La imprescindible restauración del orden:
Nota de portada Por Nicolás Márquez (*)
Dentro del sinfín de acrobacias ideológicas que el régimen kirchnerista
se dispuso a llevar adelante desde el año 2003 a la fecha, una de las
embestidas más emblemáticas consistió en desterrar culturalmente toda
noción de orden, disciplina y jerarquía en reemplazo precisamente del
desorden, la insubordinación y el igualitarismo demagógico.
En efecto, desde su inicio el kirchnerismo comenzó permitiéndole a la
delincuencia piquetera obrar a sus anchas bajo el subterfugio
argumentativo de “no criminalizar la protesta”. Desde entonces, las
calles han estado dominadas por pandillas insurgentes y los vehículos
pueden transitar por las calles no conforme a los parámetros de libertad
indicados por la Constitución Nacional, sino según la buena o mala
voluntad de las gavillas ilegales que el Estado ha cobijado en ominosa
connivencia.
En los establecimientos educativos, por su parte, el régimen se dedicó a
torcer todo entendimiento de rangos forjando una mentalidad horizontal
en la cual el docente dejó de ser guía y fuente de autoridad, para ser
reducido a menos que un par o una suerte de sirviente colateral.
Efectivamente, el hábito de la responsabilidad personal en el alumno fue
liquidada al punto tal, que los educandos de primer grado de hoy, sean
éstos eximios o unos lamentables papanatas, no pueden repetir de
grado[1], con lo cual, todos aprueban indiscriminadamente de antemano.
¿Quién tiene entonces el incentivo del esfuerzo si todos son premiados
por decreto?
Pero avanzando en el escalafón estudiantil, notamos que las cosas
tampoco cambian su curso hacia la exigencia, puesto que al facilismo ya
mencionado le anexamos el insólito dato de que en la escuela secundaria,
en diferentes jurisdicciones y provincias, se fomentó el presentismo,
pagándole a los alumnos un subsidio dinerario en dólares[2], como si
acudir a clases fuese un premio y no una obligación rigurosa a la que
debe someterse todo alumno de esa etapa escolar. Las vergonzosas
consecuencias de todo este sistema promotor de la pereza y la
irresponsabilidad quedaron de manifiesto como corolario de este decenio
en el reciente informe educativo de PISA[3], el cual arrojó datos
alarmantes tales como que la calidad educativa del país se ubica en el
puesto 59 de entre 65 naciones estudiadas, y que en el rubro relativo a
la comprensión de lectura, el país sacó modestos 396 puntos (100 puntos
menos que el promedio internacional).
En lo concerniente al ámbito castrense, como se sabe, las Fuerzas
Armadas (o lo que queda de ellas) fueron desmanteladas y humilladas a
tal extremo, que hoy tiene mayor “prestigio” y remuneración dineraria
haber sido secuestrador en el terrorismo Montonero que héroe en el
Ejército de la Nación.
La policía no quedó al margen de este igualitarismo discordante. Esta no
sólo ha sido basureada con sueldos miserables, sino que la institución
fue maniatada so pretexto de desterrar el “gatillo fácil”. Tanto es así,
que hoy los miembros de dicha institución ante la menor reacción
“desmedida” en pleno combate contra el delincuente, pueden ser ipso
facto exonerados y/o acusados de todo tipo de imputaciones penales y
demonizaciones morales.
Las sublevaciones policiales
Pero ocurre que tras diez años de permanente bombardeo cultural a favor
de la heterodoxia, la inobservancia y la anomia, paradójicamente hoy ni
siquiera hay orden en las fuerzas del orden, y por ende éstas se han
tomado la atribución irregular de obrar como un sindicato en asamblea y
sin subordinarse a superior alguno, excepto a cambio de un conveniente
aumento salarial. Va de suyo que la culpa y responsabilidad principal de
este desbarajuste es del gobierno nacional y sus obsecuentes
Gobernadores, a lo que hay que agregar que como consecuencia de esta
indisciplina y ausentismo policial, las calles han quedado a merced de
la delincuencia común u organizada, dejando a la sociedad civil en total
estado de indefensión y expuesta al riesgo grave tanto de sus bienes
físicos como materiales.
