ASALTO TERRORISTA AL PODER
Jordán Bruno Genta
Jordán Bruno Genta
7-LA VERDADERA HISTORIA
La
Biblia es un tratado de historia universal, donde está toda la verdad. Allí se
compendia toda la historia de la humanidad, desde la Creación, hasta el fin de
los tiempos, no hasta ahora, hasta el fin de los tiempos. Allí se recuerda no
sólo lo que pasó, sino todo lo que va a pasar, hasta la segunda venida de
Nuestro Señor Jesucristo, porque también el futuro se recuerda. Me acuerdo una
frase de Manzoni de «Los novios», esa novela romántica que, sin embargo tiene
un acierto psicológico de gran finura. Dice, «de los tiempos todavía no
nacidos, Daniel se recordó». Cómo el autor y actor de esa historia era el mismo
Dios, entonces lógicamente en su visión, en su acto de visión está todo
presente, el pasado, el presente y el futuro. Por eso usted tiene ahí un
compendio, un resumen, una síntesis de toda la historia. Si usted estudia bien
eso, sabe toda la historia. También la de su Patria. Ahí esta la historia real
y verdadera, que es historia de la salvación. Nosotros hemos querido cambiar
esa historia, porque hemos eliminado el pecado, y por lo tanto hemos eliminado
al Redentor, y entonces hacemos cualquier historia,. la que hemos estudiado
todos. Todos hemos estudiado una historia, que ¿dónde empieza?, empieza con la
humanación de la bestia. La bestia se va haciendo poquito a poquito hombre.
Cien mil años, doscientos mil años, trescientos mil años, total usted allí
puede poner cualquier cantidad. Entonces la bestia se va hominizando, se va
haciendo hombre. Entonces viene la edad de las cavernas, y después sigue toda
una historia, donde el hombre no es visto desde su naturaleza humana, desde su
esencia y del fin de su existencia, sino que es visto desde su condición
exterior, desde lo material de su existencia, y por eso «edad de piedra», «edad
de bronce», «edad de hierro», «edad de vapor», «edad de electricidad», «edad
atómica». Usted está viendo al hombre, y no lo ve desde Dios, no lo ve desde su
alma inmaterial e inmortal. Lo ve desde el mundo exterior, el ámbito exterior
en que él se mueve. Desde la técnica, hemos sido educados desde la primaria,
desde el primer día, lo mismo en lo que se refiere a la historia universal que
a la historia de la Patria. Por supuesto que en los colegios católicos todavía
más. Porque la historia sagrada es un asunto del Templo, no es un asunto de la
verdad. Entonces usted al hombre lo desconoce. Por eso se escriben libros que
dicen «el hombre, esa incógnita». ¿Cómo va a ser una incógnita?. Que un
cristiano diga que el hombre es una incógnita, es inconcebible. Dios se ha
tomado el trabajo de venir a la Tierra, de hacerse hombre, para enseñarle al
hombre a ser hombre. Y después de. veinte siglos los cristianos se preguntan
por esa incógnita que es el hombre. Uno se da cuenta que este es un problema de
ignorancia, de terrible ignorancia, de pavorosa ignorancia. O volvemos a la
Verdad, y la Verdad es Cristo, porque es la Verdad que nos ha redimido, que nos
ha creado, y todo lo que es Verdad en las cosas y en nuestra vida es un reflejo
de esa Verdad, y allí conocemos al hombre, la razón de ser y de existir, la
razón de vivir y de morir. Pero lógicamente, esa Verdad es exigente, exige
mucho. Y nosotros nos empeñamos en que esa Verdad sea el principio que ordena
toda nuestra vida personal, familiar, escolar, empresaria, de relación del
capital y del trabajo, sentido del Estado, de las Fuerzas Armadas; o nosotros
hacemos eso con la ayuda de Él, o nosotros vamos directamente por la pendiente
al terror sistemático, a una situación infinitamente peor que la muerte. La
muerte es un alivio. A veces Dios se compadece de algunos, como se compadeció
