ASALTO TERRORISTA AL PODER-
Por Jordán Bruno Genta
JUEVES 12 DE JUNIO DE
1973
43 VERGÜENZA Y FORTALEZA
Le
decía un marino a un amigo, cuando habían escuchado una conferencia que di en
La Plata, dice «claro, está bien, ¡pero tanto nombrar a Dios!, ¿para qué tanto
Dios?» Pero dígame, usted es católico o no es católico?, y resulta que era
católico, y no le gusta que nombren a Dios. Miren, si no se nombra a Dios, no
queda más que el comunismo, ése es ateo, no lo nombra a Dios, hay que elegir
entre una cosa y otra, y es la verdad. Les voy a comentar acá lo de Córdoba.
Acá hay una cosa que tenía que ocurrir necesariamente. Una vez desencadenado el
proceso éste, de institucionalización, las fuerzas del terror bolchevique, o
sea del socialismo revolucionario, entran en acción en forma constante,
permanente sin dar tregua. Y el punto, el epicentro de esta dialéctica
terrorista, bolchevique, es Córdoba, y ahí desatan la guerra. Entonces esta
gente en la desesperación, de tener que enfrentar ese problema sacan a Perón;
entonces lo ponen a Perón delante porque él va a contener al comunismo que él
ha desatado, cosa increíble. Y sin embargo ésa es la realidad, el criterio con
que se está manejando este problema que ha estallado ahora. Un poco de
virilidad, no se si la habrá; este es un problema que reclama para su solución
las virtudes viriles, nada más que eso. Se necesitan dos cosas, la vergüenza y
la fortaleza. Primero tener vergüenza, y comprender que es mejor morir a vivir
así, en esta situación, realmente. Quién hubiera dicho que íbamos a
precipitarnos a este ritmo, a estos horrores que estamos viviendo ahora. Vamos
a ver qué pasa; gracias a Dios, ahora no van a poder eludir el problema. Esta
movilización sindicalista la debe haber organizado Rucci, porque ellos tienen
que atajar el problema de Córdoba porque no les quedan más que dos remedios;
mandar la intervención a Córdoba y producir el enfrentamiento sangriento, o
tratar de eludirlo cubriendo toda la situación con el clamor pidiendo a Perón
Presidente, y postergando el problema, pues igual sería una simple
postergación. Es que del terror bolchevique, luego de cincuenta y cinco años de
experiencia, la gente no aprende nada, se juntan dos cosas, la ignorancia, y
los intereses más bastardos. Por eso les voy a leer una página que ha escrito
un alumno mío que está en Tucumán, y alumno de un gran sacerdote que falleció,
el padre Petit de Murat Un hombre que se había retirado en realidad, a la vida
puramente contemplativa, que es la más activa de todas, frente al desastre que
vive el país. Hay cosas que no se pueden hacer impunemente. Una de ellas es la
que han hecho los tres comandantes en jefe, en el día de ayer y de hoy. No, hay
cosas que no pueden ser. Voy a empezar leyéndoles un pasaje de esta carta que
he recibido hoy de un joven realmente brillante por su inteligencia y su
finura. Me dice en la segunda parte, «nada quiero comentar del pasar dolorisísimo
que atraviesa la Patria. Es algo que entristece y mueve a ira, esta reducción
de la nación a un volcán de bocas y estómagos insaciables; este poseer, este
poner a las gentes al ras de las bestias hambrientas, este salir los flagelos,
este ceñir los flagelos de la Patria al horizonte del comercio, y este excitar
los ánimos y promoverlos en la comente tumultuosa del resentimiento; este
afeminamiento, este griterío, este pulular de las masas enconadas no puede ser
otra cosa que el fruto de una gran pudrición colectiva, que data de muy atrás,
y ahora revienta dando a luz su padre, en un choque de vileza contra vileza, la
vileza de la indiferencia irresponsable, y la vileza del odio atormentado. El
desafuero en las palabras es tal, que se llama nacionalismo a cualquier cosa,
aún lo que se sostiene sobre pasiones exacerbadas, y la adulación mas perversa,
el vaciamiento de la inteligencia, y el aliento sin traba de los apetitos da
lugar a todos los excesos, a todas las afirmaciones petulantes, a todas las
groserías, a todas las prostituciones conceptuales de que es capaz el hombre,
rota la jerarquía natural, que lo dignifica en lo superior, y lo rige como un
padre. Estamos en pleno reinado de la mentira, de la apariencia sin ser, y a la
merced del mas grande canalla que pisara esta tierra rodeado de su séquito de
plebeyos agrandados». Este es el pasaje que le dedica Agustín a lo que está
ocurriendo en el país. Y eso que no había ocurrido todavía lo de la
reintegración del grado y los honores, y esto que se está precipitando en el
día de hoy.