Estas “huelgas policiales” trajeron por ende un sonoro desorden, y si
bien hay criterios uniformes del periodismo y del grueso de la
dirigencia en torno a la inconveniencia política de esta situación, muy
pocos parecieron tomar nota de la gravedad cultural a la que estamos
asistiendo, dado que el término “orden” ha sido una palabra bastardeada y
desacreditada en extremo por el progresismo cultural y sus utopistas
asociados, quienes creen que el orden es un “resabio arcaico” bien
propio del “oscurantismo inquisitorial”. Sin embargo, el orden es el
verdadero guardián de la libertad, la propiedad y el libre mercado. En
efecto, el primer requisito esencial para que una sociedad florezca, es
que ésta viva en paz, y justamente la paz conforme San Agustín no es
otra cosa que “La tranquilidad en el orden”. ¿Y qué es entonces él
orden? Es “La recta disposición de las cosas según su fin”, tal como
oportunamente lo definiera Santo
Tomás.
En efecto, una sociedad próspera y civilizada en la cual cada individuo
tiene chances razonables de procurar llevar adelante su respectivo
proyecto de vida, no es otra que aquella cuyos individuos pueden vivir
en un clima de concordia. En efecto, resulta fácticamente imposible que
la convivencia en una sociedad abierta a multiplicidad de expresiones y
ambiciones llegue a buen puerto sin un marco jurídico e institucional
que bregue justamente por la mentada concordia y así lo entiende el
filósofo español Julián Marías, al sostener que “Si no hay acuerdo debe
haber siempre concordia. Y como nunca habrá acuerdo entre tantos puntos
de vista porque cada uno tiene sus discrepancias y diferencias, no debe
olvidarse cuidar la concordia que nos une a todos”[4] . ¿Cabe imaginarse
tal convivencia si no hay leyes que ordenen y si no hay instituciones
guardianas que tenga la prerrogativa de hacer cumplir esas leyes
ordenadoras?
Tan imprescindible es la vigencia del orden como requisito y presupuesto
para la existencia concreta de la libertad, que el propio Barón de
Montesquieu definió a la libertad como “el derecho de que nadie me
impida cumplir la ley” y fue John Locke quien complementariamente señaló
que “la libertad no es la licencia, sino que consiste en obedecer la
ley natural”.
Simplificando, consideramos que el orden en una comunidad estaría
conformado por la existencia de ley estable y perdurable (Estado de
derecho) y la efectiva aplicación de la misma (prerrogativa del Estado
de ejercer efectivamente el poder de policía). Luego, sólo habiendo un
conservadorismo institucional puede haber verdadero progreso social,
puesto que la conservación de determinados valores institucionales y
culturales (lo cual brinda previsibilidad jurídica) no sólo no se opone
al progreso, sino que es el único que lo garantiza. Esto ya lo supo
advertir con notable lucidez el Papa Pío XII, quien en su alocución del
28 de febrero de 1957 a profesores y alumnos del liceo Ennio Quirino
Visconti de Roma, al exhortar a la conservación y acatamiento de
determinadas tradiciones institucionales y culturales, expuso que: “Ello
no quiere decir que tal respeto signifique fosilizarse en formas
sobrepasadas por el tiempo, sino mantener vivo lo que los
siglos han demostrado que es bueno y fecundo. De este modo, la
tradición no obstaculiza en lo más mínimo el sano y feliz progreso, sino
que es al mismo tiempo un poderoso estímulo para perseverar en el
camino seguro; un freno para el espíritu aventurero, propenso a abrazar
sin discernimiento cualquier novedad”. Luego, el orden y el progreso
serían como el lecho de un río por el cual transita el agua, pero en
lugar de agua transita la civilización. Sin el lecho, el agua del río
estaría desprovista de rumbo. Lo mismo ocurre con la civilización, ya
que al no tender al progreso dentro de un lecho compuesto por un orden
jurídico y político estable, en vez de avance genuino habría un
desconcertante e impredecible laberinto capaz de arrastrarnos a
disímiles naufragios. En suma, orden y progreso se complementan
mutuamente con tanta armonía, que el progreso sin orden sería una
empresa temeraria, y el orden sin progreso, una quietud
petrificante.
