte dramático, expulsado de los escenarios públicos, encuentra protección en miles y miles de sociedades teatrales y literarias. Si las buenas obras no se ponen en escena, se leen. Los dramas modernistas no resistirán en ninguna forma su lectura en voz alta, por carecer en absoluto de sentido común. De aquí la reunión de "templos" de arte verdadero en restringidos círculos dramáticos esparcidos por todo el país, y cuyas sesiones se realizan en depósitos o iglesias, en escuelas o salas públicas. 
Las modificaciones introducidas por el judío en nuestro teatro, y que cualquier aficionado puede comprobar fácilmente, manifiéstanse en cuatro aspectos. 
En primer termino, el hebreo dio preferencia al aparato mecánico, con lo cual se anula la acción y el talento humano. El escenario, en vez de cooperar a la obra artística, obtiene un significado realista propio. El eximio actor no necesita un gran mecanismo escénico, en tanto que los actorzuelos que actúan en las obras hebreas quedarían anulados sin el aparato tramoyístico. El escenario es en realidad la obra. Sabe el judío, perfectamente, que los buenos actores son día a día más raros, pues la política teatral hebrea yugula despiadadamente todo talento, entre otras razones, por la primordialísima de que cuestan demasiado dinero. El israelita, por eso, prefiere invertir su dinero en maderas, telas, colores, géneros y demás farandulerías. No podrán estas materias muertas ruborizarse de su insípido idealismo, ni de su inicua traición al sacro arte. 
Así convirtió el hebreo en indigno espectáculo nuestro teatro, suprimiendo en el todo elevado idealismo. El que hoy visite un teatro recordara mas tarde el titulo de la obra, pero jamás su contenido, ni a sus actores principales. Todo es retroceso y degeneración. 
En segundo término, el hebreo reclama para si el merito de haber introducido en nuestro teatro el sensualismo oriental. Diariamente fue subiendo la ola verde en los teatros yanquis, inundándolos por completo. Actualmente se encuentra en los "mejores" teatros, más descarada inmundicia que antes en los cafés cantantes más sórdidos. En Nueva York, donde existe un número mayor de directores judíos teatrales, que nunca pudiera haber existido en Jerusalén, se sobrepasan los límites de lo osado. La reciente representación de Afrodita parece significar el perfectamente calculado ataque de frente contra la última trinchera de una antigua tradición moral, ofreciendo descaradamente el más cínico nudismo. Hombres trajeados con un corto taparrabos o piel de leopardo o de chivo, mujeres desnudas hasta las caderas, el resto velado apenas con transparente gasa, formaban el marco de una mujer completamente desnuda, de cuerpo marmóreo. El autor de dicha obra era, naturalmente, hebreo. En cuanto a ideas en la obra, ni pizca. En cambio, las insinuaciones, las situaciones escabrosas, la osadía de las escenas, esas si fueron el fruto de largo y detenido estudio en el arte de la perversión humana. Esta prohibida la venta libre de bebidas narcóticas, pero la aplicación de insensibles venenos morales por esa cáfila de falsificadores no lo esta. 
Los "clubs", "boites" y demás diversiones nocturnas, son un articulo de importación esencialmente judío. Ni los bulevares de Paris ni "Montmartre" ofrecen, en cuanto a lubricidad, lo que Nueva York brinda. Paris, en cambio, posee una contrapartida al horror lascivo: la Comedia Francésa; Nueva York ni eso siquiera. 
¿Como, en semejante piélago de vilipendio y prostitución del arte, hallaran los autores dramáticos serios la mínima perspectiva de medrar? ¿Donde se les dará cabida a los actores dignos de arte dramático o cómico? Nuestra escena actual se despliega únicamente bajo la estrella de la pintoresca fauna de coristas y comparsas. Cuando por excepción se da acceso al teatro a un dramaturgo serio, es solo por unas pocas representaciones. Los efectos de luces, la brillantez de colores y el desnudo femenino les ahuyentan, y solo "vegetan" gracias a aquellos que no olvidaron aun del todo lo que debería ser el teatro y leen sus obras impresas. 