ASALTO TERRORISTA AL PODER
44-POLÍTICA Y CONTEMPLACIÓN
Realmente
estamos viviendo un momento que nos fuerza a volver a las verdades esenciales,
que por habernos apartado de ellas, estamos padeciendo esta radical
incertidumbre. Aristóteles en la Ética a Nicómaco, dice algo que hoy resulta
casi ininteligible para la gran mayoría de las personas, incluso ilustradas.
Señala que en realidad el fin de la vida humana, y el fin también de la ciudad,
es asegurar la contemplación de la verdad. Porque el hombre existe en ultima
instancia para eso, para ver, para comprender, para contemplar. Y esa felicidad
definitiva del hombre, es la que le va a procurar la contemplación de la verdad
que nos ha creado y nos ha redimido, y que no es dable alcanzar en este mundo.
Pero es interesante comentar este pasaje de la Ética a Nicómaco de Aristóteles.
Dice: «es a la felicidad del contemplar, hacia lo que está ordenada la
totalidad de la vida política».- Es decir, la vida política está ordenada a la
contemplación, está ordenada al conocimiento, al conocimiento último.
Generalmente nosotros oímos decir que en realidad, el hombre sabe para vivir. Y
eso no es verdad. El hombre vive para saber. Y el saber constituye en el hombre
la verdadera vida. Y justamente, no solamente el error, sino todos los vicios,
son consecuencia del abandono, de la renuncia, o de la intervención de este
orden que las cosas tienen. El hombre está ordenado a la verdad. Porque él es
tina criatura de la verdad, y existe para la verdad. Por eso cuando en los
planes de Dios, frente al pecado del hombre y a las consecuencias de la muerte
que significa el pecado de los hombres, su infinita misericordia se dispone a
rescatar al hombre del pecado, ¿quién de las personas divinas se hace hombre,
quién se encarna?, es la persona del Hijo, o sea la Verdad de Dios, la Sabiduría
de Dios, el Verbo de Dios. Él es el que se hace hombre, justamente para
encaminar al hombre hacia Dios. Y en qué consiste en última instancia la
felicidad del hombre?, en la unión con Dios, en la contemplación amorosa de
Dios. Y si hay algo, de lo cual necesita la ciudad, necesitan los estados,
especialmente en este occidente cristiano al cual pertenecemos, es que se
comprenda que es absolutamente indispensable para la perfección de la ciudad,
para la perfección de la vida política, y para el logro del bien común, que
haya hombres que entreguen su vida a la contemplación, a la contemplación pura.
Cuando uno tiene presente por ejemplo, que a fines del siglo XVI, apenas
fundada la ciudad de Córdoba, en 1573, si mal no recuerdo, a la muerte del
fundador, su señora y sus hijas fundan el primer convento de las Teresas, de
las Carmelitas, convento de clausura absoluta que está todavía en la plaza
principal de Córdoba, donde se entra para la vida de la contemplación, o sea
para la meditación y de la oración. Y de ahí no sale ni muerto. Porque no hay
nada más activo que esa vida contemplativa. El hecho de que haya personas que
estén totalmente entregadas y dedicadas a la contemplación, o sea a la
meditación de las cosas de Dios y a la oración, está demostrando precisamente
que de nada tiene más necesidad el hombre que le recuerden eso. Por eso, lo que
exige el máximo cuidado en la vida de la ciudad, en la vida del Estado, en la
vida política, es justamente el lugar de la contemplación. No me refiero
solamente al lugar sagrado, que es la Iglesia y lo que tiene que ver con ella,
sino la universidad, que es el lugar del conocimiento, de la contemplación. Y
que en orden a la contemplación de la verdad, como la virtud política por
excelencia es la prudencia, que consiste en una sabiduría práctica, esa
sabiduría práctica está ordenada a la sabiduría pura, esencial, teórica, que es
justamente la que ha de cultivar en primera instancia la universidad. La
prudencia ha de estar ordenada a la sabiduría, porque la prudencia es sabiduría
práctica. El obrar, tanto el hacer como el obrar moral, el hacer manual o
técnico y el obrar moral, nunca pueden ser señoriales, son serviciales.
