ASALTO TERRORISTA AL PODER
Jordán Bruno Genta
Jordán Bruno Genta
13-EL MAGISTERIO DE SÓCRATES
Por
eso quiero recordar aquí, uno de los primeros temas que he tratado en esta
cátedra, que he tratado hace veintiocho años, cuando se produjo el primer
triunfo del peronismo. Y para poder hablar quedé confinado aquí en mi casa,
porque me cerraron todos los lugares y no se podía hablar en ninguno ya desde
el comienzo, y eso que el país estaba rico, no había habido contradicción
porque el propio gobierno continuó a través de las elecciones, y entonces me
ocupé largamente de comentar los diálogos de Platón, y sobre todo la
personalidad de Sócrates, que no habiendo escrito nunca nada, tuvo el
privilegio de tener, como testigo de su cátedra, a una de las mentes más
extraordinarias que ha existido en todos los tiempos. Un genio en el que se
conjugaban, la filosofía más profunda con la poesía más remontada, que fue
Platón. Y Platón es el que da testimonio de Sócrates. Y Sócrates reunió en su
personalidad, dos menesteres, dos oficios, que en el fondo, tiene el mismo
fundamento, y el mismo sentido: el de soldado, y el de filósofo. Sócrates,
antes de dedicarse al estudio, y a la enseñanza pública de la filosofía, en un
esfuerzo decisivo por despertar la conciencia adormecida de sus conciudadanos,
a un sentido de la responsabilidad, a un sentido de reconocimiento de que ellos
pertenecían, los ciudadanos de Atenas, a una ciudad que era luz del mundo
civilizado de entonces, a una ciudad que ejercía un natural magisterio sobre el
resto del mundo griego, precisamente por la eminencia de su sabiduría humana, y
de su arte. Sócrates fue primero soldado, y en sucesivas batallas en defensa de
Atenas, y en sitios que hubo que afrontar Atenas, como aconteció en la batalla
de Potisdea, de Delios, de Antípons, Sócrates se había caracterizado por una
fortaleza realmente ejemplar. Estuvo siempre primero en la acometida, y siempre
fue el último en la retirada. Y le salvó la vida a Alcibíades, que habría de
ser su discípulo, en uno de esos combates. Y luego Sócrates se dedicó al
estudio de la filosofía, para enseñarles a sus conciudadanos, es decir,
hacerles asumir primero conciencia de su ignorancia, y abrirles paso
interiormente al sentido de las verdades esenciales, de las verdades fijas e
inmutables, de eso que hoy podemos llamar el orden de los principios, en los
cuales se ha de fundar la vida del hombre y la vida de la ciudad. Por eso,
cuando él pronuncia, según el testimonio de Platón, en el Diálogo, la Apología
de Sócrates, aparece Sócrates haciendo su defensa ante el tribunal del pueblo,
porque a Sócrates lo juzgó un tribunal popular, como esos que juzgan ahora,
igual a esos, con la misma mentalidad y disposición de los tribunales
populares. Y, él fue acusado de corromper a la juventud. Entonces Sócrates en
su defensa dice lo siguiente: «Es una verdad constante, atenienses, que todo
hombre que ha escogido un puesto que ha creído honroso, o que ha sido colocado
en él por sus superiores, debe mantenerse firme, y no debe temer a la muerte,
ni la muerte, ni lo que haya de mas terrible, anteponiendo a todo el honor, es
decir, el decoro de la criatura racional y libre. Me consideraría de un modo
extraño y singular -agrega- atenienses, si después de haber guardado fielmente
todos los puestos a que me han destinado mis generales, en Potisdea, en
Antípons y en Delios, y de haber expuesto mi vida tantas veces, ahora que el
dios me ha ordenado, porque así lo creo, pasar mis días en el estudio de la
filosofía, conociéndome a mí mismo, y estudiando a los demás, abandonase ese
puesto por miedo a la muerte, o a cualquier otro peligro». Y entonces dice,
ahora vamos a explicar por qué, que en definitiva a él no le preocupa el
problema de la muerte. Porque él en rigor no sabe lo que viene después. En
cambio hay una cosa que sí sabe, de cierto, de una manera patente, de una
manera inequívoca e inconfundible. Lo que él sabe, de lo que está cierto, es que
cometer injusticias, y desobedecer al que es mejor y está por encima de
nosotros, sea dios o sea hombre, es lo más criminal y lo más vergonzoso. El era
pagano, y de lo que ocurriría después de la muerte, no podía él tener seguridad
ninguna. Pero de lo que él estaba cierto, era de que lo peor que puede hacer un
hombre en la vida, es cometer injusticias, o desacatar un mandato de Dios, o de
aquel que es su legítimo superior, sobre todo en una hora decisiva. Y luego, en
el diálogo Fedón, como en tantos otros, pero me voy a demorar en él porque no
hay tiempo para más, Platón trata por boca de Sócrates, sobre el problema de la
inmaterialidad y la inmortalidad del alma. Jamás ha escrito, hombre alguno,
nada superior a él, porque luego cuando viene Cristo a la tierra,
los
grandes maestros cristianos, los Padres de la Iglesia, y luego los Doctores,
siempre se inspiraron en este diálogo para tratar la cuestión del alma. Porque
uno tiene la impresión que dentro del plan divino, Dios suscitó esto que se ha
llamado el milagro de la filosofía griega, para crear las condiciones del
pensamiento humano, que fueran más adecuadas a la encarnación del pensamiento
de Dios, de la verdad de Dios, del Hijo de Dios. Eso explica el que el proceso
del pensamiento cristiano a través de los padres de la iglesia primero y