La tercera consecuencia de la invasión hebrea en el teatro norteamericano consiste en la aparición del sistema de la "estrella", del "astro", del "divo". Los últimos años nos ofrecieron sino en los enormes muros de "reclame" de los trusts teatrales, para hacer creer a las masas que dichos farolillos brillan con diamantino fulgor en el cenit del firmamento escénico "dramático". Las "estrellas" de ayer, que hoy ya no lo son, son simplemente las favoritas de los actores hebreos o mercancía humana que, extraída de la masa, se coloco en "vidriera" para despertar la ilusión de una "novedad". En fin, en tanto que antiguamente actores y actrices llegaban a celebridades gracias al favor del público, hoy se logra exclusivamente por la propaganda del propietario del teatro. La "marca Nueva York", con que suelen distinguirse muchas nulidades artísticas, no significa sino la caída en gracia al respectivo empresario de que cada actriz disfrute. Justamente contra esta "marca Nueva York", se ha rebelado el país. El auge de los teatros de aficionados en Centro América y en el Oeste es la mejor prueba de ello. 
En todos sus negocios busca el hebreo el éxito más rápido posible, mas en su tarea de hundir el arte teatral no-judío no puede, al parecer, ir con la velocidad que desea. Educar y perfeccionar artistas requiere tiempo: una buena publicidad equivale a lo mismo y es más rápido. Tal como antiguamente el sacamuelas sofocaba los gritos de dolor de sus pacientes con los estrepitosos sonidos de su trompeta de latón, así el moderno empresario teatral encubre la oquedad espiritual de sus "funciones" arrojando a la cabeza de los estupefactos espectadores cantidades de confetti, de encajes, de cuerpos desnudos, de oropel. 
Se resumen en una razón común estos tres aspectos del predominio hebreo en nuestros teatros: la de convertirlo todo en mercadería negociable, extraer dinero de todo cuanto el judío emprenda. Trasladose el centro de gravitación del teatro del palco escénico a la taquilla. La sabiduría del ropavejero de dar al vulgo de acuerdo con el gusto de cada uno, impera también en los teatros desde que el semita penetro en sus recintos. 
En 1885 dos astutos hebreos fundaron en Nueva York una agencia teatral, ofreciéndose a aliviar a los empresarios de San Luis, Detroit, Omaha y otras ciudades, de la penosa labor de contratar celebridades para la temporada próxima. Fue esta la base del Trust Teatral. Figuro dicha agencia bajo la razón social de Klaw & Erlanger, uno de cuyos fundadores era un israelita ex estudiante de Derecho, que mas tarde se transformo en agente teatral, en tanto que Erlanger, joven hebreo de pocos alcances, poseía habilidad financiera. No inventaron ellos el sistema de la Agencia teatral, sino que lo copiaron de un tal Taylor, fundador de una Bolsa teatral, donde se reunían actores y empresarios de todas partes para relacionarse mutuamente y firmar contratos. 
La forma actual de agencia teatral es la clave de la decadencia del moderno teatro yanqui. El viejo sistema poseía la gran ventaja de un perenne conocimiento personal entre el empresario y su compañía, brindando al actor genial tiempo y oportunidad para su desarrollo y madurez artísticas. En aquella época no existía sindicato alguno, y los empresarios podían hacer actuar a sus compañías y primeros actores en los escenarios de los más diversos propietarios de teatros, aprovechando con amplitud la temporada. Finalizada esta en la capital, partían juntos a provincias. Ambos, empresarios y compañía, dependían mutuamente el uno de la otra y compartían fraternalmente éxitos y adversidades. 
El sistema de agencias puso fin a todos esto, que bien pudo ser un sueño.

5-SEGUNDA PARTE DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD

SEGUNDA PARTE  DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD
V BARUCH, EL "DISRAELI NORTEAMERICANO" Y "PROCONSUL DE JUDA EN NORTEAMERICA"

Es posible que la guerra haya interrumpido en forma temporal la intimidad de las relaciones entre los banqueros judíos de Wall Street y sus amigos de Europa; pero sin que hayan aumentado considerablemente por ello las riquezas hebreas en los Estados Unidos. Según informaciones de fuente judía, un 73 por ciento de los nuevos millonarios de guerra en Nueva York son semitas. La colectividad hebrea salio de la guerra mucho mas fuerte de lo que jamás lo fuera antes, siendo innegable su ascensión en todo el mundo. 
