No hace falta dejar decantar la temible Exhortación Apostólica del pope
Francisco para comprobar el espesor de la borra, del limo remanente.
Aguas ciertamente no para beber, de turbiedad acaso par a las del
Ganges, con sus miríadas de bañistas que acuden a rendirle su tributo en
sudor y deyecciones. Parejamente es como vienen a concitarse aquí, en
un solo volumen, varios de los exabruptos soltados por Bergoglio en
estos casi nueve siglos de su pontificado. Reiteración que no es sino
señal de lo acotado de sus cavilaciones.
Alguno notó que era el documento más extenso escrito por los últimos papas, cosa sorprendente si quien lo emana es el pontífice peor hablado en siglos, tal vez de la historia. Otro señaló la ausencia total de citas del Magisterio anterior al Vaticano II, omisión tan taimada como previsible. Quien observó que, para tratarse de un texto supuestamente enfocado en la evangelización, no contiene ni la menor alusión a los novísimos ni al destino eterno del hombre, temas siempre reputados como medulares en la predicación de la Buena Nueva. Y finalmente, y a propósito de ese críptico párrafo 222 en el que el collage verbal de Bergoglio alcanza el prodigio de poner al magisterio eclesiástico bajo la tutela de Heidegger -con suerte dispar, según los entendidos-, no faltó quien advirtiera que oponer "plenitud" a "límite" comportaba, junto al más craso desconocimiento de Aristóteles, «la peor metafísica jamás puesta en un documento pontificio». En un vecino blogue este párrafo suscitó, entre tantos otros, un comentario que merece ser reproducido, firmado por Ludovicus:
Pero lo más digno de atención, supuesto el documento lo menos como sapiens haeresii en
muchos de sus pasajes, quizás sea la extemporaneidad de aquellas
propuestas en las que, según el caletre del pontífice y sus consejeros,
reposarían el acierto y la motivación de la Evangelii gaudium.
Las dos más salientes, confrontadas con su contexto histórico inmediato,
resultan ser al cabo respuestas febles, exánimes, a los terribles
desafíos en plena vigencia. A saber: la zarandeada «opción preferencial
por los pobres» y la no menos sacudida invitación al diálogo
interreligioso. Veamos la primera.
Bergoglio
atornilla a fondo el «sentido social» de la Redención (178 y ss.),
apuntando a la «liberación y promoción de los pobres» como cometido de
todo cristiano (187). Y sobre este argumento vuelve una y otra vez,
reduciendo visiblemente el mensaje de redención a sus más conspicuos
lindes terrenales. La inspiración de su curiosa antropología, en la que
el dramatismo derivado del pecado parece no tener lugar -a no ser a
partir del solo pecado de las estructuras sociales erróneas-, insta al «desafío
de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de
encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de
esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera de
fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación» (87).
Aparte lo caótico de la concepción que lo anima -a juzgar por su propia
confesión-, late aquí un desconocimiento total de la realidad de los
pobres de nuestro tiempo. Francisco parece dictar sus remilgos
pauperistas para los días de la revolución industrial, del proletariado
naciente que, pese a lo desgraciado de su condición, no estaba sometido a
la sobredevastación que obran (como añadidura de plomo a la pobreza) el
crimen organizado, el tránsito incesante de droga, la cretinización
asfixiante de la TV y el reggaeton. Los pobres de nuestras
grandes ciudades, los pobres coterráneos de Bergoglio, viven oprimidos
por unas causas que, primera y remotamente espirituales, acaban por ser
tan seguidamente complejas que ya no se curan con programas
socioeconómicos, sino con el llamado inequívoco y universal a la
conversión.