después de los grandes doctores, para culminar en Santo Tomás de Aquino en el
siglo XIII, ese trabajo de siglos, ¿qué fue?, la integración de la sabiduría
humana, elaborada por los grandes maestros griegos Platón y Aristóteles, y la
Sabiduría Divina revelada por el mismo Dios, y, digamos así, manifiesta en la
persona de Cristo nuestro Señor, en su Palabra, y en su Testimonio, y en su
ejemplo. ¿Cómo define la filosofía, Sócrates en este diálogo platónico? Los
hombres, dice Sócrates, ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan
durante su vida- sino para prepararse a la muerte. La filosofía es una
preparación para la muerte. Observen ustedes que, cuál es el fin de un soldado,
de un militar, del oficio militar, prepararse para la muerte. Existe mía
analogía esencial entre estas dos profesiones. Por eso Platón en La República,
dice que en la educación del soldado, ha de integrarse la filosofía, es decir,
la sabiduría con la gimnasia, la disciplina del cuerpo, y la disciplina del
alma, en su más alta actividad de conocimiento, y de voluntad. Ahora, qué
sentido tiene esta definición de la filosofía como una preparación para la
muerte. Aún cuando Platón, Sócrates, no podían tener, digamos, un conocimiento
acabado, un conocimiento preciso, de la condición del hombre, porque eso el
hombre no lo puede alcanzar por sí mismo, eso le ha sido revelado por Dios, hay
algo que comprendieron, y esto es su aporte decisivo, esto es el hecho
pedagógico, el magisterio más extraordinario, y más permanente de los maestros
griegos: ellos comprendieron que en el hombre, a pesar de ser mortal, a pesar
de ser voluble, a pesar de estar tan temporalizado, a pesar de caer
constantemente en injusticias, en males de toda índole, padecerlos y hacerlos, a
pesar de todo eso, ellos descubrieron en el hombre un principio inmaterial e
inmortal, ellos descubrieron el alma, inteligente y capaz de querer, que en sus
actos más puros y más propios, que son los actos de la inteligencia y de la
voluntad, el alma trasciende, desborda lo corpóreo, y se proyecta sobre las
esencias mismas de las cosas, sobre las razones profundas del ser y existir, de
todo cuanto hay elevándose hasta la suprema razón de todo, que es Dios. Ese
contraste entre esta vida mortal, sobre todo en este cuerpo nuestro, que sufre,
que cambia constantemente, que de pronto se quiebra por un accidente en la
plenitud de la vida, o se hace decrépito con el tiempo y finalmente va a la
muerte, advirtieron que el alma del hombre, tenía un sentido de eternidad,
principalmente por su actividad de conocimiento. Cuando la inteligencia,
trasciende el plano de lo sensible, de lo material, de lo concreto, de lo
inmediato, la inteligencia se eleva por abstracción, en ese mismo material
sensible, al conocimiento de la razón de ser y de existir, o sea de lo
inteligible de las cosas. Y la inteligencia es capaz de alcanzar la idea, el
concepto, de la belleza, de la justicia, del bien, e incluso aparece movida a
concebir un sentido de absoluto, un sentido de principio, de causa, de verdad,
de bien, absolutos. Comprendieron además, que la inteligencia, por encima del
conocimiento sensible, atenido a lo singular, a lo individual, a lo
contingente, a lo cambiante de las cosas, se eleva al conocimiento de aquello
que en las cosas es fijo, permanente, esencial, inmutable, siempre lo mismo.
Reconocieron además que había un orden en esas esencias, en esos contenidos
inmutables de las cosas, un orden que culminaba en una esencia de todas las
esencias, en una forma de todas las formas, en mi principio de todas las otras
verdades esenciales. Y claro está, si el alma del hombre, tiene su alimento
natural, se nutre naturalmente, de aquello que es eterno, es porque de alguna
manera participa de la eternidad; lo igual busca lo igual. San Agustín va a
decir después, «dime lo que amas, y te diré quién eres», porque la medida de mi
hombre, es la medida de lo que él realmente prefiere, de lo que él realmente
quiere. Ahora se utilizan diversos métodos, cuestionarios y tests para medir la
inteligencia de los muchachos. Yo la única forma de medirla que he usado a lo
largo de mi vida docente, ha sido, preguntarle a un muchacho por ejemplo, ¿has
visto tal película?¿me la cuentas?. Según lo que él ha visto, está la medida de
su inteligencia, según lo que él ha visto y lo que ha dejado de ver. ¿Has leído
este libro, este poema?, a ver, dime qué es lo que has leído. Y él le da su
medida, una medida que yo no la puedo expresar en números, pero que es la
medida real. Cuando ese jovencito el otro día me dijo, clásico es lo que
siempre está de moda, me dijo una cosa, que ya pone de relieve, no necesito más
que esa respuesta, para conocer la calidad de esa inteligencia, porque fue una
cosa espontánea, surgió de él. Acaso jamás nadie le había preguntado ni se había
interesado por el problema de lo clásico, pero él me dijo que lo clásico era lo
que siempre estaba de moda, era lo que valía siempre, lo que siempre es
contemporáneo. Qué más podía agregarle yo a eso. Entonces, Sócrates comprendió
que el hombre estaba hecho para la eternidad, y lógicamente, como no podía
resolver el enigma, la aparente contradicción entre esa alma enamorada de lo
eterno, y este cuerpo de la muerte, herido de muerte, entonces imaginó, y esta
