¿El fin de la aventura?
La hazaña heroica se ha convertido en un acto de consumo, y urge
encontrar nuevas fronteras para cumplir con ese mandato de la especie
Hay
algo incongruente, algo que desafía el sentido común en la imagen de
una fila esperando turno para alcanzar la cima del monte Everest. Uno
asocia habitualmente la conquista de esa cumbre emblemática al esfuerzo,
el peligro, lo imprevisto y la hazaña individual, y la foto remite al
fastidio colectivo y rutinario de una fila de consumidores a la espera
de que abra la tienda, o de espectadores en plan de adquirir sus
entradas. Ambas nociones son antitéticas, pertenecen a órdenes
distintos, y sin embargo aquí las vemos, confundidas en una situación
sin lugar a dudas real. Los que las unen en su incoherencia son los que
están allí, los que pusieron sus vidas en riesgo (y de hecho algunas la
perdieron) para cumplir el sueño personal del desafío heroico y se
encontraron con la cotidiana, vulgar y urbana experiencia del atasco
multitudinario.



















