ASALTO TERRORISTA AL PODER
45-LA CORRUPCIÓN MORAL
Cuando
yo era muchacho, y tenía la edad de la mayoría de ustedes, leí un libro que me
impresionó muchísimo, pero me pareció un poco exagerado, que son los
'Protocolos de los Sabios de Sión'. Hablan de una obra de podredumbre interior
de la sociedad occidental y cristiana. Ha pasado de eso cuarenta años, y
realmente ahora, ante las cosas que uno ve y vive, realmente comprende hasta
qué punto se decían allí verdades definitivas acerca de lo que viene
aconteciendo. Se va llegando en el descenso del hombre, en el vaciamiento y en
la degradación del hombre, a los extremos más insospechados. En la misma forma
que nosotros vemos nuestras Fuerzas Armadas, principalmente a nuestro Ejército,
renunciar al honor. Por otra parte toda su tradición sanmartiniana, está ceñida
por ese sentido del honor militar, que no es sino la proyección en lo
castrense, del sentido del honor de la criatura humana, tal como lo expresa el
Salmo de David; el hombre creado en tanta grandeza, creado a imagen y semejanza
de Dios; no lo entendió así, se inclinó sobre la bestia y se hizo semejante a
ella. Así dice el salmo, y así vemos al hombre en el día de hoy, renunciando a
ese origen, a esa estirpe divina, a esa dignidad realmente real, a todo sentido
de grandeza, de cuidado, de decoro, renunciando a todo. Porque yo a veces me
pregunto, si cuando los cinco Tenientes Generales del Ejército Argentino,
consideraron que no podía seguir perteneciendo a las filas del Ejército el
señor Perón, y denunciaron incluso vicios horrendos, una de dos: o mintieron o
dijeron la verdad, o estaban en la verdad o faltaron a la verdad. Si estaban en
la verdad, -que lo estaban-, lo que está ocurriendo, lo que ha ocurrido es
pavoroso. Es como si hubieran sellado su sentencia de muerte. Si esto no es
reparado, el Ejército va a desaparecer. Pero la desaparición física es
consecuencia de esa desaparición moral, de esa renuncia moral. Porque el honor,
¿qué representa el honor?, representa el sentido de la unidad, de la
integridad, la dignidad, del decoro, de una institución y se traduce en un
estilo de vida, hay cosas que uno puede hacer y otras que no, y todas esas
virtudes que exteriorizan el honor o que lo manifiestan, giran en tomo a la
verdad. Usted no puede, por ninguna razón de compromiso con las circunstancias,
renunciar a la verdad, porque eso es renunciar a Dios. Usted no puede salir con
el argumento pueril de que no tienen validez jurídica, porque el fallo de un
Tribunal de Honor no comporta que sea dado de baja; son cosas que no tienen
nombre. San Martín tenía una regla estricta y severa, y el que se apartaba de
ella no podía pertenecer al cuerpo de oficiales; era una cosa lógica. Y llegaba
a extremos que parecen demasiado excesivos, y son los normales que se reclaman.
Así como hay un honor de la familia, hay un honor de la ciudad, hay un honor en
el ejército, hay un honor en la escuela, en la universidad. Y ese honor está
siempre vinculado a la verdad, a la vigencia de la verdad en las virtudes, en
las costumbres, en el comportamiento. Claro que si yo renuncio a la verdad, si
ya no hay más verdad, si todo es relativo y todo es según la opinión, el
criterio, la circunstancia, lógicamente no hay más entonces que la moral de
situación. Y como las situaciones cambian como cambia uno de camisa, entonces
evidentemente, la moral se va ajusfando a cada momento. Es como si yo dijera
bueno, en este momento es conveniente Perón porque va a atajar al comunismo;
entonces le devolvemos el grado, y le vamos a dar el mando además, para que el
que desató el comunismo en la Patria lo conjure. Hay cosas inconcebibles, pero
es así, lo estamos viviendo. Es como el otro día, en que vi una película, que se
llamaba «Primera noche de quietud», de este gran actor que es Alain Delon. En
la película, que se trata de un tema de nihilismo y desesperación,
magistraknente elevada, se mezclan las cosas más horrendas, mas abominables que
se pueda pensar; es curioso esta astucia del demonio, que le presenta a usted
las degradaciones mayores, acompañadas de problemas reales, humanos, de
problemas del orden interior, realmente, finamente trazados, y al lado de eso
usted asiste a cosas increíbles. El exhibicionismo sexual llevado a los
extremos mayores. Todo lo que hasta los paganos, salvo en los momentos de
degradación, reservaban para la intimidad, está publicitado, demoradamente. El
acto sexual está prácticamente consumado en todos sus detalles dos veces, sólo
que de la cintura para arriba. Y todo eso mezclado con aberraciones
homosexuales y con drogas, y todo. De tal manera que toda esa juventud que
llena la sala, va siendo llevada por una seducción diabólica, porque todos
estamos heridos por el pecado, todos tenemos una proclividad al mal. Poco a
poco se ha ido deslizando hacia una impudicia, una renuncia, un ultraje al
pudor, llevado a todos los extremos. Pero la nota esencial, culminante, en esas
escenas que no hacen a lo esencial de la película, precisamente agregadas como
lo más impresionante de la misma, lo más seductor, para la inmensa mayoría del
público que los otros problemas, es que poco a poco el hombre va siendo llevado
a una verdadera podredumbre. Las cosas más nobles están ensuciadas del modo más
vil. No es que uno se vaya a escandalizar, a esta altura de la vida, pero esa
degradación demorada, en que la fotografía la demora detenidamente, es a los
efectos de llevar a una absoluta indiferencia e insensibilidad moral al
espectador. Y si usted analiza eso, y luego analiza estas cosas que están
ocurriendo, en el plano político, en el plano institucional, hay una relación
íntima y profunda, es una verdadera podredumbre. Nos están pudriendo. Nada de
lo que el hombre ha de edificar en la verdad, tiene ya sentido; todo está
arrasado, y así se va preparando la servidumbre de los pueblos, la servidumbre
irremediable, ésta es la realidad. Uno se da cuenta además, cuando asiste a un
espectáculo de esa naturaleza, que realmente el hombre sin la religión, sin
Cristo, es una verdadera y la peor de las bestias que existen. No hay abismo de
repugnancia al que no sea capaz de descender. Y el único que puede liberar, que
puede ayudar, que puede ordenar, a Ese lo han sacado del medio. Si ahora la
Iglesia de Cristo no es más la Iglesia de los pecadores, es la Iglesia de los
pobres de peculio, es la Iglesia de la revolución social, no de la divina
redención, la Iglesia de la liberación de los pueblos, y no de la liberación
del hombre, entonces uno se da cuenta que todo está ligado. Esta podredumbre de
las costumbres a través del espectáculo, especialmente del cine que es como el
resumen de todas las artes, con el cual usted puede hacer la obra más
constructiva, en la verdad, como la obra más demoledora en el error y en la
aberración. Está ligado eso por la Iglesia del tercer mundo, está ligado con
esta declinación moral de las almas. En todo, hay un paralelismo, hay una
concomitancia. Y uno ve como todo se va abismando progresivamente; vamos hacia
un vacío interior, la gente es vaciada interiormente. La vida sexual es
simplemente la liberación sexual; es la piedra libre de los impulsos, de los
apetitos; por esta vía la mujer va siendo mujer de cualquiera, los varones
también, y finalmente la sociedad va siendo una sociedad de hijos de la
prostitución. Porque eso no tiene rescate, salvo la Divina intervención; yo
hablo humanamente. Es decir, a la familia la vamos destruyendo. Cuando luego
viene la ley del divorcio, que ya por otra parte existe en la práctica, no hace
nada más que institucionalizar lo que ya está hecho, y eso con la familia. La
escuela es cada vez más una escuela de conocimientos exteriores ajenos a lo
esencial y fundamental, aunque se enseñe religión, y aunque se la practique.
