La protestantización de la cultura (2-3). Inmanencia, personalismo y predestinación
2. El principio de inmanencia o la primacía del “Yo”
Bajo el título de “Lutero o el advenimiento del Yo”[1] Maritain comenzaba su ya famoso libro titulado Tres Reformadores[2]. La primacía del Yo o, dicho en términos del padre Cornelio Fabro “el principio de inmanencia”, denota ese “cambio de dirección del objeto al sujeto, del mundo al yo, del exterior al interior”[3] por el cual el hombre se coloca en un lugar central, siendo árbitro y medida de todas las cosas.
¿De dónde un monje agustino, conocedor
de la filosofía y la teología, podía pensar de este modo? Es que Lutero
es hijo de su tiempo: educado en la universidad de Erfurt primero y en
la vida religiosa después, se vio empapado de la “via modernorum” (“el camino de los modernos”), un movimiento consolidado por Guillermo de Ockham (el “philosophus maximus”, según él) el padre del nominalismo.
Dicha corriente, lejos de ser un “sistema” cerrado, era más bien una
atmósfera o aire de repudio contra el movimiento escolástico, que se
hallaba por entonces perdido en fútiles interpretaciones y distinciones
que hacían de la filosofía y la teología, un enmarañado laberinto de
retruécanos y emblemas.
Así lo señala el dominico Fraile, un gran historiador de la filosofía: