ASALTO TERRORISTA AL PODER
47 UNIRSE EN LA VERDAD
Bueno,
me he ocupado casi toda esta clase del problema de la vida contemplativa, e
insisto en él, porque nuestra Patria está sumergida precisamente, porque en
ella está ausente la contemplación. Es como dice Hegel, se advierte cómo en un
templo cuando no está presente el Dios vivo, es una cosa fría, desierta, le
falta lo que le anima, lo que le da vida y calor, todo lo sobrenatural, lo
trascendente, la verdadera vida, lo mismo dice Hegel: se advierte cuando en el
pueblo, en una nación está ausente la metafísica, es decir, el espíritu que
medita en su propia esencia y en el fin de la existencia. Nosotros somos un
pueblo sumergido, donde las cosas que acontecen, son realmente una real y
verdadera subversión, como esta cosa denigrante, degradante, que es el imperio
de la soberanía popular, un insulto a Dios. La soberanía es de Dios, la
soberanía es de Cristo, y cuando el hombre la ejerce, es una delegación y un
reflejo de esa soberanía, y el gobernante ha de gobernar en nombre de Dios, y
la responsabilidad del gobernante no es la responsabilidad ante los gobernados,
sino la responsabilidad ante Dios, y si no la tiene ante Dios no la tiene ante
nadie. Por eso en estas democracias ordinarias, vulgares, subver- tidas, donde
asistimos al predominio de la incompetencia, y de la irresponsabilidad, nadie
es responsable de nada, se hacen las cosas más terribles, los atropellos
mayores; de pronto se abren las cárceles, salen todos los criminales, los
mayores criminales, a continuar sus crímenes. Hablando de la universidad, es
cierto que en ella se viene atrepellando hace mucho, evidentemente, pero ahora
ese manoseo, esa cosa vil, esos hombres que no tienen ninguna tradición
docente, que no representan nada en el magisterio, en la enseñanza, en la
autoridad de la ciencia, en la investigación, que aparecen haciendo y
deshaciendo. Decía un viejo sacerdote: en este país las universidades se fundan
como los boliches, y es verdad. Ustedes ven salir universidades como boliches
en las esquinas, y cualquiera es profesor, cualquiera es docente, cualquiera es
investigador, no hay ningún respeto, ninguna exigencia de nada. Y les hablo de
esto porque yo fui profesor universitario cuando era muchacho. Son cosas de mi
mocedad. Y a pesar de que vivíamos en plena vigencia de la reforma, todavía se
exigían antecedentes, se exigía una prueba de oposición, todavía a usted lo
nombraban adjunto y a los dos años tenía que confirmar eso. Era una carrera la
docencia. Aún a pesar de que ya estaba penetrada de este espíritu subversivo de
la Reforma, de este espíritu materialista y ateo, se guardaban esas formas, que
ahora ya no se guardan más. Ninguna exigencia, ninguna autoridad, experiencia, testimonio:
cualquiera es decano, rector, profesor, cualquiera dirige un departamento. Y
entonces uno se da cuenta que claro, las verdades tienen que descender, los títulos
son cada vez más baratos. Aun cuando en el terreno de las disciplinas técnicas
se mantenga un nivel, que se mantiene para médicos, ingenieros, economistas,
contadores, veterinarios, agrónomos, abogados en el aspecto del dominio del
Derecho Positivo, aun cuando se mantenga eso, nada tiene que ver con la
universidad. Eso es simplemente la base material: la universidad tiene que ver
con el saber universal, con la sabiduría divina y humana, y esa sabiduría
divina y humana la hemos desterrado totalmente. Por eso la política no es
prudencia en la Argentina, no es sabiduría práctica. Lo más que hoy es la
política es habilidad. Habilidad como una habilidad manual, habilidad como una
técnica. Se manejan los hombres como las cosas, se actúa considerando al hombre
en la multitud, en la masa, en la gran bestia, como decía Platón, que la
describió en el Gorgias, es la misma masa de hoy, de ayer, de siempre. Necesita
ser acariciada, o adormecida o exaltada según los momentos. Hoy los medios de
propaganda y difusión son incontables, y cumplen esa función. Cuando uno piensa
en un San Luis que llegó a ser verdaderamente popular, venerado por su pueblo,
porque dedicó cuarenta años a servir los. ¿Cómo no iban a estar realmente
abrumados frente a esta grandeza, de este hombre que diariamente iba a curar a
los leprosos, a besarles la mano, a darles de comer en sus bocas gangrenadas?.
¿Cómo no iban a amar a este Rey, que vivió en el cuidado de los pobres, porque
San Luis sabía que siempre habrá pobres en el mundo. Que todas estas falacias,
de estos mesianismos promisores, del socialismo, del comunismo, que prometen
terminar con los pobres, en rigor empobreciéndolos y vaciándolos a todos, sabe
que eso es falso; es una vileza, es una cosa abyecta, siempre habrá pobres,
porque la naturaleza, el accidente, el vicio, la necedad, la perversión, están
ahí, pero para esos pobres, la única cosa, que puede servirlos de veras, y
devolverlos al honor de la criatura humana, no es la justicia, la justicia no
basta, es absolutamente insuficiente, sino sólo la Caridad, la que les
devolverá la dignidad. La caridad, este amor de Dios. Este amor cuya medida es
la necesidad del otro, este amor que cultivó San Luis sin pompa ninguna; claro
que llegó a extenderse porque este hombre vivía la perfección de la virtud, y
la Justicia que no descuida los derechos de los hombres, pero tampoco los de
Dios, y entonces, hacía levantar las catedrales más bellas que tiene el mundo,
y al mismo tiempo multiplicaba los hospitales, los hospicios, y él era el primero
que estaba allí, el primero en la atención del pobre, en la atención personal
del pobre. Y en la guerra era de un valor invencible, y en el cautiverio, de
una fortaleza, de una paciencia suprema, y enamorado de su mujer, el más
poderoso Rey de la Europa de entonces. Realmente la vida de este hombre fue un
acto de servicio. De sabiduría y de servicio. Era la época que ya se levantaba
en París, la luz del mundo, la universidad. Esa universidad donde enseñaron en
ese siglo San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, esa
universidad que era una cosa privilegiada y única. Jamás intervino el poder
para regular la vida de la contemplación. Al contrario, él poder político se
subordina a la vida contemplativa, como decía el padre Petit de Murat, así como
la prudencia se subordina a la sabiduría divina y humana. La universidad cómo
no va a ser soberana y libre, hablo de la verdadera universidad El Estado está
para exigirle la adecuación al bien común, pero la libertad de aprender y de
enseñar, y de elevarse a la contemplación, a este señorío, a la soberanía de la
contemplación de la verdad, ese es un privilegio de la universidad. Como es un
privilegio de la vida monacal, como es un privilegio de todos aquellos que se
recogen para la contemplación y para la celebración, para la plegaria. Nosotros
asistimos a esta descomposición, a esta pudrición, y donde tenemos que tener
puesta la mirada, sobre lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir, es en la
universidad. Porque hay gente que en este momento, en su infinita estupidez, en
su necedad invencible, cree que Perón es la muralla contra el comunismo.
El
lo ha traído, lo ha fomentado, lo ha estimulado, lo ha desarrollado, y él nos
va a librar del comunismo. En la Universidad ha hecho poner exclusivamente
ideólogos comunistas en todas las universidades del país. Comenzando por la
Universidad Nacional de Buenos Aires que se la ha dado al principal ideólogo
que tiene el comunismo en el país que es Rodolfo Puiggrós. Hacen y deshacen.