Señorial, no hay nada mas que la contemplación, que el conocimiento de la
verdad. Ese es el verdadero señorío del hombre. Y en la verdad y de la verdad
como de su fuente, nace el amor. Por eso dice magníficamente Pieper, la praxis,
la práctica, no es nunca señorial, es nada mas que servicial, es servicio; la
contemplación, eso es señorío, eso es señorial, y el hombre existe para la
contemplación de la verdad. Por eso toda la energía del ser humano tiende al
conocimiento, tiende al saber. Y si nosotros pudiéramos en esta vida alcanzar
el sumo saber, la suma contemplación que es un regalo de Dios. Porque la
criatura por limitada y además por criatura herida por el pecado, esa última,
esa plenitud del conocimiento, le está vedada en esta vida, y cuando Dios se la
brinda a los que justifica en la eternidad, es un regalo que Él les hace,
porque uno lo contempla a Él en su propia luz, porque en la luz de la criatura
no podría ver a Dios, porque lo excede infinitamente al hombre. Por eso se
equivocaba Duns Scoto, el famoso voluntarista del siglo XIII cuando decía que
en realidad, el amor ha de preceder al conocimiento, es decir, tiene prioridad
sobre el conocimiento. No, la prioridad absoluta la tiene el conocimiento, la
tiene la verdad, y sólo en la verdad, sólo en el conocimiento tiene sentido
hablar de amor. Por otra parte, la verdadera posesión de las cosas, es
conocerlas. Verdaderamente se posee, se tiene en plenitud algo cuando se lo
conoce, cuando se lo comprende en su verdadero ser. Recuerda el mismo Pieper,
una anécdota oriental. Resulta que un hombre muy rico había contratado a un
jardinero que era un verdadero artista, y había dispuesto que le hiciera un
jardín. Y éste le hizo un jardín maravilloso, y entonces el hombre rico decía,
«éste es mi jardín», y el jardinero se sonreía, porque el verdadero señor de
ese jardín era el jardinero. El hombre rico lo único que había puesto eran los
medios, pero eso que el otro había, digamos así, elaborado allí, producido
estaba más allá de su posibilidad contemplativa, porque sólo posee realmente
aquél que comprende, aquél que es capaz de quedar, demorado, embargado,
cautivado frente a la belleza. Como recuerdan ustedes en el cuadro que les
comenté sobre el sátiro y la ninfa, cómo quedó el sátiro frente a esa ninfa
desnuda, ante esa belleza sorprendente; quedó inmóvil, paralizado. En lugar de
arrojarse sobre su presa, quedó absorto contemplándola con los ojos llenos de
lágrimas. Entonces alcanzó la verdadera posesión de esa belleza en el
conocimiento. Y tan alta, y noble, y suprema, es esta actividad del
conocimiento, que doblega todas las demás, todo lo que es obrar y hacer queda
anulado y vencido y superado por esta suprema actividad que es la
contemplación, de la verdad. Y cuando el hombre actúa como corresponde,
entonces todo lo ordena en función del conocimiento. Esta es la profunda razón
que tenían Sócrates y Platón cuando decían que toda virtud procede del saber y
todo vicio de la ignorancia. Es evidente. Acaso usted vea y no sea capaz de
obrar según usted ve, por debilidad, por temor servil, por interés egoísta,
puede ocurrir. Pero evidentemente que si usted no ve, no puede obrar según la
verdad. Ningún verdadero amor es ciego; es lúcido y luminoso. Mucho de lo que
está pasando hoy en la Patria es precisamente por eso, porque nosotros hemos
renunciado a la vida contemplativa y por eso hemos renunciado a la soberanía.
