EL QUE NO RECOGE CONMIGO, DESPARRAMA.[ESTADO DE EMERGENCIA]
Estado de emergencia: afianzado en cemento…
o, después de todo, Extra Ecclesiam salus est?
por
Eberhard Heller
trad. Alberto Ciria
Comentario de San Agustín a Juan 15, 4-7: “Porque aquel que opina que puede dar fruto por sí mismo, ciertamente no está en la vid: el que no está en la vid no está en Cristo, y el que no está en Cristo no es cristiano” (San Agustín, in Ioannem tract., 81).
Observación preliminar
En el último cuaderno había anunciado que me detendría de nuevo en la situación específicamente eclesiástica que ha resultado a causa de la sedevacancia, y que indicaría soluciones para resolver esta crisis. Hay que considerar también posibles deficiencias teológicas.
Favorecida por las circunstancias externas, para muchos creyentes y clérigos que, al menos, se hacen pasar por sedevacantes convencidos, la situación se presenta hoy de modo que sólo podría emprenderse lo que se da en llamar medidas de emergencia para satisfacer las obligaciones pastorales que todo sacerdote tiene. A causa del desastre general, ya no puede garantizarse una vida eclesiástica normal… y añado, para llevar a su final este razonamiento: tampoco se la puede reconstruir. Parece haberse olvidado que un clérigo, en general, sólo puede actuar como sacerdote, es decir administrar sacramentos y proclamar los contenidos de la fe, por encargo de la Iglesia y encomendado concretamente por ella. Si se olvida esta conexión entre mandato y autorización de actividades sacerdotales, y se insiste sólo en el estado de emergencia (que no cabe negar), todo clérigo se arroga la decisión de lo que en la situación respectiva haya que hacer o lo que haya que enseñar. (Un ejemplo craso de proclamación solitaria de la doctrina lo dejé caer en mis últimos “Comunicados de la redacción“.)
En el último cuaderno había anunciado que me detendría de nuevo en la situación específicamente eclesiástica que ha resultado a causa de la sedevacancia, y que indicaría soluciones para resolver esta crisis. Hay que considerar también posibles deficiencias teológicas.
Favorecida por las circunstancias externas, para muchos creyentes y clérigos que, al menos, se hacen pasar por sedevacantes convencidos, la situación se presenta hoy de modo que sólo podría emprenderse lo que se da en llamar medidas de emergencia para satisfacer las obligaciones pastorales que todo sacerdote tiene. A causa del desastre general, ya no puede garantizarse una vida eclesiástica normal… y añado, para llevar a su final este razonamiento: tampoco se la puede reconstruir. Parece haberse olvidado que un clérigo, en general, sólo puede actuar como sacerdote, es decir administrar sacramentos y proclamar los contenidos de la fe, por encargo de la Iglesia y encomendado concretamente por ella. Si se olvida esta conexión entre mandato y autorización de actividades sacerdotales, y se insiste sólo en el estado de emergencia (que no cabe negar), todo clérigo se arroga la decisión de lo que en la situación respectiva haya que hacer o lo que haya que enseñar. (Un ejemplo craso de proclamación solitaria de la doctrina lo dejé caer en mis últimos “Comunicados de la redacción“.)