Antes nos jodían y solo sabíamos que estábamos jodidos. Ahora nos joden
y sabemos que nos estan jodiendo. Mañana estaremos jodidos debajo de
un puente jodidamente jodidos. Lo que se comenta y publica en este blog
está bajo protección del articulo 19 de la declaración de los derechos
del hombre adoptados por la Asamblea General de la ONU en Paris el 10 de
diciembre de 1948, que estipula que cada persona tiene EL derecho de la
libertad de la opinion y de la expresion, que implica el derecho de no
ser acosado por sus opiniones ni por buscar, recibir y publicar, sin
límites de fronteras, información e ideas por cualesquiera medios de
expresion.
COMPRENDIENDO AL SOL: El mínimo de MAUNDER o la que se nos avecina.
Nada nuevo, nada viejo, nada sujeto a controversias. El Sol és como és y a él nos debemos y le debemos, en parte, la vida.
Eso sí, sin aventar especulaciones y falsos supuestos eventos,
nuestro Sol está sujeto a las mismas leyes naturales que imperan en todo
el Universo y por tanto está sujeto a fluctuaciones naturales (hoy hace
más frío o más calor) dependiendo de su actividad y precisamente de sus
manchas solares (reflejo de esta actividad) y a la que estamos sujetos
como organismos vivos delicados.
O sea que las manchas solares y otras irradiaciones de nuestro Sol
son un motivo de jolgorio para la correcta radiación electromagnética de
éstas hacia la tierra y no al revés, contempladas en su aspecto
mediático y perverso como algo dañino cada vez que se produce una
variación en sus fluctuaciones.
Lo están escondiendo, por diferentes motivos, pero lo están escondiendo.
El Sol tendrá, muy probablemente, y a partir del año próximo y
paulatinamente, como se refleja en la anterior entrada, una variación
hacia la relativa inactividad del mismo, que comportará menor
irradiación de energía hacia nosotros, por tanto un ligero aporte en
menor grado de “calor”.
Consecuencia probable de ello es que vivamos durante unas decenas de
años el llamado “Mínimo de Maunder” “Pequeña Edad de Hielo”, que en
nada, en nada, tiene que ver con el calentamiento global antropogénico,
defendido por las huestes Gore como causa fundamental de la variación
del clima en la tierra.
Es cierto, viene un cambio en el clima, en general hacia el frío, y
ya, aunque sus efectos puedan ser muy dispares haciéndonos percibir
falsa y mediáticamente superciclones, megahuracanes, sobre-actividad
sísmica y volcánica, que nos pueden presentar como producto del
calentamiento global producto de la actividad humana.
Nada que decir acerca de la porquería que están hechando a la
atmósfera, y como elemento más que contaminante en aras de su beneficio,
su interés compuesto y su plusvalía. Eso es cierto. Pero el mundo NO se
está calentando, va a enfriarse y además de manera repentina y por
procesos naturales que van a durar bastante.
¿Pánico? No. Estar alerta: Sí. ¿Preparar infraestructuras? Sí. ¿Se
están preparando éstas?: NO. ¿Por qué no?: no lo sé y no voy a
especular. Lo cierto es que no se hace, y este es uno de los avisos más
serios que nos hace la naturaleza (el frío que viene) junto con los
avisos artificiales (provocados por el hombre) de Fukushima, CO2,
transgénicos, vacunas, bacterias, radioactividad de los años 40-70, y
tantos otros…
Frente a ello cabe informar, informar e informar, en contraposición a lo que nos cuentan.
He aquí un estudio asequible para el común acerca del “mínimo de
Maunder” o la variación de actividad del Sol venida a menos en los años
1700 y que proporcionó sorpresas e innumerables víctimas acerca de tal
evento.
Aunque ello se produjo en un contexto determinado y, nosotros, ahora, estamos preparados para tales fluctuaciones.
¿Por qué no lo estamos?. Preguntádselo a Rothschild y sus dueños, los Arios.
Aquí el artículo:
El mínimo de Maunder: ¿Qué le sucedió al Sol entre 1645 y 1715?
No cabe duda de que consideramos al Sol
como un astro bastante constante. Su majestuoso y seguro recorrido por
nuestro cielo nos hace pensar que es el ejemplo perfecto de regularidad.
Y, sin embargo, son muy numerosos los indicios que apoyan la idea de
que el Sol no ha mantenido el mismo nivel de actividad durante el último
milenio. ¿Ha tenido pues nuestra estrella episodios de “energía”
menguada, en los que las manifestaciones de su gran poder han sido
puntuales e infrecuentes? Y, en particular, parece ser que entre la
segunda mitad del siglo XVII y principios del XVIII su actividad era tan
insignificante que la Tierra, al no recibir la cantidad de radiación
suficiente, casi enferma de hipotermia planetaria. ¿Tuvo lugar realmente
ese periodo de frío intenso hace más de dos siglos, y si es así, por
qué sucedió?
© NASA
Figura 1: imagen del Sol y sus manchas solares, muestra de su actividad.
Todo empieza en 1843. Heinrich Samuel
Schwabe (1789-1875), farmacéutico alemán aficionado a la Astronomía, con
el ánimo de encontrar a Vulcano, un hipotético planeta entre el Sol y
Mercurio, inicia una exhaustiva recopilación de sus observaciones
disponibles de las manchas solares (abarcaban desde 1826), que son las
más evidentes manifestaciones de la actividad solar (figura 1).
Descubrió que su número varía periódicamente. En años apenas se veían,
después en unos pocos aumentaban en cantidad, manteniéndose en número a
lo largo de un par de años, y por último, poco a poco empezaban a
menguar durante cinco o seis años más. En total, once años,
aproximadamente, en los que era claro que existía un ciclo, con máximos
en los que se observaban gran cantidad de manchas solares y mínimos en
los que apenas de distinguían.
Otros astrónomos pronto continuaron la
labor de Schwabe, mejorando el rigor de las observaciones, pero medio
siglo después de que él empezara su tarea, en 1893, Edward Walter
Maunder, del Royal Greenwich Observatory, en Gran Bretaña, decidió
construir la llamada ‘curva undecanal’, es decir, mostrar en un gráfico
la actividad solar durante un extenso periodo de tiempo. Se basó en
observaciones fiables de Galileo Galilei (1564-1642) y de otros
astrónomos de la época para el intervalo que abarcaba desde la
aplicación del telescopio hasta 1700.
Maunder constató, asombrado, que a
partir de 1643, las observaciones no incluían la presencia de grandes
cantidades de manchas solares. De hecho, no había casi ninguna anotación
entre ese año e inicios del siglo XVIII. Para divulgar sus hallazgos,
Maunder publicó en 1894 un artículo en el que llegaba a una conclusión
extraordinaria: durante casi setenta años, en el intervalo que abarca
desde 1645 hasta 1717, el Sol no había mostrado prácticamente ni una
mancha en su superficie (1). Y esto es extraordinario porque incluso en
los momentos de menor actividad, casi siempre es posible ver alguna. No
se estaba considerando no observar manchas solares durante un mínimo,
que abarca dos o tres años, sino a lo largo de seis largos ciclos de
actividad solar. Es más, parece ser que las manchas observadas en todo
ese espacio de tiempo era más o menos similar a las vistas en un mínimo
cualquiera. Y aún algo más increíble; según el estudio de Maunder,
existía una década (desde 1660 hasta 1670), en la que nadie,
absolutamente nadie, había podido detectar una sola mancha solar. En
otras palabras, durante un ciclo entero, el Sol había evidenciado un
funcionamiento mínimo, al relantí, algo traducido en su superficie como
inexistencia total de manchas. Un descubrimiento tan sorprendente e
importante merece encuadrar a Maunder dentro del reducido grupo de
astrónomos que con sus aportaciones han cambiado radicalmente la visión
que teníamos del Universo. Maunder nos reveló que el Sol cambia, que su
vida no ha sido siempre igual de monótona, sino que ha padecido periodos
en los que reducía su actividad a la mínima expresión, algo que no era
esperable de ninguna manera en un astro tan estable.
Pero Maunder no tuvo suerte. Su
artículo fue seguido por muy pocos astrónomos, aunque para realizarlo
había contado con la ayuda en la documentación de otros compañeros
observadores. Y si nadie confió en lo que Maunder decía fue debido más a
una cuestión de fe en las teorías establecidas que por fallos o errores
en la teoría del astrónomo inglés. El único punto débil que podía
achacársele a Maunder fue sustentar sus ideas en una base de datos
carente de la total fiabilidad. En efecto, los registros no ofrecían
mucha seguridad de que fueran correctos o cuidados. Aunque fueran los
más numerosos, los informes poco fiables estaban confirmados por los de
otros magnos astrónomos, de los cuales no cabía duda razonable alguna de
su buen hacer como observadores, ya que su vida estaba llena de
importantes y difíciles descubrimientos, pero ni aún así Maunder recibió
la atención que merecía.
John Flamsteed (1646-1720) primer
astrónomo real inglés, de gran reputación y agudeza visual (preparó un
catálogo de 3.000 estrellas en el que consignaba su posición con una
precisión de 10 segundos de arco, una verdadera hazaña para la época),
reseñó que por fin había podido observar una mancha solar, tras varios
años intentándolo.
Por otra parte, el no menos célebre
Giovanni Domenico Cassini (1625-1712), bastante antes que Flamsteed,
conservaba observaciones muy antiguas, desde prácticamente 1645, es
decir, a partir de cuando Maunder había considerado el inicio de su
periodo de escasa actividad. Lo que Cassini escribió en 1671 se
convertiría en una importante baza a favor de la teoría de Edward
Maunder: aquel año, el astrónomo italo-francés había visto una mancha
solar; por primera vez en …¡veinte años!. Cassini no era precisamente un
astrónomo de poca habilidad visual. Para los que conozcan un poco a
este extraordinario observador, recordar que además de descubrir la
banda oscura entre los anillos de Saturno (división de Cassini), efectuó
multitud de estudios sobre la rotación de Marte, las cinturones nubosos
de Júpiter, las distancias planetarias, etc. En otras palabras, era uno
de los astrónomos de mayor capacidad y talento que han existido. Si
Cassini había visto una mancha solar después de veinte años de no captar
ninguna, había, por fuerza, que creerle.
Asimismo, el francés Jean Picard
(1620-1682) dejó escrito que el llevaba una década entera sin avistar
ninguna mancha hasta que por fin vio una, precisamente en 1671, el mismo
año que Cassini.
Sin embargo, el recelo a aceptar los
estudios de Maunder era por otros motivos. Tal vezaunque el mismo Newton
hubiera certificado la inexistencia de manchas solares durante
prácticamente toda su vida (curiosamente casi coincide con el periodo de
que estamos hablando, 1642-1727), los científicos de principios del
siglo pasado continuarían obcecados en rechazarlo. Y esto es así porque
lo que Maunder estaba destrozando la visión aceptada de un Sol con un
ciclo de actividad perfectamente establecido, de once años, que se había
constatado al milímetro durante los últimos 170 años (figura 2).
© A. A. González Coroas
De hecho, ha de pasar prácticamente
tres cuartos de siglo hasta que se redescubre el trabajo de Maunder.
Incluso en una época tan próxima a nosotros como 1965 se continuaba
ignorando el prolongado mínimo de manchas solares, sobretodo porque se
creía que en ese intervalo de tiempo los datos no eran fiables, aunque
ya hemos visto que no era así. Incluso un científico de la talla de
George Gamow (1904-1968), en su famoso libro “Una estrella llamada Sol”,
de 1964, iniciaba el recuento de manchas desde 1750, prácticamente a
partir del fin del mínimo de Maunder (figura 3).
© G. GamowFigura 3: gráfico extraído de
la obra de G. Gamow “Una estrella llamada Sol”, en el que se observa
que considera el inicio de los registros fiables en 1750, justo después
de finalizar el mínimo de Maunder.Debemos esperar hasta 1970 para que el
astrónomo solar John A. Eddy (High Altitude Observatory, Colorado,
EE.UU.) analizara los estudios de Maunder con nuevos datos y
observaciones a las que este último no tenía acceso, y publicara a su
vez un artículo donde certificaba que las ideas de Maunder eran
esencialmente correctas, bautizando como “Mínimo de Maunder” el periodo
correspondiente entre 1645 y 1720. Eddy apoyó sus conclusiones en una
serie de importantes premisas (2), entre las que caben destacar
sobretodo tres puntos, a saber: la cantidad de auroras visibles en ese
intervalo, el análisis del 14C (carbono 14) en los anillos de
crecimiento de los árboles, y el clima que sufrió nuestro planeta
durante el propio Mínimo.
1) Las auroras (figura 4), esos
magníficos espectáculos de luz que pueden observarse en altas y bajas
latitudes (auroras boreales y australes), son debidas a que partículas
energéticas procedentes del Sol, generalmente expulsadas tras la
aparición de fáculas en la superficie de la estrella, alcanzan a la
Tierra, y son desviadas por nuestro campo magnético hacia las regiones
polares, donde entran en contacto con la alta atmósfera del planeta y se
ionizan, es decir, los átomos pierden o ganan electrones y, por tanto,
ya no son neutros, sino que adquieren carga eléctrica. Esta ionización
de las partículas solares provoca la excitación de los átomos de oxígeno
y nitrógeno presentes en la misma ionosfera, lo que se traduce en la
formación de brillantes auroras. Bien, las auroras son, por tanto, una
manifestación de la actividad solar. Cuando el Sol está muy activo y son
abundantes las fáculas en su superficie, se expulsan gran cantidad de
partículas de alta energía, llegan a los polos terrestres y excitan los
átomos de la ionosfera. A mayor número de partículas, más auroras y de
mayor intensidad en su brillo podremos observar.