imaginación sólo podía tenerla un poeta supremo, imaginó que el alma del hombre
había tenido una existencia anterior, en el mundo puro, en el mundo celeste,
donde estaba en una convivencia armoniosa, con las esencias, en un mundo
totalmente puro y libre de todo lo que pudiera ser contingente, limitado,
finito, perecedero. Y que el alma había sido castigada por los dioses, y
encerrada en el cuerpo. Literalmente es un error, pero miren la sugerencia
profunda. Entonces él interpreta el sentido profundo del conocimiento humano,
como una reminiscencia, como un recuerdo, conocer es recordar. Las cosas del
mundo sensible, son como sombras, son como imitaciones, de los ejemplares
eternos, de las ideas esenciales. Y cuando nuestra inteligencia, despertada por
los sentidos, que nos ofrecen esas sombras, de los modelos, de las ideas
esenciales, resulta que se pone a recordar. ¿Por qué piensa él, que esas
esencias pertenecen a un mundo superior a lo sensible?, porque no las puede
componer con la condición perecedera que tienen las cosas de este mundo, las
cosas sensibles, materiales, que tiene su propio cuerpo. Y entonces piensa que
el mundo es como una proyección, como una sombra de esa luz celeste, de ese
mundo celeste, esencial. Y claro, el alma, se prepara toda la vida, el alma del
sabio, del filósofo, para recuperar esa convivencia con ese mundo de cosas
esenciales, de razones eternas, que son el principio de todo lo que existe, y
entra en una estrecha familiaridad con ese mundo esencial e imperecedero. Y
entonces lógicamente, todo lo que es de la muerte, todo lo que cambia, todo lo
que pasa, adquiere digamos así, una disminución, en la apreciación. Se
convierte en una cosa que no puede merecer, ni la atención, ni el cuidado, ni
la preocupación fundamental de esa alma, que se ha elevado a ese sentido de las
cosas esenciales, eternas, definitivas. Y por eso la filosofía es una
preparación para la muerte, porque es el hábito de una convivencia con lo
eterno. Entonces todo lo pasajero, comenzando por esta vida, es algo para ser
empleado, para cultivar lo eterno, algo que el hombre no perderá nunca, algo
con lo cual irá más allá de esta vida, porque esa sabiduría esencial, esa no
pasa nunca, como no pasa su alma, y la verdadera vida está allí, y seguirá
estando allí. Esta es la idea de Sócrates. Por eso dice Sócrates en el Fedón,
hay una diferencia entre los demás hombres y ios filósofos, hay un ponto que
ignoran, y es por qué razón los filósofos desean morir y por qué son dignos de
la muerte. Es evidente que lo propio y peculiar del filosofo es trabajar más
particularmente que los demás hombres, es desprender su alma de la conexión del
cuerpo. Nosotros, cristianos, esto tenemos que interpretarlo en el sentido que
nos ha sido revelado V manifestado, desprenderse del cuerpo no es desprenderse
de la condición camal, que sabemos que es parte substancial del hombre, sino
desprendernos de lo que es perecedero, de lo que es cambiante, de esta
condición pasible que el cuerpo tiene, el cuerpo goza y sufre, finalmente
espera, teme, finalmente nos morimos. Entonces, la atención principal mía, no
es poner el cuidado de mi vida en la atención de lo que necesariamente pasa,
sino ponerme entero en aquello que permanece, y en aquello que seguirá siempre,
en aquello que seguirá digamos así, teniendo vigencia en la eternidad misma,
este encuentro, este conocimiento, esta meditación, sobre lo que es esencial,
sobre lo que es definido, sobre lo que es definitivo. Todo hombre que, se
eleva, a esta región de las razones profundas y esenciales, está preparado,
purificado para conocer la verdad, y ese conocimiento de la verdad es
justamente el que va haciendo de su vida una real preparación, para todo eso
que pasa, y finalmente para ese hecho decisivo de la vida perecedera del
hombre, que es la muerte. Siempre que veas un hombre estremecerse y retroceder
cuando está a punto de morir, es una prueba segura de que tal hombre no ama a
la sabiduría sino que ama su cuerpo, es decir, lo perecedero de él. Y con el
cuerpo los honores y las riquezas, o ambas cosas a la vez. Cuando el alma
-dice- examina las cosas por sí misma, sin recurrir al cuerpo, se dirige a lo
que es puro, eterno, inmortal, inmutable, y como es de la misma naturaleza que
esas cosas puras, eternas, inmutables, se une y se estrecha con ello cuanto
puede, y da de sí su propia naturaleza. Entonces cesan sus extravíos, se
mantiene siempre la misma, porque está unido a lo que no cambia jamás, y
participa de su naturaleza, y este estado del alma es lo que se llama
sabiduría, esta participación de lo que es esencial, de lo que es eterno, de lo
que es fijo, es lo que es inmutable, que culmina en el conocimiento de Dios.
Nuestra alma es muy semejante a lo divino. El alma nuestra ha sido creada, nos
enseña nuestra fe, a imagen y semejanza de Dios. Y Platón dice, nuestra alma es
muy semejante a lo divino, inmortal, ininteligible, simple, indisoluble,
siempre lo mismo, y siempre semejante a sí misma. El filósofo se prepara para
morir, porque el hecho de la muerte, como todos los hechos, que se suceden, que
fluyen, que cambian, que pasan, y es la vida, aparece instrumentado a esta
actividad vital por excelencia, a esta actividad suprema del alma, que es el
encuentro con lo eterno, que es el encuentro con la verdad y con la sabiduría.