de San Agustín. Después de catorce meses de asedio sobre Hipona, por los
vándalos, ya no podían resistir más porque no tenían alimentos, no tenían nada,
no podían aguantar más, eran verdaderos cristianos y valientes, y entonces
acudieron al Obispo de Hipona, que era San Agustín, que estaba enfermo de
muerte, y le preguntaron qué hacemos, qué podemos hacer. Era el padre, era el
padre espiritual, y San Agustín les dijo esto, que tenemos que aprender
nosotros hoy, y con la ayuda de Dios ser capaces de vivir; «carecerá de
grandeza de alma, todo aquél que se sorprenda de que los mortales mueran y los
muros se derrumben. Acaso, aunque no entren los vándalos, ¿no vamos a morir
todos los mortales?. Acaso, aunque no entren los vándalos, ¿no se van a
derribar todos estos muros y artesonados?». Y esto es lo que tenemos que
comprender nosotros, volver a vivir ese sentido de la vida, porque si no, no
hay una justicia en la tierra para las naciones. Lo que nos pasa, lo hemos
querido, porque hemos traicionado a Cristo. Cristo lo echó a Perón, no las
fuerzas humanas, porque lo que se levantó contra Perón no era nada
prácticamente; él lo tenía todo. Tenía todas las masas organizadas, y el
ochenta por ciento de las Fuerzas Armadas con él. Había prácticamente desarmado
a la Aviación, no había nada humanamente, y Cristo lo echó. Y lo primero que
hicieron los cristianos fue olvidarse del verdadero protagonista de esa
revolución. Algunos por ignorancia, entre ellos lo incluyo al General Lonardi,
por invencible ignorancia, por eso se rodeó de masones, o de catolicones mil
veces peores que los masones. Pero lo primero que hicimos fue traicionar a
Cristo, ¿e invocar a quién?, al pueblo, al soberano, a la mayoría. Supóngase
que hubiera llamado a elecciones, como hizo Uriburu, después déla revolución de
septiembre, a los seis meses. Perón hubiera robado las elecciones, mucho más
que ahora. En 1946 ganó con el cincuenta y cinco por ciento contra el cuarenta
y cinco de la Unidad Democrática. Ahora no ha alcanzado el cincuenta y cinco
por ciento, pero claro, frente a él está toda la estupidez junta. De manera que
evidentemente no es mucha fuerza. Pero la realidad, es que nosotros
traicionamos a Cristo, lo dejamos de lado. Hasta lo dejamos de lado cuando le
ponemos al país a los pies de la Luz, hacemos esos actos simbólicos como los
actos sociales de vida religiosa, pero no la vivimos como Dios manda. Porque
hay un momento que usted tiene que aceptar la pobreza, tiene que aceptar el
aislamiento, tiene que aceptar incluso la muerte. Y entonces cuando llega ese
momento la gente empieza a pensar, la familia, la esposa, los hijos, etc., y no
hace lo que tiene que hacer. No hace lo que tiene que hacer. Cuando Cristo
dijo, déjalo todo, padre, madre, etc., no quiso decir, abandona los amores
legítimos de esta vida, no quiso decir eso. Quiso decir una sola cosa: llegado
el momento, cuando esté en juego algo decisivo para el destino del hombre, de
las almas, de la nación, tienes que actuar como si no tuvieras a nadie, como si
no estuvieras atado a nadie. Eso quiso decir. Déjalo todo, toma tu cruz y
sigúeme. No era para abandonar al prójimo, era para mejor servirle. Porque sólo
cuando estás realmente desprendido, eres libre, y puedes servir. Si no, no
sirves para nada. Yo les hablo esto porque tengo derecho a hablar. Yo he
gastado mi vida, viviendo marginado y desterrado y pobre y calumniado, y han
tenido que aguantar los líos mi mujer y mis hijos. No veinte días, de esto hace
veintisiete años, y lo he hecho. Y por eso les digo a ustedes que son jóvenes:
hace falta el desprendimiento total. La primera bienaventuranza lo dice,
bienaventurados los pobres de espíritu, a ellos les pertenece el Reino de Dios.
¿Qué quiere decir pobres de espíritu?. Pobre de espíritu es el que está
desprendido de su propio yo, desprendido de sus bienes, desprendido de sus
poderes. No quiere decir eso que tengamos que dejar ni el yo, ni los bienes, ni
los poderes, pero tenemos que estar respecto a ellos, en el más absoluto
desprendimiento, en el más absoluto señorío. Y el verdadero señorío, es estar
de rodillas ante Dios. Porque cuando uno esta de rodillas ante El, ante
Jesucristo, entonces tiene la plenitud de la libertad. Y entonces, los reales y
verdaderos amores de esta vida los vive con una plenitud, inalcanzable de otro
modo. Porque cuando yo estoy apegado a mí mismo, yo no puedo ni
amar
de veras al otro, ni servirlo. Es como pasa en la esgrima. Si el esgrimista
tiene la menor preocupación de que puede ser tocado, si no está entero en la
finalidad de su juego, que es tocar al otro, y totalmente desprendido de sí
mismo, no tiene la eficacia total. La eficacia total en la acción exige el
absoluto desprendimiento, porque cualquier preocupación que yo tenga, aunque
sea un interés legítimo, aunque sea una cosa ordenada, y principal de la vida,
cualquier cosa que me ate, ya me impide actuar con la debida libertad. ¿Qué
hace falta en la Patria en este momento?, hace falta eso, un puñado de hombres,
con fuerza claro está, que los hay, capaces del total desprendimiento, porque
ahora ya no hay maniobra posible, y no es posible que nadie haga el papel de
Caperucita de veras, y crea que la abuela va a ser mansa, cariñosa y tierna. No
puede uno hacer de Caperucita, y el que lo hace es, o un necio, o un cómplice,
o un cobarde o un traidor. En este momento es eso. Acá las cosas son claras, es
un hecho definitivo, gracias a Dios no hay ballotage. Porque el ballotage era
la maniobra, Dios les quitó la maniobra. Lo tenés a Perón delante, el pueblo te
manda entregarle el poder, es el soberano, tú eres brazo armado de ese
soberano. Hay que entregarle el poder. Porque decir que después lo van a
cuidar, y lo van a ordenar, y lo van a condicionar, solamente un necio o un
traidor puede pensar eso. Aquí la cosa es de vida o muerte. En estas elecciones
se ha jugado el destino de las Fuerzas Armadas y el destino de la Patria. Yo
siempre he defendido las Fuerzas Armadas. No he recibido nunca nada. A veces sí
el testimonio de algunos amigos muy queridos para mí. Las he defendido y las
defenderé hasta la muerte, como institución, a pesar de lo que hacen los
hombres que las representan en su momento. Como uno sostiene a la Iglesia, por
encima de cualquier otra cosa sobre la tierra, a pesar de lo que hagan sus
ministros. Pero el problema ahora no tiene vuelta. El problema es saber si en
las Fuerzas Armadas de la Nación, hay un resto que tenga vergüenza y coraje,
para reaccionar, pero en la Verdad, sin invocar más
las
falsedades de siempre. Invocando la soberanía de Dios primero, y la soberanía
de la Nación, como reflejo de ella sobre la tierra. O eso, o de lo contrario
caeremos en la mayor de las abyecciones, y lo habremos merecido, yo también.
Tengo una diferencia y una ventaja, tengo una larga costumbre, en esta avenida
de las adversidades. A mí en definitiva no me pueden despojar de nada porque no
tengo nada, sólo tengo esta casa. La vida igual la tengo que perder cualquier
día, en una congestión pulmonar o de cualquier otro modo. Pienso sí en los
míos, en el porvenir que les aguarda, y en los seres que quiero. Pero si uno no
tuviera en este momento la decisión de decir toda la verdad, hace falta que el
hombre de armas comprenda que su misión específica no es ser el siervo de la
soberanía popular, el custodio de las urnas, sino el custodio de la soberanía
política de la Nación. Y que esa soberanía política, se ha conquistado y se
debe reconquistar, en Cristo y en María, porque esta es tierra cristiana y
mariana. Y empezar, a través del testimonio y del ejemplo, a hacer comprender
alrededor de uno, que aquí no estamos para servir a la ficticia soberanía, a
esa cosa satánica que es la omnipotencia del número. Aquí estamos para servir a
Cristo, y a una Patria reconstruida en Cristo. Persona, familia, escuela,
universidad, empresa, Estado, Fuerzas Armadas. Y si se fracasa en esa empresa,
es la mejor muerte que se puede tener, una muerte envidiable, la mejor de
todas. Y no es porque yo no tenga miedo a morir, tengo miedo. Pero mucho más
miedo tengo a lo que va a venir, si aquí no hay una reacción viril, pero en el
espíritu de la Verdad. No sustituyendo la Verdad por la mentira, como se hizo
el 16 de septiembre de 1955, que en lugar de invocar la realeza de Cristo, se
invocó la soberanía popular, la voluntad de la mayoría, el pueblo que ha
reaccionado, etc., toda esa serie de falsedades que se han repetido como un
vómito hasta el día de hoy. ¡Cómo no íbamos a terminar en lo que hemos
terminado! Teníamos que terminar así. Ahora, yo hago mi parte, espero que los
que tienen la fuerza, hagan la suya, si es que están dispuestos, si es que
todavía pueden, y quieren. Ya no es cuestión tampoco, de saber cuántos se van a
sumar, porque no hay tiempo para eso. Hoy me decía un amigo, qué pasaría el 25
de mayo, piensen que no es serio: Caperucita Roja, poniéndole la banda presidencial
al señor Cámpora, y Cámpora tomando la banda, y poniéndosela al verdadero
ganador de estas elecciones. Les pregunto a ustedes, ¿qué va a pasar ese día si
ocurre eso? ¿Se imaginan a esa Caperucita Roja en ese papel?. Hay cosas
increíbles. Hay gente que piensa, «debe haber un pacto acá», porque se resiste
a creer en que pueda haber esa ignorancia satánica, de un hombre que cierra los
ojos para no ver la verdad que tiene delante, y embiste el absurdo. Esperemos
que el Señor de la Historia, Señor de los Ejércitos, Señor de la Patria,
inspire una reacción que salve el honor de nuestra Nación y de nuestras almas.
ASALTO TERRORISTA AL PODER
JUEVES 22 DE MARZO DE
1973
8-EL VACIAMIENTO DE LAS FUERZAS ARMADAS
Cuando
es mucho lo que se ha soportado y sufrido, entonces a uno se le afirman las
cosas. De anoche a hoy a la tarde, se me ha vuelto el alma al cuerpo, porque yo
la tenía un poco desprendida. Qué cosa bárbara es la impaciencia. El otro día
leí una frase de San Bernardo, interesante. Decía San Bernardo: «sin virginidad
es -posible salvarse, habiendo perdido la virginidad es posible salvarse, pero
sin humildad no hay salvación». Es importante tener en cuenta este detalle. Sin
humildad imposible salvarse, sin virginidad es posible. Lo deda un santo, y un
santo de esa magnitud, lo cual quiere decir que hay que tomarlo en serio. Y yo
meditando sobre eso, pensaba realmente así. Porque uno nace con una herencia,
con una herida interior, en un estado de baja rebelión, proclive al mal,
proclive al error, al desborde de los apetitos sensuales. Y lógicamente las
caídas son frecuentes. Pero hay una cosa, que evidentemente agrava la situación
negativa del hombre, y lo precipita a la perdición, y es algo que tiene que ver
con la Verdad, que venimos tratando en estas últimas clases. Porque la humildad
es la virtud, como decía el padre Petit de Murat, enamorada de la luz, la
humildad es la enamorada de la luz. Solamente en la humildad. Sinceramente creo
que se ha iniciado algo que se puede llamar ya la guerra civil en el país, y no
lo digo pensando que puede ser una exageración. Los hechos producidos en estos
días son ya síntomas definidos y definitivos de la enfermedad que padece el
país. Y la proclama hoy del señor Cámpora, ya es la declaración de la guerra.
