Hugo Wast no era antisemita (2-4)
2. Lo que dijo Hugo Wast
Pero vayamos sin
más trámite a la obra acusada; como sería tedioso entrar en detalle,
veamos el resumen que hace un hijo de Abraham según la carne:
Una oscura conspiración atraviesa y explica la historia mundial desde hace milenios: la conjura judía mundial para dominar a la humanidad. Este complot se organiza a través del Kahal, soberano invisible y todopoderoso, que existe dondequiera que haya judíos. Cada una de estas organizaciones locales están subordinadas al Gran Kahal de Nueva York, cuyo jefe gobierna desde las sombras a los israelitas de acuerdo a las normas del Talmud. El arma principal de los judíos para la conquista del mundo es la acumulación del oro, mediante el cual lograrían subyugar a los bancos, explotar a los productores y esclavizar a los gobiernos de todo el planeta. Sin embargo, la nación israelita se había dividido en dos bandos a partir de las discordias de dos grupos de banqueros poderosísimos: los Rheingold, que dominaban en Francia e Inglaterra y los Meyerbeer, omnipotentes a las finanzas de Estados Unidos y Alemania.
Ambos grupos defendían opuestas doctrinas financieras, lo que no les impedía beneficiarse alternativamente de las situaciones de guerra y paz, con los que los ganadores en cualquier circunstancia eran siempre los judíos. Para alcanzar sus objetivos —continúa la novela— los judíos han desatado guerras, generando crisis económicas, difundido las teorías económicas que los benefician, controlando la prensa, impulsado el voto universal y desatado revoluciones sociales, beneficiándose del sufrimiento de naciones enteras en su ciego afán de fortuna.
En Argentina, dos familias se disputan la jefatura del Gran Kahal local: los Kohen, representantes de la casa Meyerbeer y los Blumen, aliados de los Rheingold.
En
sus pujas la traición es el método habitual, y los casamientos con
jóvenes católicas un ardid para acumular poder y riqueza. El plan de
dominación dirigido desde Nueva York se verá puesto en peligro por
Julius Ram, un alquimista que en Buenos Aires, dice haber descubierto el
secreto de la transmutación de los metales, con el que las finanzas
judías se hubieran visto arruinadas, ya que el oro se hubiera podido
producir a partir del plomo y el único valor que conservaría sería el de
uso. Aunque pronto se descubriría que la invención de Ram no resultaba
ser más que una mistificación, una hábil maniobra de Fernando Adalid
—Presidente del Banco de Sud América y candidato a Presidente de la
Nación por las fuerzas conservadoras, miembro de una antigua y católica
familia argentina— logrará, mediante un definitivo derrumbe del precio
del oro, arruinar los planes hebreos y beneficiar a todo el resto de la
población. Desaparecido el poder del oro, Mauricio Kohen —último
descendiente de la familia que había sido desplazada por los Blumen del
control del Gran Kahal de Buenos Aires — descubre que el Dios de Israel
ha muerto, y conmovido por los actos del Congreso Eucarístico de 1934,
abre su corazón a Jesucristo[1].
Hasta aquí el resumen del libro; muy bueno, por cierto. La obra, precedida de un prólogo[2] al
que nos referiremos más adelante, es casi una novela policial. ¿Qué
denuncias se leen? ¿Qué acusaciones se dan contra los judíos? ¿Contra
todos?
En realidad,
Wast no ahorra ni elogios ni críticas al judaísmo, entendido éste como
una nación que se crea y recrea a sí misma, para utilizar términos
marxistas[3]. Vayamos resaltando algunos de sus conceptos vertidos en la novela.
a. El oro judío
El pueblo
elegido, según Wast, ha tenido la costumbre desde las épocas del becerro
dorado en volcarse hacia el noble metal, ya que ha sabido que «mejor
que la espada, (es) el fusil; mejor que el fusil, el cañón; mejor que
el cañón, el oro»[4].