Ustedes ven que no hay agitación en la universidad, está todo tranquilo, porque
está todo entregado y en manos del comunismo. Y el que ha entregado al
comunismo esto, es Perón. Lo decía ayer Puiggrós en una conferencia de prensa o
algo así, "hace cinco o seis años que ya me ofreció este puesto", ¿y
él nos va a liberar del comunismo?. Ahora, para hacer esta gran farsa que lo
lleve a la presidencia, y que los mismo jefes de las tres armas, los jefes
digo, de Mayor para arriba, que lo degradaron hace dieciocho años, ahora parece
que se disponen a obedecerlo como Comandante en Jefe de las tres armas. Una
cosa igual creo que no se ha visto nunca en el mundo. Todavía espero que haya
algo de vergüenza. Pero hemos descendido tanto que un paso más hacia el abismo,
no es cosa que nos vaya a impresionar. Lo que sí quiero dejar bien sentado es
que en esta modesta cátedra que lleva veintiocho años, siempre hemos dicho lo
mismo, y continuamos repitiéndolo, hasta que Dios lo permita; esto es la
verdad, jamás hemos caído tan bajo como ahora, jamás el servilismo ha llegado a
estos extremos, jamás la pérdida del sentido del honor ha tenido estos
extremos, nunca. Esta es la exaltación de todo lo inferior, de todo lo grosero,
de todo lo ordinario, de todo lo vulgar. Me aterra pensar en el porvenir de
ustedes. Y les repito una vez más lo que les he dicho otras veces, lo único que
nos puede ayudar a sostenernos, es una verdadera unión en la amistad, y la
verdadera unión en el amor, en esa madurez del amor, en esa plenitud del
corazón, que es capaz de renunciar, porque esto supera al corazón que está
dispuesto a abrirse y a expandirse que es cosa buena también. Pero la madurez
es la capacidad de donación, de renunciamiento.
Sólo
la unión en la verdad nos puede salvar, porque esa es la verdadera comunión. A
mí me ha sostenido hasta ahora, a mí me complace los jueves reunirme con
ustedes, sobre todo con los jóvenes, y que todavía haya los que son capaces de
escuchar, estas cosas que en realidad nos devuelven creo yo, al decoro del ser
humano, al honor del ser humano, y esto es la política. La política es cuando
la verdad se hace acción. Cuando uno se convierte en la profesión que desempeña
en un hacedor de la verdad. La verdad es la que nos hace libres. Solamente en
la verdad hay señorío. Solamente en la verdad hay decoro de ser. Este país tuvo
momentos en que vivió en la verdad. Y es que en la verdad fue capaz de un real
y verdadero señorío. Esto acabó hace mucho tiempo. Cuando en el año 1853, en
esta Constitución, que es una simple imitación de estatutos extranjeros, se
instituyó la soberanía popular, se acabó la real y verdadera soberanía, que la
hemos tenido. Yo comparto el criterio del padre Petít de Murat, que dice que el
verdadero día de la Patria, es el veintiocho de diciembre, el día de la degollación
de los niños inocentes. Porque a nosotros nos degollaron apenas nacimos, hasta
el día de hoy. Esto no entraña una visión pesimista, no. Yo soy hombre de
esperanza, y la oración es una exteriorización de la esperanza. Pero
evidentemente uno tiene que estar dispuesto para soportar lo peor, lo
importante es salvar el decoro personal, el decoro familiar, el decoro de los
amigos, en esa comunión, y verdadera comunidad en la verdad.
ASALTO TERRORISTA AL PODER
JUEVES 26 DE JULIO DE
1973
48-EL CONOCIMIENTO FILOSÓFICO
El
conocimiento filosófico está reclamando que usted respete el principio de
identidad, que si está hablando del agua, siga hablando del agua y no salga con
otra cosa. Es decir, aunque no estudiemos nunca lógica, aunque no estudiemos
los principios del ser, nosotros en el ejercicio de la inteligencia lo estamos
aplicando desde el primer momento. En ima palabra, desde el primer momento, la
inteligencia humana desde la primera mirada, ya en cierto modo tiene delante
todo el ser, en toda su riqueza ontològica, sólo que de ima manera confusa, de
una manera envuelta, que si prosigue esa mirada en la dirección que lleva, y
sobre todo si prosigue considerando esas cosas que se le manifiestan, esas
verdades primeras y principales que se le hacen patentes, si sigue, digamos
así, ocupándose reflexivamente de ésa, irá discerniendo, conociendo,
distinguiendo, cada vez mejor lo mismo que ha conocido desde la primera mirada.
