Canonizaciones e infalibilidad papal
El caso histórico de Santa Filomena
P. Javier Olivera Ravasi
“Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos”, reza el salmo 116. Y así es: los santos son modelos, arquetipos, causas ejemplares.
Hoy en día, sin embargo, hay quienes pueden llegar a plantearse: “Pero… ¿quiénes son los santos?”
Muchas veces, el hecho de llevar una vida coherente
con el Evangelio, hace que la jerarquía eclesiástica proponga para su
veneración a quienes han sido –de algún modo– modelos arquetípicos de
vida cristiana, de allí que el Catecismo de la Iglesia Católica diga que
“al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores”[1].
Pero… ¿cómo se llega a una canonización?
Según la misma información de la Santa Sede[2],
el actual proceso para llegar a la gloria de los altares, es bien
diverso al que se realizaba en siglos anteriores. Antiguamente, por
ejemplo, bastaba con que un cristiano fallecido gozase ininterrumpidamente de fama de santidad
por parte del pueblo fiel para que la Iglesia comenzase, poco a poco, a
permitir su culto litúrgico (primer paso para la inclusión en los
anales de los santos); luego, con el tiempo –recién luego– podría ser
aceptado como “santo”.