Salvo las excepciones en fin, que confirman las reglas. Las Fuerzas Armadas han
ido vaciándose totalmente de toda conciencia de su misión especifica, de lo que
deben defender y lo que combatir a muerte. Y ese vacío interior que se va
haciendo en el hombre, ese vacío del alma, de las verdades esenciales que el
hombre necesita para vivir como tal, finalmente todo eso va a ser organizado en
base a una técnica perfecta, en un régimen de servidumbre irremediable. Porque
hay dos cosas que marchan juntas en el mundo: la plutocracia y el socialismo.
El socialismo vacía interiormente a los hombres y a las naciones, y luego la
plutocracia explota esos hombres vaciados interiormente y constituidos en una
masa inerte, amorfa. Porque hay una cosa que es fundamental en la persona
humana, así como se destruye todo lo que significa el hogar, todo lo que
significa el vinculo del hombre y la mujer, así como se arrasa con todo sentido
de fidelidad, con todo ordenamiento del amor, del mismo modo se arrasa también
con lo que es el fundamento exterior y material de la persona humana que es la
propiedad. El hombre, por ser persona, por ser criatura hecha a imagen y
semejanza de Dios, está hecho para poseer, enriquecerse y perfeccionarse de
bienes, tanto materiales como espirituales, porque el hombre es una
inteligencia carnal. De todas esas posesiones, de todos esos haberes, el más
alto de todos es el conocimiento, y esa es la suma posesión de las cosas,
cuando las conocemos en lo que ellas realmente son. Y están también los bienes
exteriores, esos que configuran la llamada propiedad privada. El tener, el
poseer bienes propios, con poderes propios, es absolutamente indispensable para
que el hombre pueda disponer de ellos como una persona, para que el hombre
pueda administrar esos bienes, disponer de ellos, sirviendo a las exigencias de
la verdad y del bien. Pero cuando el hombre va siendo vaciado, lo mismo de los
bienes espirituales que de los bienes materiales, va cayendo en un vacío
interior y va siendo realmente despojado de aquello que lo hace persona, de
aquello que lo denuncia como un ser que porque posee un alma inteligente y
capaz de querer, inmaterial e inmortal, por eso es un hombre, por eso es una
persona, por eso está hecho para la comunión con Dios, en la verdad de Dios, y
para la comunión con los hombres, en la justicia con los demás, que es vivir en
la verdad con ellos. Porque siempre se trata de la verdad. En la medida que
nosotros disminuimos la verdad, la relativizamos, la vamos reduciendo a las
verdades menudas, a las verdades que son para usar, al hombre, lo vamos
despojando de las verdades que son para servir. Y en esa misma medida, el
hombre va disminuyendo como tal. Se comprende que en el día de hoy tengan tanto
auge las concepciones evolucionistas.
¿Por
qué?, porque las concepciones evolucionistas lo liberan al hombre del peso de
la verdad. La Verdad de Dios y la verdad de la razón natural le enseñan al
hombre que lo que lo hace es precisamente esa alma inmaterial e inmortal que él
posee. La conocieron los maestros griegos y la revela nuestra fe, esa alma
espiritual e inmortal que tiene su perfección en el Verbo de Dios, en el Verbo
que dice, que expresa la verdad. Cuando nosotros negamos las verdades
esenciales, y negamos con ello el arte soberano de las definiciones, lo hemos
privado al hombre de aquél conocimiento, de aquella sabiduría que le permite
ser hombre, y actuar como tal. Y por otra parte, la privación u omisión de esas
verdades esenciales, arrastra consigo la primera y principal de todas las
verdades esenciales que es la Verdad de Dios. Porque la Verdad de Dios se
nombra y se reconoce en aquello que Él ha creado. Yo desconozco la verdad de lo
que cada cosa es en sí misma, y estoy desconociendo a Dios, que se refleja en
esa verdad. Una mirada de Él, está presente, iluminada en eso que constituye el
ser de cada cosa. Por eso el destino de la metafísica, arrastra consigo a la
teología, y a la religión. Porque no se olviden que la religión es el Verbo de
Dios hecho vida, como dice Cristo, «Yo soy el Camino», el camino por donde se
va, «soy la Verdad» a la cual se llega y «soy la Vida» en el cual ha de
permanecer el hombre que permanece en la Verdad de Dios. Y nada está omitido
allí, pero todo está integrado en su justo nivel. Cuando perdemos el sentido
del lugar, el sentido de la proporción, de la medida, ya no tenemos nada. Por
eso lo primero y principal es la doctrina de la verdad. Lo primero que necesita
el político, el economista, el médico, el ingeniero es la Verdad, no las
verdades que él necesita para el ejercicio de su profesión, que también las ha
de cultivar necesariamente y llegar a dominar del mejor modo, sino que esas
verdades que él cultiva como especialidad suya, relativas a un oficio, han de
ser integradas en esta verdad, que es para la contemplación y el servicio del
hombre. Y para resumir, asumir y proclamar una doctrina de la verdad y del
sacrificio, que es izar la bandera nacional, para seguirla lúcida e
intensamente, es preciso saber lo que un argentino debe defender y combatir a
morir. Lo primero es esa doctrina de la verdad. En estos momentos los únicos
que tienen doctrina son los terroristas. El terror bolchevique tiene doctrina,
enciende una pasión y disposición de muerte en sus activistas, y esa es la
inmensa superioridad que tienen sobre las fuerzas regulares vaciadas
íntegramente de doctrina, de sabiduría y de pasión. La conciencia nacionalista
y cristiana que se forja en la doctrina nos exige servir al bien del pueblo,
con el consentimiento de la multitud o sin él. Esto es fundamental. Eso es lo
que está en juego el día de hoy. Porque a lo mejor la multitud, por envilecida
y depravada por sus conductores y dirigentes, no sabe lo que es el bien para