Hebreo es el presidente de la Sociedad de las Naciones, sionista el del Consejo Superior. El presidente de Francia (en 1920) era también un judío. Otro semita presidio el comité de investigación sobre la culpabilidad de la guerra, bajo cuya presidencia desaparecieron documentos en extremo importantes. 
En Francia, Inglaterra y Alemania, aumentaron enormemente su poderío financiero y la influencia de su propaganda revolucionaria. 
Un muy significativo hecho es el de que sobre aquellos países, que con razón se pueden calificar de antisemitas, pesa la mano de Judá más reciamente que en parte alguna. Cuanto más se acentúa la resistencia contra dicha opresión, tanto mas se desarrolla el despotismo hebreo. La Alemania actual es antisemita, mas a pesar de todos los esfuerzos del pueblo germano por librarse del visible predominio de los hebreos, estos, inalcanzables para lo voluntad popular, arraigaron con mas firmeza que nunca. Francia se torna cada vez más antisemita; pero ante el crecimiento de esta oleada aparece un presidente de la Republica hebreo. Rusia es antisemita hasta la medula; pero se halla tiranizada por los israelitas. Y en el instante en que, según nos afirman los jefes hebreos, una oleada antisemita (así se llama el despertar de los pueblos) inunda los pueblos del mundo, es precisamente un hebreo quien se adueña de la presidencia de la Liga de las Naciones; si participara en ella los Estados Unidos de América, significaría el súper-gobierno mundial. No se sabe por que ese hebreo fue designado presidente. Ni sus facultades, ni la voluntad general le destinaron para tal puesto, pero, ¡lo es! 
Acabamos de sufrir en nuestro país cuatro años de un despotismo hebreo casi tan absolutista como el soviético en Rusia. Por inverosímil que esto parezca, esta aun muy por debajo de los hechos documentalmente comprobados. No provienen estos hechos de "se dice", ni son la expresión de un juicio parcial, sino resultado de una investigación de las autoridades legales, y están para siempre archivados en las Actas gubernamentales de los Estados Unidos. 
Demostraron en aquella época los judíos que aun sin la ayuda de Wall Street gobiernan absolutamente al pueblo norteamericano. Pero el hombre que tal prueba aporto pertenece a la alta finanza de Wall Street. Se dio en llamarle el "Procónsul de Judá en Norteamérica", diciéndose que se titulaba a si mismo el "Disraelí norteamericano". Ante una comisión extraordinaria del Congreso declaro dicha persona: " Que durante la guerra probablemente tuvo mas poderes que ningún otro político de Norteamérica, esto sin lugar a dudas". No hay exageración de estas palabras; tuvo mayor poderío que nadie - aunque no fueran siempre poderes muy legales ni constitucionales - según personalmente admitía. Alcanzaron sus poderes a la familia, al negocio, fabricas, bancas, ferrocarriles, incluyendo hasta ejércitos enteros, y gobiernos. Gozo de un poder ilimitado e irresponsable; el poder de este individuo y de sus cómplices provoco el ataque de los ricos nojudíos, facilitándole así una omnisciencia y con ello infinidad de ventajas que no se pagan con miles de millones. 
De cada 50.000 norteamericanos, había oído apenas uno, antes de 1917, hablar de él; es probable que hoy sean muchos más los que conocen detalles de su existencia y de su proceder. De la oscuridad jamás iluminada por hazañas en pro de la sociedad, surgió de pronto este personaje para adueñarse del poder absoluto sobre un gran pueblo en estado de guerra. Poco tenia que hacer a su lado el gobierno constitucional, salvo autorizar pagos y ejecutar sus ordenes. Cierto es que dijo que cualquiera, por encima de su persona, podía dirigirse directamente al presidente Wilson; pero nadie que conociera a fondo los asuntos, lo intento siquiera. 
¿Quien es este personaje de carrera tan oculta y rápida, típico ejemplo de la disposición del judío a empuñar el cetro en el preciso instante que lo cree oportuno? 
Este es su nombre: Bernardo M. Baruch. 