Adherida a esa verdad, todas las otras cosas que hay que soportar, inclusive la
muerte, aparecen como cosas que evidentemente carecen de valor en sí mismas, y
sólo tiene sentido cuando nosotros empleamos eso que pasa, en actuar, y vivir
para lo que permanece. Va a venir Cristo después, y qué va a hacer con la
muerte; la va a convertir en sirviente de la vida. Y qué va a hacer con el
dolor, lo va a convertir en instrumento de la alegría. Y qué va a hacer de lo
pasajero, algo que hemos de emplear para lo eterno. «Amigos míos -dice en el
Fedón Sócrates- una cosa digna de tenerse en cuenta es que si el alma es
inmortal, hay necesidad de cuidarla...» porque el alma, ella no tiene otro modo
de librarse de sus males, ni puede procurarse la salud de otro modo que
haciéndose muy buena y muy sabia, porque al salir de este mundo sólo lleva
consigo sus costumbres y sus hábitos, es decir, la segunda naturaleza que se ha
edificado según para lo que ha vivido. «El alma dotada de templanza y
sabiduría, sigue a su guía voluntariamente, porque sabe la suerte que le
espera. Pero la que está clavada a su cuerpo por sus pasiones, como dije antes,
permanece largo tiempo ligada a este mundo visible, sólo después de haber
resistido y sufrido mucho, es cuando el genio que le ha sido destinado consigue
arrancarla como por fuerza y a pesar suyo. El que ha pasado su vida en la
templanza y en la pureza, tiene a los dioses mismos por compañeros y por guías,
y va a habitar el lugar que le está preparado, porque hay lugares diversos y
maravillosos en la tierra, la cual según he aprendido de alguien, no es como se
figuran los que acostumbran a describirla». Se mezcla, claro está, el
razonamiento con la imaginación, pero lo importante es esto, que aquel que ha
dedicado su vida a cultivar la verdad esencial, el sentido de eternidad que
encierra lo mejor que el hombre tiene, y que lo proyecta sobre lo que es igual
a él, en ese «topos uraño», en ese lugar celeste, ese asume la muerte como algo
que tiene que acontecemos, y lo asume, proyectando su vida a la eternidad.
Nuestro Señor Jesucristo, la sabiduría de Dios encarnada, qué ha venido a
hacer, precisamente ha venido a recuperar para el hombre, para el hombre total
que es su alma y su cuerpo, ha venido a recuperar para él, la inmortalidad
personal. Pero no eliminando la muerte y el sufrimiento, sino pasando por el sufrimiento
y la muerte. Cristo no ha venido a ahorrarnos a nosotros, las pruebas de la
vida, no ha venido a ahorrarnos los sufrimientos, ni ha venido a ahorrarnos la
muerte. Ha venido Él a ayudarnos y enseñarnos, cómo debemos vivir, cómo debemos
asunur el sufrimiento, y cómo debemos asumir la muerte, para transformar esas
cosas negativas en algo al servicio de las afirmaciones supremas. Uno realmente
comprende que estos hombres, como Platón y como Sócrates, como Aristóteles,
hablaron un lenguaje definitivo, se comprende cuando un gran santo, iluminado y
conducido por Dios como San Agustín, elabora todo su sentido cristiano de la
vida en el pensamiento de Platón. Se comprende que un Santo Tomás, el Doctor
Angélico, un hombre que es ya como la luz de un ángel, elabora todo su
pensamiento con Aristóteles, porque ellos suministraban, no solamente las
categorías del pensamiento humano, sino el sentido de lo esencial, de aquello
que refleja a Dios en las cosas. Esto es un punto fundamental. Por eso en la
educación del soldado, que es alguien que es tortísimo, está para una
disposición permanente para la muerte, porque eso es la escuela del soldado, la
educación del soldado es la preparación, para morir, ¿para morir por qué?, por
esas cosas esenciales, por esas razones eternas, por esas cosas que permanecen
más allá de la vida de uno, como Dios, como la Patria, como la familia, como el
amigo. Hay una conexión íntima y profunda, la verdadera personificación del
soldado, y del filósofo, es hoy como lo fueron todos los soldados
verdaderamente cristianos que en el mundo han sido, como fue nuestro señor Don
Quijote como lo presenta Cervantes. Quijote es un señor de sabiduría, y es un
señor de las armas. Y cuando él, observen bien, hace el discurso de las armas y
de las letras, pone a las armas por encima de las letras, porque el hombre es
un espíritu carnal, y la verdad está en la punta de la espada. Leía este texto,
que pertenece a Monseñor Frepel, publicado en Verbo, y dice lo siguiente: «Es
la mayor desgracia para un siglo, o un país, el abandono o el menoscabo de la
verdad. Si uno se puede salvar de los demás, no se salva nunca del sacrificio
de los principios. Los caracteres pueden aflojar en algún momento, y las
costumbres públicas encontrarse afectadas por el vicio y el mal ejemplo, pero
nada está perdido, mientras permanecen en pie en su integridad las verdaderas
doctrinas. Con ellas todo se rehace temprano o tarde, los hombres y las
instituciones, porque uno está siempre en capacidad de volver al bien, cuando
no ha dejado la verdad». En todo nuestro comentario, ha girado como en torno al
sol, toda la vida del hombre en torno a la verdad. La verdad es el principio y
es el fundamento, por eso el mal, el crimen, siempre está ligado a la
ignorancia, es decir, a la pérdida de la verdad, al abandono de la verdad, y la
verdad no puede ser una cosa pasajera, una cosa que es hoy de un modo, y otro
de otro. Cuando alguien le escucha a un jovencito, de quince o dieciséis años,
que le dice si hay alguien que posee la verdad, entonces qué le puedo contestar
yo, pero si el hombre está hecho para la verdad, lo único que debiera