ella. En el confusionismo y subversión de nuestros días, lo que las multitudes
desean coincide cada vez menos con lo que ellas necesitan para su mejor ser e
incluso para su bienestar. El poder político sólo debe reconocer y tener
compromiso de doctrina y no de personas. Y la capacidad para ejercerlo
eficazmente es un don personal de la Divina Providencia. El que te hace
gobernante es Dios, no la multitud ni el voto de la multitud. Por esto es que
el gobernante legítimo, reconoce en su autoridad una delegación divina, con
todo el peso de la responsabilidad ante Aquél que le ha dado el mandato. O el
hombre responde ante Dios, o no responde ante nadie. La autoridad en que
consiste el ejercicio del poder no existe para sí misma; es lo primero que
tiene que saber el gobernante, que la autoridad que ejerce no es para él, ni
para beneficio y provecho suyo ni de los suyos, sino que es para servicio y
para el bien de los gobernados. La autoridad en ejercicio de poder es un modo
eminente de servir al prójimo en Dios, que es servirlo como es debido. Porque
sólo cuando yo conozco al otro en Dios, lo conozco en su verdadero ser. El
populismo en cualquiera de sus expresiones, suarista o jacobina, es adulación y
subversión. Lo peor que se puede hacer en un país para buscar un camino y una
solución es consultar a la multitud a través del sufragio universal. Y máxime
en un pueblo reducido a una masa como es este que integramos nosotros. Su
vigencia dos veces secular, la vigencia de ese populismo, ha envilecido y desprestigiado
el principio de autoridad, así como todo sentido jerárquico. La crisis de
autoridad se traduce a la vez en una crisis de la libertad, porque no hay
ejercicio de la libertad, sin autoridad. Si yo no tengo la autoridad del saber
y de la verdad, cómo voy a ser libre; cómo voy a ser libre en cualquier cosa si
no tengo el dominio de esa cosa, si no tengo autoridad. Uno se da cuenta de que
la libertad en el hombre siempre se traduce en una forma de obediencia, hasta
Séneca el pagano, que fue contemporáneo de Jesús pero que no lo conoció, decía,
«obedecer a Dios, eso es libertad, donde sopla el espíritu de Dios, allí está
la libertad», si no tenemos eso que hay acá. En fin, la realidad es esa.
Vivimos un momento realmente pavoroso. Y quiero terminar diciéndoles que la
causa de estos hechos que se han precipitado en el día de hoy, la pueden leer
ustedes en el Clarín de ayer, miércoles once de julio, donde se hace un resumen
del plenario de la C.G.T. en Córdoba. Se reunieron las organizaciones obreras en
Córdoba, que están estrechamente mancomunadas con las organizaciones
estudiantiles y universitarias de Córdoba, y resolvieron: «El plenario nacional
para la defensa y recuperación sindical deliberó y resolvió repudiar el pacto
social concertado entre la C.G.T. y la C.G.E., rechazó la caducidad de las
autoridades regionales de la central obrera de Córdoba, Salta y Río Cuarto, que
pretende hacer la central de acá comandada por Rucci, y proclamó su adhesión
incondicional con el movimiento obrero chileno y uruguayo, brindándoles su
apoyo efectivo. Al término de las deliberaciones se dio a conocer una
resolución en la que se declara que la burocracia sindical, ésta que preside
Rucci, es la misma que conciliò con la dictadura de los monopolios y que ahora
intenta frenar las aspiraciones de los sindicatos y confederaciones, decretando
la caducidad de las C.G.T. regionales, realizando una campaña macartista contra
los representantes obreros». Más adelante dice que «el pacto social fue firmado
a espaldas de la clase obrera, y que el aumento de veinte mil pesos moneda
nacional no satisface en lo más mínimo las necesidades de la familia
trabajadora», y señala diversos puntos respecto de este pacto. Después dice que
«también se resolvió exigir la investigación de las torturas y los
fusilamientos de Trelew y de todos los asesinatos y secuestros realizados por
la dictadura militar, así como reclamar la libertad de varios detenidos», que
se nombran acá. Por último, «se resolvió luchar por la expropiación y
estatización bajo control obrero, de todas las empresas capitalistas, y
proponer a la C.G.T. de Córdoba, que llame a plenario de bases, en un lugar
público, para la elección del nuevo secretariado»; es decir, en Córdoba se está
planeando y definiendo lo que se llama la patria socialista. Frente a esta
vanguardia incontenible del terror bolchevique, entonces en la desesperación de
un gobierno que le ha entregado la universidad al comunismo, que le ha
entregado el planeamiento al comunismo en todo el país, que tiene incluso
canales de televisión entregados a comunistas, que facilita todo lo que
significa pudrición y descomposición de las costumbres en la vida nacional;
frente a esta situación, ante la amenaza de este cáncer interno que han
cultivado Perón y sus sicarios, que les crece dentro, ahora resulta que se sale
con esto de hoy, porque en cualquier momento se produce un nuevo cordobazo, ya
con estas consignas, y en consecuencia para atajar eso viene la movilización,
para hacer presidente a Perón, porque Perón con su solo nombre va a detener lo
que él mismo ha fomentado. Lo que él ha desarrollado es ese cáncer que está
devorando interiormente a la Patria y a este gobierno; lo van a curar los que
lo han provocado. Esta es la verdadera situación, y ahí viene esta cosa repentina,
esta cosa imprevisible, que está sucediendo en estos momentos. Ahora, después
de haber estado exaltando, prohijando, promoviendo el terrorismo durante años,
ahora se lo pretende combatir, y no vaya a ocurrir que las Fuerzas Armadas, que
jamás salieron a hacer justicia por sus camaradas asesinados, salgan ahora, a
las ordenes del Teniente General Perón, a reprimir el terrorismo bolchevique.