Hijo de un médico, nació en 1870, cursando sus estudios en la Universidad de Nueva York, que abandonó a la edad de 19 años. Ocupo muchos años en "estudios económicos", sin que se supiesen de él más detalles. A los 26 años entra como consocio en la razón social Hausman y Cia., que abandona en 1902 luego de haber conseguido un puesto en la Bolsa de Fondos de Nueva York. De su práctica comercial nos declara el mismo: "No hice ningún negocio, sino para mi. Estudie ciertas producciones y fabricaciones, y las personas que en ellas intervenían". Traficó con títulos y empresas. Estas las adquiría, no para desarrollarlas, sino para revenderlas en ocasión propicia, no siendo así ni industrial, ni comerciante, sino el prototipo del negociante capitalista . Traficaba en fábricas de tabaco, en fundiciones, en caucho y en acero. "Estuvo interesado en trusts".
Concentróse su interés principal en el negocio del cobre , en el que "tropezó" con las dos firmas monopolizadoras judías de ese ramo, los Guggenheim y los Levisohn. El significativo valor de estas combinaciones se comprenderá fácilmente. 
En su juventud fue ya rico y opulento, sin que se sepa que heredara gran cosa. Si la guerra le tornó mas rico aun, no se puede afirmar con certeza. Amigos y socios suyos sanearon sus fortunas junto con él. 
Contestó con evasivas a preguntas acerca de sus negocios concretos y primordiales antes de la guerra, expresando que tenía la intención de retirarse paulatinamente de los negocios. ¿Por qué? ¿Para preparar otro mayor? Su intento de retirarse "fue desbaratado por mi nombramiento de miembro de la Junta de asesores consejeros ("Advisory Commission") sin tener antes una idea de tal probabilidad, ni que me hubiese ofertado para tal cargo". Resulta, entonces, que se le descubrió. ¿Cuando? Y ¿quien lo descubrió? ¿Como se explica que fuera justamente un hebreo el único hombre disponible para cargo de tan vastos poderes? 
Se creó esta Junta de consejeros en 1915, cuando el país consideraba aun su neutralidad como la única solución posible. Un intento público, el mínimo indicio de complicar a los Estados Unidos en la guerra europea, hubiese barrido en aquella época a los voceros o jefes judíos. 
En aquella época de total voluntad popular de mantener la paz en Norteamérica, formóse la Junta de Consejeros - ¡para preparar la guerra! - y ello bajo la presidencia del mismo Wilson que en 1916 debió su reelección al embuste de querer mantener a los Estados Unidos alejados de la guerra. 
Las respuestas de Baruch a las preguntas que se le formularon al respecto a sus relaciones personales con el presidente Wilson fueron evasivas, y manifestó no recordar cuando por última vez antes de su nombramiento para la Junta de Consejeros, conferenció con el presidente. Esto es extraño: una conferencia con el primer magistrado de la republica no puede borrarse tan fácilmente de la memoria, salvo que tal conferencia no tuviera para el nada de original, es decir, que se celebrasen con frecuencia . "Naturalmente debió pensarse en la movilización de las industrias nacionales, porque los soldados no luchan tan solo con sus brazos, sino que también precisan armas. Estaba persuadido de que la guerra sobrevendría mucho antes de lo que nadie se imaginara".
¡Eso fue en 1915! En aquel entonces, cuando el pueblo yanqui contemplaba la guerra como simple espectador , queriendo seguir siempre en tal postura, fue el hebreo Baruch quien estaba ya persuadido de la participación yanqui en la guerra ( ¡que ocurrió dos años mas tarde! ) dedicándose a ¡prepararla! Y el gobierno de Wilson, que se había comprometido a mantener el país alejado de la guerra, conferenció con ese mismo hebreo Baruch, que hasta debió ir creando la atmósfera necesaria para la guerra . Quien recuerde hoy los acontecimientos del año 1915, completando el cuadro con las pinceladas de lo que en aquel entonces ignoro, es decir, con las actuaciones de Baruch, tendrá que confesar que en aquella época ignoraba por com pleto lo mas importante de los sucesos de la actualidad, y ello a pesar de haber leído a diario y con toda atención los periódicos. 
