lunes, 18 de marzo de 2019
ELOGIO AL NACIONALISMO
Amenazados por un nuevo
imperialismo, sin rostro, metrópolis ni ejército, los pueblos buscan refugio en
su tierra, su Dios y su bandera
Las palabras patria y patriotismo, o nación y nacionalismo, han
sido desterradas hace tiempo del lenguaje público, y también, aunque en menor
medida, de la conversación privada. Cuando aparecen en boca de algún político,
despiertan suspicacia porque suelen encubrir propósitos subalternos. Cuando
asoman en la charla cotidiana, vienen acompañadas por la nostalgia, envueltas
en la evocación de virtudes cívicas desaparecidas, o por la cautela, susurradas
como quien confiesa inclinaciones vergonzantes. Esa reticencia a hablar del
amor a la patria o del nacionalismo se explica porque el clima cultural vigente
ha estigmatizado ambas palabras hasta volverlas inconvenientes,
impronunciables, inaceptables para la conciencia política y la acción
ciudadana. Los profesores y los periodistas nos dijeron, y nos dicen, que
expresan regiones oscuras, atávicas, del comportamiento humano, y que su ocaso
está asociado a la modernidad y es inexorable. Pero
patriotismo y nacionalismo reaparecen hoy por todas partes y en especial en el
Occidente que se jactaba de ser su temprano enterrador, lo que tiene a maltraer
a los politólogos profesionales y otros formadores de opinión. El duelo entre
amenazados globalistas, atrincherados tras montañas de estudios sociológicos y
volúmenes de doctrina, y amenazantes tribalistas, armados con textos sagrados y
relatos históricos, domina el debate y la acción política en este primer cuarto
del siglo XXI.