Es a partir del oro y las finanzas como los «elegidos» dominan el mundo
y se favorecen de las crisis económicas(la de 1929 es una muestra en la
novela), como se deja leer:
—Créame —le dice uno de los personajes al presidente de la Nación Argentina—, la obra maestra de los financieros ha sido desencadenar esta crisis, para explotarla.El presidente objetó:—No puedo creer; sería un suicidio, porque muchos y de los más poderosos se han arruinado.— ¡Así es! Pero, ¿se ha fijado usted a qué religión pertenecen los financieros arruinados?— Le confieso que no. ¿Tiene algo que ver la religión con los negocios?—¡Sí! ¡Mucho! No encontrarán un solo judío entre los arruinados. ¡Y en ninguna parte del mundo![5].
La especulación
financiera, aprovechando la escasez del oro crea una crisis natural
eneste mundo que tiene «fe» en el «patrón oro»:
Los judíos son los banqueros del mundo —sigue enseñando uno de sus personajes. No hay gobierno que no sea su deudor. Poseen las tres cuartas partes del oro que existe. Y el oro es la base de las monedas y, por lo tanto, del sistema bancario de todos los países civilizados. A una señal del Gran Kahal, de Nueva York, que es la autoridad omnipotente y oculta que mueve este colosal mecanismo, retiran de la circulación parte de ese oro[6].
Wast no habla a
boca de jarro; conocía la Historia Sagrada y era un estudioso de la
moneda como tipo de cambio; su formación como catedrático en Economía
Política era impecable y sabía del invento monetario antiquísimo y del
valor «fiduciario» del oro. Teniendo lo que respalda la emisión
monetaria, entonces se tiene el mundo, escribía.
El oro (como hoy
el dólar o el euro) sigue siendo el Mamón a quien todos adoramos. Pero
no es lo único que nuestro autor se anima a decir. Hay más barbaridades.
b. El Talmud, no el Pentateuco
Ese pueblo
voluntarioso e inteligente que había sido elegido por Dios para ser el
depositario de Sus promesas y otorgado el secreto de las Escrituras,
poco a poco fue volcándose a lo que Cristo llamaba «tradiciones de
hombres» (Mt 15,9). Lejos de lo que se cree, no es la observancia del
Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia) lo que guía al
pueblo de Israel, sino la del Talmud, una especie de código
civil-penal-religioso, aún más importante que la Biblia; es esta «la
verdadera religión de los judíos»:
Los cristianos piensan que ser judío es profesar la religión judaica. No se imaginan que es otra cosa: que es pertenecer a una nación distinta de aquella en que se ha nacido o se vive (…) La Sinagoga es el alma del judaísmo. El alma de la Sinagoga no es la Biblia; es el Talmud. Y el alma del Talmud es el Kahal (…): tribunal misterioso, como una sociedad de carbonarios, existe dondequiera, que hay judíos (…). Y si se trata de una capital populosa, donde habitan millares de hebreos, se instala un Gran Kahal, con jurisdicción sobre todos los kahales del país (…). Y, aunque instituido para aplicar la ley de Moisés y el Talmud, en la práctica desborda y contradice a la misma ley (…). El mismo Talmud proclama la infalibilidad y la omnipotencia de los rabinos, sus intérpretes. «Hijo mío, atiende más a las palabras de los rabinos que a las palabras de la ley (Erubin, 21b)»[7].
Pocos saben que
el Talmud no es la Biblia, sino la recopilación de las doctrinas
rabínicas que —al decir del ex-rabino Drach)— «designa el gran cuerpo de
doctrina de los judíos, en el que trabajan sucesivamente, en épocas
diferentes, los más acreditados ministros de Israel. Es el código
completo, civil y religioso, de la sinagoga»[8].
Se entiende, entonces, el reproche de Nuestro Señor, al decir que ese
pueblo «enseña doctrinas que son tradiciones de hombres». Fueron estas
tradiciones humanas las que según el Crucificado, poco a poco alejaron a
Israel de las promesas y del verdadero Mesías. Porque la ceguera
espiritual es peor que la carnal[9].
c. El Mesías es Israel
«Si siguen el
Talmud —podríamos preguntarnos—¿qué hacen con las Escrituras? ¿Cómo dan
cuenta de la espera del Mesías? ¿Cuándo ha de llegar para ellos?».