Figura 4: imagen tomada desde el
trasbordador espacial Discovery en la misión STS-39 de una aurora
austral.Si la actividad solar durante el Mínimo de Maunder hubiera sido
tan baja, los registros de auroras, por fuerza, deberían ser a su vez
igual de escasos, y aquí no había posibilidad alguna de error en las
observaciones, pues para ver una aurora el único requisito es hallarse
en una zona cuánto más próxima al polo mejor. Son tan brillantes y
espectaculares que a simple vista es el mejor método para disfrutarlas.
1E. W. Maunder no fue, parece ser, el primero en publicar la relación de
manchas solares en ese periodo de 1645-1715. En efecto, Friedrich
Wilhelm Gustav Spörer (1822-1895), astrónomo alemán, escribió un
artículo en 1887 donde especificaba claramente que sus averiguaciones
mostraban la existencia de un mínimo de actividad solar durante esos
setenta años. Pero como Maunder resumió los resultados hallados por él
mismo y por Spörer a la Royal Astronomical Society, en su artículo de
1893, todos los méritos le fueron concedidos a Maunder. Incluso casi un
siglo antes, en 1792, Joseph Lalande (1732-1807) astrónomo francés de
gran reputación, había mencionado ya la inexistencia de manchas solares
entre 1645 y 1720, pero no tuvo su observación gran trascendencia en el
mundo astronómico y fue casi olvidada por completo.
2Para más información sobre el estudio
de John A. Eddy, véase “¿Existió realmente el Mínimo de Maunder”, Angel
Alberto González Coroas, ASTRONOMÍA, nº 10, págs. 32-41, abril de 2000.
© Modificado de “Sunspot cycles”, D.J. Schove
Figura 5: gráfica con el número de
auroras aparecidas en cada década desde el año 275 hasta 1730, según
diferentes archivos históricos.Eddy estudió a conciencia los archivos, y
constató que, por término medio, en los pueblos europeos de la época,
durante los 70 años del Mínimo de Maunder las auroras que deberían
haberse observado, según la extrapolación, sería de entre 1.000 y 5.000.
Sorprendente es el hecho de no haber quedado registradas más que unas
pocas decenas (figura 5), y parece ser que hubo un periodo de algunos
años en el que no se vio ni una sola aurora.
Consecuentemente, tenemos que las
auroras, que son una consecuencia de la actividad solar, apenas fueron
observadas durante justamente el mismo intervalo de tiempo en que en el
Sol el número de manchas solares era muy bajo o inexistente. Es una
prueba más, por tanto, de que efectivamente entre 1645 y 1720 nuestra
estrella sufrió un mínimo importante.
2) En segundo lugar, como indicio tal
vez aún más importante que el anterior, es el hecho de encontrar en la
dendrocronología y en el análisis del 14C en los árboles un apoyo
extraordinario a las ideas de Maunder. La dendrocronología es el estudio
de los anillos de crecimiento de los árboles centenarios o milenarios,
para extraer información sobre las condiciones climáticas del pasado de
nuestro planeta. Como si de un calendario de la vida del propio árbol se
tratara, cada uno de sus anillos corresponde a un año de crecimiento.
Contando los anillos concéntricos, desde el más interno (el más antiguo
en edad, que pertenece a las primeras etapas de existencia del árbol)
hasta el más externo se puede calcular su edad aproximada. Pero lo más
interesante de la cuestión es que no todos los años quedan registrados
por igual. Cuando las condiciones climáticas son benignas, el espesor
del anillo es mayor, y cuando el año ha sido más duro, el anillo es muy
estrecho. En realidad, y aunque parezca extraño, entre dos anillos
gruesos (o sea, entre dos años benignos), se pueden contar, más o menos,
10 anillos de menor espesor. Se desprende, pues, que en los anillos de
los árboles quedan registrados los ciclos de actividad solar (o mejor
dicho, lo que queda registrado es la variación climática en la Tierra,
que a su vez depende bastante de la actividad solar).
