domingo, 28 de junio de 2020

LA HORA DE LA LIBERTAD

La hora de la libertad. Por María Zaldívar

Entre pandemia, encierro, debacle económica, autoritarismo, miseria, negociación de la deuda y explícitas intenciones de atentar contra el estilo de vida argentino, una sociedad preocupada asoma la cabeza; como puede, descoordinada, sin conducción ni personalismos, despojada de banderías políticas pero con una profunda dignidad. Es la reacción de una sociedad que ha madurado a fuerza de fallidos y decepciones, de promesas incumplidas y falsos profetas.


Mientras tanto, en el paraíso de su burbuja, el poder del funcionariado crece a golpe de cuarentena. 


La burocracia del Fernández género masculino supera a la de Fernández género femenino o, dicho de frente, lo de Alberto es más autoritario que lo de Cristina. Hoy el sector privado tiene que pedir permiso para existir; sin la firma de un burócrata no puede abrir su negocio, menos aún vender o importar y el individuo debe recibir del estado autorización para transitar. La excusa es que “El estado te cuida” y la realidad es que hace décadas que el estado te dejó en banda. En verdad el Estado “se” cuida y trata de evitarse el colapso es decir, su fracaso. El largo abandono de sus funciones esenciales es el dueño del desastroso sistema de salud pública actual que lleva al titular del área de provincia de Buenos Aires al sincericidio de reconocer su propia incapacidad anunciando, como único pronóstico, una “catástrofe sanitaria” en puerta.

En tanto, el ministro que tiene a su cargo mucho más que la renegociación de la deuda pública quiere obtener soluciones con recetas fallidas. El mal llamado “impuesto a los ricos” está decidido y el ministro pretenderá que, acto seguido, los expoliados inviertan lo que les queda en un país que prefiere robarle su retribución mensual miserable a los jubilados que reducir el ineficiente y obeso presupuesto estatal. Él y sus socios del Gobierno se rascarán la cabeza preguntándose por qué tanto viento en contra y atribuirán a una maligna animosidad con la Argentina la decisión de los dueños del dinero de no invertir por estos pagos.

Eso como brevísima reseña del paupérrimo accionar del Ejecutivo y sus delegados. Una revisión de los otros dos poderes del Estado no echa mejores resultados. Los jueces, protegidos por reiteradas acordadas de la Corte Suprema, llevan unos 100 días de relajado receso y el Legislativo, más o menos igual. Se encuentran a través de pantallas en las escasas oportunidades en que al Ejecutivo le resulta conveniente. Mientras tanto, leyes, proyectos, expedientes y sentencias se apilan para felicidad de delincuentes y ratas.

La llamada oposición se está transformando en un fantasma de dudosa existencia. Le haría más justicia llamarlos “aquellos que no pertenecen al oficialismo”. Alguno que otro sale del sopor para participar de un rápido y superficial debate televisivo donde sí está permitido hacerse el duro con el gobierno. Y luego, vuelta al descanso.

Ante tamaña decadencia cívica, emerge con claridad una gruesa porción de pueblo consciente, que entiende que el peronismo unido representa en sí mismo una pésima noticia. De ese lote vigoroso de argentinos hay que descartar a los negadores seriales, que intentaron relajarse con una fantasiosa “moderación” de Alberto Fernández y también a los puristas que no aprenden la lección de la historia que demuestra que las divisiones se traducen en debilidad, escenario probado de Churchill para acá. Son siempre los mismos, esos que niegan la realidad aunque los atropelle. Pero el resto está despertando.

Eso de que “soñar no cuesta nada” es tan inexacto como que “no es triste la verdad, lo que no tiene remedio”. Soñar cuesta desencanto y desilusión; cuesta reticencia futura para volver a creer; cuesta escepticismo y, casi siempre, dolor. En cuanto a la verdad, hay miles de verdades tristísimas pero, afortunadamente, en muchos casos hay manera de revertirla.

La pretensión no es destruir la poesía a racionalidad pura sino alertar sobre la necesidad de poner bajo la lupa ciertos “eslóganes” que la política utiliza como mantras y que el ciudadano, distraído y ocupado, consume con buena voluntad y escaso juicio crítico.

Desde “acabar con la grieta” o “tirar todos del carro”, pasando por “no es momento de marcar diferencias” y desembocando en “basta de divisiones”; la hipocresía dicta el discurso del burócrata. El político, del partido que sea, no quiere que “las cosas mejoren”; quiere, en todo caso y tampoco siempre, ser quien mejore las cosas y cuando anuncia “esto lo arreglamos entre todos” es porque fracasó en el intento de hacerlo solo.

La grieta se viene marcando hace mucho tiempo pero se aceleró en las últimas dos décadas, junto con el deterioro de la calidad de la casta política. El kirchnerismo primero y el macrismo después profundizaron la división, pero no entre ellos. Ellos comparten privilegios y a la hora de defenderlos son uno solo, a diferencia de la sociedad que sale a la calle, que es absolutamente heterogénea.


Ahí está la verdadera grieta: los que comparten privilegios y los que comparten valores. El campo no defiende hectáreas, pasajes gratis o vales de nafta sino su estilo de vida, y la ciudad no defiende a Vicentin, nombramientos o subsidios sino la propiedad privada y ahí convergen los heterogéneos. Todo parece indicar que en la Argentina el populismo y los males que vienen con él ya no enamoran. Víctor Hugo dijo: “No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. Tal vez en la actualidad eso aplique, en nuestro caso, a la libertad.
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