El interrogante está mal planteado; es anacrónico pues, el Mesías ya llegó para ellos, porque el Mesías es Israel.
En la obra de
Wast, uno de sus personajes apellidado Blumen no sólo cree en el
Mesías-Israel, sino que declara la enemistad con el «falso Mesías» que
es el Cristo, el «impostor»:
Aunque prácticamente ateo, creía en el advenimiento del mesías, pero no un mesías personal, sino el propio reino de Israel, que alcanzaría la plenitud de su gloria con la llegada del Anticristo. (…) Cristo (es la), única valla que se opone a la hegemonía de Israel, cuyo nombre extraño contiene su historia y hasta su política: «El que lucha contra Dios»[10].
Israel debe dominar al mundo pues Israel es el Cristo-Rey de este mundo:
Somos —continúa diciendo Wast en boca de un jefe de la Sinagoga— el pueblo escogido y a la vez ‘el de dura cerviz’. Predestinados para dominar el mundo, no tenemos patria. Nuestro libro religioso, el Talmud, es el más prolijo tratado comercial que pudiera inventar el más alevoso banquero. Elevamos altares al Señor, y no bien se aleja Moisés, imploramos a su hermano Aarón que nos fabrique un ídolo. Y él, sumo sacerdote de Jehovah, funde con sus manos un becerro de oro. «¡Israel, he aquí tu dios!» (…) Somos místicos y religiosos, pero nuestra esperanza está solamente en los bienes de este mundo. Ignoramos lo que hay más allá, y establecemos aquí nuestro paraíso. Dios no nos ha creado para ganar el cielo, sino para dominar la tierra. Ésa es nuestra fe [11].
Es a partir de
la mesianidad de Israel de donde surge el derecho de dominación sobre el
mundo. Es la predilección divina lo que le permite poner «a sus
enemigos como estrado de sus pies», según el salmo (ps. 110). «Es
necesario que Cristo reine», decía San Pablo (1 Cor 15,25); pero el
Cristo, el Mesías de Dios, es el pueblo elegido.
Ha sido quizás
el siglo XIX, el convulsionado siglo de las revoluciones el que, a todas
luces permitió hacer pensar a los hijos de la Sinagoga que el dominio mesiánico parecía estar llegando. Uno de los personajes wastianos decía:
Los dieciocho siglos anteriores a la Revolución Francesa, llevaron la marca de Cristo… ¡Maldito sea el impostor! Pero desde el siglo XIX los años tienen la marca de Israel. ¡Bendito sea el santo nombre de Dios! (…). Nuestra obra ha sido hábil y completa. Nos estorbaba la aristocracia. Los nobles oprimían con la izquierda a sus vasallos, pero los defendían con la derecha. El socialismo, el comunismo, el bolchevismo, han aplastado a los nobles y abierto el camino a los financistas de nuestra raza, que hoy mandan más que los reyes[12].
Ese
dominio no se daría gratuitamente ni se impondría por sí solo;
necesitaba del trabajo constante y de una enorme campaña propagandística
para que, lo que había sido el mundo cristiano, cambiase desde sus
bases el modo de pensar, de actuar, de sentir. ¿Cómo imponer el dominio
ante estructuras tan jerarquizadas? ¿Cómo cambiar el «sentido común»
(según palabras de Gramsci)? Era necesario imponer algunas nuevas
verdades, como las de la democracia y la soberanía popular:
—Para obtener la mayoría, daremos voto a todo el mundo, sin distinción de clases.—Vosotros sabéis lo desastrosa que ha sido para los gentiles la idea, absolutamente idiota, de que ninguna diferencia debe existir entre las clases sociales.—Pero eso —objetó Marta— es el sufragio universal, como existe aquí. ¿Afirmaría usted que la igualdad entre los hombres no es idea cristiana, sino judía?—¡No! La idea cristiana es la igualdad de los derechos específicos fundamentales: el derecho a la vida, a la familia, a la libertad, a la educación. El concepto judío es la igualdad electoral: lo mismo vale el voto del arzobispo de Buenos Aires, o del rector de la universidad, que el de asesinos, ladrones y rufianes. Lo mismo el voto del hombre ilustrado, que sabe por quién vota, que el del analfabeto o del atorrante, que lo venden por un vaso de vino.—¿Y qué les importa a los judíos que los pueblos cristianos se gobiernen de un modo u otro?—Sí les importa. Les interesa que adopten formas de gobierno que los lleven a la anarquía y a la revolución[13].