Además, lo más trascendente del asunto
es que en los mismos árboles podemos encontrar la cantidad de 14C que ha
sido absorbida por ellos en cada periodo de tiempo. Aunque esto no
parezca importante, es sin embargo el punto culminante en la
demostración de la existencia del Mínimo de Maunder.
El carbono 14 se produce al impactar
los rayos cósmicos en el campo magnético terrestre. Los rayos cósmicos
son partículas de alta energía, procedentes del Sol (3). Son capaces de
causar modificaciones genéticas en los seres vivos si llegaran a la
superficie terrestre. Gracias a la acción protectora de nuestro campo
magnético, una especie de caparazón que engloba a la Tierra, los rayos
cósmicos no causan daños de importancia. Pero una pequeña cantidad de
rayos cósmicos llega a la alta atmósfera, donde tiene lugar una reacción
que produce 14C. El carbono se incorpora a los árboles, y la relación
de este 14C con el 12C (el carbono “normal” del árbol), que se depositan
cada año, nos informará sobre la actividad solar de este modo: si el
Sol muestra una actividad elevada, en la relación 14C-12C, dominará el
12C, al no haberse fijado apenas 14C. Por contra, si la actividad solar
es baja, nuestro campo magnético no tendrá la fuerza suficiente para
repeler los rayos cósmicos, éstos impactarán en la atmósfera y formarán
mucho 14C. Al revisar los archivos de la relación14C-12C en el pasado,
si el 14C destaca notablemente, será lógico suponer que entonces la
actividad solar fue baja. ¿Cuál fue la proporción 14C-12C durante el
Mínimo de Maunder?
Para saberlo, debemos observar un
gráfico (figura 6) en el que nos muestren el ritmo de producción del 14C
con respecto a los años, e ir descubriendo si ha habido intervalos de
tiempo en los que la relación del 14C-12C ha sido inhabitual.
Lo que más destaca del gráfico en
cuestión es que ha habido varios periodos en los cuales el 14C tenía una
proporción muy alta con respecto al 12C, es decir, que el Sol mostraba
poca actividad. A medida que nos acercamos hasta las fechas más
recientes podemos ver que en el siglo XI hubo un nivel muy alto de 14C
(algo que se corresponde con el Mínimo de Norman, 1010-1090), otro aún
más profundo hacia el siglo XIV (Mínimo de Wolf, 1280-1350), y el más
intenso de todos, que abarca todo el siglo XV (Mínimo de Spörer,
1400-1510). No obstante estos datos, todavía no puede afirmarse de
manera rotunda la existencia de estos mínimos, porque no están
corroborados con pruebas suficientes. En cambio, hacia el final del
gráfico hay otro máximo de producción de 14C, que sin duda alguna
corresponde al Mínimo de Maunder.
© desconocido
La comparación entre el gráfico de la
aparición de las auroras y el de la producción de14C evidencia que
existe una fuerte conexión entre ambos. Estos dos métodos para el
estudio de la actividad solar son suficientes por sí mismos para
considerar que el Mínimo de Maunder tuvo lugar realmente, o, al menos,
que entre 1645 y 1720 el Sol padeció un intervalo de casi total
inanición.
Pero aún resta analizar otro punto
fundamental: ¿qué le ocurrió a nuestro planeta durante el Mínimo?
Acabamos de ver que las auroras fueron muy escasas, y que los árboles
absorbieron mucho 14C, signos ambos de una baja actividad solar. Pero,
en la Tierra, ¿el clima cambió? Es de suponer que si el Sol no manifestó
actividad, el planeta debió sufrir alguna consecuencia climática. ¿Qué
nos dicen los registros de la historia al respecto?
Si analizamos los archivos de
temperatura disponibles, ya no sólo desde el siglo XVII, sino desde hace
unos pocos miles de años, podemos correlacionar mejor la posible
correspondencia entre actividad solar y clima terrestre (figura 7).
Vemos que hacia principios del segundo milenio la temperatura había
alcanzado un máximo muy destacado; era una época cálida. Seguidamente
entramos en un periodo gradualmente más frío, que llega al mínimo de
calor recibido hacia mediados de milenio (siglo XVI). A partir de
entonces la temperatura fue aumentando poco a poco, y aunque en
Groenlandia durante el siglo XVIII hubo casi un siglo de normalidad
climática, y posteriormente se inició otro intervalo de mínimo térmico,
esto no fue lo habitual en otros sitios. Ese periodo frío de entre el
año 1500 y 1800, la “Pequeña Edad del Hielo”, tiene una fuerte conexión
con el Mínimo de Maunder, y se apoya en las evidencias indirectas de
formación de auroras y 14C que hemos visto.