Baruch sabía, en 1915, "que nos veríamos envueltos en la guerra". 
Cegado por tal convencimiento "hizo un largo viaje". "Sentí durante ese viaje - dice - que algo debería hacerse para la movilización de las industrias, y concebí el plan tal como se realizo cuando ascendí a presidente de la Junta de Consejeros". Este plan lo expuso a Wilson, quien lo escucho atentamente, aprobándolo. Hizo Wilson lo que Baruch le indicaba y este extendió su omnímoda mano sobre la totalidad de la producción norteamericana. Y lo consiguió. De manera tanto o mas completa que el mismo Lenin en Rusia, porque en los Estados Unidos el pueblo yanqui no vio en todo ello sino el elemento patriótico, sin advertir que quien disponía de sus destinos era el gobierno hebreo, al que tuvo que obedecer. 
Además se constituyo el "Comité de Defensa Nacional" ¡en 1915!, no como una corporación constitucional norteamericana, sino como una creación arbitraria con un hebreo a la cabeza y con otros hebreos en los principales puestos. Pertenecieron a este comité seis Secretarios de Estado, siéndole subordinada una junta facultativa de siete miembros, de los cuales tres eran semitas, y Baruch uno de ellos. Dicha junta a su vez tenia bajo sus órdenes a centenares de empleados y muchísimas juntas especiales. Fue una de estas la "Junta industrial de guerra", de la que Baruch, al principio, fue miembro y luego amo absoluto. Esta "Junta industrial de guerra" con el correr del tiempo fue perdiendo importancia en la vida norteamericana y en todas sus ramificaciones. Bernardo M. Baruch fue un rey "entre bastidores". 
¿Por que precisamente fue un hebreo quien logro tan absoluto predominio sobre un pueblo de cien millones, ejerciéndolo en forma despótica? 
Las organizaciones creadas por los hebreos acusaban un carácter duramente autocrático, pero con un barniz de democracia. Todo semita colocado al frente de una organización militar administrativa, grande o pequeña, tuvo así la menor oportunidad para "ejercitarse" en el desempeño de un mando ilimitado. 
¿Cual fue el poderío de la "Junta industrial de guerra"? A la pregunta del representante Jefferis: "¿Usted decidió, entonces, lo que cada personas debía percibir?", Baruch respondió: " Así es, efectivamente. Yo asumí la responsabilidad y fui quien luego decidió en definitiva lo que el ejercito y la armada debía percibir, lo que se les debía dar a los ferrocarriles, o a los Aliados, o si se entregaban locomotoras al general Allenby en la Palestina, o se las empleaba en Rusia o en Francia". 
Este enorme poderío concentróse en manos de un solo hombre. "¿Es decir, que los hilos todos del poder se reunieron en sus manos de usted?", inquirió Jefferis. "Si, repuso Baruch, poseí durante la guerra probablemente mas poderes que ningún otro político". Esto es verdad. "La decisión definitiva venia finalmente a mi". 
La vulgar afirmación de las arbitrariedades personales del presidente Wilson por menospreciar el gobierno efectivo hebreo, que le aconsejo siempre y en todos los detalles, carece de fundamento. Quien le suponga autócrata, es ciego ante la plenitud de poderes extraordinarios con que revistió en todo momento al seudo-gobierno judío durante la guerra. Wilson no se preocupaba de la Constitución, ni del Congreso, eliminando al Senado y aun los miembros de su ministerio. Pero es falso que no haya admitido consejo alguno. Ni cuando la guerra, ni en las conferencias de la Paz procedió por cuenta propia. La idea de complicar a Norteamérica en la guerra no fue suya, como tampoco la del modo de conducir la guerra, no la de formular la paz. Detrás de el, sobre el, estuvo Baruch; éste acompañóle a París, no abandonando sino juntos el "George Washington", ni tierra europea, hasta que todo se hubo cumplido en la forma que Baruch y sus amigos, que siempre rodearon a Wilson, hubieran querido. El único periodista que en el transcurso de la guerra siempre y en todo momento tuvo acceso cerca del Presidente, sirviéndole, por decirlo así, de heraldo, fue el hebreo Lawrence. 