ASALTO TERRORISTA AL PODER
JUEVES 19 DE JULIO DE
1973
46 EL ESPÍRITU FRANCISCANO
Se
exhibe en estos días, en los cines de Buenos Aires, la película "Hermano
Sol, Hermana Luna", que narra la vida de San Francisco de Asís. Aludo a
esta realización del cineasta italiano Franco Zefirelli sobre todo porque en
ella está, de manera plenamente lograda, la exaltación de la vida contemplativa.
Hemos dicho ya que toda actividad humana, incluso la política, tiene como
finalidad la contemplación, aunque esto casi no se entienda en el día de hoy.
Aristóteles, en La Política, lo decía hace veinticuatro siglos: todo lo
político, toda la acción política, tiene como fin la contemplación de la
verdad. Esto es de una importancia decisiva. Hay una cuestión que se plantea
cotidianamente: cuántas veces hemos oído decir, primero vivir y después
filosofar, primum vivere deinde filosofare, como si los hombres en realidad
filosofaran para vivir, como si filosofar no fuese la actividad más alta del
hombre. El hombre vive para la filosofía, no filosofa para vivir. Que para
poder reflexionar, para poder meditar, el hombre necesita de su vida animal,
requiere de un mínimo de satisfacción de sus necesidades materiales, no cabe
ninguna duda. Pero esa condición de ninguna manera gravita de suyo en la
meditación, porque la meditación es una actividad libre y soberana de la
inteligencia, en que la inteligencia actúa desprendida de toda limitación de
orden material. Esto es muy importante. Aristóteles enseña que el alma es, en
cierto modo, todas las cosas. Esto lo dice y lo explica en el tercer libro del
'De Anima'. El alma es en cierto modo todos los seres. Por eso es posible que
en un solo ser, el alma intelectual, se contenga la perfección existente o
realizada en todas las cosas. Eso es precisamente el alma que comprende en
acto, el alma que contempla, el alma que conoce. Esta alma inteligente y capaz
de querer que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros, por la que somos
hombres, por la que somos personas. También somos animales; mas lo animal en
nosotros está para ser empleado en orden a esa vida superior del alma. Si uno
ve la jerarquía de los seres creados, la jerarquía de los seres que se dan en
el universo, advierte que hay un ordenamiento vertical ' en el que lo inferior
es siempre materia de un ser superior que, a su vez, es materia de otro ser
superior, y que en la escala de los seres naturales el hombre culmina la
creación en el mundo visible. El mineral es materia de la vida vegetativa. La
vida vegetativa es materia de la vida animal, la vida animal es materia de la
vida superior de la inteligencia. Este es el orden. Ese orden está revelando
precisamente que en esta escala de subordinaciones todo confluye a esa
perfección de la vida superior del hombre que es la contemplación de la verdad.
Todo lo demás existe finalmente para concurrir a ese fin. El fin del hombre
trasciende al hombre pues ese fin consiste en conocer a Dios. A lo que añade la
fe: conocer, amar y servir a Dios. Uno lo ve claramente, todo ha sido creado
para esta culminación que es la vida superior del hombre, la vida de esa alma
inteligente y capaz de querer, vida que culmina, repito, en la contemplación de
la verdad y que, en el orden del obrar, tiene su perfección en el sacrificio,
en la Ubre donación de sí mismo. Porque hay dos actividades en el hombre que
desbordan, sobrepasan todo límite material, toda limitación material; ellas son
el conocimiento intelectual y el querer, el acto de querer, el acto de
preferir, el acto de donación, de ofrenda, de sacrificio. Cualquier persona de
sentido común comprende que el sacrificio es un hecho, es una realidad, y una
realidad cotidiana; todos los días hay infinidad de seres que en el anonimato,
en el silencio, están inmolando sus vidas por los seres que quieren. Es el
hecho más corriente que existe, casi siempre anónimo, que se cumple ahí en la
intimidad del hogar. Una madre vive sacrificando su vida por sus hijos, el
amigo por el amigo, el padre por el hijo, el hijo por el padre, el hombre por
la mujer, la mujer por el hombre. Esto está consumándose, cumpliéndose
permanentemente. Ahora bien, cualquier persona comprende que si yo puedo hacer
ofrenda de mi vida, si yo puedo disponer de mi vida hasta el sacrificio, hasta
ofrendar la vida, hasta aceptar el sufrimiento y la muerte por amor, por amor a
Dios, por amor a la Patria, por amor al amigo, por amor a la mujer, quiere
decir que el hombre no está ceñido, al menos totalmente, por las condiciones de
la vida animal sino que las trasciende. De lo contrario, prevalecería el
instinto. Y si bien es cierto que algunos animales, mediante el instinto, se
desviven y hasta mueren protegiendo a sus crías (se pone usualmente el ejemplo
de la comadreja) se trata, sin embargo de una acción ciega, de algo que se hace
sin saber lo que hace, por mero movimiento natural. El problema es hacer eso
mismo sabiendo lo que uno hace y para qué lo hace. Esta es la distinción del
hombre. Ustedes ven que siempre está de por medio el conocimiento. Pero,
además, conocer es la forma más eminente de poseer una cosa. Cuando uno
comprende, sabe, contempla lo que es, está realizando, en realidad, no
solamente la más alta actividad espiritual sino que está realizando, también,
la forma suprema de posesión de las cosas. Se trata de un dominio de la
realidad; pero de un dominio que no se agota en la utilitaria instrumentación
de las cosas sino que se eleva, ascendiendo incluso a la propia utilidad en
este movimiento elevante, a la contemplación. Esto se ve claramente en el mundo
del arte ¿Qué sentido tiene la creación artística? Ella comporta, es verdad, un
hacer. Pero es un hacer que termina en algo para contemplar, para el goce de la
contemplación pura. Cuando la expresión está lograda, lo que te ofrece esa obra
cumplida es algo para ser gozado en la mirada, en la visión, o en la escucha
que es, también, una manera de contemplar. En realidad, ¿para qué es todo ese