Se ha llegado al punto que tantas veces hemos comentado. Insistían los
responsables de la conducción militar y política en el país, que el salto al
vacío no se iba a dar, y el salto al vacío ya se ha dado. Siempre uno cuando
está descendiendo un escalón, en la jerarquía, y avanzando en la dirección del
desorden y la subversión, siempre se procura una razón consoladora. Cada vez
que se produce un retroceso, que da un paso atrás, dice, y bueno, no, la cosa
no va a ser tan grave, el asunto se va a solucionar. Primero decían los
responsables, y lo decían en todo el país sobre todo en las guarniciones, no, a
Perón lo arreglamos con la guita, es cuestión de pagarle, de devolverle
honores, y cosas, y viene la solución democrática auténtica. Vamos a contar con
los votos de él, como contó Frondizi en su momento, o como contó Ulia en su
momento. Perón no va a venir jamás acá, se repetía en todas partes. Vino Perón,
y entonces dijeron, se acabó el mito. Vino Perón, y el mito de Perón ha
terminado. Como todo el mundo ha visto, y bien, si, hubo gente que fue, pero no
tanta, y calma, y mansa en última instancia, rompieron algunas casas, afectaron
algunas de las residencias vecinas, pero el asunto pasó, y realmente el mito de
Perón se destruyó, y hasta hubo una cierta prensa mundial que celebró la
habilidad del Teniente General Lanusse para haber desvanecido el mito. Después
se dijo, no, con este sistema electoral de la segunda vuelta, del ballotage, el
asunto está arreglado, y arreglado democráticamente, de acuerdo a los
principios de la soberanía popular, del sufragio universal, y del juego de los
partidos, como establece la Constitución Nacional. Y sumaron, y de acuerdo a la
suma que hicieron, el resultado llevaba necesariamente a la segunda vuelta.
Llegaron las elecciones, y esa noche misma supieron, porque ya supieron los
resultados definitivos, estos que no terminan ahora de dar nunca, lo supieron
la misma noche, y comprendieron que no había segunda vuelta, que no quedaba más
alternativa que entregarle el poder a Perón, o no entregárselo. Entonces empezó
el juego. Todo el mundo dijo bueno, si se le va a entregar el gobierno, debe
ser porque no se puede hacer otra cosa, hasta lo dijeron hace dos días él
Consejo de los Almirantes, el gobierno se va a entregar. Pero todavía pensaron
que el gobierno, se va a entregar, pero claro, condicionado, limitado, estando
cinco puntos que fueron anunciados. El problema sí, se va a entregar, y al
final todo va a ir más o menos regulado y encauzado, las fuerzas están
preparadas si hay desbordes, entonces van a intervenir, porque siempre uno está
pensando que va a tener una oportunidad de eludir el sacrificio y la muerte. La
gente le dispara a esa posibilidad. Lo grave es que a los hombres de armas les
está ocurriendo eso. Vemos lo que habló la Juventud Peronista en un acto, realizado
en La Plata, creo que el domingo pasado, porque se publicó en el diario del
lunes, esto es un recorte del diario, del diario «El Día» de La Plata, y
realmente los acontecimientos que se han producido ayer, y el manifiesto del
señor Cámpora hoy, están ya configurados en el lenguaje que hablaron los
delegados de las juventudes peronistas de distintos lugares del país, que se
congregaron en La Plata, y que fue presidida la asamblea por el gobernador
electo, señor Bidegain. Ellos ya hablan directamente de la toma del poder, y
del ejército del pueblo. Y el ejército del pueblo tiene ya sus bases de
comandos, organizadas desde hace años, y adiestradas con acciones múltiples,
continuas y progresivas, y ellos ya hablan de estructuración de esa fuerza, que
será la verdadera fuerza, la nueva fuerza armada que tendrá la República en
breve tiempo. Y evidentemente que si no hay una reacción proporcionada a la
magnitud de la enfermedad que padece el país, van a lograr plenamente sus
objetivos, porque los hechos que se están desarrollando delante de nuestros
ojos, evidencian dos cosas: primero el vacío interior, que se ha obrado en toda
la clase dirigente del país, en forma oficial, y principalmente en las Fuerzas
Armadas de la Nación. Las Fuerzas Armadas han sido vaciadas oficialmente. Se
les ha dado una mentalidad profesionalista y burocrática. Se les ha quitado
todo espíritu militar. Porque el espíritu militar tiene como característica
primera la disposición de la muerte, para la muerte. Si a un soldado le falta esa
disposición, no es soldado, no puede serlo. Y además de eso, se ha
distorsionado en forma total la conciencia de la misión específica de las
armas, como hemos dicho tantas veces acá. Se les ha quitado la conciencia de
que las armas de la Patria existen y tienen como misión, conquistar, sostener,
defender y consolidar la soberanía política de la Nación. Soberanía política
que incluye eso que se llama la independencia económica y eso que se llama la
justicia social. Hay gentes que presentan en forma falsa y falaz este proceso.