Lo cual está además señalando una característica especial de cómo progresa el
conocimiento filosófico. Este no progresa, no crece como el conocimiento
científico, de los fenómenos, de las ciencias exactas, y experimentales, y de
las ciencias empíricas; el conocimiento filosófico no progresa como progresa la
física, la matemática, o la química, o la biología, o la zoología, o la
botánica, no. No es un progreso por acumulación de nuevos hechos que antes no
se conocían y ahora se conocen, de nuevas leyes que antes no se conocían, no.
Así no progresa. No progresa por acumulación. Progresa por ahondamiento. Por
ahondamiento en lo mismo, en el mismo ser definido, en el mismo ser inagotable.
Es una verdad que se va abriendo paso, se va iluminando, que se va haciendo
cada vez más clara, más distinta, a medida que la inteligencia va ahondando en
lo mismo, en lo que se le ha dado de entrada, desde la primera mirada. Porque a
partir de ese instante en que la inteligencia se abre al ser inteligible de las
cosas, a la razón de las cosas, y empieza a indagar por esas razones y por esos
fines, entonces ya sobrepasa los sentidos, y sobrepasa la imaginación. Es
evidente qué el hombre, apenas asoma a la vida de la inteligencia, no se
conforma con el hecho tal como se presenta. Un animal frente a los hechos
reaccionará huyendo o aproximándose, pero no va más allá del hecho: es frente
al hecho, si el hecho comporta peligro huye, si el hecho comporta atracción se
acerca. Pero no hay más: no sobrepasa jamás ese plano del mero hecho. En
cambio, la inteligencia del hombre, aún en el despertar de la infancia, aún
entonces va más allá de lo dado, de lo simplemente dado, del simple hecho que
estamos experimentando, percibiendo, está reclamando la acción del hecho, la
causa del hecho, o el fin para el cual existe ese hecho. Es decir que la
inteligencia, es naturalmente metafísica. Reclama por eso el por qué, y el para
qué. Desde el primer contacto con lo real inteligible, nuestra inteligencia
aprende también que lo verdadero es lo que es. Lo verdadero es que lo que yo
digo sea conforme con lo que en realidad es, con el comportamiento de las
cosas, esto lo capta de inmediato. Porque la inteligencia es como la apertura
de nosotros al ser inteligible de las cosas, a las razones de las cosas.
Entonces, esto es lo que permite comprender el entusiasmo de Platón, cuando con
esa mirada soberana, como de águila, advierte que precisamente el sentido de la
vida de la inteligencia, es trascender, es decir sobrepasar lo que los sentidos
nos dan de las cosas, o lo que la imaginación sobre la base de los sentidos
puede componer, entonces a él le parece que la inteligencia se abre al mundo,
ese mundo de las ideas, de las razones, de las esencias, y él lo llega a pensar
como un mundo que está en rigor separado de ésta realidad de lo sensible, de lo
concreto, e incluso, como era además un poeta supremo, el concibe además que
este mundo sensible, este mundo de las apariencias, de las cosas cambiantes, es
en realidad como una sombra, una sombra de ese otro verdadero, de ese mundo
verdaderamente real, que es el de las esencias, que es el de las razones. E
incluso llega a concebir a esas razones, a esas esencias, como los modelos,
como los paradigmas de los cuales las cosas corrientes, las cosas que
percibimos, no serían nada más que imitaciones o participaciones en esos
modelos, como reflejos en el espejo de la imagen de las cosas. De manera
entonces que la primera mirada de la inteligencia contiene confusamente toda la
verdad que descubrirá la sabiduría filosófica, a medida que vaya meditando
consciente y lúcidamente acerca de ese contenido que se le abre a la
inteligencia desde la primera mirada. Y es así también como el hombre se eleva;
la inteligencia humana se mueve hacia la idea de Dios, hacia el sentido de
Dios: es un movimiento natural de la inteligencia que por la vía de las causas,