© A. Uriarte
Figura 7: medidas de la temperatura
registrada en Groenlandia durante los últimos 2.500 años, obtenidas
mediante la recogida de muestras de hielo.Son muy numerosas las
diferentes manifestaciones culturales del siglo XVII y XVIII en las que
aparecen representados los momentos cotidianos de las gentes de la
época. Pueden llamar la atención muchas cosas, pero si observamos, por
ejemplo, cuadros ingleses que muestran al río Támesis, comprobaremos
asombrados que las fiestas populares no se organizaban en las calles
londinenses, como sería de esperar, sino que tenían lugar… ¡sobre el
mismo río! No es que los ingleses fueran capaces de permanecer flotando
por encima del agua, sino que el Támesis estaba ¡totalmente congelado!.
Algo tan insólito no es en absoluto habitual. Incluso en los periodos de
mayor dureza climática la historia no habla de tal hecho a lo largo de
los siglos.
Y en España también hay otras muestras
de que en nuestro país se sufrió y mucho durante la época del Mínimo de
Maunder. De hecho, y aunque esto corresponda más a motivos políticos y
económicos, el siglo XVII y XVIII fue el de la decadencia del imperio
español. En particular, si durante el siglo XVI se vivió cierta
prosperidad tanto económica como demográfica, en el XVII se produjo una
drástica reducción de la población, ya que parece ser que hubo una
mortalidad extraordinaria entre 1600 y 1700 (en ésta última fecha era de
siete millones de habitantes, cuando en un censo aproximado de 1590 se
totalizaban 8.120.000 personas). El Mínimo de Maunder se tradujo en
epidemias de peste bubónica especialmente virulentas (hubo tres brotes
que causaron cerca de un millón de bajas). Además, las cosechas fueron
tal vez las peores de la historia desde la modernización (relativa) de
la agricultura, lo que originó desnutrición entre la mayoría de la
población (algo que consecuentemente propició sublevaciones y
revoluciones). A esto hay que añadir la contaminación de las aguas,
desastres naturales… en fin, todo un cúmulo de infortunios para los
españoles, que vieron desaparecer su dominio en Europa y,
posteriormente, también en América.
En general, y de acuerdo con las
mediciones recogidas en varios puntos del planeta, se puede afirmar con
cierta seguridad que la Tierra padeció una disminución de temperatura de
un grado por término medio. Los motivos de un Sol cambiante tan
repentina y drásticamente no han sido puestos de manifiesto aún (aunque
J. Eddy ha especulado con la posibilidad de que se debiera a una
reducción del tamaño de nuestra estrella, tal extremo no se ha visto
confirmado lo suficiente). El Mínimo de Maunder nos ha mostrado a un Sol
muy diferente del que estamos acostumbrados a ver y sentir. Para poder
afrontar futuros mínimos (o máximos) solares extraordinarios con la
seguridad adecuada, es imprescindible estudiar más y mejor al Sol,
comprender por qué varía su actividad y, en todo caso, aceptar que la
Tierra no es un sistema cerrado a la que no le afectan los elementos
externos a ella, sino que, como de un ser vivo se tratara, sufre y
siente los cambios y se adapta a ellos en la medida de sus
posibilidades.
Bibliografía
El Sol y los ciclos de actividad solar, Ángel Alberto González Coroas, UNIVERSO, nº 41, septiembre de 1998, págs. 36-46.
¿Es el Sol una estrella variable?, Víctor Rodríguez, Tribuna de Astronomía, nº 40, marzo de 1989, págs. 24-27.
La actividad solar y su historia, Ángel Alberto González Coroas, Tribuna de Astronomía, nº 131, octubre de 1996, págs. 14-19.
¿Existió realmente el mínimo de Maunder?, Ángel Alberto González Coroas, ASTRONOMÍA, nº 10, abril de 2000, págs. 32-41.
Una estrella llamada Sol, George Gamow,
RBA, (Barcelona, 1993).3También hay otro tipo de rayos cósmicos, los
llamados rayos cósmicos galácticos, que tienen su origen en las
profundidades de nuestra Galaxia, como consecuencia por ejemplo de la
explosión de supernovas. Los rayos cósmicos de mayor energía provienen
de fuentes externas a la Vía Láctea.
Jesús Salvador Giner