Dicen, tal tiempo de la historia argentina fue el de la soberanía política,
después vino el tiempo de la organización nacional, y ahora viene el tiempo de
la independencia económica. No, si el país no tiene un estado de independencia económica
y financiera, quiere decir que no tiene soberanía política. Porque, ¿qué es la
soberanía política?, es el señorío sobre todo lo propio. Si yo no tengo el
señorío político, de ninguna manera puedo mantener una relativa independencia
económica de la Nación. Y mucho menos puedo realizar una justicia social,
porque no puedo servir el bien común. Si el poder político de la Nación está
mediatizado por un poder extranjero, sea financiero, sea ideológico, sea
militar, sea político, yo no puedo servir al bien común. Entonces evidentemente
sin soberanía política, no hay independencia económica y no hay justicia
social. ¿Por qué?, porque la política no puede realizar su misión que es servir
el Bien Común. Las Fuerzas Armadas han sido distorsionadas en el país hasta el
punto de quitarle toda conciencia al soldado de que su misión es la defensa de
la soberanía política, que incluye todos los otros señoríos humanos, y que no
tiene otra dependencia y otra subordinación que la Soberanía de Dios. Y para
nosotros, cristianos, la Soberanía de Cristo, Rey de Reyes. Y en lugar de esa
conciencia, de la misión específica de las armas, defensa de la soberanía
política, se le ha dado a los soldados de la Patria, la única conciencia de que
las Fuerzas Armadas son el brazo o el instrumento armado de la Constitución
Nacional y de la soberanía popular. Uno se da cuenta que hemos llegado a este
proceso, a esta situación, a este abismo, sencillamente porque en 1955 las
Fuerzas Armadas, por un acto de coraje del General Lonardi y de un grupo
reducido de Jefes y Oficiales, y con la fuerza de Cristo, que fue el verdadero
Libertador, pudieron eliminar esa verdadera tiranía, no la segunda, sino la
verdadera y única tiranía real que ha tenido la Patria total, que fue la
tiranía del peronismo. Repito que lo más grave de esos diez años de infamia, no
fueron los despojos materiales, no fueron las entregas del orden material, no
fueron los robos ni los negociados, sino el ambiente oficial de servilismo y
adulación, que se extendió a todas las esferas del país, a todos los ambientes
humanos del país. Los que son jóvenes esto no lo pueden entender, no lo han
vivido, yo sí lo he vivido. Y pavoroso era eso. Pienso que Dios ha querido ser
tan bueno conmigo, ayudarme de tal modo, que el haber sido despojado de todo,
de mi carrera, de mis funciones, de todo desde el principio, aparecía como un
mal, para mí y para mi familia. Hubo que soportar sí dificultades, pero qué
inmenso bien. Ustedes se dan cuenta, si yo por ejemplo, Rector del Instituto
Superior del Profesorado Secundario de Buenos Aires, hubiera tenido que
encabezar colectas, encabezar entregas de flores, encabezar columnas de gente
desfilando frente al cadáver de Evita durante treinta días expuesto. Pienso que
en realidad he sido favorecido por la Divina Providencia, porque yo no sé si mi
flaqueza humana, y las necesidades apremiantes de la familia no me hubieran
llevado a tener que ir cediendo, en todo sentido de dignidad, de altivez, que
pueda haber en un hombre. Yo no me considero mejor que los demás. Dios me ha
preservado con un mal, que ha sido en realidad el mayor de los bienes que yo
podía recibir, el estar marginado, echado, y echado con escándalo, inspirando
temor a todo el mundo de ayudarlo a uno, por miedo al poderoso. Entonces uno comprende
el verdadero sentido que tienen los sucesos de la vida de uno.
