Israel manda - Antonio Caponnetto
Hemos
dejado pasar unos días, deliberadamente, para no incurrir en lo que suele
llamarse un juicio temerario. Pero los días han pasado y no encontramos
explicaciones ni respuestas oficiales a lo que vamos a plantear.
La
noticia tomó estado público –desde los grandes medios y las redes sociales-
entre el 5 y el 6 de este mes de junio. Un grupo de aproximadamente cien
rabinos ingresó al país para auditar la faena de carne kosher. Arribaron todos
en un vuelo de Al Israel Airlines, en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, con
sus shojtim o especialistas del
proceso de faenamiento de dicho producto alimenticio.
El mismísimo Canciller Solá impartió las
órdenes pertinentes para que se exceptuara el rígido cerco que pesa sobre espacio
aéreo nacional y se habilitaran todos los mecanismos que, de ordinario, están
cerrados y prohibidos desde el inicio de la cuarentena. En conferencia online dada por la plataforma de la American Chamber de Argentina, el susodicho Solá ofreció
sin rubores los detalles de maniobra tan excepcional, en una circunstancia en
la que el Gobierno ha hecho del confinamiento, de la prisión domiciliaria y del
encierro una política de Estado.
Las autoridades económicas, a su turno, no se
privaron de justificar la medida porque semejante actividad frigorífica
significa una ganancia de 170 millones de dólares anuales; y hasta Fernández,
El Mínimo, violando el Mandamiento Undécimo que reza “Quedate en casa”, viajó a
La Pampa con su
comitiva y visitó el Frigorífico. Carnes Pampeanas, de CRESUD, del
empresario Eduardo Elsztain. "No
podíamos producir carne kosher porque no teníamos posibilidad de contar con la
supervisión rabínica indispensable para obtener la certificación", dijo un
directivo de Cresud, aliviado tras el ingreso y la libérrima capacidad de
desplazamiento de la cárnea delegación hebrea.
Quienes
quieran completar la información sobre lo que estamos relatando, pueden
acompañar la noticia con la visualización de las fotos de los ilustres
matarifes. Pues quisiéramos sacarnos las dudas acerca de si se observa a cada
quien portando el sacro barbijo, o la sofisticada máscara transparente; guardando
la distancia social, signo de nuestro vasallaje fernandino, y cumpliendo con
todos y cada uno de los formulismos higiénicos obligatorios que rigen para el
resto de los mortales. Los charcuteros de Sión, al parecer, gozaron de
libertades irrestrictas y amplias para cuidar los vientres de su feligresía y
las alcancías de sus entidades bancarias.
No
sabemos si se ajustaron para ellos los rígidos protocolos y seguimientos
sanitarios que se aplican en el común de los casos. A nadie le importó saber de
sus pasos presuntamente contaminantes o contaminables, ni exigir rendición de
cuentas sobre los libérrimos desplazamientos de los que disfrutaron, ni ejercer
sobre ellos los resguardos supuestamente habituales y coercitivos para
asegurarse de que no sean víctimas o victimarios del tremebundo corona virus.
Decimos esto, porque ya hay antecedentes del favoritismo con que se aprovecharon
de la cuarentena. Verbigracia cuando quisieron festejar casorios o celebrar
ceremonias tradicionales.
Lo
sucedido prueba claramente un par de cosas, que convendrá subrayar en prietas
líneas. Por lo pronto, que esta cuarentena no es una medida sanitaria. Es un
delito, y se llama privación ilegítima de la libertad. No es una estrategia
médica. Es otro delito, y se llama persuasión coercitiva, lavado de cerebro y
sometimiento a servidumbre. Tienen la palabra los juristas. Nosotros, pobres
legos, sólo atinamos a decir que un gobierno de delincuentes es más probable
que produzca fechorías que actos de sanación.
En
segundo lugar, habrá que decir que el suceso comentado deja al descubierto la
mentira, según la cual –en un súbito ataque de angelismo- el gobierno privilegia
antes la sanidad social que la productividad económica. La supuesta y
filantrópica norma (que no es tal, puesto que el control pandémico
internacional responde a los planes predeterminados de la Finanza Mundial), encontraría,
eso sí, una sorprendente excepción cuando del millonario negocio kosher se
trata.
Los
llamados “Intelectuales K” –contradictio bufonesca, si la hay- acaban de dar a
conocer un manifiesto, en el cual, salir de la cuarentena, sostienen, sería una
prioridad del capitalismo neoliberal que prioriza la libertad de mercado sobre
la lozanía de nuestro pueblo. Van a tener que hallarle algún nombre, lo más
prontito que puedan, a lo que acaba de permitir el gobierno. Esto es, violar ostensiblemente
la cuarentena, para que se lleven sus milloncitos verdes los matachines de Tel
Aviv. O disimular un poco el servilismo, permitiendo que aterrice una
delegación gallega para fiscalizar la paella, u otra calabresa para supervisar
la pasta sciuta.
Pero
no; es nomás como dijera el Duque de la Victoria: Israel Manda. Por eso también, en plena
cuarentena, el pasado 8 de junio, el Boletín Oficial confirmó que el gobierno
acaba de adoptar oficialmente la definición de antisemitismo promovida por el
IHRA (Alianza Internacional para el recuerdo del holocausto), con el
beneplácito expreso de la DAIA. Según
los dueños de la neosemántica, quedaría comprendida entre las conductas
antisemitas punibles por la ley, “las calumnias como el asesinato de Jesús por
los judíos”. Con lo cual, lo que se sigue necesariamente, es la descalificación
del Nuevo Testamento, y de la doctrina bimilenaria que de él se sigue, reducido
el conjunto todo, ahora, a la condición de calumnia.
La
Iglesia, claro; no ha dicho
ni dirá una sola palabra. Palabra verdadera, queremos decir. Porque de las
otras, de las serviles, falaces y funcionales al dominio de Israel, ya hace
tiempo que viene diciendo. Aún antes de la malhadada Nostra Aetate.
El
Señor nos deje el Covid 19, pero que, por favor, se lleve estas verdaderas
plagas y pestes cuanto antes.
Antonio Caponnetto
Nacionalismo
Católico San Juan Bautista