Existe solo un concepto que designe cabalmente la amplitud de poderes del hebreo Baruch: dictadura. Personalmente, Baruch pronuncio esta palabra diciendo que dicha forma de gobierno fue también en épocas de paz la mejor para Norteamérica, aunque su implementación se hiciese más fácilmente en tiempos de guerra, debido al general patriotismo reinante. 
Treinta mil millones de dólares costo a los Estados Unidos su participación en la conflagración mundial, de los cuales diez mil se prestaron a los aliados. Dependió exclusivamente la inversión de estas fabulosas sumas del libre albedrío de Baruch.  Fue este judío quien resolvió: 1º sobre la utilización de capitales ilimitados de la vida económica; 2º sobre todos los materiales; 3º sobre la industria entera y sus limitaciones, de la fuerza humana, y su destino al servicio bélico, directo o indirecto; y 5º sobre las condiciones de trabajo de los obreros, estableciendo precios y jornales. 
La organización de la utilización de capitales incumbió nominalmente, a la "Junta de inversión de capitales", a cuyo frente figuro el semita Eugenio Meyer, hijo. ¡Otro talento hasta entonces desconocido, que al ser "descubierto" fue ubicado en un cargo importantísimo! Quien durante la guerra necesito capital para cualquier empresa, tuvo que descubrir en absoluto su tarjeta ante los hebreos Meyer y Baruch. Esta organización, en manos de unos pocos judíos fue el mejor sistema imaginable de espionaje que jamás existiera en la vida comercial. Se denegó una suma de 8.000.000 de dólares, que necesito el Municipio de Nueva York para fines escolares, en tanto que un empresario hebreo recibió con toda facilidad las cantidades necesarias para la erección de un teatro monumental. Se les negaron a los no-judíos los fondos para empresas productivas, que poco después se concedían a israelitas para fines idénticos. Constituyo un siniestro poderío, que jamás debió ser confiado a un solo hombre, y mucho menos a una cáfila de judíos. Y, sin embargo, ¿como ocurrió que en todos los puestos donde todo dependía del buen tacto y de la discreción, siempre se hallara un hebreo, y este siempre investido de la autoridad de un mando ilimitado? Cuanto más se profundiza este problema, tanto mas misterioso aparece.
En lo referente a la utilización de los materiales (materias primas, objetos semifabricados y productos hechos) poseía Baruch en muchos de ellos una experiencia personal práctica. Jamás se aclaro completamente el modo de aplicar estos conocimientos a las ramas industriales en que participo personalmente Baruch durante la guerra. Donde Baruch no era perito, se valía de consejeros. Se destacaba entre ellos J. Rosenwald, para las necesidades de la vida, incluso el rubro vestidos, siendo su lugarteniente Eisenmann. Este se ocupaba de la adquisición de los uniformes, designando las calidades de las telas a utilizar, y fijando los precios a los fabricantes, en su mayoría hebreos. Lo concerniente al empleo del cobre estuvo en manos de un empleado de la casa monopolizadora Guggenheim, obteniendo, claro esta, esta casa los suministros mas importantes de cobre para las necesidades de guerra. Sin la previa aprobación de la "Junta industrial de guerra", vale decir, sin el consentimiento de Baruch, nadie pudo durante la guerra construir una casa de mayor valor de 2.500 dólares, ni adquirir un barril de cemento, ni recibir la mas pequeña cantidad de cine. 
Hizo constar Baruch que alrededor de 35 ramas industriales estaban bajo su control, y que abarcaba este, tal vez, todas las materias primas del mundo. "Yo resolví en definitiva. Por mis funciones, pertenecí a todas las Juntas, siendo mi tarea la de inspeccionarlas todas y estar en contacto con ellas". Fue el quien decidió donde se embarcaría el carbón, a quien se debía vender acero, donde se fundarían o se suspenderían respectivamente las industrias. Al mismo tiempo que el control sobre el movimiento de los capitales tenia Baruch también en sus manos el de las materias primas en su totalidad. Fue envuelto este control en el misterioso concepto de "prioridades" que según testimonio de Baruch constituyeron "el poder máximo durante la guerra". 
