LA VIRGEN SANTA Y EL LATÍN LITÚRGICO
por el R.P. Alfredo M. Morselli
(traducción del original italiano por F.I.)
A despecho de alguna ligera y reprensible opinión vertida en
alguna oportunidad por el autor a propósito de monseñor Lefebvre, y a
pesar también de su cuestionable concepto de «obediencia» esgrimido a
propósito del sonado caso de los Franciscanos de la Inmaculada (véanse
un artículo del mismo autor sobre el tema, y la réplica de que fue
objeto, aquí y aquí), no nos parece falto de provecho el texto que aquí presentamos, a añadir en la sección de nuestro blogue que hemos llamado Jugo de doctrina sobre fe y liturgia.
Sabemos bien que no estriba sólo en el cambio de lengua (de la latina a
la vernácula) la degradación sufrida por la liturgia después de la
desdichada reforma del papa Montini, pero es menester detenerse también
sobre este fundamental ítem.
No hace falta ir muy a los detalles para reconocer que el autor es de
los que sostienen, respecto del concilio Vaticano II, la tesis
"continuista" ya bastante declamada por Benedicto XVI. De hecho, y en
este mismo texto que ahora ofrecemos, cita Morselli aquel discurso del
renunciatario Papa al clero romano el 14 de febrero de 2013, en el que
éste atribuye todos los males sobrevenidos después del Concilio a una
hermenéutica falaz movida por los medios de prensa, que habrían
presionado tanto como para desvirtuar la aplicación de los programas (de
inspiración católica sin mengua) dimanados de aquella asamblea. Todavía
se espera una hermenéutica de aquel a modo de "testamento espiritual"
del papa Ratzinger, exposición cumplida de las vacilaciones y
miramientos de un espíritu que, pese a sus parciales aciertos, permanece
fundamentalmente liberal, y en cuya renuncia -clave de su pontificado-
debía cumplirse un nuevo hito en la autodemolición de la Iglesia.
Con todo, y en atención al provecho que esperamos pueda recabarse de
este artículo (escrito por un sacerdote que se precia de celebrar todos
los días la Misa de san Pío V), es que aquí lo ofrecemos.
LA VIRGEN SANTA Y EL LATÍN LITÚRGICO
1. La paciencia del tradicionalista a dura prueba
Una de las objeciones que somete a más dura prueba la paciencia del así llamado tradicionalista es
aquella que suena del modo siguiente: «pero yo no sé latín y no
entiendo la misa; la Misa en latín es incomprensible y yo deseo entender
la Misa... quiero participar activamente, etc etc».
Y así el tradicionalista, a su disgusto, vuelve a ser identificado como aquel que no quiere entender la Santa Misa,
y/o como aquel que ni siquiera quiere hacer entender a los demás la
santa Misa, y/o como aquel que no quiere absolutamente participar
activamente en la Santa Misa, ¡y todo esto -o tempora, o mores- después
del Concilio! O sea, nada menos que en la "edad de oro" de la liturgia,
donde ciertas cosas no tendrían que pasar ni aun por la antecámara del
cerebro.
A lo que el tradicionalista, habiéndose acostumbrado al enchiridion stupiditatum, o bien al Denzinger
de los nuevos dogmas de la ideología paraconciliar -para algunos los
únicos dogmas indiscutibles- sacude la cabeza y retoma con mayor celo su
bonum certamen.
Estas líneas no quieren ser otra cosa, en obsequio a la naturaleza racional de la fe, que la búsqueda del intellectus -id est:
de la credibilidad y el buen tino- de la plurisecular praxis de la
Santa Madre Iglesia, asistida por el Espíritu Santo no sólo en los
últimos cincuenta años.
2. Una curiosa pretensión: entender la Misa
Ante todo, la expresión "quiero entender la Misa" es casi blasfema (si se la entiende en el sentido de entender perfectamente todo):
esta pretensión, a menudo enunciada triunfalmente, es la prueba más
evidente de la derrota de una cierta praxis pastoral-litúrgica
postconciliar. La Misa no se entiende, como no se entiende la
Santísima Trinidad o la Unión hipostática. Para explicar estas
afirmaciones, quisiera hacer algunas consideraciones acerca de cómo,
verosímilmente, la Virgen Santísima asistíría a la primeras Santas Misas
celebradas por los Apóstoles. ¡Aparte de ser modelo de nuestra
participación litúrgica, no se podrá decir que no participaba activamente!
3. La Virgen y las primeras Misas celebradas por los Apóstoles
El santo evangelista Lucas nos narra dos episodios de la vida de Jesús,
en los que se dice que la Virgen conservaba en su Corazón los hechos
acontecidos: se trata de la visita de los pastores al Niño Jesús (Lc
2,19: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en
su corazón») y del hallazgo de Jesús entre los doctores del Templo (Lc
2, 52: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón»). Podemos
suponer razonablemente que María guardaba en su Corazón Inmaculado no
sólo estos misterios de la santa Infancia, sino todos los misterios de
la vida de su Hijo.