despliegue de hacer, de modelar una materia, o de combinar las imágenes o las
palabras sino para lograr un acto de contemplación pura; y ahí remata la obra,
ahí se acaba, porque ahí está consumada la plenitud humana, en la contemplación
de la belleza que es la verdad en la expresión sensible, en la manifestación
sensible. Este es el hecho, esto es lo real, el hombre existe para esto. Les
recordaba el otro día esa anécdota oriental de un hombre rico que había hecho
construir un jardín maravilloso por un verdadero artista de las flores. Se
ufanaba y hablaba de su jardín, de "mi jardín". El jardinero se
sonreía porque ese jardín no era de él, sino el jardín del jardinero. Él era
simplemente un hombre rico que ignoraba lo que tenía delante. Todo ese tesoro,
toda esa riqueza, todo ese esplendor de formas, de armonía, de ritmo, de color,
de luz, todo eso es para quien lo contempla; ese es el que realmente lo posee,
ese es el que realmente posee las cosas. De allí que aquello que procura toda
actividad práctica en el hombre, todo hacer u obrar, incluido el obrar ético,
sea siempre un acto de servicio. Las virtudes prácticas son serviciales. La
virtud contemplativa, la sabiduría, el entendimiento, la comprensión, la visión
de lo que es, eso es señorial, eso es soberano. El hombre es soberano en esa
altitud de la vida contemplativa, allí alcanza la plenitud y esa plenitud es
acabada, es cumplida, cuando el hombre, que tiende a la contemplación de Dios
como a su último fin, es capaz de contemplar, en esta vida, como en un reflejo
de la Divina Perfección, todas las cosas. Esto es, justamente, el sentido
franciscano de la vida, que esta película de Zefirelli, expresa para mí de un
modo humanamente perfecto. Si hay algo que arrebata a Francisco en esa juventud
alegre, espléndida y jubilosa, ello es precisamente este misterio de la
contemplación del ser. El director de la película ha logrado, a mi juicio, tan
gran adecuación al sentido franciscano de esa contemplación de la naturaleza y
de los seres creados que la fotografía que es primorosa, no nos muestra el
paisaje de la campiña de Asís, o de los animales o las flores, tal como se los ve
ordinariamente, sino tal como los ve la mirada desprendida del poverello.
Mirada desprendida de toda apetencia, de todo deseo, de todo interés, de todo
lo que no sea la pureza de la contemplación, cuando el alma se derrama en una
mirada que le brinda, que le restituye a las cosas lo mejor que ellas tienen.
Es maravillosa la riqueza de esos paisajes tal como los muestra la escena. Es
así como los ve Francisco. Eso ha logrado el director, mostrar el esplendor de
la naturaleza tal como ella se descubre a la mirada arrobada de quien es capaz
de contemplarla, tal como ha salido de las manos de Dios, depurada de toda
vulgaridad, de toda cotidianeidad, de toda ordinariez, de todo eso que, digamos
así, hace que nuestra percepción habitual de las cosas sólo las vea en función
del partido que podemos sacar o del uso que podemos extraer de ellas. Cuando
nosotros vemos las cosas en el plano o en la dimensión de la percepción
externa, de la percepción sensible, habitual, ordinaria, no las vemos como
ellas son sino que las vemos en la perspectiva del provecho, del uso, de la
utilidad que ellas representan para nosotros. Es el contraste, en la película,
entre Francisco y su padre, un comerciante opulento de paños de Asís que sabe
lo que vale una tela, pero hay una cosa que es incapaz de comprender, que hasta
en esa tela, aún en las maravillas que en ella hace y que obra la artesanía ,
lo más, la posesión mayor y mejor es la que le brinda la mirada capaz de captar
la belleza cumplida en ese matiz de color, en esa suavidad, en esa finura
alcanzada. En el hombre siempre hay un lujo contemplativo, aún en el plano de
la sensación misma. Una verdadera psicología de los sentidos debiera tener en
cuenta que la sensación humana, las sensaciones que el hombre experimenta, no
se pueden, de ninguna manera, confundir con las sensaciones del animal
desprovisto de razón. Los órganos son los mismos, más o menos, la anatomía, la
fisiología de los sentidos es la misma en un animal superior que en el hombre,
toda la estructura anatómica, y la fisiología son las mismas. Inclusive ha de
parecerse la gama de las cualidades sensibles. ¿Pero cuál es la diferencia? La
diferencia es que en el hombre interviene la inteligencia que informa la vida
de los sentidos. Una inteligencia que es para mirar, que es para contemplar,
que es para ver, que se demora, precisamente, en la presencia, en la
manifestación de esa cualidad, de ese matiz, de esa forma, de ese ritmo, que
entonces adquieren un valor de presencia significada y significante. Y la
inteligencia se demora en eso. En el fondo, cuando hay un gusto delicado,
cuando hay un sentido, este sentido contemplativo, los colores cobran cada uno
un valor, un valor representativo, significativo. Uno se da cuenta, por
ejemplo, por qué razón el color rojo púrpura ha sido elegido para manifestar el
poder, la realeza. Es un color que absorbe, que concentra la mirada, es un
color que tiene un prestigio y una fuerza extraordinarios. Esto es para la
inteligencia. Lo ofrece el sentido, pero es para la inteligencia que contempla.
Cualquier persona comprende, como les he dicho tantas veces, que si los grandes
pintores, los grandes maestros del color y de la luz, vistieron a la Virgen
-que es la expresión suprema de lo femenino- de azul celeste es porque ese
color es el más femenino de todos, es el más delicado de todos. Es la expresión
acabada de la finura, de la delicadeza, de la ternura. En todos los colores hay
un simbolismo de una notable riqueza. Y todo eso, repito, es para la vida de la
mente que es la contemplación. Él supremo saber no es para la acción sino que
toda la acción, incluso la útil, y aún la acción virtuosa y honesta, es
finalmente para este lujo, para esta eminencia de la vida del hombre que es la
contemplación de la verdad, la contemplación de Dios como aspiración última.