Los
hechos en el fondo, son todos adorables, porque todos están en el plan de la
Divina Providencia. Y a veces Dios permite cosas tremendas, a los efectos de
lograr de esos males, instrumentos para el bien. Porque ese es el sentido
cristiano de la vida, hacer de la muerte, sirviente de la vida: hacer del mal,
sirviente del bien, hacer del sufrimiento, el verdadero instrumento de la
alegría. Esto parece una paradoja, pero esto es así. Y así lo ha vivido uno, y
éste es el verdadero sentido cristiano de la vida. Si las cosas no llegaran a
los extremos que han llegado anoche, y que se manifiestan hoy a través de la
declaración del señor Cámpora, la gente iba a seguir siempre buscando excusas,
y todavía las va a encontrar. Siempre dándose vina razón para esperar, para no
reaccionar, para seguir cómodamente, cuidándose de cosas legítimas pero
subalternas, las cosas de la vida cotidiana, las cosas de la vida familiar, los
intereses legítimos que tenemos que entender, la gente hubiera seguido
procurando no ver la realidad. El hombre cierra los ojos ante una realidad,
pero cuando esa realidad es pavorosa, es tremenda y exigente, y obliga al
renunciamiento total, si quieres afrontarla como Dios manda y la dignidad
exige, ya no se puede eludir, no se la puede dejar de reconocer. Pero siempre
tratamos de eludir. Yo les he recordado varias veces, y ustedes leen en los
Evangelios, que Nuestro Señor Jesucristo, con sus discípulos, que lo habían
dejado todo para seguirlo a Él, que estaban desprendidos de los bienes de este
mundo, y entregados a Su Magisterio y a su ejemplo, cuando Él les anunciaba la
Pasión, la inminencia de la Pasión, había un fastidio en sus discípulos,
tremendo. Hasta que un día Pedro, que era como el representante natural de
todos los otros, frente a la insistencia de Jesús en reiterarles la Pasión y
Muerte, le dice, «nos estas fatigando, ¿para qué vienes con todas esas
desgracias?», anunciando todas esas desgracias. Le viene a querer decir,
háblanos de todas esas cosas tan bellas, tan promisoras, tan edificantes con
que lo haces habitualmente, y no nos vengas con dolor y sufrimiento, muerte y
persecución. Y es el momento en que Cristo le dice a Pedro, «retírate de
delante de Mi, Satanás». ¿Por qué le dice eso?, porque Pedro está hablando por
boca de Satanás, es el diablo el que está hablando por boca de Pedro, y está
hablando permanentemente, cada vez que nosotros le esquivamos el cuerpo a la
realidad, cada vez que nosotros no queremos ver las cosas como ellas son, cada
vez que nosotros rechazamos la verdad, que con insistencia, con la insistencia
del amor de Dios, vuelve siempre a reclamar de nosotros esa virtud, que como
dice el padre Petit de Murat, es la enamorada de la luz; es la humildad. Les
recordaba antes, que San Bernardo dice, sin virginidad te puedes salvar, pero
sin humildad no hay salvación. Porque claro, sin humildad no puedes estar nunca
en la Verdad, y sobre todo, no te puedes aferrar a ella. Siempre estamos más
bien inclinados, a ver las cosas desde nuestro interés, desde nuestro placer
inmediato, desde nuestros temores, desde nuestras ansiedades, desde nuestras
tristezas o desde nuestros placeres. A las cosas no las queremos ver como son,
y a los acontecimientos tampoco. Este es el gran problema, el drama del país
hoy. Una ignorancia diabólica en los responsables. Dejemos de lado sus miserias
y debilidades humanas, que en definitiva las compartimos todos en alguna
medida. Hay una cosa que no tiene excusa, porque son males más graves que las
flaquezas, es esta ignorancia de aquél que ante la evidencia cierra los ojos o