Allí donde proliferó tan hondamente la desesperación no cabe ya la
«promoción humana» sino el exorcismo. Que debería administrarse no sólo a
los pobres, sino a las incontables multitudes cebadas en
superfluidades, cuya conducta perpetúa la exclusión social. Sin una
enérgica cruzada, v.g., contra la televisión y el cine, seguirán
cundiendo casos como los de aquel violador capturado por la policía por
cuarta o quinta vez, que pedía sensatamente lo matasen «porque no podía
evitar seguir violando» pese a la aquiescencia de los jueces. O aquel otro narcotraficante
que en un alarde de cinismo y sentido común, ambos a dúo, entendió que
la solución a la marginalidad estribaba en algo imposible, a saber:
«muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante
de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico,
revolución en la educación, urbanización general y todo [...] bajo la
batuta casi de una “tiranía esclarecida” que saltase por sobre la
parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo
cómplice. Y del Judicial que impide puniciones». Graficando el hiato
existencial en términos incontestables: «nosotros tenemos métodos ágiles
de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en
terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la
muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes
tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa.
Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin
piedad». En las villas miseria, en las que mover droga constituye
la única posibilidad de elevación económica, no basta el
sentimentalismo sino el ardiente testimonio.
Pero la Evangelii gaudium no ha sido escrita en
atención a la barriga de los pobres, sino del paladar de los burgueses,
siempre lo bastante amigos de novedades como para desdeñar fidelidades
incómodas, sobre todo a la ortodoxia. Que lo diga cualquiera que haya
osado contrariar alguna cursilería de Francisco en la familia, en el
trabajo, si no ha comprobado cuánto se aliente con esto, más que el
esclarecimiento teológico, un mero épater le burgueois. «La crisis
financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una
profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser
humano!» (55). Pero, ¿es usted, o se hace, Santidad? ¿No teme que se
lo entienda en clave antropocéntrica, crasamente atea? ¿No hay
suficientes interesados en cabalgar sobre la grupa del pontífice para
clarinear la buena nueva de la divinización del hombre? «Mientras las
ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se
quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz» (56).
¿Puede llamársela de veras feliz por la abundancia de sus haberes? ¿Ni
se advierte que el precio habitual para gozar de cuanto hoy se nos
ofrece es ni más ni menos que la prostitución, una prostitución
universalizada, con muchas variantes, pero que compromete siempre y
precisamente la felicidad? ¿O acaso está aquí la clave de su insistencia
en el tema, una escondida afirmación inmanentista según la cual la
felicidad es la posesión de bienes terrenos? Este es, al cabo, el
secreto motor de las izquierdas que contertulian con Francisco:
polarización, magnetismo, imantación por las riquezas, siempre embozada
por el recurso lloroso a los opuestos (los pobres), para quienes se
reclama una mayor participación en aquello reputado como lo unum necessarium.
Porque no se trata de denunciar lo consabido hasta la obviedad (la
injusticia), sino de recaer como por embudo en el mismo y único
argumento incluso hasta exceder lo lícito, reincidiendo en el reproche
que se escuchó alguna vez en Betania, el día de una célebre unción.
La segunda nota de extemporaneidad la da el afán ecuménico, ara en la
que acaba por sacrificarse la propia identidad y aun el Evangelio.
Afirmar que con los judíos «acogemos la común Palabra revelada» (247)
es de una enormidad todavía no explorada -ni con tan pingüe explicitud-
por el vacilante magisterio post-conciliar, y es, a la postre, de una
categórica falsedad, opuesta a cuanto consta en la Escritura. «Si
bien algunas convicciones cristianas son inaceptables para el judaísmo, y
la Iglesia no puede dejar de anunciar a Jesús como Señor y Mesías,
existe una rica complementación que nos permite leer juntos los textos
de la Biblia hebrea y ayudarnos mutuamente a desentrañar las riquezas de
la Palabra» (249). Las «algunas convicciones» divergentes son el
Credo, a secas. Y la Palabra sobre la que se insiste con insolente
equívoco es precisamente aquella (Verbum Dei) que los judíos no acogieron ni acogerán sin antes convertirse. Otrosí dígase del ya clásico «[los musulmanes] adoran con nosotros a un Dios único»
(252) cuando ellos no admiten la Trinidad ni la Encarnación, siendo que
Mahoma, habiendo enseñado su doctrina con posterioridad al Hecho
cristiano del que tuvo pleno conocimiento, pretendió por ello mismo
superarlo.