Francisco encarna la soberanía, el señorío de una visión desprendida de todo
bien, de todo poder, despojada hasta de sí misma, para acabamiento, la plenitud
que no se dan en esta vida, pero al menos verlas como Dios las ha creado. Y de
ahí eso que parece locura en Francisco, ese gozo, ese gozo triunfal a la vista
lo mismo de un pájaro, lo mismo de una oveja, lo mismo de una flor, lo mismo de
un paisaje. Ese es el señorío supremo de la mente, ese desprendimiento total de
sí mismo. Esto es lo primero y principal, en Francisco: el lujo y la grandeza
de la contemplación. Hermano sol, hermana lima... Todas las cosas que han
salido de las manos de Dios son un reflejo de Él. Hay una Mirada de Él -la
Divina Mirada- que esplende en ellas. Y es esta Mirada lo que la mirada de
Francisco triunfalmente goza, celebra y agradece. Mirada de hombre animada de
este gozo supremo, el gozo de contemplar y celebrar lo que Dios ha creado. Es
una mirada de la creatura inteligente que se posa sobre las cosas por las que
ha pasado la Mirada del Señor. Es aquello que exclama San Juan de la Cruz
(tenemos que apelar al mayor de los poetéis místicos que han existido para
poder entender este misterio de la vida contemplativa, esta plenitud, este
señorío) cuando exclama en el Cántico espiritual:
Mil
gracias derramando\ pasó por estos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con
sola su figura\ vestidos los dejó de su hermosura.
Quien
cultive el sentido evangélico, el espíritu de Cristo, sabe que después de la
Redención las cosas aparecen revestidas de una dignidad, de una prestancia y de
una excelencia definitivamente nuevas. Pues bien, el director de la película,
Zeffirelli, logra develar el paisaje y las criaturas de Asís, de tal modo, que
es la mirada de Francisco depositada en ellas la que va descubriendo eso que
las cosas muestran, es decir, lo mejor, lo esencial, profundo que ellas tienen.
Esta es la cuestión fundamental. Todo lo demás es añadidura. Francisco es una
reacción, una reacción dentro del orden, no es una rebelión, no es una
subversión. La Iglesia de su tiempo es una Iglesia que se ha mundanizado, que
se ha comprometido demasiado con el poder temporal, que se ha mezclado
demasiado con el mundo, olvidando un poco, o mucho, los responsables de su
conducción, que la Iglesia está en el mundo pero no es del mundo. Del mundo del
pecado, porque el mundo tiene un sentido ambivalente. El mundo es esa cosa
positiva que es la Creación, en la mirada de Francisco, en que toda cosa es
buena porque Dios la ha creado, y en que en cada cosa hay una belleza y una
cifra de eternidad, que esa mirada descubre y se goza contemplando. Pero el
mundo es también el mundo del pecado, de la corrupción, de la degradación, del
demonio, y constantemente la Iglesia que peregrina en el mundo, se ve
comprometida humanamente con todas las miserias, y degradaciones, y
corrupciones, y distorsiones que se dan en el mundo. Entonces surge dentro de la
Iglesia este espíritu que vuelve sobre sí mismo, esta vida, esta conciencia que
se interioriza y se renueva en Cristo, y le devuelve a la Iglesia, la
prestancia, la trascendencia, de la vida contemplativa, que es la más activa de
todas, y que es además la que permite tratar a las cosas con todo el honor
debido a cada criatura. ¿Cómo vas a tratar ima cosa según ella es, si no la
conoces en ella misma? Si no la conoces digamos así, tal como ha salido de las
manos del Creador, ¿cómo vas a hacerlo?. ¿Cómo vas a tratar al otro, a tu
prójimo, con honor verdadero?, si lo ignoras, si te ignoras a tí mismo, si no
sabes quién es, si no sabes lo que vale. Uno se da cuenta de que la decisión
del hombre es algo que tiene que estar encuadrado en la visión de las cosas tal
y como ellas son, para que esa decisión sea realmente Ubre y soberana, para que
yo pueda tratar cada cosa con el honor debido, yo tengo que conocerla en su
ser, en su valor, en su rango, en su dignidad ontològica; tengo que saber lo
que es y vale en el conjunto de las cosas. ¿Cómo voy a tener un sentido de la
proporción real, si no conozco las cosas como ellas son?. Este es un problema
fundamental: imo se da cuenta de que el conocimiento es la cosa primera, la
actividad suprema del hombre, y el modo supremo de la posesión. La mirada que
contempla una cosa a la cual ha descubierto, develado en su verdadero ser, para
que las cosas le muestren su verdadero rostro. Es menester que te desprendas,
incluso de tí mismo. Es la primera bienaventuranza, cuya ejemplaridad suprema
es Francisco de Asís: bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos
les pertenece, no les pertenecerá, sino que les pertenece el Reino de Dios.
¿Qué es esa pobreza de espíritu?, es simplemente el desprendimiento de uno
mismo. Desprenderse de todo lo que uno tiene, y de todo lo que uno es, para que
la mirada de uno, totalmente desprendida, se deje digamos así, determinar,
colmar, por la riqueza de cada ser, de cada cosa. Riqueza de cada ser que está
nombrando la suprema riqueza de donde procede todo ser, todo lo que ha sido
creado. Esa pobreza de Francisco, que se traduce incluso, en el desprendimiento
efectivo de los bienes materiales, a los efectos de una suprema libertad, para
poder hacer de la vida, eso que sigue a la contemplación de la verdad, que es
la donación de sí mismo. Porque de la verdad brota el amor, el amor como
donación, no como posesión: la inteligencia que contempla es medida por el ser
de las cosas contempladas. Y en la medida en que yo obro de acuerdo con este conocimiento,
mi vida es una cosa que se proyecta, que se da, que se ofrenda a los demás. Por
otra parte esa es la figura misma, esa es la ejemplaridad misma, esa es la
realidad misma del Verbo, de la Verdad encarnada. La Encarnación es ese
misterio maravilloso, la Verdad de Dios, la Verdad que es Verdad de toda
Verdad, la Verdad que nos ha creado, se hace hombre. ¿Y cómo se manifiesta esa
Verdad a los hombres?, se manifiesta en la acción como servicio, como
sacrificio, hasta la muerte. La Verdad se manifiesta como sacrificio. Y esto
que Dios hecho hombre ha obrado, para rescatarnos del pecado y devolvernos a la
integridad del ser y a la unidad con Dios, esto es también instrucción y
ejemplo para los hombres, la verdad esencial, la verdad fundamental, la verdad
que es manifestación de la belleza o que es la definición de las cosas; es una
verdad que traducida o proyectada en el obrar, es donación, ofrenda, servicio,
y sacrificio. Por eso nosotros adoramos a la Verdad de Dios hecha hombre en la
figura del sacrificio, en la figura de la donación de sí.