Porque, tanto la soberanía, el señorío personal, como la soberanía política de
la Nación depende de la vida contemplativa. Vivimos en una época en la que se
quieren resolver los problemas humanos por medio de técnicas, la tecnocracia,
de especialistas. El problema económico por especialistas en economía, el problema
social por tecnócratas expertos en materia social. Y entonces evidentemente,
cuando se hace una revolución como la revolución argentina, donde el señor
general Onganía, creía que el problema del país era un problema de
administración y un problema de planificación y de técnica, se llegan a estos
resultados que estamos viviendo. Porque lo que hace falta en primer término es
saber. Pero no saber acerca de cómo manejar esta cosa o esta energía o esta
fuerza material, sino comprender lo que es el hombre, comprender para qué
existe, qué comporta la ciudad de los hombres, y cómo ha de ordenarse la vida
de esa ciudad para que ella sea conforme con las exigencias del bien común. Lo
que se necesitan no son expertos ni especialistas ni técnicos, se necesita el
político que posee esta virtud prudencial, o sea esta sabiduría práctica, que
se alimenta de la realidad, de la verdad de las cosas, por eso hemos llegado a
estos abismos. La gente ha ido renunciando a todo sentido del honor, de la
delicadeza, de la dignidad, y es una renuncia progresiva, constante, cada día
se desciende un escalón más. Y lo que está detrás de todo eso es una supina
ignorancia, nacida del desprecio de la sabiduría. Si no cómo se iba a pensar en
hacer por ejemplo unas Fuerzas Armadas pinamente profesionales, tomar la
profesión de las armas como una profesión de un técnico cualquiera, cuando el
hombre de armas se educa para conducir hombres, y nada menos que a la muerte.
Lo que necesita es saber quién es el hombre, qué es el hombre y el fin para el
que existe, lo primero que tiene que saber, y aplicar ese conocimiento. No es
cuestión que diga soy cristiano, soy católico, voy a misa, con eso no está
resuelto ningún problema del orden concreto, del orden existencial. El problema
es que yo proyecte esta sabiduría de la fe, y esa sabiduría esencial de la
filosofía, que si no la poseo no puedo tampoco concretarla, no la puedo
realizar, no la puedo traducir en hechos. Muchas veces les he dicho, si hay una
cosa trágica en este país, es que nuestra Patria, nuestro pueblo ha sido
progresivamente desprovisto de teología y de metafísica. La gente que tiene la
responsabilidad de la conducción, que se viene sucediendo a través de todos
estos años seguramente, digamos desde el año 53 hasta la fecha, son gentes que
bien o mal intencionadas, -no vamos a discutir ese problema-, han actuado en
las cegueras de las verdades de la fe y de las verdades esenciales. Jamás las
han tenido en cuenta. ¿Se las ha tenido en cuenta en el plano político, en el
plano prudencial?, jamás. Entonces el hombre no sabe de qué se trata. Una cosa
es manejar piedras, manejar fuerzas materiales, fuerzas físicas y químicas, y
otra cosa es manejar almas, son dos cosas completamente distintas. Y la función
política y la función militar, son funciones prudenciales, conducción de almas.
¿Y cómo va usted a conducir las almas si no las conoce, si no sabe ni siquiera
que existe el alma?. Y si usted la confiesa, digamos así, en el catecismo, que
el hombre tiene un alma hecha a imagen y semejanza del Creador, resulta que no
la tiene en cuenta para nada cuando usted trata con los hombres. Esto es un
problema serio y tremendo, y como el conocimiento es en el fondo una cosa personal,
tan personal que cuando un maestro le enseña a un alumno,¿en qué consiste
enseñar?, en lograr que el alumno vea por sí mismo lo que hay que ver, porque
el acto docente es colocar al alumno en situación de que vea la verdad; hasta
entonces está ciego. Toda docencia es absolutamente una comunicación personal,
y los dos elementos son activos, uno más que el otro. Porque el que está en el
papel del acto es el que enseña, el papel de la potencia es el que aprende,
pero no es una potencia pasiva, no es como alguien que se le imprime un sello
desde afuera; tiene que ser llevado a ver por sí mismo, eso es la soberanía, la
liberación del conocimiento. En la misma forma que en orden al pecado, la
liberación la ha obrado también la Verdad hecha Hombre y crucificada por amor.