Pero ni así queda explicado completamente el poderío absoluto ejercido por Baruch. El alma de la industria es y sigue siendo el elemento hombre. Y este también fue dominado por Baruch. El maligno sueño de un trust que se ejercía sobre vidas humanas fue realizado por primera vez por este individuo que afirmaba mas tarde sin avergonzarse: "Nosotros fijábamos también la prioridad para la energía humana". Este "nosotros", en boca de Baruch significa siempre "yo", o "nosotros los hebreos". 
Fue Baruch quien especifico al Ministerio de Guerra la clase de hombres susceptibles de alistarse en el ejército. "Nosotros ordenábamos que las industrias menores parasen, y que su personal cesante ingresase en filas". El mando supremo, de vida o muerte de industrias enteras y de centenares de miles de obreros norteamericanos lo ejercía este único hombre, ¡un judío! 
Fué el quien estipulaba precios y jornales, los precios de todo lo necesario para la vida diaria, los del algodón, la lana y demás materias primas indispensables para 350 industrias, y los precios unitarios. 
En una palabra, un 73 por ciento de los nuevos millonarios de guerra, solo en Nueva York, son (según datos de fuente judía) ¡hebreos! 
Se impone el interrogante: ¡Como es posible que fuera justamente Baruch el que lograra tanto poder? ¿Quien se lo concedió? ¿De quien o de que fue instrumento? Ni su pasado, ni los hechos conocidos hasta la fecha, explican o justifican su nombramiento. Menos mal si hubiese sino uno de entre tantos peritos que bajo control de los poderes constitucionales hubieran transformado el país y su economía nacional. Mas queda sin explicar, de todos modos, que fuera él el único personaje que se erigiera en centro de gravitación de todo nuestro gobierno de guerra, y quien supeditara todo el gobierno legal a sus dictados. 
Fue el quien acompaño a Woodrow Wilson a Paris, permaneciendo allí hasta el 28 de junio de 1919 como "experto comercial agregado a la Misión de Paz". A la pregunta que le formulo el representante Graham: "¿Conferencio usted allí a menudo con el presidente?", Baruch repuso: "Siempre que el presidente me pidió consejo, se lo di. También intervine en el asunto de las condiciones de reparación. Fui miembro oficial del Departamento Económico, así como también del Consejo Superior de materias primas". - Graham: "¿Sesiono usted con aquellos personajes que establecieron las condiciones de paz?" - "Si, a veces". - Graham: "¿En todas las comisiones, salvo en el Consejo de los Cinco?" (la instancia suprema). - Baruch: "Muchas veces también en este".

El plan mundial hebreo fue el único presentado en Paris, que se aprobó sin modificación alguna. El pueblo francés, que con suma extrañeza advirtió que miles de judíos asistían a las sesiones desde todas partes del mundo, figurando como consejeros de los jefes de gobierno, y Estados, llamo a la Conferencia de la Paz la "conferencia de koscher". Especialmente en la delegación yanqui prevaleció tanto el elemento hebreo, que llamo escandalosamente la atención. Dice el historiador inglés Dillon en su libro titulado La historia interna de la Conferencia de Paz : "Aunque parezca raro a muchos lectores, queda firme el hecho de que un importante numero de miembros de la Conferencia creyeron seriamente que las influencias efectivas detrás de los pueblos anglo-sajones eran semitas ". Nos dice mas adelante que los "derechos de las minorías", propugnadas por Wilson, se aplicaban prácticamente, solo a las minorías judías. Tales derechos, como prerrogativas judías, lesionaban grave y profundamente los sagrados derechos innatos de los pueblos y Estados, que atañían y eran formulados por los hebreos reunidos en Paris (según Dillon) "para realizar su plan detalladamente elaborado, lo que consiguieron por completo". Dijeron los representantes de los Estados complicados en estas "combinaciones": "De hoy en mas el mundo será dominado por los anglosajones, y estos, a su vez, por su respectivos elementos judíos". Estos hechos demuestran una asombrosa concordancia con los fines que, según los "Protocolos de los Sabios de Sión", los judíos se propusieron y sobre cuyas teorías hablamos detenidamente en la primera parte de esta obra. 