preguntar, es si la verdad es algo que se posee con exclusividad. Si cuando yo
estoy en la verdad, eternamente en la verdad, no pueden estar los otros
también, entonces yo contesto que la verdad es el bien más generoso, más
desprendido, más comunicativo, más difusivo entre todos los bienes, porque se
da entera a todos, a todos los que quieran acercarse y encontrarse con ella. Y
se da entera a todos y a cada uno, y nadie lo estorba al otro. Con la verdad,
no hay egoísmo posible, porque la verdad de suyo es una cosa docente, es una
cosa comunicativa. Por qué lo llamamos Maestro a Jesús, porque Él es la verdad,
la Verdad Divina y la verdad humana. Lo fundamental de Él es una enseñanza, es
un magisterio que para instrucción de los hombres, no se limita lógicamente a
la palabra, sino al ejemplo. Cuántas cosas soportó Él, pudiendo evitarlas si
hubiese querido, nada más que para instruirnos a nosotros. Y como, esa era la misión
de Él, regenerarnos en la Verdad, que es la verdadera vida, entonces, algunos
piensan que fue un imprudente porque se fue a meter a Jerusalén. ¿Cómo no iba a
saber Él lo que le esperaba allí?, y quiénes lo esperaban. Y cuando el día de
Ramos, que celebramos nosotros en la Iglesia, el pueblo de Jerusalén lo recibió
triunfalmente, cubrió de palmas su camino, como ahora lo haría con alfombras de
terciopelo. No tenían otra cosa para honrarlo, para agasajarlo, y Él estaba
sabiendo cuando transitaba ese camino de aplauso y de triunfo, que unos días
después esa misma multitud iba a pedir su crucifixión. Él lo sabía: sin embargo
transitó ese camino. Y después vino la Pasión, y vino la muerte. Sus discípulos
huyeron, lo dejaron solo, dejaron sola a la Verdad, la abandonaron, y Él vio a
esa multitud excitada, sugestionada por sus jefes, convertirse en lo que se
convierte siempre, cuando la multitud en vez de ser dirigida por verdaderos
señores, es dirigida por demagogos y adulones. La multitud también es proclive
al mal, más que el hombre solo todavía. La estupidez humana ha llegado hasta en
los cristianos a la idea de la inmaculada concepción del pueblo. Aislados somos
pecadores, juntos, sobre todo votando, somos inmaculados. Y cuando Él estaba
agonizante en la Cruz, y asistía al escarnio de la multitud, a la burla, porque
no hay cosa peor que el éxito actuando sobre la multitud, entonces Él a la
vista de toda esa inmensa abyección, se dirigió al Padre, y qué le dijo al
Padre, «perdónalos porque no saben lo que hacen»-, estaba actuando la
ignorancia. La ignorancia invencible, la ignorancia diabólica, tenían delante
la Verdad misma, la habían proclamado y reconocido, y ahora la negaban,
seducidos por los engañadores de siempre. Como ocurrió entonces, sigue
ocurriendo y seguirá ocurriendo. Por qué gritaba la gente, «Perón degradado y
ladrón, lo queremos a Perón», y la imbecilidad humana de esta gente que tiene
la responsabilidad del gobierno, publicaban todos los días en los diarios una
solicitada, detallando todos los crímenes de Perón, partían de la base de la
inmaculada concepción del pueblo. Las nuevas generaciones leen estos
documentos, se van a horrorizar y no le dan el voto. Ustedes se dan cuenta que
si yo soy un cristiano que le he llevado el apunte a Cristo, a su palabra, al
Evangelio, y me he demorado nada más que en la escena protagonizada por
Pilatos; Pilatos se esforzó para salvar a Jesús, y no lo pudo salvar, porque
también se equivocó. Él creyó, se dijo; les pongo a Barrabás delante, y estoy
seguro que la gente ante el criminal más conocido de Jerusalén, y éste que es
la inocencia, cómo va a preferir a Barrabás. Y la multitud lo prefirió. ¿Cómo
puedes creer que la historia de los hombres te va a ofrecer alguna novedad en
esta materia? ¿Cómo puedes creer que esa historia no se repetirá hasta el fin
de los tiempos? ¿Cuál es la historia verdadera?, la que aprendemos en el
colegio, que nos hacen ver al hombre desde la técnica y desde la adaptación al
mundo exterior, y el hombre pasa por las edades de piedra y de bronce, y del
vapor, y del hierro y de la electricidad, hasta la edad atómica, ¿lo ves al
hombre cuando te lo muestran a través de la técnica?, ¿de la ciencia?, no lo
ves, porque te están mostrando el hombre en la perspectiva de las cosas
materiales, y el hombre está ausente, el alma del hombre, esta alma hecha para
la sabiduría y para la eternidad, y para la convivencia con Dios y lo que es
Dios en las cosas creadas, está ausente de toda esa historia. Tu lees a Platón,
y te encuentras con el alma espiritual e inmortal del hombre. Esa que está
hecha para la sabiduría y para la Verdad. Mediten ustedes, cómo no vamos a
llegar a estos extremos de claudicación, de abyección, de miseria humana, cómo
no vamos a llegar si hemos vaciado las inteligencias, si las privamos de esta
sabiduría verdadera, de esto que es el alimento del alma. Qué hago yo con
atiborrar una inteligencia, de conocimientos de números, de conocimientos
experimentales, de conocimientos de cosas, de estadísticas y de técnicas, si no
le enseño qué es lo que lo hace hombre a uno, y para qué existe el hombre. ¿Qué
ha pasado con el soldado?, han dejado la filosofía y la teología en la
formación del soldado. Le enseñan matemáticas, le enseñan física, le enseñan
química, le enseñan una historia exterior, que no tiene nada que ver con el
hombre esencial, le enseñan una psicología a base de estadísticas y de
experimentos y de técnicas, hasta escriben libros para tener amigos, para hacer
fortuna, para amar una mujer ¡te escriben un libro! Hay cosas inauditas.