Pensemos ahora cuando la Virgen asistía a las primeras santas Misas celebradas por los Apóstoles. La Santa Misa es ante todo -simpliciter- la renovación del Santo Sacrificio del Calvario, pero -secundum quid-
contiene todos los misterios de la vida de Cristo: por un lado, como
afirma Dionisio Cartujano, «toda la vida de Jesucristo ha sido una
celebración de la Santa Misa, en la cual Él mismo era el altar, el
templo, el sacerdote y la víctima»; por el otro, como afirma Sánchez,
quien asiste a una Misa es «como si hubiese vivido en los tiempos del
Salvador y hubiese asistido a todos sus misterios» (cit. en Martino de
Cochem O.M.C., La Santa Messa, Milano, 1932, p. 62). Y san
Buenaventura afirma que en la Santa Misa hay tantos misterios «cuantas
gotas de agua hay en el mar, cuantos átomos de polvo en el aire y
cuantos ángeles en el cielo» (cit. en ibidem, p.36).
En consecuencia de ello, cuando la Virgen asistía a la Misa, repasaba y
repensaba todos los misterios de la vida de su Hijo, misterios guardados
en su Corazón Inmaculado.
La
perfecta fe de María no implicaba entonces que Ella tuviese claros
todos los misterios de la fe y que no hiciese algún esfuerzo para creer:
los misterios de la fe sobrepujaban incluso la capacidad del intelecto
de la Virgen y por lo tanto también María sufría la no-evidencia de los
mismos misterios. También Ella meditaba aprobando.
Pensemos ahora en cuando la Virgen asistía a los Apóstoles que, trémulos
y conmovidos, cumplían en sus primeras ocasiones el mandato «haced esto en memoria mía»: Ella recorría de nuevo todos los misterios de la vida de su Hijo, no los comprendía aún como en el Cielo, no poseía la evidencia, pero los guardaba a todos en su Corazón (teniendo de ellos firme aprobación).
4. Cómo la Virgen guardaba en el Corazón los misterios de la vida de su Hijo, y por lo tanto de la Misa
La Virgen guardaba los Misterios de la vida de su Hijo a la luz de la
fe; nosotros sabemos que la fe de la Virgen ha sido siempre íntegra y jamás adulterada por ninguna duda (cf. Lumen Gentium,
63); pero aquella visión de fe no era aún la comprensión perfecta que
ella ahora tiene en el Cielo: su fe era certísima, pero no evidente.
Como dice santo Tomás: «la fe comporta una cognición imperfecta (...)
Trasciende la opinión en cuanto comporta una firme adhesión; respecto de
la ciencia, en cambio, falla en el hecho de no poseer la evidencia» [S.
Th. I-IIae q.67 a.3 co.]; y todavía el Aquinate: «el hecho de creer
supone una adhesión firme a una cierta cosa, y en esto aquel que cree se
encuentra en la condición de quien conoce por ciencia o por intuición;
con todo, su conocimiento no se cumple merced a una percepción evidente;
y por este lado quien cree está en la condición de quien duda, de quien
sospecha y de quien elige una opinión. Y bajo este aspecto es propio
del creyente meditar aprobando: y es así que el hecho del creer
se distingue de todos los otros hechos intelectivos que tienen por
objeto lo verdadero y lo falso» [S. Th. II-IIae q.2 a.1 co].
5. La palabra-hecho
San Lucas, cuando quiere indicar aquello que María guardaba en su Corazón, emplea el término griego rêma, que no significa simplemente palabra, sino que corresponde al hebreo dabar, que significa palabra-hecho. El cristianismo no es una teoría, es una Persona, es el Reino de Dios vuelto cercano en la persona de Jesucristo;
pero no es tampoco una experiencia irracional, sino que comprende más
bien y necesariamente la adhesión a una doctrina y la formulación de
juicios.
La palabra hebrea dabar, en su significado de palabra-hecho,
es entonces particularmente apta para indicar los misterios de la vida
de Nuestro Señor, que no son hechos sin pensamiento, ni pensamientos sin
hechos.
Cierra entonces la puerta al misterio quien hipertrofia la importancia de la comprensión racional explícita respecto al hecho,
quien confunde la catequesis litúrgica con la celebración (pensemos en
las constantes mociones durante el transcurso de la Misa, a menudo
abusivas, hechas para explicar el misterio que, justamente porque asaz
explicitado, queda sustancialmente incomprendido). La liturgia puesta
totalmente en lengua vulgar a los fines de entender no es otra cosa que un torpe intento de volver more geometrico demonstrato aquello que no es demostrable, pero sobre lo que sólo se puede meditar asintiendo,
en la escuela de la Virgen María. En otras palabras: una banalización,
de la que nos ha puesto en guardia Benedicto XVI en sus últimas
intervenciones:
Inteligibilidad no quiere decir banalidad, porque los grandes textos de la liturgia —aunque se hablen, gracias a Dios, en lengua materna— no son fácilmente inteligibles; necesitan una formación permanente del cristiano para que crezca y entre cada vez con mayor profundidad en el misterio y así pueda comprender. Y también la Palabra de Dios. Cuando pienso día tras día en la lectura del Antiguo Testamento, y también en la lectura de las epístolas paulinas, de los evangelios, ¿quién podría decir que entiende inmediatamente sólo porque está en su propia lengua? Sólo una formación permanente del corazón y de la mente puede realmente crear inteligibilidad y una participación que es más que una actividad exterior, que es un entrar de la persona, de mi ser, en la comunión de la Iglesia, y así en la comunión con Cristo.
