No es la nostalgia por los autoritarismos lo que estremece a Occidente sino el fundado temor a una nueva esclavitud
Los campeones del orden liberal –esa combinación de gobierno
republicano y economía de mercado que Occidente reivindica como su logro
más alto en materia de moral social– están desconcertados y alarmados.
La implosión de la URSS les hizo pensar en su momento que por fin se
habían dado las condiciones para expandir ese orden por todo el mundo, y
al mundo se lanzaron con fe de misioneros y empeño de cruzados a tejer
la tela de la globalización económica y política. La ilusión duró poco:
se desplomó junto con las Torres Gemelas, y George W. Bush le dio el
tiro de gracia con su torpe invasión de Irak. Convencido de que era
posible expandir el orden liberal a bombazos, arrasó entre el Tigris y
el Éufrates los tesoros arqueológicos de la misma civilización que
produjo ese orden. La tragedia suele tener su flanco poético.