d. El brazo de la propaganda
Las ideas no se
imponen por sí solas y a partir de los medios de comunicación, el
verdadero opio del pueblo, ayudarían a modelar el tipo de electorado a piacere; ya no hace falta conquistar tierras, sino inteligencias:
¡Sí! El triunfo es seguro y está cercano. No tenemos ejércitos, pero dominamos la mayoría de los grandes diarios y de las agencias de publicidad, y gobernamos los nervios de la humanidad. Asesinad cristianos en México, en España, en Rusia; eso no tiene importancia, no lo transmiten nuestras agencias, ni lo publican nuestros diarios. Atropellad un judío en Alemania o en Polonia y escucharéis la grita del mundo: intolerancia, pogrom, antisemitismo. Y el mundo que no ha llorado el martirio de un millón de cristianos en Rusia rasgará sus vestidos, porque a un profesor israelita le han quitado en Berlín una cátedra[14].
Y más adelante seguirá diciendo:
El kahal posee una tercera arma: la propaganda. Nuestros son la mayor parte de los diarios y casi todas las agencias de publicidad. Casi todos los teatros y cinematógrafos son nuestros y los autores y sabios están obligados a consultar nuestras conveniencias, si quieren tener éxito. En los últimos años los autores en boga han sido invariablemente judíos o judaizantes. Nosotros lanzamos las modas que corrompen a las mujeres goyim, y hacemos la opinión pública y desacreditamos al clero papista, nuestro gran enemigo, y ganamos elecciones, y llevamos hombres nuestros a los Parlamentos, para que dicten las leyes que nos convienen y ahoguen las investigaciones que puedan comprometernos[15].
[1] Daniel Lvovich, op. cit., 136-137. Sobre la existencia real del kahal,
la cuestión está discutida; algunos la refieren como «la forma suprema
de organización judía y el centro gubernamental que coordina unidades
representativas locales alrededor del mundo que a su vez se dividen en
unidades distritales llamadas kehillas» (cfr. Robert M. Seltzer, Jewish People, Jewish Thought: The Jewish Experience in History, MacMillan, New York 1980).
[2] Dicho Prólogo fue publicado casi simultáneamente en una separata bajo el título Buenos Aires, Futura Babilonia, Editores de Hugo Wast, Buenos Aires 1935, 38 pp.
[3] Hugo Wast, El Kahal-Oro, Thau, Buenos Aires 1984, pp. 394. Las citas corresponden siempre a esta edición.
[4] Hugo Wast, op. cit., 46.
[5] Hugo Wast, op. cit., 105. Las cursivas, salvo aclaración, son nuestras.
[6] Hugo Wast, op. cit., 108.
[7] Hugo Wast, op. cit., 48-51.
[8] Paulus L. B. Drach, De l’harmonie entre l’Église et la Synagogue, Paul Melier, Libraire-éditeurs, Paris, 1844 (citado por Julio Meinvielle, El Judío en el misterio de la historia, Cruz y Fierro, Bs.As. 1982, 46).
[9] En
la Edad Media, según una antigua costumbre, se acostumbraba representar
a la Sinagoga como a una mujer con los ojos vendados, signo de no haber
reconocido al Mesías.
[10] Hugo Wast, op. cit., 80.
[11] Hugo Wast, op. cit., 132-133.
[12] Hugo Wast, op. cit., 325.
[13] Hugo Wast, op. cit., 152-153.
[14] Hugo Wast, op. cit., 269.