Él ha rescatado, ha liberado al hombre del pecado a través del sacrificio; le
ha dejado al hombre también como instrucción y ejemplo. Su testimonio para que
el hombre transite el mismo camino de reparación, que no hay otro. Siempre es
la verdad la que rescata, lo
mismo
del pecado que del error; no hay otra cosa que la Verdad. Y la liberación
social, por la cual se clama tanto, es una consecuencia de las otras dos. No
habrá jamás liberación social, ni siquiera un orden relativamente justo, que es
a lo más que podemos aspirar humanamente, mientras no haya liberación interior
del hombre. Y repito, la esencia de la felicidad, consiste en la contemplación
de la verdad. Solamente cuando nosotros alcanzamos el conocimiento de la
realidad, cuando estamos en la verdad, y sobre todo en aquellas verdades
esenciales para la vida del hombre, recién entonces podemos obrar en
conformidad con la verdad y ser verdaderamente libres. Y para serlo plenamente
necesitamos de la ayuda del Espíritu de la verdad, que es el Espíritu de Dios.
Es lo mismo que pasa en las relaciones entre los hombres, entre el hombre y la
mujer, el sentido de una verdadera comunión o comunicación es solamente en la
verdad. Usted no puede edificar en el engaño absolutamente nada, ni mantener en
el engaño absolutamente ninguna verdadera unión, ninguna verdadera comunión,
solamente hay comunión en la verdad, en el conocimiento, esta cosa maravillosa
que es la verdad, como la describe en el diálogo 'De Libre Arbitrio', San
Agustín. Esa verdad que se brinda toda entera a todos. Todos acceden a ella, y
el acceder a ella no significa excluir al otro, sino que el otro tiene la misma
posibilidad de participación en esa misma verdad, de hacerse dueño de ella, de
poseer la verdad, y poseerla de ese modo único que es el conocimiento. Cuando
usted tiene delante de sus ojos, de los ojos de la inteligencia, la cosa tal
cual ella es en sí misma, la realidad tal y como ella es, entonces usted puede
obrar en conformidad con esa realidad. Porque usted no puede obrar en
conformidad con la realidad, mientras no la conoce. La posibilidad de que haya
un trato de honor, relativamente a los demás hombres, es conociéndolos, es
saber lo que es el hombre y para qué existe, saber lo que cada uno es y el
lugar que le corresponde, saber dar el lugar, y dárselo uno mismo, no hay otra
cosa. Y ese saber culmina siempre en aquel que es el comienzo, el fin, y el
medio de todas las cosas, que es Dios, Él es la unidad de medida. El hombre no
es medida de todas las cosas, como decía Protágoras; la medida de todas las
cosas es Dios, que es el que ha creado todas las cosas. Yo tengo que conocer a
las cosas como las conoce Dios. ¿Y cómo las conoce Dios?, desde el principio,
desde su origen, desde el origen de cada cosa. Cuando yo conozco realmente lo
que es una cosa, es como si la viera brotar de las manos de Dios, del Verbo de
Dios. Y este conocimiento es fundamental. Por precaria que sea la posibilidad
que tiene la sabiduría humana, la metafísica, la filosofía, de conocer la
realidad, por oscuro que sea el conocimiento de la fe sobrenatural, y
conocimiento de los misterios de Dios, ese conocimiento, esos conocimientos
valen infinitamente más que todas las ciencias juntas. Porque todas las
ciencias juntas no me pueden resolver ningún problema verdaderamente humano que
tenga que ver con el principio y el fin de la existencia. Me pueden ayudar nada
más, materialmente, suministrar recursos, no pueden otra cosa. Y lo
interesante, es que siempre hubo, menos en el día de hoy, un respeto por la
tradición y por los antiguos. Es como dice Aristóteles en la Metafísica: Por
los antepasados y los más antiguos, nos ha sido trasmitido que lo divino
contiene la naturaleza entera, porque en lo divino está el principio de todo lo
creado, de todo lo dado, de todo lo que es la naturaleza. Allá en el principio,
ha habido una revelación de Dios al hombre, el hombre tenía una comunicación,
Dios tenía una comunicación con nuestros primeros padres. Él se había
manifestado al hombre, el hombre disfrutaba de gracia preternatural. Cuando
vino el derrumbe, la caída, la separación de Dios, quedaron los restos, los
vestigios de esa revelación primitiva. Y eso es lo que ustedes ven reaparecer