Si
yo tuviera en cuenta esto en todos los actos de mi vida, entonces cuando yo
estoy en el cumplimiento de los deberes de mi profesión, de la profesión que
tengo ¿que sería el ejercicio acabado y cumplido de esa profesión? simplemente
obrar, hacer la verdad, la verdad que conozco, y hacerla adecuadamente, porque
ese oficio mío está dentro de un orden, dentro de una jerarquía, dentro de un
ordenamiento y de una subordinación, entonces yo tengo que tener presente el
alcance, el límite, el servicio que significa. Un médico por ejemplo, si cura
enfermedades generalmente del cuerpo, en general, a veces también del alma,
pero ¿cómo puede cumplir su tarea si no conoce de veras, si no comprende de
veras a ese ser que tiene delante, a ese prójimo suyo?, y la única manera de
conocerlo, es conocerlo precisamente en la verdad que lo ha creado y que lo ha
redimido. El fin de la política es la contemplación. Como el fin del hacer
técnico del artista, es la contemplación. Y como la finalidad en última
instancia, de los quehaceres por los cuales se desvive Marta, es para hacer
posible, para permitir, para facilitar, la contemplación de María. María eligió
la mejor parte, como le dijo Cristo a Marta, porque María eligió la contemplación
de la Palabra, que no pasará nunca, y de esa Palabra vivimos. Cuando uno quiere
ver esto en una perspectiva, la más alta que pueda darse en la expresión
humaría, nada mejor que apelar a San Juan de la Cruz. Fíjense este dialogo, es
la esposa, el alma, habiéndole a Cristo, el Esposo, como la Iglesia lo reclama
a Cristo. Dice un pasaje del Cántico Espiritual: "¿Por qué pues, has
llegado aqueste corazón, no le sanaste, y pues me la has robado, por qué así le
dejaste, y no tomas él robo que robaste?". Cristo ha herido al alma, la
reclama para sí, pero luego la deja, el alma se queda consigo mismo, estando ya
proyectada, volcada, transformada en El, "¿por qué así me dejaste, y no
tomas el robo que robaste?. Apaga mis enojos, pues que ninguno basta deshacedlos,
y véante mis ojos, pues eres lumbre de ellos, y sólo para ti quiero
tenerlos". Ustedes fíjense que en estas analogías del amor carnal, con
este amor a Dios, con este amor místico a Dios, está realizado cumplidamente
este sentir de la vida contemplativa a la suprema posesión, la suprema posesión
está en la contemplación. ¿Qué es lo que reclama aquí el alma enamorada de
Dios, enamorada de Cristo?: verlo, verlo en su verdadero rostro, o sea, en la
misma luz de Dios. "Y véante mis ojos, pues eres lumbre de ellos, y sólo
para ti quiero tenerlos". El alma está inquieta hasta que repose en esa
contemplación. "Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura, mira
que la dolencia de amor que no se cura, sino con la presencia y la figura".
La plenitud es la presencia, y es lo que pasa incluso en las relaciones de amor
del hombre con la mujer, la exigencia suprema está en el conocimiento, está en
la contemplación. Hay una primera etapa del amor del varón y la mujer, es el
amor inmediato, en esa etapa prima como tiene que ser el humano ardor, la
curiosidad de los sentidos, la pasión carnal; pero esto, si quedara ahí nada
más, acabaría pronto. Luego empieza la experiencia común, cuando uno va
conociendo al otro, según es, según verdaderamente es, inclusive en sus
flaquezas, inclusive en sus desfallecimientos, inclusive en sus debilidades, y
lo importante es que en este conocimiento desnudo del hombre, uno lo acepte
como realmente es, y se dispongan uno y otro a compartir alegrías y tristezas,
y las decisiones que la vida encierra, y en ese compartir, en hacerce el uno el
otro y el otro el uno, ahí comienza este amor definido y definitivo del
matrimonio, ahí está el misterio del matrimonio. Ustedes ven que en el fondo,
es una aceptación de lo que la mirada te ofrece, de lo que estás advirtiendo
día por día, porque el otro se fe muestra, en esa experiencia íntima cotidiana,
se te muestra como es, como realmente es. Y cuando se supera en aceptación, y
cada vez se va haciendo digamos así una conjunción, más íntima, más profunda,
eso que dice el Evangelio, que dice el Génesis, seréis uno, los dos seréis uno,
"una sola carne", esto tiene un sentido profundo, y su raíz, su base
y su sustento, es el conocimiento. Por eso fuera de la verdad no puede haber amor,
no puede haber coincidencia. Y qué surge de ese conocimiento real y verdadero,
que va realizando la real y definitiva unión, ¿qué surge de ahí?, la
disposición a compartir, la disposición al sacrificio del uno por el otro, sin
el cual no hay nada. Porque ustedes ven que siempre el amor tiene que ver con
la verdad, y en su extremo el amor siempre es disposición al sacrificio. Vean
como agrega todavía, San Juan de la Cruz, voy a leer la última estrofa que
dice, "descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura, mira que la
dolencia de amor que no se cura, sino con la presencia y la figura. Oh,
cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados..", alude a la fe,
porque la fe es la luz alunada, luz de plata, luz atenuada. "Oh,
cristalina fuente, ¡si en ésos tus semblantes plateados, fonnases de repente
los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados!". Esos ojos
deseados, que son los ojos del mismo Dios, que vela las verdades de fe, y los
semblantes plateados porque es una luz refleja, no la luz directa, no la lumbre
misma de Dios. ¿Qué reclama el alma enamorada de Dios?, verlo en su mismo
rostro, cosa que no le es dado al hombre en esta vida, pero sí le es dado
contemplar a Dios en las cosas creadas, con esa mirada desprendida, con esa
mirada señorial, que está hecha para recoger, para recibir eso mismo que Dios
ha creado en las cosas, en su verdadero ser, en su verdadera dimensión, en su
verdadero valor, de donde brota además esa entrega, ese servicio, esa donación
entera de sí. Se comprende que Francisco, por lo mismo que en el principio está
el lujo, esta riqueza, esta gloria de la contemplación, pura de la Creación,
haya hecho en su vida una entrega total, ¿sobre todo a quiénes?, a los más
desamparados, a los más olvidados, a los más necesitados. Porque eso es lo que
enseña la Verdad, te descubre lo que le falta al otro, lo que el otro necesita,
y entonces la abundancia del corazón es para formarlo. ¿Qué tiene que ver esto
con el comunismo?, cuando la gente habla de que Cristo era comunista, y habla
de las comunidades comunistas de los Apóstoles, de ios primeros cristianos.