Como
lo dijimos más arriba: no se sabe si deplorar más los errores y
equívocos que abarrotan el documento o la mediocridad ostensible de su
redacción, indigna de ser atribuida ni aun al portero de los Sacros
Palacios. Pero volvamos a aquello que constituye el objeto de los
desvelos de los progresistas y -si conquistado- su timbre de honor:
hacer consonar el kerygma con el espíritu y el tono de los tiempos corrientes. Lo recuerda la Evangelii gaudium, 41: «los
enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una
constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un
lenguaje que permita advertir su permanente novedad». ¿Qué ocurre
mientras nuestros pastores insisten en practicar esa empalagosa bonhomía
con judíos e islamitas? Que en Medio Oriente recrudece el odio muslim
anticristiano, siendo aquellas latitudes regadas cada día con sangre de
mártires, y que en los países de tradición católica la masonería judaica
no sólo impone las reglas del juego de la política, sino que continúa
una persistente acción desde las sombras contra todo lo que remita a
Cristo y a su Iglesia. Las "buenas intenciones" de esta jerarquía
medrosa y acomodaticia no han sido correspondidas por sus destinatarios,
cuya acción sin contraste amenaza con extirpar el nombre cristiano de
la faz de la tierra.
La patria misma de Bergoglio (donde, si no por auténtica moción
espiritual, lo menos por chauvinismo podía esperarse una adhesión
bastante amplia e informe a la persona del papa, tal como hasta ahora
cunde) viene siendo escenario de violentas agresiones contra iglesias
catedrales en varias de sus principales ciudades. Recientemente, en la
ciudad de San Juan -y sin merma de que el papa declarara innecesario
insistir con la bioética y se reputara incompetente para juzgar a un
gay-, una horda rabiosa de lesbianas abortistas le prendieron fuego en
la plaza pública a un pelele que representaba al Francisco, para luego
avanzar sobre la catedral con la intención de profanarla -profanación
fallida gracias a un grupo de jóvenes católicos que acudieron en defensa
del templo. Está visto que los enemigos de la Iglesia se pasan por el
traste esta política de brazos tendidos
Temblamos de sólo pensar que a Conferencias Episcopales presididas por
hombres como monseñor Arancedo, más bien semejantes al simpático y
titubeante cerdito Porky que a los santos obispos Cornelio y Cipriano,
pueda atribuírseles «alguna autentica autoridad doctrinal» (32). Y
nos horroriza reconocer en el vértice de la Iglesia, codo a codo con
Bergoglio, al Tucho Fernández y al rabino Skorka. Nada de ingeniosas
ecuaciones entre el Evangelio y el presente histórico: la única
coincidencia advertible corresponde a la de la pasión de la Iglesia con
la gloria del hampa.
La Evangelii gaudium, en consonancia con un pensamiento ya
largamente instalado en la Iglesia, trueca la soteriología por la
eudemonía social, y ni siquiera aporta nada a esta última. No puede
evitarse la referencia a I Thess. 5, 3: cum enim dixerint pax et securitas...,
ni al célebre diálogo de Soloviev, cuando se alude a aquella obra
pronto vertida a todas las lenguas para universal regocijo, escrita por
"el Hombre venidero" y titulada «El camino abierto a la paz universal y
el bienestar».