por la vía de las razones, digamos que se proyecta hacia el sentido de una
causa primera, de un ser absoluto, de una manera todo lo confusa que se quiera,
pero es real. Por eso es fácil a un niño hacerle entender por ejemplo que Dios
existe. Porque si yo le presento que existe este mundo creado, este orden del
universo, de este cielo estrellado, dónde todo se manifiesta así, como el
sucederse del día a la noche y después de nuevo el día, y cómo se suceden las
estaciones, y se suceden los años, se ve todo ese ordenamiento que tiene la
realidad, es fácil llevarlo a la idea de que hay Alguien que ordena, de que hay
un Principio ordenador, de que hay una Inteligencia ordenadora. Y le presta
plena adhesión, porque esto es conforme con la inteligencia. Ahora, esto mismo
nos está diciendo a nosotros, lo grave que es que la educación de los niños, de
los adolescentes, no se configure en dirección de este movimiento espontáneo de
la inteligencia que se abre al Ser, y que se abre al sentido de las razones y
de las causas; que se abre al sentido de los principios y a un conocimiento de
Dios a través de los seres creados. Entonces, sobre esto primero que es dado a
la inteligencia humana cuando ella se abre a la realidad y al ser, es que se
edifica: sobre esta base se edifican todas las certidumbres, todos los
conocimientos, todas las verdades fundamentales de la vida. Por eso también
existe eso que se llama el sentido común, si no está estropeado por las
lecturas, por los diarios .Tenía razón Nietszche cuando decía, "no hay nada
que te trastorne y perturbe más la vida de la inteligencia, hecha para la
verdad, que la lectura de los periódicos". Eso lo decía a fines del siglo
pasado. Imagínense con los medios de comunicación que hay actualmente y con lo
que comunican esos medios, lo que diría si Nietszche viviera. Lo que es absurdo
por ejemplo, no solamente en esa inteligencia primera, lo que es absurdo, es
algo que se le impone a un niño como una cosa que no puede ser real. Si yo le
muestro runa cosa redonda, lo que es un cuadrado, y después le junto las dos
cosas y le hablo de un circulo cuadrado, él va a entender perfectamente no
solamente que eso es inconcebible, que no se puede pensar sino que tampoco se
puede realizar. Porque lo redondo es redondo y lo cuadrado es cuadrado, y es
imposible compaginar las dos cosas. Es decir, que la mente aparece con ésta
relación de verdad, con la realidad que existe fuera de la mente. Claro está
que puede ser fácilmente inducida a error o sugestionada a través de la
ilusión, o de alucinaciones por lo mismo que carece de espíritu crítico, carece
de poder de reflexión. Pero ingenuamente, espontáneamente, la inteligencia se
mueve en la dirección del ser y de la verdad. Eso es evidente. Y para todo el
mundo es evidente que no puede haber experiencias si no hay una realidad que es
experimental; no puede haber una experiencia interna si no hay una realidad
mental que existe, y que no hay sensación de resistencia por ejemplo, si no hay
algo que me resiste. Si yo por ejemplo quiero empujar algo pesado, yo tengo una
sensación de resistencia porque hay algo que me está resistiendo. Y después me
viene un teorizador de la psicología y me dice que no, que el ser es igual al
ser percibido, que no hay nada en la realidad fuera de nosotros, y que esa
sensación de resistencia está provocada simplemente por una idea interior, y no
responde a ninguna realidad. O si hablan de que hay una realidad fuera de la
mente, dicen que son vibraciones. Yo lo que veo son colores, y no, me dicen que
no hay colores en la realidad, que los colores son vibraciones del éter, y
entonces dicen que los del rojo son tantos, los del azul son tantos, y en lugar
de aclarar y decir, desde el punto de vista de la hipótesis física, eso que
llamamos colores o percibimos como colores la física los considera simplemente
como vibraciones del éter, pero eternamente todos los que sienten los colores,