¿Comunismo?, el punto de partida es que uno da lo que tiene.
Una
cosa es que yo haga donación de lo que me pertenece, y otra cosa es que a mí me
declaren de entrada, como alguien que está en la absoluta orfandad y no tiene
nada. Cómo va a poder dar uno si no tiene. Cómo va a ser lo mismo que formemos
una comunidad como la que formó Francisco sobre la base de darlo todo lo que
uno tiene, darlo todo, en el principio está este derecho a poseer, para poder
disponer como Dios manda de eso. A veces disponemos mal, -casi siempre-, pero
eso es insuficiencia nuestra, no del poseer bienes. Y ¿cuál es la forma más
alta de posesión, por la cual Francisco renuncia a todas las otras?, es esta
posesión de la mirada desprendida, de la mirada que ve las cosas en su
verdadero ser, en el esplendor original de su belleza, como si las viera
saliendo de las manos de Dios. ¿Qué posesión más alta se puede tener?. Me
recuerda una película famosa de estos yanquis afanosos de los bienes
materiales, activistas consumados capaces de una actividad febril para acumular
fortuna sobre fortuna. Finalmente se encuentra en la orfandad; a su alrededor
hay un vacío, un desierto, y entonces se compra hasta castillos en Europa. Los
trasladan piedra sobre piedra, para tener algo ahí, para tener algo ahí que
justifique la existencia humana. Lo tienen que comprar, porque no se han
dedicado a cultivar eso que es lo propio del hombre, la distinción del hombre,
la dignidad, la eminencia del hombre. Ese vuelco sobre los más necesitados, se
comprende perfectamente porque la mirada descubre todo lo que falta, es como la
mirada de Cristo, como la Verdad de Cristo, quien sabe mejor lo que el hombre
necesita. Pero no hay rebelión, hay alegría de la entrega, hay una generosidad,
un desprendimiento, que se irradia en una forma tal que al amigo, a Bernardo,
al caballero cruzado, lo arrastra con él, y detrás de él se va sumando la
gente, y dentro de ese grupo está Santa Clara, figura de una delicadeza
suprema. Qué bien elegido el personaje, es una doncella realmente, de una
frescura, de una luminosidad, de una riqueza, de una cualidad, de una ternura
infinita. Qué delicadeza hay en esas relaciones. Qué contraste con todo lo
grosero, lo chabacano, lo obsceno, lo cruel de las relaciones que en general se
dan entre el varón y la mujer. Y luego ese final grandioso, para no demorarme
más,, después que claro, le incendian y le persigue el superior jerárquico, no
se rebela; marcha hacia Roma, a pedirle al Santo Padre, que le diga qué está
mal en lo que ellos hacen, en esta vida consagrada a la contemplación, a la
meditación y a la plegaria y al servicio de los más necesitados. Y llegan hasta
el Papa. Es Inocencio III. En la grandiosidad de la recepción, está la Iglesia
en toda su pompa, en todo su lujo, en todo su esplendor, tan necesario, porque
a uno le da realmente repugnancia ver que la gente condena la suntuosidad de
los templos, y le parece que solamente tiene que ser suntuosas las bancas, las
casas de la especulación y de la banca, eso sí puede ser sólido, poderoso,
monumental, en cambio la casa de Dios tiene que ser una pocilga, porque así
revelamos el espíritu de pobreza. Cuando se daba este espíritu de pobreza en la
plenitud franciscana, se habían levantado, se estaban levantando en esa Europa,
los mayores monumentos de belleza, de esplendor, de riqueza, de fuerza, de
gracia, que se han hecho en el mundo, que son las catedrales góticas. El mismo
espíritu que animaba a Francisco es el que animaba a San Luis a hacer levantar
esas catedrales que son realmente el testimonio de la contemplación, de la
celebración, de la plegaria del hombre hacia Dios. Y bueno, en esa recepción
final, se acerca Francisco con alguno de sus compañeros, sus hermanos, llegan
ahí en esa extrema pobreza, en esa desnudez, con los pies descalzos y sucios
también, y primero, claro, cuando él tiene que hablar, ¿que le dice él al
Papa?, ¿cuál es la palabra que surge de sus labios?, es el Sermón de la
Montaña, en aquella parte que dice, no te preocupes tanto de cómo vas a vivir,
déjale ese cuidado a Dios, fíjate lo que ha hecho Dios con los pájaros, con las
aves del cielo, y culmina en esa expresión suprema que todo cristiano tiene que
tener presente, para enfrentar los problemas sociales y políticos, "busca
primero el reino de Dios y su justicia, lo demás se te dará por
añadidura".
Y
primero lo echan, el Papa ha sufrido un impacto, ante esta visión delante suyo,
de ese pobre Cristo que está delante de él, y lo manda a llamar, y cuando
vuelve, el Papa el dice, "Tu presencia nos llena de vergüenza,"
porque él está recordando, él también a pesar de haber sido un gran Papa,
cuánto tiempo le dedica a las cosas temporales, y a los negocios temporales, y
a los poderes, y a las disputas por las cosas temporales con el Emperador y con
los Reyes. "Tu presencia nos avergüenza", y se arrodilla, y le besa
los pies. Y dicen que no está ahí en todo su esplendor la Iglesia jerárquica,
la Iglesia institucional. ¿Acaso Cristo no vino a servir y no a ser servido?.¿
Acaso el Papa no se llama a sí mismo, servidor, siervo de los siervos?. ¿A
quién ha besado el Papa?, a Cristo mismo, que es una sola persona con él, que
es uno solo con él. La propaganda dice "rebelión". No: reacción
dentro del orden. Del orden divino y humano, que Dios, que Cristo ha creado,
eso es Francisco. Es la Iglesia que vuelve sobre sí misma. Francisco es la
conciencia de la Iglesia, que revierte sobre su intimidad más honda, para
renovarse en Cristo mismo, que está allí más íntimo que lo más íntimo de uno
mismo, y resurge así triunfal y maravilloso, para no subvertir, no cambiar,
sino para renovar y restablecer el orden debido.