Alguno notó que era el documento más extenso escrito por los últimos papas, cosa sorprendente si quien lo emana es el pontífice peor hablado en siglos, tal vez de la historia. Otro señaló la ausencia total de citas del Magisterio anterior al Vaticano II, omisión tan taimada como previsible. Quien observó que, para tratarse de un texto supuestamente enfocado en la evangelización, no contiene ni la menor alusión a los novísimos ni al destino eterno del hombre, temas siempre reputados como medulares en la predicación de la Buena Nueva. Y finalmente, y a propósito de ese críptico párrafo 222 en el que el collage verbal de Bergoglio alcanza el prodigio de poner al magisterio eclesiástico bajo la tutela de Heidegger -con suerte dispar, según los entendidos-, no faltó quien advirtiera que oponer "plenitud" a "límite" comportaba, junto al más craso desconocimiento de Aristóteles, «la peor metafísica jamás puesta en un documento pontificio». En un vecino blogue este párrafo suscitó, entre tantos otros, un comentario que merece ser reproducido, firmado por Ludovicus:
Es notable el efecto espejo de la prosa bergogliana. Hay una cierta genialidad en caracterizar como "pelagianos" a quienes si algo no son, efectivamente, es pelagianos. Y al mismo tiempo, ¿qué es toda esta inmanencia populista sino pelagianismo?Lo que implicaría la consumación de un nuevo tránsito en la Iglesia: del naturalismo hoy vigente a la más cruda exaltación de la ideología («la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae», p. 222), pese a los correctivos insinuados unos pocos párrafos después («la idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces», 233). Aparte de todo lo que se le pueda reprochar al autor de este desdichado texto, esto de ponderar la utopía para luego rechazar el idealismo equivale a escanciar el veneno para ofrecer seguidamente su antídoto. Pecado de inconsecuencia lógica, o de confusionismo deliberado, rastreable por lo demás a profusión en los ágrafa bergoglianos, la tragedia de la presente hora de la Iglesia adopta -a causa de la incurable mediocridad del pontífice increíblemente reinante, obstinado en meter neologismos inconsultos e interjecciones a final de frase (¡eh!)- un tono muy más módico, como de entremés. Como si hubiera que concluir, sin mayor consuelo, que el tarado nos oculta al incendiario. Se trata, para no extendernos demasiado en lo textual, de un escrito que enristra muchos de los exabruptos del Obispo de Roma desde el día de su elección, notándose la ya acostumbrada inquina hacia todo lo que huela a doctrina y tradición católicas. Baste apenas un florilegio para dar idea de esto último: «a quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, [la diversidad] puede parecerles una imperfecta dispersión», 40; «a veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano», 45; «más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde (sic) nos sentimos tranquilos», 49; «... el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas o se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado», 94; «no hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable», 129. Creemos innecesario glosar estos pasajes, que hablan por sí solos. Véanse también, a propósito, los números 95, 161, 165, etc.
Ahora agregó una nueva injuria: "prometeicos". Y precisamente, este texto es claramente prometeico. Leyéndolo, uno llega a la conclusión de que si hay un élan fundamental en este pensamiento, no sólo "no es de derechas" como ha dicho, sino claramente progresista. La izquierda puede definirse como la rebelión contra la naturaleza concebida como tal, es decir, creada, y su sustitución por una voluntad prometeica de utopía. La naturaleza se revela como límite significativo, es decir, como delimitación de dinamismos perfectivos que brotan de la esencia. El límite, la forma, es necesaria para la plenitud, por lo que no tiene sentido hablar de una oposición bipolar entre ambas ni de utopía, toda vez que la causa final ya está incoada en la naturaleza desde el origen. Y esto vale tanto para el todo sustancial como para la sociedad. Pretender la utopía sin estar contenido, contento, limitado por la propia naturaleza, núcleo de orientaciones perfectivas, es la clave del pensamiento progre, sea "adolescente", sea propio de una "estrategia sin tiempo" (Mao).
Bergoglio
atornilla a fondo el «sentido social» de la Redención (178 y ss.),
apuntando a la «liberación y promoción de los pobres» como cometido de
todo cristiano (187). Y sobre este argumento vuelve una y otra vez,
reduciendo visiblemente el mensaje de redención a sus más conspicuos
lindes terrenales. La inspiración de su curiosa antropología, en la que
el dramatismo derivado del pecado parece no tener lugar -a no ser a
partir del solo pecado de las estructuras sociales erróneas-, insta al «desafío
de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de
encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de
esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera de
fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación» (87).