[...]
Sabemos en qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos. Así, esto era lo dominante, lo más eficiente, y ha provocado tantas calamidades, tantos problemas; realmente tantas miserias: seminarios cerrados, conventos cerrados, liturgia banalizada… y el verdadero Concilio ha tenido dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real. Pero la fuerza real del Concilio estaba presente y, poco a poco, se realiza cada vez más y se convierte en la fuerza verdadera que después es también reforma verdadera, verdadera renovación de la Iglesia.
6. La lengua sagrada
Cuando decimos sagrado y profano no decimos bueno y malo, sino que
hablamos de dos cosas óptimas en sí mismas, pero de dos distintos
órdenes.
Escuchemos aún a santo Tomás: «de las diferencias de tales bienes brotan
las diferencias del amor de Dios hacia la criatura. Hay de hecho un
amor universal, con el cual "Él ama todas las cosas existentes", como
dice la Escritura; y en virtud de éste resulta donada la existencia
natural a todas las cosas creadas. Hay luego un amor especial, del que
Dios se sirve para elevar a la criatura racional, por encima de la
condición de la naturaleza, a la participación del bien divino. Y en
este último caso se dice que Dios ama a una persona en sentido absoluto:
ya que con este amor Dios desea sin más a la criatura aquel bien eterno
que es Él mismo» (S. Th. I-IIae q. 110 a. 1 co.)
Cuando la Sacrosanctum Concilium describe la acción litúrgica como sagrada por excelencia (§ 7), quiere indicar que la liturgia es el lugar donde por excelencia y en el mayor grado se experimenta aquel amor especial por el que Dios desea a la criatura racional aquel bien eterno que es Él mismo.
Cuando Dios nos sostiene mientras comemos, trabajamos, obramos, sin
dudas Dios nos ama: pero cuando Dios se nos dona a sí mismo, nos ama al
grado máximo.
Lamentablemente la banalización de las instancias de la nouvelle théologie
produjo un desastre. De Lubac, considerando inútil el concepto de
naturaleza pura, proveyó una base para toda desacralización futura
(ciertamente no querida o pensada por el mismo De Lubac); en efecto, si
no se salva la naturaleza, real y concretamente, no tiene más sentido
hablar de "sobrenatural", como no tiene sentido hablar de un segundo
plano si no hay un primero. Todo es sobrenatural coincide con todo es natural, con resultados en los que De Lubac de cierto no pensaba ni quería, lógicamente panteístas.
Decía el gran Garrigou-Lagrange, en el intento -históricamente vano
pero, en lo doctrinal, perennemente eficacísimo- de detener los
equívocos de la nouvelle théologie: si non est natura proprie dicta, nec est supernaturale proprie dictum («De evolutionismo et de distinctione inter ordine naturale et ordine supernaturale», en A.A.V.V., El evolucionismo en filosofía y teología, Barcelona, Juan Flors, 1955, p.277).
¿Por qué entonces lengua sagrada, canto sacro, paramentos sacros, sacros
utensilios, balaustrada o iconostasio que delimitan el espacio
sagrado...? No para mantener afuera a los laicos o para impedirles entender la Misa, sino porque -si la liturgia es la máxima expresión del amor especial con el que Dios se dona directamente a sí mismo- a los misterios, que son fruto de un amor especial,
debe corresponderles, en rigor de verdad, una lengua especial, vestidos
especiales, un ámbito especial, un canto especial, gestos especiales...
7. En conclusión...
¿Participar de una conversación, o bien entrar en el misterio? Si
participamos de una conversación, la única cosa importante es entender
la lengua del interlocutor. Pero mientras el vaticanosegundista, férreamente alineado, se horroriza ante el mínimo Dominus vobiscum, el buen católico no es tan maniqueo. Estará bien que se asigne una parte más amplia
a la lengua vernácula (SC § 36); pero, si la Misa no es una
conversación, si aquello de lo que participamos es un misterio; si,
pidiendo prestado a la Virgen Santísima algún pensamiento de su Corazón,
tratamos de contemplar los misterios de la vida de Jesucristo...
entonces una lengua que nos recuerda que aquello que nos envuelve es un amor especial y que aquello que meditamos asintiendo es un dabar, una palabra-hecho objetivamente incomprensible, o bien comprensible cuando nos contemos entre los bienaventurados -comprendedores, justamente-, la lengua sagrada es indispensable y necesaria. Con el Vaticano II decimos. que su uso sea conservado (SC § 36).
Y si el vaticanosegundista férreamente alineado me dice: «finalmente entiendo la Misa», le respondo: «entenderías algo de la Misa si me dijeras: he entendido que la Misa es incomprensible».