van a sentir los colores, toda la gama de los colores. Y esos colores los van a
sentir como algo que está fuera de nosotros, así que ese verde de la hoja que
yo veo, o ese gris de la pared, está ahí en la pared, eso es lo que el sentido
común declara, eso es lo que la inteligencia que siente, el alma sensitiva, la
inteligencia que no solamente sentimos nosotros sino sabemos que sentimos, sabe
que eso que sentimos, está fuera. Si no, ¿cómo podría distinguir usted una
ilusión de una percepción real, y más todavía, una alucinación, de una ilusión,
de una percepción? Cualquier persona sabe, está un muchacho esperando a la
novia en la esquina, no llega, no llega, empieza a impacientarse, y entonces
qué le ocurre, que de pronto toda persona que va viniendo con una silueta más o
menos parecida, la identifica con la persona que está esperando, hasta que
¿cuándo sufre la decepción?, cuando está cerca. ¿Qué ha pasado simplemente?,
fíjense que es realísimala percepción exterior, ¿qué ha pasado?, lo que ha
pasado es que percibir no es solamente lo que tenemos delante, sino que lo
vemos también proyectando sobre él lo que recordamos de una cosa, nuestra
experiencia, percibir es recordar, recordar de esa cosa misma que percibimos. Y
entonces claro está, cuando yo estoy impaciente, entonces ¿qué me ocurre a mí?,
que ese bulto que va viniendo, yo lo revisto con las características de la
persona que espero, y me parece que es ella, porque es también una mujer y
viste a lo mejor parecido, y tiene más o menos la misma altura, hasta que llega
cerca y me doy cuenta que no es así. Entonces, ¿cómo podría usted distinguir
entre la percepción verdadera y una percepción errónea, si la percepción no
fuera real? Y no hablemos de la alucinación, donde uno ve como si estuviera
algo fuera de tino y no hay nada. De manera entonces que en todos los que
niegan, todos los que dudan, todos los que se dicen agnósticos, en realidad lo
que ellos rechazan es la realidad y la verdad, y hasta la objetividad de esta
primera mirada de la inteligencia, que se proyecta sobre el ser inteligible de
las cosas sensibles, que busca más allá de lo dado sensible- mente. Ese más
allá no se debe entender como un más allá que está "detrás de"
propiamente, esto es una manera de decir, no es "más allá", es
"más adentro", más en el interior, y no en un adentro material, sino
en una interioridad puramente inteligible. Entender, inteligir, quiere decir,
leer dentro, ver dentro. Pero ese dentro, no es un dentro físico, no es como el
dentro de esta habitación con respecto a la calle, este es un exterior tan
exterior como la calle. Ese interior que es la esencia inteligible, eso es algo
de las cosas, más real que lo sensible mismo, que se da a la inteligencia. La
inteligencia es naturalmente realista. La inteligencia se abre al ser de las
cosas que existen fuera de la mente. Por eso siempre será verdad que la primera
verdad, la primera realidad que contemplamos, es el ser inteligible de las
cosas. Y no como dice Descartes, que la primera verdad fundamental es el yo
pensante. No es verdad. Cuando Descartes hace este razonamiento, "yo
-pienso, luego sé que existo", ha dejado de decir algo, porque no es "yo
pienso". El acto de pensar supone un objeto pensado, supone el ser en que
el acto piensa, entonces uno debe decir, yo pienso algún ser, estoy pensando
algún ser; yo, que lo pienso, sé que yo existo, pero primero está el ser,
afirmado, declarado por la inteligencia. Ahora, imagínense el lío que se habrá
hecho y que se ha hecho en la historia del pensamiento humano cuando en lugar
de partir de la verdad de ese ser real extramental, se ha partido como verdad
primera, del propio yo. ¿Qué le ha pasado al hombre cuando se ha encerrado en
sí mismo, y ha hecho del yo pensante la primera verdad, ha caído finalmente en
lo que se llama en filosofía, el solipsismo, ha quedado encerrado en sí mismo,
no ha podido salir jamás de sí mismo. Y entonces ha substituido la realidad por