aparta la mirada para no ver, y entonces evidentemente los acontecimientos
sorprenden. Nos contaba un amigo que estuvo ayer en el Servicio de Inteligencia
de Ejército en La Plata, a las nueve de las noche. No tenían la menor idea de
lo que estaba pasando. En el Servicio de Inteligencia no tenían la menor idea
de lo que estaba pasando a pocas cuadras de ahí. Y mucho menos la menor idea
del significado de lo que estaba ocurriendo. Y hoy ya las cosas están más
claras. Porque usted lee el manifiesto del señor Cámpora, del presidente electo
por el «soberano», y es clarísimo. Ellos se han lanzado a la decisión, a
apresurarla, a apremiarla, la hacen perentoria. No hay conversación, ni trato,
ni condición ni nada. Ustedes tienen que proclamar que el pueblo, que la
multitud es soberana, la multitud se ha pronunciado, y ustedes entregan el
gobierno sin condiciones, sin limitaciones, sin nada. Y el 25 de mayo se acaba
el régimen de la ignominia, y empieza el gobierno del pueblo. Ese ha sido el lenguaje
oficial, el lenguaje de los militares responsables, ése es el lenguaje de los
generales, de los brigadieres, de los almirantes, y ahora salen los ungidos por
el «soberano», y les habla con ese desprecio, un desprecio que lleva detrás, el
despojo y la muerte, una justicia, eso es una justicia. Ellos han proclamado la
falsa soberanía popular. Ellos han omitido la real soberanía política de la
Nación, ellos han convertido a los hombres de armas en servidores de la
servidumbre, de la ignominia. Ellos han consagrado la omnipotencia del número,
negando las tradiciones gloriosas de la Patria, negando que fueron los
ejércitos, los que hicieron la soberanía de la Nación, y pretendiendo que la
soberanía emerge de la multitud, que nada tuvo que ver con la soberanía
política de la Nación, ni con su conquista, ni con su defensa. Nunca salieron
de las urnas las decisiones salvadoras del país. Siempre salieron de las armas.
Ustedes se dan cuenta las generaciones de hombres de armas educadas en la
negación, en la discontinuidad, en la ruptura, con su origen, con su pasado,
con su justificación. Cómo no íbamos a llegar a esto. Estos son los frutos
podridos de la democracia, como decía Hugo Wast en nuestro periódico Combate. Y
no lo decía ahora. Eso lo decíamos en el 55 mismo, en el 56, y hasta el día de
hoy. Y a nosotros, cuando podía esa misma conducción oficial, nos acusaba de
réprobos, de incitadores a la subversión. Uno se convertía en una mala palabra.
Y hemos llegado a este horror. Insisto en esta cuestión de la ignorancia. Se ha
producido un vaciamiento interior, principalmente en el hombre de armas. Le han
quitado el sentido militar de la vida. Le han quitado la conciencia de la
misión específica de las armas. Lo han convertido en un mero profesional
aburguesado. Y además, lo peor de todo, porque es consecuencia de todo lo
anterior, le han quitado el espíritu de muerte. Es decir, aquello que es lo
específico, lo esencial de la actitud militar. Aquello que hace que la milicia
sea mucho más que una profesión. La milicia es un estado, es un carácter, es
una segunda naturaleza. Si ustedes leen el discurso sobre las armas y las
letras, que Cervantes pone en boca de Don Quijote, donde Don Quijote exalta,
por encima de las letras, el significado casi sagrado de las armas. Lo que
significan las armas en la vida de una Nación, lo que tienen que ser cuando son
como Dios y la Patria quieren que sean. Uno se da cuenta hasta qué punto, se
nos ha vaciado de las esencias, de los valores, del sentido de los fines, hasta
qué punto hemos perdido toda conciencia de la realidad, todo sentido del Ser.
