APOSTILLA BREVE SOBRE LA
GAUDETE ET EXSULTATE
Por Antonio Caponnetto
Comenzada la década del ´70 del siglo pasado, dos activistas de la izquierda italiana, Elio Petri y Hugo Pirro, le dieron vida a una película entonces muy comentada, cuyo título contenía un trágico sarcasmo:La classe operaia va in Paradiso; esto es, “La clase obrera va al paraíso”.
El motivo de la metáfora lo da su protagonista central,Ludovico Massa, quien cuando entra en estado de demencia tras un sinfín de peripecias, imagina que hay un muro por derribar, y que tras él se encuentra el anhelado edén del proletariado, la merecida tierra feliz de los que han sido alienados aquende la terrible pared, por el trabajo esclavista del capitalismo. Mitad grotesco, mitad dramático –como el mejor cine italiano- el abajamiento sociológico (más específicamente,clasista) de los enunciados teológicos del cristianismo, quedaba en evidencia. Parodia de la salvación genuina, la concebida por el marxismo tiene su propio vergel adámico, reservada monopólicamente para los trabajadores.
Medio siglo después,de la mano de un escritor asociado al Modernismo: Joseph Malegüe,en su novela Pierres noires.Les classes moyennes du Salut,
Jorge Mario Bergoglio acaba de proponer “la clase media de la
santidad”. Lo hizo en su reciente Exhortación Apostólica Gaudete et
Exsultate(n.7), labrando un nuevo paso en este reduccionismo
sociologizante de la vida salvífica, un nuevo hito en la
caricaturización de la teología sometida a la sociología. Con lo que se
comprueba una vez más el aserto de Gómez Dávila: “la herejía que amenaza
a la Iglesia en nuestro tiempo es el terrenismo”.
Adjudicarle
la santidad a un segmento social, o proponer como paradigma de santidad
a determinado estamento social, conduce fatalmente a varios errores.
Enunciemos dos.
El primero es el clasismo. Creer que sólo “el pueblo” es toda la sociedad, sosteniendo
en paralelo que ese “pueblo” mentado es únicamente el sector más
numeroso, mayoritario y golpeado por los avatares políticos. Por lo
tanto, el bien común no será el de la nación entera o el del cuerpo
comunitario en su conjunto, sino el de una categoría predeterminada
ideológicamente.
El
abate Sieyes identificaba a la nación con el tercer estado; Marx con el
proletariado; la llamada Teología del Pueblo, en la que abreva
Bergoglio, con las periferias; pero en todos los casos el siniestro
criterio resulta el mismo: es la conciencia de clase la principal
protagonista de la historia. De clase víctima y sufriente, en pugna
maniquea con el resto del cuerpo social. La Revolución explica la
Revelación; la Sociología la Teología,las Postrimerías sobrenaturales
Infierno y Gloria están condicionadas al clasismo intrahistórico.
Bergoglio propone casi de un modo crudo, y en explícito parafraseo de autores como Proudhon o Engels, la socialización de los medios de producción de “santos”, el colectivismo de la gracia santificante. Nadie
se salva solo(n.6). Fuera de un pueblo no hay salvación. La
santificación es un camino comunitario(n. 141). Eremitas,
contemplativos,monjes de clausura y orantes silentes, están en problemas
si no se adaptan al servicio social, algo que ya les fue dicho en la
Constitución Apostólica Vultum Dei Quaerere, del 2016.
Por
el contrario, corren con ventaja “los hombres de la puerta de al
lado”(n.6), los integrantes del “público municipal y espeso”, que
mentara Darío; los integrantes del qualunquismo ideado
por el comunista Guglielmo Giannini, “la media aritmética” tomada como
paradigma social por el funesto Durkheim. Si al fin de cuentas, según
parece, Dios no quiso otra cosa que “entrar en una dinámica popular”
(n.6); rechazando el concepto elitista de “unos pocos para unos pocos”
(n. 89). Así que nada de puertas estrechas (Ls. 13,22-30), ni de “pocos
elegidos”(Mt. 22,14), ni de pusilla grex (Ls. 12,32) ¡Santidad para
todos y todas,ya!, que el Señor “se hizo periferia”(n.135)[1]. Y contingente y flojo como es, “Él depende de nosotros para amar al mundo”(n. 108).