ficciones, por creaciones de la mente, del cual la filosofía idealista está
llena hasta el día de hoy. Pero así como hay una primera mirada de la mente
sobre el ser de las cosas reales, hay también una primera mirada de la mente
sobre el bien. La inteligencia, así como en su primer despertar, alcanza el ser
inteligible de las cosas reales que existen fuera de la mente, del mismo modo
la inteligencia alcanza el bien, el principio moral por excelencia, en el
primer asomar de la inteligencia práctica. Tiene el niño cuando llega a la
madurez, una intuición; intuir quiere decir ver, ver con la inteligencia. El
niño ve, el primer principio moral, la primera ley moral que dice, "debes
obrar el bien" o "haz el bien y evita el mal". Esto parece una
cosa de perogrullo. Es como la gente cree, que el principio supremo del ser y
de la realidad, que es la identidad, que dice simplemente que cada cosa es lo
que es, que el agua es agua, que el pan es pan y que el vino es vino, eso es
una cosa redundante y sin valor ninguno. Sin embargo, sobre esta evidencia, se
apoya todo el edificio de la verdad, como sobre esa intuición primera de este
principio moral, reposa toda la moral; todo el fundamento de la moral humana
está ahí. Empecemos por analizar un poco lo primero, para asomarnos después al
principio moral. Si yo digo que cada cosa es lo que es, que el agua es agua,
que el pan es pan, que el vino es vino, que A es A, que Dios es Dios, y el
hombre es hombre, estoy diciendo algo que encierra una enorme riqueza de
distinción y de jerarquía, si yo entro a analizar un poco el sentido de estas
verdades. Cuando yo digo que el agua es agua, digo no solamente que el agua se
identifica con ella misma, sino que además, se distingue de todo lo demás que
no es agua. Cuando yo digo que el vino es vino, y el agua es agua, estoy
distinguiendo dos cosas en su esencia misma, a pesar de que en el vino hay
agua. El vino contiene agua, pero es vino, no es agua. El hombre contiene al
animal pero no es simplemente un animal. Más importante que lo animal, y lo que
lo hace hombre, es tener un alma inteligente y capaz de querer. Entonces,
cuando yo voy identificando cada cosa con ella misma, y la voy distinguiendo de
las demás, voy aprendiendo 7 toda la diversidad, toda la riqueza de los seres;
no los confundo, los distingo, los separo. Y lo voy además ubicando a cada uno
en su lugar. Por ejemplo, se le puede hacer entender perfectamente a un niño
que está aprendiendo a leer y a escribir, que existe una realidad, compuesta de
seres distintos. Vamos a empezar por lo que está más en la base; los minerales.
Resulta también que esos minerales aparecen integrando y constituyendo los
seres vivientes; el mineral forma parte del vegetal, que es un ser viviente.
Sólo que ahí la parte mineral, el agua, el carbón, el hierro, el nitrógeno, lo
que sea, aparece como una materia de que está hecha esta forma superior de ser
que es el viviente vegetal. El viviente vegetal a su vez se caracteriza por
tres cualidades que no tiene ningún mineral; se nutre y crece, se reproduce,
formando otros seres con la misma forma que él, y que lo prolongan, es evidente
que todo ser crece, se nutre y se reproduce y muere, por supuesto. Cuando yo
considero un animal, advierto que ese animal está hecho también de minerales, y
que tiene también vida vegetativa; la misma vida vegetativa que tienen las
plantas la tiene el animal. Pero además, todo eso aparece en función de una
forma superior de ser, donde entra ya la sensación y el moverse por impulsos,
por instintos, en vez de los tropismos del vegetal. Y entonces uno va viendo
que la realidad es un escalonamiento de seres. Y cuando llegamos al hombre,
observamos que en el hombre está integrado el mineral, está integrada la vida
vegetativa, la vida animal, y todo eso es materia; es empleado para la vida de
hombre, que es la vida de la razón, que es la vida de la inteligencia y de la
voluntad.