Digamos algo mas sobre el rubro "cobre". Según personal declaración de Baruch, "se interesaban" por negocios en cobre. Los Guggenheim y los Lewisohn son los "reyes mundiales del cobre". Antes de que la guerra estallara, Baruch "visito" a dichos señores. Cuando la guerra, se repartieron entre si este negocio. Anulóse la competencia, porque Baruch, como representante del gobierno, se lo pidió. Los Lewisohn (el vicepresidente de su trust se apellidaba Wolfson ) se encargaron del mercado yanqui, y los Guggenheim del de ultramar. El gobierno de Estados Unidos solo adquirió durante la guerra más de 600 millones de libras de cobre. Este gobierno, vale decir Baruch, trato, en cuanto a cobre, exclusivamente con la firma Lewisohn. Las sociedades de menor importancia, para poder vender sus productos, debieron dirigirse a sus más fuertes competidores, los Lewisohn, y ello por orden del gobierno, representado por el hebreo Eugenio Meyer, quien, a su vez, representaba al hebreo Baruch. Eugenio Meyer estaba también muy "interesado" en asuntos de cobre. En las sesiones realizadas por los productores de cobre de Nueva York tomaron parte: Rosenstamm, Vogelstein, J. Loeb, Wolfson, Drucker y Eugenio Meyer , en tanto que los representantes del Ejercito y Marina no fueron admitidos. El representante común de los Lewisohn y Guggenheim ante el gobierno del Washington, fue un llamado Mosehauer. 
El comité "gubernamental" designado por Baruch para mediar oficialmente entre el gobierno y los productores de cobre (vale decir, entre el y los Guggenheim-Lewisohn), estaba integrado por tres personas, y esas tres personas eran: ¡empleados de la casa Guggenheim! "Es verdad, esos grandes productores de cobre estuvieron representados en el Comité, yo los elegí por ser personas muy notables". Y en tal forma explico Baruch esta rara coincidencia. El monopolio hebreo en el mercado del cobre en ambos lados del Atlántico resulto, pues, completo y "redondo". 
Al oírse murmurar sobre este oscuro asunto, tuvo que hacerse algo evidente. Declararon los Lewisohn que (¡atención, lector!) le venderían al gobierno toda la cantidad deseada de cobre al precio estipulado. "Para arribar a un precio determinado, tomamos por base el precio de los últimos años. Este resulto ser de 16 3/4 centavos norteamericanos la libra, en tanto que en la época de dichas conferencias el cobre se cotizaba a 32 centavos la libra". De modo, entonces que, al parecer, el gobierno recibió el cobre a mitad de precio. Por lo menos así se le manifestó a voz en grito al público, y este quedo encantado. Baruch explico el punto de la siguiente forma: "La oferta evidencio claramente que nos guiaba el deseo de rechazar todo lucro particular, mientras se tratase de las necesidades del gobierno. Pagadnos lo que queráis: tal fue el punto de vista del productor". El gobierno recibió todo el cobre deseado, y a precio sin compromiso. 
Pero, siguióse conferenciando sobre el precio que por el cobre debieron pagar las empresas particulares, el que se estipulo en 27 centavos. Como Baruch (¡atención nuevamente, lector!) decreto el sistema de precios únicos como suprema ley para toda clase de mercaderías, e independientemente de que particulares o el gobierno fueran los clientes, tuvo que pagar el Gobierno ¡también 27 centavos! Empero, esta pequeña variación fué silenciada al gran público... 
Finalizada la guerra quedóse el gobierno yanqui con una existencia de 16 1/2 millones de libras de cobre. La firma Lewisohn llevo al colmo su generosidad readquiriendo del gobierno dicha cantidad, vendida anteriormente a 27 centavos, al precio de... ¡15 centavos la libra! 
Baruch no representa sino un ejemplo típico de la mezcolanza intima del hebraísmo con el mecanismo administrativo militar de nuestro país. Si hubiesen sido los judíos los únicos aptos para administrar todos los puestos de importancia... ¡santo y bueno! Pero no siendo así, ¿como fue posible que precisamente ellos se adueñaran de todo el aparato de inspección de manera tan exclusiva y sistemática? Sin embargo, este hecho consta históricamente. ¿Como se le puede explicar?