en todas las religiones, aún en las más bárbaras, en las más horrendas, en las
más mezcladas con errores y aberraciones, están los restos de esa revelación
primitiva. Y uno ve latir ahí precisamente vestigios de esa verdad que luego le
ha sido revelada al hombre, conforme al plan divino, verdad revelada sobre todo
en Cristo, que es digamos así, la verdad misma de Dios que se ha manifestado a
los hombres. De manera entonces que el problema para nosotros es ante todo un
problema de conocimiento. Podemos estudiar distintas carreras, podemos estudiar
Medicina, Ingeniería, Derecho, Farmacia, e incluso Filosofía, pues el hecho de
ir a la facultad de filosofía no significa que se estudie filosofía; porque
usted puede hacer un estudio erudito de la filosofía, saber que ha habido tales
escuelas, tales corrientes en tales direcciones, pero no significa que usted
haya accedido al saber filosófico. Usted tiene simplemente un conocimiento
exterior de la filosofía, como puede tenerlo de la religión, como puede tenerlo
de la teología. Si ese conocimiento no se ha constituido en usted, en el acto
vital supremo, si no es vida, y si no se proyecta en todo lo que usted juzga,
estima o pondera, ese conocimiento usted no lo tiene, y se cumple lo que decía
Péguy, «la filosofía no va a la clase de filosofía». No es cuestión de que yo
me ponga a exponer que Kant era un idealista crítico, etc., etc., y que se
distinguía de la corriente del idealismo empírico de Hume y de Berkeley, eso no
significa nada, es simplemente un dato histórico. Es como pasa con la verdadera
historia, y la historia que en general hacen los especialistas; la verdadera
historia la escriben los artistas, los poetas, los novelistas. Y los otros son
los que frecuentan las archivos. Que usted me diga que hay necesidad de
frecuentar los archivos porque ahí están los documentos, no lo discuto, pero
¿quién convierte eso que está ahí depositado, en una cosa viva, en un relato
verdadero?, se lo convierte el novelista. Por eso uno de los pocos libros de
historia argentina que se han escrito es el de Hugo Wast, llamado 'Año X', ese
es un libro de historia. Y usted ahí tiene una historia viva y vivida, una
evocación real de que ese pasado gira en torno del año 1810. Esto es
fundamental de tener en cuenta. La verdadera soberanía es la contemplación, y
lo primero que tiene que asegurar el señorío político de una nación, es la
existencia de la vida contemplativa. Y en ese terreno, el gobierno político
está subordinado a la universidad, porque la universidad es el lugar natural
donde se ha de contemplar la verdad, antes que los conocimientos especializados
o relativos a las distintas carreras que sigue el hombre. Por eso, cuando se
fundó la universidad, en la Edad Media, ¿qué quiere decir universidad?,
conversión hacia la unidad. Es decir, todos los saberes y verdades
particulares, han de converger a aquellas verdades que son el principio de todo
lo que existe, si yo las verdades particulares que conozco no las conozco
integradas en esa pirámide que culmina en la verdad, que es principio y fin de
todo lo que existe, yo tengo un conocimiento que está limitado y gravado, de la
más extrema ignorancia. Es como el médico que trata al paciente como si fuera
simplemente un cuerpo animado, y no un cuerpo animado por un alma espiritual.
Es curioso, yo quiero saber, en todos los lugares en donde se enseña psicología
médica o cosas parecidas, qué lugar tiene un alma espiritual e inmortal de
hombre en ese estudio, y qué lugar tiene el pecado en ese estudio, y qué lugar
tiene el rescate del pecado, la purificación. Seguramente no tiene ningún
lugar. Y la gente considera que esos son predios que no tienen nada que ver con
el hombre. Y sin embargo, la vida del hombre como la vida de la ciudad, depende
del alma, y el alma depende de la verdad, porque se nutre de la verdad. Si el
alma se nutre de las verdades esenciales, todas confluyen a la verdad de Dios,
entonces el alma se enriquece y se perfecciona como alma, y perfecciona su
propio cuerpo y perfecciona la ciudad de los hombres. Porque la ciudad no es
más que la proyección del alma, que se refleja en las instituciones. Según es
la estructura moral del alma, así es la estructura institucional de la ciudad.