Aparte lo caótico de la concepción que lo anima -a juzgar por su propia
confesión-, late aquí un desconocimiento total de la realidad de los
pobres de nuestro tiempo. Francisco parece dictar sus remilgos
pauperistas para los días de la revolución industrial, del proletariado
naciente que, pese a lo desgraciado de su condición, no estaba sometido a
la sobredevastación que obran (como añadidura de plomo a la pobreza) el
crimen organizado, el tránsito incesante de droga, la cretinización
asfixiante de la TV y el reggaeton. Los pobres de nuestras
grandes ciudades, los pobres coterráneos de Bergoglio, viven oprimidos
por unas causas que, primera y remotamente espirituales, acaban por ser
tan seguidamente complejas que ya no se curan con programas
socioeconómicos, sino con el llamado inequívoco y universal a la
conversión.
Allí donde proliferó tan hondamente la desesperación no cabe ya la
«promoción humana» sino el exorcismo. Que debería administrarse no sólo a
los pobres, sino a las incontables multitudes cebadas en
superfluidades, cuya conducta perpetúa la exclusión social. Sin una
enérgica cruzada, v.g., contra la televisión y el cine, seguirán
cundiendo casos como los de aquel violador capturado por la policía por
cuarta o quinta vez, que pedía sensatamente lo matasen «porque no podía
evitar seguir violando» pese a la aquiescencia de los jueces. O aquel otro narcotraficante
que en un alarde de cinismo y sentido común, ambos a dúo, entendió que
la solución a la marginalidad estribaba en algo imposible, a saber:
«muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante
de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico,
revolución en la educación, urbanización general y todo [...] bajo la
batuta casi de una “tiranía esclarecida” que saltase por sobre la
parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo
cómplice. Y del Judicial que impide puniciones». Graficando el hiato
existencial en términos incontestables: «nosotros tenemos métodos ágiles
de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en
terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la
muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes
tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa.
Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin
piedad». En las villas miseria, en las que mover droga constituye
la única posibilidad de elevación económica, no basta el
sentimentalismo sino el ardiente testimonio.
Pero la Evangelii gaudium no ha sido escrita en
atención a la barriga de los pobres, sino del paladar de los burgueses,
siempre lo bastante amigos de novedades como para desdeñar fidelidades
incómodas, sobre todo a la ortodoxia. Que lo diga cualquiera que haya
osado contrariar alguna cursilería de Francisco en la familia, en el
trabajo, si no ha comprobado cuánto se aliente con esto, más que el
esclarecimiento teológico, un mero épater le burgueois. «La crisis
financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una
profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser
humano!» (55). Pero, ¿es usted, o se hace, Santidad? ¿No teme que se
lo entienda en clave antropocéntrica, crasamente atea? ¿No hay
suficientes interesados en cabalgar sobre la grupa del pontífice para
clarinear la buena nueva de la divinización del hombre? «Mientras las
ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se
quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz» (56).
¿Puede llamársela de veras feliz por la abundancia de sus haberes? ¿Ni
se advierte que el precio habitual para gozar de cuanto hoy se nos
ofrece es ni más ni menos que la prostitución, una prostitución
universalizada, con muchas variantes, pero que compromete siempre y
precisamente la felicidad? ¿O acaso está aquí la clave de su insistencia
en el tema, una escondida afirmación inmanentista según la cual la
felicidad es la posesión de bienes terrenos? Este es, al cabo, el
secreto motor de las izquierdas que contertulian con Francisco:
polarización, magnetismo, imantación por las riquezas, siempre embozada
por el recurso lloroso a los opuestos (los pobres), para quienes se
reclama una mayor participación en aquello reputado como lo unum necessarium.
Porque no se trata de denunciar lo consabido hasta la obviedad (la
injusticia), sino de recaer como por embudo en el mismo y único
argumento incluso hasta exceder lo lícito, reincidiendo en el reproche
que se escuchó alguna vez en Betania, el día de una célebre unción.
La segunda nota de extemporaneidad la da el afán ecuménico, ara en la
que acaba por sacrificarse la propia identidad y aun el Evangelio.