En resumidas cuentas, el orden acaba siendo el valor más elemental de la
sociedad. Cuando hay orden uno se olvida que lo hay. Cuando no lo hay,
surge la necesidad imperiosa de restaurarlo, puesto que la falta de
orden supone el riesgo grave de la anomia, el desconcierto y la
anarquía, situación traumática en la cual todos los actores en pugna
obran como pequeños tiranos que intentan imponer y disputar sin freno
alguno sus apetencias entre sí, pero en un clima de guerra civil
molecular, situación que fugazmente asomó en tantas ciudades del país en
esta semana, durante las pocas horas en que la policía decidió
retirarse de sus funciones habituales.
Sin orden no hay capitalismo
Pero lo ocurrido estos días no ha sido un episodio aislado o repentino,
sino más bien la consecuencia de una década de incesante promoción del
caos y la inestabilidad institucional, la cual atenta contra el buen
funcionamiento de la iniciativa privada y la libre empresa, tal como lo
revela un reciente informe suministrado por la CEPAL[5] (Comisión
Económica para América Latina), entidad de Naciones Unidas que confirma
que en el año 2012, Latinoamérica recibió 173.361 millones de dólares en
concepto de inversión extranjera directa. Si el flujo de inversiones
récord en la región durante 2012 se consideró una ola de dólares, lo de
América del Sur en particular fue un verdadero tsunami, ya que recibió
de ese monto el 83% de la IED total, es decir que 143.831 millones de
dólares tuvieron destino sudamericano. De ese total, Brasil superó diez
veces la inversión de la Argentina, quien además estuvo muy por debajo
de México, Chile,
Colombia y Perú. Es decir, sin compararnos con el primer mundo y tan
solo tomando como referencia países de América Latina, la Argentina no
sobresale en ningún lado siendo siempre superada por países que si bien
quizás sean menos ricos que el nuestro, al estar organizados en un marco
de orden (jurídico, institucional y cultural) mucho más rígido que el
nuestro, entonces les llueven inversiones de todas latitudes, puesto que
por lógica, no existen capitales suicidas dispuestos a desembolsar sus
divisas en Estados fallidos o anarquizados.
Restauración urgente
¿Se necesita mucho esfuerzo para que el Estado nacional garantice ese
orden hoy ausente? Pues no. Si el actual Estado (que es prebendario,
multifuncional, elefanteásico y parasitario) en vez de gastar energías
en un sinfín de extravagancias ajenas a sus funciones naturales se
concentrara y limitara sólo en incursionar específicamente en materia de
salud, educación, seguridad y administración de justicia a la vez que,
en el ámbito cultural procurara fomentar en la población el hábito
operativo del esfuerzo en vez del hábito de la demanda, el orden hoy
perdido podría ser restaurado sin mayores inconvenientes y, por
añadidura, una lluvia de capitales locales y extranjeros se sentirían
atraídos a invertir en la Argentina, generando a la postre un genuino
ambiente de bienaventuranza material y espiritual. Pero para que esto
ocurra necesitamos restaurar urgentemente el “orden”, palabra satanizada
por el progresismo cultural, el cual a su
vez cuenta con el apoyo involuntario no sólo de los prejuiciosos sino
de los cultores de la corrección política.
La Prensa Popular | Edición 255 | Martes 10 de Diciembre de 2013

