ALEGRÍA DE PÍO
Dos días después del desembarco, el grupo rebelde aún intentaba reagruparse y recuperar fuerzas.
Los
guerrilleros se habían desplazado unos pocos kilómetros hacia el este,
en dirección a Sierra Maestra y seguían sin encontrar agua y alimentos.
Fuera de la cabaña de Pérez Rosabal y de alguno que otro bohío
abandonado1, no se veía nada salvo la espesura y los pantanos.
La noche
del 4 de diciembre acamparon junto a uno de los interminables
cañaverales que se extendían por la región, más allá de un conjunto de
rocas afiladas, semicubiertas por el follaje y al cabo de unos minutos,
se quedaron todos dormidos.
El Che
apuntaría en su diario que, faltos de experiencia, saciaban el hambre y
la sed comiendo cañas a la orilla del camino y que los restos que
dejaban detrás, servirían para orientar a las tropas regulares.
Lo que
ignoraba el grupo rebelde era que el campesino que les había servido de
guía se había alejado mientras dormían para advertir a los guardias de
su presencia.