Vivimos en medio de una barbarie. Nos han quitado aquello que es lo que
alimenta y nutre el alma, que es la sabiduría y la verdad que no pasa, la que
te enseña a vivir y a morir. La que le enseña al soldado, el significado de
algo que es infinitamente más que un oficio, que una profesión, es un estado,
es un modo de ser, de ser plenamente hombre, cuando en la punta de la espada de
ese soldado, esplende la verdad, por la que el hombre debe vivir y morir. Este
es el asunto. Me he pasado más de treinta años, enseñando esto, y tratando de
vivir en conformidad con esta sabiduría divina y humana. He querido sobre todo,
me he empeñado, en comunicarla a los hombres de armas, porque ellos son los que
más necesitan de esa sabiduría, para saber la razón de por qué empuñan las
armas, y para qué tienen que usarlas. Lógicamente eso ha sido desechado, dejado
de lado, salvo en un puñado, y por eso estamos ahora, en este abismo de horror,
en esta cosa increíble, en esta cosa que yo no puedo interpretar de otro modo,
que como la consecuencia de una invencible ignorancia, causada por ese crimen,
el más funesto de todos, de haberle privado al hombre de armas de aquello que
constituye la conciencia del soldado, el sentido militar de la existencia.
Sócrates fue soldado, y fue filósofo. Reunió en él estos dos estilos, que son
uno solo, de vivir preparándose para morir. Morir vamos a morir lo mismo, nos
maten los guerrilleros o te mate una enfermedad, o un automóvil en la calle. El
problema es saber para qué vivimos, y saber la razón de morir. Si permanecemos
unidos, si somos capaces de adherir a la verdad, al extremo del sacrificio,
porque el sacrificio es el amor a la verdad en su extremo. Entones, esta no es
una cosa de triunfo sino de derrota, pero vale la pena. Vale la pena en la
vida, vivir en unión y en comunidad con los demás, en la verdad, en la verdad
esencial y definitiva, en la verdad que te hace un hombre verdadero, la verdad
que te hace conocer el verdadero sentido de los grandes amores que tiene
nuestra vida. ¿Qué sabe del amor, aquél que se aplica a lo que pasa, a lo
perecedero? ¿Qué sabe un varón del amor a una mujer, cuando ha pasado de una a
otra? No sabe nada. ¿Qué sentido de la riqueza de un alma, de un alma y un
cuerpo puede tener un hombre o una mujer, si no tienen sentido de que todos sus
vínculos tienen que ser cosas definidas, y cosas definitivas? Tomar la vida
así, no hablo de Cristo, hablo de Sócrates, este varón que fue a la muerte, con
el decoro de un hombre verdaderamente sabio, y verdaderamente justo.
ASALTO TERRORISTA AL PODER
JUEVES 5 DE ABRIL DE
1973
14-LA EDUCACIÓN CRISTIANA
Naturalmente
uno piensa que en un colegio católico, en una universidad católica, la
educación tiene que tener un sentido cristiano; uno piensa que tiene que ser
así, y un cristiano, cuando es educado como tal,¿para qué es preparado?, ¿para
qué es educado? Es educado para vencer a la muerte. Piensen ustedes, el otro
día les he hablado de Sócrates; Sócrates era pagano, un pagano que enseñaba con
el testimonio, con el discurso, y con el ejemplo, que la filosofía, la
verdadera sabiduría es una preparación para la muerte. Y, el cristianismo no ha
hecho otra cosa que darle a este sentido de la vida, como preparación para la
muerte, su más alta expresión, su plenitud de sentido. Pero, ¿qué ocurre?, que
el cristianismo debe ser educado para la muerte, para vencer a la muerte, y
resulta que hoy muchas veces se nos aparece en la figura del vencido por la
vida, por la vida muelle y por la vida fácil. Y animado en la vida por un ideal
de seguridad y de confort, eso que se llama el aburguesamiento. Esta es la
realidad. Y hoy el cristiano en general, salvo las excepciones que confirman
las reglas, ¿cómo se presenta, en la sociedad, en la cátedra, en las grandes
funciones públicas, en todas partes?, ¿cómo se presenta? No como un vencedor de
la muerte, sino como un hombre vencido por la vida, entregado a la vida, a la
vida fácil, a la vida cómoda. Por eso hemos llegado a este espectáculo del día
de hoy, en que los únicos que revelan espíritu de muerte, son los guerrilleros,
los únicos. Porque los hombres de armas también son educados por el espíritu de
la reforma universitaria. ¿Quiénes son sus profesores en las escuelas
militares, desde las escuelas de cadetes hasta las escuelas que forman a los
oficiales de estado mayor, a los conductores, son los mismos profesores, son
las mismas mentalidades que educan a los civiles en las universidades. Y encima
ahora han metido en todas partes un gabinete psicotécnico. Han puesto a los
psicólogos, estos que forma la universidad, precisamente para el estudio y
cuidado de las almas de los muchachos, hombres de armas, o civiles, o cualquier
otra cosa. Este es el problema. La educación cristiana es una educación para
vencer a la muerte, porque eso es Cristo, el Vencedor de la Muerte. Y resulta
que el cuadro que nos ofrecen es el de los vencidos por la vida, por la vida
fácil. Y se producen luego estos fenómenos, que evidentemente, si alguno tiene
dudas de la existencia del diablo, y hace esfuerzos para desconocer su
presencia, hay hechos, como por ejemplo los que han ocurrido esta semana, yo