Afirmar que con los judíos «acogemos la común Palabra revelada» (247)
es de una enormidad todavía no explorada -ni con tan pingüe explicitud-
por el vacilante magisterio post-conciliar, y es, a la postre, de una
categórica falsedad, opuesta a cuanto consta en la Escritura. «Si
bien algunas convicciones cristianas son inaceptables para el judaísmo, y
la Iglesia no puede dejar de anunciar a Jesús como Señor y Mesías,
existe una rica complementación que nos permite leer juntos los textos
de la Biblia hebrea y ayudarnos mutuamente a desentrañar las riquezas de
la Palabra» (249). Las «algunas convicciones» divergentes son el
Credo, a secas. Y la Palabra sobre la que se insiste con insolente
equívoco es precisamente aquella (Verbum Dei) que los judíos no acogieron ni acogerán sin antes convertirse. Otrosí dígase del ya clásico «[los musulmanes] adoran con nosotros a un Dios único»
(252) cuando ellos no admiten la Trinidad ni la Encarnación, siendo que
Mahoma, habiendo enseñado su doctrina con posterioridad al Hecho
cristiano del que tuvo pleno conocimiento, pretendió por ello mismo
superarlo.
Como
lo dijimos más arriba: no se sabe si deplorar más los errores y
equívocos que abarrotan el documento o la mediocridad ostensible de su
redacción, indigna de ser atribuida ni aun al portero de los Sacros
Palacios. Pero volvamos a aquello que constituye el objeto de los
desvelos de los progresistas y -si conquistado- su timbre de honor:
hacer consonar el kerygma con el espíritu y el tono de los tiempos corrientes. Lo recuerda la Evangelii gaudium, 41: «los
enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una
constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un
lenguaje que permita advertir su permanente novedad». ¿Qué ocurre
mientras nuestros pastores insisten en practicar esa empalagosa bonhomía
con judíos e islamitas? Que en Medio Oriente recrudece el odio muslim
anticristiano, siendo aquellas latitudes regadas cada día con sangre de
mártires, y que en los países de tradición católica la masonería judaica
no sólo impone las reglas del juego de la política, sino que continúa
una persistente acción desde las sombras contra todo lo que remita a
Cristo y a su Iglesia. Las "buenas intenciones" de esta jerarquía
medrosa y acomodaticia no han sido correspondidas por sus destinatarios,
cuya acción sin contraste amenaza con extirpar el nombre cristiano de
la faz de la tierra.
La patria misma de Bergoglio (donde, si no por auténtica moción
espiritual, lo menos por chauvinismo podía esperarse una adhesión
bastante amplia e informe a la persona del papa, tal como hasta ahora
cunde) viene siendo escenario de violentas agresiones contra iglesias
catedrales en varias de sus principales ciudades. Recientemente, en la
ciudad de San Juan -y sin merma de que el papa declarara innecesario
insistir con la bioética y se reputara incompetente para juzgar a un
gay-, una horda rabiosa de lesbianas abortistas le prendieron fuego en
la plaza pública a un pelele que representaba al Francisco, para luego
avanzar sobre la catedral con la intención de profanarla -profanación
fallida gracias a un grupo de jóvenes católicos que acudieron en defensa
del templo. Está visto que los enemigos de la Iglesia se pasan por el
traste esta política de brazos tendidos
Temblamos de sólo pensar que a Conferencias Episcopales presididas por
hombres como monseñor Arancedo, más bien semejantes al simpático y
titubeante cerdito Porky que a los santos obispos Cornelio y Cipriano,
pueda atribuírseles «alguna autentica autoridad doctrinal» (32). Y
nos horroriza reconocer en el vértice de la Iglesia, codo a codo con
Bergoglio, al Tucho Fernández y al rabino Skorka. Nada de ingeniosas
ecuaciones entre el Evangelio y el presente histórico: la única
coincidencia advertible corresponde a la de la pasión de la Iglesia con
la gloria del hampa.
La Evangelii gaudium, en consonancia con un pensamiento ya
largamente instalado en la Iglesia, trueca la soteriología por la
eudemonía social, y ni siquiera aporta nada a esta última. No puede
evitarse la referencia a I Thess. 5, 3: cum enim dixerint pax et securitas...,
ni al célebre diálogo de Soloviev, cuando se alude a aquella obra
pronto vertida a todas las lenguas para universal regocijo, escrita por
"el Hombre venidero" y titulada «El camino abierto a la paz universal y
el bienestar».