Y
entonces uno se da cuenta por qué los maestros griegos entendieron que el
hombre era un microcosmos, un pequeño universo. Toda la realidad que está fuera
de él, la integra, se integra en él. El hombre es mineral, es vegetal, es
animal, y además es hombre, es un verdadero universo, un microcosmos. Todo el
universo está encerrado en él, todo el universo exterior, material. Y ocurre
otra cosa maravillosa que usted lo puede hacer entender, al menos cuando está
delante de adolescentes; algo, que ellos son capaces de entender y comprender,
porque resulta que este hombre, además de ser, en orden al universo material un
verdadero compendio, posee un principio en él, una facultad en él, una potencia
de conocimiento, y por ese conocimiento, el alma que conoce va reflejando,
asimilando en ella, toda la realidad existente fuera de ella, y que en
definitiva es la que lo constituye a él materialmente. El alma que conoce,
llega a ser todas las cosas conocidas, en modo de conocimiento, de pensamiento;
en modo de verdad. ¿Qué es estar en la verdad?, es tener las cosas tal y como
son fuera de nosotros, tenerlas en la mente, y poder decirlas todas en la
medida en que uno las conoce. Y el griego conoció todo esto. Y reconoció
entonces que en el hombre hay un principio que nadie puede confundir con nada
de lo que existe fuera de él, que es el alma, el alma inteligente y capaz de
querer. Y al alma le pasa una cosa extraordinaria: si yo tengo este libro que
es una cosa material, sus cualidades sensibles lo limitan, lo encierran en sí
mismo y lo separan de todo lo demás; donde está una cosa material no puede
estar otra; pero donde hay un alma, en cambio, pueden estar todas las cosas en
tanto que conocidas, y ser ellas plenamente sí mismas. Este es el asunto. Es
aquello que dice Santo Tomás en un maravilloso pasaje del 'Tratado de la
Verdad'. Dice que hay dos formas de perfección, está la perfección que cada
cosa tiene, que tiene el caballo como caballo, que tiene el manzano como
manzano, que tiene el oro como oro, la plata como plata. ¿Pero qué ocurre con
estas perfecciones de cada ser?, que por lo mismo que está limitado a la
perfección de su especie, de su naturaleza, entonces se excluyen de ellas todas
las otras perfecciones que están repartidas entre todas las otras cosas. Dios
ha querido un remedio a toda esta imperfección, y lo ha dotado a uno de esos
seres, de un alma inteligente, y por esa alma, en la actividad de conocimiento,
va llegando a ser todas las cosas conocidas, y va como encerrando en ellas;
como asimilando en sí misma; como enriqueciéndose de todas las posesiones que
están distribuidas entre las cosas, y de esta manera, en una "gota de
alma" cabe el universo entero reflejado en ella, declarado en ella como
verdad de ese universo. Entonces uno le puede hacer comprender algo más a un
muchacho, a una niña, si nosotros vivimos admirando, por ejemplo que en este
momento el hombre esté explorando la superficie de la luna y vaya a montar allí
un laboratorio, es una cosa admirable. Pero cuanto más admirable que esos
vehículos, y que esos prodigios de la técnica es que haya en el hombre un
principio, una potencia, una aptitud que le permita al hombre conocer y dominar
de ese modo el mundo exterior y las leyes que lo rigen, como para poder marchar
desde la tierra hasta la luna. ¿Qué es más admirable?, ¿esos instrumentos, esas
máquinas prodigiosas, o el alma que es capaz de conocer y de alcanzar el
dominio de los fenómenos y de las fuerzas de la naturaleza hasta ese extremo?.
¿Cómo es posible que el hombre niegue a Dios hoy y niegue el alma, en el
momento en que como nunca aparece manifiesto que hay en el hombre un poder que
excede todo lo material, que es este poder de la inteligencia?.