Ies decía hoy a los muchachos de cuarto año, es seguro que la mayoría de
ustedes, a pesar de ser todos cristianos y haber tomado la comunión, y confesar
de vez en cuando, estoy seguro que ninguno de ustedes cree en la existencia
real del diablo. Sin embargo yo les pregunto a ustedes qué interpretación
humana, demasiado humana me pueden dar del caso de un sobrino que entrega a su
tío, teniendo no sólo el vínculo de la sangre, sino la más estrecha relación, la
más cordial. ¿Cómo me explican ustedes este fenómeno? ¿Me lo explican por la
pasión?, ¿me lo explican por el interés?, ¿me lo explican por el placer?, ¿me
lo explican por el temor? Y ahora vemos esto. En otras partes del mundo, los
mismos terroristas, con las mismas ideas, exactamente con las mismas ideas
están dominando el mundo; hemos visto a los hijos entregar a los padres, a los
hermanos entregar a los hermanos. Y hoy recordaba, que el Código Penal
soviético exige que el hermano, que el hijo, que el padre, que la madre, delate
a los suyos, y el que no lo hace es pasible de castigo. Es decir, se
institucionaliza la entrega del hermano, la entrega del padre, la entrega del
hijo. Estos no son fenómenos excepcionales, son fenómenos que llegan a ser
ordinarios, corrientes. Podrán los padres, los tíos, asombrarse, empavorecerse,
de que ocurra esto. Lean ustedes las declaraciones del presidente del Banco de
la Nación; está azorado porque mantenía la más estrecha y entrañable
vinculación con su sobrina. La señora del Almirante Alemán, tenía la más
estrecha e íntima relación con ese sobrino segundo, comía con frecuencia,
participaba en todo. Observen una cosa: que estos dos jóvenes, al obrar como
han obrado, han jugado todo en la vida. Tienen que pasar ahora a la clandestinidad,
tienen que desaparecer como las personas que eran, no son seres que los ha
movido la necesidad, que los ha movido ninguna cosa apremiante. Podrían decir,
«pero es la justicia social, la justicia de la humanidad», pero yo pregunto,
¿cómo se ha promovido esa conciencia de llegar al bien por el mal, de llegar a
la justicia por la iniquidad, de llegar a la virtud por el crimen, y crimen de
este tipo?. No es razonable, no es prudente, no es tampoco justo, pensar que
nosotros estamos aquí en presencia de pasiones simplemente humanas; no, de
ninguna manera. O de una confusión, o de una ignorancia humana, no. Aquí hay
una cosa mucho más profunda. Usted no puede entender esto si no apela a lo
diabólico. Esto es un signo de la presencia del diablo. Cómo lo han matado al
Coronel Irribarren. Ni siquiera le han pegado un tiro, le han pegado diez, y le
han llenado el cuerpo de balines. Yo pregunto, si se trataba de eliminar a un
coronel, yo hay una cosa que no entiendo, y es esta saña, esta cosa horrenda: ni
siquiera está de por medio la pasión. Usted puede comprender que un individuo
por celos, le hunda treinta veces el cuchillo a la mujer que cela, pero este
tipo de matanza, es una cosa que no se comprende, humanamente yo no lo
comprendo, yo no lo entiendo. Comprendo que se mate por pasión, por una idea,
por temor, por placer, por cualquiera de esas cosas. Lo que no entiendo es
esto, no puedo entenderlo humanamente. La única forma de comprenderlo es cuando
pongo por delante la realidad del demonio, en la misma forma que hay
expresiones de amor, en la tierra, que no son humanas, que son sobrehumanas,
que son sobrenaturales, en que uno ve la presencia del Amor Divino. Cuando ve
por ejemplo un hombre, una mujer entregados al cuidado, con la entrega total de
su vida, de otros seres a los que no los liga ni la sangre, ni la amistad, ni
nada, y brinda la solicitud más extrema frente al que necesita. Usted se da
cuenta de la realidad de la presencia de Cristo, por ejemplo si va al pequeño
Cottolengo de Qaypole; ahí no lo puede ignorar, ahí está con una presencia de
Amor vivo, que es realmente una cosa impresionante. Y usted tiene la presencia
de ese Amor Divino, como tiene la presencia de este odio sobrehumano, no
sobrenatural, porque el demonio es una criatura, angélica pero una criatura,
usted se da cuenta de que nosotros estamos viviendo un momento en que como
nunca se ve la acción en la historia y en la vida de los hombres, de estos
verdaderos protagonistas. Nos hemos ido acostumbrando, aún los cristianos, a
ver la historia del hombre, de la sociedad, de la civilización, en una
perspectiva demasiado humana, como si el hombre fuera el único protagonista de
la historia. Y no vemos a los actores principales, no los vemos. Ni lo vemos a
Dios, ni lo reconocemos, ni lo vemos al diablo. Vemos al hombre, por eso
hacemos la historia del hombre, a través de la ciencia y de la técnica, que son
obras humanas. Lo veo al hombre a través de su grado de dominio del mundo
exterior, del mundo material. Y veo los problemas humanos a través de lo que me
puede procurar a mí la ciencia o la técnica relativa al dominio de las fuerzas
materiales. Todos los que estamos acá, los que somos de antes, y los de ahora,
han estudiado la misma historia, desde la primaria hasta la universidad. La historia
es siempre la misma; comienza en las cavernas, en la humanación de la bestia.