Se
deduce que el segundo error al que aludíamos antes, junto con el del
clasismo, es la desnaturalización de la santidad. Lo que es aún más
grave, si cabe; y posiblemente una de las manifestaciones heretizantes
más dolorosas de este extraño pontificado. Pero no es una novedad sino
un error remozado. Hace años, en efecto, que venimos protestando la
imposición de una equívoca espiritualidad entretejida
de abdicaciones, de contemporizaciones y de compromisos seculares, que
no sólo rechaza la incompatibilidad entre la perfección cristiana y el
amor al mundo, sino que propone precisamente un modelo de santidad
asociado a la vida ordinaria, común y corriente, sin los sobresaltos
extraordinarios de los santos auténticos, sin el heroísmo ni el
sacrificio ni las renuncias que nos relatan las nobles hagiografías, y
con los defectos y ocupaciones habituales de cualquiera. Para alcanzar
tal estado bastaría convertirse en un módico ciudadano más, que pasa
inadvertido en el trajín de sus ocupaciones laborales.
En
la version neoconservadora de este modo de ser santo, el prototipo es
el pequeño burgués, el profesional actualizado que se vale de su oficio
para el proselitismo cristiano, y al cual se le ha dicho que su celda es
la calle. Su modo de vida no tendrá nada de singular. Transcurrirá sin
contrastes exteriores,sin sacudidas, indistinguiéndose del resto de los
mortales, cuidándose únicamente de no creer que el templo es el lugar
por antonomasia del creyente, o que es válida la contemplación pura,
inactiva, sin el vértigo del trabajo. Así se hallará textualmente
prescripto en los textos fundacionales y tutelares del Opusdeísmo.
En
la versión bergogliana el prototipo se aplebeya un poco. Ya no es el
profesional exitoso, el ejecutivo próspero y el funcionario maleable a
cualquier gestión demoliberal, pluralista y moderna. Ahora es “la señora
que va al mercado” y no chusmea con su par durante las compras(n.16);
el vecino de la puerta contigüa que “no trata de desalentarse cuando
contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables”(n. 11).
Elige uno a su medida y todos contentos. Y si quiere ser mártir –clérigo
o laico, bautizado o infiel- le bastará con participar en alguna de las
tantas opciones subversivas que ofrece desde hace décadas la guerra
revolucionaria del marxismo. Basten los nombres terroríficos de
Angelleli o Romero.
Tampoco
se crea que es tan fácil,vamos. Si alguien de la clase media de la
santidad entrara en contacto amistoso con algún católico enamorado del
ocio contemplativo, de la plegaria inútil, de la belleza litúrgica, de
la recta e imperecedera doctrina, o preocupado por la claridad y la
seguridad dogmática, o “inquebrantablemente fiel a cierto estilo
católico”(n.49), estaría traicionando su conciencia de clase
santificadora; y en definitiva, convirtiéndose en un colaboracionista
del antipueblo de la salvación. Para ellos sí, pelagianos y gnósticos,
se vuelven a abrir las puertas del infierno, con la anuencia del beato
Scalfari. A los oligarcas y elitistas la condenación, a los compañeros la salvación.
Es lamentable, pero debemos decir que quien no haya estado en la Plaza
de Mayo hacia 1973, no podrá inteligir la clave de bóveda de este
adefésico y desconcertante magisterio que hoy llega de Roma.
Abaratada
la santidad, abajada hasta el nivel de una casta o de estratificación
colectiva; sociologizado y desacralizado el martirio,elevado a los
altares personajes ante quienes antaño se nos hubiera pedido rehuir
considerándolos malas compañías, el misterio de la gracia se banaliza,
la salvación se vuelve trivial,y al cielo ya no se lo arrebata por
asalto: se llega por las anchas avenidas de las masas rugientes,como a
un estadio de fútbol.
“El
santo es el héroe delante de la gloria del cielo”, decía Anzoátegui; y
“el heroísmo del héroe consiste en llamar a la puerta de Dios para
ofrecerse a la muerte”. Se nos conceda la gracia de resistir santa y
heroicamente tanto agravio a la Verdad, tanta conculcación del Bien,
tanta traición a la Hermosura. Se lo pedimos a María Santísima,
debeladora de todas las herejías. A Ella, una vez más, con insistencia
firme, las lauretanas letanías, y este envío al final:
Desconsuelo de ausencia, tu manto en la bandera,
de varones ecuestres, acaudillando proezas,
congoja de mitrados con tres cantos del gallo,
aflicción de liturgos desterrando bellezas.
Señora de esta tierra que erigiera en tu nombre
una proa española y un galopar de potros,
escúchanos la súplica, el rezo esperanzado:
¡Ora pro nobis ;Madre, Ruega a Dios por nosotros