Todo el mundo habla de la edad de piedra, y de la edad de bronce, y de la edad
de hierro, y de la edad de vapor, y de la edad de la electricidad, y de la edad
atómica. Las edades del hombre, y de la humanidad, se miden por el grado de
dominio que el hombre tiene del mundo exterior, del mundo material. No se la ve
siquiera desde la esencia y el fin de la existencia humana, no se la ve dentro
de la historia, se la ve desde afuera del hombre. Y la mente se acostumbra
desde el jardín de infantes hasta el más alto grado académico universitario, a
ver al hombre en la perspectiva de las cosas del mundo exterior, en la
perspectiva de la ciencia, y de la técnica, y de las artes útiles. Y el único
ausente ahí, es el hombre. El hombre, como ser dotado de un alma, inteligente y
capaz de querer, intelectual y material, imagen y semejanza del Creador, no
puede ser estudiado desde el alma, porque esa alma, la imagen me llevaría al
modelo, al original, al arquetipo. Entonces se prescinde de Dios, y se
prescinde del alma espiritual e inmortal. Hay una carrera que se llama
Psicología. Se estudia cualquier cosa menos el alma; no existe. Usted va a la
Facultad de Filosofía, desde hace cinco años, a la carrera de Psicología, y el
único tema ausente es el alma. No existe el alma. Y cuando existe es vista en
la subversión freudiana, desde el inconciente, desde los dinamismos
elementales, desde los instintos. Y la conciencia, y la inteligencia y la voluntad,
aparecen como sirvientes de esos dinamismos elementales, y hacen ver al hombre
desde lo inferior, desde lo bestial. Hablo de los estudios superiores,
científicos y académicos. Entonces, observen ustedes lo que ocurre: se estudia
la historia, la sociedad, al hombre mismo, prescindiendo de la esencia del
hombre, y del fin de su existencia. Se comprende que sea así, porque si yo no
considero al hombre desde Dios, todo lo del hombre, lo personal, lo social, lo
histórico, lo político, lo cultural, al dividir yo al ser del hombre, del fin
para que existe, la naturaleza humana se degrada. Al disociarla yo de su fin,
se corrompe. Es elemental eso. Por eso el sentido profundo de nuestra religión
cristiana -observen bien el profundo sentido realista, objetivo, el profundo
sentido de la más alta ciencia, y de la praxis más elevada-, es precisamente
que la restitución del hombre a su integridad de ser, es devolverlo a la unidad
con Dios, con su fin. Porque yo no puedo de ninguna manera ver al hombre en una
perspectiva real, en aquello que es lo esencial de su ser, dividiéndolo del fin
para que existe. Porque si vo lo divido de Dios, todo sentido de eternidad se
pierde, no queda más que el animal, no queda más que un lapso de tiempo y la
muerte. Y la muerte es un acabamiento definitivo, un anonadamiento. De la única
manera que yo a la muerte la puedo contemplar, como el hecho más grave y
decisivo de nuestra vida, pero también como un tránsito, como una prueba, es si
yo le devuelvo al hombre, le reconozco su alma inmortal, y su imagen de Aquel
que es su principio y su fin último. De otro modo, no me queda nada más que la
zoología para considerar al hombre. Por eso la Teología y la Metafísica han
perdido toda significación, todo valor objetivo. ¿Quién te hace una historia
teológica y metafísica del hombre? ¿Quién le lleva el apunte? ¿Quién te hace
una Psicología del hombre interior, de su alma espiritual e inmortal? ¿Qué
sociología se estudia?, en las universidades católicas como en las otras
universidades se estudia una sociología que no tiene nada que ver con el hombre
hecho a imagen y semejanza de Dios. Y por eso ya no se comprende más el
verdadero sentido de las virtudes incluso naturales. Como la virtud de la
templanza y de la fortaleza. Ahora, yo les pregunto lo siguiente, ¿qué sentido
tiene hablar de la sobriedad, de la templanza, o de la intemperancia, y qué
sentido tiene hablar de la fortaleza, del valor, si yo desconozco la realidad,
la verdadera iniquidad del mal?. Cualquier otro animal o planta, salvo por accidente,
viene al mundo dentro de su orden perfecto y acabado. Su estructura y su
contorno vital, acusan la más perfecta armonía y equilibrio. El único ser que
viene al mundo con un desorden interior es el hombre, que es consecuencia del
Pecado Original. El problema es si lo reconozco o no.
